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Full text of "Desde Washington: Correspondencias enviadas á"el día""

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CORRESPONDEMCIñS EMVIñDñS A "EL Dlñ" 



LUIS fíLBERTO DE HERRERñ 




MONTEVIDEO 
1903 



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£1 origen de este libro es el siguiente: 

En vísperas de partir para Norte América, y de manera 
casi incidental, prometí á uno de los redactores del diario 
montevideano El Día, enviarle mis impresiones de viaje, acep- 
tando así la generosa hospitalidad que se ofrecía á mi cola- 
boraci<5n honoraria. 

Yo mismo nunca pensé cumplir al pié de la letra, como 
lo hice después, un compromiso contraido tan expontanea- 
mente; pero cuando me incorporé ai nuevo escenario á que 
me lanzaba un capricho acariciador de mi destino, abrumado 
por la grandeva multiforme de la sociedad que visitaba, me 
penetré de que importaba incurrir en desidia imperdonable 
no reflejar en carillas manuscritas las esplendentes ense- 
ñanzas que desfilaban atropelladas ante mis ojos. Al placer 
intelectual de dedicar alguna pequeña parte de mis descan- 
sos á tareas de cronista se agregó^ pues, el empuje de un 
deber laborioso. 

Diez y ocho meses permanecí en Estados Unidos y Mé- 
xico al frente de nuestra Legación, en calidad de Encargado 
de Negocios. Las dos docenas de correspondencias que escribí 
en ese lapso de tiempo sirven de índice á mis largas sema- 
nas de ausencia. Ellas alcanzan para llenar un volumen. 
Por eso las lanzo hermanadas á la publicidad. Las presento 
sin afeites especiales: el material que sigue es el mismo 
que ya apareció en las columnas de El Día, con idénticos 
títulos, sin mayor pulimiento y descascarado á medias. Al 



6 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

'leer mis crónicas reeuévéese^ entonces^ que ellas fueron es- 
critas sobre el tambor, para la prensa — que exiga graf ¡cismo 
y claridad — y sin otras pretensiones que las que puede sus- 
tentar un espíritu apasionado por lo bello y por lo bueno. 

En consecuencia^ no me lastima que se discuta la forma 
ile mis párrafos, unas veces demasiado originales por la ex- 
pontaneidad de sus descripciones pintorescas; otras, matizados 
de comparaciones raras; aquí, difusos, en el desarrollo de 
los temas; allá, desordenados en su eslabonamiento sucesivo. 

Otra cosa digo del fondo. Siento cariño por las ideas que 
vertí, pues ellas fueron seleccionadas entre las mejores que 
soy capaz de pulsar y expuestas teniendo siempre clavada en 
la mente la obsesión del bien de mi país. La patria, co- 
mo los grandes cultos, no reniega del concurso intini- 
tesimal de los humildes. 

Precedo la publicación de las correspondencias de un artículo 
que escribí, antes de partir, para disputar el premio en unos Juegos 
Florales — que no sé porqué jamás se realizaron, — en mérito á 
que esa producción de critica docente y de rápida filosofía social 
os luego confirmada por las impresiones posteriores de que soy 
deudor á esa maravillosa democracia del Norte, que influen- 
cia tan decisiva ha ejercido en mis ideas y en mis gustos. La 
teoria proclamada en el referido artículo encuentra sanción 
consumada en las crónicas, repletas de realidad, que le siguen. 

Sinceridad de mi parte, indulgencia de la vuestra, y á la 
cuestión. 

Jj|,uis sS^^lbcrto de 3(errera. 






Ventajas é inconvenientes en nuestro país del aumento 

del número de personas 
que adquieren título para ejercer profesiones liberales 



Ti*abajo presentado á los Juegos Flo- 
rales que hubieron de realizarse en Mon- 
tevideo el 25 de Mayo de 1901. 



£1 tema propuesto por la Universidad Mayor de la Re- 
pública para ser desarrollado en éste certamen^ que versa 
sobre las ventajas é inconvenientes^ en nuestro país^ del au- 
mento del número de personas que adquieren título para ejer- 
cer profesiones liberales, posee todo el interés y toda la 
vigorosa actualidad de los asuntos más palpitantes. 

Para abonarlo así y eíu ocurrir á ai^umentos irrecusables 
de índole local, bastará recordar que en el día el mundo 
civilizad^, mordido en sus entrañas de gigante por raras y 
nerviosas agitaciones, se revuelve incierto, preguntándose cómo 
deberá ser amamantado el espíritu de las generaciones veni- 
deras y qué fórmula de educación pública conviene mejor al 
porvenir de las naciones. 

Un rumor de tormenta parte de las nuevas y de las viejas 
sociedades. £1 siglo ya inaugurado será siglo de combate y 
de todos los rumbos llegan los ecos de un gran crujido. 

La propaganda tenaz de la prensa, que ilumina con llama- 
radas de incendio; el avance incesante de las nuevas ideas, 
vencedoras al través de los mares; la mayor holgura de las 



8 LülS ALBEBTO D£ HBRREBA 

clases humildes; el derecho^ paseado en andas por la libertad, 
que tiene pedestal de granito en las conciencias ya ilumi- 
nadas; las concitaciones trájicas de los tribunos; sus arengas 
y sus impulsos^ unidos éstos con mil elementos más de rege- 
neración^ han creado un nuevo orden de cosas en el campo 
de las ideas, que ya exije impaciente su confirmación victo- 
riosa en el campo de los hechos. 

Es el legado trascendental de la Revolución Francesa, cuyo 
cobro hoy se hace efectivo sin perdonar los intereses cen- 
tenaiios acumulados; es el cúmplase puesto por la voluntad 
humana, orgánicamente libre, á los decretos universales y á 
las conquistas férreas de un pasado de gladiadores; es el 
espíritu nuevo que desata y rompe ligaduras; es el santo an- 
helo igualitario que tuvo su primer apóstol en Jesás, el más 
grande de los filósofos socialistas; es el pueblo, que ya no 
lleva cataratas en los ojos, — pues sabe leer y escribir, — gol- 
peando en el hombro á todos los absolutismos que se agitan 
azorados como si estuvieran en presencia de los signos fatí- 
dicos de Baltazar. 

' ¿Cómo se detiene este choque de preliminares apocalípticos? 
¿Qué dique resistirá á las aguas embravecidas que avanzan 
arrolladoras, como una enorme marea? Esta profunda interro- 
gación barrena á todos los cerebros pensadores y constituye 
por si sola la gran ansiedad de la época presente. 

Sintetizando, á fin de no perder el hilo del asunto, nece- 
sario es decir que los más eminentes hombres de Estado 
coinciden en afirmar que sólo la educación, razonada y armó- 
nica, podrá apagar esta inmensa sed de justicia y de. luz que 
atormenta al orbe que, de otro modo, abandonado al capri- 
cho de exasperaciones terribles, ya dibujadas, nos amenaza 
con la perspectiva de * catástrofes aterradoras cuando el desa- 
tino y la historia quieren ponernos en presencia de un subli- 
me y salvador alumbramiento! Pero, para acercamos lógica- 
Qaente al ' tema que trataremos, conviene sefialar el distinto 
aspecto que ofrece la lucha aptmtada en Europa y en 
América. 

Attá, los bnitales exijencias del interés' internacional, que 
obliga á li|8 muefa^dmnbreB á vivir la mitad de su vida eo la 



D£8D£ WASHINGTON 9 

esclavitud militar, el hacinamiento de las clames laborantes en 
espantosa promiscuidad social y la mala retribución del tra- 
bajo humUde, ensangrentado por la competencia, prestan causa 
á protestas de reivindicación clamorosa y á las más frenéticas 
propagandas disolventes. Max Nurdau, León Tolstoi, Bebel, 
se dáu la mano, sin cuidarse de las fronteras, en ésta cam- 
paña justa pero de consecuencias formidables y asustadoras. 

El mundo viejo quiere su redención y, para alcanzarla, 
deberá pulverizar, destruir... por eso... porque es vi^o. 
Aventuramos ¿es aquella una fosa que se cierra? Aquí, en 
éste hemisferio virginal, sobra espacio para todas las activi- 
dades 7 consuelo para todos los dolores humanos; aquí, la 
tierra, cuyos senos tienen las opulencias espléndidas de la 
juventud, rinde ciento por uno; aquí, ni se oye ruido de 
cadenas, ni hay plebes que pidan pan, obligadas por cóleras 
iiambrientas, ni se coartan laA libertades colectivas. 

De ahí que las voces grandilocuentes de los hijos ilustres 
de ésta parte del globo se abracen en un himno de confra- 
ternidad y de incitación al trabajo. 

El mundo nuevo quiere su grandeza y, para alcanzarla, 
deberá crear, construir.., por eso... porque es nuevo, Pre- 
gtmtamb» ahora, ¿es ésta una cuna que se abrü? 

Con lujo de concisión queda establecido a^í el diferente 
carácter y el diferente propósito de la educación en inio y 
en otro continente. Europa, organismo que cede, obligada por 
las multitudes busca escudo, para evitar un derrumbe total, 
en la enseñanza difundida y liberalizada. América, organismc» 
que se afirma, en pleno período plástico, obliga á sus multi- 
tudes á aprender y ella lo quiere así, para fundar su pos- 
teridad purificada. 

Nuestro ambiente continental, limpio de prejuicios caducos, 
en su insondable diafanidad ostenta ia bandera del porvenir 
pacífico, grande, luminoso de la América. 

Ese porvenir será resultado directo de la educación públi- 
ca, mensajera por valles y por montafias del catecismo de 
la libeAad y del derecho que ciñen, cual ramas de laurel, ia 
frente esplendorosa de* las instituciones democráticas. 



10 LUIS ALBERTO DE HERRERA 



II 

£1 tema presentado por la Universidad Nacional plantea 
decididamente el problema de la Instnicción Secundaria. 

Para proceder con método y entrando de lleno á la cues^ 
tión apuntaremos, por su orden, las ventajas y ios inconve- 
nientes de la producción universitaria que, abultada, tam- 
bién puede engendrar en este país el proletariado de los 
bachilleres. 

Enseguida abi iremos juicio rápido sobre la mejor manera 
de aumentar aquellas y de disminuir éstos, siendo esa, oon 
seguridad, la parte mas átil del trabajo emprendido por el 
hecho de recojer toda la filosofía de nuestras modestas obser- 
vaciones. 

Ventaja positiva existe en aumentar el número de las per- 
sonas de altos conocimientos; en obtener para las lides de la 
ciencia apóstoles caracterizados que luego serán misioneros de 
nuestro prestigio y de nuestra fuerza; en sellar esos balan- 
ces anuales de la intelectualidad nacional llenando los vacíos 
obligados que dejan los veteranos del saber, caídos en la 
dura brega, con suplentes guapos y fornidos capaces de here- 
dar con honor el pesado lote de responsabilidades técnicas; 
en hacer ingenieros, médicos, abogados nuestros; en arrojar 
semilla de luces en el surco de la inteligencia nativa; en 
devolver á la campaña, convertidos en hombres, más aáu, en 
hombres de superícr provecho, á los jóvenes que ella envía 
á la metrópoli en demanda de pan espiritual bien amasado; 
en formar caracteres y nutrir talentos qire nos honren en el 
extrangero; en clavar el nombre de la patria á la altura de 
su legendaria bandera dándole hijos sabios, inventores y obre- 
ros de vuelo; en preparar ciudadanos que sepan morir defen- 
diendo lo "justo, porque á querer lo justo aprendieron en los 
claustros; en que surjan narradores brillantes de nuestras tra- 
diciones heroicas; en que haya poetas de estro de oro; en 
que los orientales sean espartanos por su pasión austera y 
atenienses por la intensidad de su genio latino. 

Y es la Universidad, con su labor ánica é incesante; quien 



, BSflDE 'VJORnHOTOST 11 

asegura á la patria la no extinción de todas esas razas del 
esfuerzo y del talento que tienen la resistencia del haz romano. 

Desde Iiace afios el país sufre la falta de elemcnjtos din- 
jeates y sin embargo, hay intereses importantísimos que tute- 
lar, múltiples v beneficiosos ministerios que cumplir. 

Mejor que nada acredita la veracidad de este aserto la 
circunstancia de estar las funciones del alto profesorado y 
de la más elevada alcurnia social entregadas á manos extran- 
jeras. 

La Facultad de Medicina, á |>esar de ser febril en sus 
tareas, no llena aún con su producción titulada, las exijen- 
cias do la salud nacional. Si en la capital ya empiezan los 
médicos á incomodarse los unos á los otros, en cambio, los 
centros urbanos del interior carecen de ellos entregándose, 
en consecuencia, al peligro y al ridículo de los trataiuientos 
más desautorizados. 

La Facultad de Matemáticas, de creación moderna, ha 
cumplido brillantemente su misión. Por lo demás, su rendi- 
miento no nos sobra ni nos atosiga, pues apenas el gobierno 
ha diríjido en sentido alabado sus iniciativas en el asunto 
de vialidad, creando las inspecciones Técnicas Regionales, 
han tenido colocación en el servicio público, sin dar abasto 
su número actual, tod<is los noveles ingenieros. 

¿Hay exceso de abogados? £1 consenso vulgar así lo dice. 
Sin embargo, tampoco ocurre tal. Los abogados orientales no 
alcanzan á dos centenares, y si parece que ellos supera- 
bundan, es simplemente porque, en mérito á nuestras con- 
tradicciones, las funciones legales, los delicadísimos carg*>8 de 
la justicia menor — que tanto representa — han sido confiados 
á jiersonas sin conocimientos jurídicos algunos. £1 día en que 
se sancione la reforma de la Administt ación do Justicia, ya 
planeada, no habrá letrados bastantes para ocupar las vacan- 
tes que ^ae ^roduoiníii. 

De manera que estos comentarios notorios que renuevo^ 
permiten destruir, desde ya, esa voz que da en 8U|>oner á 
las aulas en una porfiada fabricación de titulados sin razón 
de aer y sin puesto que ocupar. 

Avanzando en el examen ¿acaso el £stado que educa no 



12 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

ha sentido y no siente el supremo é inefable placer que em- 
barga á los padres en presencia de los triunfos intelectuales 
de sus bijos y que los transporta de jábilo, al punto de olvi- 
dar todos los disgustos, todas las contrariedades, todos los 
sacrificios que han debido hacer para colocarlos á tan dis- 
tinguida altura? 

La compensación en el favor se palpa. No son cierta- 
mente los éxitos guerreros, oscuros y sangrientos, los que han 
enaltecido el nombre de la Repáblica. Han sido, sí, sus 
hombres de lustre, sus reputaciones acrisoladas, sus varones, 
fuertes como el corazón de la palma, quienes fundaron su 
notoriedad hermosa y sus méritos, arrojando flores y virtudes 
y talentos á sus plantas, aán en los días negros en que ella 
creyó morir bajo el filo cruel de la tuberculosis política ! 

Los heraldos salidos de la Universidad, que es fragua, han 
escrito esas nobles psíginas. 

Aquellos que repudian la producción titulada exajeran las 
situaciones, suponiendo que muy en breve no tendremos esce- 
nario que ofrecer á los graduados. 

Quienes se expresan en términos tales ignoran la capaci- 
dad activa del país, que aún estaí por ser poblado, pues es 
todavía un inmenso hogar vacío comparativamente á las socie- 
dades europeas, y olvidan que la campaña ofrece tan ancho 
campo como los centros urbanos á los voluntarios del tra- 
bajo profesional. 

Considero que el sistema de educación superior vigente 
no es el más verdadero, á pesar de su indiscutible brillo 
erudito — como trataré de demostrarlo al coronar este juicio 
crítico — pero también pienso que sus imperfecciones no lle- 
gan al extremo de quitar utilidad á una función social de 
energías bienhechoras. 

Se presta desahogo á un justificado orgullo manifestando 
que nuestros claustros, tal vez los más concienzudos, ya que 
no los más ruidosos del continente, son talleres muv avan- 
tados que en nada desmerecen de las elevadas exigencias de 
la época. 

Entonces el reproche que á ellos puede dirigirse alcanxa 
con idéntico vigor á todos los éstablcdiiiieutos semejantes 



DESDE WASHINGTON 13 

del hemisferio, pues las trascendentales reformas impuestas 
por la novísima enseñanza recién empiezan á querer cuajar 
en las naciones de habia castellana. 

El sabio español, doctor Santiago de Alba, afirma que; 
< el fracaso de las universidades, de los institutos y de las 
academias peninsulares es total y definitivo». 

Pues de nuestras nulas, con ser ellas tan juveniles en edac^, 
no podría decirse tanto, aunque el tiempo y la experiencia 
en casa agcna, que ya empieza á ser muy sugestiva, deter- 
minanín soguramcnte en lo futuro importantes modificaciones. 

En conjunto y dentro de lo existente persistimos en aplau- 
dir el funcionai.iiento de nuestro primer centro que anual- 
mente regala á la nación decenas de ciudadanos de buen 
temple científico, de ciudadanos que podrán luchar con difi- 
cultades positivas para encontrar su com[)Osición de lugar en 
la colmena social, pero que, de cualquier modo, serán ele- 
mentos perdurables de cultura y de constante refinamiento 
público. 

¿Cuáles son los defectos imputables á nuestra enseñanza 
universitaria y qué inconvenientes produce esc rendimiento 
titulado que acabamos de señalar? 

Con mayor facilidad podremos caracterizar la faz perniciosa 
del sistema y al hacerlo así no incurrimos en contradicción, 
pues si bien cabe encontrar poderosos prestigios en los con- 
tingentes aportados á la lucba y á la labor, también, bajo dis- 
tinto aspecto, hallaremos coyuntura holgada para hacer su 
crítica. 

Ante todo, nadie ignora que el problema de la educación es 
igualmente un problema social y un problema económico. La 
dirección de las preferencias profesionales obedece, por encima 
del capricho individual, á inspiraciones de orden pfiblico, por 
una parto, y por otra, cualquier error entre la oferta univcr^ 
sitaría y la demanda de los servicios sociales, engendra uti 
profundo malestar que, entre nosotros, tiene dolorosas reper- 
oosiones de Índole política. 

No volvemos de lo que afirmamos con anterioridad en 
cuanto á que aquí aun no se ha producido, y ello tardará 



14 I.UrS ALBERTO DE HERRERA 

tiempo en suceder, el abarrotamiento temido de elemento» 
graduados sin campo decoroso de acción laborante. 

Pero ocurre que los titulados, en virtud del concepto erró- 
neo que de su porvenir se forjan al calor de est^idios plató- 
nicos, en eterno diiflogo con el ideal que, bien lo sabemos, 
con dificultad fija domicilio en la tierra, concluyen la jor* 
nada convencidos de que la carrera, vestida con la gasa de 
media docena de éxitos parciales en la clase, será piedra de 
toque para resolver las agudas contrariedades del mundo. 

Quienes á los quince años han discutido, muy sueltos de 
cuerpo, sobre la bondad y el alcance de las doctrinas cris- 
tianas llenando los salones con el eco de párrafos, si no 
valiosos por lo menos sonoros; y han encontrado luego una 
sonrisa de ap(»yo admirativo en el catedrático; y antes de 
ser bachilleres ya se permiten abrigar largas aspiraciones; y, 
á lo mejor, exhaustos de fuerzas y de voluntad, empiezan á 
rendir exámenes realizando la maravilla^ que después resultará 
tan cara, de prepararse en dos semanas; quienes así ascien- 
den la pesada escalera, cansados, sin apego, con ilimitada 
vanidad, sufren el más desconsolador é inesperado de los 
contrastes cuando un buen día, chanceladas las cuenttífi de 
lirismos y de mágicas profesías, la madre Universidad los 
coloca — ya doctores — frente á todas las realidades adversas 
de la existencia. 

¿Qué hacer? ¿A donde dirijirse? ¿Por quién preguntar? 
¡Insoluble tortura! En vano el joven diplomado intentará mo- 
verse: ni los demás confían en él — lo que resulta natural 
— ni él mismo se tiene fé, esa fé modesta y fuerte que hace 
un atleta de un enano y que constituye, bien adobada desdé 
la infancia, un precioso amuleto. 

Nuestro estudiante es víctima — tarde lo comprende — de 
aquellas falsas nociones que de la realidad le brindaron allá 
en las aulas, cuando se mecía dulcemente al c^lor de las más 
seductoras concepciones doctrinales. 

Como á las mujeres hermosas, á él lo marearon multipli- 
cándole elogios, justificados en su orijcn, pero siempre y de 
cualquier modo nocivos á los espíritus inexpertos^ como pue- 



DESDE WASHINGTON 15 

de serlo ¡jna copa de vino generoso que destmoraliza cuando 
no se tiene el hábito de beber. 

La extrema duración de los cnrpos, — que median entre diez 
y doce años — concurre á fundar ctfieulos émidos^ puos cues^ 
ta creer que después de un empeño tan extendido y tan 
enciclopédico pueda exigir esfuerzos extraordinarios, abrirse 
ana senda. 

El profesor Max-Leclerc, en quien el gobierno francés 
delegó la tarea de hacer un estudio detenido de la organi- 
zación de los institutos británicos, para trasplantarla al terri- 
torio de la gran República, encuentra uno de los motivos 
encientes de la superioridad de la enseñanza inglesa en el 
hecho de que, c los maestros de esa nacionalidad nunca han 
olvidado que tenían que hacer hombres». 

¡Hacer hombres! Hé ahí la frase que condensa la consigna 
triunfadora de los sajones. 

La extensión enorme de las carreras, engendra, á menudo, 
cansancios mentales aplastadores, pues la inteligencia no so- 
porta impunemente el suplicio de Síaifo. Se resiente, sufre, 
se gasta, como la piedra de afilar, cuando se la tira y derro- 
cha en pruebas abrumadoras. Citada con naturalidad ella 
concurre, galana y expontánea al principio, y abre sus entra- 
ñas luminosas al agasajo del estudio, como las flores prima- 
verales sus |)étalos á los besos acariciadores del rocío. En 
plena robustez, continúa respondiendo al porfiado reclamo 
hasta que, agobiada por el esfuerzo, castigada por los insom- 
nios febricientes sobre el libro, — que son la vanguardia de 
todas las plagas neurasténicas, — cae rendida, para despertar 
indecisa, á ratos, al conjuro inhumano de los estimulantes. 

Algunos llegan á la meta ignorándose mártires; otros se 
van quedando silenciosos en el camino, de la misma manera 
que en las noches de marchas forzadas, suavemente conquis- 
tados por la fatiga, se rezagan de las columnas militares los 
menos resistentes, aún en la certeza de que esos desfalleci- 
mientos pueden costar la vida! ¿Para qué arrastrarse más si 
la máquina no tiene ya alientos? 

Los últimos, pues, forman en el número de los fracasados* 
Jóvenes buenos, ca{>accs, competentes, que vencidos en la 



16 



LUIS ALBERTO I>E HERRERA 



primera empresa, gracias cá la enseñanza moderna que no 
es ni carne ni pescado, ni ordinaria ni de cnaresma», como 
dice ocurrentemente Blondel, pasan á figurar en his listas 
pasivas, inválidos de veinte años! Allí quedarán esperando 
ser favorecidos con un premio de la Lotería de la Caridad, 
6 con un partido matrimonial ventajoso, que es menos premio 
que caridad. 

Estamos entonces en presencia de unidades desorientadas 
que, mitad descontentas de sí mismas y mitad descontentas 
del Estado, que las sacrificó estéril mente, — en ambos casos 
asistidas de razón — se pasarán los días en perpetua protesta 
y displicencia. 

En efecto, Fouiliée constata en su esclarecido estudio so- 
bre el temperamento y el carácter, que existe íntima relación 
entre las sensaciones trasmitidas por el cgran simpático» y 
el aspecto exterior del bienestar en los individuos; al punto 
de poder afirmarse que c quien digiere mal es gruñón y que 
el atacado de una enfermedad al corazón parece presa de 
una continua ansiedad » . 

Análogamente, la agitada situación interna de personas suje- 
tas á mil contrariedades pequeñas, que para nada se creen 
aptas, pues si no son titulados tampoco dejan de serlo, des- 
ocupados y holgazanes contra su voluntad — se hace incom- 
patible con la alegría individual que es, según Goethe, da 
fuente de todas las virtudes», y nada sino decepciones y 
mal humor puede esperarse de lidiadores acobardados antes 
de entrar en pelea. 

Pero, por lo general, la situación de muchos graduados en 
la Facultad de Ciencias Sociales no es mejor que la de éstos 
vencidos. Recién en proyecto la reforma judiciaria, que á 
tantos abogados daría ubicación, al presente los horizont'.w no 
clai'ean. Solo resta esperar, ))ara tejer el primer desencanto 
grande, con la filosofía india del ciego que tiende al azar 
su sombrero confümdo en la expontánea piedad úe los tran«- 
seuntes. 

Los meses corren y la princesa soñada no comparece, y 
las exijencias de la vida a])remian, y, el que menos, tiene im- 
periosos compromisos de afectos que cumplir, y éstas y otras 



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DESDE WASHINGTON 17 

obfígaeíones más prosaicas ya no permiten nuevas prórrogas. 
Entonces abre cariñosa sus brazos la política — cuidado 
coQ sus halagos! — y así, del día á la mañana, y tras breve 
cálculo de probabilidades, surje un flamante tribuno partida- 
río qae, maldiciendo de las ilusiones principistas ganadas en 
}8 Universidad, tira á la calle, por inútiles, los más preciosos 
atavíos de las conciencias honradas. 

¿A la muchedumbre se la compra, como á los niños, con 
mimos y adulaciones? pues, á conquistar su aplauso, que 
todos los medios resultan buenos! Desde esa fecha hay un 
oaevo intransigente y la máscara de los llamados c odios tra- 
dicionales» cubrirá el rostro deslavado de otro más. 

Más tarde se pagan tantas apostasías con una banca le- 
tislativa y por esas veleidades raras de los acontecimientos 
eoemos en el desertor de la llanura que, ya encumbrado, 
tnpieza á hacer farsa altiva, á un heraldo de los derechos 
manes que el pueblo, siempre flaco de memoria, llamará 
«interesado! 

Auestra errada educación secundaria engendra pues, no tan 
lirectamente como puede suponerse, graves corrupciones cí- 
as y electorales. 

ibí no se detienen sus inconvenientes. AI enumerar los 
eficios de la enseñanza superior, incorporamos á ellos la 
yaraeión técnica que adquieren bajo su ancha sombra 
hos hijos de la campaña — tan necesitada do ilustraciones 
evaeltos por la metrópoli al hogar con nutrido y brillan- 
agaje intelectual. 

^ro, agreguemos ahora, que, á ser otro el método docente 
ís inmediatas á la utilidad práctica sus tendencias, la 
íh apuntada crecería en importancia. 
efecto, libtoriemos el caso coman para hacer luego su 
)tario clínico. Él se presenta, en noventa y cinco ejem- 
fobre cien, en la persona del hijo de un hacendado 
\to que, entregado con alma y vida á la marcación de 
y ^ especulaciones jugosísimas sobre haciendab — que 
osa no ba hecho desde que abrió los ojos — solo an- 
>8orber la propiedad del vecino, pues, en el alambrado 
y iDUBT'& el horizonte de sus aspiraciones individuales. 

2 



18 LUI8 ALBERTO DE HERRERA 

Tocado por extrañas fascinacioneB, queriendo para su prole 
lo que él nunca tuvo, el fuerte estanciero resuelve un día 
sacrificarse y envía á uno de sus varones á Montevideo, con 
la misma facilidad y despreocupación con que remite una 
paitida de cueros vacunos al consignatario amigo. 8u afán 
es convertir en un c doctor > al mozo para así redondear los 
poderosos prestigios locales del apellido. 

Enojoso sería seguir en su evolución al fruto silvestre im- 
portado. Con rapidez asombrosa el nuevo estudiante cambia 
de cascara y de aficiones y conquistado ]>or todos los refi- 
nados atractivos de la gran ciudad, que tan mal parada dejan 
la memoria de la casa paterna — que es un bajo relieve de 
encantadora austeridad campesina — concluye por identificarse 
con el medio artificial donde un día se le arrojó contra sa 
voluntad. 

Corren los años, y al fin, al precio de una fortuna despil- 
farrada, se llena el capricho honrado del viejo propietario. 
Ciertamente que ese capricho ha arrebatado un «spiritu, que 
puede resultar viril, á las tinieblas de la ignorancia; pero, 
preguntamos, ¿está prácticamente preparado para afrontar las 
contingencias de su futuro quien, llamado á ser heredero 
de cuantiosos intereses rurales, de enormes porciones de 
terreno y de ganados, no ha aprendido á laborar esos bienes 
cuya gestión provechosa es el Estado el primero en necesi- 
tar? ¿Acaso no hubiera sido mucho más lógico que el hijo 
de padre estanciero siguiera la huella de su mayor, y que la 
capital, en vez de devolver á la campaña un brillante legu- 
leyo, le ofreciera un obrero fuerte, do positivos conocimien- 
tos agronómicos y versado en todas las exigencias y adelan- 
tos de las tarcas ganaderiles, que ya poseen contorno de 
ciencia? ¿Acaso no convendría más á la patria contar con 
un vecino progresista y de extendido influjo local, gracias á 
la fortuna material adquirida en herencia y gracias, también^ 
á la fortuna moral adquirida por una concienzuda educación, 
en vez de tener un nuevo aspii*ante á diputado, que no otra 
cosa pretenderá el flamante retoño? 

Las riquezas del país tienen su fuente mrís vigorosa en la 



DESDE WASHINGTON 19 

inmeusa campaña que centuplicará sus generosidades rentís- 
ticas cuando abunden las manos capaces de usufructuarla. 

8e insiste por algunos en que la agricultura entre nosotros, 
es un desastre. ¿Puede aceptarse este aserto categórico cuan- 
do, río |)or medio, tenemos ei espectáculo prodigioso de la 
Repáblíca Argentina salvada de sus más graves catástrofes 
financieras en hombros de sus millones de bolsas de trigo; 
cuando la provincia de Santa ¥éy hasta ayer yerma y pobre 
bajo el casco del caballo montonero de Estanislao López, 
influye en los mercados europeos con su colosal producción 
agrícola que es de oro? 

Nuestro departamento de Canelones, ¿no es el más posw 
tivainente poblado de la República; no es el más positiva- 
mente rico; no se impone por sus progresos evidentes? Y 
esto lo ha hecho bajo el imperio activo de inmigrantes cana- 
rios que siembran y recojea pagando tributo á increíbles y 
perjudiciales preconceptos y rutinas. ¡Qué no representaría su 
reemplajso en otras regiones, todavía vírgenes, por hijos del 
país laboriosos, dirigidos, á su vez, por criollos de vuelo 
técnico ! 

La ganadería nacional vive aún en pañales, si recordamos 
su minucioso carácter en otras partes. Empezando por men- 
cionar que los campos orientales recien están alambrados, que 
la verdadera veterinaria provoca risotadas en nuestros paisa- 
nos, que el refinamiento de los productos recien se inicia con 
las Ferias Departamentales y que las mayores plagas que fla- 
gelan á las haciendas se atacan con remedios contemporáneos 
de la edad de piedra, — se encabeza firmemente el comenta- 
rio crítico de nuestra situación ganaderil. 

En cuanto al comercio en el interior, está monopolizado por 
elementos extranjeros, que hacen alarde de su condición exó- 
tica para eludir todos los compromisos de concurrencia á los 
progresos locales, y que, encerrados en su concha mercantil, 
son señores de horca y cuchillo de valiosos intereses analfa- 
betos. 

Mucbo que nos domina el asombro cuando leemos que, en 
tiempos de España, contando por cientos los años para atrás, 
en mérito á desatentados sistemas tributarios, una pieza de 



20 LUI8 ALBERTO DE HERRERA 

ropa traída á lomo de muía desde las altiplanicies peruanas, 
valía sumas fabulosas comprada en Córdoba. Sin embargo^ 
esos increíbles anacronismos tienen cierto reflejo en el carácter 
fiingular del comercio radicado en nuestro interior, donde los 
pulperos barren con el resultado de las esquilas y ponen 
precio exorbitante á los artículos de uso más vulgar, ampa- 
rados por la torpeza de los estancieros y explotando la au- 
sencia exagerada de comunicaciones. 

¿Qué reclaman esas perniciosas dictaduras de economía 
rural para morir? Pues, la competencia razonada y hábil de 
los criollos á quienes todo favorece. 

Pero no es, á buen seguro, con abogados y con médicos 
que estos afanes de sólida regeneración fructificarán. La uni- 
versidad, á pesar de ser un baluarte brillaotíáimo de civiliza- 
ción, no arma, lo creemos, caballeros para las luchas que 
acabamos de bosquejar, prosaicas pero fecunda;». 

Un pensador ilustre, Mr. Yictor Duruy, ex-ministro de Ins- 
trucción Páblica en su país, engolfándose en una crítica irre- 
futable de los artificios y errores de la alta enseñanza, ex- 
clama, al cerrar una entusiasta apología de la labor campestre: 
(También de cultivos viven las glorias de Francia!» 

Aquí termino la apreciación concreta — teniendo presente á 
nuestro primer instituto — de las ventajas é inconvenientes 
que origina el aumento de las huestes letradas. 

De intento no hemos querido clavar el bisturí en lo hondo 
para no vernos en el caso de herir, con una crítica inhu- 
mana á fuerza de teórica, á la santa institución libertadora 
de los espíritus que prepara el poderío oriental en el foro, 
en las ciencias, en el libro y en la tribuna. 

Por lo demás, lo repetimos, extravíos evidentes en el rum- 
bo seguido — que hoy apenas se dibujan — recién serán temi- 
bles mañana, en un futuro lejano. En la actualidad, hay 
interés en aumentar el námero de personas ilustradas, aún 
dentro de moldes imperfectos y dentro de un cauce ya agrie- 
tado. A pesar de las deficiencias enunciadas, la educación 
universitaria, mismo la pictórica, la exuberante — á la que 
todavía no hemos llegado-^ será más beneficiosa que perju- 
dicial, considerada en el conjunto de sns méritos y lunares* 



DE8DE WASHINGTON 21 

Pero, ¿podría ella ser mejor, reunir mayores elementos 
eficaces? Afínnamos que sí. Esa decidida aseveración nues- 
tra determina la parte más interesante del trabajo que fina- 
liznmos y plantea el examen del asunto en su verdadero 
terreno. Auscultado el paciente y seQalada la enfermedad, que- 
daría trunca la obra del médico si se reservara prescribir 
tratamiento para intentar la victoria sobre el mal. Exhibido 
lo que es regular, pongamos de relieve lo que sería mejor 
abriendo, al efecto, un capítulo definitivo, dictado por nues- 
tra sinceridad y ungido por el más intenso amor á la patria- 

III 

El gran viejo Domingo Faustino Sarmiento, que aun muerto 
proyecta su genio, gigantesco como sombra de monta&a, sobre 
la inmensidad, decía, apreciando la índole de los nativost 
que € nosotros somos demasiados caballeros ])ara ejercer una 
])rofesión útil; en cambio, agregaba, al anglo sajón se le vé 
siempre con la azada en la mano». 

Esta observación, que tiene filo de espada como los párra- 
fos rudos del Facinidúj suda todo el amargor de las verda- 
des desfavorables. 

Niidie discute ya que el rasgo saliente de la idiosincracia 
local no resulta ventajoso. 

Estos países hablan mucho, conciben demasiado, sueñan de 
noche y también de día, bajo la influencia pf»rníciosísima de 
singulares opios, y marchan á menudo á ciegas en la prose- 
cución de sus destinos, ora iluminando su senda con clari- 
dades solares, ora sumergiéndose en profundas tinieblas. El 
nervio es su motor. 

Las naciones del Norte, reunidas en consejo de familia, 
orgullosas de su férrea estirpe, crecen sólidas, avanzan con 
lentitud — que es fuerza reflexiva -laboran é invaden en silen- 
cio encadenando antes la victoria á su carro de combate. En 
el másenlo está su palanca. 

El distinto régimen seguido en la educación, fijando dos 
distintos puntos de partida á líneas divergentes, decreta dos 
distintos criterios y resultados. 



22 LÜI8 ALBERTO DE HERRERA 

Sin entrar á hacer un estudio comparativo, que nos lle- 
varía muy lejos, daremos por sentada una conclusión que ya 
posee perfil y vigor de teorema en el mundo pensante: la 
superioridad pníctica de la enseñanza sajona sobre la latina. 

Pero en el afán de condenar ésto no toquemos el extremo 
contrario exagerando el elogio de lo otro. 

Perfecto ó no el sistema anglo-sajón, probablemente, con 
seguridad, no rendiría aquí, trans[>Iantando íntegro, los pas- 
mosos coeficientes recojidos en otras tierras, en otros climas 
y en el seno de otras razas. 

El problema educacional, como todas las cuestiones com- 
plejas, no puede resolverse de plano en tal ó cual sentido, 
bajo metro inexorable, como si se tratara de medir pies de 
verso. La Economía Política nos manifiesta que el proteccio- 
nismo y el libro .cambio suben 6 bajan en su temperatura 
doctrinaría cuando se les acerca á la realidad, pues los 
organismos sociales hacen depender de su estado íntimo el 
mayor ó menor auge de una tesis sobre otra. 

Tjo mismo ocurre en materia de enseñanza. La educación 
sufre ciertas y determinada'^ modificaciones, ya sea debido á 
ca.usas de origen, ya sea por la edad, por la índole especial 
del medio, por su aspecto, ya sea por circunstancias perso- 
nalísimas de actualidad obligada. Como los cuerpos químicos, 
los pueblos tienen su reactivo y precisamente, en encontrarlo 
ajustado lí cada caso, eetriba el talento de los reformadores. 

¿Qué pide, pues, la educación superior en la Reptíblica para 
ser ariete de porvenir? 

Primero conviene analizar brevemente las condiciones pro- 
pias del medio: conocer la tela para el^^girle luego marco 
digno. 

Bajo múltiples conceptos es típica la situación de nuestro 
país en el concierto sud-amerícano. 

El contorno geognífico de la tierra que sirve de pedestal 
é la gloria inextinguible de Artigas habla al espirita previsor 
de futuros éxitos marítimos, porque nuestra prosperidad ma- 
yor la encontraremos mañana en el agua, hendiendo la in- 
mensa faja líquida que invita al intercambio con lejanas 
sociedades; porque la naturaleza, con su lógica de hierrOi 



DESDE WASHINGTON 23 

nos dice que alguna vez dejanfn de estar desiertos nuestros 
lindos puertos oceánicos y litorales; por la misma razón sal- 
vadora que ha hecho de Chile una nación marinera, que 
inmortalizó en los mares el nombre británico, y que lleva al 
gobierno argentino á invertir sumas fabulosas en iniciativas 
navales. 

Etnológicamente constituimos un ganglio original que solo 
se imita á si* mismo. El legendario espíritu charrúa flota 
sobre los campos uruguayos y la sangre derramada en luchas 
fraticidas y en aventuras exteriores, que solo nos dieron 
honor, atestigua si los descendientes del cacique Zapicán y 
de Abayubá son ó nó de estirpe guerrera y pujante. 

El tipo nativo, que se está fundiendo como se funde el 
bronce, amalgamando diversas energías, poseerá, una voz con- 
cluido, el valor artístico de las campanas, tanto más sonoras 
cuanto mayor es la complegidad calculada de sus compo- 
nentes metálicos. 

Bajo la faz internacional, la historia, que es de ayer, nos 
cuenta que una vez los Orientales llevaron sus fronteras 
hasta el Ibicuí; que al padre de la patria, otra vez, Cor* 
doba le regaló una espada de honor como c Protector de 
los Pueblos libres»; que Martín García señala un gran des- 
pojo, despojo que no prescribe ante el derecho, de la misma 
manera que nunca so legitimará ante el criterio argentino 
el arrebato de las Malvinas, siempre protestado por la can- 
cillería en Lfóndres; que la doctrina implantada para resol- 
ver el conflicto inventado de la navegación en el río Yagua- 
rón y en la Laguna Merim, acusa una monstruosidad jurí- 
dica sin antecedente; que si en 1828 desempeñábamos, como 
gráficamente lo establecía Lord Ponsomby, el papel de un 
algodón entre dos cristales con respecto á la Argentina y 
al Imperio del Brasil, con posterid^id hemos sido aplastados 
por esos gigantes y, al presente, olios nos escoltan en nues- 
tro progreso y agitaciones internas con demasiada galantería. 

Por el lado económico, esa misma contrucción del puerto 
de Montevideo, que responderá mu^ pronto á las exigencias 
de an porfiado clamor nacional, demuestra cuanto es el apre* 
mió de las fuerzas productoras y el alcance de las 'solucio- 



24 I.UIS ALJ9ERTO DE HERBCRA 

ncB monumentales á que hay que llegar para gervirlas con 
resultado. 

Políticamente la herencia^ no tan oscura como suele supo- 
nerse^ de los pleitos de familia, con su coitejo de ódios^ de 
irregularidades, de errores y de ambiciones frenéticas, que 
posee á la par la grandeza trájica é imponente de las con- 
cepciones shakesperianas, deberá ser recibida por las nuevas 
generaciones bajo beneficio de inventario. Ellas desbastarán 
la superficie áspera para reconstituir nn poema — como el 
lapidario que arranca un diamante del fondo de un tosco 
mineral, — un poema que rompe el molde de lo vulgar en 
las cargas de Caseros y en los empujes de la defensa de 
Montevideo; que flamea sus estrufas sobre las ruinas in- 
mortales de Paysandú mártir; que fué escrito con el corazón 
y con el brazo y aureolado por la eiiopeya. 

£1 balance, pues, de ese noble pasado afin está por 
hacerse. 

Un país así constituido^ pequeño por su extensión terri- 
torial, grande por sus merecimientos; an país llamado á des- 
tinos de oro, en cuyo seno se agita y crece una raza de 
aptitudes sobresalientes; un país lleno de vitalidad, pero 
también lleno de zozobras, que siente á sus espaldas y á 
su frente la inquietud de temibles vecindades, ¿debe ser edu- 
cado en el éxtasis, al son de himnos literarios y arrobado- 
res, como la protagonista de UAsommoir, ó pide, por lo 
contrario, una enseñanza que asegure frutos opulentos por 
su carácter práctico y austero? 

Formulada la pregunta, queda planteada la respuesta. 
Pues la Universidad, á pesar de ser benemérita, no llena 
esos fines trascendentales. Más todavía: el aumento de los 
graduados en profesiones liberales en vez de aproximarnos á 
ese rumbo nos aleja de él con perjuicio grave do aquellos 
sagrados intereses exhibidos. 

Tocamos, pues, los últimos eslabones de nuestra tesis. 
£1 país necesita afirmar el sentimiento de su fuerza social. 
Nuestro porvenir exije el culto más intenso y más verdadero* 
del amor á la patria; y ésto se conseguirá, paulatinamente^ 



DESDE WASHINGTON 25 

aliando en ese propósito final dietintos y valiosos factores 
que apuntaremos. 

Fortificar el espíritu oriental será uno de ellos. Estudian- 
do la personalidad de Bismarck^ que talló la grandeza de 
Alemania, dice Charles Benoist, que aquel eminente hombre 
de Estado fué durante toda su vida y murió repitiéndolo: 
c prusiano de la cabeza á los pies y hasta la médula de los 
huesos, siendo esa su divisa en la extraordinaria batalla sos- 
tenida para crear el esplendor germánico.» 

La civilización ¡qué decimos!, nuestros intereses máp vita- 
les reclaman que cuanto antes nos pongamos de acuerdo, 
sellando con el honor de la apoteosis el abrazo en la poste- 
ridad de los padres de la patria, de los que, blancos ó colo- 
rados, pusieron los cimientos de nuestras instituciones libres 
y de nuestro renombre. 

Rivera y Oribe, campeones á cada instante de la santa 
cansa de la Bc.páblica, deben dormir su último sueño juntos 
en la gloria y en la consideración de sus conciudadanos, al 
lado de Artigas y de Lavalloja. Para ello es necesario apla- 
car los impulsos de la pasión, extinguir insanias y acor- 
tar distancias, creadas solo por convencionalismos llenos de 
veneno. 

Los hijos dignos ¿toleran, acaso, la crítica, aún la justi- 
ficada, de sus padres culpables? Pues nosotros, que nacimos 
á la vida libre al calor de las hazañas del Sarandí y del 
Bincón, debemos atenuar todas las faltas, los más graves 
errores, ante esas memorias inmaculadas, como mueren las 
recriminaciones y todos los odios ante el símbolo reconci- 
liador de la cruz. 

Nuestra cultura, ¡que decimos I^ nuestros intereses más vi- 
tales, exijen que al reinado de las más furibundas mistifica- 
ciones históricas, suceda el imperio purificador de la junticia 
postuma. Las figuras superiores de Bernardo Berro y de Joa- 
quín Suárez no pueden continuar perteneciendo á los partidos, 
siendo enaltecidas ó denigradas á voluntad iracunda. 

Ese acuerdo impuesto á la sanción retrospectiva provo* 
cara nna inmensa sensación de alivio y de orgullo en el 
conttóo de \m, patria. 



26 LUrS. ALBERTO. DE HERRERA 

Unificadas las conciencias en un mismo propósito de home- 
naje^ deponiendo todos sus oraciones cívicas ante un mismo 
altar, se consolidará la energía de la acción nacional á la 
sombra auspiciosa de la concordia. 

A la par de esa consagración moral debo surgir la consa- 
gración artística. Nuestras plazas están desiertas de monu- 
mentos y de estatuas, cuando en las páginas de la historia 
surjen luminosas las figuras de Orientales ilustres, porque 
todavía no hemos aprendido á olvidar faltas y á discernir 
premio impersonal á las vii-tudesl 

¿Cómo se ejemplarizará, entonces, á las generaciones que 
vienen, agobiadas por dudas blasfemas? 

En las escuelas la enseñanza del santo amor á la tierra 
donde nacimos — pero por encima de los miserables cintillos 
— fundará prodigiosos resultados. En su encantadora plasti- 
cidad espiritual los niños son flores y sin flores no habrá 
mañana fruto. Imprímase, sin fatiga, la pasión por nuestros 
héroes, por nuestras tradiciones, por nuestras glorias, en el 
alma diáfana de los inocentes, de los ciudadanos en prepa- 
ración. 

Que el pagOy con su fisonomía singular, que el rancho de 
totoras, que el gaucho andariego, valiente y pundonoroso, que 
nuestro cielo, profundamente azul como el destino que la Pro- 
videncia nos reserva, que las selvas orientales, que los ríos, 
que las riqueza^ que los prestigios del país querido, surjan 
vividos ante la mirada de los niños y envueltos en cendales 
de santa idolatría. 

Bulla en el corazón de la infancia el convencimiento de 
que nosotros, diminutos en t^unaño, somos grandes, somos 
titánicos, somos invenciblej>, somos los primeros en el brío 
de nuestros méritos. Recordemos aquella frase elocuente: «si 
no fuera inglés quisiera ser inglés.» 

Queramos, pues, mucho, sin tasa, al terruño que el afecto 
i las madres jamás puede pecar por exceso. Ese sentimien- 
to viril que estimulamos, ¿acaso no prepara la ascensión 
firme é imperecedera del pabellón de la Estrella Solitaria? 
Y su debilitación, ¿acaso no descubre el secreto de las deca- 
dencias internacionales del Perú y Bolivia? 



DRSDB WASHINGTON 27 

Ese calor de bendición se enciende laborando en las esfe- 
ras más apartadas. Han aumentado su intensidad Zorrilla de 
San Martín, vaciando en La Leyenda Pab^ia el himno épico 
de un pueblo que tiene «frente de reyes»; Blanes, reme- 
morando en tela genial la cruzada deslumbradora de los 
Treinta y Tres; Eduardo Acevedo Díaz, arrancando al olvido, 
en páginas primorosas, los ecos de tradicioues guerreras que 
son exclusivamente nuestras; Carlos María Ramírez, fulmi- 
nando con su talento de atleta á nuestros enemigos del pa- 
triciado porteño; Bauza, probando en su inagiatral Historia 
de h Dominaeión Española que Montevideo quiso antes que 
Buenos Aires la liberación de la metrópoli é intentada supo 
mejor que la aristocrática rival interpretar la aspiración de 
las multitudes enardecidas. 

Finalmente, concurren á ese mismo fin, estos Juegos Flo- 
rales, resueltos para exaltar ima efeméríde de hierro, que 
llaman á brillante torneo á la inteligencia oriental para que 
ella honre asuntos y epopeyas orienUles. 

Es indudable que nuestro régimen actual de enseñanza 
universitaria no responde á tendencia tan importante. Sucede 
en las aulas que se investigan á fondo las ciencias do gene- 
ralización en perjuicio de elevados intereses locales. Las 
casas nuestras no encuentran hospitalidad holgada en los 
programas vigentes. 

El emperador Guillermo 11, y persisto en elegir fuente 
semejante do opiniones por cuanto Alemania es en la mate- 
ria discutida la maestra del mundo civilizado, acaba de 
exponer en un discurso de notoria trascendencia: «Que él 
desearía ver al elemento nacional más desarrollado en lo 
que se refiero á la historia, á la geografía y á la mitología 
de su país. Comencemos, dice, desde el principio entre nos- 
otros por conocer nuestra casa». 

Así habla el gobernante de una nacionalidad que triunfó 
en 1870 con el maestro de escuela. Así habla, todavía pide 
más acento germánico, el señor real de una tierra que, gra- 
cias á su prodigioso poder de absorción, ha vencido los 
cariñoe franceses en Alsacia y en Liorena y cuya ya adcjui- 



28 LUIS ALBERTO D£ HERRERA 

rida grandeza lleva el sello profundamente nativo de la polí- 
tica bismarckiana ! 

¿Qné diremos á ésto^ nosotros^ que todavía no hemos 
entrado en la hermosa senda? 

Ni en agronomía, ni en ganadería, ni en comercio, pode- 
mos contar con un sólo instituto de educación. 

La Universidad nuestra presenta otro inconveniente: ella 
no forma el carácter en sus discípulos. 

Falta á sus claustros el calor que distingue á las asocia- 
ciones colectivas de fuerte empuje. La Filosofía que allí se 
enseña no se aproxima en sus soluciones á las grandes tor- 
mentas morales que torturan al individuo y que tanto inte- 
resa saber vencer. Ni la Química, ni las Matemáticas, ni la 
Historia del país, bocetada con miedo, como si se tratara 
de acontecimientos vergonzante?, ni la atrayentc Física, ni 
el Latín, recetado, para peor, en cucharaditas, ni el estudio 
nebuloso y aburrido do la Gramática, ninguna de esas inves- 
tigaciones de alto vuelo presta á la estatua, perfectamente 
modelada, lo principal: el alma que le falta para poseer 
animación, vida, fuerza. 

Categóricamente afirma Fouilléc: «que el hombre no está 
hecho de antemano, pero que sí se hace.» 

Nuestra Universidad, por causas que tal vez escapan á la 
penetración, no llena esa tarea constructora que está obligada 
á cumplir, como que ella es el noble taller que monopoliza 
todas las simpatías y todas las recias esperanzas de la na- 
ción. 

Pero puede que alguna crítica justificada se esboce apun- 
tando, como un error grave, el colorido monumental que se 
ha dado á nuestra ensefianza superior. Despué» de sois afios 
de duro bachillerato y de otros seis de Facultad, la cabeza 
lacerada de los veteranos que han obtenido premio de cons- 
tancia, debe presentar, por dentro, con su pictórico apeñns- 
eamiento de ideas mal digeridas y de variadísima extracción, 
el aspecto ingrato de una biblioteca revolucionada. 

Una educacióu tan atosigante, tan abrumadora, no armoni* 
za con el espititu liberal del siglo y resucita la memoria de 
la anticuada sabiduría moBfíI. 



DESDE WASHINGTON 29 

¿A qué ese soberbio empefio en pasar por la mente del 
estudiante, al galope, como visión de cinematógrafo^ todas 
las cienoMS exactas y todas las ciencias naturales, elijiendo 
para el efecto á los autores mas especialistas y de exposición 
más dilatada, cuando esos conocimientos adquiridos de prisa 
se irán pronto y para siempre, como se desvanecen los per- 
fumes mal aprisionados? 

Hemos ojeado libros, modelos de la enseñanza facultativa 
en los Estados Unidos de América y todo lo que se diga 
sobre su poca extensión y sencillez será cierto. 

Y cuando una sociedad como la citada extremece con sus 
admirables progresos al mundo entero, ante un ejemplo tan 
virilmente encarnado, es un asunto necio pasarse el tiempo en 
debates de estéril teoricismo. 

£1 estudio detenido de la Constitución Oriental no se prac* 
tica en la Facultad de Derecho; los futuros estadistas, diplo- 
máticos y políticos saleu de ella sin conocer la fé de bau- 
tismo de la patria, que debieran dominar al dedillo. ¿Por- 
qué no se habilita un curso exclusivo de ésta asignatura? La 
Historia Uruguaya, que es catecismo de nuestras glorias y 
martirios, ¿porqué no se enseña con atenta calma, arrancando 
preciosas enseñanzas de sus páginas viriles? Será muy loa- 
ble el conocimiento por lista, como los platos en los hoteles, 
de los Faraones, pero, ¿no nos interesa más la amistad en 
el recuerdo de nuestros grandes hombres? El estudio de la 
Moral Cívica, que ayuda á formar ciudadanos altivos y cons- 
cientes, está desterrado de las aulas. Tal vez se le conside- 
rará inútil. En vez de nutrir á las huestes juveniles con pa- 
siones impersonales, en vez de inscribir en su conciencia el 
culto verdadero y tranquilo de la patria y de convencerlas 
de la obligación permanente en qué están do servirla con fi- 
delidad y con pureza de enamorados, se fomenta en ellas el 
gusto por las rebeliones y el afiíu tartarinesco de la exhibi- 
ción y de la irrespetuosidad más grosera por las agenas 
creencias. 

Pues la armonía de todas esas ' nociones revistadas, que 
tienden á acentuar el sentimiento nacional y cívico, concu- 



30 LUIS ALBERTO D£ HERRERA 

rriría eficazmente i labrar sobre acero el carácter de los 
ciudadanos del porvenir. 

Y no se desprecien estas indicaciones á pretexto de que 
son detalles. No es necesario empaparse en las obras de 
Smiles para saber que los detalles prestan contextura orgá- 
nica á los caracteres. 

Las más caudalosas corrientes de agua tienen ascendencia 
legítima en humildes y perdidos manantiales. 

A nuestra Universidad también le falta algo de hogar. Ello 
proviene, muy probablemente, de la organización libre de los 
estudios, aún durante el bachillerato, que quita motivo para 
que se funde el vínculo de una tranca y sólida comunidad 
entre los aspirantes. Ligados ellos por momentos y durante 
las horas de clase, que son volantes, nunca aloaiMHUí á sen- 
tirse identificados. 

Los ejercicios atléticos mucho harían en ese sentido. La 
salud, la buena complexión muscular, afirma el estado moral 
de los individuos y vigoriza todas las facultades nobles del 
hombre. 

No se haría obra de novedad implantando en nuestros claus* 
tros el culto por los juegos físicos; por la pelota, por el 
foot ball, por las carreras á pié, por el gimnasio, por las re- 
gatas, actividades placenteras todas que desarrollan soberbia- 
mente la musculatura esclareciendo á la vez las inteligencias. 

Además, esas distracciones poseen la ventaja de inclinar 
en sentido inocente y puro las costumbres de los jóvenes, 
apartándolos de la vida sedentaria y viciosa del café, de la 
mesa de juego, del bar y de las jaranas que envenenan y 
que matan preciosas energías. 

Y la intimidad, nacida en el roce continuado de entusias- 
tas emulaciones atléticas, depura el corazón, aparta á la ju- 
ventud de perniciosas neii^ligencias y quita de su camino la 
tentación de los desahogos encarnizados. 

Dos universidades inglesas de alta fama, la de Oxford y la 
de Cambridge, se disputan, año tras año y desde tiempos 
inmemoriales, el triunfo en regatas anunciadas con larga anti- 
cipación, regatas que tienen el mérito de atraerse la curio- 
sidad de todo cl gmn^ imperio. £1 gobierno, para prestigiar 



DESDE WASHINGTON 31 

aquí tan saludables tendencias, debiera de instituir premios 
oficialed que se discernirían en determinada época de los 
cursos y] después de briosa prueba al campeón estudiantil^ 
al más ágil, al más fuerte, al más lucido de entre ellos. 

Ya el doctor Vázquez Acevedo, antes de concluir su fe* 
cundo rectorado, algo hizo para fomentar la afición univer- 
sitaria á los ejercicios físicos. £1 actual restor, doctor Pablo 
De María, inaugurando coa un expresivo y concienzudo dis- 
curso el campo de juegos de la sociedad de foot ball c Albion », 
ha demostrado que concede decidida importancia al arraigo 
de sanas preferencias que marcaron, sólo con modificaciones 
en la forma, el zenit de la virilidad griega. 

Vamos á terminar. El deslumbrante prestigio del tema ha 
dado ocasión para que las ideas nobles se sucedan efusivas 
y cariñosas en nuestro espíritu, como las olas que rizan 
suavemente el mar en los días de calma para morir abrazadas 
en la misma playa y entre las mismas blondas de espuma. 

En nuestra opinión, lo repetimos, la Universidad con su 
conipleja y abstracta organización actual no res|)onde, en 
concepto estricto, á las necesidades sociológicas de la nación, 
que atraviesa en la actualidad el período más escabroso de 
BU adolescencia democrática. 

Para fundar mejor este juicio, hemos podido detenernos 
en un exámeu minucioso de los diferentes servicios que ella 
abarca, haciendo, además, la crítica de los textos oficíales y 
de los programas vigentes. Pero consideramos preferible des- 
echar esta investigmeióa fragmentaria que, fuera de ser pesa- 
dísima, nos hubiera obligado á romper el propósito sintético 
que ha presidido á la redacción de los anteriores párrafos 
y exijido siempre por ésta clase de manifestaciones literarias. 
Asi, pues, henioa suprimido la apreciación del notable tra- 
bajo del doctor Osvaldo Magnasco, Ministro de Instrucción 
Pública de la República Argentina, empeñado en la valiente 
reforma, que tendría afinidades íntimas con el tema aquí 
tratado. 

Sus discursos parlamentarios, llenos de sabiduría, nos hu- 
bieran prestado material de prueba muy importante, pero no 
necesitamos ahondar mayormente el examen paca afirnuir que 



32 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

la enseñanza universitaria actaal aquí es defectuosa y que 
ella ofrece, con sus crecientes cosechas anuales de académi* 
eos, tantos inconvenientes en un sentido como ventajas «n 
otro. 

A quienes tilden de platónicas mis observaciones, contes- 
taré con Labonlaye: «que un pueblo no es una caravana que 
atraviesa la arena, sin dejar en ella señales de sus pasos; es 
una sociedad que tiene un pasado y un porvenir». 

Nuestro pasado fué una trajedía; fué, como todos los par- 
tos, sublimemente doloroso. No olvidemos sus profundas en- 
señanzas y seamos dignos de aprovechar derechos y privi- 
legios santificados en un mar de sangre generosa. 

Nuestro porvenir hay que hacerlo, grande y redentor, ilu- 
minado por las luces de una felicidad meridiana. Paní ello 
es indispensable recordar siempre que si el país necesitó ayer 
de guerreros para ser independiente, él hoy pide ciudadanos 
para ser libre. 

No descansemos, pues, un solo instante en la genial tarea 
de formar hombres capaces de sentir intentísimas las vibra- 
ciones del patriotismo, de realizar el culto de nuestras ins- 
tituciones y de concurrir al engrandecimiento de nuestra 
tierra, que vendrá. 

¿Acaso no se vén en los puertos á vapores diminutos re- 
molcando victoriosos, aún contra su voluntad, á enormes y 
pesados barcos? 

¿Acaso los boersy defensores hasta la muerte de su país, 
como el león de su guarida, no nos ofrecen un ejemplo pal- 
pitante del poder colosal de los chicos frente á los grandes, 
cuando éstos pretenden hacer á aquellos víctimas de su des- 
varío? 

En lontananza vislumbro días gloriosos para la República 
de Artigas. Hagamos carne con nuestra conducta severa, el 
anhelo unánime de triunfo que murmura pertinaz en el pen- 
samiento de las nuevas generaciones y sea la Universidad de 
Montevideo la obrera más avanzada en esa magnífica jor- 
nada, brindando á sus discípulos el tónico de una educación 
fuerte y viril. 

Y el día en que surja el fruto sazonado de estos esfuer- 



DESDE WASHINGTON 33 

Z08 concomitantes; cuando el sol del derecho viva eterna- 
mente clavado en la cumbre de nuestros cerros; cuando las 
mismas brisas de gratitud acaricien la memoria de nuestros 
proceres; cuando los trigales cubran^ por leguas y leguas^ la 
extensión de nuestro bellísimo territorio; cuando ante el altar 
de la patria huyan avergonzadas las pequeñas pasiones de 
pequeños bandos^ y en los campos las aves gorjeen uu mis- 
mo himno de alegría, y en las ciudades los talentos sueñen 
con el ideal de irradiar nuestro poderío concentrado, y en 
las fronteras levanten marcos divisorios, más sólidos que los 
de piedra, las energías acordonadas de los paisanos orientales, 
entonces podremos decir que el futuro nos pertenece, como 
pertenece el laurel á los inmortales! 



T^oniewiii^o^ Vfayo 24 ele /SO/. 



8 






I 



1a despedida — Los viajeros egoístas y los altruistas — Las fatigas 
de la marcha — Mareos en traje de etiqueta — Las dobleces 
del Océano — Rio de Janeiro — 8u paisaje — Sus condiciones sani^ 
tarias — En las Islas Barbados — Fecundidad y miseria — La tie- 
rra descubierta por Oolón — tiew York — En pleno caos — La 
llegada á Washington. 



Al salir de Montevideo contraje el compromiso de escri- 
bir algunas correspondencias para la prensa, desde mi lejano 
destino, y ésta es la hora en que borroneo mi primera cari-^ 
lia empezando así la amortización de aquel deber amable- 
mente imperioso. 

Confieso que mi larga desidia se bate en retirada en esta 
ocasión de labor, corrida por circunstancias excepcionales. 
¿Cómo ser olvidadizo de la palabra empeñada cuando cum- 
pliendo se halaga también un sentimiento personal que podría 
titularse egoista, si egoietas pueden ser las ideas buenas? 
En efecto, escribiendo para los diarios se escribe también 
para los amigos, para los nuestros, para los de casa, en un 
país en donde afortunadamente ya son muy pocos los que 
no gastan el pan eucarístico de la lectura periódica. ¡Y cuán- 
ta necesidad hay de cambiar impresiones, de hablar, de decir 
algOy cuando los días de la ausencia empiezan á formar un 
collar! 

Bien sé que á todos no nos sucede lo mismo. Algunos 
viajeros salen de la patria bufando y echando babas, como 
esos toros bravios que en las yerras rompen la resistencia 
débil de la puerta del corral y disparan campo afuera cual si 
los ahogara su encierro. Sueñan tanto con interponer dis- 



96 LUIS ALBBRTO DB HEEBERA 

tancia, mares y tierras, entre ellos y el viejo nido, que cual, 
quiera los creería capaces de sacudir sus zapato? al dar un 
último paso sobre la orilla para no llevar consigo ni rastro 
de polvo de. la aldea en que nacieron. Y sin embargo^ 
apesar de todo, ellos también vuelven. Buscan en el exte- 
rior holguras y novedades que compran á peso de oro; reco- 
rren anhelosos reinos y ciudades; agotan en excursiones com- 
plicadas y en jornadas de observación fulminante, su plétora 
de agilidad, por lo común más física que intelectual, y cuando 
el último cartucho de vanidad lo han disparado entra el hastío 
y sienten ese obligado cansancio que sucede á las impresiones 
atropelladas. Entonces resurge vivida, exagerada, la memo- 
ría de la patria, pero no envuelta en tules de pasión ge- 
nerosa, como la evocan los corazones altruistas, sino apa- 
reciendo á la distancia, tras las brumas del océano, con el 
carácter ])rosáico y mezquino de una buena posada. Vueltos 
al terruño, ellos, en vez de abrir su espíritu, que • muchas 
grandes y educadoras lecciones lia debido atesorar^ á la inte- 
rrogación fecunda; en vez de hilvanar el comentario sazo- 
nado para convencer de que algo han aprendido; en vez 
de aplicar á alguna industria ó comercio nuestros nuevos 
métodos de trabajo adquiridos en el extranjero, en donde 
tan poco cuesta recogerlos, se enferman de mutismo crónico 
Y hacen de su silencio Bastilla de desdenes. Sólo hablan 
para decir mal de su país, de sus instituciones, de sus 
hombres, de sus costumbres, de su porvenir y do su pasado. 
¡Cuánto mejor harían esos eternos calumniadores en emi- 
grar para siempre llevando su pesado ó liviano equipaje de 
esterilidad y de zoncera! 

Pero existe otra clase numerosa de viajeros. A ella perte- 
necen los que, sin conocer otros horizontes, se embarcan 
contristados sin que alcance á disipar nostalgias la con- 
vicción positiva de que á centenares de leguas brilla la sabi- 
duría y tiene fundadas el mundo sus mejores escuelas. Talvez 
en cierto sentido, recién despiertan ellos cuando salen de 
cabos y, sin embargo, duele despertar. Instruirse, adquirir 
nuevos capitales, ganar experiencia y reflexión, es una seduc- 
tora perspectiva, pero no hay duda que esa aurora vése 



DE80E WASHISOTON 



87 



€mpañada por una tristeza tranquila cuando á popa quedan 
los únicos y verdaderos afectos de la vida, atados al que 
86 va por el lazo levo, casi iriSnico, de una estela. 

Esos ausentes no reniegan jamás de su bandera y sus 
preferencias nativas ganan, si es posible, en intensidad y en 
nitidez cuanta mayor es la distancia que los aparta del ho- 
gar, como si el espacio de cielo que los separa del país 
fuera un espejo colosal que proyectara sobre la cubierta del 
vapor imágenes gigantescas de cosas muy queridas. Es que 
no hay en el Universo montafia más alta que la patria y 
á las montañas se las admira mejor desde lej<)s. 

El sello de esa misteriosa atracción se imprime en las 
nuovas impresiones que se recogen. A toda noticia do ajenos 
perfeccionamientos sociales, á toda comprobación de maravillo- 
sos adelantos en dominios extraños, sucede este rápido y obli- 
gado comentario en el fuero interno: — «¡Qué beneficiosa sería 
esta etiseñanza allá entre nosotros; cuánto resultara de divulgar. 
]>or heraldos de significación científica, estas innovaciones!» 
De manera, píies, que el pensamiento tiene entonces el don 
de la ubicuidad: está cerca y está lejos á la vez. Y movido 
el observador por el afán noble de cultivar su entendimiento 
en forma útil, vé, oye, mira y expone estimulado por una 
inagotable curiosidad. El espíritu adquiere energías sensitivas 
de placa fotográfica, y siempre, como corolario de todas las 
jomadas indagadoras, se piensa con cariño, con sed y con 
hambre de servirlo, en el país civilizado y glorioso en que 
se naciera. 

Yo me incluyo decididamente en el número de esos cami- 
nantes y por eso digo que me es agradable conversar con 
nstedes desde aquí. Y así lo hai'é, en una forma espontánea 
y sencilla, dejando á otros más fuertes el patrimonio de la» 
observaciones profundas. Descuella entre éstos el señor mi- 
tiiatro plenipotenciario de la República Argentina en los Esta- 
dos Unidos, doctor Martín García Mérou, quien ilustra á 
menudo las primeras columnas de La Nación bonaerense con 
8116 brillantes escritos. Personalidad concluida y hombre de 
estado de probada experiencia, bien puede el distinguido di- 



38 LUI8 ALBERTO I)V -HERRERA 

plomátíco hacer cátedra por el hecho de abrir al público bu 
cartera de apuntes. 



Narrar impresiones es tarea más escabrosa de lo que pa- 
rece^ pues nada presenta tantas dificultades como el dibujo 
ensayado del natural. Una sombra fugitiva, el relieve de una 
arii^ta, bastan á veces para dar realidad al cuadro. ¡Y en 
estas sociedades extraordinarias hay tantos y tan complejos 
golpes de luz! Por eso, invadido de un sincero y justo temor, 
me liiuitaré á presentar escenas y á describir sucesos sin engol- 
farme en comentarios, absurdos cuando parten de huéspedes 
de una quincena. A propósito, sí este respecto recuerdo el 
caso de cierto periodista europeo que visitó años atrás la 
América latina. Después de detenerle días en las grandes 
ciudades del continente, se permitió emitir juicios sobre las 
condiciones y csfado característico de cada pueblo. Claro está 
que siguiendo este camino pronto encontró su imaginación 
alevosos despeñaderos. En un ;zás tras! el fantástico foras- 
tero abordaba y resolvía las más arduas cuestiones locales. 
Para revista á vuelo de pájaro bastantes tenemos con las tea- 
trales que son bien mala8, por cierto. 

De Montevideo á Isew York, viaje directo, se invierten 
veinte y tres días, algunos menos que siguiendo el derrotero 
de Europa. Pero sea ó no el tiempo oro, yo, que he gus- 
tado las delicias del primer rumbo, preferiré, en adelante, 
dar la vuelta por las Islas Británicas. En la presente oca- 
sión la línea curva vale mds que la recta. Cuando se esta- 
blezca la proyectada línea de grandes vapores entre Norte 
América y el Kío de la Plata, entonces será aceptable la 
ruta que yo elegí ganando en rapidez lo que perdí en como- 
.didad. 

Presenta tan poca fachada este viaje, con dos escalas 
únicas á lo lai^o del Atlántico, que me da vergüenza ocu- 
parme de él. Pero como todas las cosas deben tener su 
'principio, aunque malo como diría Sancho, apechugaré con 
esa insoportable esterilidad. 

Sólo la experiencia, la brutal experiencia puede abonar lo 



DESDE WASHIKaTON 39 

que 80D fiéis mil millas de trayecto marítimo sin uu solo dfa de 
reposo. ¡Cómo me he mareado! Ustedes se reirán al leer 
estas reflexiones j yo ahora, desde tierra, instalado en el 
tercer piso de un hotel que tiene, diré así, doce series de 
^easas superpuestas, — los acompaño de muy buena gana en 
la broma. ¡Humanas contradicciones! 

Lo que me consuela de mis pasadas derrotas acuáticas es 
pensar que los padecimientos fueron en comandita. Los que 
hemos cruzado el Plata conocemos cuales son los pujos del 
mar cuando se arrebata; pero allá apenas pasa de un ju- 
guete la mala partida. En el medio del Océano el asunto 
cambia de especie. £1 más grande de los trasatlánticos, una 
de esas inmensas moles de vapor que anclados en el puerto 
parecen inconmovibles, se zangolotean, quieras que no quie- 
ras, como una insignificante barca de pescadores. 

Por eso mismo resulta imponente el mar. Cuando está 
plácido y manso, según los marinos, presenta una sugestiva 
calma exterior; pero bajo esa careta que oculta sus fíerezas, 
se agita siempre,^ poderoso y hostil, imprimiendo á la nave 
un balanceo persistente. Hay en ese movimiento do hamaca, 
que no cesa, cierta terquedad que desespera. Y al fin vence 
-el líquido, lo que debiera no alcanzarnos, sernos inofensivo. 
¡Cuántas veces intentamos, en vano, sostener la lucha! Uno 
se dice: «pues nó; hoy no será^. ¿Acaso no aseguran en 
tierra, los que han viajado, que á los dos días de marcha se 
adquiere la costumbre? 

Indudablemente que las primeras escaramuzas son felices. 
Todo el empeño del audaz se dirijo á exhibirse en perfecto 
estado haciendo lujo de buenas disposiciones. Cuando pa- 
gando tributo á esa graciosa solidaridad, que se hace instan- 
tánea en los viajes, viene un ilustre desconocido de la vís- 
pera, pero un afectuosísimo amigo de ese día y pregunta 
á ano como ae siente, se le contesta calurosamente: — ^«¡Oh, 
muy bien! Si el mar está como un cristal. Ya me he 
habituado á la vida de abordo». Y esto se afirma con 
verdadera sinceridad, creyendo que se está en lo cierto, en 
algana parte. Por otr*> lado, se proclama en voz alta el 
ansiado bienestar con un ribete de intención traviesa y de- 



40 LUI6 ALBERSO DE BERRERA 

fensiva. Muchas veces negar que se tenga miedo, aanqne 
se tiemble, evita el conflicto. 

Pero pronto el blando, el aterciopelado enemigo arranca 
la ficción 7 rompe, sin lástima, todos los aFÜficios de sos 
víctimas. ¿Y cómo resistirle? El desastre se dibuja cuando 
se pierden las ganas de conversar y se contesta con mo- 
nosílabos á las solicitudes de los demás. Un pequefio 
acento y ya el malestar asoma sus propósitos endemoniados 
colocando en decidida cuarentena al agraciado; otro empa- 
jonoito, un amargo cuarto de hora de " pelea entre el mar 
perverso que dice sí y uno que dice no, entre el infinito 
y lo finito, y al fin la voluntad abrumada dobla la rodilla 
y viene la entrega vergonzosa, sin restricciones, sin capitu- 
lación. 

Y cuando, echados sobre la borda, se piensa, ya con algán 
alivio del momento, en esa tortura periódica y casi se im- 
plora del monstruo, ya que no un perdón, por lo menos Iob 
honores de un armisticio, parece que desdo abajo, desde lo 
hondo de las aguas, parten los ecos de una risa taberna- 
ria. Hay quien afirma que las altas posiciones causan vér- 
tigos y que bajo el dominio de un fatal mareo muchos 
hombres afortunados cometen grandes errores una vez llega- 
dos á la cumbre. Si la razón de los desaciertos es la enun- 
ciada, á la verdad que hay que perdonarlos. ¡Si á los ma- 
reados no les importa nada de nada! {Esto vá al pasar)- 

£n los vapores ingleses existe la costumbre de sentarse á 
la mesa, de tarde, en traje de rigurosa ceremonia. No puede 
darse práctica más inadecuada y molesta cuando se está en 
un comedor que es salón de baile por dlsposión perentoria 
del mar. De manera que para ser correctos, por una parte; 
para no afirmar el mal concepto que de nuestros hábitos 
soeialee se tiene, por otra: y finalmente, para empezar bien 
la tarde é inspirar compasión al verdugo, pasábamos á diario 
por la romana del diablo y ¡adelante con la etiqueta en el 
infierno! 

¡Gran principio! Todas las mesas ocupadas; ios mozos 
en constante actividad; pedidos especiales, aquí; rectificacio- 
nes, allá; comentarios animados sobre este plato; juicios ge- 



DEBDE WASHINGTON 41 

nerales, etc., etc. Al ratíto, yo, por ejemplo, rompía valien- 
temante la consigna del ceretnonial estricto, y con un Excuse 
atencioBo emprendía la retirada. 

Claro está que nunca faltaba algún valiente, de esos que 
nacen ea todas partes, que dijera irónico: — cPero parece 
imposible que este señor lo pase tan mal. Miren ustedes, 
yo nunca me he mareado y puedo decirlo, pues he hecho 
siete viajes, de los cuales algunos terribles.» — No cruzársete 
una espina de bagre en la garganta, rebelde! 

Antes de alcanzar al café, muchos, muchísimos habían to- 
mado el camino que siguiera el compadecido, presentando un 
gracioso espectáculo la cubierta. Señoras vestidas de lujo 
tiradas en sillones de hamaca, y los hombres, de blanquísima 
pechera y corbata de orden, recostados sígnifícativamente so- 
bre la borda. Hasta el guapo salía á echar su cuarto á es* 
padas, aunque negando siempre estar vencido. 

fi<^cuerdo que el señor cónsul de Norte -América en la 
Argentina, veterano de la guerra de secesión y muy estimado 
amigo, decía en uno do los tantos instantes de apla^^tamiento 
que compailimos: c No le desearía este su]>l¡cio al peor de 
mis enemigos,! — exclamación sentida que alcanzó á propor- 
cionarnos un paréntesis de alegre comentario. 

Será por influjo de reminiscencias recogidas en las páginas 
inmortales de Los Trabajculores del Mar, aunque antes de 
leer á Víctor Hugo ya algo instintivo me hacía repudiar á 
la onda amaina, pero lo cierto es que profeso repulsión, casi 
odio, al formidable elemento nivelador del abismo que separa 
á unas tierras de otras. Todas las pasiones malas del hom- 
bre tienen allí su gráfico reflejo. 

Las perversidades hipócritas y enguantadas de los mortales 
las retrata el mar en sus horas de bonanza, cuando cual- 
quiera juraría que cansado de rechinar sus rencores se re- 
concilia con el heraldo de la civilización que hiende sus 
crestas, y precisamente cuando repliega sus dobleces desde 
abajo, clavando desesperados enconos en la quilla á la vez 
que acaricia despreocupado la línea de flotación. 

lEa los días nublados, sin sol, sin viento, que prometen 
bonrascaa tropicales con vanguardia de aterradores desahogos 



42 LUIS ALBERTO ]>E HERRERA 

atmosféiicosi y también en los días de temporal corrido, 
cuando las olas adquieren el color lívido de los muertos 7 
las furias de los aires tocan el arpa en las cuerdas rígidas 
del velamcDy se reproducen las humanas acuarelas: pasan 
delante de nuestros ojos, allá, esos espíritus agrios, siempre 
enfadados, siempre siniestros y celosos, que tanto abundan en 
un paraje que yo conozco, y, aquí, las grandes tempestades 
del alma, el himno épico que alguna vez en la vida ensayan 
los corazones fuertes. 

Pero el mar se agita espléndido, en toda la majestad de 
su grandeza infernal, en sus horas de regocijo loco, cuando 
se lanza al asalto de la nave entre bramidos y tejiendo, á 
latigazos, blancos encajes. Como pelota de foot-ball va de 
un lado á otro el barco, repudiado con furor por el lomo de 
todas las olas, que son entonces montañas. Nada queda en 
pié dentro de la cárcel trasatlántica. Si de fuerza se trata, 
no hay fuerza ni presión de caldera capaz de competir con 
ese monstruo; si de sonidos, no hay bocina en la tierra digna 
de medir sus notas con la última vibración de la última racha 
del aquilón que pasa rodando por la bóveda del cielo; si de 
rumbo, ninguna voluntad puede discutir con la voluntad de 
las olas que juegan con la caña del timón como si fuera 
una pajilla. 

Al observar estos accesos epilépticos, estas diferentes faces 
de un duelo á muerte, que empieza en el embarcadero y 
que sólo se interrumpe en el muelle de llegada, sin ser fan- 
tásticos, se piensa que el Océano posee vida, sensibilidad y 
memoria; que él tiene también, como nosotros, sus agravios; 
que en su seno palpitan fuerzas gigantescas de organismo; y 
que él no perdona á la civilización la derrota sangrienta que 
ella le ha infligido al violar las fronteras, de intención eternai 
que él levantara con lujo de pujanzas imperiales! 

¿Acaso, cuando el vapor corta la masa azul, no parece que 
las aguas se recogen sobre su huella, como si cerraran los 
labios de una inmensa herida, y el flagelo del maderamen 
ofensor, por marejadas irritadas, no semeja la protesta elo- 
cuente de una vitalidad tajeada? 

Su afán voraz no tiene segundo* Siempre existe en sus re- 



DESDE WASHINGTON 43 

pli^ues cavernosos., ancho espacio para recibir nuevas vícti- 
mas y jamás sucederá que lejos de la orilla le falte fondo 
{>ara naufragar al más grande de los barcos. 

Campeón de siniestra gloria, júbilos endemoniados parecen 
aaludar á cada nueva víctima que llega. 

Osario infinito de los mundos, en sus abismos duermen el 
último sueño atrevidos conquistadores del ideal, caballeros de 
la ciencia, piratas y redentores, cresos y desamparados, ambi- 
ciosos, perversos y propagandistas, que ninguna potencia de 
la tierra pudo avasallar para siempre sus cóleras atigradas. 

Pero la victoria total pertenece á la civilización desde el 
día en que el americano Fulton apresuró el amanecer ense- 
ñándonos á caminar erguidos sobre las aguas! 



Es tan proclamada la belleza del puerto do Río Janeiro 
y de sus alrededores que al reiterar su elogio casi creo que 
incurro en la pobre necedad de quienes, en presencia de una 
hermosa, sólo atinan á articular el mismo estribillo de ala- 
banzas, sin mérito á fuerza de gastado. 

Cuando el trasatlántico se aproxima á la costa, buscando 
la entrada de la bahía, y el perfil raro de las montañas se 
acentúa, sin que la mirada del viajero pueda adivinar el 
amparo de un solo seno para la nave fatigada, parece que 
un error geográfico lia llevado al marino á buscar refugio 
entre rocas y acantilados. Porque á la retaguardia de esas 
asperezas andinas, encerrada bien en el fondo, como lago 
dormido sobre un valle, está el famoso puerto que sirve de 
desahogo á uno de los más ríeos enjambres de la civilización. 

Un escritor francés afirmó que, á ser cierta la leyenda del 
Paraíso, ella debió desarrollarse en el sitio elegido para echar 
los cimientos de Río de Janeiro, paleta sin igual, preferida por 
la naturaleza para acumular colores dignos de los jardines 
edénicos. 

El acceso por agua á Montevideo también ofrece sus en- 
45antos, pero la perspectiva marítima de la capital fluminense 
exhibe otro género de atractivos. Aquel es un paisaje i plá- 
cido, suavemente sugestivo, que se cuela por los ojos sin 



áá LUIB ALBERTO DE HEBRERA 

sobresalto, como la expresión más acabada de una armonía 
topográfica. Nuestra ciudad es, en una palabra, gallarda 7 
linda, abrazada desde el mar; apenas presenta los accidentes 
bastantes para dar variaciones al conjunto; y hasta el mismo 
Cerro, que es nuestro blasón, se iergue tímido sobre las olas, 
avergonzado de combatirlas. Una acuarela. 

Pero el golpe escénico que presenta llio de Janeiro, obe- 
dece á otra arquitectura; es monumental. Un puñado de 
montañas seleccionadas, estoy seguro, entre las mas altane- 
ras, se apeñuscan sobre la orilla, como si se codearan unas 
á las otras para obtener puesto delantero, luciendo la blanca 
divisa de sus sienes eternas, colosales cimeras que harían 
temblar de envidia á la cimera histórica de Enrique IV. 
Si alguna ruta existe en la tierra que conduzca al cielo 
ahí está ella y esos won sus magníficos escalones. La sín- 
tesis óptica de aquello no se desvanece. La impresión artís- 
tica es demasiado soberbia para <)ue pueda borrarse en un 
recodo del camino. Nuestra ciudad triunfa por la pureza y 
corrección de sus líneas; el Janeiro domina, abruma con el 
gigantesco desorden de sus perfiles. Aquel desborde carac- 
teriza un concepto plástico imponente; aquellas exuberancias 
despiertan las más locas fantasías de la imaginación; aquel 
horrible y sublime desconcierto de montañas que se abrazan, 
como bajo una inspiración de lujuria, evoca concepciones apo- 
calípticas. ¡Qué maravilla del arte! Allí debió concluir sus 
días el genio proscripto; allí, entre grandezas, hubiera encon- 
trado digna sepultura la grandeza trágica de Napoleón; pi- 
sando aquellos estribos de granito debió llegar á la inmor- 
talidad el dominador de la Europa y sobre el dorso atlétioo 
de aquellas cumbres, que se esfuman en el piélago inson- 
dable, debieron rodar sus glorias y las hazañas do sus gene- 
rales acariciadas por la bandera tricolor. 

Pues sobre vertientes que asustan, luchando palmo á palmo 
con las rocas y con el precipicio, alza la primera ciudad 
del Brasil el núcleo compacto de su edificación atrevida. 
En el fondo de esas quebradas se agita, vive y labora un 
organismo de enormes eneigías, que allí todo es negación de 
lo pequeño! Río Janeiro, sui^do bajo el ala de cóndor de 



DESDE WASHINGTON 45 

SUS montañas^ se extiende en espléndida gradería desde el pica- 
cho hasta la orilla del Océano, en plena posesión de sus 
vitalidades metropolitanas. 

Durante un día pudimos gozar el placer estético, de aquella 
perspectiva única y á la verdad que no nos faltó durante 
ese espacio de tiempo persona cotíapeténte que nos apuntara 
las bellezas locales. Nos referimos á un amable ciudadano 
brasilero, el doctor Aranjo de Vasconcellos, que fué nuestro 
compañero de viaje hasta New York. Complacía realmente 
el justo entusiasmo localista de aquel fluminense, apasionado 
por la ciudad natal. Gracias li él supe que la leyenda atri* 
buje la truncadura que presenta un extraño cono, situado á 
la entrada de la bahía, á un acto violento de Satanás que, 
como quisiera entrar al regio recinto contra la voluntad ex- 
presa de Dios, tropezó con la cumbre quebrándole de coraje 
8U vértice que, lanzado adelante, señala el boceto pintoresco 
del Pan de Azúcar, otra escabrosidad altísima. 

Estando en cuarentena el vapor no pudimos bajar á tierra. 

Pero ocurrió que un residente extranjero muy conceptuado 
trajo á bordo datos, evidentemente equivocados, sobre la morta- 
lidad á causa de la fiebre amarilla. Según esos informes, el 
día anterior habían fallecido cuarenta y tantas personas ata- 
cadas del terrible mal. Conversando con el doctor Vascon- 
cellos hablamos, por incidente, de esa elevada proporción 
mortuoria, trasmitida por otros. Nunca hubiera llegado á los 
oídos del excelente amigo versión tan mortificante. ¡Cóiño 
defendió, con lujo de verba fácil, los títulos de su ciudad; 
Cttánias reflexiones razonables hizo para derribar la malai 
impresión de la falsa noticia! Hasta llegó á hacer pieza de 
convencimiento leyéndonos el Jornal (lo Commercio del día, 
aunque no era necesario tanto esfuerzo noble para borrar el 
error del ligero informante. 

Porque es indudable que la salud de la población de Río 
Janeiro ha mejorado inmensamente, gracias al empeño acre- 
ditado por el gobierno en eso sentido y, en consecuencia, á 
las excelentes obras de salubridad llevadas á cabo. 

Allí fué la fiebre amarilla un flagelo que llegó á asumir 
todos los n^ros caracteres de una calamidad pública indo- 



46 LUfS ALBBRTO DE HERRERA 

mable, pero, i( la feclia, son muy distintos los términos del 
problema y se paga tributo á la verdad reconociendo qqe; 
gracias á esfuerzos notables, el mal está encauzado y com- 
pletamente, en derrota. Pero, claro está, como existen muchos 
amigos interesados en que se sostenga el prestigio de la epi- 
demia, á fín de abrir otros emporios continentales al comer- 
eio europeo, la propaganda del terror continúa y la gran 
capital aparece injustamente oscurecida \yoT la niebla de mal- 
vadas adulteraciones de información. 

Durante diez días largos navegamos por aguas brasileras. 
¡Medio flanco del continente pertenece á la repáblica amiga! 
Cuando uno acredita á la distancia, con hechos prácticos, su 
enorme potencia comercial y productora adquiere la convic- 
ción de que en el Río de la Plata, por lo general, no se 
tiene concepto exacto sobre las vitalidades del vecino; y cuan- 
do se piensa que los frutos nuestros y los frutos brasileros 
son tan distintos y, por ende, tan propios para un intercam-' 
bio, mutuamente ventajoso, la lógica vaticina relaciones comer- 
cíales y sociales, aún más vigorosas que las existentes en la 
actualidad, con la próspera nación fronteriza del norte. 



A la semana larga de salir de Río Janeiro, llegábamos á 
Barbados echando el ancla frente á su capital, Bridgetown, 
ciudad moderna y bonita que cuenta alrededor de cuarenta 
mil habitantefi. 

No hay como viajar para hacerse atrevido y preguntón. 
Por eso será que enseñan tanto las peregrinaciones por el 
exterior. Pues gracias á esa explicable curiosidad supimos 
qne la isla tiene más pobladores de los que ella necesita y, 
lo que es peor, de los que puede razonablemente contener. 
Allí no hay conejos, pero en cambio abundan los negros como 
las arenas en el mar, que se multiplican de manera fabulosa. 
También debe observarse que son gentes muy religiosas. Sólo 
en algunos parajes del Imperio Chino existe tanta densidad 
de población. Un maestro de escuela de la localidad, que 
siguió marcha con nosotros á Norte América en goce de una 
licencia para recuperar la salud y dejar las canas verdes que 



DR8DE WASHtKOTOH 47 

le sacaron los negritos^ nos decía que Barbados está abo* 
cada á ua grave problema social, pues el aumento de seres 
humanos, que es galopante, coincide con la reducción de los 
recursos, á causa del desmérito que vienen sufriendo los pre- 
cios del azúcar, ánica riqueza de la isla. Pavorosa pers- 
pectiva que solo una epidemia humanitaria puede modificar, 
según lo afirmaba nuestro interlocutor. ¡Triste consuelo! 
Con ese remedio hasta los desahuciados se curan! 

De paso, no cstií de más decir que Barbados, posQsión 
inglesa de tercer ó cuarto orden, y, como puede suponerse^ 
sin mayor entidad cívica, disfruta los favores de esa sabia 
autonomía que Inglaterra ha proporcionado á sus colonias^ 
atándolas así á su suerte con los vínculos sólidos del respeto 
7 de cariños espontáneos y merecidos. Si el gobernador de 
la isla es un militar inglés, en cambio el resto de la admi- 
nistración lo integran los nativos, esos morenos que tanto 
destacan como padres de familia. Hay, pues, dos cámaras 
locales, el sufragio se practica con toda desenvoltura y pres- 
tigio, y el gobierno municipal también allí rinde beneficios 
esclarecidos. ¡Quién me hubiera dicho que alguna vez echa- 
ría un cuarto á espadas sobre las cosas internas de una de 
las pequeñas Antillas, perdida en las regiones ecuatoriales! 
Pero téngase presente que yo también fui en las conversacio- 
nes de á bordo discípulo celoso de aquel maestro de la Isla, 
ya citado, que iba á los Estados Unidos huyendo de los dul- 
císimos muchachos de Barbados. 



En los días subsiguientes volvimos á ver en lontananza 
el lomo de otras tierras, islas pequeñas, sin nombre algu- 
nas, que cualquiera creería que no tienen objeto geográfico. 

Pero una mañana el capitán, pasándonos el anteojo y 
apuntando con el dedo á una masa oscura que surgía de 
las aguasa medida que avanzaba el vapor, nos dijo: — tEsa 
íué la primera tierra descubierta por Crist()bal Colón . » 

¿Habrá quién juzgue que exageramos al decir que emo- 
cionados hundimos la vista en el horizonte? ¿Podría ser 
por menos? La historia de Colón constituye uno de los 



I 



I 



48 LUIS ALBERTO DE HBRBERA 

más grandiosos poemas desarrullados en el mundo y su odi- 
sea y sus desgracias y sus triunfos inmoitales destellan tan- 
tad luces legendarias que si ahí no estuvieran las tradicio- 
nes y ios libros, confirmando la verdad trágica de ese panado, 
pudiera creerse que. la fantasía de uu poeta de inspiración 
altísima regaló á la humanidad aquellas estrofas heroicas. 

Para saciar el deseo ardiente de todos los pasajeros pasó 
el barco rozando las costas de la isla privilegiada por el des- 
tino. Ciertamente que en esos instantes nuestro espíritu evocó 
la memoria de a<)uella colosal aventura máxima de los tiem- 
pos clásicos, decretada por el genio. Allí, por el mismo pa« 
raje que cruzábamos, habían cruzado las naves del insigne 
gcnovés; en aquella misma latitud de los mundos descubier- 
tos, el grito consolador de /tierra/ hirió los aires cuatro- 
cientos años atrás; allí la epopeya diera su mejor mentís á 
la ignorancia crasa de los sabios de Salamanca; talvez en ese 
momento la estela de nuestro barco cortaba la estela de los 
barcos redentores! 

Bien compensó las penurias del mareo ese rato de intenso 
placer intelectual. Habíamos alcanzado á conocer la primera 
joya devuelta por Colón á Isabel, más reina en la posteri- 
dad por sus desprendimientos inolvidables que por gracia de 
su augusto poderío. 



Un lunes de madrugada entramos al puerto de New York. 
La temperatura era muy baja y tules de neblina empañaban 
la pureza de la atmósfera. Muy largo rato demandó esta 
enojosa operación, pues nuestro barco se dirigía hacia su fon- 
deadero lentamente, desplegando análoga cautela á la que se 
ejercita por las personas cuando buscan acomodo en el seno 
de una muchedumbre. 

Mentiríamos si dijéramos que pudimos abrazar el conjunto 
de la gran ciudad americana. New York no cabe, á buen 
seguro, dentro de una visual, por amplia que ella sea. New 
York es superlativa: uno de sus arrebales se llama Brookiyn 
y cuenta un millón de habitantes! 

Dispuesta en la boca del puerto, como un faro, se alza la 



DESDE WASHINGTON 49 

■"•••-• ~ r ■ 

estatua de la libertad, regalada por los descendientes de Lafá- 
yete á los descendientes de Washington. Allí está bien fundido 
en bronce jasttdero el símbolo de esta nacionalidad avanzada, 
segoramente la mtfs Ubre de la tierra. ¿Dónde tendría pedestal 
nás Intimo que en las costas norteamericanas cía libertad 
ilaminando al mando»? 

Una vez fugado de mi prisión trasatlántica — que así no 
más fué — me puse en marcha buscando la estación del ferro* 
carril á la capital federal. Creía encontrar mi ruta haciendo 
gasto de buena voluntad y de atención; pero muy pronto 
me di cuenta de la imposibilidad absoluta de cumplir mi 
intento. Apenas me alejé de los muelles aproximándome á 
los barrios centrales, perdí totalmente la brújula. ¿De qué 
▼alian en aquel laberinto infernal, el estudio minucioso que 
hiciera abordo de los folletos que me había facilitado el se- 
ñor ministro americano en Montevideo, de la guía famosa 
de Baedeker y de las interesantes ampliaciones orales de los 
afectuosos amigos doctor Enrique Estrázulas y señor Andrés 
Guerra, viejos conocedores de este mar sin orillas? 

Los coches eléctricos que pasan como una exhalación; las 
corrientes humanas que se deslizan en todos sentidos, 
desbordándose de las veredas hasta el medio de la calle 
como aguas salidas de madre; los edificios monstruos de 
diez pisos, como mínimum, y sin altura máxima señalada, 
paes los hay hasta de veinte y cinco estantes; los auto- 
móviles que van y vienen, sin preocupaise de los transeún- 
tes; los carros, tirados por caballos frisones que avanzan á 
paso de buey; las bicicletas, que á fuerza de numerosas son 
ona plaga; los millares de mujeres en plena actividad labo- 
riosa; los mercachifles ambulantes atronando los aires con 
sos extravagantes proclamas; los niños, también ocupados, 
qoe circulan llevando en el rostro expresión de hombres, y 
los hombres convertidos en máquinas de negocios; los silbi- 
dos de las usinas, el humo de las fábricas, los policemen, 
firmes como estatuas en el medio de las boca-calles, lujosos 
y de aspecto veterano, cual si fueran granaderos de la guar- 
dia^ asociadas estas á mil tonalidades más que escapan á mi 



50 LUI8 ALBERTO DB HERBBEA 

• • •* 

retentiva, constituyen un mosaico maravilloso que sólo puede , 
apreciar el espíritu perdiendo la noción del equilibrio. 

¡A8Í es el eje de este mundo que está en pleno creció > 
miento! No dudo que las grandes capitales europeas pre- , 
sentarán muchos de los rasgos inquietos que he bosquejado; 
pero considero, recordando las singulares condiciones activas . 
y prácticas de esta raza> que en ningún otro país tendrá la 
agitación colectiva los caracteres do asombrosa enei^ía é in- 
dependencia que ella exhibe aquí. 

Pero detengámonos en el declive de las expansiones críti- . 
cas que ya bastante he abusado de la hospitalidad de ese 
diario. 

Un gamíii, que leyó en mi rostro mis vacilaciones, se ofre- 
ció de guía y, como era natural, yo compré incondicional- 
mente sus servicios. Empezamos á caminar, si tal puede 
llamarse á una marcha llevada á media rienda. ¿Qué trayecto 
seguimos? Me abochorna confesarlo, pero yo, aun llevando 
los ojos abiertos como patacón, tengo una idea confusísima 
al respecto. Como recuerdo preciso adelantaré que á las dos 
horas de peripecias me consignó mi hombre en la Estación 
Pensylvannia desbaiijándome do unos doUars, que le di recouo- . 
cido, como derechos de comisión. Entre otras reminiscencias , 
extraordinarias que conservo de la aventura, recuerdo que pa- . 
samos el puente de Brooklyn; que luego nos internamos entre 
los desfiladeros- diré así — que separan unas montañas de 
casas de otras en el riñon de la ciudad; que anduvimos á em- . 
pujones por la quinta avenida; que enseguida tomamos un 
vapor y cruzamos un brazo de mar que se llama East-River; 
que después de otra jornada me echaron dentro de otro vapor 
y crucé inconsciente otro canal, el Hudaon River; que de- 
sembarcamos en otra ciudad — New-Jersey — en el fondo da 
la cual ¡al fin! como si fuera una perla, apareció la anhelada 
Estación. 

Ya era tiempo! 

Suprimo otros detalles picantes para acortar el sermón. 

Pero no resisto á decirles á ustedes que el viaje á Was- 
hington también tuvo su juego completo de revelaciones. En 
el espacioso coche del ferrocarril aprecié la envidiable auto- 



DESDE WA8HCMGTON 51 

nomía de que aquí también gozan las clases superiores. Para 
que se den idea de lo que afirmo^ debo manifestar que la 
mayoría de los pasajeros eran señoritas y niños que, solos > 
por su cuenta, sin un rastro de temor — que en este país ver- 
daderamente libre no procede — se dirigían á mí mismo des- 
tino, ó á sus inmediaciones, en la plena conciencia de su se- 
ñorío y amparados por el respeto y la cultura pública, que 
aquí son ejemplares. ¿Quién se atrevería en Norte América 
á mirar de manera insolente á una dama? 

Cada vez más impresionado, llevando dentro de la cabeza 
un torbellino, convencido de que pocas tardes de mi vida 
valían tanto como la que acababa de cerrarse con la puesta 
de aquel sol primaveral, pues en horas había visto pasar ante 
mis ojos el espectáculo cinematográñco de una democracia, 
me arrellené, despierto 6 dormido, pero de todos modos so- 
ñando^ y así, entre neblinas, desfilamos con velocidad de re- 
lámpago^ frente á ciudades, á granjas y á pueblos, por Fila- 
delfia, por Wilmington, por Baltimore . . . 

A las seis horas de marcha la voz de: ¡Washington! dada 
por el guarda^ nos advirtió que habíamos llegado á nuestro 
destino. 

Otra vez estaríamos desorientados — pero Washington no es 
New York — y pronto un coche nos puso en el hotel teniendo 
oportunidad en ese trayecto de admirar la histórica Casa 
Blanca en un severo edificio, rodeado de árboles, que divi- 
samos al pasar. . • 



^ 






II 



Washington y su idiosincracis — La religión del silencio — l-oe tren- 
vias eléctricos — Sus ventajas é Inconvenientes — El sistema de 
edificación — El "Itome" de los norte-americanos — Peculiarida- 
des de la capital norte-americana — Un poco de Itistoria — Apo- 
logía de nuestro cónsul general señor Murguiondo — Oon Santos 
Dumont — Juicio de Edison sobre la navegación aérea — El 
desastre de la Martinica. 



También las ciudades, como las gentes honradas, machas 
veces presentan sa mejor blasón descubriendo su nombre. 
Más aún: ocurre en ciertos casos muy sindicados de notorie- 
dad que la propia fantasía, por la simple asociación de ante- 
cedentes, forja la imagen de parajes sólo conocidos por las 
referencias del libro. ¡Es tanta la fuerza de la historia! 
Nosotros nunca hemos recorrido las calles de Roma; pero, 
¿acaso el pensamiento, incansable viajero, no nos ha dado ya 
nna Idea aproximada de la Ciudad Eterna? ¿Acaso la voz 
del pasado, que tiene allí ecos colosales, no proclama la 
memoria de grandezas que fueron, de pujanzas heroicas, de 
pujanzas artísticas? ¿Acaso una ley de estricta lógica no 
pide un relicario monumental de mármoles y hierro para 
guardar tantas leyendas muertas? Es tan imperiosa la fuerza 
de la fantasía, que pareciera irreverencia ubicar, en el curso 
de la ooaversación, casinos, Jbolsas de negocios, nuestras vul- 
gares carreras de caballos, en el radio augusto de la capital 
cesárea. Algo idéntico sucede con Atenas. Al pronunciar 
este nombre se piensa en ruinas gloriosas, casi sepultadas 
bajo mmas de laurel y de encina, y el espíritu evoca á la 



54 LU18 ALBERTO DE HEBREBA. 

ciudad que cobijó todas las perfecciones griegas y humanas 
como un paisaje sagrado^ extraño á ias agitaciones prosaicas 
de la vida presente. 

Pues al pensar en Washington la imaginación nos decfa 
que la capital de los Estados Unidos, de un país de más de 
setenta millones de habitantes, de un país que exhibe vitali- 
dades gigantescas, debería ser un emporio de multiplicadas é 
inagotables energías. Tiempo sobrado tiene para ello. Chi- 
cago, mucho más joven, es un coloso y aspira á arrebatarle 
á New York el cetro de la fama manufacturera. Antece- 
dentes también. La pureza de su alcurnia solo podría dis- 
putársela Boston, pero Boston no posee el prestigio y la fama 
exterior que dan la residencia de las autoridades nacionales. 
Después... el nombre: ¡Washington! ¿No es cierto que este 
apellido de bronce i\Q\\e exigencias muy honrosas, pero por 
lo mismo muy pesadas para quien lo luce? Por lo demás, 
concentrándose allí todo el mecanismo de este dilatado engra- 
naje político, siendo el asiento de muchas fuerzas vivas, sin- 
gularmente aparatosas, el viajero espera hallar una metrópoli 
en perpetuo desborde de alegrías, de lujo y de fiebres: la 
capital de la holganza y de los refinamientos en el Norte. 
Sin embargo, debemos confesar que este concepto que tenía- 
mos y que consideramos general no responde á las eviden- 
cias, muy diversas, de la realidad. J'// suis, fij rest. Esa, 
creería, es la divisa de los habitantes de esta casa solariega 
de la raza americana. Han cambiado los tiempos y con ellos 
los horizontes; otros son decididamente los rumbos de la pa- 
sión nacional; se han alcanzado prosperidades mágicas, talvez 
nunca concebidas tan esplendentes por los más entusiastas 
soldados de la Independencia; extraordinarias y conocidas 
expansiones sociales obligan á entrar de lleno en el camino 
de radicales transformaciones que van hasta á sacudir el 
manto de las viejas costumbres patricias; pero en medio á 
este torbellino de cosas nuevas, algo no ha cambiado, no 
cambia^ no cambiará, y ese algo es la idiosincracia sana, sabia, 
fuerte y sencilla de este pueblo de obreros y de luchadores. 

£1 fasto, las vanidades frivolas de las sociedades europeas, 
no encuentran cabida aquí. ¿Para qué interrumpir él sala- 



DESDE WASHINGTON 55 

' dable ejeóiplo de vida austera ofrecido por gloriosos antepa- 
sados? Excepción hecha del redaeído núcleo de extranjeros 
diplomáticos, Washington sigue despertándose á las ocho de 
la mañana j entregándose al reposo á las diez de la noche. 

'Después de las funciones de teattx),^-^que concluyen antes de 
las once, —sería tarea inútil buscar distracciones en las ca- 
lies. Quitando contados testaurants j clubs sociales, todas 
las casas, todos los negocios, clausuran sus puertas im- 
portándosele muy poco á sus propietarios de las ganan- 
cias perdidas. Si .el padre de la patria, que tan cerca des- 
cansa de su ciudad predilecta, sobre la orilla del Potomac, 
interrumpiera su sueño de justo y de grande hombre para 
apreciar la vida actual de sus descendientes, de sus hijos de 
aquí, pienso que retornaría á la posteridad tranquilo y con- 
tento. Es q:je el impulso primero trae inagotables robusteces. 
Es que la coriiente de salud viene desde las cabeceras del 
gran río y ninguna curva del camino podrá romperla. En 
Washington todos los extranjeros unidos no alcanzan á for- 
mar un puñado; de manera, pues, que no habiendo colonias, 
núcleos de población que practiquen distintas costumbres, 
ningún elemento extraño perturba la tradición de los hábi- 
tos locales. No existiendo ni rastros de ese cosmopolitismo 
general en los países del Río de la Plata, el forastero está 
obligado, ó á adaptarse rápidamente al nuevo medio, ó á 
resignarse en caso contrario, al más cruel aislamiento. 

Contra lo que podi-ía suponerse, considerando su gran im- 
portancia política, Washington no presenta las exterioridades 
de una vida inquieta y ruidosa. Nada de eso. El oído, 
acostumbrado a los ecos cal^ejeros, al grito alegre de los 
vendedores de diarios, á las cornetas de los mayorales de 
trenvías, al rodar de los carruajes sobre el adoquinado, á la 
voz agnda de los mercachifles ambulantes, echa muy pronto 
de menos esas notas pintorescas y comunes en los grandes 
escenarios. Aquí se practica la religión de la actividad en 
el mayor silencio y todas las manifestaciones de la vida en 
común presentan el mismo exterior de callado automatismo. 
Es indudable qué él progreso va poniendo "ért dferrótifi al bu- 
llicio, antes característicos de los grandes poblados. Por una 



56 LUIS ALBEBTO DE HERRERA 

parte, el asfnlto reemplazaudo al piso de piedra ha quitado 
una de las mi(s típicas notas á la másiea roetrppolilnna. Ahon 
los carruajes, habilitados con llantas de goma — vale decir con 
guantes puestos, — se deslizan como sombras, oyéndose apenas 
el eco de los pasos de los troncos sobre la vía. La instalaci<hi 
de los trenes eléctricos, por otra parte, ha dado otro golpe 
de muerte al bullicio que antes reinaba en la colmena. En 
efecto, el chasquido de los látigos, el toque de las cometas, 
las exclamaciones variadísimas y verdonas de los mayorales^ 
ora estimulando á la yunta, ora protestando de la impertinen* 
cia de algún pasajero, ora advirtiendo del peligro á algún 
transeúnte atolondrado, constituían otro resorte de poderosa 
animación. Si río que lo diga Montevideo, al que sólo faltaba 
amortajar, tal era su quietud, cuando la huelga total de los 
empleados de trenvía interrumpió el movimiento de las dis- 
tintas líneas» Pues los coches impulsados por la electricidad 
han suprimido todo ese alboroto, de la misma manera que el 
ferrocarril suprimió, felizmente, hasta la consumadón de los 
siglos, el espectáculo curioso de largas series de carretas arras- 
trándose por las cuchillas, haciendo de la picana, del peludo 
y del carrero memorias ai*queológicas. 

Fuera de duda que en la actualidad hay que llevar más 
abiertos los ojos al cruzar las boca-calles. Los nuevos ve- 
hículos van siempre á marchas forzadas, anunciándose apenas 
con un débil toque de campana. No bien se instala uno en 
ellos, un arrancón de locomotora sacude los asientos y en 
minutos se devoran larguísimas distancias sin que nadie se 
atreva á apearse sin recabar permiso del conductor. Con el 
sistema moderno las ordenanzas municipales, fijando el número 
exacto de personas que pueden viajar en cada coche, han 
perdido razón absoluta de ser, pues la máquina desprecia 
pesó y aún parece que cría más coraje y avanza más veloz 
cuando lleva repletos los estribos. Por lo demás, también ha 
^pedado desterrada la cortesía en los coches, que la electri- 
cidad se irrita cuando se le roba uñ instante. Hay que éubir 
y bajar de las plataformas á la disparada, en perpetuo alerta, 
porque el misterioso fluido no sabe esperar, porque quien esto 
olvida conqf^ pronto su venganza en forma de rabiosas saca- 



DESDE WASHINGTOK 57 

didaa de la mole, que haoen materialmente perder el equili- 
brio^ 7 porque existe peligro positivo de muerite en demo- 
rarse á dar las gracias 6 á pedir nn informe útil cuando en 
sentido contrario avanza, á dos lados, otro mecanismo tam- 
bién malhumorado y sin conciencia de sos responsabilidades* 

Aquí es interesante observar el movimiento de los trenes 
eléct^cos que, brevísimos, desagotan todas las tardes el radio 
másí activo de la capital desparramando carradas y carradas 
de gente por las villas de los suburbios. Sin un solo asiento 
disponible ellos se dispersan en todas direcciones llevando 
atascados los corredores, plataformas y estribos, de hombres, 
de sefioi^ y de señoritas que se oprimen en el afán ansioso 
de hxcerse un espacio. Muy al revea de lo que pasa entre 
nosotros, la voz de los empleados de la empresa para nada 
se oye, porque aquí se entiende que después de pagar su bo- 
leto cada cual tiene derecho pleno de hacer lo que se le dé 
la real gana, tanto de viajar agarrado del freno como de rom- 
perse 4ina pierna descendiendo del wagdn sin soHoitar que 
pare. La autoridad competente se Umita á advertir á los 
pasajeros, tal^^ez para que luego no puedan alegar ignorancia 
de las leyes. Así, en letras n^ras y muy visibles, se avisa 
á los interesados que viajar de pié en las plataformab es 
peligroso, como también apearse sin tocar el timbre. Eso 
basta y nadie tiene nada más que agriar. A la escuela se 
va á oir lecciones y las empresas no pagan sus empleados 
para que se pasen el día pronunciando discursos en el de- 
sierto. Y toda la organización social responde aipií á ese 
concepto de libre albedrío que se transparenta en detalles tan 
insignificantes como el que apunto asf como en las faces más 
serias de la vida colectiva. Aquí la soberanía del yo es sa- 
grada mientnas ella no roce en la práctica al derecho del 
vecino. En consecuencia, ese Qriterio sensato y salvador, que 
es punto de partida de todos los esfuerzos, permite á cada 
cual, por humilde que sea, formarse Una exacta y valiosa 
opinión de su propia entidad. 

Al presente todas las ciudades de la Unión tienen trenes 
etéetríeos, no concibiéndose ya que pueda perdurar en pal- 
ies civilizados y que se dicen -en .pleno adelanto el imper- 



58 LUI8 ALBERTO DE HERRERA 

fecto servicio de las líneas á sangre. Tan lo comprendo así 
que cuando tflguien me 'ha interrogado: — «Los coches eléc- 
tricos de su país^ ¿son idénticos á los nuestros?» Me he 
creído solemnemente obligado á mentir y á completar la 
novela con datos improvisados ¡cómo que eran fantásticos! 
£n alguna parte vuelve luego la calma á mi conciencia^ mal- 
tratada por remordimientos^ no muy agudos, después de tales 
travesuras, cuando pienso en lo vergonzoso que sería *decir 
la verdad verdadera, y recordando que algún autor, creo que 
Sir Harry Wolton, ha definido á los diplomáticos «hombres 
hone&tos que suelen mentir en el exterior en provecho de 
sú patria». 

¿C<5mo convencer á uno de estos americanos inteligentes 
y despiertos de que nuestro país no desmerece, por su cul- 
tura, de los más avanzados, después de confesarle que toda- 
vía Montevideo, con sus doscientos cincuenta rnil habitantes, 
no se ha resuelto á desterrar las líneas á sangre? ¿Y si yo 
agregara que las propuestas presentadas las hostilizó algún 
diputado por aquello de qtie es necesario protejer la pro- 
ducción caballar? 

Las exigencias de la vida moderna, inquieta, nerviosa, ex- 
pansiva, hacen indispensable la implantación del nuevo sis- 
tema de trenvfas, que rinde benefícios de todo carácter. Los 
cars suprimen la incomodidad de las distancias y permiten 
al empleado vivir á dos ó tres leguas del asiento de sus ta- 
reas, sin que lo atormente la preocupación de llegar tarde á 
su escritorio; representan un notable abaratamiento en los pa- 
sajes, lo que extiende á las clases más desheredadas, el be- 
neficio de un trasporte rapidísimo, hasta la fecha casi patri- 
monial en las personas más holgadas; concurre, en primer 
término, á la valorización de las tierras, por cuanto quita á 
los suburbios sus conocidos inconvenientes de distancia, colo- 
cándolos materialmente á las puertas del centro de los ne- 
gocios; determina otras aplicaciones, que no faltan, de los 
productos caballares, absorbidos por el antiguo modelo; llevan 
contacto de todo momento á los' «extremos más apartados de 
las capitales, y hacen de las poblaciones un ovillo de civili- 
zación y de bienestar. Imaginemos lo que representarían ahí 



69 

medios de comunicación, mucho más baratos j de facilidad^ 
no concebida, entre los puntos más opuestos. Por ejemplo, 
llegar en un cuarto de hora á Los Pocitos; en algo menos 
á la Playa* Ramírez; al Cerro en algo más, lo mismo que 
al Prado, Cerrito y Colón. 

Topográficamente, Washington no ofrece ningún encanto, 
paes ella se alza sobre una planicie que solo presenta leves 
arrugas hacia el lado Oeste y fuera del radío urbano. De 
manera que sus calles se prolongan sin el detalle de una 
sola ondulación, luciendo el ribete insuperable que prestan 
árboles muy coposos. La denominación de las avenidas 
responde al sentido práctico de este pueblo, designándose 
por letras sucesivas las que corren de Oriente á Occidente 
y por número las que hacen ángulo recto con las anteriores. 

£1 tipo general de las casas responde á uha arquitectura 
que parece clásica en el país, pero que no concluye do agra- 
dar, talvez por ser tan diferente á la nuestra. Sin embargo, 
creo que esta impresión mediocre sea^ más que de otra 
cosa, resultado del hábito, pues todos sabemos que el carác- 
ter de nuestra antigua edifícación es detestable, ya se juz- 
gue por el lado de la estética ó por el lado de la comodi- 
dad. Desde luego, señala una circunstancia agradable á la 
vista el hecho de que al^ trente de cada casa exista un 
pequeño jardín. Una consigtia, dada por viejas preferenciíis 
que se respetan sin excepción, hace que el pobre y el rico, 
trátese de los alrededores ó del centro, sacrifique gustoso 
el frente de su solar, en ima extensíón^ aproximada de cin- 
ao varas de fondo, concediendo así un desahogo á su mo- 
rada y ampliando su perspectiva. Como el clima presenta 
crueles alternativas de frío, todo está dispuesto en el inte- 
rior de los edificios, que reúnen verdaderas condiciones de 
eoTfforty para batir con éxito á las bajas temperaturas. Y 
como si las puertas de cierre hermético y la aglomeración 
de las habitaciones no bastasen todavía, se tiene siempre en 
ejercicio el calorífero, que no falta en el más humilde de 
los hogares. 

£1 exterior' de loe edificios no seduce. Todos exhiben el 
sello de pequeños castillos, con ¿rentes irregulares y ^uer- 



60 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

tas poco artísticas, motivo que, alejando todo asomo de va- 
riedad, crea un conjunto acentuadamente monótono. Pero 
recordemos que en pocos casos con más acierto que en este 
puede asegurarse que las apariencias engañan. Que la fiso- 
nomía de las construcciones se resiente, para nosotros, de 
cierta adustez, eso bien lo saben sus moradores 7 muy poco 
les preocupa. Casi diré que aceptan con orgullo esa carac- 
terística. Y les asiste razón. ¿Qué puede significarles el gol- 
pe de vista desde la calle, si su home, si sus alegrías, sí 
sus afecciones todas, si su bienestar, si su estufa y su libro 
y sus horas inefables de velada en tertulia de familia y de 
amigos, tienen un sagrado escenario del lado de adentro de 
esas paredes desairadas? Al americano, como al inglés, no 
se le ocurre sacrificar un tfpice de su holgura íntima en 
beneficio de la estética, <|ue deja de merecer consideracionea 
rigurosas cuando compromete alguna instalación doméstica^ 
de la misma manera que no se le ocurre inquirir quien es 
su vecino y si viste bien ó si viste mal. Alguien ha califí* 
cado de egoista este modo de ser. Como la generosidad de 
sentimientos no se abona con palabras de miel y con ofi- 
ciosidades impertinentes de conventillo, pienso que quienes 
así juzgan modo tan sabio ^ vivir incurren en irritante 
injusticia. « 

Precisamente la fuerza impulsora de la grandeza sajona 
tiene uno de sus más robustos orígenes en ese apasionada 
amor al hogar, exclusivo é imperioso como todos los con- 
ceptos morales definidos. ¿Acaso ese relativo aislamiento de 
cada cual no funda en la práctica soberbia de los hechos^ 
la independencia de todos, por cuanto ensefia á las unida- 
des el valor inapreciable de la libertad individual y á res- 
petar en los demás lo que se exige sea respetado en uno? 
¿Acaso no obedece á leyes lógicas, simpáticas al corazón 
humano, esa solidaridad suelta y expontánea de los hombres 
del Norte, que sólo posee carácter oficial durante las horas 
de labor en coman, de tareas aliadas, de agitación comer- 
cial, de bancos, de especulaciones, de lucha, pero que dea- 
aparece^ sin aflojarse en esencia — para remaeharse tal vez— « 
durante ese» otras horas de esparcimiento, de reposo^ d» 



DEBDB WASHOfGTOV 61 

hogar, de satifl&cotODOs privadas?- Sin que yo las sepa ea 
realidad más calurosas, las costumbres de otros países pre- 
sentan en este punto, caracteres verdaderamente mortifican- 
tes. Aquello de que los barrios se alboroten á la llegada de 
on nuevo habitante y de que se produzca un interrogatorio 
policial alrededor de su procedencia, origen y filiación, no 
señala, á buen seguro, un atractivo. Tampoco lo supone ese 
oiro hábito rancio d& las visita de buena vecindad, que á 
menudo la preparan mala, tan obligadas aiites al extremo de 
juzgarse gra\e pecado de cortesía el omitirlas. Menos aun la 
ingerencia atrevida y pesada en los asuntos caseros de 
quienes se atribuyen prerrogativas de intervención por el 
hecho simple de vivir en la acera de enfrente. Todas esas 
impoBÍci'>nes extrañas y tan familiares, de determinados cen- 
tros, no denuncian, como se pretende, espíritu solidario y 
generoso, pero si su adulteración grosera. Son las tales, acti- 
tudes faraaicas, tomadas para ofrecer brecha á un afán de 
curiosidades insaciables que lucha, á porfía, por colocar en 
medio de la vía pública, expuestas al asalto de temibles ma- 
ledicencias, las más íntimas y las más puras afecciones in~ 
dividuales. Por fortuna esos rastros de imperfección social 
van desapareciendo barridos por prácticas nuevas. 

Pues á las razas del Norte se les suele imputar, como un 
defecto, la ausencia de aquellas formas anticuadas de asocia- 
ción. Egoístas, ellos, porque hacen de su domicilio un recin- 
to sagrado al que solo tienen acceso un número reducido 
de alianzas sinceras. Egoistas, porque, siendo tan afectivos 
como los demás, ellos no conciben que se vulnere la liber- 
tad del vecino con intrusiones molestas y haciendo de su 
casa una sucursal de la propia. 

Volviendo al tipo do las construcciones, diré que en los 
extremos, — que definen los albergues con patios imitando pára- 
mos y media docena de puertas de dos metros cincuenta de 
altura para cada habitación, — y las moradas con aspecto de 
baluartes y diseño interior de conventos, escasas de luz y 
de espacio libre, existe la arquitectura intermediaria, de con- 
ciliación, adoptada ya en Buenos Aires y en pleno vigor 
también en Montevideo, gracias al esfuerzo inteligente de los 



62 LUIS ALBERTO DE HERIDA 

buenos discípulos de nuestra- Facultad de Matemáticas. Pre- 
ferimos) sí, CFas creaciones de nuevo estilo^ cómodas, accesi- 
bles á todos ios refinamientos de- la holgura, á la vez que 
amplias, pródigas en iluminación natural y de fisonomía fresca 
y hospitalaria. 

En Washington rige la ley de la abundancia. Todavía no , 
he visto un solo pordiosero. Lo recuerdo con alivio: aquí 
tampoco hay vendedores de números de lotería. También 
debo advertir qne éste es tal vez uno de los pocos puntos 
paradisiacos de la tierra en que no se habla una sola pala- 
bra de política fanática, por la simple ra;EÓn de que no tie- 
nen objeto las elecciones legislativas, ni las elecciones muni- 
cipales, ni los meetingsy ni las protestas ó aclamaciones de 
los partidos. La causa de tan singular dicha, y la denomino 
así siempre que ella sea compatible con el civismo, como 
lo es en este caso, — no puede pedirse más sencilla. £1 dis- 
trito federal consta de diez millas cuadradas y después de 
repetidos ensayos comunales ha quedado confiado su go- 
bierno á un cuerpo de administración, compuesto de dos co- 
misionados civiles elegidos por el Presidente de la Repú- 
blica con anuencia del Senado y de un ingeniero, designado 
entre el personal técnico del Departamento de la Guerra. 
Cada tres años se renueva esa autoridad. En cuanto al pre- 
supuesto de gastos públicos, ellos deben elevarlo al Con- 
greso y, previa sanción, se cubre por mitad con rentas na- 
cionales y con impuestos locales. 

La capital de la Unión cuenta un siglo y pico de exis- 
tencia. Para evitar el choque de las rivalidades entre los 
Estados ya el primer Congreso se preocupó de crear una 
ciudad nacional, sin historia, extraña en absoluto á vincula- 
ciones parciales, á fin de que no siendo de nadie pudiera 
ser de todos. Persiguiendo ese propósito se pasó el bilí de 
1790 y según refieren las crónicas de la época, después de 
ardientes debates, se acordó fundarla aceptando la extensión 
de terreno ofrecida al efecto por los Estados do Virginia y 
de Maryland, que se mntilaban noblemente para servir el 
interés federal, aunque luego se le devolvió al primero su 
parte. Para hacer más gráfica la idea de la infancia de la 



D^DE WASHIKOXON 68 

capital americana un historiador conocido la describo enton- 
ces: «situada en medio de un desierto^ con algunas peque- 
ñas casaSy sin cristales en las ventanas, esparcidus en las 
selvas^ al través de las cuales se baja sin enconthir un ser 
humano». ¿No hacen estas honrosas reminiscencias el mejor 
elogio de los famosos florecimientos actuales y de sus incom- 
parables propulsores? En 18 14, durante la segunda guerra 
contia los ingleses, la nueva ciudad, que á la sazón contaba 
con diez mil habitantes, fué tomada entregándose á las llamas 
al Capitolio, la Casa Blanca y todas las dependencias públi- 
cas de importancia. Al terminarse la guerra civil entró en 
senda de positivos adelantos, y en la actualidad su población 
alcanza á trescientas mil almas. Su progreso es incesante, no 
concurriendo poco á ese resultado el propósito firme que se 
adivina en el gobierno federal de ilustrarla con todos los 
singulares atractivos de una gran metrópoli Y á la verdad 
que se prestigia ese anhelo cuando se piensa que la repre- 
sentación exterior de la patria cabe á esta ciudad favorita 
de la fortuna. Aun tratándose de la más aproximada demo- 
cracia del mundo, la alta investidura de quien tiene en sus 
manos las riendas de medio continente exige una residencia 
que hable de majestades, aunque ellas sólo tengan origen en 
la ley. Tanto más si se observa que, gracias á la santa ta- 
rea fecundante de las ideas igualitarias, más manda hoy el 
presidente de los Estados Unidos de América, ungido con 
autoridad transitoria por el sufragio de millones de hombres 
libres, que el Czar de todas las Rusias, autócrata por la vo- 
lantad odiosa del terror y en hombros de la esclavitud. 

Interrumpo el curso de estas generalidades para hacer el 
elogio más entusiasta de un ciudadano oriental, que de mu- 
chísimos años atrás viene sirviendo con lujo de fidelidad, tan 
invariable como desinteresada, al lejano país do su nacimiento. 
Quienes alguna vez han tenido relaciones, de cualquier géne- 
ro útil, con Estados Unidos saben ya, antes de que estampe 
su nombre, que me refiero al señor don Prudencio de Mur- 
guiondo, nuestro Cónsul General aquí. Y quienes algo conoz- 
can de los albores de soberanía en el Plata, sobre todo, 
quicues hayan leido las páginas históricas magibtrales de 



64 r,JJlB ALBERTO DB HBRBBBA 

Francisco Bñuzá, no ignoran que su abuelo, coronel colonial 
del mismo nombre j apellido, fué jefe de un cuerpo, famoso 
por sus agitaciones en los instantes del crepfisculo patriótico. 
Tuve especial placer en visitar al sefior Muigniondo en su 
domicilio de Baltimore. Aunque se trate de conocimientos 
vulgares, interesa recordar, para concebir mejor la grandeza 
de este organismo social, que Baltimore cuenta setecientos mil 
habitantes, estando solo á tres cuartos de hora de Washing- 
ton; pero por ferrocarril americano, adviértase. 

¡CuiCntos buenos frutos debí á mi iniciativa cortés! Gra- 
cias á ella pude solazarme durante horan^ que pasaron des- 
apercibidas, en el trato de un caballero, de un patriota y 
de un trabajador. Lo primero lo lleva escrito el señor Mur- 
guíondo en su físico y en su trato, que ofrecen el ejemplo 
de una alianza seductora de la hidalguía hispana y de la 
serenidad sajona. Lo s^undo, se aprecia muy pronto aqui- 
latando la pasión depurada que aquel servidor siente por la 
república, pasión que no han conseguido amortiguar ni me- 
dio biglo largo de alejamiento, ni la experiencia de afanes 
loables esterilizados. La tercer arista se pone fácilmente de 
relieve abrazando en conjunto su labor de épocas, reco- 
rriendo sus libros de correspondencia, leyendo sus cartas, 
llenas de jugo, sus notas, siempre previsoras, sus publica- 
ciones aquí; en una palabra, examinando los elementos con 
que ha sostenido impertérrito la defensa de la tierra, tan 
distante! El señor Murguíondo vive en Norte América desde 
1846. De entonces acá sólo una vez, hace dos lustros, ha 
vuelto al Rio de la Plata para tener ocasión de encontrar 
á sus lares en plena prosperidad y adelanto, apesar de todo 
y contra todo. 

Para probar que no exagero al enaltecer tan ardiente- 
mente la actividad veterana é incansable del ciudadano de 
que hablo, me bastaría con decir que, hoy mismo, un im- 
portante órgano de New York dedica media página de su 
edición dominguera al comentario de la Exposición de pro- 
ductos exclusivos de este país proyectada en Montevideo. 
Bajo ese artículo de ventajosa propaganda está la inspira- 
ción del Cónsul General del Uruguay quien, interrogado en 



DESDE WA8HINQT0N 65 

el desarrollo del mismo sobre cuales son las mercaderías de 
posible colocación entre nosotros^ contesta textualmente al 
repórter: cTodas las exportaciones americanas responden á 
casi todas las demandas de la importación oriental, pues 
Montevideo es una ciudad de carácter acentuadamente cos- 
mopolita. Todo lo que posea mérito verdadero será apreciado 
7 comprado allá. Máquinas de coser, máquinas de escribir^ 
utensilios agrícolas, paños, relojes, rifles, pistolas, municiones^ 
manufacturas, etc.; en definitiva, todo lo que encuentra sa- 
lida en una plaza como la de New York la tendrá también 
allá, advirtiendo además, que la base de las transacciones es 
á oro 7 al más alto tipo.» 

¿No pide caluroso agradecimiento público tanta tenacidad 
en el esfuerzo noble? ¿No se señala un caso ejemplar de 
adhesión al terruño y de rara lealtad á una bandera, descu- 
briendo á los ojos de la multitud la figura esclarecida de 
QD compatriota que á los setenta y dos años de edad se 
emociona al hablar del país de sus mayores y apenas suyo 
en la materialidad de la vida, pues cincuenta y seis años de 
ausencia pesan como una lápida sobre la más viril de las 
afecciones? Presentando al natural á este servidor modesto, 
ignorado, sin aspiraciones ningunas, contento de ser solicitado, 
que se entusiasma al calcular los inmensos beneficios que 
rendirá el nuevo puerto, ¿no se confunde acaso con luces de 
diamante á los buhos, á los que reniegan de todos nuestros 
méritos, de todos nuestros latidos, por el hecho de ser nues- 
tros? bendito sea el imán irresistible de la patria que á to- 
dos nos conquista y á todos nos hace buenos ! 

La gentileza del señor Ministro del Brasil me permitió, 
la semana última, estrechar la mano de Santos Dumont, 
glorioso soldado de la ciencia contemporánea. El ya célebre 
aeronauta ha sido solicitado por los organizadores de la 
Exposición de San Luis para preparar originales y costosí- 
simas carreras en globo, y con este motivo, de paso para su 
destino, fué presentado á la sociedad de Washington por el 
doctor Assis Brazil y señora, quienes dieron al efecto una 
hermosa fiesta. Como todos los hombres que poseen positi- 
vas condiciones superiores, se caracteriza Santos Dumont por 

6 



66 LUIS ALBEBTO DE HERRERA 

una afabilidad 7 modestia sugestivas. Habla de sus temera- 
rios esfuerzos en favor de la navegación aérea, como si se 
tratara de asunto desprovisto de mérito y mostrando siempre 
en los labios el dibujo de una sonrisa simpática y buena. 
Es de baja estatura, escaso de carnes, su cabeza es pequeña; 
tiene ojos vulgares pero iluminados por una expresión agra- 
dable; una raya al medio, sin gracia, parte en dos campos 
8U abundante cabellera oscura, cuidadosamente aplastada á los 
lados. Conversa poco y cuando lo bace levanta poco la voz, 
como si estuviera avergonzado de su universal notoriedad. 

Queda caracterizado así, en cuatro rasgos de pluma imper- 
fecta, el héroe de los aires, el hombre de espíritu y de 
corazón grande que á los veintiocho años ha subido de 
golpe, llevado por su globo, hasta el cielo de la fama ver- 
dadera. Nadie descubriría en él rasgos enérgicos de audacia^ 
de virilidad ó de fuerza y, sin embargo, él es un irresis- 
tible caudillo y sus vuelos de conquistador no tienen igual 
ni aceptan límite. Santos Duniont también busca un reino 
de Cipango soñado más allá, más arriba del manto real de 
las nubes. ¡Qué intrepidez la suya! Desde que monta su 
barco pone su vida al capricho de una baraja y tira al 
abismo sus ambiciones. Todo por el afán radiante de ser- 
vir á la ciencia. Cuántas impresiones de campo de batalla 
habrá experimentado el bravo marino de las alturas al sen- 
tirse arrastrado por corrientes irresistibles, solo, perdido, en 
la inmensa soledad de los mares azules! Pero el equilibrio 
de sus facultades destaca admirable, y gracias á él salvó 
de una muerte segura cuando su último accidente en la costa, 
del Mediterráneo. 

A la pregunta de un periodista, sobre si no sentía temor 
en sus arriesgadas excursiones, contestó: — c Siempre tengo bas- 
tante que hacer abordo de mi nave y no dispongo de tiem- 
po para pensar en asustarme. No sé, pues, lo que vale el 
terror de una caída.» Al desembarcar en New York ex- 
clamó entusiasmado: «Vaticino que aquí radicará en el fu- 
turo uno de los primeros puertos de los buques aéreos. ». 
¿Cierto que producen efecto reflexivo raro, cual si so tra-, 
tara de perspectivas milagrosas, estas afirmaciones de hori- 



DB8DE WASHINGTON 67 

zonte genial? ¿Y por qué no ha de estar en lo cierto quien 
ba adquirido con sus hazañas el derecho de ser creido y es- 
cuchado? Bien sabemos que la antesala de los grandes es- 
clarecimientos científicos ha sido en todas las edades una 
convicción de absurdo que^ sin ocurrir á los ejemplos cla- 
sicos que retratan á Colón ridiculizado porque suponía á la 
tierra redonda, Fultón desairado como un extravagante visio- 
nario por Napoleón^ Galileo próximo al suplicio por el de- 
lito de ser sabio^ y Morse^ casi apedreado, se presenta 
palpitante y á un día de distancia en el caso — creído vana 
locura — de la telegrafía sin hilos. Se ve claro que el vale- 
roso brasileño está dispuesto á sacrificar todo lo suyo, aun 
lo más precioso, con tal de alcanzar hu propósito colosal. 
Sin bosquejar pesimismos pensamos que su gallarda empresa 
puede fácilmente señalar la hora de su martirio y que talvez 
al poner, unas de tantas veces, su pie en la barquilla veloz, 
pague con la vida su indomable anhelo de reproducir en la 
tierra la figura fantástica de aquel Robur que fué, según 
Julio Yerne, dictador de los aires. 

Reviste especial interés la conferencia de Santos Dumont 
con Thomas Edison, inventor de maravillosas brujerías. Esto 
pinta el carácter norteamericano: empezó Edison por decir 
que la humanidad debía sentirse avergonzada de no haber 
resuelto aun el problema de la navegación aérea. «Hace poco 
estando en Florida, dijo, vi un gran pájaro, — creo que era 
un buitre — que se sostuvo en el espacio durante una hora, 
sin que moviera las alas de manera perceptible. Cuando 
Dios hizo ese pájaro él le dio una máquina para que pu- 
diera volar pero no le concedió mucho más. Prestó al ave 
un cerebro muy chico, habilitándola para dirigir los movi- 
mientos de aquella máquina, pero otorgó al hombre un pen- 
samiento muy superior, comparado al de los pájaros. Pues 
bien, aprovechemos la lección. Ese buitre representa un me- 
canismo natural para volar, que es mil veces más pesado 
que el aire que desaloja. En segundos de vuelo perezoso puede 
trasponer distancias que el hombre vence con enorme difi- 
cultad, y esto, como digo, gracias á un simple aletee. Esa 
no es más que una máquina y un cerebro chico y no tiene 



68 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

en realidad nada remarcable. ¿Por qué, entonces, no puede el 
hombre construir un aparato semejante y eficiente para 
volar como el buitre? Mucha gente sostiene que ello es de- 
bido ú que nunca se tuvo la intención de que el ser huma- 
no volara; que si la naturaleza lo hubiese intentado así 
habría dotado á su cuerpo de los elementos indispensables 
que dio á los pájaros. Pero se podría contestar, aceptando 
este criterio, que también nunca so pensó que el hombre go- 
zara de otra iluminación que no fuese la del sol, la de la 
luna y la de las estrellas, que fué originaria; y que no de- 
biéramos movernos de un país á otro, llevados rápidamente 
por ruedas, porque la naturaleza no las puso á nuestro 
alcance en los comienzos de la creación.^ Así habla el sen- 
tido práctico. Avanzando luego opinión, y como respuesta 
al joven ingeniero que le expresó su empeño constante de 
reducir las dimensiones del globo, agregó el viejo vencedor de 
la electricidad: — «Bien; usted está en el buen camino y ha 
dado un paso firme hacia la solución completa del proble- 
ma. Persevere; pero deshágase de su globo, combínelo más 
diminuto cada vez. Mucho tiempo le exigirá hacer el nego- 
cio comercialmente posible. Cuando usted reduzca las dimen- 
siones de su globo, tanto que se alcance á verlo con el 
microscopio, habrá triunfado De estas y otras curiosas 
manifestaciones de Edison se deduce que, en su concepto, el 
éxito se obtendrá mediante el invento do un mecanismo más 
pesado que el aire; pero de tales condiciones técnicas — aun 
desconocidas — que pueda sostenerse en el espacio á la par 
de los pájaros, y no insistiendo en crear naves que floten 
á fuer de livianas. De todos modos, Santos Dumont, en su 
afán de descubrir los arcanos de este nuevo polo, ya se 
interna, iluminado, en las aguas del mar interior. 

¿Recuerdan que en mi primera carta, al referir á la densidad 
de población en las Antillas menores, y muy especialmente á la 
Isla de Barbados, apuntaba las preocupaciones sobre el asunto de 
un maestro de escuela, allí nacido, que sólo veía cu alguna gran 
calamidad pública remedio á situación tan grave? Pues un si- 
niestro 4)apricho de la naturaleza ha dado espantosa realidad á 
aquellas profecías, enunciadas sin recelo como se enuncian las 



DESDE WASHINGTON 69 

probabilidades imposibles. La ciudad de Saint Fierre, enterrada 
viva por lavas hirvientes^ ha dado á la América una Pompeja^ 
más amplia, más fúnebre, más conmovedora, que laPorapeya de 
los tiempos clásicos. Las demás islas y aquella bonita población 
de Bridgetown, que tuvimoi' ocasión de observar desde á bordo, 
con sus calles espaciosas señaladas por palmeras centenarias, co- 
rren también peligro inmenso. En estos instantes el rugido atro- 
nador de volcanes, hasta ayer sin aparente virilidad y ahora con 
voz más ruidosa que la voz de cien cañones, advierte á muchos 
pueblos indefennos cuan terrible es su situación y califica otra 
vez la fragilidad de los destinos humanos. ¡Ojalá la amenaza no 
se haga carne! Frente á lo inmenso del desastre se destaca lo in- 
menso del socorro. El mundo entero ha llorado con la Francia. 
Antes que ninguno resalta por su magnificencia, por su gigantesco 
significado de caridad, el concurso espléndido de esta gran na- 
ción que ha ofrecido á los perjudicados el homenaje de medio 
millón de pesos oro, sin proclamar su desprendimiento, sin pre- 
gonarlo, sin soberbia. Barcos repletos de alimentos, de remedios, 
con personal médico y científico, han zarpado ya de los puertos 
americanos para el sitio de la catástrofe. ¿Habrá todavía quién 
niegue la derecha en todo á este país colosal? 






III 



Oasa Blanca — 8u descripción y su historia — La estatua de 
Rochambeau — La ceremonia de la inauguración — El presidente 
Rooseveit — 8u oratoria, su figura y sus antecedentes — La eman- 
cipación de Cuba — Primeros frutos de la obra — La república 
de Cuba — Sus relaciones .con los Estados Unidos — j-a obra de 
los maestros americanos — Sampson y Pauncefote — El ejército 
yankee — 8u idiosincracia — Caracteres envidiables. 



No dedicar algún espacio á la histórica Casa Blanca, al 
hablar de Washington, parece descortesía semejante á la del 
huésped que no pregunta por los jefes del hogar al que es 
admitido, porque encarna, la referida, todas las grandes tradi- 
ciones de la vida política norteamericana, pudiéndose asegu- 
rar que allí han hecho im alto las miís ilustres virtudes 
democráticas del Nuevo Mundo. Jorge Washington puso su 
piedra fundamental en 1792 y ocho años después la inaugu- 
raba el presidente John Adanis, aquel glorioso veterano de 
las luchas institucionales que muchos lustros más tarde sella- 
ba sos labios de moribundo con estas palabras que encierran 
todo el testamento de un republicano sincero: «¡Indepen- 
dencia para siempre; Jcfferson sobrevive!» 

En 1814 fué incendiada pero no bien terminó la guerra se pro- 
cedió á restaurarla, pintándola de blanco para que destacara me- 
jor sobre el fondo oscuro del arbolado que la rodea, circunstancia 
^8ta que le dá su nombre típico. Monroe ja la habitó en 1818 j 
desde entonces á la fecha nada ha interrumpido el desfile de los 
presidentes americanos por los salones de la mansión ejecutiva. 
Ni aun aquellos días recios y terribles de la guerra civil pudie- 



72 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

ron arrancará la legalidad de bu asiento y todavía se muestra al 
visitante la ventana desde donde Ábraham Lincoln infundió 
alientos á su pueblo en horas de amai*gura nacional, cuando los 
hermanos se batían entre sí por la liberación del negro. 

Inclina á pensar que el dominio de las grandes fuerzas morales 
debe ser incontrastable en el seno de la humanidad, el hecho real 
de que sea tan meridiano el renombre de una construcción sen- 
cilla, limpia, casi insignificante, que no resiste paralelo en su ex- 
terior arquitectónico con nuestro actual Casa de Gobierno. Ni el 
Imperio Británico, ni la Alemania poderosísima del día, ni Italia 
la escultural, ni Francia con sus leyendas en todo sentido napo^ 
leónicas, ni la España arcaica, ni esa Rusia sin límites, pueden 
presentar, á pesar de sus respectivos apogeos, un solo edificio 
que hable tanto como la Casa Blanca al corazón de los hombres 
selectos y al corazón de los hombres rudos. 

Cuatro paredes levantadas con modestísima piedra de Vir- 
ginia, sin edad casi, desprovistas del menor detalle de lujo, 
poseen ya hoy más prestigio ante el Universo que todos los 
magníficos palacios de todas las testas coronadas. Es que la 
Casa Blanca vale por lo que ella dice al espíritu desper- 
tando memorias del pasado. ¿Acaso se piensa^ al recorrerla, 
en triunfos sangrientos, en choques de ambición armada, en 
epopeyas militares, en golpes de Estado, en conflictos trá- 
gicos, en guerras de conquista, en déspotas ó en tiranos? 
No. Como Cornelia otras son las joyas de que esta nación 
se precia. Al cruzar aquellas salas la imaginación conoce 
placeres sin una veta cruel ni arbitraria. La encarnación de 
la mujer patriota y de la esposa ejemplar la (»frece Martha 
Washington, cuyo retrato ocupa todo un lienzo de pared. 
La síntesis de todas las perfecciones humanas vaga en la 
persona del general Washington, reproducida sobre tela al 
lado de la anterior: juntos en la vida, juntos en la muerte 
y juntos en la posteridad. Después sigue la sucesión de 
todos los mandatarios que fueron, y con ellos pasan famas 
purísimas de ciudadanos sin tacha, de los cuales, uno, de 
Bifio, fué leñador; otro, talabartero; aquél, escaló las mas altaa 
posiciones empezando por ser soldado voluntario do la cansa 
de la libertad; el de más allá, aprendió á leer ya hcmibrel 



DESDE WASHINGTON 78 

¡Qué descendencia la idel viejo Franklin! Si no por otros 
medios de convieci<5n, aun más eficientes, la democracia acre- 
ditaría la intensidad de sus virtudes apuntando los nombre? 
do esos varones justos, sus hijos. 

Muchas veces se ha hablado de restaurar la antigua casa 
presidencial arrancando de su fisonomía .el carácter sobrio y 
severo que se le imprimió en la infancia, cuando todavía no 
se creía que esta nacionalidad sería la favorita de las insti- 
tuciones y del progreso. Se ha repetido que el representante 
popular de setenta y seis millones de hombres libres debe 
residir en una mansión moderna y monumental, digna de 
tanta virilidad, y que la magostad de los Estados Unidos 
exige que se inmole el relicario de toda una tradición. Estas 
manifestaciones, hechas en el Congreso, han provocado verda- 
deras explosiones del sentimiento público, contándose que de 
todos los extremos de la Unión han recibido los reformadores 
ardientes protestas. 

Hiíse respondido, en efecto, que entrañaría un crimen de 
leso patriotismo el sacrificio de la vieja residencia, en el afán 
rumboso de abrir las puertas á un lujo desatentado; que 
bien pueden sentirse cómodos en la Casa Blanca los presi- 
dentes del día cuando allí vivieron los presidentes de ayer, 
los atletas de la epopeya nacional; que más vale presentar 
al visitante ese edificio austero, encarnación exacta de las 
virtudes de una raza, que creaciones de derroche arquitecto- 
díco; que allí palpita, en una palabra, la historia del país y 
qoe, en consecuencia, nadie tiene derecho bastante para rom- 
per ese precioso recnerdo. Y así se ha reconocido, ¡puede 
tanto aquí la voluntad de la opinión! De manera, pues, que 
nada se fa^a variado en la residencia del gobierno americano. 
Así sucede que se tropieza con dificultades, en ocasión de las 
grandes conmemoraciones, debido á la escasez de espacio. 
Esta circunstancia tan imperativa ha obligado al Senado á re- 
solver que ¿e agregue un ifüevo pabellón lateral al edificio, á fin 
de darle un desahogo indispensable. El frente de la famosa man- 
sión lo abraza la Plaza de Lafayette, espléndido jardin, natural 
casi, sin acicalamieptos ni verjas, que completa el aro. de follajes 
qoe atranca del Potomae y rodea á la Casa Blanca. Este sqiuire 



74 LUIS ALbMtO D^ ÜBtlREBA 

ofrece en su centro la estatua ecuestre del heroico general An- 
drés Jackson^ vencedor de ios ingleses en la memorable defensa 
de Nueva Orleans. El ángulo ieqnierdo lo ocupa el monumento 
levantado á la memoria de aquel marqués^ dos veces noble, 
que recién casado, rico y lleno de brillantes perspectivas, 
corrió en horas duras al nuevo continente, soldado voluntario 
en las luchas por la libertad. Lafayette, dominándolo desde 
la altura, aparece rodeado de los marinos 7 capitanes fran- 
ceses que lo secundaron en su esfuerzo, mientras acepta una 
espada que le brinda el Derecho. En el extremo posterior, 
del mismo lado, el bronce consagrará muy pronto el nombre 
del gran Kosciusko, del justo proscrito. 

El ángulo izquierdo de esta plaza, dedicada á los más 
ilustres extrangeros amigos de Norte América, acaba de ser 
condecorado con la estatua del mariscal de Rochambeau. 
Fué la mencionada una ceremonia llena de color que se des- 
lizó rodeada de las mayores solemnidades oficiales. El Cuerpo 
Diplomático concurrió á ella de rigurosa etiqueta pagando 
así tributo al deseo evidente de las partes interesadas. En 
esa oportunidad pude apreciar muchos detalles de relieve. 
El monumento es una obra gallarda que tiene todo el sello 
de esa indefinible elegancia que derrama sobre sus concep- 
ciones el genio francés. 

Sobre un pedebtal liso, de cuatro á cinco metros de altu- 
ra, descansa la estatua del héroe, qirien estruja con la mano 
derecha un papel — el plano de la ciudad sitiada de Yorktown 
— mientras con la otra apunta hacia adelante, en ademán de 
sefialar el punto débil de las fortificaciones enemigas. A aaw 
pies, también fundida en bronce, aparece la Victoria ofre- 
ciendo ima espada á la Libertad. Junto á la imagen de ésta 
resalta el águila americana, pronta, con la garra extendida, 
en soberbia actitud de ataque. 

El pastor de la iglesia de San Patricio bendijo, primero, en 
breves términos el nuevo monumento y enseguida el señor 
presidente de los Estados Unidos tomó la palabra agrade- 
ciendo en forma calurosa y enfática el expresivo presente de 
la Francia, ctan poderosa en la paz, como poderosa en la 
guerra; de la nación amiga cuyo predominio én tantas 7 



DE8DE WASHINGTON 75 

notables ramas del saber y de la divilizacióa sertf siempre 
reconocido por el mundo entero.» Mr. Boosevelt es un ora* 
dor hecho y á poco de cirio se alcanza que maneja la piüa* 
bra con verdadera maestría. No lee sus discuréos, pero do- 
tado de una admirable memoria, los desarrolla sin descubrir 
una simple vacilación que bien pudiera ocurrírsele á quien 
sabe cuanto valor oficial tienen sus expresiones. Articula las 
palabras con lentitud y en voz tan clara que nadie podrá 
decir nunca que no lo ha entendido, á la vez que les im- 
prime extraordinario acento^ como ^i se esforzara en conven- 
cer á sus oyentes de que siente lo que dice. Después de 
oírlo y de leerlo se llega á la conclusión de que el primer 
magistrado norteamericano sanciona también en la práctica 
la verdad aquella de que cel estilo es el hombre». En efecto, 
él es como sus párrafos, sólido, fuerte y macizo. Por lo de- 
más, sus gestos de tribuno, llenes de energía y de propia 
personalidad, responden á su idiosincracia, acentuadamente 
varonil* Mr. Roosevelt realiza él tipo de loe hombres de metis 
sana in corpore safio. 

Alto, bien construido, en ])leno vigor físico, apasionado por 
los ejercicios atléticos, cuyas ventajas no pierde ocasión de 
preconizar, él encama en el poder la salud envidiable de este 
pueblo de prodigiosa musculatura. Sus facciones son corree- 
tas; sus modales sueltos y benevolentes, como sucede con 
todos los hombros fuertes; su conversación afable y llana 
invita á la amistad y enciende rápidas simpatías. Mira en 
forma abierta, de frente, y aRÍ, siempre repudiando dobleces, 
procede en la altura, aceptando oigulloso el lote de respon- 
sabilidades políticas que le apareja su deber. 

Señalando con rasgos de hermosa energía cada jalón del 
áspero camino ha hecho su caiTcra pública imponiéndose por 
el imperio de su carácter sin miedos. Solo así pueden expli- 
carse sus extraordinarios éxitos políticos y si bien es nece- 
sario aceptar que el puñal de Colgosz apresuró su triunfo 
definitivo, dándole á los cuarenta y dos años una investidura 
que nadie tuvo á esa edad antes que él aquí, también debe 
reconocerse que hasta ella habría llegado, de cualquier modo, 
gracias á su inmenso prestigio de caudillo. La gueri*a con 



76 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

Espafia ptest/i brillante campo á la voluntad férrea de Mr. 
Roosevelt permitiéndole exteriorizar^ en forma memorable, sus 
cualidades de luchador. 

Ocupaba él por entonces, un puesto de importancia en el 
Departamento de Gnernu Al iniciarse las operaciones mili- 
tares, discutiendo con sus compañeros de tareas, sostuvo que 
caballerías voluntarias, formadas por buenos jinetes, serían 
más eficaces sobre el terreno que los regimientos. Enseguida 
abonando la fuerza de sus convicciones, reunió á sus ami-i 
gos proponiéndoles concurrir ni terreno de la guerra debida- 
mente organizados. Aceptada con entusiasmo la idea, muy 
pronto Teodoro Roosevelt era elegido jefe de cientos de 
soldados de caballería, escogidos entre los miís reputados 
apellidos de New York. Denomináronse esos guardias na- 
cionales los liough liders (ginctes toscos) y trasladados á la 
Isla de Cuba llenaron de manera esclarecida su misión dando 
ellos, con todo resultado, la única carga famosa de la cam- 
paña. Ahora bien, imagínese qué enorme repercusión habrá 
tenido en las filas del pueblo ese singular éxito guerrero del 
arrojado ciudadano Roosevelt que había ratificado la fama 
viril de los hijos de América jugando su vida entre las ba- 
las 7 en un clima mortífero, á la par del míís humilde 
soldado. La nación entera se sintió orgullosa de la caballe- 
resca aventura corrida y el brioso jefe de regimiento adqui- 
rió perfiles fantásticos. Necesitando el partido republicano 
afirmar sus posiciones políticas en el Estado de New York 
levantó su candidatura, como bandera de victoria, que fué 
votada por miembros aún de la fracción adversaria. Poco 
después, la Convención de su partido lo proponía para Vice- 
presidente de la República combinándose la fórmula electoral 
Mackinlcy-Roosevelt, que aliaba prestigios irresistibles. 

La especial importancia del orador nos ha apartado mucho 
de la ceremonia inaugural que venimos describiendo. A Mr. 
lioosevelt siguió en el uso de la palabra el embajador de 
Francia, Monsieur Camben, apreciadísimo aquí. 

Este diplomático representó á España en los preliminares 
de paz cerrados en el tratado de Paris. Luego tuvo frases 



DESDE WASHINGTON 77 

de verdadera elocuencia el general Porter, cerrando la serie 
el generalísimo Bruyere^ jefe superior del ejercito francés. 

Una inmensa ovación popular saludó su presencia en la 
tribuna. Con natural curiosidad observé á soldado de tan- 
ta gerarquía, llamado, en caso de conflicto, á mandar mi- 
llones de voluntades y en cuyo talento militar se concentran 
las esperanzas victoriosas de un pueblo que delira con el 
reverdecimiento de las glorias imperiales. El general Bru- 
yere representa cincuenta años largos. Su fisonomía inteli- 
gente atrae por el conjunto de rasgos enérgicos que la des- 
tacan. Bien plantado, serio y agradable en su apariencia, 
supo aumentar los entusiasmos del auditorio pronunciando 
conceptos fraternales que hacía más cariñosos aún el acento 
bizarro y musical de la lengua nativa. 

Cuando la condesa de Rochambeau descorrió el velo, en- 
tregando la estatua de su antepasado á los amores de un 
magnífico sol de Mayo, las notas de la Marsellesa y del 
Star Spangled Banner hendieron la altura, abrazadas, mien- 
tras el clamoreo de la mnltitud confirmaba la fuerza sim- 
pática del acto. Enseguida desfilaron las tropas presentes 
de ambas nacionalidades. Cuando llegó su turno á los ma- 
rinos del «Gauloii» el aplauso uuánime de los espectadores, 
apiñados sobre las aceras, les rindió homenaje en forma 
atronadora. Un gran latido popular puso término á la fiesta 
internacional. 

Kn esta quincena se ha producido un suceso venturoso que 
fortifica la entidad libre del Nuevo Mundo: la independencia 
de Cuba. El 20 de Mayo el general Wood, representante 
de la intervención norte-americana, izó personalmente en el 
Castillo del Morro la bandera de la nueva repáblica, ha- 
ciendo entrega inmediata al Presidente, señor Tomás Estrada 
Palma, de las riendas de gobierno. 

Comunican los corresponsales que acontecimiento tan inol- 
vidable fué festejado por todas las poblaciones de la Isla, 
que no economizaron medios para asociarse al gran júbilo. 
Se explica bien esa alegría. Después de tantos esfuerzos he- 
roicos, de tantos desastres, de tantos audaces y estériles al- 
zamientos, ha adquirido contornos de brillante realidad el 



78 . 1.UI8 ALBERTO DE HERRERA 

saefio libertador de Maceo y del imponderable Martí. ¿Cómo 
no concebir que los pechos estallen y los corazones desaten 
torrentes de ternura patriótica, en presencia de una resurrec- 
ción esplendorosa, después de un ciclo de sombras, de do- 
lores, de lágrimas y de derrotas? ¡Gobierno propio, bandera 
propia, autoridades propias! ¿No es esta una gracia bendita? 

La democracia toda ha debido conmoverse ante ese nuevo 
y señalado triunfo de su dogma sacrosanto. Por otra parte, 
la actitud decidida de Estados Unidos ha venido á disipar 
las dudas que algunos abrigarou sobre la sinceridad de sus 
promesas, de hace cuatro años, en favor de la completa 
emancipación cuba na. 

Los diferentes capítulos de la jornada se han cerrado sin 
que el coloso del Norte descubriera un sólo pujo dcvora- 
dor, fácil de satisfacerse en caso de haber existido. La pala- 
bra solemnemente empeñada no ha tenido un instante de 
eclipse. Por cierto que merece caluroso aplauso esta conducta 
digna cuando el derecho gime en tantas regiones del mundo. 
Los años corridos de dominación americana en la isla, se 
han caracterizado por un afán nervioso de reorganizar, de 
construir, de purificar. Pareciera que el extranjero, con plena 
conciencia de su augusta misión maternal y ofendido por el 
cargo de conquistador que se le dirigió, hubiese querido 
poner en actividad sus singulares energías para desmentir 
magnificamente el generalizado reproche. Terminada la gue- 
rra, Norte América abordó con entusiasta ardor la tarea de 
encarrilar la situación de Cuba, como deseosa de entregarla 
á sus hijos limpia de lunares, lozana y próspera. 

Nadie negará que se ha alcanzado ese objeto. Basta leer 
las informaciones administrativas para darse cuenta de lo 
mucho que se ha hecho en la perla antillana. Para abonar 
mejor este aserto, tocaremos el asunto de la salud páblíca 
que cualquiera consideraria muy lejano de la mente de un 
dominador provisorio. Lo que se ha hecho allá en ese sen- 
tido es extraordinario. La fiebre amarilla fué siempre mal 
endémico en La Habana, ocurriendo algo semejante con la 
viruela Desde que pudo ejercerse normalmente, la autoridad 
americana dedicó una atención constante al asunto. 



DB8DE WAeaiHQTON . 79 

Comprobado científicamente que los mosquitos oran los 
principales propagadores de la fiebre^ se inició una campaña 
de extirpación de los mismos^ mientras que, por otro lado, 
se abordaba^ con éxito rápido, la implantación de una buena 
policía sanitaria. Los resultados de esa reacción los revelan, 
c«)n más elocuencia que las palabras, las siguientes cifras de 
estadística comparativa que tomo de una revista insospechable: 
En Abril de 1898 murieron en La Habana 1.399 personas, 
lo que dá una proporción de 71.88. En el mismo mes 
de 1902 murieron sólo 499 personas siendo la proporción 
de 21.77. En el informe presentado al departamento de es- 
tado habla así la autoridad técnica: 

cLa malaria, fiebre amarilla y viruela, que por generacio- 
nes han flagelado á la población de la Habana, han perdido 
hoy allí HU carácter epidémico. Este resultado se comprende 
recorriendo las calles de la ciudad, guardadas en la más 
completa limpieza. Pero lo que más ha preocupado á la sa- 
nidad ha sido el cuidado del interior de las casas. Una 
inspección constante y la imposición necesaria de multas, 
continuada sin descanso durante tres años, han acostumbrado 
á la gente modesta á conservar en buen estado de higiene 
sus patios y viviendas. Mucho resta por hacer aún en lo 
que se refiere al servicio de salubridad». De paso se me 
ocurre recordar que en el Boletín Mensual de la Salud Pú- 
blica, editado por este gobierno, teniendo á la vista los infor- 
mes de sus delegados consulares en el extranjero, Montevideo 
ofrece la cifra más alia de casos de viruela sobre todas las 
capitales del mundo, pues sí bien, á primera vista, Londres 
parece aventajarla, tomando en consideración el monto de las 
distintas poblaciones no sucede así. Establece aquella revista 
que desde el 26 de Octubre de 1901 al 15 de Febrero de 
1902 se han producido en nuestra ciudad ochocip.nios ocho 
casos. Acompañando la mencionada publicación hice notar, 
al gobierno ese dato tan desfavorable que nos perjudica en 
el exterior. 

Es claro que la emancipación cubana no será absoluta^ 
respecto de los Estados Unidos, en materia comercial. Re- 
presenta demasiado la indicada nación en la balanza de los 



[ 80 * LUIS ALBERTO DE HERRERA 

negocios mundiales para que su influencia no perturbe los 
mercados y, sobre todo, los mercados de los pueblos chicos 
y vecinos. En más de un concepto, pues, la República de 
Cuba tendrá fatalmente que ser tributaria de Norte Amé- 
rica; pero esta vinculación estrecha no ha de presentar carac- 
teres odiosos de impuesta preferencia. Desde hace mucho 
tiempo existe una poderosa corriente de intercambio, fortifi- 
cada en la actualidad, gracias al esfuerzo febriciente de esta 
raza que ha desalojado competencias valiéndose del arma, 
mny legítima, de la oferta acomodada. Desde que América 
del Noite abastece hoy, en gran escala industrial, á los 
más lejanos países, resulta lógico que ella domine en ade- 
lante la plaza antillana, por imposición de circunstancias nor- 
males y envidiables. Todos sabemos que esa ha sido la 
sabia característica de la colonización sajona: emancipados los 
dominios siempre ha subsistido la vinculación valiosísima del 
comercio que grava perdurable en el corazón de los hijos 
el prestigio de la nación madre. Pero tenemos más aun; 
siendo la producción cubana similar, en cierto concepto, de 
la producción americana y, siendo este país la primer plaza 
de la isla, muy bien se ha podido colocar á aquélla en 
angustiosa toi*tura, aumentando las tarifas de importación, á 
pretexto de evitar perjudiciales concurrencias. La realidad de 
ese caso de conflicto la ofrece el azúcar y precisamente el 
debate sobre el bilí de Cuba absorbió largas sesiones á la 
Cámara de Representantes alcanzando á interesar el espíritu 
público. Algunos Estados de la Uuión, en especial Colorado, 
tienen enormes capitales invertidos en la elaboración de 
azúcar. Esa gran industria se sostiene próspera en mérito á 
los favores proteccionistas de la ley Dingley. Por otro lado, 
Cuba abastece á los Estados del Este, contando con esa 
exportación entre sus más importantes fuentes de recursos 
aduaneros, A haberse querido, bien pudo comprometerse el por- 
venir económico de la nueva nación con la creación de las 
tarifas absolutamente prohibitivas, en provecho de determi- 
nados intereses locales, tanto más cuanto que en el seno de la 
Cámara, oradores ardientes veían en una posible liberalidad 
el origen de grandes catástrofes financieras en Colorado 7 



DEBDS WASHINGTON 81 

otros Estados. Pero triunfó la equidad y se impuso una 
tarifa racional y alentadora, en el concepto de que la reci- 
procidad no se hará esperar. Para que se vea la singular 
atención que las naciones dedican en el día al incremento de 
8tt intercambio, agregaré qne la prisa con que Inglaterra ha 
acreditado su ministro en Cuba ha estado á punto de arreba- 
tar á Norte-América la prioridad. £1 primer representante 
recibido será el decano del Cuerpo diplomático y en la codi- 
cia de esa gerarquía y en el afán de suscribir tratados comer- 
ciales ventajosos estriba la causa originaria de tanta gentileza. 
Bajo la faz educacional, honda y hermosa es también la 
huella dejada por los Estados Unidos en la Isla. Apenas 
terminaron allí las operaciones militares, un ejército de maes- 
tros reemplazó, en la ofensiva, al ejército de línea. Unos 
soldados, seguramente los mejores, sucedieron á otros; y ape- 
nas pacificadas las poblaciones sui'gieron, por centenares, las 
escuelas públicas imponiendo conocimientos elementales á los 
desamparados de espíritu. Otro tanto se hizo en Puerto 
Bico. Según las estadísticas oficiales, se han creado en 
aquella nueva posesión, en el corto espacio de tres años, 
mil quinientas escuelas primarias. Y es claro, ya se reco- 
gen los frutos de tan sabia magnificencia gubernamental. 
Así, el idioma inglés, antes absolutamente extraño, es al 
presente vulgar en la mencionada comarca y ya los natu- 
rales no lo repudian y la niñez lo haf;e suyo. Alíese á 
esto el auxilio de enérgicas corrientes de comercio, no por 
ser improvisadas menos eficaces; agregúese todavía el enorme 
contingente de propaganda insuperable allegada por los ame- 
ricanos, que inmigran en forma espontánea transportándose 
coa sus familias y talleres, y sobre todo, llevando consigo 
sos singulares facultades para la lucha diaria, y digan luego 
de quién será la fecunda victoria, si del extrangero ó del 
nativo. ¿Cómo no dominar cuando se hace de la enseñanza 
pública una religión y del abecedario un evangelio? ¿Qué ig- 
norancia, qué propósito reaccionario, qué prevención, por jus- 
tificada que ella sea, qué fanatismo de raza, de secta ó de 
partido resiste con éxito el ataque de una tan admirable ma- 



82 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

quinaria de Iuk, montada sobre cimientos de libertad y de 
judticia? 

fistos efectos evidentes, cuya elocuencia arranca^ no de 
exageraciones tribunicias pero sí de escrupulosas estadísticas, 
deben ser ampliamente divulgados á fín de que cunda el ejem- 
plo de estos esfuerzos prácticos en favor de las masas so* 
ciales. En la escuela está el origen de la constitución polí- 
tica de este pueblo asombroso de los Estados Unidos, que 
abrió con páginas de bronce y cerró con paginas de bronce, 
el siglo pasado. Podrán mortificar algo estas manifestacio- 
nes explícitas á quienes juzgan inconsecuencia censurable el 
reconocimiento de méritos en fracciones políticas distintas á 
las nuestras, no tan antagónicas como se las supone; pero ya 
es llegada la hora de que veamos las cosas con ojos propios, 
mirándolas tales como son y dominados solo pur la plausible 
avidez de recoger elementos de sabiduría. Si pagar home- 
naje de admiración á las virtudes norte-americanas, es decir, 
á aquellas cualidades preciosas que forman los rasgos salien- 
tes de la entidad nacional, importa incurrir en delito de an- 
glomanífl, yo me apresuro á confesarme culpable de esa su- 
puesta aberración^ pues cada día que pasa lo señalo con una 
nueva enseñanza saludable tbmada en la calle, en el coche 
eléctrico, en el vestíbulo del teatro, en las recepciones oficia- 
les y en las asambleas públicas. Porque una cosa no quita 
la otra; se puede apreciar en mucho, en muchísimo, la idio- 
sincracia nuestra, el valimiento nuestro, sin que tal signifique 
desconocer cuanto más brillarían nuestros méritos colectivos 
favorecidos por el complemento de un sólido engarce. Y por 
otra parte, cuando los éxitos justos eslabonados á éxitos 
ofrecen el resultado palpable de la agena capacidad, se ofende 
á las leyes inás elementales de la lógica, pretendiendo oscu- 
recer con nieblas de pasión y de zoncera el prestigio de 
una grandeza ya orgánica. El buen criterio manda que se 
estudie esa creciente lozanía á fin de encontrar y recoger el 
secreto — que tanta falta nos hace — de una maravillosa com- 
binación social, más fuerte que todos los reactivos aliados de 
la anarquía. Porque el período ejemplar de los Estados 
Unidos no es de hoy. La historia del país presenta la 



DESDE WASHINGTON 8B 

uniformidad correcta de una extensísima planicie, pero de una 
planicie acostada sobre lecho de montaüas, y cads^ uno de 
8US capítulos pertenece d la tradición honrada del niundo. 
Durante más de cien años de vida independiente se han 
obtenido muchais veces verdaderos laureles en la guerra y 
sin embargo^ hasta ahora no ha habido un sólo soldado ame- 
ricano que se permitiera ambicionar, en forma ilegítima, las 
alturas del mando á la sombra, tan peligrosa, de la gloria 
militar. Ni un despotismo, ni nn asalto del poder, ni una 
espada consular clavada jamás en el corazón de la patria! 

Ningún ensueño de violación ha turbado la imaginación de 
los grandes servidores. Si Washington, allá en las nacientes, 
rechaza sin esfuerzo los honores privilegiados de una nueva 
reelección, por considerarlo necesario así para el mejor nom- 
bre de la democracia, Grant, vencedor gloriosísimo en la 
guerra civil, renuncia en seguida á los placeres dulces de la 
jefatura superior del ejército negándose, inflexible, desde enton- 
ces á asistir á todo acto de exhibición militar, aún á las 
revistas preparadas en su honor por algunos soberanos euro- 
peos. ¿Nosotros, que tantas desgracias debemos á los des- 
bordes pretorianos, y que hemos visto más de una vez á los 
parlamentos nacionales deliberando bajo la presión brutal de 
la tropa de línea, y que hemos alcanzado á despertarnos 
bajo el azote del motín, tenemos el deber d<^ buscar ele- 
mentos de enmienda y de regularidad, observando la conducta 
de quienes sostienen, con mano muy firme, la bandera de la 
disciplina, del pundonor y de la impuesta preponderancia 
civil. A los Estados Unidos ya no se les discute, se les 
imita, y no se alcanza poca dicha pudiendo hacer esto con 
BU misma buena fortuna. 

Dos sucesos sensibles acaban de conmover al mundo ofi- 
cial: el fallecimientr) de lord Puuncefote, embajador de In- 
glaterra, y el del almirante Sampson. Era, el primero, de- 
cano del Cuerpo Diplomático y agregaba á los merecimien- 
tos de su antigüedad aquí, el renombre de valiosas cualidades 
personales. Alguien, cuya opinión representa la del gobierno 
británico — el marqués de Lansdownc — ha dicho que con su 
desaparición el imperio ha perdido talvez al mejor de sus repre- 



84 LUIS ALBERTO DE Ul^RRBBA 

mentantes ea el exterior. En efecto, los servicios de lord Paua- 
cefote en este país fueron trascendentales. P&ra comprender- 
lo así basta con volver la vista un poco atrá^i y recordar el 
grado de tirantez á que llegaron^ en momentos dados^ las 
relaciones entre Norte América y la madre patria. 

Creo que en 18S5, antes de inaugurarse la primera ad- 
ministración de Mr. Cleveland^ el gobierno americano tuvo 
que dar expresión á un acentuado desagiTido popular pidiendo 
el inmediato retiro del ministro inglés^ Lionel Jackville. 
Este diplomático había cometido la imprudencia de contestar, 
dando su opinión por escrito, á una persona que le pregun- 
taba cual era el candidato más ventajoso para los intereses 
de Inglaterra. Carta tan comprometedor.^ fué publicada en 
los diarios, recurso eficacísimo para perjudicar al aspirante 
presidencial favorecido con las simpatías extrangeras. La re* 
velación de tal ligereza produjo una tempestad de ardientes 
protestas, lo que fácilmente se comprenderá recordando que 
por entonces el asunto de las pesquerías en el mar deBe- 
hering preocupaban en forma muy seria á las cancillerías. 
Este escabroso litigio de soberanía sobre las aguas polares 
tuvo instantes de solenme angustia y si bien las dificulta- 
des llegaron á salvarse quedó siempre el amargor de un 
malestar. 

En 1894 la célebre cuestión de Venezuela puso otra vez 
sobre el tapete muy peligrosas cuestiones y hubo día en que 
la guerra llegó á considerarse inminente. Esto fué cuando 
Norte -América, invocando los principios altaneros de la doc- 
trina de Monroe, dijo categóricamente á la Gran Bretaña que 
no estaba dispuesta á tolerar actos de fuerza dirigidos con- 
tra la repábiica venezolana. Esta actitud amenazadora plan- 
teaba un dilema de fuego, pudiendo afírniarse que nunca, 
desde 1812, se estuvo más cerca de un conflicto con la 
nación contrincante. Sin embargo, todas las diferencias se 
allanaron con éxito satisfactorio para ambas partes. Pues á 
esa hermosa victoria del espíritu de la paz está ligada, de 
manera perdurable, la memoria de Lord Pauncefote. Su 
gestión habilísima, la suavidad de su carácter, sus condicio- 
ufiB insinuantes, puestas en constante ejercicio^ aplacaron las 



Í>ESI>B WASÍníIOTON 8B 

pasiones airadas qnc flotaban en la atmtisfera como banderas 
de incendio. Las ^exaltaciones corrientes no lo alcanzaron y 
conservando calma, sn inteligencia superior^ supo fuftdir ea 
sabios acuerdos el anhelo morigerado de cada cual. Luego, 
haciendo de su casa patriarcal el centro de nobles emula-* 
cienes sociales, él coronó su obra pacificadora ratificando sus 
triunfos de diplomático con sus triunfos de hombre de mundo. 
Por todo eso se ha considerado aquí irreparable la muerte 

del ministro inglés. 

Otro tanto puede decirse del almirante Sampson, después 
de Dewey la iniís alta gerarquía de la marinn, que tam- 
bién acaba de extinguirse. Son demasiados recientes los mo- 
tivos de la fama adquirida por este veterano para (\viQ sea 
necesario despertar, en detalle, sangrientas reminiscencias. 
Sampson mandaba en jefe la escuadra vencedora en el com- 
bate naval de Santiago do Cuba, y, por consecuencia, íí él 
tocó en suerte derrotar al tan valiente é infortunado Cervera. 
Tan sonado suceso hizo popular su persona en todos los ex-^ 
tremes de la Unión, pero con mucha probabilidad su nombre 
fué pronunciado por mayor número de lííbios, luego, cuando 
se produjo aquella apasionadísima controversia entre los par- 
tidarios suyos y los partidarios del almirante Schloy. Con- 
densándolo en pocas palabras, encontramos qtie el debate tenía 
origen en el siguiente punto: Sampson, como jefe superior, 
había preparado el éxito marítimo, decían los unos, pero 
Schley, con sus hábiles medidas del momento en el instante 
nido y estando ausente Sampson — que abordo del New York 
ocupaba en viaje de revista un extremo lejano de la línea 
— obtuvo la ansiada victoria, sostenían los otros. La dilu- 
cidación de este asunto provocó lamentables cismas civiles y 
militares, sin que el fanatismo por este ó por aquel aceptara 
un justo medio de grandes méritos entre la glorificación sec- 
taria y el ataque cruel; lo que prueba, otra vez, que mientras 
el mundo sea mundo y en toda% partes nada estará tan 
refiido con la verdad tranquila como las pasiones políticas 
desatadas. 

Tal vez no se exagera al afirmar que las viejas dolencias 
ffeicas del almirante Sampson apresuraron su marcha destruo- 



86 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

tora grwcias á la alianza de Jos disgustos tnocaliee originados 
por estas inacabable» diapntas. Sin embargo, en presencia de 
esta tumba, que i)crtenece á ios Estados Unidos, se ha apla- 
cado la estéril contienda. Nadie habla á la conciencia mejor 
que la muerte. Los biógrafos del almirante Sampson coin- 
ciden en reconocer que este marino fué un obrero infatigable 
7 V^^f gracias á sus esfuei'zos benemécitos, que arrancan de 
muchos afíos atrás, la armada del país ha alcanzado las só- 
lidas pro8()eridades de la actualidad. La ceremonia del en- 
tierro tuvo los rasgos especialmente tocantes que ellas revis- 
ten aquí en general. Ocho marineros penetraron en la iglesia 
trayendo sobre sus hombros la caja funeraria. Detrás de ellos 
s^uía el cortejo de familia, siempre limitado, haciendo ca- 
beza de duelo la esposa del fallecido, sus hijas señoritas y 
sus niños menores. Esta es una costumbre exclusiva de los 
sajones que hace singularmente impresionante y expresiva la 
última despedida. Pero apesar de que una práctica rigurosa 
así lo exige, no todas las damas poseen entereza para afron- 
tar tan duro trance. Aunque su voluntad lo quería, la viuda 
del ilustre presidente Mackinley no tuvo energías fínicas 
bastantes para poder cumplir su deseo de esposa ejemplar y 
amantísima. Después de un breve servicio religioso, un pe- 
queño grupo llevó los restos al enterratorio, sin que se pro- 
nunciara un solo discurso, porque aquí eso no se estila. 
Enseguida vino el desfile de la tropa: alrededor de mil qui- 
nientos hombres de las distintas armas. El aspecto y la 
marcialidad de los soldados son excelentes. Debo agregar, 
porque f¿Ilo es cierto, que los batallones orientales podrían 
figurar con honor al lado de éstos, pues ellos poseen aque- 
llas brillantes condiciones. Pero yo encuentro aquí, en los 
cuerpos, una fraternidad familiar entre las unidades, que nos- 
otros no conocemos, y seguramente reñida con el espíritu 
férreo de la organización prusiana. En lo poco que alcanzo 
á ver, aquí no existe uq^ valla insalvable entre el superior 
y el subalterno, entendiéndose que los deberes estrictos de la 
disciplina no están divorciados de los deberes, también estric- 
tos, del compañerismo* Por ejemplo, está tendida la línea 
para marchar y esto no priva qoe ka soldados conversen 



DESDE WASHINGTON 87 

entre sf, en una forma moderada^ 7 que los jefes de las com- 
pañías^ en vez de presentarse ceñudos j altaneros, paseen 
jovialmente por frente á sus subordinados, que son sus ami- 
gos, cambiando impresiones con ellos. De acuerdo con este 
mismo criteiio, una ves rota la formación cada cual hace 
lo que mejor le place, sin aspavientos, sin derroches de 
venias, sin ese ruido ridículo de entorchados 7 de espuelas, 
tan conocido. Si media hora después de una parada sube 
al trenvía el generalísimo del ejército americano, probable- 
mente tendrá que aceptar asiento al lado del último recluta 
que, aún conociendo á su vecino 7 sabiendo cuál es su ge- 
rarquia, continuará embebido en la lectura de su diario^ 
como si tal cosa. £n este país, sólo en casos excepcionales, 
usan espada los militares. Contados de éstos son los que 
visten uniforme 7 sólo para las obligaciones del servicio. 

£1 traje favorito de todos ellos, extrañémoslo nosotros^ 
consiste en las prendas civiles, porque ellos nunca olvidan 
que antes que miembros del ejército son ciudadanos 7 hom- 
bres libres, lo que, por supuesto, vale mucho más. Todas 
esas sencilleces, arraigadas en los hábitos dominantes, dan 
lugar á que en esta nación no se o-onozca el brillo de los 
oropeles 7 la admiración por los entorchados. £1 oficial 
que en Norte América entrara á un teatro haciendo ruido 
con su espada provocaría risas burlonas, dando derecho á 
cualquier concurrente para reclamar la intervención de un 
portero. Pero ha7 algo más; todas las mujeres americanas 
ñenten orgullo por ese ejército así constituido, en donde 
sus hermanos, sus maridos 7 sus hijos ocupan un puesto 
de distinción, no perdiendo oportunidad de demostrarlo así. 
£s cosa común ver á las niñas de las escuelas 7 á las más 
conocidas señoritas batiendo palmas, cuando desfilan los 
cuerpos, ó agitando los pañuelos. Compréndase la fuerza in- 
contrastable que dá á la institución ese apo70 7 la con- 
ciencia de tan valioso estímulo. ¿Y cómo no explicarse esas 
demostraciones de cariños puros en una tierra que no debe 
nn sólo cuarto de hora de lágrimas á la milicia, en una 
tierra en donde aquella nunca ha atentado contra las liber- 
tades públicas 7 en donde se sabe que el más humilde ser- 



88 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

^ñá&t 4é la patria lleva en su cartuchera el bastón de ma- 
riscal? 

Pero sólo en los Estados Unidos pueden florecer con 
éxito tan colosal estas virtudes tan raras. Sólo aquí^ en 
este ambiente educado y de perfecto equilibrio social^ ca- * 
ben tan lindas expansiones. ¿Cuál es la causa por la cual 
el soldado americano, sin ser una máquina inconsciente, sin 
estar permanentemente apegado á la ordenanza, siendo ca- 
marada de sus superiores, rinde en las ocasiones de prueba 
los brillantes resultados quo tanto admiraban los generales 
de las tropas internacionales en la reciente campaña contra 
el Celeste Imperio? ¿Por qué, sin ser un autómata, él sabe 
obedecer tanto como el más sumiso y cumplir las órdenes 
recibidas con la puntualidad y con el acierto del mejor? 
La explicación de tan buenos frutos debemos buscarla en 
la calidad individual de los miembros del ejército, en su 
grado de instrucción, en el concepto racional y exacto que 
cada uno tiene de lo que debe ser el amor á la patria y 
á su bandera, y muy en especial, en la altivez libre, or- 
gánica en esta sociedad, que concluyó hace medio siglo con 
los esclavos negros y que nunca concebiría la aberración de 
los esclavos blancors. 

El todo resulta insuperable porque las partes que lo inte- 
gran son también insuperables. Entonces sucede que la dis- 
ciplina llega espontánea y agradable, propiciada por el es- 
fuerzo inteligente de muchas voluntades asociadas; sin castigos, 
sin amenazas, sin reprimendas innecesarias. Por otra parte, 
como el ejército no puede intervenir, ni directa ni indirecta- 
mente, en la gestión de los asuntos públicos, nadie se preo- 
cupa de adularlo y de darle peligrosas preponderancias. 
Además, como hasta la fecha él ha sido un resorte secundario 
de la administración y el país nunca precisó afilarle las 
garras para lanzarlo al saqueo y á empresas opresoras, las 
primitivas purezas se mantienen en todo su vigor. Días pa- 
sados oía decir á un viejo general que la avanzada cultura 
de las tropas americanas da lugar á que cueste distinguir 
al oficial del soldado. Esta frase, de base verídica, lo dice 
todo. 



DE8DS WA8HIN0T09 89 

A esta altara pienso que ya no habrá lector bastante 
guapo para seguirme. ¡Cuánto tiempo hace que debí detener 
la pluma! La culpa de todo la tiene este modo nuestro de 
ser, tan llano y tan sin etiqueta. Nunca camina uno más, y 
más sin sentirlo, que cuando, tomado del brazo de un amigo 
íntimo, empieza á vagar, sin rumbo fijo, preocupado sólo de 
ser sincero y expansivo. ¡Cuántas veces hemos descendido 
de esa manera desde las lejanías de la Plaza Treinta y Tres 
hasta esa confitería inolvidable del cjockey Club», riñon de 
nuestro Montevideo! Pues á mí se me repito el ca«o ahora: 
me parece que mis benevolentes lectores forman también en 
el número de mis íntimos amigos, y he roto, evidentemente^ 
los límites impuestos por la cortesía. Y bien, ¿por qué no 
han de ser ellos mis amigos desde que una misma patria 
nos llama sus hijos? 

En la próxima me ocuparé, en exclusivo, de la histórica 
escuela militar de West-Point, que acabo de visitar en oca- 
sión de su centenario. 






IV 



Una perspectiva nr)aravillosa — La escuela militar de West Point — 
Oelebración de su centenario ^- Antecedentes y tradiciones — La 
fama de sus alumnos — Enseñanza, educación y régimen de vida 
— Un cadete heroico — El discurso de Roosevelt — Recuerdos de 
la guerra de Ouba ~ Un banquete sensacional — Hermoso cuadro 
de costumbres — Oampechada del presidente — Un recuerdo á 
nuestra Academia. 



£1 centenario de la Escuela Militar ñe West Point ha sido 
un verdadero acontecimiento. £n el deseo de señalar con re- 
cuerdos imborrables una fecha importante, se preparó lucido 
programa de festejos invitándose, por otra parte, para hon- 
rarlos como huéspedes^ al señor Presidente de los Estados 
Unidos y sus ministros, generales en servicio, Cuerpo Diplo- 
mático y á los soldados de aureola veterana. 

West Point está situado sobre la margen derecha del río 
Hudson^ á una hora larga de viaje de la ciudad de New 
York. Ese trayecto presenta perspectivas naturales esplén- 
^«cKdas. El camino de hierro está tendido sobre la misma 
orilla del río, con ese lujo de temeiidad técnica que se os- 
tenta en todas las construcciones norte-americanas; de mane- 
ra que los rieles parecen á menudo descansar sobre la misma 
superficie del elemento líquido. Bosques espesos — que aquí 
todo el mundo es amigo de los árboles, — sirven de festón 
al río, coronando con ricos matices las empinadas cumbres, 
tiradas en dos tilas paralelas sobre la rivera del profundo 
cauce en actitud de espiar los movimientos del manso pri- 
BÍonero azul que se desdobla al pié con suavidades de seda. 



92 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

De repente, el tren vuela sobre el río, como si su enorme 
fuerza de impulsión le permitiera dar enormes saltos en el 
vacío; en seguida, se interna en un estrecho callejón, abierto 
en piedra viva, que parece ajustadísima sepultura; aquí, nos 
proporciona el espectáculo virgiliano de campos en cuidadoso 
cultivo, de pequeños rebaños, de casitas que resaltan encan- 
tadoras con sus jardines floridos; allá, nos permite divisar 
vapores de recreo y carga que suben y bajan la corriente 
trayendo y llevando riquezas; arriba, también recojo agrada- 
bles impresiones el espíritu en la contemplación de paisajes 
favoritos de la naturaleza y favorecidos por la cultura del 
hombre. Sobre un recodo del Hudson, dominando militar y 
artísticamente la hermosa región, está West Point, la célebre 
academia. En ese paraje la belleza escénica se duplica, 
pues la costa crece en altura mientras avanza en forma 
enérgica sobre el río, que, obligado por la gran muralla^ 
cambia de curso, continuando su camino luego de confesar 
su impotencia describiendo una herradura alrededor del obs- 
táculo. Ese soberbio pedestal fué el elegido, hace un siglo, 
para asiento de una famosa institución. Pero ya antes la 
importancia estratégica del sitio había destacado. En los 
tiempos gloriosos de la revolución construyóse allí un fuerte» 
nunca tomado por el enemigo, cuyas ruinas, perpetuamente 
amparadas por la bandera del paísy tienen el significado 
de una condecoración legendaria. Con la vista constante de 
aquellos despojos de un pasado recio, se ofrece á los cade- 
tes la memoria de heroísmos ejemplares que no morirán. 

La recepción que se nos dispensó en West Point no pudo 
ser más amable. El gobierno había mandado preparar en el 
hotel departamentos especiales para sus huéspedes, mientras 
cuatro capitanes del ejército y profesores del establecimiento 
nos servían de acompañantes. Gracias á esos dignos oficia- 
les pudimos llenar acabadamente nuestro deseo de recorrer 
todas las dependencias de la Academia y de ser instruidos 
sobre su funcionamiento. West Point, antes de alcanzar sus 
prosperidades de la actualidad, ha pasado por épocas azarosas. 
En 1799, pocos meses anteriores á su muerte, WaaUngton con-^ 
testaba á una consulta del insigne Alejandre Hamilton, quien 



. BBfliPB, WASmKGTON 93 

le proponía el plan de creación de la escuela, aplaudiéndolo 
de la manera más calurosa y agregando que siempre había 
considerado de suma importancia para los destinos del país 
la realización .de aquella medida previsora. Insistiendo siem*- 
pre en aquella sincera modestia, que era su característíca 7 
que sublima su memoria, terminaba: cpero nunca he tomado 
sobre mí la tarea de fundar aquel centro porque la dejo para 
otros cuyos conocimientos científicos y capacidad para llevar 
adelante el proyecto los indica para acometer tal empresa.» 
Por fin, en 1802 nació la Academia en las condiciones más 
modestas y cuando dificultades de todo género daban colo~ 
rido de verdadero sacrificio á la iniciativa del gobierno. En 
1808 Tomás Jefferson se dirigía al Congreso solicitando au- 
torización para ampliar el plan primitivo, que le fué con- 
cedida, y en su último mensaje de 5 de Diciembre de 1815 
el presidente Madison solicitaba nuevos perfeccionamientos. 
John Quincy Adams también dedicó preferente atención á 
la escuela. cY recomiendo á vuestro más eficaz cuidado la 
Academia Militar, como que ella es el más seguro recurso 
de la defensa nacional. Esta institución ya ha ejercido una 
felicísima influencia sobre el carácter moral é intelectual de 
nuestro ejército; y aquellos de los cadetes que, debido á 
causas diversas, no terminan su carrera no por eso son ciu- 
dadanos menos útiles.» Asi se expresaba en un recordado 
mensaje al Congreso, el general Andrés Jackson, el héroe de 
la campaña de 1812. 

Hemos transcrito sus palabras porque ellas reúnen á la 
autoridad que podría infundirles un veterano de brillantes 
aptitudes el prestigio que les presta esa calificación hermosa 
de ciudadanos dada á los servidores armados de la patria. 
Sin embargo, tantos esfuerzos oficiales no cuajan de la ma- 
nera deseada y West Point, arrinconada y olvidada come» cosa 
miserable, arrastró una vida casi anémica. La nación estaba 
harta de lucha y obtenida ya la paz interna y externa, no 
quería preocuparse de asegurar, en forma práctica, esos bienes 
invalorables, que tanto importaba el sostenimiento de la E^ 
cáela* Dominante esa negligencia, hubo legislador que scTs- 
iuvo que aquella debía suprimirse, pues originaba demasiadas 



dt 1.UI8 ALBEBTO DE HERRERA 

erogaciones. Error tan gr%ve nunca llegó á trinpfar y no 
fué necesario que pasaran muchos afios para que se probara, 
hasta la evidencia, lo bien gastado que estaba el dinero in** 
vertido en el fomento de la Academia. La guerra de México 
lo proclama con empuje incontrastable, pudiendo decirse que 
la buena suerte de las armas americanas en 1847 se debió 
á la oficialidad competente y bizarra formada en las iejanfas 
del Hudson. Al depositar en West Point los trofeos de aque- 
lla jornada, pronunció el general Scott estas palabras justicie- 
ras que hoy aparecen escritas sobre una chapa de bronce á 
la entrada del edificio: cComo, con el apoyo de la Provi- 
dencia, es principalmente á la Academia Militar que Estados 
Unidos debe esas hazañas y otras memorables victorias obte- 
nidas en el curso de la misma guerra, yo experimento un 
vivo placer al entregar estos siete trofeos á la madre de tan 
consumados oficiales y patriotas». 

La fama de tales éxitos dio renombre exagerado á la es« 
cuela, lo que vino á perjudicarla al iniciarse la rebelión. 
Cuenta el escritor militar Pearson Farley, que el país exigía 
perentoriamente imposibles y como éstos no pudieran alcan- 
zarse cayó por tierra la bien conquistada reputación ¡qué 
así es siempre el pueblo en sus pasiones! Comenta así, tan 
necios reclamos, el general Cullum: cSe demandaba de los 
jóvenes cadetes, que talvez nunca habían dirigido fuerzas 
más numerosas que una compafiía ó un batallón, que de 
inmediato fueran capaces de mandar grandes ejércitos, com- 
puestos de tropas indisciplinadas, al través de pantanos des- 
conocidos y de intrincados desiertos, para asegurar el triunfo.» 
Pero á los dos afios de empezada la guerra civil ya los 
elementos de West Point, completados en sus aptitudes teó- 
ricas por las enseñanzas sabias de una campaña, ocuparon 
el puesto lucido que lea asignan en la página de la historia 
sucesos memorables; y así vemos levantarse frente á los 
nombres de Grant, Sherman, Thomas y Sheridan, en el 
Norte, los nombres, no menos gallardos, de Lee, de Jackson 
y de los dos Jolmson, en el Sur. Todos cadetes de la 
A'cademia. Despierta verdadero interés la lectura de una cróni- 
ca que relata la forma en que se separaron do la escuela unos 



DKBDE WA8HIKOTON 95 

y otros, cada cual para servir á su divisa política. Después del 
sangriento choque entre hermanos y de las reiteradas pruebas 
obtenidas en los campos de batal'a ya nadie puso en duda los 
méritos de la escuela. Como último juicio sobre ella, incorpo- 
ramos estas palabras del general Henry Beecker, dirigidas al 
ejército del Potomac, que se refieren como las de Jackson, 
á quienes sabfan ser buenos oficiales y mejores ciudadanos. 
Dicen así: cEl modelo del honor en ninguna parte se en- 
contrará mejor que en West Point; el respeto á la ley y í 
la libertad en ninguna parte será más profundo; la Bdelidad 
escrupulosa, el deber, en ninguna parte tendrá más acentua- 
dos caracteres de religión como tampoco la honestidad»* 

En pleno florecimiento la nación, á su Academia Militar 
han alcanzado los mismos beneficios. Día por dia han ido 
dilatándose sus recursos y en proporción el námero de sus 
alumnos que si eran diez hace cien años hoy llegan á qui- 
nientos once. En la actualidad la escuela, además de una 
reliquia del patriotismo, es también una promesa: en sus au- 
las se concentran las esperanzas de la nación que quiere 
poseer, á todo trance, generales insignes. Respondiendo á esas 
solicitudes del espíritu público, el Congreso acaba de autori- 
zar al gobierno para invertir la enorme suma de cuatro mi- 
llones de pesos, que en caso de no ser suficiente podrá ele- 
varse á seis millones, en la restauración absoluta, completa, 
deslumbrante, de West Point, que cualquiera creería en ruinas 
á juzgar por el propósito expuesto, y que ya es, sin em- 
bargo, una institución espléndidamente instalada. £1 ingreso 
á la escuela ofrece verdaderas dificultades y si bien es cierto 
que lob senadores de cada Estado y el jefe de la Nación 
pueden proponer candidatos para llenar las becas vacantes, 
también debe recordarse que esas valiosas influencias resul- 
tan estériles, no sirven de salvavidas, cuando no se obtiene 
éxito en los exámenes de admisión. Allí domina una seve- 
ridad pareja y por eso pudo decir el otro día uno de los 
oradores, que era esta una de las instituciones del país la 
más netamente americana, pues en ninguna parte como en 
su seno reina la democracia cuando llega la hora de adju- 
dicar honores. El jovencito que obtiene su incorporación al 



96 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

cuadr*) puede juzgarse dichoso: si mañana^ gracias á un es- 
fuerzo perseveraate^ gana el premio de un galón podrá lu* 
cirio con singular orgullo, dada su selecta procedencia aca- 
démica. 

Los cadete?, al iniciarseí deben prestar el siguiente voto 
de pundonor j de bonradez militar: cjuro solemnemente 
que sostendré el imperio de la Constitución de los Estados 
Unidos 7 que acataré, con sincera fidelidad, al gobierno na- 
cional; juro que sostendré y defenderé la soberanía de los 
Estados Unidos por encima de toda dependencia, soberanía 
ú homenaje que pudiera creer deber á cualquier Estado, con- 
dado 6 país; y que en todo tiempo obedeceré las órdenes 
legales de mis oficiales superiores y las ordenanzas y leyes 
que gobiernan á los ejércitos de los Estados Unidos.» Para 
memoria de quienes piensan que el soldado, en holocausto 
á la disciplina, debe abdicar su perdonalid;id moral en su 
jefe I^ítimo y someterse como una máquina á sus órdenes, 
conviene observar que en esas palabres de rígida adhesión solo 
se habla de acatamiento á las órdenes legales. Los cursos 
duran cuatro años. Ese tiempo se dedica, sin descanso, á la 
tarea fecunda de hacer hombres, hombres viriles, hombres 
de honor, hombres de carácter íntegro, de ese medio millar 
de muchachos entresacados de los puntos más extremos de 
la Unión. Si, por una parte, ellos dedican muchas horas del 
día al estudio y maniobras, por otra, adquieren agilidad y 
fuerza, en la práctica constante de ejercicios aüéticos* Jue- 
gan al base-ballj que es el entretenimiento nacional; hacen 
continuados ensayos de caballería; se familiarizan con el ma« 
nejo de los cañones; cuidan ellos mismos de sns caballos y 
á menudo, preparan su rancho. 

Durante el invierno los cadetes duermen dentro de los edi^ 
ficios aparentes, pero en la estación de verano se les obliga 
á vivir en campamento. Este lo constituyen filas paralelas 
de carpas color marrón con piso de madera tosca á una al- 
tura prudente del suelo, á fin de evitar las sorpresas de 
pequeñas inundaciones. Estas ligeras viviendas son am- 
plias y están mantenidas con la más escrupulosa corrección. 
En cada una se albergan dos cadetes que allí tienen todo sa 



BB8DE WA8RIHQTOK 97 

veátnariOy trajes de parada, de semcio, como también sus 
armas. AI mostramos osas instalaciones volantes nos expli- 
caban los ofioiales la clase de vida á que ellas obligan, sin 
sospechar que alguno de sus afelpados interlocutores conocfa 
semejantes gajes, por una larga experiencia propia, más cruda^ 
seguramente, que la de ellos. Aunque mil veces profano en 
el asunto, se me ocurre ventajosísimo ese sistema gráfico que 
enseña al cadete A sufrir contrariedades, á soportar al aire 
libre los cambios de temperatura y á dormir escaso de cobijas 
familiaiízándolo con las excentricidades y secretos de la na- 
turaleza. £1 soldado que no sabe descansar sobre el suelo pe- 
lado, teniendo el brazo por almohada, presenta sensibles incon- 
venientes. Así lo comprenden los americanos y por eso han 
implantado las carpas. 

Pero ellos también piensan ¡y vaya si piensan bien! que 
para ser aprovechado oficial no basta con ser estudioso y 
con saber soportar las inclemencias de la intemperie. Quie- 
nes lucirán mañana el uniforme de la patria, quienes serán 
sus caballeros, necesitan saber probar que pueden desempe- 
ñarse como tales. Por eso, á la enseñanza del francés, del 
español y de la historia de los grandes capitanes, se agrega, 
á la par de otras, la enseñanza del baile y de las buenas 
maneras en la mesa, en un salón, entrf^ señoras y entre hom- 
bres. Alguien supondrá fiivolo todo eso, olvidando que en 
este país no se gasta el tiempo en cosas inútiles. ¿ 4caso 
el tipo perfecto del militar no lo determina la alianza equi- 
librada de* la capacidad, de la energía y de la gentileza? 
Sobre todo nosotros, que hemos conocido tantas catástrofes, 
no podemos, justificadamente, recordar sin repulsión á los 
soldadotes. Si todos, empezando por los civiles, precisamos 
el cepillo civilizador del trato de las gentes educadas, para 
aprender á refrenar impulsos y á practicar la cortesía, mejo- 
res que ningunos exigen la lección quienes, por dedicarse á 
la carrera de las armas, que despierta las pasiones más 
indómitas del individuo, — adquieren, sin sentirlo y muchas 
veces sin quererlo, el hábito de imponer en forma ruda su 
voluntad y su persona. De acuerdo con este criterio en 
West Point se concede á los cadetes que se portan bien, 

7 



98 LUIS AmiggTO DE HE^BERA 

una noche por semana, el privilegio, que todos codician, de 
improvisar una tertulia íntima. En esas oportunidades reci* 
ben á sus famiiihs y con el contingente de señoritas repre-* 
sentado por sus hermanas, primas y amigas, ellos danzan, 
infatigables y dichosos, bajo la vigilancia de sus profesores^ 
sin que jamás surja el motivo de una reprimenda. 

Pnra reflejar la índole general de la enseñanza que se da 
en la Escuela, tomo enseguida varias frases de Pearson Farley, 
que nos iluminan á ese respecto. <A los pocos días de in- 
gresar á ella, dice, las desigualdades externas desaparecen 
como por efecto de mKígia. Deberes, privilegios, ropa, cuar- 
tos, alimentos, todo es igual. A nadie se le consiente tener 
dinero, ó por lo menos, gastarlo. En el curéo de una semana 
todo rastro de diferencias externas ha desaparecido. No 
existe absolutamente un favoritismo de parto de los instruc- 
tores. El efecto de todo esto sobre el carácter del cadete es 
inmediato y admirable. De manera que no cabe ninguna eva- 
siva del deber y existe la seguridad de que la más mínima 
falta cometida tendrá su correspondiente castigo al finalizar 
el día. Ni por un instante deja de saber el cadete que de 
su conducta del presente depende, en gran parte, el brillo 
futuro de su carrera. Esto todos lo reconocen y lo encuen- 
tran justo, así que la consecuencia inmediata do las acciones 
es cierta y segura. Se educa á cada estudiante en el culto 
de la fortaleza y de la justicia, convenciéndolo de que por- 
tándose bien cumple con su deber y asegura su triunfo. No 
se discute el asunto: todo se rige por leyes simples y equi- 
tativas; de manera qué el final es como el resultado de la 
gravitación, inevitable, inexorable, justo é inmediato. Esas 
condiciones estimulan al oficial y determinan una snludable 
emulación de honor personal entre los mismos cadetes. Un 
mentiroso ó un cobarde es despreciado por sus camaradas, y 
el estudiante convicto de haber observado una conducta in- 
digna de un soldado ó de un caballero pronto se siente 
abandonado por todos». 

Las fiestas del centenario habían congregado cantidad ex- 
traordinaria de huéspedes, al punto de no encontrarse aco- 
modo ni aán en las \ illas inmediatas. En la noche de núes- 



DRSDE WA8HIMOTON 99 

tra ¡legada asistimos al gran baile, ofrecido por las autoridades 
del estableciinteñto á los cadetes, que tuvo lugar en el hall 
qne acaba de inaugurarse gracias á la generosidad de uu 
acaudalado militar. Ese espléndido edificio, destinado exclu- 
sivamente para actos pCibücos, consta de un salón inmenso^ 
del mejor gusto artístico, ro<leado de hermosas salas laterales 
que complementan, al infinito, los menores detalles del con- 
fofi. En un piso inferior al nivel del suelo, dejan sus 
abrigos los visitantes. El mármol domina en el salón cen- 
tral, produciendo un efecto soberbio el conjunto de aquella 
irreprochable blancura. El techo, sin carga/.ones^ sencillo, 
piano, se levanta á mucha altura, aumentando las proporcio- 
nes monumentales del todo, cuya arquitectura sobria impre- 
siona de manera seductora. Agregúese :í esto muchas y 
gloriosas bandc^ms tomadas al enemigo en conflictos memo- 
rables; los estandartes usados por los alumnos de la escuela 
en distintas é|X>cas, que también flamean; cañones, arrebata- 
da<* en los campos de batalla, que incrustados en las co- 
lumnas se ofrecen al alcance de la mano; retratos al óleo 
de los soldados más reputados del país, de tamaño natural^ 
cubriendo los flancos de todas las paredes; uu millar de 
personas llenando la sala con su alegría y con sus encon- 
tradas voces; brillantísimos uniformes confundidos con toilettes 
de la más rigurosa etiqueta; mézclense esos singulares ma- 
tices y se tendrá concepto pálido de una escena mágica. 
Pero los héroes de la jornada eran los cadetes que, de 
gran parada, luciendo el traje de pantalón blanco y levita 
azul do los días históricos, patinaban^ radiantes, por el piso 
encorado engañando corazones, como buenos soldados que 
serán. Todas las distinciones, todos los halagos, se dividían 
entre ellos, pues, por convenio tácito, se les había dejado se- 
ñores del campo, cual si todos coincidiéramos en pensar 
que era de buen augurio concederles esa noche el patri- 
monio de todas las victorias sociales. 

A hora más avanzada fuimos llevados al club de West 
Point, en donde nos encontramos con una serie muy dis- 
tinta de perspectivas. Allí estaban, en íntima tertulia, los 
militares veteranos, esos impasibles que no hubieran dado 



100 LÜI8 ALBERTO DE HERRERA 

un paso por aproximarse á la fiesta de la hora. Reparti- 
dos eti grupos jugaban á las cartas y coasumíau cerveza, 
hermanados todos por una fraternidad de clase, ruidosa, 
expansiva, que poco comprendemos nosotros que tenemos la 
chifladura de cnltivar perpetuamente la seriedad, cual si 
fuera un crimen prestar momentos á la risa, tan humana. 
Algún deschabetado nos ha hecho creer que para ser inte- 
ligentes y profundos se requiere mucha poíse y ahi nos tie- 
nen ustedes empeñados en usar barba y pelos desgreñados, 
como si fuéramos parientes de Juan Moreira, y en presentar- 
nos con desaliño, y en ser sucios, y en sepultar en lo más 
hondo los ímpetus joviales, á fin de que se nos haga co- 
nocer dichas arlequinescas llamsíndonos «poetas», «pensa- 
dores:^, «intelectuales:». Véase; en cambio estos señores 
americanos, sin afectaciones tontas, sin prosopopeyas, siu ges- 
tos de teatro, alcanzan éxitos colosales, positivos, en el 
orden de las más diversas actividades. Como casi todo la 
buena oficialidad del país ha hecho servicio largo en Fili- 
pinas, Cuba ó Puerto Rico, el español se ha generalizado. 
Es de notarse la satisfacción que experimentan ellos cuan- 
do trabajosamente formulan un pensamiento en nuestro 
idioma; si bien su vocabulario se reduce, por lo común, á 
una docena de palabras. Por aquello de «corazón ladino len- 
gua no ayuda,» la cosa no pasa de escaramuzas ¡son tantas 
las dificultades de pronunciación y tan diferentes los giros 
como diferentes las razas! Me he apercibido de que en esta 
sociedad se considera un título envidiable de cultura poseer 
el español, cuya característica flexibilidad y elegancia mu- 
cho se admira. La vez pasada, en cierta recepción, una 
señora ponderaba la lengua nativa proclamando: «¡se pueden 
decir en español tantas dulces galanterías que no tienen fór- 
mula en nuestro inglés, tan seco!» Consideren, pues, la gra- 
cia que me causaría oír cantar, á los oficiales en el club, 
con acompañamiento de piano, la antiquísima letra: « Me 
gustan todas, me gustan todas . . . etc. » 

A las diez de la mañana siguiente, ante una selecta con- 
currencia, el señor Presidente de la República, seguido de 
los invitados oficiales, pasó revista á los cadetes que luego 



DESDE WASHINQION 101 

hicieron diversas evoluciones luciendo soltura y brillante uni- 
dad en la acción. Pero la parte más interesante del acto 
llegó cuando Mr. Rooseveit prendió, sobre el pecho del alum- 
no Cal vino P. Titus, una medalla de honor decretada en su 
favor por acuerdo especial del Congreso. Llamado del seno 
de las filas vino á colocarse frente al presidente para reci- 
bir una tan brillante distinción. Este le estrechó calurosa- 
mente la mano dirigiéndole breves palabras de estímulo. 
Tuvimos oportunidad de escuchar, de labios de su mismo 
coronel en la hora de peligro, la relación de la hazatla de 
Titus. Cuando las tropas americanas llegaron frente á la 
parte de las fortificaciones de Pekín que debían asaltar, du- 
rante la campaña internacional, se encontraron con una sólida 
pared, de nna altura no menor de veinte pies, que se alzaba 
lisa y en línea perpendicular y dominada por fuerzas chinas. 
Para seguir adelante hacía falta un hombre, dispuesto á morir* 
que escalara, como un gato, la ihuralla. £1 jefe americano 
pidió en voz alta ese hombre de coraje; presentando rá'- 
pida respuesta se separó de las filas el músico Titus, cua- 
drándose en actitud de esperar órdenes. £1 valor de aquel 
Boldado que iba, sabiéndolo, á buscar la muerte, produjo 
efecto conmovedor; pero no había tiempo que perder y pronto 
el bravo muchacho, llevando nn cabo entre los dientes, inició 
su temeraria ascensión, seguido por las miradas angustiosas 
de sus camaradas. £1 mismo atrevimiento de la empresa lo 
salvó, pues el enemigo nunca supuso semejante audacia; pron- 
to estuvo tendida la escala y conquistada la trinchera, débi^ 
mente defendida por el enemigo. £n recompensa á ese rasgo 
de valor, por una ley extraordinaria, se permitió el ingreso á 
West Point de Calvino P. Titus que, según nos dijeron sus 
profesores, destaca por su buena conducta y aplicación, como 
también por lo arraigado de sus ideas religiosas. Tuvimos 
el gasto de conversar con este viril representante 9e la ju- 
ventud académica, aún sin un pelo de barba y ya con ante- 
cedentes envidiables. 

Las instalaciones de West Point se componen de nnroero- 
S08 y lindos edificios los tfsiéj eQtno he dicho, en su mayoría 
van á ser reemplazados'"|lDr otros de estilo monumental. 



102 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

Hay allí una construcción independiente para comedor de 
los cadetes; casa para el cuadro de catedráticos; casa para 
el director y su familia; club social, al cual no tienen acceso 
los alumnos; una bonita iglesia en donde se celebra un ser- 
vicio todos los domingos; salas de estudio y de recreo; 
campos para los juegos atlétícos; campo de maniobras; salo- 
nes de tiro y demás complementos indispensables á institu- 
ciones de ese género. Pero el suceso más palpitante de los 
festejos consistía en la gran asamblea oficial de la tarde en 
el magnífico hall que antes describí. Estaba cuajado de 
selecta concurrencia cuando el jefe de la Academia, coronel 
Alberto Mills, hizo uso de la palabra para dar la bienvenida 
á sus huéspedes. Este militar fué herido de bala, en la 
cabeza, en el combate de San Juan, en Cuba, de cuyas re- 
sultas, después de estar entre la vida y la muerto, perdió el 
ojo derecho. Después de él habló el señor Presidente de 
los Estados Unidos. Su discurso tuvo el alto significado de 
una pioza política matizada de útiles observaciones militares. 
En parte por esto último y en parte para que nuestros lec- 
tores puedan darse cuontu propia de la energía tribunicia de 
Mr. Roosevelt, reproducimos sus párrafos finales, advirtiendo 
que ellos pierden mucha de su fuerza oratoria arrebatándoles 
el énfasis varonil que les da su autor al emitirlos, y mal 
traducidos: 

«El día antes de la pelea de San Juan, concluyó, cuando 
marchábamos hacia una posición, perdimos las comunicacio- 
nes con los portadores de nuestros bagajes y alimentos. 
Esa noche yo tuve |K)r comida lo que el coronel Mills me 
dio (risas y aplausos) y por cierto que lo encontré lo más 
sabroso. A la mauana siguiente almorcé con ese mismo jefe 
y con Shipp, de la Carolina del Sur, otro hijo de West 
Point^ y yo recuerdo haberme felicitado entonces de que mi 
regimiento — en el cual todos eran voluntarios — tuviera en 
sus fílas, cotno un ejemplo, miembros como los nombrados, 
cuya sola presencia infundía valoi:- á la tropa y provocaba 
alientos. Mills y Shipp entraron en ])elea con nuestro re- 
gimiento. Muy poco después Shipp caía muerto y Mills era 
herido en una forma qne nos hizo suponer en aquel instante 



DB0DE WASHINGTON 108 

qae jamás pudiera salvar. Y ahora, para terminar, quiero 
decir lo siguiente á los graduandos. £1 otro d(a me llamó 
mucho la atención un artículo escrito por uno de nuestros 
instructores, también formado en West Point, en el cual se 
refería al cambio que han sufrido las condiciones de la 
guerra y á la necesidad imprescindible de que así lo com- 
prendieran todos aquellos que quisieran ser buenos oficiales. 
Yo pienso que ahora va á resultar mucho más difícil alcanzar 
fama de buen oficial que en el pasado. Yo pienso que, ade- 
más del valor y la serenidad, que han sido siempre los pri- 
meros requisitos del soldado, ustedes deberán demostrar su 
gran poder de individualidad, si es que ustedes anhelan apli- 
car al cumplimiento del deber la fórmula más elevada. 

«Como muy bien se ha dicho, los adelantos del arte de 
la guerra durante los últimos años, han acreditado que, eu 
«I futuro, la unidad no será el regimiento, ni a&n la com- 
pañía, pero sí el simple soldado. Si éste no sabe tirar bien^ 
protegerse sólo, obedecer estrictamente las órdenes recibidas, 
7, llegada la emergencia, afrontar las propias responsabili- 
dades cuando carezca de aquellas, si no posee esas eondi<p 
cienes elementales, lo mejor que puede hacerse es expulsarlo, 
por inútil, de las filas. En adelante, sobre el campo de ba- 
talla cada hombre estará confiado á sus propias iniciativas, 
en un extenso sentido. Hasta tal punto alcanza esta evolu- 
ción que ahora los más jóvenes oficiales tendrán que tomar 
para sí gran parte de la responsabilidad que antes se echa- 
ba sobre los jefes, desempeñando á menudo los soldados sus 
obligaciones sin la vigilancia del superior. Si puesto ese 
Bervidor en el terreno se siente nervioso y echa de menos 
^1 codo del compañero, lo más práctico será que se retire 
de la línea y, en cuanto á ustedes, oficiales, si aspiran á 
brillar deben aprender á cumplir con su deber, cosa tan 
«esencial. La tarea es ruda pero ustedes están obligados á 
«bordarla con éxito y á recordar que, hoy más que nunca, 
él honor y el crédito del país dependen de la energía y 
capacidad de su ejército y que esa energía y esa capacidad 
«n la tropa sólo puede alcanzarse por su intermedio. Usté* 
des, pues, tienen que dedicar todo su tiempo á llevar al 



104 LUI8 ALBBRIO DE HS^RBRA 

más alto grado de perfeocioDaiiiieDto la eficacia guerrera de 
los hombres bajo su mando, no solamente haciendo lo qoe 
deben hacer pero haciéndolo de modo que cada aubaltemo 
sepa imitarlos. Ahora quiero que pesen lo que voy á decir 
porque si sólo recejen la mitad de mis palabras no alcan- 
zarán á comprender mi pensamiento. 

c Yo he encontrado que en mi regimiento el mejor soldado 
era el que había servido en el ejército regular en las regio- 
nes del Oeste, destacado ctn las llanuras y luego incorporado 
por dos años á alguna guarnición^ en donde solo hacía ejer- 
cicios doctrinarios, ó á las fuerzas de la Guardia Nacional, 
que es lo mi»mo. Si en estas distintas faces él aprendió un 
cinco por ciento de los asuntos de la gtierra, resultará uu 
cinco por ciento superior á cualquier otro, lo que importa 
una gran ventaja; pero si él pretende saber también la res- 
tante fracción de noventa y cinco partes, resultará peor sol- 
dado que cualquier otro. (Risas y aplausos). Recuerdo per- 
fectamente á un subalterno mío, que fuera antes cabo en el 
ejército de línea. Este jóveu voluntario estaba convencido 
de que lo principal en la guerra consistía en preocuparse 
de que los ejercicios mecánicos fuesen irreprochables en su 
exactitud, no habiendo modo de inducirlo ;( enseñar á la tropa 
algo más práctico. 

cPero, caballeros, yo no necesito predicarles el desempeño 
del deber cuando vuestra especial obligación aquí ha sido 
aprender eso. Más sí les ruego, que tengan presente la di- 
ferencia que existe entre la carrera militar de hoy y de ayer, 
recordando constantemente que la buena milicia no consiste 
en saber formar con lucidez en los días de parada, pero si 
en la eficiencia de los servicios en campaña, y que la uti- 
lidad, la verdadera gran utilidad de las maniobras que se 
enseñan en los cuarteles, se alcanza cuando se procura con 
ell<fth np un fin, pero uno de los elementos para llegar al 
fin. Les observo que no les pido que recuerden algo que 
jamás pueden olvidan las lecciones de lealtad, de valor, de 
firme adhesión á los más altos mandatos del honor, que to<- 
dos ustedes aprenden desde el - instante en que respiran el 
ambiente de esta gran institución t. 



DS8DE TTASHINOTOK 106 

Creo que no he desperdiciado espacio transcribiendo esos 
certeros conceptos, emitidos por nn hombre de esperiencia y 
de inqaebrantable voluntad. En cuanto á la inutilidad de la 
más esmerada instrucción de las compañías en los cuarteles*, 
coando ella no va asistida de la práctica del campamento 
y de reiterados ejercicios de tiro, bien podemos confirmai'- 
la quienes, en días tristes de conflictos entre hermanos, la 
vimos exhibirse de continuo. En pleno período de fraterni- 
dad, ya extinguidas las viejas cicatrices, es tiempo de que 
nuestras autoridades militares, teniendo sólo presente los 
sagrados intereses de la defensa nacional, se preocupen de 
adaptar nuestro ejército á las modernas exigencias. Parn 
hacinamiento de seres humanos en locales encerrados, de 
sobra tenemos con nuestras asilos y hospitales. Los solda- 
dos no deben hacer vida amontonada y artificial, cual plan- 
tas de invernáculo. En las ciudadea americanas todavía no 
he tropezado con un cuartel, debiendo agregar que más 
fácil es encontrarse con sacerdotes que con soldados por las 
calles. Todos los cuerpos están repartidos por las fron- 
teras. 

Después del presidente habló el general Horacio Porter, 
embajador en París. Ya había tenido el placer de escuchar 
á este brillantísimo orador al inaugurarse la estatua erigida 
al mariscal de Rechambeau, pero en esta nueva oportunidad 
pude apreciar mejor sus admirables facultades de expresión. 
Mimado por el auditorio, que lo seguía en sus párrafos con 
inefable gusto jaloneando cada pensamiento con salvas de 
aplausos, el general Porter hizo en forma insuperable el 
elogio sintético de West Pjpint; y cuando, entusiasmado él 
mismo por su triunfo, evocó los grandes ejemplos ofrecidos 
por la milicia nacional, exhibiéndose literato y pensador de 
vuelo, una corriente de delirio patriótico asoció todos los 
corazones; de pié, damas y caballeros, agitando paffuelos y 
guantes y bastones, vitorearon á la patria, tan gallardamente 
enaltecida por el insigne orador. Confieso que yo tiunbién 
me rendí al encanto que fluía de aquellos conceptos bien 
cortados, vxbvaotest sobrios» viriles, que iban directamente á 
la cuiestión. A ese respecto me decía más tard^ nn oficial 



106 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

del ejército, que había ocupado un asiento en frente de mf^ 
que hubiera deseado tener á mano una máquina fotográfica 
para recoger la expresión complacida de mi rostro. El ora- 
dor fué aclamado cuando dijo: cel país no acepta excusas 
de sus soldados; él les exige victorias.» La serie de los 
discursos restantes no merece mayor comentario. 

Por la noche tuvo lugar un banquete monstruoso, para 
seiscientos cubiertos. Según he leído en los diarios, nunca 
se ha dado aquí fiesta semejante, tan numerosa y selecta. 
Los comensales, repartidos en distintas mesas, ocupaban un 
salón de cien metros, aproximados, de largo, presidiendo la 
alegre reunión el jefe del Estado con sus ministros. Allí 
pude conocer nuevas modalidades del carácter americano. 
Con todos los generales en servicio hacían acto de presencia 
los generales retirados, jefe superior de las fuerzas naciona- 
les y oficiales de renombre. Todo lo más distinguido del 
ejército estaba congregado. En otras partes el banquete hu- 
biera tenido un carácter etic]uetero, solemne, aburrido, mucho 
más si se considera que estaba presente el primer mandata- 
rio y el Cuerpo Diplomático; pero en los Estados Unidos 
no sucede así. Durante todo el tiempo de la comida do- 
minó una ensordecedora algazara. Aquí, se cantaban himnos 
patrióticos; allá, se arrojaban flores sobre un afortunado co- 
mensal; en esta mesa, se conversaba con lujo de bullicio 
mientras en la otra, de pié, se golpeaban las copas en me- 
dio de hwrohs atronadores. 

Para probar la cordialidad de relaciones existentes entre 
los miembros del ejército, haré referencia á ciertas atencio- 
nes de grupo que noté. Los oficiales de cada año, espe- 
cialmente los jóvenes, se trasladaban en corporación á las 
mesas ocupadas por los veteranos y una vez que los rodea- 
ban les dirigían saludos, en coro, mientras agitaban en su honor 
las servilletas. De manera que los viejos .servidores» los 
soldados, ya escasos, de la guerra civil, recibieron abruma- 
dores y sentidos saludos. Aquel conjunto de contagiosas y 
nobles satijifacciones me impresionó de la manera- más ^a- 
.vorabie. Pero lo que más me sedujo fué apreciar la com* 
pleta naturalidad con que se desarrollaban estas escenas ani- 



DESDE WASHINGTON 107 

Diadas bajo la vista del presidente de la Uqíod. Yo be visto 
á oficiales subalternos pasar en grupo desordenado por frente 
de aquel^ detenerse junto á él, sin pagarle un asomo de re» 
verencía, como si no lo hubieran notado, y entonar la más 
estruendosa de las manifestaciones vocales en honor de un 
compañero. También debo agregar que yo he visto al pre- 
sidente siguiendo complacido esas alegres expansiones, sin 
preocuparse de su alta investidura, y contento de participar 
de aquella turbulenta y honrada sociedad. Pero ¿acaso im* 
porta la actitud dé éste una benevolencia exagerada 6 refleja 
excesos de familiaridad, signos irrespetuosos, la conducta de 
aquellos? Bajo ningún concepto y precisamente ahí encuentro 
el más agradable colorido de esos hábitos de tradicional sen- 
cillez. Está tan encarnado aquí en todos los espíritus el 
acatamiento á la autoridad constitucional, que á nadie se le 
ocurre, ni como una hipótesis, que alguien desconozca ese 
postulado, elemental ya en una democracia centenaria. Se 
juzga que el presidente de la República es el mejor amigo 
de sus conciudadanos y, sobre todo, se da á cada asunto su 
lugar. 

Así, desde el dintel afuera, incurriría en grave omisión 
quien en acto de servicio pasara, sin hacer una gran venia, 
cerca del primer magistrado; pero en una fiesta de cámara- 
das, cuando bajo auspicios dichosos todos los amigos se reú- 
nen para brindar por la patria y por su porvenir, signifi- 
cara ridicula petulancia, hondamente censurada, ponerse á 
fastidiar á aquel con adhesiones de forma, innecesarias en 
una sociedad que siendo la menos incompleta de las demo- 
cracias, posee en más alto grado la noción de respeto es- 
tricto debido á las autorídadas constituidas, por la simple 
razón de que ellas son constituidas de manera popular, libre 
y conciente. Antes de iniciarse los brindis se cantaron en 
coro, prestando Mr. Kooseveit gustoso el concurso de su voz, 
los aires nacionales favoritos. Luego siguió un derroche de 
hermosas manifestaciones solidarias agradeciendo el sefior em- 
bajador de Italia, en nombre de sus colegas, la hospitalidad 
lecibida. Así terminaron las fiestas del centenario, bien difí- 
ciles de olvidar. 



106 LUI8 ALBERTO BE HERRERA 

Tal vez me he extendido demasiado haciendo su crónica, 
pero sinceramente he creído que habfa conveniencia en ofre« 
cer á nuestros cadetes, idea, aunque fuera imperfecta y es^ 
crita, de la significación que tiene aquí, en el concepto 
público, la Academia militar; de lo que se espera de sus alum- 
nos y de las principales virtudes que se les exigen. Leal- 
tad, honor, kmor á la patria, amor á las instituciones, por 
encima de simpatías y de partidos, coraje, desarrollo físico^ 
desarrollo moral, disciplina. ¡Qué esclarecida divisa deter- 
minan esas cualidades aliadas! Y nunca se insistirá bastan- 
te sobre la necesidad de su culto arraigado en los países 
del sur, que deben casi todas sus tremendas desgracias á 
la anarquía, al desorden, á la prepotencia, sin perdón, de la 
espada. Siempre he creído que en nuestra Escuela Militat 
está el cimiento de la regeneración de nuestro ejército, como 
ya lo están probando los hechos. Lo que en ese sentido 
ella ya ha laborado es incalculable y todavía nosotros no lo 
alcanzamos. 

Estimulemos, sin cesar, la fecunda tarea de esa institución 
salvadora que ofrece todos los afios al país el homenaje pre- 
cioso de oficiales dignos, ilustrados y de pundonor verdadero, 
habiendo aventado va con sus luces hasta la semilla de los 
motines ignominiosos! 

Por el último vapor recibí una docena de ejemplares del 
«Anuario Estadístico del Uniguay», publicación n)uy valiosa 
que mejor se aprecia desde el extra ngero y que he repartido 
en el Canadá, Cuba, México y ésta, para que sea el heraldo 
elocuente de nuestra cultura y avanzados progresos. Talvez 
sea esa obra 'la primera recibida por la Biblioteca de La 
Habana, después de abierta la era republicana en la isla. 



^A^AAA/^SA^^^«^A^^W^^^^V^>^^/V^^A^i^A'>^i^^/>^^^^^^A^^^/V^>/V^^^/N^/V^^W>/>>AAAAAA^AMA/SAA^AAA^^iAM^^^^MA 



V 



Un Congreso Internacional contra la tuberculosis — Importancia del 
asunto — Intervención de nuestro diplomático — Tesis discutidas- 
Conclusiones — La mortalidad en el Uruguay — La nlAez y la tu- 
berculosis — Una visita á Nueva York — La ciudad vieja y la nue- 
va—El barrio chino — Un parque modelo — La policía norte-ame- 
rícana — Sus procedimientos. 



Durante los días 2, 3 y 4 de Junio celebróse en la ciudad 
de New York e\ tercer Congreso Americano de la Tubercu- 
losis, al cual^ en concepto internacional^ sólo tenían acceso los 
representantes de las distintas naciones del Nuevo Mimdo. 
Especialmente invitado para concurrir á sus sesiones creí que, 
además de uu deber de cortesía^ los deberes ineludibles del 
cargo me imponían la obligacíóu de aceptar tan galante acuer- 
do, mucho más si se tiene presente que se me solicitaba con 
carácter honorario. También iba á encararse el asunto, en 
cierta extensión, bajo la faz legal y, por otra parte^ ¿cómo no 
asociarse á campañas tan humanitarias? Aquí, por lo general, 
no se cree en nuestras actividades en favor del interés pú- 
blico, pues se supone á la autoridad solo empeñada en sus 
tejes y manejes políticos y al pueblo sólo preocupado de de- 
rrocar á la autoridad. ¡Cuánto nos han perjudicado en el 
concepto extranjero los desastres institucionales de épocas 
pasadas! Pienso^ pues, que no existe el derecho de desper- 
diciar Jas ocasiones nobles que se presentan de poner las co- 
sas en su lugar, rectificando conceptos crueles que ya, por 
fortuna, no tienen razón de ser. £1 deseo de hacer acto de 
presencia en la interesante asamblea, me llevó á New York. 



lio LUIS ALBERTO DB HERRERA 

Eq la mañana del día anunciado se instaló cl Congreso, cons- 
tituido por un centenar de miembros. Los gobernadores de 
todos los Estados, así como las sociedades científicas de ma- 
yor noipbradía de la Unión, estaban allí representados. Tam- 
bién acreditaban interés en los serios asuntos que iban á 
debatirse, delegaciones especiales del ejército y de la armada, 
de las provincias canadienses, de Quebec, Ontario, Brittsh 
Colombia, Pñnce Eklward Isl^nd, y New Brunswick y de los 
gobiernos de México, Guatemala, Costa Rica, Santo Domingo, 
Brasil y Uruguay. La primera parte de la mañana so dedicó 
á dar cuenta de las adhesiones, unas escritas, otras orales. 

Todos coincidían en abogar por lo mismo: por la cons- 
titución de asociaciones solidarias que iniciaran en las dis- 
tintas secciones del continente la reolanmda canopaSa contra 
un enemigo más terrible que las guerras, que al fin son 
azotes pasajeros. 

La tuberculosis, se repitió muchas veces por viejos pro- 
fesores, avanza victoriosa sin que hasta la fecha hayan de- 
dicado los gobiernos suficientes energías al afán impuesto 
de contenerla. Favorecidas por las nuevas circuntancias crea- 
das por la vida moderna; encontrando terreno singularmente 
propicio para su desarrollo en el hacinamiento de las gran* 
des ciudades, en las masas de obreros inmolados á las exi- 
gencias del industrialismo, ella avanza, sin cesar, socabando 
los cimientos de la salud del mundo. Casi un quinto de la 
mortalidad en el universo entero le pertenece por indiscuti- 
ble derecho, dijo uno de los los delegados del Canadá, y 
es un remordimiento para los hombres de ciencia, saberlo 
así, comprobar á diario la intensidad del flajelo y no com- 
batirlo en forma, aliando todas las energías. Pero, ¿qué 
pueden hacer por sí los médicos si no cuentan con el apo- 
yo de los gobiernos? La propaganda tenaz que un deber 
elemental ordena, no rendirá frutos si no se confirma la 
fuerza probatoria de las palabras con la fuerza ejecutiva de 
los hechos. Desgraciadamente aun la educación no ha roto 
del todo el dominio de la ignorancia, en el espíritu de las 
muchedumbres; por lo demás, ¿qué extrañeza puede causar 
a negligencia de éstas, justificada en mucha parte por la 



DtaSBfi WAgHlKGÍTON 111 

É 

preocupación devorante de la lucha cuotidiana, cuando abun- 
dan los casos del más reprensible y brutal abandono entre 
las clases más elevadas de la sociedad? Kn estos y pare- 
cidos términos se expresarou muchos de los preseiitcs, antes 
de entrar al fondo de la cuestión, y acompañando cstadís* 
tícas sobre las fluctuaciones de la tisis en las distintas re- 
giones. Unánimemente se cpnsideró luminosa una carta 
abierta dirigida al Congreso por el célebre profesor Benedikt 
de Viena, en refutación de las doctrinas de Kock, de la cual 
no diremos una palabra más para no sacar los pies del 
plato. Las siguientes cuatro tesis absorvieron la atención 
de la asamblea: 

1.* LfCgislación pi*eventiva, abrazando el aspecto sociab 
municipal- y público de la tuberculosis. 

2.* La tuberculosis considerada en sus aspectos patológico 
y bacteriológico. 

3.* La tuberculosis en su aspecto médico y quirúrgico, 
abrazando el estudio de las condiciones sanitarias y clima- 
tológicas, luz y electricidad. 

4.* Aspectos veterinarios de la tuberculosis. 

Zapatero á tus zapatos. No será ciertamente el que esto 
escribe quien pretenda hacer un resumen de interesantes y 
profundos debates sobre materia médica, sin que esto prive 
de repetir algo de lo que se dijo encarando el asunto bajo 
la faz legal. ¿Pueden ó no pueden los gobiernos proceder 
con los tuberculosos avanzados como si se tratara de epi- 
démicos y arrancarlos del seno de sus hogares en nombre de 
de la salud pública amenazada? Las dos tesis tuvieron dis- 
tinguidos sostenedores. Alguien expuso que conceder derecho 
tan avasallador á la autoridad importaba saorifioar las más 
elementales regalías del individuo, comprometiendo de ma- 
nera muy grave la facultad libérrima de cada cual de agi- 
tarse como mejor le convenga; que sería en extremo cruel 
agregar á la catástrofe decretada por la tisis, al elegir sus 
víctimas entre los miembros de una familia, la vergüenza, 
la aflicción representada por el hecho de que terceros com- 
partan obigatoriamente las intimidades del hogar; que ser 
atacado por una enfermedad, por grave que ella sea, im- 



112 LUIS ALBERTO 0E HERRERA 

porta una fatalidad y do uq delito y que la ley solo per- 
sigue y castiga á éstos c1ti nombre del interés geoeral ofea- 
dido por la violación intencional de deberes morales, lo que, 
á buen seguro, no poede argumentarse en el primer caso. 
Pero tales razones fueron rebatidas en forma contundente. 
No se pretende, se contestó, humillar á los particulares aña- 
diendo- á las desgracias privadas el sinsabor de las intromi- 
siones pfibUcaSy siempre poco delicadns; ni se piensa en im- 
poner presiones duras á quienes bastante y bien injusto castigo 
tien(Hi en su terrible situación; ni hay quien sueñe en crear 
la dictadura peligrosa de cieitas corporaciones oficiales. 

Discutir bajo esos aspectos, estrictamente legales y aislados, 
á. nada pníctico conduce, pues se sostiene algo que nadie 
nio^a hablando del respeto que merece en sus actividades el 
individno. Pero, apartando sentimentalismos perniciosos, ¿cum- 
ple con su deber el Estado, llaiiado á velar por la salud 
común, permitiendo que .personas que llevan en sí el germen 
trasmisible de males aseladores, sacrifiquen, por imprudencia» 
á muchos inocentes? ¿Debe consentirse, en homenaje á bo- 
nitos doctrinarismos, que la iguorancia, el descuido, la torpeza 
de los unos, provoque verdaderas calamidades sociales á la 
sombra de idénticas cualidades negativas, tan corrientes, de 
los otros? ¿El concepto exacto de la libertad consiste en 
consentir á todo el mundo que haga lo que se le dé la 
gana sin reconocerse otros frenos que los impulsos del pro- 
pio capricho? De ningún modo; la libertad de cada cual 
termina en donde empieza la ajena, y ese patrimonio sagra- 
do del vecino se vulnera gravemente, si un sujeto afectado 
en condiciones peligrosas esparce en abundancia la semilla 
de sus propios males, valido de que es libre. Probado como 
está el carácter temible de la tuberculosis y evidenciados 
sus avances, están obligados los gobiernos de todos los paí- 
S)es civilizados de la tierra á constituir una alianza estrechí- 
sima para batir así con éxito al pertinaz enemigo en todas 
las distintas secciones del Universo. En nombre del bien 
público ellos deben penetrar decididamente á ios hogares 
flagelados para convencerse de que se adoptan con esos en- 
fermos las medidas rigurosas impuestas por la defensiva 



DESDE WASHINGTON IIB 

social 7, tn caso contrario, para tomar á su cargo esa defen- 
siva, en representación legítima de los m:(s. Ellos debe a 
poner en rigor las mismas medidas de vigilancia que se esta- 
blecen en circunstancias de epidemia, sin detenerse ante con- 
sideraciones inaceptables de gerarqufa, que la tisis siempre 
entraña inmensos peligros, ya se hospede en la casa del 
pobre 6 en el palacio del rico. L'i asamblea aceptó por 
gran mayoría estas ideas de carácter eficiente agregando que 
el apoyo del pueblo era indispensable para hacer tan efi- 
caces como se quiere los esfuerzos de la autoridad. 

Pero, por lo común, ese pueblo no está preparado para 
coadyuvar á la tarea extirpadora; él ignora los. medios exi- 
gidos para combatir con éxito al flagelo; él, dominado por 
la tenacidad silenciosa del mal que cava sepulturas en forma 
aleve, tomándose años para abrir y cerrar una fosa, se re- 
signa, contemplando las tácticas lúgubres del adversario incan- 
sable, sin atinar á oponerle vallas vencedoras. Esos son los 
frutos de la ignorancia general, aliada á criminales desidias, 
y para modificar situacñón tan lamentable se requiere llevar 
á las multitudes noticia detallada de las cosas, tales como 
ellas son; interiorizarla, en forma gráfica, de las catástrofes 
domésticas á que aboca la tuberculosis cuando no se enfrena 
su desarrollo; decirle que hijos é hijas, padres y madres, fá- 
mulas desmoronadas, señalan con rastro de cruces su huella, 
y esto de manera irremediable, si la previsión no decreta 
medidas prontas y enérgicas. Pues esa propaganda, que 
cooducirá á resultados trascendentales, debe iniciarse simultá- 
neamente en todas las esferas. Ella tendrá en la escuela 
primaria su mejor resorte. Alguna parte de las muchas lec- 
turas, sin mayor importancia, preparada para los niños, puede 
reemplazarse, con ventaja, por ejercicios escritos sobre las epi- 
demias y enfermedades más terribles, precedidos, por supuesto, 
de explicaciones elementales de los maestros. En el espíritu 
impresionable de las criaturas deben estamparse conceptos 
generales de higiene y de desinfección, enseñándoles, á la vez, 
cómo se producen la» infecciones y por qué motivo de orden 
sanitario se prohibe escupir en los trenvíaS; vender la leche 
de vacas tuberculosas, usar las ropas de los enfermos conta- 



114 LUIS ALBERTO OB HERRERA 

gíoBos 7 se adoptan otras muchas precauciones vulgares^ cuya 
bondad evidente muy pocos alcanzan. 

. Y al pueblo, á ese factor importantísimo que posee todas 
las impaciencias y ligerezas de los niños y todos los 
egoísmos y soberbias de los hombres, aunque sea ya tarea 
más difícil, hay que explicarle lo mismo poniendo ^ contri- 
bución las columnas generosas de la prensa, generalizando 
el conocimiento de las instrucciones definitivas, repartien- 
do impresos breves y claros, creando ligas populares com- 
puestas de ciudadanos selectos. A propósito de esto último, 
manifestó el delegado de Ontario que en el Canadá, se ha- 
bían obtenido resultados, realmente halagüeños, con procedi- 
mientos sencilllos que recomendaba por estar ellos al alcance 
de todas las voluntades.. En vista de los avances constan- 
tes de la turberculosis, dijo, nos propusimos algunos hom- 
bres de ciencia hacer algo práctico para modificar situación 
tan desastrosa. Al efecto empezamos por constituir centros 
populares de acción llegando á obtener que cada comuna 
imitara el ejemplo y creara ligas dependientes de índole pa- 
recida. Cuando hubimos adquirido fuerzas de organismo nos 
dirigimos al parlamento local invocando la representación 
justa de todos los municipios y pidiendo que se dictara 
una ley que apoyara nuestra acción. Nuestra iniciativa en- 
contró e?o simpático en las Cámaras y, como para dar carác- 
ter práctico é inmediato á nuestras gestiones, acompañáramos 
un proyecto breve y razonable de legislación preventiva, éste 
fué sancionado y, á la fecha, gracias al esfuerzo coaligado 
de todos, no hay en todo el Canadá un tuberculoso en el 
desamparo, habiéndose creado, sin jnayores sacrificios y con 
sólo disponer de parte reducida de las rentas generales, 
casas de refugio y satiatoriums, gratuitos los más y pagos 
algunos. Ideas tan saludables, y, sobre todo, tan prácticas 
encontraron caluroso apoyo acordándose elevar á la consi- 
deración del gobierno americano el proyecto á que me re- 
fiero, presentado por el delegado canadiense, habiéndose decla- 
rado, previamente, qne el estado de las cosas á ese respecta 
en el país, estaba muy distante de ser satisfactorio. 

Como profano que soy la prudencia me manda no s^uir 



DESDE WASHINGTON ll5 

al Congreso en sus demás deliberaciones las que, por otra 
parte, aparecerán muy en breve impresas en volumen. Si, 
debo agregar que favorecido, á la par de los demás minis- 
tros extrangeros y en mérito al rango diplomático, con la 
vioe presidencia honoraria del mismo y obligado por la so- 
licitud afectuosa de los miembros de la Mesa, empeñados en 
que testimoniáramos de viva voz la adhesión de nuestra so- 
ciedad á las nobles tareas emprendidas, no tuve otro reme- 
dio que hablar, sobreponiéndome á mi propia confusión. ¡Era 
tan fácil decir necedades en un idioma extraño! Pero, de 
cualquier modo, había que salir del atolladero hasta para pro- 
bar que las nacionalidades del sur de Sud América calzan 
ya los puntos de una cultura propia aquí no sospechada. 
Confieso que cuando subí á la tribuna, obedeciendo al lla- 
mado del señor presidente Holton, sentí que me ñaqueaban 
las piernas y que so me anudaba la voz. Nunca me he 
visto en trance más penoso, aunque también declaro que 
nunca he intentado con mayor energía vencer una dificultad. 
Bien sabía yo que en aquel momento se juzgaba el valimiento 
de la patria por lo que iba á decir y por mi desempeño. 
A ella, pues, encomendé mi suerte y todavía estoy creyendo 
que gracias á la santidad de la invocación salvé ileso el 
escolló. Por lo demás, es tan afectuoso el ambiente de las 
asambleas americanas que uno pronto se familiariza y se 
siente, como ellos dicen, at home. ¡Fueron tan buenos con- 
migo! Escucharon mis oyentes con tanta paciencia mis sobrios 
párrafos en mal inglés! Con mi última palabra presenté á la 
Mesa el folleto estadístico del doctor Joaquín de Salterain, que 
casualmente hallé entre mis libros, que estudia, con números, 
el desarrollo de la tisis en el Uruguay en los últimos siete 
afios y que comenta las medidas adoptadas para reprimirla. 
¿Verdad que no debemos perder las oportunidades que sur- 
gen de enaltecer, en todas las ramas del saber, el nombre 
del país? Algunos profesores con quienes intimé después de 
mis palabras de agradecimiento, que vierto textuales en mi 
nota al gobierno, me interrogaron luego, con evidente curio- 
sidad, sobre los asuntos nuestros, manifestándose sorprendí* 



116 LUI8 AUBSTO DK HEBBXRA 

do8 de que ahí algo eficaz se habiera hecho ya para aire- 
batar víctimas á la tísis. 

En la noche del 4 de Junio 7 ya clausuradas las sesiones^ 
se celebró un gran banquete de despedida en el magnífico 
hotel Majestíci de cuya grandiosidad se da idea diciendo que 
casi mide una manzana y que consta de doce pisos. A la 
hora de los brindis hizo uso de la palabra, en primer tér- 
mino, el vice-alcalde de la ciudad de New York, quien aplau- 
dió la empresa humanitaria abordada, ofreciendo á sus inicia- 
dores el más decidido concurso de la autoridad municipal, 
la que, por su lado, ya se había preocupado seriamente de 
cuestión tan trascendental. Luego hubo una sucesión de brin* 
dis entusiastas. Agregaré complacido que el presidente dedicó 
párrafo especial á nuestro país, el más lejano de los allí re- 
presentados, pidiendo á la asamblea que lo acampanara á for- 
mular un voto por la felicidad de una tierra cjustamente 
famosa por la belleza de sus mujeres»; esas fueron sus pala- 
bras precisas, qne^ por supuesto, retribuí. Realmente no me 
explico como aquel profesor, hombre de gabinete, reñido con 
las expansiones sociales, tenía conocimiento de esa amable 
galantería ^que, talvez con razón positiva, se nos dispensa 
por ahí. Como remate de lo dicho añadiré que, segfin veo en 
el diario de hoy, acaba de constituirse en esta ciudad, por 
iniciativa de la Sociedad Caritativa, que encabeza el doctor 
S. Knopf, un Comité Preventivo de la tuberculosis, int^rado 
por once médicos de representación y trece personas más de 
nombre. Reproduzco enseguida el programa que el!os han 
acordado para alcanzar los benéficos propósitos que per- 
siguen : 

h^ Divulgar profusamente entre el pueblo la doctrina de 
que la tuberculosis es una enfermedad comunicable, preveni- 
ble y curable. 

2.^ Esparcir todos los conocimientos necesarios para que la 
gente aprenda á evitarla. 

3.° Insistir en la necesidad imperiosa que hay de aumentar 
el número de hospitales especiales y de sanatorios, poniendo 
á la vez los remedios corrientes al alcance de los niños y 
adultos tuberculosos. 



DESDE WASHINGTON 117 

4.<* Estimalar todos los esf uersos que tiendan á combatir 
el desarrollo escrofuloso entre los niños. 

No está de sobra decir también, que tales ejemplos nunca 
perjudican, que el gobierno de México acaba de mandar im- 
primir, para repartirla, una obra de ese mismo doctor S. Knopf, 
laureado en Berlín, que trata de los modos indicados para 
contener el azote. 

Una nueva visita me ha permitido trabar conocimiento más 
agradable y más íntimo con esta capital neoyorkina que se 
destaca por sus corpulencias asustadoras. ¡Qué ciudad tan 
enorme! Consta de dos partes en el concepto genérico: 
Down y Up Town; esto es, de la ciudad baja j de la ciu- 
dad alta, que señalan cada una distinta idiosincracia y muy 
diversas agitaciones. Aquella, absorbe el mundo de los ne- 
gocios, de las gestiones aduaneras, de los juegos de bolsa y 
de la alta banca. — Allí está el riñon bursátil y ella repre- 
senta lo que, en miniatura, retrata entre nosotros la parte viva 
de ese Montevideo Antiguo: la calle Rincón, con su apeñus- 
camiento de casas mayoristas é importadoras; la calle 25 de 
Agosto, ensordecedora siempre gracias al tránsito constante de 
las pesadas y feas carretillas, perpetuamente empeñadas en la 
tarea de desagotar á los muelles; la calle Zabala, que en su 
cruce con Piedras señala la memoria de tantas fortunas per- 
didas ó ganadas; la calle Cerríto que atesora las riquezas po- 
sitivas y conservadoras; y, finalmente, aún esa serie de barrios 
exóticos, de un extra ngerismo sospechoso, que ponen singuliu* 
anillo al edificio de nuestro Universidad. 

Las mejores tradiciones históricas y municipales de New 
York tienen su engarce propio en Down Town. Allí está el 
aaiento típico de la antigua metrópoli, que tuvo su piedra 
angular en aquel fuerte fundado en 1614 por descubridores 
holandeses, que se denominó por muchos años Nuevo Amsterr 
dam. Cuenta un minucioso cronista que la famosa WaU 
Sireet (calle de la Muralla) se llama así porque en ese pa- 
raje se erigió una fortificación para garantirse contra los 
avances de los indios. Debe suponerse que esa parte del 
municipio no ofrece bellezas, llena pomo está de callejuelas 
j de huecos que no han podido arrastrar del todo los esta- 



118 LUIS ALBEBTO DE HERRERA 

pendoB desarrollos posteriores. Y como allí el espacio exi- 
gido por millares de escritorios resultoría estrecho, si sólo se 
contara con edificios normales, allí es donde la arquitectura 
ha clavado la bandera de las temeridades americanas, alzan- 
do edificios monumentales que, sin incurrir en la exageración 
de la gastada metáfora, puede afirmarse que envuelven en 
manto real de nubes sus azotea^. ¡Cuántas veces me he 
detenido al pie de esas construcciones de veinte pisos,, 
que desafían la noción humana de las dimensiones artís- 
ticas, absorto ante la enormidad de tales casas, que pare- 
cen palomares y que, en ciertos momentos, un fenómeno 
óptico me las presenta movedizas en sus confínes superiores, 
como si vacilasen y trastabillaran sobre sus cimientos gigan* 
tes! Do manera que con este audaz desafío de la altura, 
el terreno va en camino de desdoblarse hasta lo infinito, no 
estando distante el día en que, en vez de emigrar al norte 
y al este en busca de temperaturas suaves, se traslade sim- 
plemente el domicilio, durante la estación veraniega, á las 
habitaciones colgadas allí, en la cumbre improvisada, como 
nidos de cóndores, cual si rivalizacen con los picachos an- 
dinos. 

£1 otro día estuve á visitar al Cónsul del Uruguay, que 
tiene su oficina en un piso número diez y nueve. La su- 
bida estuvo muy bien, pero á la bajada sentí una impresión 
semejante á la que debe experimentarse al descender rápida- 
mente una montaña. El ascensor se descolgaba como una 
piedra arrojada en el vacío, desarrollando una velocidad que 
me produjo un efecto intenso, tan desagradable cuanto inde- 
finible. . Ahora mismo están concluyendo en la convergencia 
de Broadway y Quinta Avenida un edificio tan extraordinario 
que hasta los mismos neoyorquinos se detienen á abrazarla 
con una mirada de orgullosa admiración. No se orea que se 
destaca por el número de pisos, que alcanzan á veinte, pero- 
que no pasan de veinte y cinco. Su rara característica la 
apunta la escasísima base de la construcción, que se apoya 
sobre un triángulo agudísimo de tierra. Parece aquello una 
colosal hoja- de espada. Centenares de ventanas criban so^ 
^s lienzos, de pared sin que el tercer trozo de ladrillos, que 



DESDE WA8HI1IQTOM 119 

remata el edificio en su paraje posterior, merezca meiictÓQ 
por sus ajustadísimas dimensiones laterales. 

New York tiene también sus cientos de iglesias, pero la 
enormidad del conjunto borra el relieve de las torres, quel 
las cúpulas, las flechas y las sinagogas parecen simples lu- 
nares, perdidos al lado de estas nuevas narices arquitectó- 
nicas con proporciones de hipérbole. Imagínese el blanco 
delicioso para los cañones que en oportunidad de un bom-^ 
bardeo ofrecerían esos tableros; concíbanse las escenas horro- 
rosas que, en caso de incendio, se desarrollaran allá arriba^ 
en las últimas series de cuartos; piénsese en él peligro que 
corren los obreros creando chapiteles sobre el [abismo. En 
algo deben haber modificado aquí los sistemas dominantes 
de edificación para poder llegar al hacinamiento millonario de 
ladrillos, sin peligros ulteriores de derrumbe. Por lo pronto, 
observo al pasar que los aquí usados son muy distintos á 
los nuestros; más cortos, mucho más angostos, pero, á la 
vez, más altos y de escasísimo peso. Se edifica rápidamente) 
superponiendo irnos ladrillos á los otros con la misma sol* 
tura con que levantan las criaturas los castillos, colocando en 
un orden determinado piezas de madera ya combinadns. Aún 
no me explico de qué manera ligan las fracciones entre sí 
porque hasta la fecha nunca he visto hacer uso de ese má- 
tete de albañilería que nosotros los ignorantes llamamos, mal 
6 bien, mezcla. 

Un ajustado espacio de Doten Toivn lo ocupa parte de 
la colonia italiana, la judia y la china. A los primeros 
les reprochan generalmente los americanos que sean tan eco- 
nómicos: el dinero vale porque corre y representa valor de 
intercambio y el que gana, en vez de atesorar febriciente^ 
debe de gastar, á su vez, para que ganen los demás,— he oído 
decir repetida^ veces^. Los segundos, en su absoluta mayo- 
ría subditos del Kaiser, se definen á cada instante, en el 
enjambre callejero, por el perfil corvo y por la expresión 
inerte, fría, inquisidora, de sus ojos negros, hermosos y 
gaamecidos por largas pestañas de seda. £n total, y espar- 
cidos' en todos los rumbos, se calcula que casi alcanzan á. 
medio millón los alemanes trasplantados á esta capital. Pero 



120 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

la- representación más iateresante del cosmopoUtismo pertene- 
ce á los hijos del Celeste Imperio que nada tíenen de 
celestes y si mucho de sucios. ¡Qué grandes figuras son 
estos sujetos! Como todos sabemos, la entrada á los Esta- 
dos Unidos les está prohibida. ¿Acaso por ser defectuosos 
de físico, por pertenecer á una raza corrompida, 6 por sus 
vicios? No señor, simplemente por su incansable laborio- 
sidad, que llegó á echar por tierra el precio de los jornales 
infiriendo perjuicio grave al obrero caucásico. El chino es 
el ser humano que, por sus condiciones singulares, más se 
asemeja á una máquina: él come poco, apenas duerme y casi 
no gasta la ropa, pues invierno y verano se arregla con 
una bata negra, usada sobre el cuerpo. ¿Qué trabajo manual, 
por muy laborioso que sea, resiste á la competencia de 
quienes no discuten salarios y sacrifican todo, hasta las más 
elementales holguras, al afán de la ganancia? De modo 
pues, que aun en el país más libre de la tierra, ha sido nece- 
saria negar hospitalidad á huéspedes que poseen esas fuer- 
zas, no rivalizadas, de succión. Alcanzan á diez mil los 
chinos arraigados en New York, gracias á aquello de que 
las leyes no tienen efecto retroactivo. Se distinguen, ellos, 
por su espíritu de extrema solidaridad. Así, se les encuen- 
tra amontonados, como majada de ovejas, en los peores ve- 
ricuetos de la ciudad baja. 

Para satisfacer una natural curiosidad recorrí, cieita noche, 
los estantes de aquel bazar amarillo. Si los centros popula- 
res de la gran China son por el estilo, decididamente más 
vale vivir muy lejos de ellos. Un olor característico y re- 
pugnante, que luego me dijeron provenía del opio, domina 
en aquel barrio, compuesto de guaridas que se llaman res^ 
taurauts algunas, tiendas, otras, y, las más, casas particular 
res. Entremos á uno de esos negocios y enseguida veremos, 
á cualquier hora del día y de la noche, á ciudadanos chinos 
echados, sin paréntesis, sobre la máquina de coser, en at- 
mósfera del más absoluto silencio. Para baoer mm pequeñas 
operaciones comerciales despliegan vivacidades inofensivas de 
ratón. Recuerdo que, como les comprara chucherías y les 
ofreciese un precio total menor del ezhorbitante que me pi- 



DB8UE WABHIKQTON 121 

dieron por eáda piesa, se llamaron á consulta eti su leagii% 
trafaron de embaucarme haciéndome decir lo que no habla 
dicho^ me interrogaron repetida8 veces, volvieron á enten* 
derse 7 después de mirarme mucho, accedieron á mis pre* 
tenciones. Pero todo esto hecho con bondad, con dulzura, 
coa tanta mansedumbre de espíritu y laudable afán de lucro 
que me sentí atraído y dispuesto á reconocer su mucha y 
meritoria tenacidad laborante. 

Jamás el nombre de un chino ocupa espacio en las cró^ 
nicas policiales de New York y el secreto de esa correc- 
ción se explica en dos palabras. Ellos viven aislados, for^ 
mando mundo apaite de los blancos; ellos evitan todas laÉ 
circunstancias de conflicto y, en caso de ser víctimas de una 
evidente injusticia^ prefieren soportarla antes de llegar Á las 
contingencias de un lance personal. Feos, sucios, pacientes, 
con su larga trenza mujeril, ora acomodada en forma de ro- 
dete sobre el casco, ora extendida hasta la cintura, como 
enseña de no sé qué virtudes orientales, ellos se deslizan en- 
tre estas muchedumbres inquietas que, respetuosas de todo, 
han concluido por mirar con alguna simpatía á estos hombres 
de temperamento blando y tranquilo que jamás gritan, inco- 
modan ni reclaman. Al decir hombres he afirmado más de 
lo que podemos afírmar nosotros. ¿No hay mujeresr entre ellos? 
Sí que las habrá pero, ¿quién posee sagacidad bastante para 
poder proclamar que aquella persona que sube al eléctrico es 
una china y no un chino cuando todos se visten de idéntica 
manera, cuando todos destacan por sus pies de muñeca y la 
misma sonrisa afable ilumina los mismos rostros pálidos, sin 
una veta de colores animados y sin un pelo de barba, y la 
misma expresión de éxtasis se recoge en sus ojos grandes, 
oblicuos, de varilla de abanico? 

¡Pensar que una inmensa región del Universo sirve de hoya 
á cuatrocientos millones de estos extravagantes ejemplares I 
y, lo que es más extraordinario, que ellos para nada pesan 
en los destinos del mundo, atreviéndose apenas, de vez en 
cuando, á matar á una media docena de misioneros europeos, 
para asustarse en seguida de lo obrado y pagar reclamacio- 
nes gaigantuescas con sabrosos pedazos de tocino territoriall 



122 I^UIB ALBERTO DE HERRERA 

Se habla del peligro amarillo cuando recién las tropas in- 
ternacionales acaban de asolar el imperio haciendo de Pekín 
la encantada, su cuartel general^ 7 cuando el Japón ha cru- 
zado, impunemente, á latigazos el rostro de marfíl de su 
poderoso vecino! Otro será el rumbo que traerá el huracán 
si las cosas no cambian. Por lo demás, es una fortuna^ 
no bastante apreciada, que esta raza prolífica y de activida- 
des madrepóricas no aliente ensueños de conquista que, de 
lo contrarío, ella, señalando á sus legiones infinitas las fron- 
teras de la Europa, harfa despertar de envidia al mismo 
Atila, renovando en el siglo XX la hazaña clásica de los 
Bárbaros. ¿Qué harían ellos, en su manifiesta inferioridad 
militar, frente á los cuadros aguerridos de los ejércitos occi- 
dentales?, dirá alguno. Creerlo así importa desconocer el 
empuje del número cuando el número se eleva á cantidades 
fantásticas. ¿Es que no hemos visto en el Río de la Plata 
mangas inmensas de langostas interceptando, por momentos, 
los rayos solares, posándose una noche en campo de oro, 
conquistado para el trigo y brillantes arboladas, para ofrecer 
al día siguiente el espectáculo de un desastre total que 
llega desde la mata de pasto miserable hasta las cortezas 
más rebeldes; y á los mismos ferrocarriles interrumpidos en 
el tránsito porque sus ruedas se inutilizan al masacrar tone- 
ladas y toneladas de estos bichitos? 

Mas nada hay que temer, pues, por fortuna, los señores 
chinos, á los placeres de la guerra prefieren las satisfacciones, 
sin sobresalto, del hogar y del trabajo mal remunerado. Des- 
de hace muchos siglos gustan ellos los beneficios pacíficos 
y en vez de construir, por la fuerza, nuevas y grandes nacio- 
nes, se entretienen en hacer lujos de primor, bordando pañue- 
los de arabesco insuperable y creando preciosas porcelanas; 
mientras los granos de arroz hervido, que levantan con plali- 
tos, y la goma de sus nidos de golondrina, continúan siendo 
su desiderátum en la vida. Y cuando perdidamente borra- 
chos, intoxicados por el opio, ellos solo desatan su imagina*» 
don enferma para desdoblar, en misteriosas lontananzas, vÍ8Ío>- 
nes inocentes de niños, extraños juegos de volatineros, esce- 
nas de dulces y graciosos encantos, romerías de Arlequín, 



DESDE WASUINOTON 123 

países de delicias inmortales y hazañas funambulescas, siem- 
pre suaveSy siempre plácidas, siempre infantiles! El nombre 
épico de un Napoleón no lo comprenderán nunca; por eso 
mismo nunca alarmarán á la civilización con bostezos de tigre 
cebado. 

üp-toimiy la parte alta de New York, condensa las her- 
mosuras de todo género de esta capital. Allí levantan su 
prestigio los museos, los modernos hospitales, los grandes cen- 
tros de estudio y multiplicadas academias de arte, siendo 
suyo también el patrimonio de espléndidos paseos. Esta me~ 
tn^poli tiene la ventaja, poco común en otras, de ofrecer á 
sos habitantes, en el mismo centro, un dilatadísimo parque. 
A lo largo está comprendido este entre las calles 59 y 110, 
de manera que casi alcanza una legua en ese sentido, por 
ocho cuadras de ancho. Apunto con intención este dato expre- 
sivo y exacto, porque entre nosotros se toma á menos la 
necesidad de esos desahogos públicos, al extremo de habér- 
sele arrebatado á nuestra empeñosa Municipalidad la antigua 
plaza de Carretas para ubicar allí la Facultad de Medicina, 
que bien ha podido obtener asiento, tan propio y completo 
como ella se lo merece, sin llegar al sacrificio de una exten- 
sión de terreno que servirá mañana de recreo á un nutrido 
grupo de población. Muchos cientos de miles de pesos ha 
de haber demandado la formación aquí del Parque Central. 

Pero no se crea que la autoridad ha invertido sus fondos 
en rebuscamientos artísticos de salón. Fácilmente se vé que el 
propósito perseguido desde un principio fué de no cercenar 
los sabios derechos de la naturaleza, acrecentando, por lo 
contrario, la fuerza de su dominio. Aquella presenta un 
conjunto de bosques, lleno de seducciones rústicas, con en- 
redaderas salvajes que trepan por la roca viva, aquí; por 
caminos trillados, por una parte, y senderos de estilo, indio, 
por otra; con grupos de árboles macizos, seguidos de capri- 
chosos claros, con umbrosos recovecos y laberintos, por allá, 
£8te dato complementario y extraño los convencení de que 
DO exagero: en los espacios abiertos, que se asemejan mucho 
á pequeños potreros, pastan en verano grupos de ovejas, 
aprovechando la verde gramilla, mientras por todas partes 



124 LÚI8 ALBERTO DE HERRERA 

saltan las ardillas mansas y libres, ora abrasadas al tronco 
de las hayas en actitad de cracífíxión, ora comiendo psU" 
nuts, maní, ofrecido por los paseantes j tomado en sus 
mismas manos. Se respeta y cuida aquí tanto á los animales 
que nadie se atrevería á jugarles una mala partida á estos 
favorecidos representantes de nuestro reino, y ha sido apro- 
vechada de tal modo la topografía del terreno que los pa- 
noramas son siempre variados y los lagos azules, que hien- 
den los cisnes, se suceden á las explanadas y á los boscajes 
y á las alturas de contorno irregular, en un verdadero de- 
rroche de desórdenes artísticos. En el Parque Central, con 
todo intento, no se han creado jardines, que las flores piden 
marcos más delicados, elegidos con acierto en otros sitios, 
siendo el objeto exclusivo de ese paseo servir de desahogo 
práctico á las más diversas expansiones sociales. Allí, pue- 
den las criaturas alcanzar todos los beneficios de salud de 
un día de campo, y los ancianos gozar las impresiones im- 
ponderables de un amblante puro, tranquilo, y los jinetes 
galopar, hasta el cansancio, por pistas bastante blandas para 
el casco de los caballos finos y á la vez bastante dui*as para 
DO ser pesadas, y los jóvenes entregarse á toda clase de 
ejercicios atléticos, desde las carreras á pié hasta el remo. 
Aún siendo extranjero se pasan momentos agradables pre- 
senciando el desfile de carrruajes de toda clase, de gallardas 
amazonas, de ciclistas y do automóviles; todos esos elemen- 
tos en animada confusión, como colores enlazados sobre una 
misma paleta, mientras los diminutos prados y los árboles 
centenarios manchan el fondo del cuadro con un matiz 
uniforme de creación y de vida y los pájaros libres ponen 
en música sus alegrías y sus poemas. 

No sin razón goza de mucha fama la policía neoyorquina. 
Sns miembros son seleccionados entre los individuos de mayor 
talla, á los que luego se completa con una enseñanza apro- 
piada á las exigencias del oficio. Los policernen usan sen- 
cillo y holgado traje azul oscuro, abrochada al frente la 
amplia casaca, por cuatro botones plateados. No llevan po- 
lainas y en vez de kepí tienen un casco alto, gris, de cas- 
tor, muy semejante al de los bomberos. No digo nada nuevo 



X>E8l>fi WASHINGTON 125 

agriando que aqaf está desterrado el machete, sustítiiyéa- 
dolo, con evidente ventaja para todos, un palo de madera 
muy dura, pulida, cuyo grueso se aproxima al de un taco de 
Iñllar, 7 sostenido á la mnfieca por una manija de cuero 
curtido. Esa arma de defensa reúne muchas bondades, fuera 
de la economía que representa para el Elstado. Ella evita las 
de^racias que aquí, como en todas partes, puede originar un 
abuso de autoridad, 7 aparta del camino del funcionario — 
no empleo esta palabra en su concepto administrativo — 
toda tentación homicida provocada por el acaloramiento. Y 
en realidad vale ella, para repeler una agresiiln, más que las 
armas blancas usadas entre nosotros. El palo, blandido por 
un fuerte brazo catalán, desafía con éxito cualquier ataque, 
pues no hay avance que rompa el círculo trazado por uu 
hábil molinete. En tales condiciones de impunidad pueden 
colocarse aquí los vigilantes que, ejercitándose á diario, llegan 
á adquirir un conocimiento completo de su atributo de mando. 
Por lo demás, un golpe seco en los huesos de la pierna, 
provoca dolores agudísimos y obliga á caminar al delincuente 
más empedernido; otro golpe violento en la cabeza echa por 
tierra, desmayado, al menos débil. 

Esto sin agregar que, en casos apurados, cuando se ol- 
vida la lástima, puede cometerse cualquier barbaridad con esa 
je|^ de medio metro. Pero debemos decir también que la 
policía americana rarísimas veces pone en práctica esos me* 
dios defensivos, en parte, porque está enseñada á hacerse 
obedecer sin castigar, y en parte, porque aquí la gente obe* 
deoe sin esfuerzo. Es tanto el respeto á la autoridad que 
nadie se atrevería á hacer burla de laa órdenes de un vi- 
gilante, pues el mismo público empezaría por censurar acre- 
mente tal desacato. Es cierto que aq*ií los policianos, como 
que saben cumplir sus obligaciones, nunca intentan cometer 
arbitrariedades. Y no se crea que ellos andan con mira- 
mientos si no se les presta atención. Empiezan por decir: 
get atoai/, lo que vale: /salga de aquí/, y si el aludido con- 

* 

testa groseramente y no hnce caso á lo que se le manda, 
ens^uida, sin consideraciones de ningún género, !e replican 
con uñ fuerte empellón, y, si todavía insiste, otra manifesta- 



126 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

ciÓDy aáa m¿8 enéi*gica, impone el respeto. Al presenciar 
casos por este estilo me fae acordado de lo que sucede á 
unestros vigilantes, á los cuales todos creemos tener el derecho 
de interpelar criticando sus instrucciones y revelándonos lue- 
go, burlonamente, contra sus insinuaciones. De manera que, 
como la autoridad es tan ejecutiva y abona de inmediato 
con hechos contundentes sus vooes, aquí no existen los pen- 
dencieros, ni hay un insolente que diga indignidades á las 
damas por la calle. Un simple llamado de la muchacha más 
humilde del pueblo pondría en situación apurada á cual- 
quiera, fuere quien fuere el irrespetuoso, abriéndole, con se- 
guridad, un espacio en la comisaría. Nadie ignora que con 
la autoridad no se juega. 

Pero lo que verdaderamente admira es ver cómo esa enti- 
dad cumple su deber social sin ruido, sin aparato, sin uno 
sólo de esos exhibicionismos que tanto conocemos. Su orga- 
nización no responde á ideas militares y ahí se encuentra el 
sabio secreto de su corrección y de su merecido renombre. 
Los policianos no hacen la venia á nadie, que su misión no 
consiste en saludar á perdonas extrañas al servicio; ellos go- 
zan entera libertad de locomoción dentro de su radio de 
vigilancia, y tanto se les vé á ciertas horas protegiendo á una 
anciana que se aturrulla al cruzar la calle, alzando con brazo 
poderoso, otra vez, á una criatura, como dando amables infor- 
maciones al forastero y paseándose con toda calma por la 
vereda, deteniéndose ante los escaparates para conversar con 
los amigos de las tiendas, por la integridad de cuyos inte- 
reses velan. Así se hace todo aquí: de manera natural, lógi- 
ca, sin presiones exageradas, que crean siempre un estado de 
cosas artificial y estéril. Todavía me pregunto cómo se des- 
empeñan para controlar el servicio, porque aún no he visto 
un sólo oficial inspector á caballo. Todo lo que prueba que 
sin disparadas á media rienda, sin reiterados toques de pito, 
— aquí no existe ese sistema de llamada — y sin infundir alar- 
mas impropias entre los vecindarios, puede mantenerse, á ma- 
ravillas, el orden público. Veo en los diarios de esa que 
levantó protestas la actitud de nuestra policía que, obligada 
por quejas concretas, no permitió en cierto momento la for- 



DS8DE WASHINOTON 127 

mación de grandes grupos^ durante la noche, en la calle 
Sarandí. Pues en New York, sin que medien aquellas cir- 
cunstancias, se procede con idéntica rigidez. He visto á 
personas que conversaban tranquilamente en la esquina de 
anchas calles, sin incomodar á los transeúntes, obligadas á 
retirarse sin mayor explicación; y, en lo que va de personal, 
puedo agriar que habiéndome estacionado sólo, una vez, para 
presenciar el desfile de paseantes, fui arrancado de mi éxta- 
sis burgués por el ¡get away! imperioso 7 casi grosero de 
un señor policiano, á quien me guardé muy mucho de chis- 
tarle una protesta. 

Pero basta por hoy, que ésto, por lo largo, parece sermón 
de cuaresma y corre peligro, merecidísimo, de no obtener 
la atenta hospitalidad de ustedes. 






VI 



El verano en Norte América — En marcha hacia el OAnadá— Las nos- 
talgias del viaje— El hábito del silencio entre los yankees~Una 
ciudad canadiense ^El espíritu de sus habitantes — En la escuela 
de Quelph —La enseñanza tedrico-práctlca de la agricultura y 
' de ia ganadería — Los estudiantes argentinos —Las teorías del 
director — La propaganda entre los agricultores y ganaderos — La 
literatura y la ciencia política en la escuela de Quelph— Oondi- 
ciones sobresalientes de su director — Elogio de los alumnos ar- 
gentinos — Una fiesta nocturna en Quelph— Manera original de 
organizaría — El proyecto de mandar alumnos orientales — El pre- 
supuesto y las ventajas. 



Escribo esta correspondenoia desde Toronto, una de las 
más hermosas ciudades del Canadá. Gracias al verano — - 
que es insoportable en Washington — se produce un des- 
bande completo del mundo oficial, apenas llega la vanguardia 
de los calores al distrito federal, y desde el señor Presi- 
dente de la República, que acaba de instalarse en Oyster 
Bay, hasta el último de los políticos, todos emigran apresura- 
damente, buscando, al revés de las golondrinas, temperaturas 
otoñales. La costumbre, impuesta por el cambio brusco de 
las estaciones, está arraigada al punto de ser ella una exi- 
gencia de buen tono. La alta sociedad, que en todas 
partes posee líneas frivolas, impone esta fuga de carácter 
aristocrático. Es indispensable, para no perder calibre, que 
la pregunta consagrada: — 4: ¿Dónde piensa pasar usted el ve- 
rano?» tenga una respuesta tourista. Se asegura que en esa 
inmensa New York hay personas que, no pudiendo salir 
al campo en el momento solemne, se someten á las torturas 



9 



130 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

de un largo encierro, negándose á loa visitantes, para estar 
Inego en aptitud de ser esreídas cuando refieren fantásticas 
impresiones de viaje. ¿Por qué seremos tan tontos? El 
Cuerpo Diplomático en masa, también se dispersa, pero, á 
buen seguro que, al hacerlo así, no paga tributo á prácticas 
artificiales sino que consulta verdaderas conveniencias de todo 
género. Paralizada en absoluto la gestión corriente de los 
asuntos exteriores, fuera insensato resignarse á un cocin^iento 
en vida cuando ferrocarriles insuperables casi convierten en 
suburbios de la majestuosa metrópoli á encantadores centros 
de gran recreo. Blandamente arrastrado por el elegante mo- 
vimiento, salí, sin pesadumbre, de Washington: contagiado del 
espíritu nervioso dominante en este país extraordinario, nue- 
vas curiosidades de forastero me habían invadido ya. Echado 
sobre el mapa elegí ruta. La totalidad de los paseantes ha- 
bían optado por las playas oceánicas, que aquí tienen atrac- 
tivos espléndidos fuera de la sugestión que ofrecen á los 
bañistas. 

Yo quise conocer ese Canadá que de niño, cuando colec- 
cionaba estampillas postales, lo concebía un país extraño, mis- 
terioso, envuelto en el vasto sudario de las nieves árticas; 
lleno de osos blancos, en tierra, y de ballenas en sus mares 
inmensos. Sin pretender sentar plaza de muy joven, se me 
ocurre que todavía tengo algún tiempo por delante para de- 
dicarme á los placeres sc;dentarios do las estaciones verani^as, 
interlineados, dígase de paso, con exigencias sociales, bastante 
caldosas en un salón con piso de arenas. Por otra parte, 
hace mucho tiempo que no le profeso simpatía á ese picaro 
mar, que tantas malas partidas nos juega cuando uno menos 
se lo espera. Y á f é que estamos á la recíproca con el 
soberbio elemento. ¡Le debo cada recuerdo! Cuando yo, á 
la interrogación sacramental á que he referido, contestaba in- 
variablemente: — cvoy al Canadá», siempre tenía que discutir el 
punto con alguno de esos afectuosos amigos que me he hecb(> 
en este medio tan altruista. Más de una vez se me acorraló 
preguntándoseme cuál era el objeto de andar así, de un lado 
para otro, y entonces, siguiendo la broma, proclamé qne me 
levaba al dominio británico la intención de comprarme ua 



BESDfi WASHINÓTÓN 131 

sobretodo de pieles! Así, alegremente, sostuvimos más de una 
tertulia social y nos dimos el farewell hasta el próximo in« 
viemOj unos, sofiando con las delicias de las aguas salobres, 
otros, proyectando seductoras excursiones cinegéticas en radios 
limitados, y yo buscando, en el famoso sobretodo de pieles, 
un pretexto, aunque en miniatura, para caminar mucho. 

Nunca me felicitaré bastante de haber sido huésped de 
este país que todavía no he concluido de visitar. Parecería 
que después de conocer á Estados Unidos, cuyas maravi* 
llosas gorduras, en todos los órdenes, tan preocupada traen 
á la opinión del mundo, el Canadá apenas puede presentarse 
á los ojos del viajero como un boceto rudimentario, como 
una débil imitación de la democracia vecina. Ahí estriba el 
error. Claro está que abrir paralelo de energías, parando 
números, entre un país enorme, repleto de población, y otro 
país, más enorme aun, escasísimo de ella, sería encarar el 
asunto de mala manera. £1 Canadá no intenta medir, por 
ahora, sus fuerzas con quienes han tomado ya, por derecho 
de conquista legítima, la caña del timón de las especulaciones 
universales; tanto menos cuanto que entre los primos que 
separa el río San Lorenzo existe el deseo sincero de estre- 
char, aun más, si es posible, los vínculos del parentesco. Pero 
entre ambas ramas de buena cepa sajona resaltan diferencias 
de hábitos y de crecimiento. Los americanos afirman que los 
canadienses, muy buenos y muy laboriosos, marchan despacio, 
á paso de buey. En cambio, éstos dicen de aquéllos que vivir 
como ellos viven no es vivir, y que, sin necesidad de dejarse 
dominar por la fiebre de negocios enloquecedores, pueden pa- 
sarse holgados y felices estos cuatro días de que disponemos 
los mortales. Ese gracioso diálogo de pullas fronterizas se- 
fiala, bajo su cascara liviana, el carácter de las distintas idio- 
sincracias. 

El Canadá vive entregado á la agricultura intensiva, que 
es su mejor presea; produce, elabora y exporta en condicio- 
nes honrosísimas; su bandera es también de paz, de prospe- 
ridad, de libertad intensa; pero todavía el espíritu local no 
ha sentido el mordedor peligroso de las empresas des- 
atadas, de los ctrusts», de las combinaciones monstruosas y 



1^2 LUI8 ALBERTO DE HERRERA 

soberbias del capital movido por brazos de fragua. Aun* 
que BUS instituciones republicanas están en perfecto juego, 
aun se pasa por colonia, y esto con gusto, con carifio, oon 
el amor indiscutido que se merece una sabia y generosa me* 
trdpoli. Pueblo feliz, que nunca sufrió la sombra de un 
despotismo, ha aprendido á respetar porque se le ha res- 
petadoy 7 á la fecha, cuando podría creérsele requerido por 
ambiciones de aventura 7 de calaverada política^ sólo se 
preocupa de multiplicar sus excelentes escuelas pAblícais 7 de 
ganar^ en locha leal^ los mercados consumidores de sus pro- 
ductos agrícolas 7 ganaderos, mientras emprende, ardoroso^ la 
colonización meditada de sus provincias occidentales, dis- 
putando, al norte, sus fronteras á los hielos polares. Lle- 
gué al Canadá de noche, después de cruzar en tres horas las 
aguas del lago Ontario, que se desdoblan en inmensa sába- 
na, sin que las ríze una sola espuma, cual si al despeñarse 
por el Niágara hubieran entregado todas sus energías al in- 
sondable abismo. Echado sobre un cómodo sillón de cu- 
bierta, dejo á la memoria que me encante con sus confidencias» 
que traen perfume de mi país, mientras á mi alrededor loa 
demás pasajeros hablan en bullicio de los asuntos del día, de 
tales ó cuales negocios, do Inglaterra, de Kitchener, de la 
paz sud-africana. 

Los oigo, se expresan en un idioma que 70 también en- 
tiendo y, sin embaigo, e8t07 tan lejos de ellos que necesito 
recapacitar para comprenderlos. ¿Y para qué ese esfuerzo 
si nada, si absolutamente nada, me interesa lo que dicen, 
desde que 70 sólo en un paraje reducidísimo, estrecho, olvi- 
dado del otro hemisferio, siento el calor de santas pasiones 
locales 7 sólo allí encuentro temas capaces de encender in- 
tensos entusiasmos? Se «proclama como real la solidaridad de 
la familia humana 7 70 me pregunto^ ¿dónde aparece ella en 
este caso, qué punto de intersección visible presenta el indi- 
vidualismo irreductible de ellos, 7 el individualismo, también 
rebelde, mió? No; cada cual busca sólo lo SU70. ¡Sí los 
continentes están cruzados por fronteras, llenas de púas, que 
señalan el límite de organismos independientes 7 egoístas en 
el fondo 7, por fas ó por nefas, radicalmente Opuestos los 



BESDB WA81II9QTOH 133 

unos á los otrosí Este es uno de los tantos mirajes que se 
rompen recorriendo tierras lejanas. En lo que me vá de 
personal, debo decir que antes de acostumbrarme á tales 
sequedades extrangeras, que ahora sin dificultad me explico, 
he debido ser muchas veces víctima de nuestra característica 
espontaneidad que aquí, á buen seguro, no corre peligro de 
producir contagio. 

Añadiré también que, al presente, he tomado al pié de la 
letra, fuera de mis obligaciones, ese exterior impasible 7 al- 
muerzo y tomo lunch y cómo sentado junto á personas con 
las cuales me paso semanas enteras sin cambiar una palabra. 
£1 otro día un caballero, que ha sido muchísimas veces mi 
colega de mesa, me dio las ¡buenas táreles! y todavía estoy 
pensando á qué circunstancia anormal se debió ese exceso 
comunicativo. Pero reconozcamos que eso de hacer vida so- 
cial en el mayor mutismo y bajo la acción de una misma 
cuerda, como sí se tratara de relojes, al lado de muy grandes 
ventajas — independencia personal, holgura y libertad com- 
pleta del espíritu — ofrece el serio inconveniente de que uno 
se expone á perder el uso de la voz por falta de ejercicio. 
Por lo demás, cuando hasta ios gatos, sin subirse á los te- 
jados, cumplen una ley orgánica mayando, que ese será su 
lenguaje, ¿cómo alabar mucho la abdicación de la facultad más 
hermosa del hombre? Para tener pretexto para pensar, pues de 
lo contrario temo que la inteligencia^ entregada á tanta pe- 
reza, rechine mañana enmohecida y me conteste malhumorada, 
cual criada respondona, no he encontrado nada mejor que 
forjarme mis propios interlocutores, fuera del trato con los 
libros cuya amistad tanto nos ayuda. De manera que ese 
otro yo que he necesitado crear, muy penetrado de mis asun- 
tos y de mis inclinaciones y de mis ideales ¡vaya si lo está 
eostiene conmigo diálogos animados, llama cariñoso los gran- 
des recuerdos del pasado, me estimula, me interroga, derrota 
las invasiones nostálgicas con razonamientos llenos de so- 
lidez, opone bríos á la laxitud y me ayuda á ser útil y á 
trabajar. Cuando me engolfo en una de esas peregrinaciones 
restrospectivas atando, sin esfuerzo, remembranzas é impre- 
siones, me parece que converso con algún camarada muy que- 



13i LUIS ALBERTO DE HBRUERÁ 

rido. Todo ^to tiene sus ribetes raros^ ¿no es cierto? ¡pero, 
posee tanta realidad I Son simples resultados del aislamiento 
efectivo que no hay necesidad perentoria de ir al Sabara para 
saber lo que es la soledad. 

La entrada á Toronto^ por el lago, presenta atractivos fan- 
tásticos. El barco, más que hender, parecería que se deslizara 
como un pato sobre las aguas dormidas, mientras en la costa 
luces de mil colores le señalan derrotero destacándose á la 
distancia cual millares de linternas. En otra oportunidad me 
ocuparé de las instituciones y caracteres generales del Do- 
minio, pero desde ya puedo decir que Toronto, capital nata 
del antiguo Alto Canadá, encarna las más puras tnidiciones 
del provincialismo sajón frente á las evidentes preferencias 
francesas de Montreal y Quebec. E^ paralelismo, que en 
épocas muy viejas originó conflictos de larga repercusión, ha 
cambiado de aspecto al pasar por el tamiz de nuevas gene- 
raciones, y en la actualidad sólo existe como fuente de fecun- 
das emulaciones y apenas señalando, á la vez, el rastro de 
históricas leyendas. 

Toronto es una ciudad grande, hermosa, vestida de árboles 
por todos sus suburbios. Muchas de sus calles presentan pa- 
vimento de asfalto y otras muchas simplemente pavimento de 
tierra, abundando también el adoquinado tosco de madera 
tosca. Su comercio alcanza proporciones importantísimas, que 
van en rápido aumento. Sin embargo de su prosperidad y 
tamaño, esta capital aun no ha adquirido el carácter com- 
pacto y regular de los grandes focos humanos. Entiendo que 
su notable adelanto tiene la culpa de todo eso y que pasa 
con ella lo que con los muchachos en la edad del creci- 
miento: que, por más holgada que se les mande hacer la 
ropa, siempre les resulta ajustada debido á que la naturaleza 
anda más de prisa que el sastre. En el deseo de adquirir 
algún conocimiento sobre el carácter de la enseñanza agrí- 
cola y ganadera superior en el Canadá, antes de emprender 
viaje había, escrito al director del Colegio de Guelph, caba- 
llero James Mills, pidiéndole autorización para visitar el ins- 
tituto que tiene bajo sus órdenes, talvez, en so índole, el mejor 
. del Nuevo Mundo. Recibí respuesta muy afectuosa^ de ma- 



DESDE WASHINGTOlt* 135 

ñera que una mañana salí temprano con rumbo al pueblo de 
Guelph; que queda á dos horas de ferrocarriL Todo el tra^ 
yecto se desarrolló entre granjas y campos del más esmerado 
cultivo. Hasta la última pulgada de tierra conoce los beneficios 
de una inteligente labranza. 

Amenas perspectivas se suceden interminables^ las unas á 
las otras^ bosquejadas por la mano del hombre, sobre un 
lienzo suavemente ondulado, mientras alegres casitas de ma- 
dera destacan aquí y allá, casi aprisionadas por árboles y 
huertas, ofreciendo con su tono oscuro, la apariencia de islas 
en aquel mar color de esmeralda que sólo reconoce las ri- 
beras, intangibles siempre, del horizonte. El colegio está á 
dos millas de Guelph. Utilizando una de las tres líneas eléc- 
tricas que tiene este pueblo de doce mil habitantes, llegué á 
mi destino. Pronto me vinculé amistosamente al señor Mills, 
al cual muy pronto presentaré como un hermoso ej*^mplo de 
cualidades sobresalientes. Debo decir que también me lle- 
vaba ai establecimiento el propósito de saludar á jóvenes de 
mi relación y parentesco que figuran en el grupo de estu- 
diantes que allí tiene subvencionados la República Argen- 
tina. Así, pues, por indicación del señor Mills salí al campo, 
acompañado, en busca de alguno de ellos. Mucho camina- 
mos por entre canteros y sembrados escuchando, de paso, 
rápidos é interesantes esclarecimientos. Las dos estaciones 
estremas del año dividen en dos períodos los cursos. Du- 
rante el invierno, cuando parte de la creación descansa en 
el Canadá, entregada al sueño cataléptíco que decretan las 
temperaturas bajas y la vegetación desaparece de la vista, 
enterrada bajo verdaderas lápidas de hielo, los alumnos inte- 
rrumpen las tareas manuales; pero no por eso hacen vida 
contemplativa. En salas espaciosas, respirando atmósfera en- 
tibiada por la acción de abtuidantes caloríficos, estudian, 
oyen explicaciones de sus profesores, trabajan en el labora- 
torio, manejan el microscopio, examinan las difereji^tes cali- 
dades de tierras y, en forma gráfica, sobre el mismo cuerpo 
de animales reales, aprenden á conocer los caractei*es típi- 
eoa de cada raza, el desarrollo de las enfermedades sobre 
las especies ganaderas, estado y engorde de presente de cada 



136 LU18 AUBMIO DE HCBRERA 

ejemplar átU^ aloanzando el eonéepto científico de su engorde 
ideal para el consumo 6 la exportación. Almuerzan á las 
ocho repartiendo su tiempo^ hasta las doce^ en diversos 
quehaceres intelectuales. A esa hora toman lunch, dedicando 
la primera parte de bi tarde á las clases y gastando viril* 
mente la segunda parte en juegos atléticos, despreciados por 
nosotros y tan preferidos por los pueblos del norte que, 
á menudo pienso, tienen en esas sanas gimnasias físicas uno 
de los principales secretos de su bienestar, de su dicha y 
de su envidiable agilidad para todas las empresas varoniles. 
Después de comer un rato de tarea liviana y luego, tem- 
pranito, á la cama por aquello de: 

€ Early to bed and early to rise 
Makcs a man healthy, wealthy and wise » 



Lo que en nuestro lindo idioma se traduce en piosa y 
quitándole gracia y énfasis, diciendo: que acostarse á hora 
juiciosa y levantarse idem hace al hombre fuerte, opulento 
y sabio. En el verano, las cosas pasan de otro modo, sin 
que se comprometa el plan de enseñanza. Cuando los hie- 
los se van, corridos por el calor, — que también en esta lati- 
tud se permite algunos desahogos, — y, tocadas por la vara 
mágica de los rayos solares, lap plantas resucitan como Lá- 
zaro, entonces la bullicioso pléyade ocupa nuevas posiciones 
en el exterior, y con la azada en la mano, ordeñando vacas, 
fabricando uabrosfsimos quesos, limpiando cada uno, todas 
las semanas, determinada sección de los gallineros y sor- 
prendiendo á las semillas en su maravilloso desarrollo, pre- 
sidido por el misterio de la fecundación, ellos confirman 
muchas de las doctrinas recogidas en las páginas de exce^ 
lentes libros didácticos; mientras atienden, por otro lado, á 
las evoluciones del trigo, — ya brotado, — á la cebada, á la 
alfalfa, á los ejemplares forestales y coleccionan yuyos y 
gramíneas con amor de sibaritas. Había quedado en que salí 
en procura de los estudiantes argentinos. Encontré á va- 
rios de ellos, dispersos, cultivando materialmente la tierra, 
sudorosos, sin saco, en mangas de camisa, entregados con 



DESDE WA8HI9OT0N 137 

«ntusismo^ con expontánca afición, á pesquisas agrícolas. 
Bien pudieron sentirse llenos de orguUo exhibiéndose á mi 
vista en esas condiciones de sugestiva y reconfortante labo^ 
riosidad. De mi sé decir, que les estreché la mano coa 
admiración y con respeto, convencido de que estaba en 
presencia de jóvenes de una sola pieza, llamados, en el fu- 
turo, á ser generales de huestes brillantísimas en la con- 
quista pacífica y definitiva para el arado de las más le- 
janas comarcas argentinas. Amablemente invitado por el 
doctor Mills, ocupé un asiento en su mesa, huésped de una 
familia patiíarcal, educada en el culto de las más nobles 
tradiciones canadienses. Antes de partir el pan, el jefe de 
la casa, poniéndose de pié, sin aparato, sin ningún aspavien- 
to ritualista, agradeció á lo Alto el favor que le concediera 
de poder sentarse otra vez entre los suyos. Como quiera 
que se les ju^ue, son esas manifestaciones sinceras y ejem- 
plares para la niñez que afirman el patrimonio precioso de 
las virtudes domésticas. 

£n Guelph hay trescientos estudiantes pertenecientes á la 
provincia de Ontario. Pero, aunque ya de sí muy valiosa la 
labor enunciada, ella tiene campo aún más dilatado. Todos 
los afios, en el mes de Junio, se abren las puertas del esta- 
blecimiento á todos los labradores que deseen inspeccionar 
sus instalaciones, penetrarse de los beneficios incalculables 
del cultivo llevado en forma sensata y ver, sobre el terreno; 
leyendo las páginas de un libro que no miente, los resultados 
que depara la selección inteligente de las especies. Pero el 
gobierno no reduce su misión, en esas circunstancias, á diri- 
gir un simple llamado á las clases productoras del país, sino 
que, para hacer el traslado fácil, obtiene rebajas sensibles en 
los pasajes y determina combinacioues ferrocarrileras apro- 
piadas. Además, él ofrece á los visitantes almuerzo gratis 
-en la misma Escuela, en cuyo lociil se tienden mesas rústi- 
cas. Todo se cumple de manera práctica y todo se concierta 
para alcanzar sazonado el fruto que se persigue: convencer 
á los j>equefios propietarios de los bienes que apareja la 
buena agricultura, del interés que para ellos reviste esa en- 
«efianza, probándoles, á la vez, con ejemplos incontrastables^ 



138 LUIS ALBERTO DE HEBRBBA 

que la tierra^ esa gran madre de todo, exige tratamientos 
especiales y cuidados solícitos para ser próvida, que en sus 
senos fecundos encuentra riqueza y prosperidad quien sabe 
buscarla, y que las plantas, como los hijos, piden vigilancia 
y cariño para alcanzar su perfecto desarrollo. Los profeso- 
res de la escuela aceptan, como parte de sus obligaciones, 
acompañar á los grupos de visitantes contestando á sus pre- 
guntas y esclareciendo las dudas mínimas. A este propósito, 
me contaban algunos alumnos que la oratoria del doctor 
Muís es típica. £1 se dirige á sus oyentes en forma clarf* 
sima, abonando sus palabras con el peso de su reconocida 
autoridad en la materia, y él les dice también que es un mal 
agricultor quien solo abre un surco respondiendo á una vul- 
gar rutina y sólo levanta los frutos empujado por el afán 
único de lucro. Siendo el éxito, en ese sentido, ya una 
victoria, está lejos de ser toda la victoria. £1 obrero 
merece el nombre de tal cuando ejerce su tarea con con- 
ciencia y aplicando sus esfueczos con raciocinio. £1 con- 
cepto verdadero del farmer moderno lo alcanza quien alia 
el interés del beneficio material la satisfacción de haber 
vencido y dominado á las fuerzas físicas, en lucha porfiada, 
llena de destellos intelectuales. ¿Cabe, por ejemplo^ placer 
más puro y legítimo, para quien maneja el arado y derrama 
cuidadosamente la semilla, que obligar al surco rebelde á 
que fecunde pródigo lo que aquel quiere y á pagar obedien- 
cia á su señor con las humánate docilidades que demuestra un 
corcel amaestrado á su amo; pero con la diferencia funda- 
mental de que éste impone su voluntad por el temor, á precio 
de látigo, mientras que aquel rompe resistencias usando del 
convencimiento, agregando á terrenos pobres mucho nitrógeno, 
si quiere recoger cosechas de trigo magníficas, — que matemá- 
ticamente obtiene á su tiempo,— y pidiendo al predio, que 
también tiene su lógica, los frutos que debe dar después de 
habilitarlo para que los dé? 

£n todas las ciencias y en todas las artes se aspira á en- 
carnar en la realidad el concepto plástico perfecto que re- 
sultaría cumpliendo, de manera irreprochable, los mandatos de 
la teoría» Pues la agricultura, que tiene algo de éstas y mu- 



DB8PE WÁSmMOTON 139 

cho de aquéllasi posee ^también su típo de belleza que no , 
consiste, seguramente, en la limpieza artificiai de las. hojas y 
en la corrección de líneas y turgencia casual de los tallos» 
pero si en una aplicación rigurosa de las leyes que rigen la 
selección de los productos y, como última etapa de esos es- 
fuerzos experimentales y siempre progresivos, señalando el 
más alto ezponente, frutos superiores y pictóricos que reúnan 
muchas y excelentes robusteces bien aliadas. ¿Acaso la cruza 
de razas no asume idénticos caracteres, ya se trate de especies 
animales ó de especies vegetales? ¿Acaso las diferentes cali- 
dades de savia no son, entre estas, lo que las diversas sangres 
entre aquellas? Pues sí, aunque en planos separados, los proce- 
sos evolutivos son los mismos y sí se concede título de mejor 
criador á quien, en el refinamiento caballar, aproxima sus po- 
trillos á la fórmula modelo, ¿cómo, pensando lógicamente, no 
conceder iguales galardones de costoso triunfo á quienes per- 
siguiendo, por ejemplo, el perfeccionamiento de algunos cerea- 
les, nos presentan, después de mil ensayos, desgraciados hoy 
y felices mañana, ora granos de trigo, ora granos de maiz 
que vencen en tamaño, en fuerza y en salud á los conocidos 
como mejores en el mercado? Después, hay muchos modos 
eficaces de si^rvir á la patria. Unos, deponen en el altar el 
homenaje de afanes ruidosos, que encuentran vehículo ilumi- 
nado en las deliberaciones de la política, en el foro y en las 
actividades honestas de la buena milicia, pero existen otros 
que cooperan á su engrandecimiento con energías de hormiga, 
desde abajo, prestando á la soberanía popular el sólido é in- 
dispensable cimiento de la soberanía productora. De manera 
que, aumentando el coeficiente de las cosechas, adquiere mayor 
intensidad el bienestar público, reina la abundancia, se satis- 
facen con holgura las necesidades internas y todavía queda 
un grueso saldo de riquezas, más valiosas y más representa- 
tivas que el oro del Perú, que ofrecido en los mercados 
extranjeros levanta é ilustra el nombre de la nacjón. Propa- 
ganda más ó menos semejante, esparcida, sin rebuscamiento 
de palabras, entre oyentes que saben leer y escribir, suscritos 
á periódicos y capaces de tener propio y certero criterio, 
deben rendir resultados tan infalibles como benéficos, cuya 



140 LUIS ALBBRTO DE HBBftERA 

importancia trascendental paede alcanzarse diciendo que en el 
año corriente más de treinta mil labradores han desfilado por 
entre los sembrados de Gnelph. Con estos 7 aún otros mu- 
chos elementos de asimilación y de lucha que nosotros, 
apesar de nuestros evidentes fracasos, aun persistimos en 
apreciar como simples detalles, estos pueblos sajones han 
puesto basamento de granito á sus prosperidades de todo 
género. ¡Y habrá todavía quien, dominado por la pasión, cierre 
los ojos al punto de suponer fortuitos los buenos sucesos que 
ellos alcanzan! 

Pero á ustedes les sorprenderá, como me sorprendió á mí, 
saber que en el programa del colegio la literatura tiene es- 
pacio dilatado. Saciaré al respecto vuestra curiosidad, antes 
de que me interroguéis. Ser agricultor y ser hombre de es- 
casos bienes de fortuna no implica vivir perpetuamente en- 
corbado sobre el rastrillo. Nada estimula más á la labor 
que entreactos de descanso, acompañados de puros placeres 
intelectuales. Pues entonces, ¿por qué desterrar de la casa 
del pequeño propietario rural el posible conocimiento de las 
obras maestras del ingenio humano, cuando quienes viven en 
contacto íntimo con la naturaleza, fuente de las más egregias 
inspiraciones, confidentes fieles de sus secretos, — que para 
otros son impenetrables, — y admiradores de sus grandezas 
multiformes, están en aptitud favorecida para gustar el fruto 
que dan lop talentos caudales? Se garantiza la dicha délas 
familias campesinas, se reemplazan en forma previsora las 
distracciones de la vida urbana, ofreciendo hermoso pretexto 
para prolongar las veladas alrededor de la estufa en esas 
noches de invierno, tan crueles aquí. ¡Cómo dudarlo! Cuando 
el espíritu obtiene satisfacción á sus apetitos abstractos, el 
físico también aprovecha esos beneñcios pascuales, que no 
sólo de pan vive el hombre. 

Pero el doctor Mills lleva aun más allá el límite de sus 
anhelos. Hasta la fecha, siendo las clases conservadoras 1a 
masa electoral, es decir, la decisiva en los días de sufra- 
gio, ha declinado sus funciones públicas dirigentes entregan^ 
do su representación legislativa á personas de extracción 
completamente distinta. ¿Por qué ha de continuar domi« 



D«8DB WABHIHOTON 141 

nando este ordea de cosas invertido? Sólo error^ fundado 
sobre preocupaciones hereditarias, que el alfabeto ha destruí* 
do, puede sostener al presente práctica tan viciosa. Los 
productores no necesitarán bnsoarse mandatarios extraños á 
sus filas el día en que ellos también adquieran el hábito — 
que no es otra cosa— de hablar en público y de sostener, 
sin turbarse, las ideas que su cerebro les brinda nítidas. 

Por eso en Guelph se afiade á la literatura,— que se 
aprende en Shakespeare^ Macaulay, Longfellow, etc., — el 
estudio de la Economía Política elemental y del arte de 
gobierno. Sería redundancia insistir sobre la sabiduría de 
estas tendencias cuando todos sabemos que la fórmula de 
la verdadera salud parlamentaría se determina, geométrica- 
mente, pr>r una pirámide que> sólo en las proximidades de su 
cúspide, concede espacio á las profesiones libérale? mientras 
los ganaderos, agricultores y comerciantes, dominan toda la exten- 
sión de su base, como sucede en la Cámara de los Comunes. 
En cuanto á los curaos completos duran dos y tres años, según 
la rama, ofreciéndose, además, un año complementario y defini- 
tivo en la Univereidad de Toronto, que luego otorga á los 
vencedores el título de bachilleres en artes, lo que equivale 
á nuestro doctorado, pues aquí no existe, fuera de la medi- 
cina, tal designación. De los profesores puede decirse que 
ellos son tenaces experimentadores y que, con sus ensayos 
de todos los días, minuciosos y acertados, despiertan en los 
discípulos interés altruista por las pesquisas científicas. 

Esa es la preciosa bandera de Guelph: enseñanza práctica, 
sobre el terreno. Visitando las instalaciones de quesería, 
enfriadas artificialmente en verano, nos encontramos con el 
jefe de la sección, vestido de largo delantal blanco y so- 
bando, á puño cerrado, una masa gorda, amarilla, de aspecto 
insuperable, que esperaba en la batea su turno para entrar 
en el molde. Cuando alabamos, como se merecía, el fruto 
codiciable de la tarea, nos dijo el competente fabricante que 
el resaltado no estaba á la altura de sus deseos y de las 
exigencias técnicas estrictas, pues les faltaba á los quesos un 
tono, probablemente infinitesimal, de preparación. Con la mis- 
ma conciencia proceden los demás catedráticos y, con segu-- 



142 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

ridad^ á ello se debe que^ uno, Mr. Harconrty haya alcanzado 
novedades en sus estudios sobre las cenizas de las maderas^ 
usadas como fertiUzadores; que otro, Mr. Daj, haya obtenido 
una nueva j efícaz fórmula para alimentar á' los cerdos, que 
consiste en una combinación de suero dulce, agua 7 suero 
agrio agregada á sus comidas; que otro, Mr. Pauton, pueda 
ofrecer sistemas nuevos 7 propios para atacar á los gusanos 
enemigos de ciertas plantas; que otro, Mr. Harrison, exponga 
con éxito sud consideraciones sobre el desarrollo de algunas 
enfermedades en las piaras, indicando el modo más ventajoso 
de combatirlas; que otro, Mr. Huts, siguiendo en su creci- 
miento simultáneo á siete ú ocho variedades de frutas, llegue 
á poder seüíalar, con útilísima precisión, las cualidades 7 mé- 
ritos de cada una de ellas. Todo esto podrá parecer fri- 
volo, prosaico, á quienes, tocados de las decadencias morales 
del siglo, no conciben las santas elaboraciones de la natura- 
leza. Malos deudores que llevan su audacia ignorante hasta 
el extremo de negar personería en nuestros destinos á la 
tierra, única 7 legítima acreedora, siempre en saldo, de la 
humanidad! 

£1 colegio de Gnelph fué fundado, con asiento en un pa- 
raje diferente al de hoy, en el año 1874. Sus primeros 
pasos fueron vacilantes, puede avanzarse que negativos. 
En 1880 se le ubicó en donde en la actualidad existe^ 
ocupando una superficie de quinientas cincuenta hectáreas. 
A esta altura de mi descripción pide espacio biográfico la 
figura del doctor James MüIm, alma muier de la fecunda 
institución. Hace veinte 7 dos años que él tiene las riendas 
del colegio en sus manos 7, para abonar la eficacia de sus 
sobresalientes energías, ahí están proclamándola, con el«)cuen- 
cia incontrastable, los progresos alcanzados. Mr. Mills posee 
prestigios de patriarca, entre sus ¿conciudadanos. Uno de ellos 
acaba de apuntar el grado de esa consideración regalando á 
la Academia, para que su director los invierta como lo juzgue 
conveniente, ciento veinte 7 cinco mil pesos oro que están 
á su orden personal en una casa de banca. 

Con cuarenta mil pesos, oblados por una familia selecta, 
se han adquirido variadas colecciones de libros especiales, se 



DESDE WASHINGTON 143 

han constrdido laboratorios perfeccionados 7 se á\6 'edificio 
apropiado á la biblioteca. Esta última me llamó mucho la 
atención por la novedad de su instalación. El piso es de 
vidrio transparente, para que pueda penetrar la luz en abun- 
dancia, con espacios medidos por los cuales penetra el aire 
y traen su respiración reconfortante los calorificos, que tam- 
bién los libros demandan tales cuidados. En cuanto á los 
estantes, son todos de metal y sin contacto con la paredj 
pudiéndose modificar, sin dificultad su altura 7 ubicación. 
Ahora bien, todas estas obras de arquitectura se acometieron 
con lujo de economía. £1 mismo doctor Mills, sin ser di- 
bujante ni ingeniero, trazó los distintos planos, poniendo á 
contribución su experiencia para coronar el proyecto. Pero 
lo más extraordinario de este esfuerzo estriba en que el re- 
ferido es manco, pues le falta todo el brazo derecho. Para 
exhibir lo que puede una volimtad 7 lo que representan loa 
verdaderos conocimientos, ahí están las elegantes construc- 
ciones levantadas de acuerdo á las más precisas solicitudes 
técnicas. Para ahorrar dinero, me decía Mr. Mills, hemos 
puesto escaleras sencillas de madera, 7 para ahorrar dinero, 
diferencia de centavos, hemos revestido las paredes, hasta 
cierta altura, con pino blanco barnizado en vez de lustrado á 
puño. 

No se necesitaron ma7ore8 empeños para que, aceptando 
una galante invitación, fuera huésped esa noche de los jóve- 
nes argentinos Bustamante, Jorge Peltzer Salterain 7 Avila, 
que, en mérito á sus distinguidas condiciones personales 7 
estando para concluir la carrera, han obtenido la prerrogativa 
real de vivir fuera de la Escuela 7 de hacerse la ilusión de 
que están en su home. La colonia de la otra orilla no se 
reduce á los nombrados; los jóvenes Panelo, Alberto Fernán- 
dez, Rivara, Martínez, Granel, Coll, Ocampo 7 del Carril 7 
algún otro, CU70 apellido involuntariamente escapa á mi me- 
moria, completan el grupo de tan selectos representantes. 

Tratándose de un extranjero, los elogios que de ellos haga 
no sugieren la sospecha de que sean dictados por la parcia- 
lidad nacional. Rendir tributo á la justicia talvez provoca 
una impresión agradable, debido á que los hombres tan poco 



144 LUI8 ALBERTO DE HBREERA 

acostumbrados estamos, en realidad, á pagar merecidos home- 
najes. Pero, para que mis palabras de alabanza posean faersa» 
además de ser tan sinceras, quiero agregar que de los labios 
sobrios del doctor Mills cayeron ellas, de manera que yo sólo 
me limito á jugar el papel de mal traductor. cLos mucha- 
chos, — mo dijo éste, — trabajan con firmeza, aprovechan con 
verdadero éxito su tiempo y— lo que para nosotros vale mu- 
chísimo — tienen un alto concepto del honor, esforzándose por 
no dar motivo á mis censuras.» Estas expresiones terminan- 
tes califican el más caluroso aplauso cuando pronunciadas por 
un miembro de estas razas concisas. La Argentina ha repartido 
cuarenta y cinco alumnos entre las primeras escuelas prácti- 
cas de Estados Unidos y del Canadá. Entre ellos figuran 
algunos mandados á expensas de sus respectivas familias. -Lo 
que causa extrafieza es ver cómo se han adaptado los jóve- 
nes á que he referido al ambiente típico de este país hos- 
pitalario, haciendo en un todo suyas las costumbres locales, 
adquiriendo los modismos extranjeros y aceptando, con entu- 
siasmo, sus juegos — laton-tenniSf lacrosse, patines — y sus atrac- 
tivos sociales. 

También corresponde agregar que ellos gozan de especial 
partido, por lo que yo casi me atrevo á vaticinar que, si 
no se les repatria en tiempo, existe peligro inminente de que 
la compañía sufra dulces bajas en batallas con el género fe- 
menino que, á fuerza de admirables estrategias y sólo em- 
pleando una inofensiva red, vence en todas las r^iones ci- 
vilizadas. 

Para la noche — suave y primaveral como las nuestras — se 
habían organizado en Ouelph dos garden parties, es decir, 
paseos al aire libre — y de paso, quiero hacer constar que si 
á menudo en el curso de estas páginas, escritas sobre el 
tambor, deslizo palabras inglesas no es porque me pellizque 
por ese lado la zoncera y pretenda simular dominio de un 
idioma que apenas garabateo, sino que á los frutos del país 
•—calificaré así, para no andar con muchos circunloquios, 
á los juegos nacionales— debe de llamárseles como los bau- 
tiza la gente del país en donde ellos nacieron. Imagínense 
ustedes el efecto detestable que haría oir decir cuerda al 



DBSDE WAfiHUIG^rOH 145 

laso, ahnohadoh al cojinillo, sobretodo al poncho, en vez d« 
yerra, reunión de animales á una marcación de ganado, 
etc., etc! ¿No sería ello risueño? Pues la moraleja tiene 
aplicacíóu en todas las latitudes y no seré yo, por cierto, 
qnien intente traducir al español conceptos que no admiten 
ese parentesco, por la muy lógica razón de que ellos deno- 
minan ideas determinadas que nos son ajenas, y porque, por 
más vueltas que se les dé á nuestros dos vintenes, nunca 
podrá confundírseles con un penique, aunque las dos sean 
monedas de cobre. 

Prefiero, pues, salpicar mis párrafos, en casos obligados, 
con palabras de otro diccionario, antes de ponerme en com- 
petencia gramatical, metafórica y castiza, con aquella res- 
petable familia de los suburbios, tan mentada por la voie 
popular, que, en su afán de expresar las cosas de manera 
distinta y más elegante que los demás, en vez de lUcir, á 
secas, pescadoj hablaba cdel habitante gentil de las aguas va- 
porosas arrancado de su reino por la perfidia humana», y 
cuando agregaba: chermoso par de luciérnagas colocado eu 
la parte superior del rostro», refería á los ojos. Y talvez 
esoB impuestos extranjerismos, sin yo saber por qué ni como, 
dan cierto sabor agradable al pensamiento, y yo, que no 
soy andaluz, necesito, para salir de estos apuros, algunas de 
esas oportunas caridades. ¡Cuántas veces, aun sabiendo que 
se trata de factura artificial, volvemos en la calle la cara 
pora admirar de nuevo un rostro iluminado, con atrayente 
picardía, por lunares de marca Moussion y C.*! Pues vamos, 
(de nuevo tengo que lastimar á oídos manchegos) concurrí á 
un garden^party en Guelph, que era á beneficio de una 
iglesia. Adveitiré que no se había gastado un sólo centavo 
en adornos, pues, entonces, ni con el importe de las entra- 
4»A se cubrían las erogaciones indispensables. No señor; si 
se contó con marica, y excelente, fué porque un grupo de 
aficionados prestaron así su concurso desinteresadamente; si 
hubo marcha caux flambeaux» se debió á que cada niña y 
cada señorita trajeron, comprado con su dinero, un farolillo 
veneciano; si hizo el mejor efecto ese número del programa 
ddlñeron agradecerlo los espectadores á un decidido vecino , 

10 



Í46 LUIS ALBERtO DE HERRERA 

veterano de la guerra de Crimea^ que antes de morirse ha 
tenido el gusto de estrecharle la mano al actual príncipe de 
GraleSy en su reciente excursión por el Canadá, y que habría 
sido incontrastable mandando soldados de la alta estirpe de 
los dirigidos esa noche, cuando el asalto á la Torre de 
Malackoff; si se nos obsequió— pagando, por entendido — 
con bizcochos, helados y flores, fué simplemente porque 
todos los jardines, todas las cocinas y todas las alacenas 
allegaron su auxilio. Estos detalles de actividad corporativa, 
¿no señalan, bien definido, el rastro fundamental y sabio de 
estas sociedades enérgicas y de voluntad emancipada? 

A otra cosa: en Guelph toda la fuerza policial está cons- 
tituida por dos guardias civiles; y no á consecuencia de que 
ésta sea una sucursal del paraíso, pero sí porque, desempe- 
ñándose con acierto y sin ruido de machetes, esa autoridad 
es suficiente para espantar á los picaros, fuera de que aquí 
se entiende que en la vida normal el mejor guardián de sus 
intereses es el mismo interesado. ¡Hasta á los muchachos 
se les enseña á manejarse solos y se va á cuidar con exceso 
á los hombres! 

Salí de Guelph convencido de que no había desperdiciado 
mis últimas veinticuatro horas. Ahora, como síntesis de to- 
dos los comentarios, me pregimto yo: ¿no haríamos obra buena, 
obra fácil, obra útilísima, ocupando con jóvenes orientales, 
dignos y capaces, algunas de las becas de la £scuela de 
Agricultura que acabo de visitar? Seducido por ese ideal 
conversé detenidamente con el doctor Mills, en quien hallé 
la mejor disposicóiii. Con doscientos pesos trimestrales, en 
oro canadiense, puede manejarse perfectamente cada alumno, 
cubriendo todos sus gasto?, habitación, libros, etc. Como ya 
lo he manifestado, los diferentes cursos completos duran dos, 
tres y cuatro años, según sean ellos. Para argumentar con 
números, que es lo más eficaz, supongamos que el Uruguay 
mandara, como mínimun, seis estudiantes por un término de 
tres años. Tendriamos que, representando cada uno dos mil 
cuati'ocientos pesos, educarlos en forma costaría, en total, 
¡catorce mil cuatrocientos pesos, que bien podemos elevar á 
quince mil incluyendo los pasajes. Como puede apreciarle. 



DEfiDE WASHINGTON 147 

por ese lado no surge dificultad, y tambiéu no olvidemos que 
las jo?as, por baratas que sean, siempre tienen precio subido 
para los pichincheros. Para que las empresas rindan resul* 
tado se impone hacerlas eti forma. 

El gobierno ha enviado á algunos oficiales del ejército ii 
seguir sus estudios en las buenas academias del exterior y 
á buen seguro, no ha tirado el dinero concurriendo á pre- 
parar distinguidos militares. Ahora mismo, con aplauso de 
todos, acaba de discernir dos becas de pintura. Pues, aún 
guardando los debidos respetos á esta y á aquella arte, es 
algo evidente que el futuro exigirá con mayor imperio ga- 
naderos, agricultores y veterinarios de cepa superior. 

¿No abrigamos el propósito de fundar la Escuela Nacional 
de las materias á que refieren esas importantísimas profesio- 
nes? ¿No figura en la carpeta de la Comisión de Fomento 
de la Cámara un auspicioso proyecto en ese sentido, del es- 
timable representante señor Juan Smith? Entre importar ya, 
sobre tablas, catedráticos europeos, que sólo vendrán, movidos 
por un afán utilitario, á ganar pronto sus sueldos para irse, 
y preparar ya, por cuenta propia, en centros de fama con- 
sagrada, ese personal de enseñanza, que precisamos urgente- 
mente, no hay lugar á una vacilación. Para sembrar sus 
generosidades en terreno fértil, el Estado elegiría sus subven- 
cionados entre los mejores estudiantes de cuarto y quinto año 
de Preparatorios; entre aquellos que destacaran por sus clasi- 
ficaciones y que fueran, á la vez, de edad juiciosa. Y para 
obtener producto serio de ese beneficio, el Estado también 
establecería que ellos quedaban obligados á servirlo, una vez 
terminada su carrera, por dos años, mediante sueldo mere- 
cido. Entonces podríamos encarnar en una práctica poderosa 
y fecunda ese ideal, que vaga en la atmósfera, de fundar 
nuestra Escuela de Agricultura y Ganadería. Los alumnos 
estarán bajo el cuidado y vigilancia de la Legación en Noite 
América, recibiendo puntualmente, en giros individuales y 
adelantados, sus cuotas. ¿Necesito, para hacer triunfar este 
sencillo y fácil proyecto, poner en mayor relieve las conve- 
niencias perseguidas? Con el detalle exigido be formulado la 
propuesta al gobierno de la nación; de manera que, si ella 



148 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

se publica, quedará así bien ampliada. De todos modos, 
pienso que la prensa prestaría un positivo servicio ocupán- 
dose del asunto, á fin de que el estímulo de los órganos 
caracterizados haga más viable esta ú otra iniciativa dirigida 
al mismo objeto. 



A/v^A^^A/^/wls^^^<^A<'^^AAAAl/vv^<vs/v^A#^^*^A^v^AA^Mvv^^A/^^^^/^A^MVV^i^■^^ 



Vil 



Las cataratas del Niá^^ara — Un espectáculo maravilloso — Tradicio- 
nes y anécdotas — Aventuras inverosímiles — Las víctimas del 
abismo — El Niágara artificial — Las aguas [dominadas por el 
hombre — Engendro de la industria yankee — Otro espectáculo 
asombroso. 



1 
Siguiendo el orden cronológico de mis impresiones he de- 
bido ocuparme^ antes de ahora^ del Niágara^ prodigio de la 
naturaleza que conocí, haciendo un alto expreso, al trasla- 
darme de la ciudad americana de Báffalo á la ciudad cana- 
diense de Toronto. Por cierto que no es imputable á olvido 
este pequefio desorden de narración, olvido que, por otra 
parte, seiialaría una verdadera blasfemia estética, aun en la- 
bios tan profanos como los míos. Describir las bellezas del 
Niágara es tarea más fuerte que nosotros, y por eso, pagando 
tributo á la costumbre, cómoda 7 perniciosa, de dejar para 
mañana el cumplimiento de las obligaciones difíciles, no he- 
mos abordado el arduo empeño. Nos ha tentado la travesura 
de dar á los lectores gato por liebre, engolfándonos en diva- 
gaciones, también interesantes y, sobre todo, muy alejadas de 
la dificultad magna, á imitación de los señores periodistas 
que, cuando no tienen artículo de fondo disponible, nos tirati 
tierra á los ojos contándonos, desde las columnas editoriales, 
historias viejas del Japón ó las ocurrencias de S. E. el Shah 
de Persia. Pero huímos á la tentación porque los lectores 
son nuestros amigos y á los amigos es felonía engañarlos, 
¿eterio? Antes de entrar de lleno al combate, y parai pro- 
barles hasta dónde llega nuestra buena voluntad, debemos de^ 



150 LÜI8 ALBEBTO DS HERRERA 

eir que permanecimos largo rato extasiados ante las cataratas, 
vencidos nuestros oídos y nuestro espíritu por aquel trueno 
de grandeza, en el afán de estudiar todo hasta en sos deta- 
lles, — si detalles puede tener el Niágara — para contarles lu^o 
á ustedes las impresiones recibidas; pero ese mismo esfuerzo 
sincero apunta el tamaño de la derrota. Se refiere que cuando 
nuestro ilustre poeta, el doctor Zorrilla de San Martín, de- 
clamó su magnífica «Leyenda Patria» en la Florida, un paisano 
presente, conmovido á la par del resto del auditorio, sólo 
atinó á exhibir su justo entusiasmo dirigiendo al cantor de 
las glorias nacionales un apostrofe recio que, en otras cir- 
cunstancias, fuera injuria y que entonces vino á medir la 
emoción vivísima de un corazón agreste y puro. Confieso 
que al apartarme por última vez de la barandilla de hierro 
que me había permitido ser salpicado, sin peligro, p3r las es- 
pumas del coloso, que son sus crines, casi hice las del paisa- 
no compatriota. Me lanzo, pues, á la empresa descriptiva 
para cumplir, sabiendo que voy á ser víctima, tanto como 
si me alcanzara la famosa catarata que rechinft sus furias 
soberanas en la frontera internacional. 

. ¡Qué marco divisorio! Porque ¿qué líneas reúnen bastante 
fuerza para representar algo que, precisamente, abruma y atrae 
por ser negación de las concepciones normales y por estar 
refiido con las habituales armonías? Aunque con algfin tra- 
bajo, puede retratarse en páginas escritas el espectáculo plá- 
cido, sin una brusquedad, de las perspectivas familiares. Con 
pocas palabras se cierra, vivido, el cuadro de un campo cu- 
bierto de espigas; de un paisaje iluminado por las luces 
miedosas de la luna; de idilios y romerías. Escenas esas, 
comunes, de todos conocidas, en más ó menos, si la pluma 
del cronista pone la mitad del esfuerzo naiTativo, triunfa, 
sin duda, porque la imaginación del lector redondea el afán 
con la memoria instintiva y complementaria de las propias 
¡experiencias. Pero no ocurre, ciertamente, lo mismo cuando 
el tema pertenece al orden de las cosas extraordinarias, ya 
se trate del escenario terrible de un campo de batalla, lleno 
d9 tonalidades trágicas; ya de sacudimientos de tierra con 
.epílogo de catástrofes é inundaciones de lava hirviente; ya 



DESDE WASHINGTON 15t 

dd despefiadero loco de una masa de aguai representativa de 
doscientos noventa y seis millones de pi^s cúbicos, en plazo 
de veinte j cuatro horas, que, reducida á fuerza, vale tanto 
como la potencia qne desarrollarían doscientas mil toneladas 
de carbón, 6 sea la producción minera del mundo entero en 
un día entero! Si la concepción de esas vitalidades casi in- 
superables, casi exige un radío de fantasía más dilatado que 
el de nuestra mente, ¿cómo exigirse la imagen palpitante, li- 
mitada dentro de letras y de conceptos, de algo quo pesa- 
damente se describe con hileras de números millonarios? 

El tren se detuvo en el pueblo del Niágara Falls y, 
después de interrogar al guarda para confirmar la identi- 
dad de la estación célebre que yo buscaba, descendí, arras- 
trado por una muchedumbre mordida por mis mismas curio- 
sidades. En la calle nos esperaba un escuadrón de cocheros, 
ansiosos de arrebatar una presa, que aquí el gremio tiene 
más acentuados sus apetitos de gavilán. Sabiéndome de ante- 
mano vencido^ parlamenté con el que me pareció tener as- 
pecto do menos pirata, y emprendimos la marcha. Claro 
está que, á los cinco minutos de movimiento, el celo de la 
propina desató la lengua del auriga, sujeto parlachín y de 
cara tan roja qne yo^ á no ser asunto milagroso, aseguraría 
qne además de sangre^ tenía en las venas carmín ó esencia 
de remolacha. Tal vez fuera esencia de whiskey. Me 
empajaba el anhelo nervioso de ver, cuanto antes, á ese Niá- 
gara que da pié magnífico á las más atrevidas metáforas y 
que, desde el Barón de Hamboldt hasta lord Dickens y 
Thackeray, ha sido saludado con el homenaje de los más 
selectos pensamientos. Me soprendía no oir claro, á mu- 
chas cuadras, el rumor de su3 gigantescos resoplidos de ma- 
.qoinaria. Casi incurro en delito dé vulgaridad al repetir que 
el TÍO Niágara, que pone en comunicación esos dos vasos 
interiores que 'se llaman el lago Erie y el lago Ontario^ 
probablemente dos millas antes de precipitarse en el abismo' 
.parte la nutrida cabellera de sus aguas en dos trenzas- de 
hm caalea, la una, más espesa, se reclina sobre el hombro 
de la costa canadiense, mientras, la otra, se des))eña, ya en 
eballición preliminar, sobre la ribera americana. Cu ese deltat 



152 LUIS ALBi^lO DE mt^ U Ff^ A 

abrasada con cariño por tan recia mascalatura, goeando pl»* 
cérea de diosa, tflzase, miniatorescay la isla de la Cabra> 
cual si ella estuviera llamada á dirigir el oeiemoiiial de un 
nuevo círculo dantesco, el eterno pugilato de la roca 7 de 
las aguas embravecidas. Un s<ílido puente de material la 
pone en comunicación con la tierra firme, y por 9¡M me 
hizo cruzar mi guía, á fin de colocarme en un punto de 
paisaje estrat^co. Avanzamos por la isla en sentido de 
la corriente 7, cuando el tránsito fué difícil para el vehículo, 
descendí 7, aprovechando una amplia escalera labrada sobre 
el suelo 7 guarnecida de una baranda de hierro, pude apro- 
ximarme al extremo más accesible de tan espléndido balcón 
naturaU 

Las cataratas son dos, correspondientes una á cada brazo 
del río. Eran las diez de la mañana 7 tenía delante de mí 
á la cascada canadiense, reputada la más interesante por ser 
la más voluminosa. Sé que desmereceré en vuestra opinión 
cuando os diga que sufrí un desencanto en el primer ins-^ 
tante. Las famas superlativas están siempre expuestas al 
peligro de que bu realidad, por vigorosa que ella sea, no 
corresponda al concepto popular, hiperbólico 7 fantástico^ 
aunque no lo sintamos, porque en el fondo del más rado 
artesano late el alma de un poeta. ¿Acaso no ocurre lo 
mismo con los héroes? Aunque sea cierto, ciertísimo, noao* 
tros no queremos convencernos de que el renombre de Dewett^ 
el admirable guerrillero, tenga por marco la estampa prosai-^ 
ca de un simple sembrador. Por lo demás, ¿quién concibe 
cojo á Anibal ó enclenque á Alejandro? Caprichos, sin fun- 
damento, de la imaginación. Me retiré, casi desalentado, j 
le insistía luego al cochero: 

— No; pero ésta no es la parte más notable. Yo esperaba 
un conjunto más grande. 

— Ya cambiará de opinión, me dijo, con aire de filósofo, 
mi interlocutor; Así hablan todos al principio. 

Y tenía váaóu el depotente, lo que prueba, otra vez, oon 
la más gráfica de las elocuencias, que donde menos se es- 
pera salta ana enseñanza útil, 7 que hasta un antomedonte 
borracho consuetudinario, también alcanza oportooidades de 



DE8DB WASBIMOTOV 153 

liacer cátedra y de ilustrar á neófitos. Enseguida me de- 
tove, largo rato^ en el extremo derecho de la isla, á fin de 
obeervar el escalón americano de las cataratas^ 7 ja empece 
á sentirme avergonzado de mis primeras manifestaciones. 
¡Qué altanería, qoé cóleras, que pnjanzal 8e me cayeron 
del todo los anteojos ahumados cuando, parado en el vértice 
de Prospect Point, frente á las murallas de granito que cas- 
tiga el torrente, pude hacer la síntesis visual de tanta ma* 
gestad. ¡Grandioso! Para borrar el recuerdo de mi pecado 
estético invité á mi desinteresado conocido del pescante á to^ 
mar una crema helada, sin acordarme del expresivo argu- 
mento que formulaban las chapas coloradotas de sus meji- 
llas. Rectificado el error, á tiempo, saldé mis dos cuentas, la 
espiritual y la espiritosa, alojándome, sin saber yo mismo 
hasta cuando, en un hotel inmediato. Las dominaciones 
verdaderas avanzan despacio y yo me sentía ya bajo el im- 
perio del Niágara y deseaba observar de nuevo el mágico 
escenario. A media tarde me aproximé, otra vez, á la costa 
y ya entonces pude apreciar, en su justo valor, aquella belle- 
za, de sello incomparable que, como las soberbias produc- 
ciones del genio clásico, alcanza nuevas victorias sobre el 
entendimiento cuanto más estudiada. Recién me creí sefior 
de mis facultades y bastante dueño de mi criterio y por eso 
hasta aquí he demorado una descripción, que, ya lo he dicho, 
avasalla mis fuerzas de cronista. Concíbase el espectáculo 
de una masa líquida colosal, cuya fuerza motriz la calcula 
la ingeniería en cinco ó seis millones de caballos, precipitán- 
dose, surgidora y vertiginosa, por un estribo de ciento se- 
senta pies de altura y de más de diez cuadras de extensión. 
Como el declive del río, antes de llegar al obstáculo, — que 
también el vacío es una barrera,-' se acentúa de manera muy 
notable, el imponente desenlace se viene dibujando desde 
lai^ distancia y se afirma cuanta mayor es la inclinación 
de la gradería. Cada una de las enormes piedras, tiradas 
al ajear por la naturaleza en la cabecera de las rápidas, 
apunta el origen de un hervor y, como á medida que se 
avanza, ellas aumentan en cantidad, cual si representaran el 
rol de partidas exploradoras decalcadas por el abismo, ao- 






154 LUIS ALBERTO DE BBRBERA 

BÍ080 de salvar á todo trance el patrimonio de las que algu- 
na vez fueron sus soberanas soledades, y como la corriente 
irreflenable señala, con huella de rugidos 7 de espumas, cada 
una de esas mezquinas resistencias opuestas á su pasaje 
turbulento, ganando nuevos acentos de locura en cada hos* 
tilidad vencida, resulta que al abrazarse 7 confundirse todos 
los contingentes de salvajes energías, á cien metros del 
inmenso parapeto, saludados por la música de clarinadas 
infernales, se está en presencia de un cuadro arrebatador 
que sólo encuentra marco digno de su grandeza empotrado 
enfcre malezas 7 entre peñascos. Ya llega el asaltante á un 
paso del éxito ó de la derrota. Un s^undo más 7 rueda 
deshecho, mutilado, hasta besar el fondo de la horrorosa 
sepultura. Esa misma fisonomía aterradora, cuajada de focos 
siniestros, debió tener aquella zanja maldita do Waterloo, 
traicionera é insaciable, que tragándose á la flor de las ca- 
ballerías imperiales, se confabuló con Blücher para cambiar 
radicalmente los destinos del mundo. 

Como sorprendidas ante la existencia inesperada de ese 
foso gigantesco, las aguas parecen erguirse, para retroceder, 
cual si las aguijoneara el instinto de las humanas desespe- 
raciones, pero el abismo no perdona 7 entonces se descuel- 
gan, frenéticas, por aquel trampolín, desafiando, con la teme- 
ridad del ataque, la temeridad de la resistencia. Ese es el 
momento clásico de la lucha, cuando el espíritu, sacudido 
por borrascas, se rinde para admirar, postrado, tanta mara- 
villa. El vellón blanquísimo, tegido en las rápidas por los 
dientes incisivos 7 crueles de un mecanismo cu7a maestría 
artística no admite paralelo; ese manto de espumas inmacu- 
ladas, más puro todavía que el armiño, que envidiaría el 
más grande de los re7es, se desmenuza, queda reducido á 
polvo, cuando el turbión se desploma, rehaciéndose de nue- 
vo allá abajo, en la llanura de las agufis dominadas, mien- 
tras sobre las neblinas que la caída engendra 7 que semejan 
un aliento, escribe el sol un arco iris perfecto, que también 
la creacidn tiene su signo hermoso de paz 7 de miserioor- 
dia. He hablado sólo del blanco cuando en aquella paleta 
del mundo todos los colores fundamentales tienen espacio y 



DESDE WASHINGTON 165 

todas las combtnaoionés eooiplementárias están representadas^ 
porque, contemplando al Niágara, se asiste á la coronación 
gloriosísima é infínHa de la luz. AUf ha puesto ella con su 
cetro, el genio de la pintura; allí su capricho hilvana juegos 
de efectos prismáticos admirables; allí, sobre los encajes con 
que adorna orgullosa su cresta, cada onda llamada por el 
vértigo, traza, al pasar, pinceladas que no pertenecen á es* 
cuela alguna porque son inimitables» Nada entiendo de arte 
7, sin embargo, en ciertos momentos influencias extrañas 
enardecían á mí pobre imaginación estéril. 

Mirad como se colora de un precioso rojo ese haz de aguas 
al arquearse, con las perfecciones de una ceja, sobre la roca 
viva; ved, á la izquierda, un tono distinto que cualquiera ju* 
raría se ha obtenido fundiendo millones de esmeraldas; sor- 
prended, á la derecha, un chorro azul, espléndido, de agua 
marina, que, atado con lazos de espuma á otros chorros azu- 
les, evoca la memoria de una bandera querida; buscad, que 
la encontraréis, en aquel joyel inagotable, satisfacción á la 
codicia de príncipes y de artífices, que no hay ensueño de la 
mente humana que no tenga engarce sobrenatural allí, en esos 
ríos de pedrería, que se precipitan abrazados, como si qui- 
sieran ablandar el corazón del gigante atando á su cuello 
collares infinitos de perlas, de diamantes, de topacios y de 
turquesas montadas sobre rubíes. ¿No habrá sido ese el 
asiento elegido por Sntanás para tentar, con escaparate 
de argumentos feéricos, la virtud de la mujer? Hasta la le- 
yenda mágica de los tesoros del Conde de Monte Cristo huye 
avergonzada ante esta rivalidad. Todos los talentos del pincel 
se encontrarían sin originalidad si interrogaran al Niágara, 
pues dcade las bizarrías geniales de Rubens, que están re- 
producidas en proporciones inmensas, allft, en aquel caudal de 
aguas bermejas, que posee sombras de rostro humano, hasta 
laa tintas vivísimas de Fortuny y de Villegas, cuya alegre 
confusión de claveles rojos y multicolores mantos sevillanos, 
parece calcada en estas irisaciones magníficas del frente, 
todos los secretos de las más atidaz inspiración i^ descubre, 
los derrocha, la sugestiva catarata. Y en lo hondo del pre- 
cipicio, cuando la corriente, después de enterrarse en una pro- 



156 

LÜM ALBERTO De HEBBEBA 



fandidad de doscieatoí tf tresciento- ^¡^ 

ficie, todavía r«a.o«sa, per^Tlb«t "' ' '* ""P*" 

que también al líquido un» tJ ^"*''"*»-Po»^ue se creeria 

pa«lít¡co-asi. tiZ ton^s^i 7™* ""**. '° ^""^««^^ «« 
«.s. AqueUa pulpa, que seTj JT *''*"^''« '«"-^-o- 
cent™ el suelo, ¡e dJC «^1 '? í ""* ^*^ ««*^<i» 
bicrta de rancias o^Z' Z rfÍT^^*^* í^^^*^ - 
cea únitar cuajarones sau^iJelrs" ^^.^Hr ^"■ 
ora viokceaa, ora granadinas, caracterizan tTi' " °'^' 
tos que encuentnu» nutrido parentesco .„ , f " "^P**^ 
ágatas Ese esp^t^culo perteTceT Ls I Is deT íl '^'" 
rante la noche el teldn no se corre ZrT^ f '• ^"- 
recidos por el contaste de la^ so^^ dr^ **** '' '""'" 
coro.^ los altos penachos que envl,:^; ^T ZZ ""! 
«tío de la eterna querella. Entonces el oído La .^^ 
cdn lo que pierde el sentido de la vist^TiSf "**"' 
la ribe» se escucha, en el mayor siJdt la vot^tdo"'" 
nunca enronquecida del elemento. Como auJdos d^^.,^ 
salvaje, de incitacidn á la oelea r..«1«„ *'"™08 de jfibilo 

d»d. ua™, .„d»„.J„ ».J^So i^,-^ 

c do ra, mediocre bud. mUitor no, II,». ° " f""- 
4.«0 .o,^„„d.r, ...0.00., ,„, o, N«j^ ¿^"1' 
8118 visitanteg, noche v día U ^;.^ ^ esclavos de 

e. so,, Vistiendo de orí ^^^.r^Z' -:f:J:;Z Z 
al poner en derrota al espíritu de las «nieblas? U.J^ 
«dn magnética que ejeree alcanza intensidades irresisüW^ 
y, ta ve. pagando tribut,. í esa dominacidn férrrTa!; 
uno llega hasta el ultimo escaldn de la plataforir' * ^ 
vía no satisfecho, se inclina, casi con peC^rbV'la^ 
randa, movido por un anhelo raro, que ^mo I ™ , ^ 
mortales, las glorias inmortales también p;s!!r/»i. ^ **"■" 
qae invitan al fanatismo. ^^° fa««nac.one. 

Si la oratoria tribunicia rompe voluntades al ««»♦ ^ 
~.v«* on .p,.»« ^.^ ^ ^- ^;^ 



DE8DE WAdmilQTON 157 

de la víspera; si la palabra irreprochable de Lamartine amanaa 
y conquista al populacho revolucionario de Paris^ ebrio de 

cólera y orientado por odios de barricada; si^ al influjo arras* 
trador de Castelar, caen instituciones podridas y surje, cual 
una alborada aunque efímera^ el ideal de una república, 
¿cómo suponer que esta otra elocuencia^ engendrada por el 
huracán al desplomarse sobre el abismo, mucho más po- 
tente, más trágica, más próxima al ensueño, multiplicada mi- 
llones de veces en la fuerza de sus bajos, de sus agudos 
y de sus inflexiones épicas, arrojada al oído de una mu- 
chedumbre, por la garganta atronadora de otra muche- 
dumbre, cómo suponer, digo, que esa elocuencia, digna 
de titanes, no arrebate corazones y no rompa la caja del 
pecho con preces de admiración? Vencidos por esos atrac- 
tivos perversos, reproduciendo la escena del débil pajarillo 
y de la víbora, muchos neuróticos se han adelantado á la 
cita inevitable, arrojándose al torbellino que, luego de mace- 
rar sus cuerpos y de arrancarles girones de carne ensan- 
grentada, apenas se ha dignado escupirlos, como una resaca^ 
informes y deshechos, en Jas estribaciones inferiores. Días 
antes de mi llegada, una pobre muchacha, dominada por esa 
6ÍDguIar pasión romántica, buscó, con éxito, el suicidio en 
la sima fragorosa. Pocas horas después, sus restos mutilados 
sefialaron el rastro de otro fúnebre naufragio. Leí en los 
4iario8 de la localidad que su familia manifestó á la poli- 
cía, como posible origen de aquella tragedia, el hecho de 
^ue la de^raoiada, desde tiempo atrás, venía diciendo que el 
Niágara la llamaba á sí. Pero no es de ahora que la cata* 
jata engulle á infelices que voluntariamente se ofrecen de 
pasto á sus apetitos caníbales. Cuenta la tradición que 
cnando los indios eran señores de la comarca, ellos inmola- 
ban todos los años la virgen más linda de la tribu arro- 
jándola, como la más valiosa ofrenda, entre los tentáculos del 
monstruo, para aplacar así sus cóleras despiadadas. ¡Horri- 
ble desposorio con la nadal Agrega la leyend^^ que cierta 
▼es la elección sacríl^a recayó en la hqa única del jefe, 
poes 8u belleza no admitía debate. El padre y e\ novio ba- 
jaron la cabeza ante la inmensidad de su infortunio; pero al 



158 LUI8 ALBERTO DE HBBREBA 

día siguiente^ coando la víctimUy prisionera de una canoa, 
por ella sola guiada, emprendió el derrotero de su martirio, 
impelida con la velocidad de una flecha hacia la enorme 
quijada, vieron los indios, aterrados, que otra barca sp. des- 
prendía de la orilla llevando á un hombre anciano, en rumbo 
á la irremisible perdición: era el padre de la infeliz que aca- 
taba 7 extendía hasta él el fallo inexorable! Desde enton- 
ces la superstición suprimió ese homenage al cDios de las 
aguas». 

No han faltado audaces que han querido gustar el placer 
mitológico de lanzarse al peligro, de rebotar luego sobre las 
rompientes y de referir más tarde, ilesos, las impresiones 
recibidas en el seno de la vorágine. Todos han cumplido las 
dos primeras partes del arriesgado programa pero, hasta la 
fecha, ninguno pudo llegar á la tercera. Un célebre nada- 
dor inglés hizo la prueba, veinte años atrás, y sólo consi- 
guió aumentar la siniestra estadística. No hace mucho una 
excéntrica americana, herméticamente encerrada dentro de 
un barril y en compañía de su falderillo, se atrevió á lo 
mismo: una nueva cruz en tierra denuncia el resultado de 
esa empresa. ¡También el Nuevo Mundo tiene su roca Tar- 
peya! Me contaba el guardián que él fué testigo presen- 
cial del sacrificio de la desventurada señora del perrillo* 
El barril venía patinando, como una boya, entre los borbo«- 
tones. Cuando el vértigo lo hizo suyo desapareció á las 
miradas de los espectadores espantados. A los pocos segun- 
dos se le pudo divisar, dé retomo de la tremenda zambu- 
llida, flotando ai acaso entre el oleaje, primero, para empren- 
der, tras de breve vacilación, ruta matemática hacia el mismo 
sitio de las barrancas de piedra, ya de todos conocido. ¿Ha- 
bria a6a vida dentro de la cárcel de madera? Cuando se 
levantaron las primeras duelas se vio que la ley terrible no 
admitía excepción y que el barril era un ataúd. Blondin, 
aquel gimnasta francés huésped en alguna ocasión del Bío 
de la Plata, hizo la proeza de cruzar, de lado á lado, guar- 
dando el equilibrio sobre una cuerda preparada de antemano. 
Como si no fuera bastante el lujo de su audacia, agregó un 
rasgo más emocionante al esfuerzo, cargando sobre sus hom- 



DESDE WASHINGTON 159 

bros á un compañero saltímbanqtii. Es el caso preguntarse 
caál de los dos hizo alarde de más coraje, si el que con- 
fiaba á sns propios pies la suerte de su vida 6 si quién 
ponía el destino de la suya, abdicando toda personalidad, 
en los remos de otro. 

Quienes han visto una y otra cascada afirman que la del 
Iguazñ posee aún mayores encantos que la del Niágara, Todo 
puede ser. Por lo demás, poco nos cueáta aceptar que aque- 
lla exceda á ésta, al presente, en sus atavíos, en la inmen- 
sidad rústica de los panoramas y boscajes que le sirven de 
marco. A pesar de qne el prodigio jamás perderá su carácter 
monumental, porqué el timbre de su arquitectura impondera- 
ble está por encima de la crítica de los hombres, pienso 
que el Niágara que dejó extasiado al explorador La Salle en 
1678, debió ser aún más impresionante que el Niágara que 
nosotros hemos podido conocer. Los detalles dan ó quitan y 
así como las águilas domesticadas no valen tanto como las 
águilas salvajes, predilectas de la intemperie y favoritas en 
los festines carniceros, casi me atrevo á decir que los puen- 
tes de fierro que cruza el ferrocarril, y los pueblos vecinos, 
cada día con más aspecto de ciudades, y los parques im- 
provisados en las riberas, y las calzadas, á retaguardia, de 
material, y el humo de las chimeneas industriales, y el pasaje 
de los trenvías eléctricos; en una palabra, que la actitud nerviosa 
de los enjambres nacidos, como custodios, en la inmediación, 
ha arrancado al coloso matas enteras de su melena leonada. 
No atino á explicarme bien pero vosotros entendéis mi pen-^ 
Sarniento ¿verdad? La civilización, se dirá; más no olvidéis 
que el Niágara, en su cabal y clásico concepto, está refiido 
con la civilización; que aquél encarna el señorío bárbaro de 
las soledades y que ésta tiene su símbolo en la colmena; que 
mientras una vive al calor de todos los refinamientos el otro 
ofrece la expresión de todos los desordene 3 y de todas las 
inclemencias, en reino de selvas, de pájaros y de fieras. Pues 
precisamente, ese capital de prestigios indefinibles, que ya se 
despide de aquí, existe pletórico y todavía intacto en las 
costas, hasta boy misteriosas, del Alto Paraná y por eso creo 
que la catarata del Iguazú ofrezca espectáculo de más sil* 



160 LUIS ALBERTO DE HBBRERA 

vestre poderío, abrazada por montes inexplorados de palmeras 
y presidiendo soberana, desde su lecho de Cleopatra, sin sen* 
tirse molestada por un sólo lamento de locomotora, las ela- 
boraciones maravillosas de un mundo siniestro y tropical de 
indios bravos, de tigres y de venenos mortales. 

£1 Niágara, que parece de complexión eterna, está tam- 
bién llamado á pagar su tributo á las edades y á desapa- 
recer, tragado por la misma naturaleza que lo engendró des- 
pués del período glacial^ treinta y un mil afios atrás, según 
unos, hace sólo siete mil quinientos años, s^án otros, que 
así es de contradictoria nuestra sabiduría! En efecto, la lucha 
de Sísifo jamás se interrumpe y las aguas rencorosas siguen 
imperturbables en su desfile caudaloso mordiendo, entre la-- 
dridos, la roca negra y enorme que las ofende. Eoa tarea 
tenaz de todas las horas, de todos los minutos, sin un inter- 
valo, ha concluido por herir, que hasta la misma piedra tiene 
su talón de Aquiles, y ya se ha probado que la catarata 
retrocede en su asiento tres ó cuatro pies por año, castigada 
por los avances de una carie incurable. Dentro de cinco 
mil afios, aseguran los profetas de la ciencia, que el lavaje 
centenario habrá conseguido limar hasta en sus orígenes al 
jigantesco estribo, y entonces las aguas del lago Erie, pri- 
vadas de esa compuerta natural, cambiarán de cauce y hasta 
de hoya, yendo á aumentar las energías reales del MississipL 
Pero el aire también presta ayuda en la campafia destructora. 
Hasta el presente no se había podido explicar, con acierto, la 
causa de las detonaciones que parten del fondo del precipi-- 
ció; pero en la actualidad ese secreto está descifrado, atribu- 
yéndose, sin género de duda, tales estampidos, á la explosión 
del aire que aprisiona el magnífico torrente y que una vez 
condensado estalla, con la fuerza de descargas de artillería, y 
ayuda así á vencer. 

Mi exposición, tan larga ya, es sin embargo incompleta: 
todavía no me he detenido á hablaros de una maravilla, her- 
mana ó hija de esta otra, llamada á producir nna verda- 
dera revolución social aquí por el alcance de sus proyeccio- 
nes técnicas. E^toy cierto que no adivináis á donde voy, 
pues la fama del prodigio aún no se ha universalizado. Se- 



DESDE WASHINGTON 161 

fiero al establecimiento motriz, creado, frente al torbellino, 
con la misión estupenda de robarle quinientos cincuenta mil 
eaballos de su fncrza. Bien paga la pena tejer algunos pá- 
rrafos en honor de tema tan extraordinario. Tierras estas 
de atrevimientos 7 de asombros, desde tiempos lejanos se ca- 
vilaba con el afán de aprovechar la potencia atlética que 
engendra la cascada y que se pierde lastimosamente en do- 
minio de cavernas y remolinos. Se cuenta que ya en 1725 
hubo qnien planteó un molino, servido con esas impulsiones. 
Nebuloso prolegómeno de un milagro. Muchas voluntades su- 
periores, atenaceadas por el bravo propósito, fracasaron en 
sus proyectos ante las di6eultades de toda índole que era 
necesario disipar. Parecía insensatez querer encadenar al 
Niágara en cuyo seno barroso cuajan indomables rebeliones. 
En 1885 el ingeniero Tomás Evershed, empujado por la 
misma pasión conquistadora, hizo nuevos estudios del asunto 
y fundado en ellos solicitó y obtuvo una concesión de la 
Legislatura de New York para abordar la empresa. Tres 
años de propaganda porfiada necesitó el proyectista para 
desvanecer resistencias, pero al fin, en 18S9, quedó organizado 
el sindicato presidido por Pierpont Morg;in, William Vander- 
bílt y John, Jacob Ástor, trinidad de magos para quienes ya 
el oro, á fuerza de abundante, no tiene atractivos. Ense- 
guida se iniciaron las obras y en 1897, al precio de diez y 
siete millones de dollars, se pudo ofrecer la encarnación 
prtfctica y definitiva del ideal perseguido con tanto brío. 

Muchos y variados problemas, además del financiero, hubo 
qae resolver para alcanzar un resultado; pero el talento, en 
sus manifestaciones más complejas, abordó la solución de 
las difíciles ecuaciones. A una milla y cuarto antes de las 
cataratas, en el sitio en donde el río empieza á desbor- 
darse, cavóse un canal, en sentido oblicuo á la corriente, 
de doscientos cincuenta pies de ancho, por doce de profun- 
didad y mil seiscientos de extensión. Ahí se envasa el 
caudal de líquido necesario. La diferencia de nivel entre este 
punto y el lecho del Niágara inferior es de doscientos pies, 
lo que equivale, más ó menos, á una cincuentena de metros; 

creo sea algo más. Para tener base de comparación obser- 

11 



162 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

vemos quc^ si mal no rcouerdo, la torre príacipal de núes 
tra Catedral, que nos parece y es altísima, mide sólo treinta 
y seis metros. Pues desde un piso ai otro piso cae el 
pedazo de río prisionero que agrega entonces, á bu impul- 
sión natural, la que le proporciona ese descenso vertiginoso 
por una pared á pico. ¿No es esa una reproducción fíde* 
digna de la catarata, con sus mismos estampidos, con su 
poder y con sus rebotes macabros, pero m^Cs siniestra, toda- 
vía, porque la escena se desarrolla en una catacumba, en 
reino de murciélagos, sin sol y sin panorama? Lias aguas, 
una vez desfloradas, perdida su vitalidad, van á reunirse, 
como desperdicios, á la corriente madre, para rodar luego, 
vencidas y liumilladas, basta el lago Ontario y desago- 
tarse más tarde en el océano por ese río San Lorenzo que 
las recoge cual un embudo. Evaporadas en la inmensidad 
ellas volverán á fertilizar, mañana, las campañas y á con- 
fundirse, después de cumplida su misión reparadora, en una 
linfa riente y cristalina que ya ha recuperado las fuerzas 
arrebatadas, como si al coronar las cumbres del cielo hubíe* 
ran obtenido una purificación y el premio de mágicos es- 
tímulos. 

¡La eterna metamorfosis y la eterna victoria final! Medi- 
temos ahora sobre cuál debe ser la capacidad de la garganta 
subterránea que sirve de desahogo artificial. Ese túnel tiene 
casi dos millas de largo por trescientos ochenta y seis pi^ 
de circunferencia. Su declive es tal, que una astilla arrojada 
én la embocadura recorre todo su trayecto con rapidez de 
relámpago. Pero el comentario perdería parte de su acento 
admirativo si no insistiéramos en el mérito de esa construc- 
ción que, como digo, abarca un radio aproximado de veinte 
cuadras á una profundidad de 50 metros largos. Aprecíese 
las proporciones colosales de ese trabajo, emprendido en las 
entrañas de la tierra, y calcúlense las energías sobrehumanas 
que él ha demandado para llevarse á término. Muchas vidas 
costó el temerario esfuerzo, que no impunemente se horada 
la roca y se interrumpe en su sueño de muerte á todo un 
período geológico. ¡Qué arteria! En el orden de la teoría 
científica las dos principales cuestiones que necesitó resolver 



DESDE WASHINGTOH 163 

la compañía explotadora fueron las que se referían al des^ 
arrollo del poder arrancado al torrente 7 á su apropiada tras- 
misión con fines industriales. Para solucionar el primer pro- 
blema se abrió un gran concurso en Londres. Entre veinte 
proyectos, emanados de los primeros ingenieros de Europa, se 
aceptó el sometido al examen por los profesores genoveses 
Faesch y Piccard, quienes presentaron el boceto de una tur- 
bina perfeccionada, capaz de producir una potencia de cinco 
mil caballos. En cuanto al segundo punto, después de un 
cuidadoso estudio de los diferentes métodos de trasmisión, 
por alambre, por aire comprimido, por cañerías hidráulicas y 
por la electricidad, se optó por el último de los menciona- 
dos sistemas, utilizándose, al efecto, dinamos de corriente alter- 
nativa. Aunque el asunto excita el interés, hasta de los pro- 
fanos, no avanzaré por este rumbo, pues detesto hablar de 
cosas tan serias cuando estoy tan lejos de dominarlas. 

Sólo me he limitado á dibujar consideraciones fáciles so- 
bre esas victorias del saber. 

En el deseo de dar fé de la magnitud del establecimiento, 
lo recorrí. Ya antes de ahora me he ocupado de esos edi- 
ficios gigantes de New York, que disputan elevación á los 
más altaneros monumentos; en esta opoitunidad debo refe- 
rirme á construcciones, también enormes, pero que añaden á 
ese mérito la característica de desdoblarse para abajo, en 
condición cada vez más subterránea, cual si pretendieran re- 
cslinar su cabeza en las últimas capas del suelo primitivo. 
Knseguida abonaré la veracidad de tan raras afirmaciones. 
La casa matriz consta de diez pisos, dispuestos bajo tierra, 
qne no por estar en esa singular condición dejan de ser có% 
modos y espaciosísimos. En instantes el ascensor nos puso 
al nivel del más lejano de los espléndidos zótanos. Alzando 
la vista desde allí, y colocados á respetuosa distancia, pu- 
dimos apreciar el espectáculo que ofrece ese ramal del Niá- 
gara, al precipitarse, enfrenado por la inteligencia, entre chas* 
qaidos y torbellinos. Este espectáculo complementario deben 
exigirlo todos los touristas, como parte esencial del regio 
programa. Oprime el espíritu y casi acongoja ver el des- 
eenao rabioso, perpetuamente acompañado de truenos, de masa 



164 LUIS ALBERTO DE HEBRERA 

taa considerable de agiia por un conducto que más semeja 
una grieta. Los focos de luz eléctrica, aquí y allá, apenas 
abren brecha en la oscuridad. Sus pupilas incandescentes 
más bien parecieran una simple abotonadura de fuego, llamada 
á sostener los pliegues fantásticos de un manto de tinieblas 
y de crespones. A instancias del empleado me asomé al bo- 
quete, á fin de ver el canal que da desahogo á la masa des- 
plomada y ya servida. 

Todo aquello despertaba impresiones de capricho mons- 
truoso y podía ser cantado, en estrofas neurasténicas^ por la 
lira de esos grandes enfermos que se llaman poetas deca- 
dentes. Yo mismo llegué á pensar que hacia acto de pre- 
sencia en los funerales del otrora irreductible Niágara; que 
aquellas paredes de granito, tapizadas, por si acaso, de 
portlamlf representaban una caja funeraria inmensa; que las 
luces, esparcidas en líneas paralelas, amarillas y lívidas, eran 
hachones encajados en candelabros de sombras; que las es- 
pumas hacían de flores: canastas y canastas de lirios echa- 
das á los pies do la virginidad violada; que el difunto estaba 
encarnado allí, en aquella mole de extremidades engrilladas; 
tétrica y de contacto pegajoso, como la piel de la serpiente f 
y frío, como la piel de los muertos; que mi acompañante y 
yo, y esos centenares de operarios dispersos por los distintos 
escalones de tierra, cuyas voces llegaban hasta nosotros 
amortiguadas y confusas, éramos los doloridos, éramos los 
deudos que murmurábamos la última plegaria por el alma 
del ser ausente; y que los ecos sinfónicos que subían desde 
el fondo, entre blandones, como heraldos de una catástrofe, 
venían del coro de la enlutada basílica, confundidos los 
cánticos arrobadores de la religión con las notas recias de 
un órgano incomparablo, enterrado en el mismo corazón de 
la piedra. Cuando subimos y salí de aquella cárcel, que 
hubiera espantado aun al feudalismo de Luis el Onceno, y 
pude divisar de nuevo los campos, bañados por las clari- 
dades tibias de un sol primaveral, respiré más á gusto, que 
un instinto superior aparta al espíritu de lo tenebroso. • 
. Había, pues, conocido, en cierto concepto, el anverso y el 
reverso de la medalla. Como ocurre en esos museos popu- 



D88DB WASHIHOTOH 165 

lares de figuras de cera, janto á impresiones amables tuve 
cuadros desoladores. Porque el Niágara de arriba es la 
vida^ con todos sus esplendorosos atributos, y el Niágara de 
abajo evoca á la muerte, con todos sus hielos; aquél, que 
consagra el triunfo de )a luz, demanda un himno de glorifi- 
caciones, y éste, que apunta las victorias de las tinieblas, 
pide, como las sepulturas, un epitafio; los dos son prodi- 
gios, pero, mientras en el uno, la naturaleza canta, con voz 
de bronce, sus alegrías infinitas, parece que en el otro, ella 
llora sus desventuras; allá, se está en una mazmorra y, aquí 
entre cumbres, se sueña con aureolas; la libertad ruge allá, 
y, aquí, esa misma libertad gime cuando el Niágara superior 
rompe sus cristales contra las rocas que le estorban su ca- 
mino. Sus cóleras desatadas poseen el timbre de los ca- 
ñones y se piensa que así con esa estrepitosa energía, debe 
hablar á los tiempos futuros el darin de la Fama; pero cuando 
el Niágara subterráneo rueda y cae, también furioso, sobre 
el acero de las maquinarías, dijérase que se oye el repicar 
de mil campanas y se piensa que el conjunto de esa escena 
podría servir de recurso para imponer á los espíritus débiles 
con la visión imaginaria del imaginario purgatorio; y, final- 
mente, á la margen del uno, la memoria, regocijada, nos trac 
reminiscencias de jubiler>, y la justicia nos susurra al oído 
que esa grandeza física debiera montar guardia en las tum- 
bas que evocan, como un relicario, el nombre de las gi*an- 
dcsas humanas; á la margen del otro, esa misma memoria 
se despierta bajo el sobresalto, entre apariciones de espec- 
tros, y empaña la mente el recuerdo de patíbulos y de su- 
plicios inquisitoriales. 

La casa matriz á que he referido abre para la población 
de Nii^ara Falls un porvenir lleno de prosperidades. La 
estadística cnenta que hace ocho años ese pueblo sólo alcan- 
zaba á diez mil habitantes; en la actualidad son veinte y 
cinco mil sus moradores. Comentando el crecimiento de las 
ciadades. manufactureras, se ha llegado á establecer que cada 
caballo de fuerza, aplicado á propósitos industriales, reprcr 
senta cinco nuevos individuos adheridos al núcleo. Con este 
dato por base se dice que, cuando se obtenga el medio 



166^ LUIS ALBBBTO I>£ HERRERA 

milMn dé caballos, límite de la concesión^ entonces NMgara' 
Falls extenderá el hormiguero de sus barrios, desde lago á 
lago; la actual ciudad de Báffalo será un apéndice, un 
Brooklyn, de esta nueva New York; y tres millones, apro- 
ximados, de hombres, vivirán holgadamente al pie del coloso 
y á sus expensas. Apesar de las sorprendentes evoluciones 
de este medio, creo que tal fenómeno no lo veremos nos- 
otros, aún en el supuesto falso do qne lleguemos á abuelitos» 
Pero nadie puede negar que Niágara Falls dispone, ya hoy, de 
venturosos horizontes, gracias á la magna empresa implantada 
en sus cercanías, y que ella aprovecha aquella eficaz impul- 
sión artificial de las aguas, como una barca en plena cor- 
riente favorable. Por lo demás, soplan vientos beneficiosos 
para todos allí pues la sociedad Morgan y C* obtiene 
pingües ganancias con su atrevido negocio. 

En efecto, ella ofrece, en la actualidad, á la demanda el 
poder eléctrico necesario para el funcionamiento industrial á 
precios cuya baratura no admite competencia. £1 caballo de 
fuerza que la empresa, debido á su enorme producción, vende 
á veinte dollars por día, cuesta cantidad duplicada obtenido 
con instalaciones particulares. Entonces no debe causar es- 
trañeza saber que ya no se da abasto á las exigencias del 
mercado. Molinos, trenes, fábricas, ferrocarriles de nuevo 
sistema, puentes modernos, elevadores, panaderías, laboratorios 
químicos, curtiembres, fundiciones, automóviles, bombas, expo- 
siciones, en una palabra, todas las actividades de bulto, bebea 
empuje en los dinamos inagotables de la compañía. E^tos 
aparatos, alineados en un salón de cien metros de largo, 
limpios y brillantes como alhajas y dando veinte y cinco re-^ 
voluciones por segundo, ofrecen un aspecto extraño. Por ca- 
bles, de millas y millas de extensión, se trasmiten las energías 
solicitadas. Búffalo, por ejemplo, distlinte leguas de Niágara 
Falls, muevo todos sus servicios públicos aparentes con fuerza 
comprada allí. 

Después de conocer la magnitud del despojo me pregunté; 
¿y el Niágara, el viejo é imponderable Niágara, no sufrirá 
detrimento con esa herida abierta, como un lanzase, en su 
flanco y con la succión constante de la casa matriz que 



DESDE WASHINGTON 167 

le robaí noche y mañana, con angurrias de ventosa, parte 
de sus soberbias energías? He oido decir que no existe 
tal peligro, primero, porque teniendo presente tan remota 
probabilidad la legislatura que autorizó la concesión puso 
firme frontera á cualquier tentativa de ensanche del nego- 
cio; y después porque es tanto el caudal del río que en 
nada apreciable disminuye su volfimen una sangría del gé- 
nero mencionado, apesar de sus audaces proporciones. Como 
al concepto del Niágara se asocia, fuertemente, la idea de 
algo invencible, libre del alcance de nuestras persecuciones 
finitas, nada me cuesta aceptar, como exactos, aquellos aser- 
tos. PerOj á la vez, pienso que ya el coloso puede llorar 
BU autonomía perdida porque, á la fecha, una voluntad más 
fén'ea que la suya dispone del destino del hondo cauce. 
Deja de ser animal salvaje el potro, una vez ensillado, aun- 
que luego se agite enloquecido al contacto del jinete y 
hasta consiga botarlo con un corcovo feliz. Pues al Niá- 
gara ya le ha puesto freno, y freno mulero, la sabiduría 
utilitaria y fecunda de los mortales. Y, punto final, por- 
que después de hablar de ese hijo de Sansón todos los 
temas huyen de mi pensamiento porque todos parecen infi- 
nitamente pequeños! 



VIII 



Sobre nuestro tasajo — Las dificultades con el Brasil — La cuestión 
en Ouba ~ En busca de nuevos nnercados — La industria tasa- 
jera y los frigoríficos ^ Una evolución necesaria ~ Considera- 
ciones generales. 



La trascendencia que para nosotros posee el asunto tasajo 
me excusa de explicar el por qué de estas líneas. Ellas se- 
rsín prosaicas y, á buen seguro, tan secas como el célebre y 
rico producto nacional que les sirve de motivo. 

Por lo demás, el tema reviste palpitante interés. Ya es 
llegado el tiempo de que, sin renegar de las flores, nos 
ocupemos, como de algo muy fundamental, de nuestras ove- 
jas y de nuestras vaquitas, cuyo recuerdo no estií reñido con 
la poesía característica del siglo, cuando el contingente pre- 
cioso de sus cueros, de su sebo, de su lana y de sus ha- 
choras, arroja oro en las cajas de la nación y, llevado al 
exterior por las corrientes comerciales, divulga la fama de 
nuestras energías activas, más allá de las fronteras. En cues- 
tión de negocios no tiene cabida el romanticismo de los ena- 
morados, que ven lindas las caras femeninas al través del 
lente de su pasión, según dicen. Las estadísticas y los ba- 
lances, cuando favorables, decretan bellezas públicas, insupe- 
rables por lo expresivas. Todos coincidimos en conceder que 
el chancho, el más ídem do los cuadrápedos, provoca ex* 
pontáneas prevenciones. Pues el Canadá, exportando su to- 
cino y excelentes jamones, ha creado una nueva y podero- 
sísima corriente de rentan, al punto de que el mismo Buey 



170 LÜI8 ALBERTO DS UERBÉBA 

Apis sagrado vería con celos como se les lava^ cepilla y 
complace allá en todos sus caprichos de brutos importantes. 

Las recientes dificultades tasajeras con el Brasil han re- 
abierto, otra vez, un viejo debate, que tampoco se cerrará 
ahora, porque para persistir él tiene la misma razón que 
presentan las heridas mal curadas para no cicatrizar. El 
mencionado país no puede, en manera alguna, prescindir de 
las carnes saladas orientales, que constituyen el alimento im- 
puesto de las clases populares. A no mediar el imperio de 
esa necesidad indiscutible, ya antes de ahora se habrian creado 
derechos prohibicionistas. sangrientos. A pesar de las exigen» 
cias de la demanda, en más de una oportunidad se ha in- 
tentado castigar á nuestra exportación buscando pretextos sin 
arraigo sensato. Colazos, entre otras cosas, del contrabando 
fronterizo que señala la última y refinada instancia del se- 
cular pleito mameluco, presentado hoy, felizmente, en condi- 
ciones invertidas, y también de ese nuestro comercio de trán- 
sito, que tantas desesperaciones fiscales levanta del otro lado 
de la divisoria. Pero, por fortuna, como acabamos de verlo 
en las dificultades recién zanjadas, en el seno del mismo 
mercado atacante contamos con un aliado formidable cuyas 
reclamaciones concluyen por imponerse. Esa influencia, tan 
decisiva, la representan los pobres, los consumidores braai^ 
leros, que nada entienden ni quieren entender de las dife- 
rencias de tarifas, y que protestan, con calor, cuando se lea 
encarece arbitrariamente el costo de artículos indispensables 
y sin posible reemplazo. De manera que siempre se ha ce«> 
dido, hasta la fecha, no en homenaje á nuestros intereses^ 
que se quisiera perjudicar en serio, por vía de represalia con- 
siderada merecida, pero sí prestando acatamiento al clamor 
público. Más intensas que las zozobras de los saladeriataa 
montevideanos fueron en el pasado conflicto las angustias 
económicas en la república vecina, reflejadas, á diario, en lag 
columnas editoriales de la prensa fluminense. ¿El transitorio 
triunfo de hoy debe de adormecer nuestras previsiones? 
Desde hace muchos años está planteada la ardua cuestión, 
siempre postergada y nunca resuelta. 

£n 1887 se sostuvo que las carnea aertÍRn de vehíealo á 



DESDE WASHINGTON 171 

los gérmenes epidémicos y se necesitó el esfuerzo extraordi- 
nario de una misión diplomática especial para romper las 
tenacidades de tal absurdo. £n 1902, después de mil gue- 
rrillas aduaneras y de renovadas astucias^ se hace hincapié en 
los términos de una redacción parlamentaria, que no eran 
confusos, y cuando semejante estorbo desaparece se crea un 
sustítutívo apropiado^ observando las arpilleras que sirven para 
el embalaje de los fardos. ¡Escolástica pura! Es, pues, evi- 
dente, que el Brasil nos tira al codillo en esta materia en 
lo que hace, por otra parte, muy bien, si lo exigen sus 
intereses, que así son de irreductibles y desniadadas las con- 
veniencias comerciales. Constatado ese hecho, cuya mejor 
demostración se recoge con el simple estudio de los aconte- 
cimientos, creemos innecesario insistir en que, si no se nos 
ha mordido eficazmente hasta el presente, ha sido por la 
razón sencillísima de que al hacerlo asf se corría peligro de 
hincar el diente en la propia lengua. 

Afirmada esta té^sis, surjen varias interrogaciones lógicas. 
¿Saldremos vencedores en esos tiroteos de cancillería? Pen- 
samos que no. El Brasil, que tiene plena conciencia de que 
sus consumos nos son preciosos en la actualidad y de que 
uti pequeño aumento dq derechos sobre nuestras importaciones 
obraría con energías de torniquete sobre el vecino, no aban- 
dona, como es natural, la perspectiva de esa fecunda satis- 
facción. El Brasil, que por tantos lustros ha ejercido sobre 
Doaotros autoridad incontrastable de tutor, sueña con repro- 
dactr, en el orden económico, ese cuadro de encantadora 
preponderancia, ya que el curso airado de los sucesos lo ha 
hecho imposible en el orden político. El Brasil, que sabe 
oomo se le despoja impunemente en la frontera terrestre y 
eoo^o se inunda el territorio de Río Grande de mercaderías 
qae entran al país sin dejar una sola gota metálica en sus 
aduanas, no puede olvidar este perjuicio que se le infiere y 
se preocupa de devolverlo, sin detenerse á pensar hasta dón- 
de sea esto íHtimo justo. 

La nación amiga, pues, se viene acomodando para luchar 
ea forma eficiente y^á tal fin van dirigidas las escaramu- 
de la ^ctuülidáíd*. Pero, como queda dicho, nada deci- 



173 LUIS ALBEKDa DE HERRERA 

bívo puede alcansarse mientras el tasajo oriental sea elemento 
único de la alimentación de las clases inferiores. Iniciando 
ese deshanque^ que vendrá, se han dado las mayores fadli- 
dades á los saladeros ríograndenses, para estfdileoer la com- 
petencia al producto extranjero con el producto elaborado en 
la propia casa. Esa provincia del sur es más grande y más 
poblada que nuestro país y sus ganadoa, aunque inferiores 
á los nuestros, son excelentes. En el mejor de los casos, 
ese concurso interno concluirá por reducir de manera nota- 
ble la importación de las carnes uruguayas. Pero esto no 
es todo; la cría de ganados se ha abordado con ver- 
dadero éxito en Minas Ueraes y también en las pla- 
nicies de Matto Grosso. El gobierno central, penetrado de 
la importancia de tales esfuerzos, le presta apoyo incondi- 
cional y ya en Rio Janeiro, me decía dias pasados un dis- 
tinguido ingeniero brasilero, se empieza á preferir aquella 
oferta nacional, que será incontrastable cuando quede defi- 
nitivamente resuelto el problema, ya abordado, de las comu- 
nicaciones interiores rápidas con la metrópoli. Entonces, 
¿qué ocurrirá, en tiempo más ó menos próximo? No ce 
precisa poseer capacidades de estadista para afirmar que el 
porvenir de nuestro tasajo, en la plaza referida, no presenta 
caracteres halagüeños y que, de manera paulatina pero sos- 
tenida, irán disminuyendo nuestras exportaciones en aquel 
rumbo. Merece la pena de preocuparnos semejante proba- 
bilidad cuando ella, cumplida, vendría á herir en sus mis- 
mos ganglios á la más potente de nuestras poco numerosas 
riquezas, á la que sirve de pedestal al bienestar de la inmen- 
sa mayoría de nuestros conciudadanos. 

No se diga que nuestro fuerte consumo de yerba, fariña, 
etc., levanta barreras á cualquier tentativa de hostilidades 
vecinas, cuando la enorme potencia productora del Brasil le 
permite lanzarse á tales aventuras y sufrir trastornos mo- 
mentáneos, que nosotros no podríamos soportar, dada la des- 
proporción de fuerzas litigantes. Por eso hemos afirmado 
que alguna vez será la vencida; que alguna vez, afianzadas 
las posiciones, quitado al tasajo el carádter de indispensable 



DBSDE WASHINGTON 173 

que hoy tiene, se implantará todo un sistema de cortapisas 
severas é inquebrantables. 

¿Debemos esperar á entonces para ox^nizar la defensiva? 
Una ley elemental en la lucha por la vida, dictada por el 
propio instinto, ordena lo contrarío. ¡Cuanto importa tender 
líneas preventivas al peligro y recibirlo, ein sorpresa, con el 
escudo ya pronto! ¿Conviene á nuestro país sor tributario 
comercial, tan obligado, de las potencias limítrofes? La in« 
dependencia de las naciones tiene su fé de bautismo en las 
grandes epopeyas libertadoras en hechos honrosos, declara- 
dos y reconocidos, y encuentra su confirmación en los tra- 
tados; pero ella se escribe, en forma más eficaz que sobre el 
papel, en las costumbres, en las preferencias, en los ideales 
de los nuevos asociados. El mejor fundamento de la auto- 
nomía política, arranca de la autonomía financiera, y del 
mismo modo que no es completamente libro, aunque lo pa- 
rezca, el individuo que para gastar necesita recurrir al favor 
de sus amigos, sufren menoscabo en sus agitaciones externas 
las sociedades que piden eje para su desarrollo á las con- 
sideraciones, siempre molestas é hipotecarias, de los núcleos 
próximos. En la vida colectiva, tanto como en la vida pri- 
vada, nada liay más enojoso que las cortesías, con interés 
compuesto, de barrio. 

No cabe duda de que la fórmula más acabada de la feli. 
cídad consiste en precisar, lo menos posible, de los demás, y 
esto, que invocando altruismos, provocaría discusiones en el 
concepto particular, posee fuerza de teorema cuando se trata 
de los Estados. Ahí está palpable el ejemplo de Inglaterra. 
Queriendo aplastar á la impertérrita enemiga, Napoleón I, 
que hasta en sus venganzas era un atleta, cerró á su co- 
mercio las puertas del continente, creyendo anonadarla con 
este decreto de expulsión. Venciendo las dificultades natu- 
rales del momento histórico, las Islas Británicas buscaron 
nuevas y mejores plazas de desahogo para sus producciones 
y, obligadas á prescindir de la industria extranjera para llenar 
sus necesidades, dieron colosal incremento á la propia manu- 
factura. Ahí están los frutos contraproducentes del rudo 
ataque: Inglaterra, engarzada entre las olas, no exige la buena 



174 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

voluntad de las potencias rivales para prosperar y, con cer- 
teza^ más precisan de ella las demás que de las demás, ella. 
¡Britannia rules the waves! El Uruguay, que desde la época 
i^endaria de Artigas hizo sentir á tantas ambiciones adve- 
nedizas el escarmiento de las cóleras patrióticas, jamás ten- 
drá que preocuparse de discutir, otra vez, sus fronteras 
territoriales, porque ellas son tan firm&s como nuestros desti- 
nos y tienen su mejor marco en el espíritu fuerte de una raza 
varonil é imperecedera, á pesar de que divulguen lo contrario 
por el exterior ciertos cariños que matan, todavía supuestos 
paternales por algunos ingenuos. Bajo la faz económica, su 
situación ofrece seguridades idénticas. Alzado, como atalaya, 
en la entrada de la más admirable red fluvial de la tierra, 
está llamado á celebrar sus bodas regias con el Atlántico 
del Sur y á monopolizar su comercio el día en que sea reali- 
dad el magnífico puerto de Montevideo. En mérito á la simi- 
litud de producciones, en nada dependemos de los mercados de 
la Argentina, de la cual nos separa, y nos separa hondo, ese 
Kío de la Plata, proclamado alguna vez, sin calculada ironía, 
vínculo de unión, por oradores entusiesmados. Pero no su- 
cede lo mismo con las plazas brasileras, con las cuales man- 
tenemos un intercambio muy poderoso que, hoy por hoy, 
tiene importancia vital para nosotros. De cualquier manera 
que se encare el asunto, á nuestro país no puede convenirle 
esa ligazón, tan exclusiva, con uno de sus vecinos que, cons- 
ciente de la significación trascendental que para los gana- 
deros orientales tiene su demanda, no deja de darnos sobre-^ 
saltos de tan mal gusto como el que acabamos de presenciar, 
tal vez para hacernos sentir, con el peso de su entidad, 
temores justificados, imitando el procedimiento práctico usado 
por los padres de familias con sus hijos calaveritas. 

Kepito que un interés permanente de nacionalidad nos 
manda arbitrar los medios para que esta vinculación mer- 
cantil pierda el aspecto imperativo que ella exhibe al pre- 
sente, á fín de que no se reproduzca el espectáculo de solem- 
nes angustias que hemos ofrecido en la última emeigencia. 
Dígase lo que se diga, no es normal, no entraña ventajas, cali- 
fica serios peligros económicos, ese influjo incontrastable de la 



DB8I>E WASHINGTON 175 

plaza consumidora brasilera sobre. la plasa expoi-tadora orien- 
tal. Aseguran los diarios, y á ie que están en lo cierto, que, 
á pesar de la diligencia acreditada por nuestra cancillería y 
del rápido éxito alcanzado, el referido conflicto ha costado va- 
rios millones de pesos á nuestra fortuna pública. En el estado 
actual de las cosas, démonos por bien servidos sí hemos esca- 
pado de la guerra con este sólo perjuicio. Aceptemos cierta 
porción de pesimismo, como proced<) tratándose de negocios 
y preguntemos: ¿cuál hubiera sido nuestra condición si el 
gobierno brasilero insiste en su falsa interpretación de la ley, 
como pudo muy bien haberlo hecho? ¿Qué recurso adoptar 
en situación tan precaria? ¿En alas de que ayuda milagro- 
sa hubieran salvado de una ruina segura nuestros saladeristas 
y con ellos los intereses más eficaces del país? La mejor 
prueba del fondo exacto de semejante suposición la encon« 
tramos, precisamente, en el fastidio que evoca ella al ser enun- 
ciada. El peligro ha pasado por esta vez, pero merecería* 
mos cualquier desastre, incurriríamos en insensatez lindera 
del crimen, si estas sabias advertencias que nos dan los 
mismos sucesos, fueran desechados como vanas sombras. 
Tampoco encontramos razón justa á esas impetraciones qne 
dirigimos periódicameute al vecino consumidor, si extende- 
mos el plano del horizonte. Nuestros agradecimientos á la 
joven República, cada vez que hace lugar á nuestras peti- 
ciones, después de una serie de rogativas aparatosas, nos 
produce el mismo efecto que nos causaría oir á un nece- 
sitado alabar la liberalidad del prestamista que le adelantó 
dinero sobre sus sueldos asegurados y al cinco por ciento 
mensual. Claro está que los políticos brasileros, confir- 
mando la fama de sus históricas habilidades, que tanto tra- 
bajo nos dieron, en otro orden de sucesos, antes de ahora, 
— aceptan complacidísimos el rol generoso y agradable que 
nuestro entusiasmo les adjudica y se resignan, sin protestas, 
á aparecer sacrificándose por nosotros cuando, en esencia, 
procediendo como proceden, rinden, por el momento, homenaje 
á 8U8 propias conveniencias. 

¿Puede faltarles mercados en el resto del mundo á las 
carnes, sobre todo á las carnes orientales, superiores en ca- 



176 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

lidad aún if las argentinas? En la actualidad ese producto 
es solicitado, con verdadera codicia^ de todas partes y una 
porekSn de factores aliados, que sería engorroso desmenuzar, 
deorotaií la persistencia de elevados precios. La situación 
de las clases sociales mejora de manera sensible en todos 
los extremos del giobo^ la holgura de los gremios aumenta 
á diario y ya también los desheredados identifican sus exi- 
gencias alimenticias con las del burgués. Ya han pasado, 
para no volver, los tiempos en que se carneaba en nuestras 
campañas una res, simplemente para utilizar el cuero y dis- 
poner de un buen matambre, abandonándose el resto de pasto 
á los caranchos, en mérito á que no pagaba casi la pena 
levantarlo. Tanto han cambiado las cosas que parecen le- 
yendas semejantes memorias, tan llenas de verdad. Es que 
el contacto entre los distintos pueblos se ha multiplicado; 
es que nuestro principal producto se cotiza, con todo éxito, 
en las plazas europeas y, por mucha que sea la plétora de 
ganados, siempre tendrán ellos precios aceptables en Tablada. 
Comprendemos, por ejemplo, que el Paraguay conceda sin- 
gular impoi*tancia al estado de los negocios argentinos sobre 
su yerba- mate, pues, tratándose de su primera fuente de ex- 
portación y siendo el referido un producto netamente loca- 
lizado en sus aplicaciones, estorbado el consumo corriente 
en los países limítrofes, que monopolizan la demanda, se 
corre riesgo de sufrir perturbaciones muy serias en el mo- 
vimiento aduanero y, lo que resulta más grave, sin medios 
á mano para evitarlo. Pero no apreciemos con el mismo 
criterio tímido asuntos tan diversos. Si, en general, fuera 
de aquí, la yerba carece de uso, juzgándose una extravagan- 
cia hija del atraso, su empleo por nosotros, al punto de que 
no causa extrañeza el cuento repetido bajo variadas formas 
todas verdaderas, del europeo que invitado con un mate, en 
vez de chupar la bombilla, empezó á batir con ella el conte- 
nido, — muy diverso es el caso de las carnes rio-platinas, cuyo 
exacto y gran valor solo, creo, se ignora entre nosotros. 

Como se verá más adelante, aun en Estados Unidos, due- 
ño de inmensas pradcríis que se extienden desde el nove- 
lesco Far West hasta Texas, tiene probabilidades de éxito la 



,y DESDE WA8UIMOTON, 'ITtT 

importación de carnesi. jd^bido á la caresítía actual -y soste- 
nida del artículo.. He conversado ooii«. muchos cubanos prer 
giintándolcs si habían probado tasajo. Para todos se trata de 
un producto familiar y >pauy apetecido. Montevideo denomi- 
nan ellos á un preparado que se hace con aquél en los ho^ 
gares de la isla y qne^ aseguran, vale la pena probar. La 
carne posee los prestigios universales del pan. Detenerae; á 
demostrarlo asj fuera tan inoficioso como empeñarse en evi-^ 
denoiar las excelencias del tri^ y las causas de su consn* 
mo meridiano. A solicitud del señor cónsul de Sueda y No^^ 
rnega^ ¿no acaba el señor Ministro de Relaciones Exteriores 
de reunir en su despacho tf nuestros saladeristas- para propo* 
nerles transacciones, que fueron consideradas ventajosas, con 
r<^ones perdidas para nosotros en el otro hemisferio, á loe 
setenta grados de latitud norte? La elocuencia de estos datos, 
recogidos al asar, no puede desconocerse. 

Sostengamos, pues, sin temor de incurrir en exageraciones 
optimistas, que las carnes del Rfo de la Plata poseen dispu- 
tada demanda en el exterior y que ella irá en aumento. En- 
tonces^ ¿no resalta de cuerpo entero, como una enorme 
aberración, ese nuestro sometimiento servil á los mercados 
brasilerosi ese empeño constante en correr la suerte de com- 
pradores que ni son los mejores, ni nos guardan mayores 
consideraciones, ni conviene tengan intervención tan activa en 
la elaboración de las rentas nacionales? Debei'es imperiosos, 
de todo género, imponen el rompimiento de esa esclavitud 
exportadom que agrega, á su fisonomía antipática, el rasgo 
odioso de las abdicaciones innecesarias y complacientes. No 
vaya á creerse que, exhibida la fuerza de estas razones sen- 
cillas, suponemos cuestión facilísima arraigar en la práctica 
las conclusiones claras de las argumentaciones anteriores. Toda 
innovación exige briosas energías para imponerse y, muy en 
especial, en un país dominado todavía por el espíritu de los 
ya proverbiales aplastamientos españoles. ¡Qué horror, para 
muchos, concebir nuevas rutas y dejar de hacer lo que se 
ha hecho hasta la fecha! Afortunadamente la Cámara de 
Diputados ha dado el ejemplo de las fecundas iniciativas pro- 
yectando el establecimiento de frigoríficos. 



12 



178 LUI8 ALBERTO DE HERSERA 

Ese es, talvez, el xtéia eficaz reearso que el acierto exije 
para debilitar el monopolio pelif^so á los mercados brasi-» 
leros. En efeotOi el sistema de la salazón ya está mandado 
retirar, por grosero y empírico. Sin mencionar el embarque 
de ganados en pie, utilizando vapores constnifdos con ese 
objeto exclusivo, existe el procedimiento, ya impuesto, de las 
carnes congeladas. Después de presenciar, por años, ios éxi- 
tos pingües obtenidos por el vecino de enfrente con stt 
ensayo, nosotros hemos concluido por aceptar el contagio de 
la radical reforma. Una vez que adquiera arra^ la expor- 
tación de las carnes referidas, tan solicitadas en los grandes 
centros del viejo continente, entrará en decidida decadencia 
el sistema anticuado de salazón imperante y, por ende, la 
oferta de tasajo perderá la importancia capital que todavía 
tiene. En esas circunstancias ya no será arbitro de nuestros 
precios el mercado brasilero cuyo consumo considerable, con 
todo de interesarnos, no nos privará del sueño, como talvez 
suele ocurrir en la actualidad. Abierto el camino á las justas 
competencias habrá cesado la época de nuestros apuros en 
la colocación de las carnes. 

Pero tratándose de mecanismo tan mi^no, puede afirmarse 
que los resultados de la proficua evolución piden tiempo 
para alcanzar su bella madurez. Antes de que los más de 
nuestros hacendados acepten el ejemplo progresista que ofre- 
cen los menos, amoldándose á las ideas modernas y cientf^ 
fícas de exportación ganadera, pasarán muchísimos meses y 
con seguridad años. Los nuevos procedimientos exigen na 
cuidado más solícito de las invernadas, pues han determinado 
el engorde, tipo indispensable para las transacciones externas» 
y á esa nueva etapa de nuestra prosperidad vacuna corres- 
ponde un concepto distinto al actual del estanciero: el gran 
propietario, lector de las publicaciones técnicas imprescindi- 
bles, como también de diarios, capaz de aplicar sabiamente 
las leyes de la selección, de conocer las calidades genuinas de 
los pastos y de alcanzar el mejoramiento de sus rodeos por 
esfuerzos personales, constantes y positivos. Los que hemos 
recorrido de extremo á extremo nuestra campaña, nos damoa 
cuenta exacta de la lejanía de esas hermosas aspiraciones. 



' UBSDJB WA8HIKOTOM 179 

Cuando aftn nuestros hombres de campo no han aprendido 
á plantar un soto árbol protector, 7 todavfá en los establecí* 
mtentos de importancia se ignoran los beneficios de una huer-. 
ta para el uso doméstico; cuando, fuera de ciertas regípneSi 
encontrar queso 6 manteca en los hogares del interior im- 
porta casi un hallazgo, á pesar de que ahí están las vacas 
pastoreando á media cuadra de las casas, y cuando el capri- 
cho de las estaciones continda siendo arbitro absoluto é ina- 
pelable del bienestar particular, porque todavía no se sabe 
luchar victoriosamente contra las adversidades meteorológicas- 
y no se ha ensayado el sistema de' las irrigaciones artificia^ 
les, sencillo y ecoilómico, que dominante aquí ha convertidd^ 
en asientos de verdura las tierrfeis antos desiertas y calcina-* 
das de Arizona y de la Alte California, ¿cómo creer que 
estando tan distantes de esa cultura media, tan necesaria para 
las innovaciones, hemos de entrar inmediatamente á los nue- 
vos dominios del ideal productor? De manera, pues, que lois 
días de! tasajo no están contados; aserto que adquiere mayor 
éonfirinación si recordamos que las clases populares del Bra- 
sil y de Cuba, tomando en cuenta la ventajosa baratura re- 
lativa de esta oferta, se guardarán muy bien de permitirse el 
consumo de las carnes congeladas, manjar prohibido para los 
desheredados. Entonces, salta á la vista que> sin desconfiar 
del inmenso éxito de la evolución ganadera, ya felizmente 
iniciada, el largo plazo reclamado para su arraigo defínitiv'o 
inpone la combinación de otros recursos hábiles para disipar 
las dificultades apremiantes de la época presente. Mientras 
la saludable reacción, que alborea, llega, es forzoso arbitrar 
ótroa medios de defensa, no sabemos hasta qué punto tran- 
sitorios. ¿Cuál ó cuáles pueden ser ellos? — Abrir nuevos mer- 
cados á nuestras carnes saladas, contesta antes que nosotros 
la sensatez del lector. No tanto, decimos nosotros, si es que 
las tradiciones coloniales se asustan al conocer estos ende-< 
moniados ímpetus activos. En caso de tal desazón y para 
aplacarla bastaría con vigorizar las actuales corrientes de 
coDsamo. 

Recién á esta altura entramos al comentario de los pro- 
pósitos que han dictado este artículo. El Uruguay vende ta- 



180 LUIS ALBEBTO DE HERRERA 

^jo al Brasil/ á España y á taé* Antillas ^qne oitamoB ái- 
B^uida, en esta proporción .aproximada, ¡'correspondiente al; 
afio pasado: ^. ^ ai 

Ida de Cuba... 360.000 quintales ó sea 18.000 toneladas por afio 
Puerto Rico.... 14 000 » :. » 700 > » 

Trinidad.;....,. 4.800 . [» » 240 » ;. » 

. Lamentamos .no< tener á mano noticia pi^isa^ sobre el con-; 
sumo de las dos potencias arriba citadas. Como dato alia 
más eficaz^ agregar^ > que de los informes consulares que tenga 
á la vista, resultaí rque duranlíe el sepiestre fenecido el 30 
de Junio ppdo,/ compró Cuba tasajo por valor de $ 1.117.927.07 
eentósimos, cantidad esta que se desdobla en $ 1.037.254, 
correspondientes al' puerto de la Habana, y $ 80.673 al de 
Cienfuegos. Es, pues, evidente que las dos ..repúblicas máa 
jóvenes de Sud América — Brasil y Cuba^son las únicas 
plazas del mundo qué' ofrecen demanda considerable á mies- 
tras carnes saladas en él estado actual del negocio» De- 
jando á un lado los consumos brasileros, pues* nuestra ar- 
gumentación se dirige prccisainente á prpppner los medioa 
conducentes para suavizar esa condición, tan tributaria y tan 
sofocante, procede ocuparse de los aspectos que presenta el 
problema en la Isla. Sostenemos que el mercado Qubano^ 
mediante gestiones diplom<(tiqas atinadas, puede multiplicar 
para nosotros su actual importancia. Talvez no todos los 
compatriotas que estudian nuestros desarrollos económicos, 
saben que nuestro comercio de tasajo con la perla de las 
Antillas languidece, cada día más, en vez de aumentar, como 
fuera de presumirse. Ese intercambio, que llegó á represeDtar 
medio millón de quintales, ha descendido de manera tan. 
sensible al extremo de que hoy apenas importa, como la 
hemos visto, 360.000 quintales. 

La elocuencia melancólica de estas cifras excusa todo es- 
clarecimiento ulterior. ¿A qué se debe tan evidente y des-^ 
consolador retroceso? Carecemos de la competencia rigurosa? 
que exigen las in^^estígaciones de osa índole para rendir frutos 
acertados, pero juzgamos qne no se necesita ser una lumbrera 
para comprender que uno de los orígenes serios de tal de- 
rrota, estriba en la suba de los derechos á la caña cabana 



.DE8DE VrÁBOBmSlQ'ÉOV ' iSl 

qóe ha pibvocádo^ de rechaio, otro motivo aplastador con la 
soba de los derechos á las carnes orientales importadas. En 
ese binomio de circunstancias se encierra la mayor parte del 
desagradable secreto. De aqudlos polvos vienen estos lodos; 
aquellas famosas leyes sobre alcoholes, que recuerdan los fil- 
timos coletazos fiscales de nuestras dacadencias cívicas^ han 
concurrido^ no pocO; á estos perjuicios palpables. En el afán 
vergonzoso de favorecer á determinadas personas y á pre- 
texto de amparar industrias^ nacionales solo en el nombre, se 
foliaron contribuciones proteccionistas, dos . lustros atrás, tan 
abrumadoras para la competencia extrangera que tanto va- 
liera haber atado con gruesas cadenas los puntos de acceso 
de nuestros muelles. El tiempo ha dicho ya si fueron ven- 
tajosas para los intereses permanentes del país aquellas com- 
binaciones fantásticas y censurables. Nuestra industria de 
alcoholes no ha dejado por un instante de ser artificial, ella 
arrastra la vida prestada de los organismos parasitarios y el 
bienestar público nada le debe, ni en la baratura del artículo, 
ni en demanda de brazos para su explotación que ha sido 
negativa. En cambio, ahí están las rentas de aduana su- 
friendo mermas constantes é irreductibles, á pesar de los 
esfuerzos honorables de la presente administración; en cambio, 
ahí está, cruelmente castigado, el rubro de nuestra principal 
oferta. 

Dorante la dominación norteamericana, el tasajo ha paga- 
«b por su entrada á la isla, derechos por valor de un 30 Voy 
bastante fuertes, -en verdad. Nuestros esfuerzos deben dirigir- 
se á producir la hostilidad de esas tarifas prohibicionistas y 
para darles el carácter serio y eficaz que ellos demandan, 
para alcanzar algún éxito, se impone extender hastia la Ha<^ 
baña, nuestra representación diplomática. Veo, por los diaí- 
rios, que el Ministerio de Relaciones Exteriores ha hecho 
público que ^ert fecha 2 de Mayo sugerí, á quien corresponde 
tomar en cuenta tales observaciones, la idea práctica de 
acreditar etí la nueva República la legación ya existente en 
'astados Unidos y Méjico. Tal complemento, sin aumentii:r 
ésta planilla del presupuesto, permitida feeolver,. eá un sen- 
tido- é en gtro, las difieoltitifes opuesta^ ¿ nuestro tagajo, «a 



183 LUIS A LBBBVO -1>E ' RBBBEBA 

éalidad de represalias. Como es sabido, el gobierno lia 
éocontrado oportuna aquella indicaoión y ya sólo se espera 
que Cuba haga conocer, de manera oficiali su constitución 
definitiva^ para que nuestro país le ofrezca, con su salado 
diplomático, el testimonio do las calurosas simpatías qae se 
merece ella, la mártir, la santificada, la heroica, herida en 
la adolescencia por dolores inclementes, nueva Cenicienta 
•del mundo occidental. £^ de lamentarse que la inmensa 
distancia que nos separa de la patria haya demorado un 
paso de tanto tiltento positivo. Oportunidad tan propicia 
como la ofrecida por los primeros días del delirio patriótico 
•realizado, no puede repetirse. ¿Qué ambiente más favora- 
ble para aproximarse á resultados venturosos que el decre^- 
tado por la explosión de todos los sentimientos altruistas, 
cuando el Parlamento recien inauguraba sus funciones y es- 
peraban su voto, confirmatorio ó reformista, las leyes y 
reglamentos comerciales dejados en herencia por los tiempos 
muertos? Pero no hay que hacerse ilusiones; enfriada la 
atmósfera costará obtener todo lo que necesitamos. 

No basta que nuestro tasajo sea popularísimo en la isla, 
al extremo de que no otra clase de carne se come y usa en 
sus bogares. Cuba es hoy un organismo independiente que 
lucha con formidables dificultades financieras; que sale de 
una guerra desoladora; que debe, y se apronta á pagarlos, 
treinta millones de pesos á su ejército veterano, que se lo 
merece porque ha sido libertador; que se encuentra hoy due- 
fia de sus destinos, pero con sus industrias deprimidas; que 
tropieza con la depreciación de la azficar, que ya le apareja 
angustias mortales; que para afrontar sus compromisos ex- 
traordinarios sólo cuenta con sus rentas, tan castigadas por 
•el último huracán histórico. ¿Pueden esperarse grandes con»- 
oésiohes de una situación así solicitada por obligaciones de 
difícil dilatoria, si no se ofrecen, en justa compensación, pro- 
l^ias liberalidades á las agenas liberalidades? Conteste por 
nosotros la lógica. No se v,encen con sólo palabras de tAmír 
bar las desconfianzas provocadas, y más sencillo fuera abrir, 
usando de discursos, una .puerta oerrada i doble vuelta d^ 
llave, que artanaarle generosidades, sin precio, á quien ha l^e^ 



< DE8DS WASHIMOTON 16S 

tirado eo favor por causae juetifioadas. Imitando al' caracol/ 
todos nos recogemos y renunciamoB^ en guardia, á las caricias 
solares cuando se nos ataca. Si se quiere que Cuba mejore 
SQ trato con nuestras carnes saladas será necesario hacer lo 
mismo con los productos sujos que el Uruguay compra. 
Como lo hemos dicho, entre éstos destaca la caña, duramente 
gravada. La fórmula del problema se establece en estos 
términos, ¿ha^ta qué grado puede reducir nuestro país esa 
contribución de entrada, sin menoscabo sendble de sus ren- 
dimientos aduaneros, y hasta dónde será compensada esta 
pérdida con la ganancia de una mayor exportación tasajcni 
y en condiciones más blandas? La solución recla^na expe- 
riencia y sólida capacidad comercial. Sin el consejo de ésta, 
como base, todo será vacilante y empírico. Ahí está el 
panto de arranque. ¿Cuánto debemos ceder? y, enseguida, 
¿cuánto debemos pedir, como devolución del servicio? «La 
gran dificultad que probablemente se tocará para conseguir 
la disminución de los derechos es la que opondrán nuestros 
propios errores; si nosotros cargamos aquí el estupendo im- 
puesto (entre derechos de aduana é impuesto interno) de 
270 7o sobre la cañsL de Cuba, ¿cómo podremos decirles 
que consideramos exagerado el de 38 ^/o que ellos cobran 
sobre el tasajo?» Tomamos este párrafo, de argumentación 
contundente, de una agradecida carta informativa de la repu- 
tada firma Peixoto, Morales y C.% de Montevideo. 

Pero, á la vez de proyectar a>*reglo de mutua conveniencia 
con este mercado ya adquirido, que vamos en camino de 
perder, debemos aproximarnos á otros muy codiciables. En 
todos los países que no se dedican á la cría ganadera exis- 
ten probabilidades de negocio, que se irán acentuando. £) 
gremio rico y representativo de nuestros saladeristas debiera 
de preocuparse, por cuanta propia, de esos ensayos, en vez 
de poner el grito en el cielo, á última hora, rompiendo recién 
au pasividad cuando Santa Bárbara estalla. Entre nosotrps 
domina el hábito, pernicioso é inveterado, de esperarlo todo 
de la entidad gubernamental á la cual siempre estamos dis- 
puestos á fulminar con un j^ accuse, sin detenernos á ave- 
Tapiar kasta que punto somos justicieros. ¡Es tan fácil j 



184 LUIS ALBSRl^ ]>E RBRRERA 

sobre todo tan camodo esconder la propia desidia bajo es» 
ponjado edredón de reproches! Sí Norte América lariunfa tam- 
bién en las lides del intercambio, el mérito de ese triunfo 
corresponde á las hermosaa energías individualistas de sus 
obreros y fabricantes, que multiplican exposiciones manufac- 
tureras, que tienen sus incansables federaciones corporativas, 
que gastan millares de pesos en propaganda, imprimiendo 
folletos, libros, estadísticas y derramando legiones de agen- 
tes viajeros á los cuatro puntos cardinales. El estado 
se limita á bosquejar los lincamientos del bienestar páblico, 
mediante la 8anci<5n de leyes sabias y protectoras, y sobre 
«se único riel, que entre nosotros ya existe ancho y firme, 
se desliza la actividad invasora de estos lebreles del trópico 
que no afirman ciertamente en vano cuando proclaman: irade 
foüoivs the flag, 6 sea, que el comercio sigue á su bandera. 
¿Qué mejor órgano de indagación exterior que esa Asocia- 
•ción Rural del Uruguay, de antecedentes beneméritos, á la 
que ya va llegando la hora de ser una verdadera potencia 
^e consulta en todo lo referente á nuestros problemas con- 
servadores? ¿Ó es que acaso pretenden los particulares, inte- 
resados en jugosos negocios particulares, que el gobierno do 
lá nación se ciña cofia para ser su nodriza y darles mama- 
dera? Impónganse, los bolsillos de los exportadores, la con- 
tribución de pequeñísimos sacrificios y organicen por su 
cuenta, ellos, un servicio completo de informaciones que lea 
permita saber, en todo momento, ü cómo se cotizan y en qué 
condiciones las carnes en los puertos consumidores. Siendo 
seguro el apoyo del gobierno en tales empeños ellos tendrían 
corresponsales gratuitos en todos loa Cónsules de la llepú-. 
blica, tí los cuales podrían consignar las muestras de carga- 
fidentos, etc. 

Mientras ' no se proceda en esta ó parecida forma ejecu- 
tiva, no saldremos de las actuales incertidumbres. Las co-^ 
lonías europeas ¿no tienen en Montevideo y en Buenos Aires 
sus Cámaras de Comercio con toda independencia del poder 
público de los rcñspéctivos países? Pues el sistema que pro- 
hijamos responde á lo mismo y es lo mismo. Un caso prácti* 
%o de las defíeienciait con que se tropieza para toda iniciativa 



DKBDE WASHINGTON 185 

y ensayO; por falta de ese reclamado organismo corresponsal, 
lo ofrecemos el Cónsul General, señor Murguiondo j yo, que, 
á doras penas, hemos podido obtener una muestra de tasajo, 
como vulgarmente se dice, por una carambola, gracias á que 
el señor Segundo Flores, por incidencia, supo del asunto y 
tuvo la corazonada de prestar ese servicio en provecho ex- 
clusivo de terceros. La plaza norteamericana ofrece perspec- 
tivas favorables y aunque ya esta exposición va adquiriendo 
proporciones quilométricas y horriblemente pesadas, creo que 
no robaré espacio extendiéndome en algunos comentarios al 
respecto. Aunque Estados Unidos tiene ganados propios, es 
tan enorme la demanda interna que en la actualidad no se 
discute que aquéllos no satisfacen, con amplitud, las exigen- 
cias de ésta. Carecería de objeto detenernos á enumerar las 
circunstancias complejas determinantes de tal escasez y, muy 
en especial, del carácter permanente que ella tiende á asumir. 
Como simple dato, bastará exponer que un triist, que tiene 
por cimiento calculado seiscientos millones de pesos, mono- 
poliza ya la venta de carnes. Este artículo de primera ne- 
cesidad alcanza, desde hace muchos meses, precios exhorbitan- 
tch que han provocado graves apuros entre el pueblo, el cual, 
«n su justo enojo, quiso ocurrir á las vías de hecho. Cons- 
ciente de la singular importancia del asunto, el Poder Eje- 
cutivo Nacional ha estimulado la actividad de los Fiscales en 
sentido de perseguir y penar, con la ley en la mano, los 
manejos ilícitos de los especuladores. Pero todo no pasa do 
an honesto deseo imposible de encarnar en la práctica, como 
está visto. La libra de carne regular y con hueso se paga 
aquí á ocho centesimos, calculándose que esa porción con- 
tiene de un 60 á un 80 7o de agua. El tasajo apenas posee 
este último elemento, pero tiene sal. Sin contar aún con 
base exacta, consideramos que nuestro producto podrá ven- 
derse, con ganancia, á cuatro centesimos la libra, por supuesto 
sin hueso. Pero recordemos que el tasajo es un desconocido 
en la economía doméstica del país; que aquí no saben pre- 
pararlo en forms^ ^apropiada, sin que sirvan de gran cosa 
naestras luces en la materia, pues, en cuanto á mí,, .nunca lo 
he probado, como que nunca pensé que alguna vez me vería 



186 LU» ALBBBTO DE HKBBERA 

embaroado en eetas pellejerías de propaganda; j que para 
vencer resistencias y conquistar la aliansa indispensable de 
los diarios y atraerse i los capitalistas carniceros, se requiere 
tiempo y elementos serios. 

Ayer mismo me escribía el distíngnido amigo señor Mur* 
guiondo: «Créame, hay un solo modo de hacer estas cosas 
de aliento. Me he dirigido á un químico conocido, cnyo 
nombre inspira abboluta confianza, para qué produzca un 
análisis, al detalle, sobre el tasajo. En otoño haremos en su 
casa las preparaciones requeridas y conoceremos el resultado 
preciso de nuestro esfuerzo». En la misma carta, y, para 
mi conocimiento, me incluye una pro-forma cucuta-venta de 
tasajo, el referido compatriota á cuya autoridad doy gustoso 
la derecha en esta materia rindiendo tributo al verdadero- 
mérito. La reproduzco enseguida, pues ella puede ser un in- 
forme útil para los interesados: 

PRO-FORMA, CUfiNTA-VBNTA, APROXIMADA DEL COSTO DE 300 
FARDOS, DE TASAJO, ENTREGADOS EN NUEVA YORK 

300 fardos, pesando 23.540 kilos, á pesos 
12 1/2 por 103 kilos (abordo) .... t 2.942 50 

Con cambio sobre Londres c. 51 d. £ 625.5.7 
c. $4.88 $ 3.(^1 37 

Gastos: 

Comisión del Banco 3/4 o/^" $ 22 88 

Seguro marítimo?^ $ 3.356 1;2 °/o . . » 16 78 

Flete, i 5.00 oro tonelada » 115 84 

Gastos de entrada, Aduana » 5 00 

Derechos de entrada sobre t 2.868 c. 25 *»/. . » 717 00 
Gastos de muelle, 2.4 cada fardo 300 ...» 6 00 

Corretaje 1 <»/o > 40 77 

Comisión 2.12 o/o » 101 94 » 1.026 21 



$ 4.077 58 



23.540 kilos-51:896 libs. Costo 7.857 centesimos libra $ 12 12 
costo promedio con cambio c. 51 d. 53/1 1/2 por 100 kilos, puesto 
á bordo en Montevideo. 



El preok) de $ 12.50, que figura ep el cálculo anterior, ha 
fijado como un término medio entre $ 11 haata $ 14 c^a 
cien kilo9, que se establece en las cartas'recibidas por nosotros, 
puestos abordo en Montevideo con todos los gastos pagos. 

No me he ocupado, con respecto á Estados Unidos, de 
mencionar una rebaja en las tarifas porque nada hay que 
liacer al presente por ese lado. El tasajo seguirá, pues, pa- 
gando I 3.95 de derechos, por cada cien kilos. En efecto, 
uno de los principales objetivos de la plataforma del partido 
republicano, que gobierna sin interrupción desde 1893, con- 
siste en el r^men de las elevadas contribuciones aduaneras, 
consagrado por la famosísima y discutida Ley Dingley. He«- 
rir á ésta sería atacar la integridad de todo un criterio polí- 
tíeo dominante. 

Como ustedes pueden comprenderlo, solo por una gran ra- 
reza volveré á ocuparme en mis correspondencias de cues- 
tiones tan agenas al ejercicio de mis facultades. Mas con- 
vencido que nadie de tal probabilidad me parece que sería una 
lástínáa dejar el rabo por desollar no agregando algunos da- 
tos consulares, de relieve agradable y dignos de conocerse. 

Las exportaciones del Uruguay á Norte América,. en el pri- 
mer semestre de 1902, alcanzaron á $ 2.256.656,13. 

Las importaciones de Norte América al Uruguay, en igual 
término, fueron de $ 866.083,54. 

Saldo á nuestro favor: $ 1.390.572,59. 

Del total de las exportaciones nuestras hay que advertir 
qae las carnes saladas de reembarco para Cuba y Puerto Rico 
representan un valor de $ 365.200,53. Como disparo final 
de la retirada, insertamos á continuación el cuadro compar»- 
iivo de las importaciones americanas á nuestro país durante 
los AHímos siete años: 

Afio de 1895 $ 1.485.062 31 

> 1896 » 1.452.331 45 

» 1897 » 1.125.684 07 

> 1898 » 1.346.816 16 

3 1899 * 1.815.256 63 

3 1900 » 1.904.299 62 

3 1901 » 2.631.403 46 

l.*^ «c^re 1902 > 866.083 54 



188 LUId ALBBBTÓ DE HBRáERA 

^pasando estas cifras se nota que las relaciones comer- 
ciales de los E2stados Unidos con la República^ se íortifí- 
can de día en día. Nada nos extrafia esto y muy pronto 
veremos á los industríale» norteamericanos disputando^ con 
éxito^ á las potencias europeas los mercados del Río de la 
Plata que hasta ahora ellas han monopolizado. Aquí ya la 
producción manufacturera excede, en mucho^ á las necesida- 
des nacionales^ y ya estos sefiores, que presentan expresión 
exacta de sus energías majestuosas en el águila simbólica 
de su escudo^ han entrado en competencia febril con la ma- 
dre patria, con Alemania y con Francia, sus únicas dignas 
rivales. Por otra parte, ya se van dando cuenta de que no 
somos tan imperfectos como lo han creído, y de que caracte- 
rizamos un emporio de riqueza. La gran línea de vapores 
proyectada desde New York, con cabecera en Montevideo ó 
Buenos Aires, tendrá mucha importancia transaccional. 

¡Bastuy basta/ dirán luego mis lectores, abrumados por 
esta interminable articulación de párrafos, ásperos como los 
guijarros, que, concedo, deben obrar con presión de grille- 
tes sobre la inteligencia de mis pobres víctimas. Penetrado 
de tal convicción, también ¡hasta, basta/ exclamo yo desde 
ahora, todavía con más intensa angustia, porque sólo yo sé 
el sacrificio que he necesitado imponerme para reanudar 
relaciones con los números, á los cuales sólo venía saludan- 
do^ por cortesía y de vereda á vereda desde hace muchos 
afíos. Mi práctica en operaciones aritméticas se reduce á 
la resta, que es la legítima que corresponde en patrimonio á 
los muchos buenos sujetos que, cualquier día, nos levanta* 
mo3 proclamando, con Proudhomme, que «la propiedad es 
un robo», dando por único fundamento de ese cambio re- 
pentino de criterio el muy expresivo, de no tener nosotros 
ninguna, y que, en consecuencia, no saldrán de i^uestro pe- 
llejo las correas exigidas por la doctrina subversiva. De 
sumas, poco sé. Siempre que las intento, para Regularizar 
mis finanzas, incorrectas y -desordenadas como buenos latinos, 
me veo en la dura necesidad de equivocarme siempre en 
más, para seguir ignorando las infidencias de mis bolsillos bo- 
hemios. La única cuenta mia, limpia de errores, es la que lleva 



DESDE WASHINGTON 189 

mi corazón^ tan orientaly sumando los días y las tardes gri- 
ses que miden la ausencia de esa patria incompara|>le^ cuyos 
atractivos y fascinaciones de hogar nada puede vencer. Sólo 
pensando en ella he podido dejarme arañar por las estadís- 
ticas, que lastiman como las zarzas I 

(Escrito lo que antecede me llegan noticias fidedignas de 
que el gobierno cubano ya ha resuelto subir, cincuenta 
por cienio, los derechos que pagan las carnes orientales, lo 
que, cuioplido, importará cerrar, á cal y canto, los puertos 
de la Isla). 






IX 



Um juegos atliticos — * El box — Una lucha sensacional — Paralelo 
con al toreo — 8u importancia en Norte América — Resultados 
estupendos — Los progresos de la raza ^ Niños heroicos — La 
evolución entre nosotros — Ventajas del "foot-ball"— Una inicia- 
thfa leiiz. 



Mucho me ocuparé en esta correspondencia de los juegos 
atlétícos y de su influencia, que me atreiro á suponer tras- 
cendental, sobre el espíritu de la raza sajona. Nuestra crítica, 
apasionada más de una vez, se ha cebado en ellos impu- 
tfíndoles barbarie y crueldad, como si esas corridas de toros, 
hoy felizmente destejadas para siempre, gracias al punti- 
llazo definitivo dado por la Asamblea General, admitieran 
competencia en ese sentido. En ocasión de discutirse la 
oportunidad de las últimas se ha sostenido que el box de los 
pueblos del norte también presenta caracteres ingratos, lo 
4fBte no priva que sea muy gnmde bu prestigio en el seno de 
his sociedades, que lo cultivan como una de las diversiones 
más emocionantes. Argumento deleznable por sus cuatro cos- 
tados. Pero, sea 6 no sea digno de elogio el box, tanto hin- 
capié se ha hech3 en él, que, para empezar, bien vale la 
pena dedicarle algunas cuartillas describiéndolo, primero, y 
eomentándolo después. Aumenta el interés del asunto — que 
todo no será tema político — la circunstancia coincidente de 
que recién acaban de encontrarse, en la ciudad ¿e San Fran- 
cisco de California, para disputarse el campeonato del mundo^ 
los dos primeros pugilistas do Estados Unidos. Contando 
con muchos partidarios el ejercicio de la referencia, se com- 



192 LUDB ALB9BTO DE HERRERA 

prende que los preliminares del famoso duelo hayan sido se- 
guidos, con extraordinaria avidez, por los círculos adictos, 
mereciendo la historia de su desenlace dos, tres y hasta 
cuatro columnas de los principales^ diarios. A ellos recurra 
para tejer el irado de mi crónica, en esta parte, concretán- 
dome á traducir sus párrafos en todo lo que sea descrip- 
tivo. Así podrán mis lectores formar opinión propia com- 
partiendo ó no, más adelante, las impresiones de quien escribe 
estas líneas sin sal. 

Los rivales en la contienda mundial fueron Roberto Fitz- 
simmons y James Jeffries, más conocidos simplemente por 
Fitz^ aquél, y por Jeff, éste, que aquí hasta para pronunciar 
los apellidos se economiza tiempo. 

Fitz frisa á la fecha en los cuarenta años, habiendo na- 
cido en Inglaterra. Empezó su carrera en Nueva Zelandia 
alcanzando á cuarenta y seis sus victorias de renombre, so- 
bre la arena. En esa larga actividad ha estropeado á más 
de un adversario. Alguno, como Riordan, batido por él en el 
teatro de la ciudad de Siracusa, en 1895, falleció de resultas 
de un golpe artístico. Una trompada, aplicada en la parte 
inferior de la mandíbula, produjo su muerte al provocar una 
hemorragia cerebral. Comprobada la fatalidad del accidente, 
Fitz recabó su libertad, y empleando sus formidables puños 
como aspas de molino, continuó sembrando derrotas en todos 
los rings de la Unión. Jetf nació en el Estado de Ohio en 
1875, y está, por consiguiente, en la fuerza de la edad. Ha 
quebrado la fama de quince rivales. Clareadas tanto las. filas 
de los competidores, faltaba averiguar cuál de. los dos pri- 
meros campeones merecería el título de vencedor de vence- 
dores, irguiéndose triunfal sobre el prestigio del contrario. 
En la noche del choque el circo principal de la gran me- 
trópoli del oeste fué invadido por una muchedumbre de es- 
pectadores, cuyo número se calcula en ocho mil, obligando á 
la policía á aumentar de manera extraordinaria su personal 
de servicio, ^jsl presencia de diez ó doce representantes del 
sexo femenino, algunas de las cuales habían .tomado la pre- 
caución pudorosa de cubrirse el rostro con espesos velos, dio 
lugar á ruidosas agitaciones de la multitud. El monto meta- 



I>£8D£ WASHINGTON 193 

lieo de las entradas percibidas no era menor de treinta y 
cinco mil pesos oro^ importando alrededor de diez mil el pre- 
mio á adjudicarse. 

A las 10.05 Fitz hizo su entrada en la cancha y á las 
10.06 Jeff lo imitaba, recibiendo ambos clamorosas demos- 
traciones de sus admiradores^ muchos y convencidos. Su 
traje se reducía á un pantalón ceñido al cuerpo por un cinto 
con los colores de la bandera americana. Los momentos 
eran de verdadera ansiedad. Los rivales, ya prontos, se 
aproximaron simultáneamente y luego de estrecharse la mano, 
como es de práctica, abordaron la ruda tarea, chocando sus 
«nei^as en ocho encuentros sucesivos de duración de tres 
minutos cada uno con brevísimos intervalos. Hagamos un 
resumen de sus peripecias para ofrecer idea más gráfica de 
la índole exacta del discutido box. 

Primer encuentro. Rápidamente ocuparon los contendien- 
tes el centro de la arena en actitud de irreprochable defen- 
siva. Fitz fué el primero en atacar acertándole un golpe, en 
la boca á su contrario que, agachándose, lo devolvió sin 
éxito. De nuevo quiso cobrarse Jeff alcanzando sólo á cas- 
tigar, con un pesado puñetazo, el costado izquierdo de Fitz. 
Pero éste obtuvo mayores ventajas. Al finalizar, la nariz 
de Jeff sangraba debido á uno de los terribles zurdazos de 
Fitz. 

S^ando encuentro. Jeff avanza recibiendo una trompada 
en el pescuezo, que sólo consigue hacerlo sonreír, acosa á 
BU rival y, como herido por un marronazo, lo arroja sobre 
las cuerdas, pero Fitz repele fieramente al enemigo, cuya 
hemorragia nasal aumenta* 

Tercer encuentro. Jeff toma otra vez la ofensiva, pero 
sus golpes son parados aunque sin embargo, puede dar un 
doloroso golpe en el estómago á Fitz, que toma crecida re- 
vancha multiplicando sus temibles golpes al rostro de su 
adversario hasta partirle la mejilla izquierda. La cara de 
Jeff está cubierta de sangre, mientras Fitz descansa de la 
fatiga, fresco como un pepino. 

Cuarto encuentro. Jeff se adelanta irritado mientras ma* 
mobra con sus puños en cuidadosa guardia. Pero el inexo- 

18 



Idl LOlfl ALBERTO DE HERRERA 

rabie Fitz consigue romperla y castigar con su recia zurda 
los carrillos de Jeff^ abriendo nuevos surtidores de sangre. 
Jeff alcanza á pegarle en la cabeza. Parece muy molestado- 
Quinto encuentro. Fué el más interesante. Ambas partes 
se prodigaron golpes abrumadores^ conceptuados magistrales 
por los entendidos. Más la cara de Jeff continuó siendo fa* 
vorccida por las caricias despiadada» de Fitz, resultando que, 
al producirse el intervalo de descanso, aquél sangraba por 
ojos, nariz y mejilla. 

Sexto encuentro. Jeff avanza, sin vacilación, y recibe nue- 
vas y sevei'ísiroas lecciones. Obtiene tocar expresivamente la 
oreja de Fitz, pero éste se defiende con singular maestría 
y antes de que suene la campana retoca la boca y nariz de 
Jeff, ya hinchadísimas. 

Séptimo encuentro. Esta vez Jeff ataca con mejor resul- 
tado y hace vacilar á Fitz mediante puñetazos dados en el 
costado del cuerpo; la carga es dura y dolor^sa. Fitz la con- 
testa con tres trompadas sucesivas en la boca. Al terminar 
Jeff presentaba un aspecto terrible con la fisonomía bañada 
en sangre. 

Octavo encuentro. £1 inquebrantable Jeff toma siempre la 
ofensiva y hace sonar las costillas de Fitz mientras sonríe. 
Está desfigurado, pues las esponjas ya no pueden contener 
las hemorragias faciales. Se agita con elasticidades de pan- 
tera y cuando todos los vaticinios le eran adversos alcanza 
á propinarle á Fitz un tremendo puñetazo en la mandíbula, 
que lo echa por tierra sin sentido. 

Antes de que pueda levantarse, el juez cuenta diez veces 
en voz alta, y entonces se proclama vencedor al aporreado 
Jeff. El público estalla en aclamaciones mientras Fitz, ya 
repuesto y de pie, se dirije á él con estas palabras: c Se- 
ñores: el mejor ha triunfado. Si yo hubiera tenido esa 
suerte esta noche habría pasado á Jeff los honores del cam- 
peonato para retirarme definitivamente de la arena. Lo hago 
de todos modos, sin haber llenado mi aspiración y quedo 
satisfecho porque la pelea ha sido ganada con bizama». A 
lo que contestó Jeff: cFitz es el más temible de los vivien- 
tes y yo me considero bien feliz con esta difícil victorias. 



DESDE WASHINGTON 195 

En realidad^ estas francas y afectuosas apreciaciones mutuas 
alcanzarían á reducir los caracteres rudos de la escena des- 
crita si no se afirmara, con muchos visos de verdad, que los 
lidiadores estaban de acuerdo en el desenlace. 

A este extracto de noticias agenas puedo agregar las pro- 
pias. De paso por la ciudad de Quebec^ presencié un match 
entre el campeón de la provincia y otro profesional venido 
de Australia. Fué precedido de una serie de escaramuzas 
entre varios aficionados más jóvenes, que se abofetearon con 
todo el entusiasmo de la edad, enconados por las risas y 
las burlas del escaso público. El pugilato de la noche duró 
pocos minutos. Aparecieron en la arena los rivales, lucien- 
do todas las gallardías de la musculatura, y ai tercer en- 
cuentro, y de la manera más inesperada^ el Hércules local 
derribó por tierra á su contrario. Suyos fueron los laureles. 
Dos golpes simultáneos, uno en la quijada y otro debajo del 
corazón, trajeron, con un desmayo, la victoria anhelada. 

Por lo que antecede se vé que no he disimulado los deta- 
lles más antipáticos. Si se me interrogara sobre los atrac- 
tivos del box diría que, satisfecha la curiosidad observadora 
que me llevó á un ring, nunca caminaría media cuadra por 
presenciar un espectáculo semejante. Las carreras á pié ó 
á caballo, la caza, el tiro á la paloma, el juego de pelota, 
todos poseen la fuerza imantada que engendran las grandes 
emociones en plena actividad. Me explico que cuando, 
atrepellando en el último codo, media docena de puros se 
disputan el triunfo, que dependerá talvez de la vista del co- 
rredor, de su pericia, del estado del flete que monta, la 
muchedumbre de los palcos se ponga maquinalmente de pié 
y vocifere, como queriendo estimular desde las tribunas el 
valor de sus favoritos en la lid; concibo que en las plazas 
de toros los hombres más sesudos se conviertan en verda- 
deros locos, y que en determinados momentos las banquetas 
vuelen por los aires, con monedas y sombreros, porque, al 
fin y al cabo, la bestia humana tiene derecho á romper la 
careta de los convencionalismos y á salir á tomar un baño 
de sol meridional cuando, al acorde de himnos reales, se 
destripa á reses y caballos y se insulta á la civilización. 



196 LUIS ALBERTO DE fi^^RFRA 

La fiangre enturbia los sentidos y emborracha tanto como 
el ingo concentrado de las uvas. Acepto que viendo el de- 
sarrollo en un frontón de un partido de pelota, los espec- 
tadores prorrumpan en expresivas demostraciones cuando la 
cesta invencible del Chiquito de Eibar mide, desde el doce, 
una rasante, que después de avanzar besando el plano de la 
pared lateral, pica un decímetro mis arriba de la línea vá- 
lida, y que lo mismo sucediera cuando en los partidos á 
mano limpia el célebre Pajsandá, entre nosotros, hacía sil- 
bar la pelota al hendír los aires como un proyectil, po- 
niéndola, cautiva de su maestría, en el punto deseado por 
la inteligencia del jugador. En todos esos ejercicios, de 
tan diferentes matices, á poco de estudiarlos, se encuentra 
el secreto de los grandes éxitos pasionales. Creo que no 
sucede lo mismo con el boxj que no agrega á su brutali- 
dad y grosería una sola tinta conquistadora. El conjunto 
del espectáculo en sí, no puede ser más insípido, sin mú- 
sica, sin ovaciones, sin la variedad pintoresca de altercados 
y diálogos naturalistas, tan necesarios, como la pimienta á 
los platos fuertes, en circunstancias de placer y desenfreno 
populachero. 

En medio del silencio más absoluto, impuesto por las reglas 
del acto, dos individuos, casi desnudos, salen á la palestra y 
se curten la fisonomía á puñetazos. En plena florescencia 
física, de espaldas angulares, de pecho soberbio, que parece va 
á romperse, como una tela demasiado extendida, bajo la pre- 
sión de fragua de sus pulmones, es innegable que ellos pro- 
claman, con una realidad hermosa, la eficacia espléndida de 
los movimientos gimnásticos sobre el cuerpo sometido á au 
raimen. Esos músculos perfectos, señalados mejor por el ajus- 
tamiento de la piel, al igual de las formas femeninas en el 
tránsito callejero, gracias á la moda agradecida de estirar para 
un lado las polleras, merecen ser admirados por la salud 
romana que denuncian y por el esfuerzo plausible que repre- 
sentan. La belleza poética de Narciso nada tiene que ver 
con la belleza fiera, reciamente masculina, de estos atletas 
que, como el Ursus de Enrique Sicnkiewck, serían capaces 
de luchar, á brazo partido, con un toro salvaje y de desau- 



DiBa>E wASHnrátoN 197 

cario rompiéndole la cerviz, 8i lo mandara así sa voluntad. 
Frente á frente^ se atacan y se repelen^ como dos autómatas^ 
sin dirigirse una palabra^ sin cambiar un reproche^ hasta que^ 
bajo el contacto de acero de un pufio, se rinde la energía 
adversaría. He ahí una diversión que nunca adquirirá arraigo 
entre las razas latinas que^ nerviosas 7 artísticas aún en sus 
horas de entretenimiento varonil^ necesitan espectáculos ar-* 
dientes que llenen con ecos animados sus oídos, que hieran 
con intensidad la vista, lastimando casi la pupila, y que arran- 
quen á la garganta expresiones imperiosas. La ausencia misma 
de esos excitantes la hará perdurable aquí en donde el clima 
y la educación particular alian sus influencias glaciales sobre 
el mundo moral para ofrecemos el ejemplo de temperamentos 
flemáticos, reacios al bullicio, que miden sus impresiones por 
reloj y que ignoran los estallidos ruidosos de la cólera y 
del placer. En ese sentido, el box satisface las preferencias 
de muchos al proporcionarles la oportunidad de seguir el 
desarrollo de dos actividades físicas encontradas. 

De manera que, con todo de su torpeza, no cabe el pa- 
ralelo que en tal concepto se ha intentado entre el box y 
las corridas de toros. Aquél se determina por el consenti- 
miento, sereno é interesado, de dos sujetos racionales que 
ponen expontáneamente al servicio de sus ambiciones mone- 
tarias, el arte en que son diestros. Otros se ganan con 
dificultad la vida en el desempeño de las ocupaciones más 
duras; éste, cava la tierra; aquel, maneja un coche de pla- 
ca; pues el boxeador, con toda holgura, sin perder un minu- 
to de su sueño, gordo, feliz y mimado, pone su porvenir 
en las muñecas, las cuida, ensaya con ellas las más hábiles 
estrategias, y así, al precio ínfimo de medio litro de san- 
gra nasal por año — lo que evita el uso de ventosas — pros- 
pera y se enriquece acariciado por ráfagas de positiva po- 
pularidad. £1 peligro de muerte que puede correr en su 
pn>fesión es tan problemático como el que se cierne sobre 
cualquiera de nosotros al cruzar una boca-calle. Sabiéndolo 
BOíy el espectador no se arrebata porque el espíritu sólo sé 
ag^ta^ dominado por zozobras que causan extraños deleites, 
cuando existe, en el fondo, la perspectiva constante de 



. 1^ LUIS ALBERTO DE HERRERA 

una cattfatrofe sólo alejada por la habilidad del protágonisH 
ta. Tal 68^ precisamente^ el caso del torero, y por eso la 
diversión en que él interviene provoca evidentes fanatismos. 

Bien merece el calificativo de arrojada su actitud tranquila 
en medio del redondel, desafiando la desgracia, fresco, risue- 
fio y en postura académica, como si estuviera empefiado en 
unas cuadrillas, mientras el toro, á su frente, acepta servir* 
le de bis-ábis y empieza la danza con un ñoreo impresio- 
nante de rabias y de mujidos salvajes. El lance se produce 
y cuando la res embiste, con rapidez de exhalación, buscan- 
do en el adversario audaz sortija sangrienta para sus pito- 
nes, el páblico se confunde en una misma angustia, teme- 
roso por la suerte de ese espada que él ha empujado mo- 
mentos antes, y de manera cobarde, al conñicto. 

Si sale ileso del duelo, ¿cómo no explicarse que las mu- 
chedumbres ignorantes y sin sospecha do las satisfacciones 
del comicio libre, se sientan seducidas por el cristiano que 
acaba de jugar á las cartas con la muerte, sin pestafiear, 
erguido, todo en homenaje á los caprichos de su arte y de 
sus admiradores? Y, á la verdad, que rompe las prevencio- 
nes de cualquiera el espectáculo de una lidia que, si soia 
aficionados á las memorias del pasado, os ofrece reminiscen- 
cias vividas de costumbres, tan arcaicas que van á buscar 
cuna en los eircos del mundo antiguo, en ese desfile de los 
diestros por frente á la presidencia, á los acordes de una 
marcha cUsica, pues él reproduce, mucho menos soberbi«>, el 
moríluH te salutam de los gladiadores, cebados por el paga- 
nismo para servir de manjar delicioso á las fieras; si sois 
artistas, os domina desde el instante en que vuestros ojoa 
tropiezan con flores encarnadas, con mantas sevillanas, con 
chaquetillas recamadas do oro, con capas de colores fuertes^ 
todos esos matices provocativos revueltos sobre una inmensa 
paleta ondulante que el sol anima y destaca dando, aquf, allf» 
en todas partes, mágicas pinceladas de fuego; si sois pensa^ 
dores, estáis obligados á confesar que ni el miC§ reputado de 
los dramas, ni la mejor ^de las arengas tribunicias, ni el más 
sonado de los éxitos colectivos, alcanzan á conmover el cora*' 
zón selvático de las masas como ese torneo, de faces diota-^ 



D£SI>E WASHINGTON 199 

das por la emocíóo^ que arrebata, exalta y desordena, fiin^ 
diendo en una misma nota agudísima las pasiones enardecidas 
del público de los tendidos y del público de los palcos; si 
sois sensitivos y os agradan las escenas rudas, ninguna. sacu-^ 
dirá como ésta vuestro espíritu, que ninguna diversión cobra 
tanto tributo de sobresaltos al asistente; y si sois filósofos 
y queréis descubrir una de las raíces de ciertas decadencias 
gigantes y encontrar el secreto de increibles derivaciones del 
sentimiento cívico, ocurrid también á las plazas de toros, que 
en el medio de ese picadero batido y limpio, encontrareis, 
sin embargo, la semilla profusa de muchas molicies, de mu- 
chos oscurantismos y de muchas chaturas, á cual más fatal. 
¡Ni el alfabeto resiste á esa alianza de caries formidables! 
Así se explica que hnya asistido más concurrencia al en^ 
tierro de Quenista que á la inhumación de los restos de ese 
glorioso ciudadano llamado Emilio Castelar. En esa palpable 
sugestión de las corridas está el argumento que inclina á 
proscribirlas y que ha puesto en guardia contra ellas á los 
pueblos adelantados. ¡Claro, que si no poseyeran semejantes 
atractivos disolventes no sería necesario enchalecarlas! Como 
á las casas de juego, nadie les negará su enorme fuerza de 
seducción, pero de perniciosa seducción, y de la misma ma- 
nera que, en nombre del interés social, se persigue á las ru- 
letas, por desmoralizadoras, invocando idéntico y tan sagrado 
propósito debe atacarse al toreo, recinto fortificado de los 
instintos chnlapos con toda su nutrida descendencia de vicios 
menores. De consiguiente y siendo lógicos, agregaremos que 
hostilidad también merece de las autoridades el box^ aunque 
no sea éste acreedor á condenación tan severa. Entendiéndolo 
así, son ya muchos los Estados — casi todos — que lo han 
prohibido, al punto de que al presente los pugilistas andan 
fagitivos por las ciudades fronterizas, tropezando con verda- 
deras dificultades para celebrar sus luchas singulares. Y no 
provoca este entretenimiento la agria censura que arranca 
aquel, por cuanto, aun reconocida la torpeza del espectáculo, 
no reúne caracteres degradantes. La mejor prueba de esto 
último la tenemos en que si se quita al asunto su objetivo 
mercantil, de reñidero con entrada paga, lo que vale tanto 



200 LUIS ALBERTO DE fiERRERA 

cromo servirle al pueblo alcoholes fuertes y malos, y se le 
transporta á ana sala particular, sustituyendo á los profesio- 
nales por amigos, el boXy en vez de ser reprobable, adquiere 
atractivos varoniles y puede competir, ventajosamente, con et 
juego de palo de los catalanes, por su utilidad defensiva en 
las circunstancias más inesperadas, por su eficacia, que per-> 
mite repeler ataques en las condiciones más desiguales, y, 
sobre todo, por la energía elástica que dá á las musculaturas 
jóvenes. 

Por lo demás, los boxeadores de oficio no invitan á la 
simpatía afectiva. Hechos para dar y recibir golpes, con la 
misma particularidad de los perros ñatos, que sólo saben 
morder; puestos en la arena cumpliendo planes de propia 
especulación y en uso libérrimo de su voluntad; ya grande- 
citos para aceptar consejos y demasiado hercáleos para en- 
cender láiitimas, que de todos modoR serían improcedentes, 
nunca merecerán ellos la compasión que inspiran las reses 
crucificadas á banderillazos y á estocadas, y los caballos, he- 
ridos con todo lujo de alevosía y ensañamiento. £n cuanto 
á los toreros, poco nos preocupa bu destino porque los ver- 
'dugos, aún los arriesgados, nunca atraen. ¡Arrebatarse por 
la suerte de esos innobles capeadores y pugilistas contrata- 
dos, cuando el corazón humano, fuente de origen de las 
grandes corrientes generosas, no posee caudal bastante de 
simpatías legítimas si se propone repartirlas entre los injustos 
infortunios conocidos á diario; entre el minero, que un hun- 
dimiento súbito entierra vivo en las entrañas del carbón; 
entre el telegrafista, fulminado por el contacto eléctrico al 
arreglar una línea enredada; entre el fundidor, que ha obte- 
nido el retiro siniestro de una ceguera eterna, como premio 
de su jubilación laborante, y el marinero, arrastrado por una 
ola traidora á los fondos implacables del mar, mientras ata 
cabos en el mástil de la nave! ¡Esos sí que son dignos, 
héroes anónimos en las batallas del trabajo, de manos enca- 
llecidas en tareas sin compensación equitativa y de réditos 
crueles I 

Pero los fuegos populares en Norte América son otros, 
mucho más. viriles, y acreedores á todo nuestro aplauso. £1 



DBBDS WAAHnrOTON 201 

predilecto j verdaderamente nacional se denomina bas^e hall 
y, suprimiendo el detalle de las r^las que lo rigen, diré que 
consiste en dos bandos, situados á distancia de veinte me- 
tros, que se turnan en el boleo de una pelota, pequefia y 
áuTñ, que se rechaza, en el aire, utilizando una maza de 
madera de un metro escaso de longitud. Ganan quienes re^ 
velan mayor habilidad en esas distintas funciones de ata- 
<Mmte8 y de atacados y corren con rapidez precisa para ocu- 
par, en momentos determinados, las vstlias laterales. Este 
ejercicio lo practican los niños, así que encuentran campo 
Buficiente, sea en la calle ó en terrenos baldíos. £1 Parque 
Central, especialmente Iqs sábados, pertenece, por derecho 
de conquista, á los muchachos de los colegios neoyorquinos, 
cuyas alarías sin paréntesis, sientan bien como nota com- 
plementaria de los arbolados caprichosos y de la gramilla 
tendida cual inmensa alfombra. Dueños y señores absolutos 
del regio paseo, en la sección qué se les adjudica, ellos co- 
rren, gritan y se apostrofan sin que á ningún representante 
de la autoridad se le ocurra interrumpirlos en esas expan<^ 
sienes ruidosísimas, propias de la edad, que tienen mucho 
del bullicio victorioso de los pájaros en las mañanas de pri- 
mavera, cuando entonan sus himnos, que son dianas, y des- 
piertan á la floresta en honor de los tibios amaneceres. 
Lástima que la meritoria Municipalidad de Montevideo, tan 
injustamente castigada en sus finanzas por los desastres his- 
tóricos, no pueda ofrecer, á la población condensada de ios 
barrios más nutridos, el desahogo de paseos de ese estilo, 
ya que no de semejante magnitud. Pero, dentro de las he- 
redadas dificultades, deben señalarse, como iniciativas muy 
felices, la creación del Parque Urbano, Jardín Botánico, y el 
ensanche y mejoramiento del Prado, que servirán en el fu- 
taro de firme base á obras de mayor aliento ediücio. Existe 
an proyecto novedoso, del concejal señor Eduardo Monte- 
verde, para habilitar, en exclusivo para los niños, determi- 
nada plaza de la ciudad. La idea es buena, es práctica, es 
saludable, y ella ganaría en vigor si aún en los suburbios 
foera posible ofrecer á los alumnos de las escuelas locales 
um campo de recreo dilatado y agreste. 



202 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

A veces pienso que entre nosotros se mira como asunto 
trivial, desprovisto de interés, todo lo referente al desarro- 
llo de las aficiones atlétícas, y, sin embargo, cuanto más lo 
medito, encuentro más fundamental ese género de activida- 
des físicas. La influencia de tales ejercicios en los indivi- 
duos se señala tan profunda que ella parece decisiva en los 
destinos de las nuevas nacionalidades. Aunque ya hace 
muchos lustros dijo el duque de Wellington: que había triun- 
fado en Waterloo con los muchachos jugadores de la Uni- 
versidad de Oxford, sus más lucidos y resistentes subalter- 
nos, no bagamos argumentos con el peso de brillantes frases. 
¿Cómo discutir que las justas aüéticas fortifican la salud, 
el bienestar y la energía de quienes en ellas intervienen? A 
cierta altura de la vida, cuando la naturaleza decreta los 
grandes desdoblamientos en el oi^anismo y el físico adopta 
sus moldes definitivos, existe necesidad imperiosa de concu- 
rrir á esa labor, de complementarla mediante una juiciosa 
aplicación de las energías corporales. Ahí están entonces los 
ejercicios juveniles brindando el favor de sus placeres espar- 
tanos y de bondad indiscutida. Pero todavía vale más su 
acento sobre el carácter y las condiciones morales de los 
adolescentes, pues aparta á la imaginación de los ensueños 
pasionales, llenando el horizonte del pensamiento con el tema 
inagotable de diversiones embriagadoras y purísimas. 

Para califícar mejor la fuerza de la realidad observemos 
los distintos rumbos que se siguen en tan importante mate- 
ria entre los sajones y entre los latinos. Uu niño nuestro 
invierte sus recreos brevísimos, en juegos siempre conteni- 
dos, porque existe la tendencia singular de apagar los bríos 
expansivos de la edad, como si todavía conservara prestigio 
el sistema educacional de los cartujos. De prisa, con el 
mismo desorden nervioso con que se llena una bolsa de 
viaje, hacinada de cosas al punto de que revientan sus cos- 
turas, se les carga la cabeza de conocimientos, recogidos ea 
los cuatro puntos cardinales de la sabiduría humana, exigien- 
do espacio y pensión barata para todos, ¡como si las ramas 
tiernas estuvieran hechas para resistir el peso agobiador de 
los frutos! ¡Siquiera se atemperaran estos excesos inteleo- 



DE0DE WASHINGTON 208 

tuales con el alivio de eficaces entretenimientos físicosl 
Pero nó; todas las veleidades activas se desvanecen usando 
del mismo estribillo: «correr es malo porque puede pisarse 
una cascara de banana^ rodar por tierra y romperse una 
pierna»; «saltar^ peor^ por motivos semejantes»; «los niños 
bien enseñados no gritan^ siendo esto, por lo demás, pernicioso 
para los pulmones»; «los niños buenos se están quietitos, sen-* 
tados en un banco, durante el recreo ó estudiando las lec- 
ciones de la tarde»; «el foot-ball está proscrito pues sólo á los 
ingleses puede ocurrírseles divertirse moviendo los miembros 
inferiores»; «las carreras á pie también son indignas porque 
equiparan á los hombres con los caballos; y la pelota par- 
ticipa de la condenación en mérito á que origina grosería 
de modales.» 

En dos corrientes separadas se divide esa preciosa linfa 
de juventud que la naturaleza quiere sea acero 7 que la 
voluntad dogmática de lo arbitrario se empeña en convertir 
en vidrio; unos^ dan por concluida su educación y solicita- 
dos desde temprano por la lucha diaria se reparten en 
escritorios, en fábricas, en establecimientos rurales, en la 
administración, para ser mañana buenos oficinistas, hacenda- 
dos, comerciantes ó industriales; otros, funden sus energías per- 
severantes en el crisol de las facultades universitarias para 
llenar los claros en el escalafón de los médicos, abogados é 
ingenieros nacionales. Aquellos pierden, desde luego, toda 
oportunidad de adquirir gusto por los ejercicios musculares; 
y éstos, renuncian á ello en esta su segunda etapa estu- 
diantil, requeridos con imperio por preocupaciones exagera- 
das. Pero á los diez y ocho años la savia es tan exube- 
rante que, abandonada á los caprichos de su propio curso^ 
ella se desborda, para enardecer el fuego de las pasiones más 
lamentables, como sucede con los más ricos caldos, que cre- 
cen y rebosan de la fuente para saciar la sed de los tizones, 
cuando no se les espuma á tiempo. Resultado final: la ma- 
yoría, debiendo aplicar á algún objetivo su plétora de ener. 
gías, la malgasta, sin conseguir disipar su aburrimiento oi«gá- 
nioo, mientras la minoría, que no tiene el cuidado de inter- 
linear con descansos sensatos su dedicación á loa libros, co« 



20á LUIS ALBEBTO DE HERRERA 

noce temibles fatígaR celébrales en época de plena yirílidad, 
y ofrece^ pronto, valioso contingente á los cnadros extraños 
de la remonta neurasténica. 

No hay peligro, por cierto, de que ella obtenga volunta* 
nos tan numerosos entre las razas del norte. El niño ame- 
ricano va á la escuela de acuerdo á planes de enseñanza 
más simples y que, sin embaído, rinden msís beneficio y son 
de más aliento social. El Estado no abriga aquí la inútil 
pretensión de hacer un pueblo de sabios de sus hijos y de 
preparar oradores y literatos. El considera cumplida su mi* 
sidn pública instruyendo á sus escolares en los conocimientos 
elementales. Leer, escribir, contar; saber á grandes rasgos 
la historia del país; adorar á los héroes de la República; 
recitar de memoria, con la misma devoción con que rezarán 
de noche, al acostarse, en el regazo de sus madres, las ora- 
ciones cristianas, los varios himnos que condensan la epo- 
peya nacional; creer que ningún país del mundo vale lo que 
esta tierra de libertad y, sobre todo, jugar, jugar mucho, 
destacar en el base-ball, distinguirse en el foot-ball, he ahí 
lo que se exige de los muchachos en sus primeras escara- 
muzas con los libros. Enorme tarea do manufactura en la 
que los fiscales sólo exigen á los productos, para poder salir 
á la plaza, etiqueta de fábrica republicana. La gran aspira- 
ción consiste en preparar buenos ciudadanos, es decir, hom- 
bres de robustez física. Lo primero, se adquiere encarnando 
en los espíritus tiernos el amor apasionado por la patria y 
por sus hermosas instituciones libres, en su concepto genérico 
y elemental; y, lo segundo, despertando en las generaciones 
que surgen la afición por todos los ejercicios que fatigan no- 
blemente el cuerpo. Los resultados de ese cuidado paralelo 
ya no se discuten: se palpan. 

La integridad varonil de los americanos es sorprendente. 
Por una rareza se tropieza con individuos enclenques, ó con- 
trahechos y, en cuanto al tipo medio de las estaturas, no 
admite competencia. Lo mismo puede afirmarse de las damas. 
La corrección de líneas de las americanas, á fuer de notoria, 
es ya proverbial. Los bustos esculturales abundan, y la fres» 
cura de las complexiones produciría serias alabanzas entre 



DB8DB WASHISOTON 205: 

no6otro8* Algo más fundamental que una vanidad de sexo 
hace que los colegas del célebre Moussíón^ confeocionador 
fantástico de mejillas femeninas en el Río de la Plata, no 
tengan cabida posible en el seno de este opulento emporio. 

Sus servicios serían absolutamente inútiles desde el ins- 
tante que el color natural de los rostros toca los límites de 
la perfección. Eso se debe á la capacidad activa de los 
miembros de este núcleo, todos elásticos, todos ágiles, todos 
poseedores de una misma levadura atlética, y concluidos así, 
á golpes de martillo, aprovechando las primeras cosechas del 
espíritu, que son las de los frutos opimos. Moldeados los va- 
rones en su período maleable, como se hace con los trozos 
de hierro incandescente sobre el yunque, se les echa luego á 
la corriente del mundo, sin peligro de que naufraguen, por- 
que ellos, como los pichones de pato, traen el instinto de la 
natación en la sangre. En los incidentes de apariencia más 
trivial encuentra amplia confirmación esa ley fecunda y se 
descubre el secreto de las mismas enterezas orgánicas. Días 
pasados leí en los diarios que un chicuelo de nueve años se 
había arrojado al Hudson para salvar á los pasajeros de un 
bote sin gobierno, llevados por las aguas á una mueite segura.- 
Y los salvó. Otro pergenio, de la misma edad, como quisiera 
emplearse y su madre se riera de tales pretcnsiones, se arrojó 
al patio, desde un tercer piso. Un joven de New Jersey, 
conociendo que estaba enfermo de viruela, esperó estoica- 
mente á la noche para dirigirse á pié al hospital, muy dis- 
tante, alejándose en su marcha de la vía ordinaria para no 
trasmitir el contagio. A la maflana siguiente los porteros lo 
recogieron, moribundo de cansancio, en la puerta del asilo. 
Sorprendidas por las llamas, una criatura de diez años y su 
madre, aquélla se empeña, con lágrimas en los ojos, por que 
ésta se salve primero; pero en este caso fracasa el coraje 
infantil y se agrega una nueva estrofa á los heroísmos hu- 
mildes, que las alas de los ángeles no son bastante blancas 
y bastante puras para acariciar el espíritu de la más des- 
venturada de las madres en la más miserable de las bohar- 
dillas. Con buenos cimientos, las demás dificultades son se- 



206 LUIB ALBERTO DE HERRERA 

candarias, j los cimientos sociales aquí se construyen con 
portland y granito. 

Las inclinaciones gimnásticas de la niñez se acentáan^ si 
es posible^ con el tiempo. Nada ni nadie disputa con más 
éxito sus víctimas á las tabernas que los juegos nacionales. 
Cada gremio tiene su team, es decir, su cuadro de desafío 
exterior, y no necesito agregar que nunca le falta contrin- 
cante. Los empleados de una casa de comercio^ apoyados 
alegremente por sus patrones, se disputan la victoria con 
los empleados de otras instituciones semejantes; los .obreros 
hacen cosa idéntica; los centros cié nfif icos apropiados cifran 
su orgullo corporativo también en esos laureles; y las seño- 
ritas estimulan esos enardecimientos, que denuncian una sa- 
lud poderosa en los espíritus, usando en sus vestidos, en los 
días de lucha atlética, ya sea en forma de pequeñas banderas 
esmaltadas ó de cintas con inscripciones, la divisa de los 
clubs á que se sienten vinculadas por pertenecer á ellos sus 
amigos, sus hermanos ó sus prometidos. La escuela militar 
de West Poiut, como todas las asociaciones chicas y gran- 
des, tiene también sus teams, y cuando ella festejó su cen- 
tenario, uno de los principales n&meros del programa lo 
llenaba un partido de base ball, considerado interesantísimo, 
entre sus mejores alumnos. Mientras estuve en Toronto, los 
obreros fundidores, reunidos en asamblea internacional magna, 
en número de dos mil delegados, interrumpieron un día sus 
trascendentales tareas gremiales para entregarse á los place- 
res atléticos. Las universidades americanas no son excep- 
ción á la benéfica regla. Ellas miden sus fuerzas con sin- 
gular afán y los cuadros elegidos, con el honor de sus colores, 
tienen el encargo de llevar al tiiunfo el prestigio muscular 
de los Estados. Cuando la aristocrática Universidad de Har- 
vard entra en lidia con la Universidad de Yale, ó la de 
Chicago con la de Columbia, los diarios organizan un ser- 
vicio de información extraordinaria y ningún suceso absorve 
más la atención pública que ese choque de dos virilidades 
hermanas. Pascando por Ottawa, vi un grupo animado frente 
á la redacción de un diario. Creyendo que se tratara de la 
enfermedad del rey Eduardo, seguida con interés por aquellos 



DESDE WASHINGTON 207 

leales subditos^ me aproximé á la pizarra notieiosa para sa- 
ber, en segatda^ que toda la ansiedad dominante sa originaba 
en las alternativas, comunicadas por telégrafo, de un partido 
de lacrosse — juego favorito de los canadienses- -reñido entre 
los representantes de la ciadad citada y los de Toronto. 

E^ muy agradable constatar que entre nosotros so ha ini- 
ciado, con caracteres auspiciosos, la anhelada evolución de las 
aficiones juveniles. Años atrás se hacia un proceso espeluz- 
nante del foot'ballj argumentándose con el caso de un com- 
patriota que sufrió la fractura de dos costillas y cuyo per- 
cance ya iba en camino de obtener fama do leyenda. ¡Cómo 
se han encarrilado las opiniones! El rector de la Universi- 
dad, doctor Pablo De-María, tuvo especial gusto en declararse 
partidario acérrimo de la diversión importada, inaugurando 
con el prestigio de su palabra el campo atlétioo del cAlbion»; 
y, á la fecha, nuestras más distinguidas familias asisten á 
' las reuniones y millares de espectadores, que se apasionan por 
la suerte de los bandos divergentes, siguen el desarrollo de 
la fiesta, en plena posesión de los términos técnicos ingle- 
ses, que han españolizado, y prodigando ardientes aplausos 
al insuperable Sardesón, celoso cumplidor de sus deberes 
de San Pedro en la puerta de la valla confiada á su vigi- 
lancia gatuna, ó á ese reputado rival del PeñaroY, conocido 
por Ferrocarril, en mérito al empuje incontrastable de sus 
avances. Impresiona bien ver durante los domingos á cente- 
nares de muchachos montevideanos llenando los suburbios de 
la ciudad con el matiz pintoresco de provechosas corridas 
detrás de una pelota de cuero que, lanzada por los declives, 
parece huirles y desafiarlos á la lucha. Pero esos útiles 
entusiasmos, que pueden pasar, debieran cristalizarse haciendo 
obligatorio el foot-ball en las escuelas públicas y señalando 
tardes de asueto para practicarlo, como se hace en Norte 
América. Lo mismo cabe decir de la sección universitarias 
de Estudios Preparatorios. Durante su luminoso rectorado el 
doctor Alfredo Vázquez Acevedo hizo un ensayo en tal sen- 
tido, pero la laudable iniciativa no adquirió el necesario 
arraigo, debido á las pocas oportunidades que había de de- 
dicarse holgadamente al ejercicio. 



206 LUIS ALBERTO DE 

oundarías, y loa <»inieiitos sociales aquf se constrayan coa 
portíand y granito. 

Lns inclinaciones gimnftetioas de la niBez se acentúan, « 
es posible, con el tiempo. Nada ni nadie disputa con mía 
¿xito BUS victimas i las tabernas que los ju<^os nacionales. 
Cada gremio tiene su team, es decir, su cuadro de desafio 
exterior, y no necesito agregar que nunca le falta coatrin- 
cante. Los empleados de una casa de comercio, apoyadoa 
alegremente por sus patrones, se disputan la victoria con 
los empleados de otras instituciones semejantes; los .obreros 
hacen cosa idéntica; los centros ciontifícos apropiados cifran 
BU orgullo corporativo también en esos laureles; y las seSo- 
ñtas estimulan esos enardecimientos, que denuncian una sa- 
lud poderosa en los espíritus, usando en sus vestidos, en los 
días de lucha atlética, ya sea en forma de pequeDas banderas 
esmaltadas 6 de cintas con inscripciones, ta divisa de los 
clubs á que se sienten vÍDCuladas por pertenecer á ellos sus 
amigos, sus hermanos 6 sus prometidos. La escuela militar 
de West Point, como todas las asociaciones chicas y gran- 
des, tiene también sus teams, y cuando ella festejó su cen- 
tenario, uno de ios principales números del programa lo 
llenaba un partido de base ball, considerado interesantísimo, 
entre sus mejores alumnos. Mientras estuve en Toronto, \ob 
obreros fundidores, reunidos en asamblea internacional magna 
en número de dos mil delegados, interrumpieron un d(a su 
trascendentales tareas gremiales para entregarse it los plact 
res atléticos. Las universidades americanas no bou exce 
ciíjn á la benéfica r^la. Ellas miden sus fuerzas coa si 
guiar afán y los cuadros elegidos, coa el honor de sus color 
tienen el encargo de llevar al triunfo el prestigio musen 
de los Estados. Cuando la aristocrática Universidad de E 
vard entra en lidia con la Universidad de Yale, 6 la 
Chicago con la de Columbia, los diarios organizan un 
vicio de información extraordinaria y ningim Buceso abe 
más la atcncitJn pública que ese choque de dos vúy^^ ^^ 
hermanas. Paseando por Ottawa, vi nn grupo an'~ "^^^^"^ 
& la redaocién de un di.irlo. Creyendo que -— - 

enfermedad del rey Ediiniiio, seguida cor 



i 



DE8DE WASHINGTON 209 

¿Qué bAcen allí los niños de sus tardes j de sus días, de fiesta? 
Bostezar en e\ abunímiento y aprender á dormir la siesta de 
las grandes perezas que^ más adelante, hará de ellos freouen«- 
tadores asiduos de esas innobles riñas de gallos. Porque ¡es 
claro! restringido eada vez más el uso del caballo^ á causa 
de la evolución general, cerrado el período de las aventuras 
andariegas, es indispensable dar desahogo á las impulsiones 
nerviosas de la edad, y, como no se le encuentra bueno, se 
le dá malo, que de una simple arruga del terreno depende 
que los arroyos alimenten con el caudal de sus aguas cié- 
nagas 6 ríos. Rompiendo el aislamiento letal de las épocas 
coloniales, ¡cuánto más hermoso fuera ver á la juventud de 
las cabezas de departamento adiestrarse en juegos viriles y 
lanzar resuelto reto de desafío á las rivales, ofreciéndose á 
combatirlas en sus mismas posiciones, que ya nuestra red de 
ferrocarriles, casi completa, permite saltar en horas de la Co- 
lonia á Soriano, del Salto á Paysandü y de Tacuarembó á 
Bivera! Todos sabemos que la anarquía de opiniones, los 
celos recíprocos, las intrigas, dominan, como una incurable 
malaria, en los poblados de la campaña, condenando á muerte 
las iniciativas de mejoramiento local que, por mucha que sea 
8Q bondad, fracasan si no las levanta sobre sus hombros 
fornidos el esfuerzo colectivo. Más de un recurso hábil brinda 
la razón para combatir, con éxito, esas verdaderas epidemias 
morales. Pero afirmamos que no figurarían entre los últimos^ 
si dirigidos á tal efecto purificador, la improvisación de nue- 
vos motivos de actividad urbana y de estímulos á la vida 
social y un funcionamiento más eficaz de la enseñanza pú- 
blica, en sentido de aproximar prácticamente á los niños entre 
sí, lo que, en el fondo, importaría la aproximación inadvertida 
de los bogares más divergentes. Los juegos atléticos adap- 
tables á nuestro medio y, en primera línea, el foot^ball y las 
carreras á pié, pueden rendir esos beneficios hermanos. Por 
an lado, los partidos domingueros, suscitando interés seme- 
jante al que ya despiertan en la capital de la República, 
crearían los pretextos de entretenimiento y de contacto cortés 
que se necesitnn; y, por otro, la alianza obligada y placen-*- 
tera de los escohires en juegos que los apasionarían, á la 

14 



196 LUI8 AT.BKRTO DE H»UIBBA 

La sangre enturbia los sentidos y emborracha tanto como 
el ingo concentrado de las uvas. Acepto que viendo el de- 
sarrollo en un frontón de un partido de pelota^ los espec- 
tadores prorrumpan en expresivas demostraciones cuando la 
cesta invencible del Chiquito de Eibar mide, desde el doce, 
una rasante, que después de avanzar besando el plano de la 
pared lateral, pica un decímetro mf(s arriba de la línea vá- 
lida, y que lo mismo sucediera cuando en los partidos Á 
mano limpia el célebre Paysandú, entre nosotros, hacía sil- 
bar la pelota al hendír los aires como un proyectil, po- 
niéndola, cautiva de su maestría, en el punto deseado por 
la inteligencia del jugador. £n todos esos ejercicios, de 
tan diferentes matices, á poco de estudiarlos, se encuentra 
el secreto de los grandes éxitos pasionales. Creo que no 
sucede lo mismo con el box, que no agrega á su brutali- 
dad y grosería una sola tinta conquistadora. El conjunto 
del espectáculo en sí, no puede ser más insípido, sin mú- 
sica, sin ovaciones, sin la variedad pintoresca de altercados 
y diálogos naturalistas, tan necesarios, como la pimienta á 
los platos fuertes, en circunstancias de placer y desenfreno 
populachero. 

En medio del silencio más absoluto, impuesto por las reglas 
del acto, dos individuos, casi desnudos, salen á la palestra y 
se curten la fisonomía á puñetazos. En plena florescencia 
física, de espaldas angulares, de pecho soberbio, que parece va 
á romperse, como una tela demasiado extendida, bajo la pre- 
sión de fragua de sus pulmones, es innegable que ellos pro- 
claman, con una realidad hermosa, la eficacia espléndida de 
los movimientos gimnásticos sobre el cuerpo sometido á su 
raimen. Esos músculos perfectos, señalados mejor por el ajus- 
tamiento de la piel, al igual de las formas femeninas en el 
tránsito callejero, gracias á la moda agradecida de estirar para 
un lado las polleras, merecen ser admirados por la salud 
romana que denuncian y por el esfuerzo plausible que repre- 
sentan. La belleza poética de Narciso nada tiene que ver 
con la belleza fiera, reciamente masculina, de estos atletas 
que, como el Ursus de Enrique Sienkiewck, serían capaces 
de luchar, á brazo partido, con un toro salvaje y de desnu- 



DIBBDE WASHUrchTON 197 

cario rompiéndole la cervis, si lo mandara asf su voluntad. 
Frente á freute> se atacan j se repelen, como dos autómatas, 
sin dirigirse una palabra, sin cambiar un reproche, hasta que, 
bajo el contacto de acero de un puño, se rinde la energía 
adveraaría. He ahí una diversión que nunca adquirirá arraigo 
entre las razas latinas que, nerviosas j artísticas aún en sus 
horas de entretenimiento varonil, necesitan espectáculos ar« 
dientes que llenen con ecos animados sus oídos, que hieran 
con intensidad la vista, lastimando casi la pupila, y que arran- 
quen á la garganta expresiones imperiosas. La ausencia misma 
de esos excitantes la hará perdurable aquí en donde el clima 
7 la educación particular alian sus influencias glaciales sobre 
el mundo moral para ofrecemos el ejemplo de temperamentos 
flemáticos, reacios al bullicio, que miden sus impresiones por 
reloj y que ignoran los estallidos ruidosos de la cólera y 
del placer. En ese sentido, el box satisface las preferencias 
de muchos al proporcionarles la oportunidad de seguir el 
desarrollo de dos actividades físicas encontradas. 

De manera que, con todo de su torpeza, no cabe el pa- 
ralelo que en tal concepto se ha intentado entre el box y 
las corridas de toros. Aquél se determina por el consenti- 
miento, sereno é interesado, de dos sujetos racionales que 
ponen expontáneamente al servicio de sus ambiciones mone- 
tarias, el arte en que son diestros. Otros se ganan con 
dificultad la vida en el desempeño de las ocupaciones más 
duras; éste, cava la tierra; aquel, maneja un coche de pla- 
za; pues el boxeador, con toda holgura, sin perder un minu- 
to de su sueño, gordo, feliz y mimado, pone su porvenir 
en las muñecas, las cuida, ensaya con ellas las más hábiles 
estrategias, y así, al precio ínfimo de medio litro de san- 
gra nasal por año — lo que evita el uso de ventosas — pros- 
pera y se enriquece acariciado por ráfagas de positiva po- 
pularidad. £1 peligro de muerte que puede correr en su 
profesión es tan problemático como el que se cierne sobre 
cualquiera de nosotros al cruzar una boca-calle. Sabiéndolo 
juí, el espectador no se arrebata porque el espíritu sólo se 
aigita, dominado por zozobras que causan extraños deleites, 
citando existe, en el fondo, la perspectiva constante de 






X 



Más noticias sobre el Osnsdá — Los rigores del clims y !s indus- 
tria de los habitantes— Influencia de las municipalidades — Los 
bomberot yankees — Maravillas de la institución — Un congreso 
extraordinario — Elementos portentosos de salvataje — Referencias 
sobre el Uruguay — Una raza fuerte contra un clima adverso — 
Oomo se progresa — Ottawa, Toronto y Montreal — Por las igle- 
sias — Ecuanimidad religiosa. 



Cuando recapacito sobre los temas que han servido de mo^ 
tívo á mis anteriores cartas se me ocurre pensar quC; ni 
aún persiguiendo propósitos de enredador, habría podido ofre* 
cer á ustedes una combinación tan pintoresca de asuntos tam 
divergentes. Pero la culpa de semejante desorden pertenece 
á la realidad, llena de alternativas y contrastes, que, desde 
hace muchos meses, está jugando á la pelota con mi ima- 
ginación. Si esta última fuera de contextura material ya 
habría estallado, como sucede con los globitos de juguetería 
cuando se les infla en exceso, tantas y tan extrañas y tan 
tM>nipIicadas son las impresiones recibidas! Pero, por fortuna, 
descendamos del buen Adán que, en mala hora, cometió la 
debilidad de comer una fruta verde, ó de esos feos orangu- 
tanes, físicamente tan parecidos á nosotros, que nos descu- 
bren la hilacha en los museos zoológicos,— el cráneo del más 
vnlgar de los mortales tiene capacidades infinitas al extremo 
de ser inagotable su hospitalidad. Por lo demás, ¿cómo exigirle 
al cazador que precise, antes de correr la aventura, cuál será 
el contenido de su morral, á la vuelta, si todo depende del 
asatf A menudo, rastreando perdices, el descubrimiento, por 



214 LUIS ALBEBTO DE HKRRKTtA 

incidenciai de una bandada de patos posesionada de la laguna 
con tentador descuido^ cambiará el rumbo de su pasión ci- 
negética, que pronto conocerá^ otro recodo, cuando alguna 
de esas codiciadas becasinas pase al alcance de la escopeta.^ 
Pues con el desfile de las ideas sucede algo parecido. EUaa 
no pagan tributo á la disciplina, como las tropas que mar- 
chan por compañía)», de mayor á menor, llevando sus oficiales 
á la cabeza. Su lej es la anarquía. Ligadas en el tiempo 
ellas brotan en monstruoso parentesco, mezclado lo trivial á 
lo serio, sin que nada pueda la propia voluntad contra tan 
singulares caprichos. ¡Cuantas veces ciertas impresiones, que 
en otras circunstancias pasarían perdidas, se graban con te- 
nacidades de terquedad y, rompiendo toda gerarquía, vienen 
á colocarse con imperio á la vanguardia del pensamiento, 
reproduciendo en el terreno abstracto el espectáculo de esos 
impertinentes que, empujados en las más grandes manifesta- 
ciones callejeras por afanes de exhibicionismo, llegan de la 
cola á la cabeza de la columna, atropellando con grosería á 
los que más valen y consiguiendo formar junto á los pri- 
meros 7 ser sorprendidos así por la placa fotográfica! He- 
chos estos esclarecimientos atenuantes, ¿me perdonan el desor- 
den, de montonera, de mis párrafos? 

Todavía no ha perdido vivacidad el recuerdo de los días 
agradables pasados en el lejano Canadá. Caído, como un bó- 
lido, en aquel medio de atractivos singulares, pude pene- 
trarme del -mérito batallador de la nueva raza que vive ea 
lidia perpetua con el clima, cuyas inclemencias sabe vencer. 
Nosotros, nacidos en zonas de ambiente delicioso, bajo laa 
caríoias de un sol jamás inconstante, que vivimos dejando ha- 
cer á la naturaleza, difícilmente podemos comprender los gran-- 
des trastornos decretados en otros países por las bajas tem^ 
peratbras. ¿Concebimos, acaso, el alojamiento para los ganados 
bajo techo, de día y de noche, durante la mayor parte del 
año; el cuidado paternal de las flores, obtenidais como aa 
milagro, en la atmósfera artificial de I09 invernáculos bajo 
cielo de cristales; la paralización larguísima en el exterior de 
laÉ tareas rásticas; el aprovisionamiento abundante de cerea- 
les y pasto para afrontar con éxito las exigenetas^ sin posible 



DESDE WAfiJBINQTOX ,^15 

repaesto^ de la estación adversa; la concentracii^ii íntima j 
prolongada de los miembros de cada familia campesina eu 
casitas construidas con todas las estrategias imaginables, do- 
tadas de ventanas dobles, puertas de cierre hermético y forro 
de madera, ajustado al ladiiilo; en una palabra, la mueiie 
transitoria del mundo físico que ofrece entonces un aspecto 
de perfecta é inexorable catalepsia? El frío intenso convierte 
á las corrientes de agua en témpanos sin solución de conti- 
nuidad; flagela á los árboles; ahuyenta á los pájaros, y aplasta, 
bajo una lápida de hielo, la frente de los campos. Cercos, 
bosques, accidentes topográficos, ríos, precipicios, sembrados, 
carreteras, todo desaparece perdido en los pliegues del blanco 
sudario, del inmenso sudario, que se esponja en todos los 
rumbos señalando una victoria triste. La consigna del silencio 
más absoluto aparece escrita, como uti epitafio, sobre la estepa 
incomensurable. Ahí está reproducida, en proporciones fantás- 
ticas, la imagen de los castigos inquisitoriales. Sin piedad, sin 
justicia, sin razón noble, se persigue á la vida en los senos 
benditos de la ^madre tierra, se rompen las energías de la 
creación con el peso de un horrible grillete y se la somete al 
más pavoroso de los tormentos enterrándola viva, evocando 
así la memoria de aquellos emparedamientos infernales do la 
Edad Media. 

En esa condición se deslizan siete meses del año en el 
Canadá. Al cabo de ellos el cruel enemigo se retira á 
sus cuarteles polares, corrido por las grandes alegrías del ve- 
rano. Entonces se emprenden los cultivos, con actividades 
febriles, para sacar ventajas del pequeño paréntesis conce- 
dido; las fuerzas fecundantes del surco entran en rápida 
evolución; los pinos salvajes visten galas lujuriosas; una 
cabellera de vq^etación exuberante cubre el casco de las 
comarcas; llega la época de l.>s grandes cortes y los mon- 
tes naturales sufren el ataque de millares de leñadores; cru- 
zan el país cargamentos enormes de madera, de los cuales 
algunos alcanzarán hasta el Río de la Plata, y un aliento 
ejemplar de labor y de industrialismo vuela por todas las 
leones. Se trabaja con ahinco, teniendo siempre preseate 
el fantasma de la perspectiva desfavorable, que adquirirá 



216 LUIS ALBKBTO DE HERBERO 

contornos de realidad en (echas de exactitud matemáticak 
Juanea se olvida la visión del implacable opresor del norte 
que se concentra^ á disgusto, en la misteriosa hoya nevada del 
Océano Ártico, ansioso de desbordarse, con elasticidades de 
pulpo, sobre el hermoso pedazo de continente libre, por ins- 
tantes, del penoso cautiverio. Las plantan crecen, florecen 
y fructifican de prisa, las cosechas se recogen sin pérdida 
de tiempo y con tanto acierto victorioso que cuando, apro- 
vechando los descuidos del sol, el frío golpea exigente á la 
puerta de los hogares, el pueblo canadiense sale á recibirlo 
risueño y burlón, y le da la bienvenida desplegando la mis- 
ma soltura amable del deudor que tiene á mano dinero bas- 
tante para apagar las impaciencias hostiles de su acreedor. 
Ya los graneros están llenos; ya, á la espera del nuevo 
respiro primaveral, se ha hecho el abono científico del te- 
rreno y se ha puesto en sus entrañas la semilla, para que ella 
dormito prisionera de los hielos y aguaitando su partida; ya 
las vacas lecheras han disfrutado de sus vacaciones al aire 
libre y los caballos de uso doméstico han cumplido su mi- 
sión laborante, prendidos al arado; ya están tomadas todas 
las precauciones necesarias y se puede bajar el puente leva- 
dizo sin temor á una sorpresa. 

Entonces, empiezan los entretenimientos atléticos, impues- 
tos por las dureza del clima, y aparecen las diversiones ca- 
racterísticas de ese país de las pieles, tan maravillosamento 
adivinado por el talento pictórico de Julio Verne. El hielo 
ofrece un insuperable campo de maniobras, aprovechado con 
usura por todos los habitantes del Dominio y la juventud, 
siempre bizarra, hace sarcasmo del invierno, que no la al- 
canza de ninguna manera, escribiendo poemas de amor, con 
el filo de sus patines, sobre el mármol terso de la llanura. 
Se combinan largas jornadas de bullicio, los trineos sustituyen 
con ventaja placentera á los vehículos ordinarios y se con- 
suman atrevidas excursiones en colectividad. Elsto en el exte- 
rior que, en el interior, tampoco faltan objetivos. Ha llegado 
la hora de las veladas interminables y sentada alrededcH* de 
«n fu^o bien nutrido la familia reunida sigue con interés 
la lectura de las revistas agrícolas y ganaderas, que el go- 



I>BBDB WASHINGTON 217 

bierno publica con previsora generosidad, y de los diarios, 
qae tienen snscritores ávidos en la más humilde de las vi- 
viendas. Pero todo no es esparcimiento. La fabricación de 
manteca y qaeso oonstitnye una tarea delicada y seria y de 
opimos beneficios. En ella colaboran, con toda la valentía 
honesta de su sexo, las mujeres, alternando estas actividades 
con el tejido, en el cual son muy hábitos. 

¿No tiene sienes de triunfador un pueblo así fundido, 
que sabe leer, que mantiene como fuego sagrado, el culto 
de sus tradiciones legendarias, que nunca soportó despotis- 
mos y que, á fuerza de tenacidad, de paciencia y de carác- 
ter ha enfrenado los caprichos de un clima que ya no es 
desolador? Allí ha puesto la grandeza sajona la piedra an- 
gular de una nueva patria republicana. Para nosotros, en el 
momento actual, posee afin más eficacia ejemplar el caso 
del Canadá que el caso de los Estados Unidos. Este último 
es un país colosal, ya hecho, el más grande de la tierra, 
que nada tiene que aprender ya, en cierto sentido, pues su 
evolución orgánica está concluida á cincel. Otra cosa, muy 
distinta, debe decirse de aquél, en proporción despoblado, 
todavía colonial, que, si bien llamado á vuelos caudales, 
recién entra en rivalidad vigorosa con la concurrencia uni- 
versal. El Canadá pasa por un período de transición y 
afronta las exigencias educacionales, políticas y productoras 
con recursos relativamente limitados, haciendo prodigios de 
economía financiera, acosado á menudo por dificultades del 
tamaño de montañas, como venimos de verlo. £^a simili- 
tud de circunstancias embrionarias nos aproxima. Y no se 
tenga á menos ese paralelo con una sociedad que, á pesar 
de ser muy adelantada, aun no goza de soberanía propia. 
Cuestión de palabras. Eu otra correspondencia les diré que 
el Canadá á la fecha y aunque sea gobernado, en teoría, 
por un monarca europeo, puede figurar entre los pueblos 
más libres, más concientes y mejor constituidos del globo. 

Toronto, que presenta un radio algo menor que nuestra 
metrópoli, posee, sin embargo, una casa municipal esplén- 
dida que, sin incurrir en exageración, podemos envidiarle. 
Ese palacio, que costó dos millones de pesos tomados de los 



218 LUIB ALBERTO DB HBBBERA. 

recnrsos provinciales^ ocnpa una manzana entera y se desdo- 
bla en cinco pkos. Sn arquitectura responde al estilo típico 
de las construcciones inglesas, que, en lo referente á edifi- 
cios públicos, tienen la apariencia de las históricas abadías, 
si se enfoca su centro, 7 de castillos feudales, si se miran 
las esquinas, que rematan en sólidos torreones. Todos los 
servicios públicos están holgadamente instalados allí además 
de los amplios salones de recepción. Porque las institucio- 
nes municipales tienen un carácter más genuino en las na- 
cionalidades libres brotadas del tronco británico. Los latidos 
de la comuna repercuten con mayor, eficiencia social en el 
seno de las autoridades edilicias que, sintiéndose fuertes con 
el apoyo decidido del cuerpo ciudadano que representan, 
abordan, sin temor, la solución de loa problemas locales. Ea 
que ellas son verdaderamente autónomas; es que ellas tienen 
sus rentas propias 7 para nada deben preocuparse de las 
fiscalizaciones retardatarias de los Poderes del Estado, pues 
si el Ejecutivo lleva en las manos las riendas del gobierno 
nacional ellas tienen en las suyas, con derecho tan legítimo, 
el gobierno de la ciudad, protegida en sus fueros por Cartas 
de naturaleza sabia y de prestigios inviolables. De ahí nace 
la alta significación pública atribuida á los alcaldes, cuya 
investidura so impone en todas las ceremonias, como también 
la alta importancia colegiada de los Consejos Municipales. 
Es cierto que entre nosotros y si leemos sus reglas cons- 
titutivas, las autoridades civiles de índole semejante ofrecen 
la constancia de iguales títulos orgánicos. Por lo demás, sa 
cepa genealógica no puede ser más pura, ya nos detengamos 
en el primer escalón retrospectivo, estudiando la índole libe- 
ral de los Cabildos, que sefialan una vaga tentativa demo- 
crática en los tiempos de la patria vieja, ó ya alcancemos 
hasta las épocas inmemoriales, cuando los bravos hijos de 
Aragón encabezaban sus manifestaciones al rey de Espafia 
con aquellas palabras empapadas de insuperable altanería cí- 
vica: cNosotros, que separádalnente somos tanto como vos y 
que juntos somos más que vos ...» Pero en la realidad esa 
significación de cuerpo, con raras excepciones, ha. ido per- 
diendo terreno que, con certeza, recuperará hoy que* d vúft^. 



DBSDB WIOBIVQTOH 219 

palanca de las sociedades regulares^ se ejercita en ensayos 
bienhechores. Entonces esas Comisiones Auxiliares de la cam- 
paña tomarán con empeño la representación de los pequeños 
vecindarios, preocupándose del mejoramiento estético de los 
nficleos poblados, por escasos de tamaño que ellos sean; de 
plantar árboles en las calles; de adornar las plazas; de fes* 
tejar los aniversarios nacionales; de contribuir al mayor brillo 
de las fiestas escolares; de rectificar delineaciones ; de insta- 
lar servicios privados, y de otras mil funciones de su resorte, 
en vez de abdicar en los señores comisarios la responsabi- 
lidad de sus hermosos é intransferibles cometidos. Ejemplo 
gráfico de esa dedicación social lo "presenta, en escenario dimi- 
nuto, el último de los villorrios americanos ó canadienses que 
produce en el viajero una impresión muy favorable, de orden 
y de progreso vigilante. Aquí las roimicipalidades están en 
mayor contacto con la masa del pueblo por la sencilla razón 
de que aquí ellas poseen muchas y grandes atribuciones pro- 
pias y pueden, por lo tanto, resolver directamente infinidad 
de cuestiones administrativas. Para que se vea hasta qué 
panto sucede así, agregaré que el l.o de Setiembre los diver- 
sos gremios de la ciudad de New York desfilaron, represen- 
tados por cuarenta mil obreros, por el City-Hall para recibir 
el saludo apreciadísimo del alcalde y demás ediles. Cuando 
visité la casa municipal de Toronto vi á los fundidores, 
reunidos en asamblea internacional, ocupando el gran salón 
de sesiones, embanderado en su honor. 

Cambio de asunto y recuerdo que el entierro de cuatro 
bomberos, víctimas de su deber, fué una escena emocionante. 
Mientras atacaban un voraz incendio ellos fueron aplastados 
por un edificio que se desplomó. Más de cincuenta mil 
almas presenciaron el desfile de los carruajes mortuorios que 
contenían los restos mutilados. Aquel duelo expontáneo fué 
una simpática demostración de la cultura pública. Los si- 
niestros en estos países son numerosísimos y adquieren, á 
menudo, proporciones de verdaderas catástrofes. For eso en 
la construcción de las casas se adoptan especiales precau- 
ciones edificándolas de hierro, como enormes jaulas, y usan- 
do el complemento de ladrillos 4, prueba dé fuego, sin olvi- 



220 LUI0 ALBERTO BE HEtiOtERA 

dar an aparejo exterior de escalerillas permaaeiites que éx»- 
^n agilidades gatunas para ser recorridas. En New York^ 
más que en ninguna otra parte, adquiere el peligro proba- 
bilidades aterradoras. Habituado á ver en ios incendios 
una contingencia en realidad remotísima 7 qne> en el más 
apurado de los casos, nunca amenaza la vida de manera 
inminente^ entre nosotros, no comprendía al principio las 
advertencias insistentes ofrecidas al forastero en los grandes 
hoteles. Ya he cambiado de criterio 7 confieso que ha7 
razdn justificada para tales cuidados. Concíbase el conjunto 
•apelmazado de una población heterogénea, obligada por mo- 
tivos climatéricos á usar generosamente de las chimeneas» 
que se derrama sobre una extensión de diez millas, com- 
primida en edificios^ cuya altura mínima es de cuatro pisos, 
como sardinas en caja. ¿En tales condiciones pueden fal- 
tar causas diarias de calamidad? Así se explica que el de- 
partamento de bomberos de New York sea una institucióa 
importantísima 7 de inmenso personal v que el esfuerzo de 
todas las administraciones se dirija á perfeccionarlo. 

Pero, hablando con sinceridad de profano, se me ocurre 
que 7a se ha alcanzado el ideal de rapidez 7 de organización 
cuando veo á los carros salvadores respondiendo diligentes, 
casi instantáneos, á los llamados de la aflicción; á escaleras, 
de longitud fantástica, cimbrándose sobre un reducido apo7o 
de acero 7 tiradas, como garfios, hasta el hueco de las más 
elevadas ventanas; á máquinas de vapor, siempre prontas, que 
extraen el agua de las cañerías comunicándole impulsiones 
de torrente; 7 á las bombas, dirigidas con pulso automático 
7 acierto cauterizador al mismo foco del desastre. Todo esto 
en silencio, sin que se oiga el eco de una voz de mando, 
como que se trata de una lección ruda aprendida de me« 
moria gracias á una experiencia audaz mil veces repetida! 
Paseando por los suburbios do Chicago con el archiduque 
Boris, primo del czar de Rusia, 7 como se hablara, por in- 
cidente, del servicio de bomberos, dijo su jefe, que era de la 
comitiva, que sus subalternos antes de cuatro minutos hacían 
acto de presencia en cualquier punto de la ciudad. Re- 
cibida con sonrisas esta afirmación ofertó una prueba práo- 



DE8DB WASHINGTOir 221 

tica tocando, al efecto, el timbre dé alarma. En los prime- 
ros momentos no hubo respuesta, á los tres minutos compareció 
la policía 7, por reloj, antes de los cuatro minutos, cuando 
ja se consideraba rota la fuerza verídica del atrevido aserto, 
aparecieron al galope, tremolando sus insignias de guerra bu- 
manitaria, los carros de los amigos del pueblo. 

De distancia en distancia hay en las esquinas de New 
York postes metálicos, rematados por faroles de vidrios co- 
lorados para distinguirlos de los otros. Moviendo una ma-* 
nivela, al alcancé de cualquier transeúnte, toca una campana 
á la vez que se abre una caja metálica en cuyo interior 
aparece un resorte que, oprimido, trasmite el llamado. Esta 
operación, en dos actos independientes, de los cuales el pri- 
mero es ruidoso, tiene la ventaja de^ que evita, en lo posible, 
los abusos de los mal intencionados. Pero trasladémonos á 
la estación solicitada para conocer la respuesta que se da á 
la denuncia. Aquella consta de un gran salón con su ancha 
puerta perpetuamente abierta de par en par. En el centro 
está colocado el carro, que contiene todos los elementos de. 
asalto. Atrás de éste el segundo vehículo con la máquina im- 
pulsora en constante actividad. Los costados de cada uno 
de ellos están ocupados por los caballos de servicio, cuatro 
en total, que, atados corto, en pesebres aparentes, se man- 
tienen quietos, como asistentes prontos á la orden. A pri- 
mera vista parece que el local estuviera abandonado, pues allí. 
no hay rastro de personal. Pero cuando el timbre de auxilio 
bate, la escena cambia en instantes y sucede á lá calma un 
movimiento inusitado, de maquinaria, al cual concurren, con 
plena independencia, brutos y racionales. Los caballos, admi- 
rablemente amaestrados, abandonan, por inspiración propia^ 
sos departamentos laterales, pues los cabrestos se atan al bo- 
zal de manera que basta un tirón fuerte para desprenderlos. 
Ya en libertad se colocan, siempre solos, en su sitio de cos- 
tumbre, á los costados de la lanza. 

A todo esto los arreos, en su mayor parte metálicos y 
muy sencillos, que han estado hasta entonces suspendidos del: 
techo, caen sobre el lomo de los animales y se ajustan casii 
aotomáticamente. Mientras tanto los bomberos, que ocupan 



2S LUIB ALBBRTO DE HERRERA 

loa pisos superiores^ han invadido la sala y se encaraman á 
los carros en actitud de circunstancias. Pero bajar las esca* 
leras de acceso ha de exigirles un tiempo precioso, dirá 
tal vez, el lector. Contesto á ese posible comentario advir* 
tiendo que ellos descienden, cual si cayeran del cie^o, des- 
lizándose, con agilidades de mono, por una barra fija de 
hierro que atraviesa de abajo á arriba todos los pisos. Qué 
más puede pedirse? De una pechada se suprime la cade- 
nilla que impide la entrada y la expedición sale al galope 
para devorar el espacio como impelida por alientos endemo- 
niados. Y, sin embargo, á veces tantas energías puestas á 
contribución para reducir el número de crueles infortunios se 
estrellan impotentes contra los decretos irónicos de la fata- 
lidad y los gritos desgarradores de infelices, sitiados por las 
llamas allá, en las alturas de un sexto piso, anuncian á 
quienes traen el socorro público que las habitaciones ahoga- 
das por el furioso elemento se han convertido en algo así 
como una horrible monstruosa parrilla sostenida por el brazo 
helado de todas las maldades apocalípticas. 

El congreso internacional de los bomberos de habla sajona 
acaba de reunirse en New York, constituido por la friolera 
de mil jefes de otras tantas de esas corporaciones simpáticas* 
Todas las ciudades mandaron su delegado, desde Londres hasta 
la más modesta capital de comunidad americana. Con tal 
motivo se celebró una exposición de aparatos y útiles apro- 
piados para combatir siniestros. Aproveché la ocasión para 
darme una idea de los adelantos alcanzados aquí en la mate- 
ria y recorrí aquel inmenso bazar de elementos defensivos. 
Cada casa inventora tenía su instalación propia y un personal 
aparente de propaganda para pregonar la excelencia de sos 
creaciones. A pesar de mi crasa ignorancia en el asunto fue- 
ron tantas las explicaciones que me facilitaron, quieras que 
no quieras, en el curso de mi visita, que á la salida estaba 
casi en aptitud de discutir su ciencia con nuestro bravo co** 
mandante Báñales. ¡Si para los ímpetus mercantiles de estos 
americanos no hay Gran Muralla que valga y si ellos soa 
capaces de emprender, como Fausto, negocio de almas coa 
el diablo y de ganarle en vivezas! Pero la verdad sea dich% 



DE8DB WASHINGTON 2^3 

qoe los perfeccionamientos alcanzados en la rama que trato 
son admirables. ¿Qué queda por concebir para acorralar at 
fuego que tiene que ser tan perverso, como es, para aún asf^ 
acosado y vencido, dar origen á tantos dramas populares?' 
He visto papeles de asfalto para las habitaciones, por su-» 
puesto, incombustible; madera dotada de idéntica calidad 
por medio de baños dé magnesio; arneses automáticos: lite- 
paras de mano protegidas, por el estilo de las que usan los 
mineros; escaleras larguísimas con bombas anexas, que gra- 
cias á un simple meóanismo se manejan desde abajo; apa- 
ratos protectores contra el humo, cuyo objeto es evitar la 
asfixia; denunciadores automáticos; mallas recias y flexibles, 
capaces de recibir, sin que sufran lesión, á los desesperados 
que se arrojan del más alto piso; automóviles adaptados al 
servicio; ventanas con vidrios incombustibles; escalas pneu- 
máticas, baldes de última novedad; mangas de contextura 
formidable; cascos mejores que los mejores conocidos; uni- 
formes, capaces de permitir á quienes los usan desafiar 
al fuego, como se desafía á la lluvia, con las manos en 
los bolsillos; botas, caretas, máquinas, tornillos, tenazas, 
hachas y mil otros aperos y recursos de carácter práctico y 
eficaz. Las llamas poco dan que hacer entre nosotros pero, 
de todos modos, es indudable que la gran extensión de la 
ciudad de Montevideo exige que, en tres ó cuatro puntos es- 
tratégicos de su planta urbana, se instalen esteciones inde- 
pendientes de bomberos, sin necesidad de aumentar por esto 
el plantel existente aunque sí, talvez, su dotación de aparatos. 
Un oriental no se vé todos los días en Toronto; de ma- 
nera que fui objeto de la curiosidad reporteril de algunos 
periodistas. ¿Cómo es el Uruguay? ¿Cuáles sus industrias? 
¿Cnál su pasado y su porvenir? ¿Prospera? A todas estas 
preguntas, formuladas con el lápiz en la mano, contesté sa- 
tisfecho de poder divulgar en tierras tan lejanas noticias de 
nuestra capacidad y de nuestra singular cultura. La pluma 
se desliza más suelta al referir á este tema tan sugestivo, 
y como la tinta empleada en ensalzar á la patria nunca re- 
solta perdida y deja de ser negra, yo experimento placer 
sintetizando mis respuestas. Proporcionalmente nuestro país 



224 LUIS ALBERTO DE HB8BERA 

tiene más telégrafos y ferrooaniles qae los demás de Siid 
América. Es el úaico del continente que no presenta los 
matices desfavorables de las rasas negra ó india en sa po- 
blación, siendo en conseenencia, sólido, caacásico y puro su 
milloncito de habitantes; tendrá en breve el mejor puerto 
del continente^ siendo notoria su honestidad íinHUciera; su 
bondad topográfica goza de fama, como también la riqueza 
de su suelo. Sus ganados son excelentes; sus trigos mere- 
cen preferencia en los mercados europeos; sus hijos son va- 
roniles y belicosos, explicándose solo así que, apesar de las 
dominaciones inglesa, portuguesa, brasilera y argentina, hayan 
qlavado para siempre sus fueros y su independencia entre 
potencias de inmenso volumen territorial. 

£1 Uruguay adelanta sensiblemente y sobre el cimiento 
granítico de la política de coparticipación honesta, iniciada 
con el aplauso de todos los hombres buenos, levanta á la 
fecha el edificio de su grandeza institucional que llegará á 
ser una realidad venturosa si el buen sentido no naufraga, 
como no naufragará. Padecí error al expresarme así? ¿Cómo 
suponerlo cuando nadie ignora que sin la unión sincera de 
todos los orientales, el porvenir sólo nos promete desastres 
aplastadores y cuando todos sabemos que siendo tan po- 
quitos como somos un instinto elemental nos manda aproxi* 
iparnos y entendernos? 

£1 Canadá es un país de agricultores y á ello debe, en 
mucha parte, su bienestar y energías multiplicadas. La 
población campesina está repartida en zonas inmensas pero 
ocupando cada cual pequeñas parcelas. De manera que el 
cultivo de la tierra posee acentuados caracteres intensivos y 
no existe allí, como entre nosotros, el inconveniente del mo^ 
Qopolio de los campos en pocas manos. Todos son peque* 
fios propietarios; todos tienen algo suyo, al punto de poderse 
afirmar que cada familia dispone de arraigo independiente. 
Fórmula ideal ésta de riqueza pública, encuentra decidido 
apoyo en el £stado que no economiza esfuerzos para au- 
mentar la cantidad de los panales de tan hermosa colme- 
na. £n forma directa se afirman tales propósitos habilitando 
nuevas vías de comunicación, abriendo canales, incorporando 



DESDE WASHU^OTON 225 

fracciones víi^enes al laboreo, obteniendo en el exterior faci- 
lidades aduaneras para las producciones propias, que, desde 
los quesos sabrosísimos hasta las maderas, se han conquis- 
tado valiosos mercados; rebajando los fletes y mejorando 
los caminos, como también reduciendo, en lo posible, la^^ 
contribuciones é impuestos. 

En forma indirecta concurren al mismo fin las exposicio- 
nes ganaderas y agrícolas, que despiertan estímulos preciosos 
del mayor mérito, las conferencias gráficas é instructivas, que 
han rendido beneficios de propaganda realmente maravillosos, 
y la educación, dirigida al mismo objetivo, de la niñez. Las 
voluntades superiores de la administración se alian en el 
mismo empeño de actividad práctica y no necesito decir si 
siendo ella tan sabiamente encaminada puede fracasar cuando 
está servida por las imponderables perseverancias de una raza 
de combatientes. La enseñanza de la agricultura y ganade- 
ría elemental es obligatoria en todas las escuelas; de modo 
que las criaturas se desarrollan en contacto intelectual, fácil 
y atrayente, con las ramas de conocimiento en que se las 
quiere apasionar. El Estado cumple sus ñnes fundamentales 
con acierto de maquinaria y, penetrado de las necesidades 
páblicas, sabiendo cuales son las grandes fuentes explotables, 
í ellas empuja, con el libro en la mano, á las generaciones 
que llegan. ¿Para qué necesita saber el hijo de un paisano 
de Ontario si el hombre americano llegó de Asia ó nó, y 
ai el álgebra y las artes refinadas existen, cuando mil fac- 
tores obligados y favorables lo llaman al cultivo de la tierra 
y le exigen que sepa comprender las lecciones de experiencia 
que tienen una página escrita en cada surco, y que aprenda 
á hacer juiciosos sembrados y á cuidar científicamente da 
unas cuantas vacaa lecheras y de media docena de caballos 
hábiles para las tareas de la granja? 

Lo que se busca son buenos productoras, obreros inteligen- 
tes» aliados en el afán de engrandecimiento. 

Se quieren hombres felices, ciudadanos dignos, jefes de 
hogar honestos, corazones paros, caracteres fuertes. Y todo 
eso se va alcanzando, gracias á la bondad del cimiento. 
Habilitando á cada joven humilde con las aptitudes neeesa- 

16 



226 LUI8 ALBERTO DE HERRERA 

rías para iniciar con éxito la lucha por la vida, el Estado 
asegura el arraigo sano y eficaz de todos los brazos y bate 
las entrañas férreas de una nacionalidad. He tenido opor- 
tunidad de leer el libro de agricultura usados en las escuelas 
y hasta conversé con su autor, el señor ministro provincial 
de aquel ramo, pidiéndole permiso eventual para traducirlo, 
pues se me ocurre que, con pequeñas variantes de nombres, 
él sería excelente para nosotros. Porque nosotros, como el 
Canadá, muy pronto tendremos que preocuparnos seriamente 
•de dotar al país de labradores nacionales, en vez de espe- 
rarlo todo de los importados. Cerrado el período de los 
grandes aislamientos, con caminos, con ferrocarriles y con 
apoyo oficial, penetramos ya en los dominios de una nueva 
etapa de elaboraciones febricientes. El seductor modelo de 
adelanto y de felicidad que ofrecen los suizos — de nombre 
ahora aún que tales por sus hábitos activos— radicados en el 
departamento de la Colonia, no puede quedar reducido á los 
límites litorales. Esas inmensas campiñas nuestras, desiertas^ 
que están pidiendo á gritos árboles y plantíos, señalan 
magnífico escenario á una buena y definitiva evolución de 
nuestras tendencias que ya están llamadas por los aconte- 
cimientos á adquirir estabilidades orgánicas y fecundas. Por 
eso merece calurosa aprobación el proyecto, ya sancionado, 
del querido representante doctor Alfredo y Vidal y Fuentes, 
por el que se acentúa de manera obligatoria la enseñanza 
escolar de la agricultura y ganadería rudimentaria en la 
campaña. 

Ottawa está á ocho horas de ferrocarril de Toronto. Los 
<;oches son amplios y confortables, el panorama presenta her- 
mosos atractivos decretados por el verano, pero, sin embargo, 
la fatiga nos alcanza por circunstancias idénticas á las que 
nos inclinan á bostezar durante esas incomensurables fun- 
oíones teatrales que rebasan sin piedad la media noche. 
Ottawa es la capital del Canadá. ¡Valiente novedad, exciar 
marán ustedes! Pues con eso está dicho todo porque á la 
referida ciudad le ocurre lo que á esas personas, insignifi- 
cantes, sin méritos positivos, que mucho valen y, sobre todo, 
mucho representan por el título nobiliario glorioso que llevan. 



DESDE WASHINGTON 227 

Annqne pequefia, tíene gallardos edificios públicos desta- 
cando, en primera líaea^ el parlamento que recorrí en com- 
pañía de un portero que fuera indigno de su gremio^ tan 
parlachin^ si no me hubiera dado todo género de explicaciones 
sobre la política federal j sobre su desarrollo en aquel mo- 
mento histórico. Creyendo que me otorgaba honores de ca- 
pitolio, me obligó á arrellenarme en el asiento que ocupa, 
en las épocas de tarea oratoria, el primer ministro del Do- 
minio, mientras él, para hacer más gráficas sus demostra- 
ciones de actualidad canadiense, se posesionaba, por derecho 
de conquista, del sillón perteneciente al jefe de la oposición 
conservadora. Desde allí, haciendo verdadera cátedra, me 
explicó las sorpresas que suele deparar al gabinete el régi- 
men parlamentario mientras yo, convertido en jefe del go- 
bierno, estimulaba aquel derrame de derecho constitucional 
práctico, recogido á retazos en las puertas de las antesalas 
y cosido, junto con párrafos de diario y frases mal enten- 
didas, durante las grandes meditaciones soñolientas de la 
conserjería. 

El tipo delicioso de «Justicia Criolla» no tiene patria y, 
negro ó blanco, surge en los zaguanes de todos los Cuerpos 
Legislativos del mundo con la misma certeza con que crecen 
pastos tímidos, cuya semilla nadie puso allí, á la sombra de 
todas las paredes abandonadas. De manera que ahora puedo 
afirmar que me he sentado en la butaca de un primer mi- 
nistro y — en confianza — á la verdad que ella era muy cómoda. 
¿Será tan holgada y fácil la posición en sí? Montreal ocupa 
con sus trescientos mil habitantes aproximados, la derecha 
entre las ciudades del Canadá. Fundada sobre el territorio 
de la provincia de Quebec, ella ofrece el testimonio neto 
de la civilización francesa que tiene en ella uno de sus más 
sólidos baluartes. Insular, encajada entre las barrancas del 
lío San Lorenzo, cuyas aguas si poseen la noción del buen 
gosto, deben abrazar con amor y orgullo el delta que ella 
condecora con sus inquietudes de gran vuelo comercial y pro- 
dactor, Montreal posee capacidades, no rivalizadas, de empo- 
rio. Apesar de la proximidad del río, sus calles, en general, 
son sucias, así es que á su respecto digo lo que de esas, 



228 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

bellezas gitanas y desgrefiadas que uno suele encontrar en las 
calles de los poblados meridionales y que^ admiradas al pasar^ 
arrancan este comentario: ¡«qué lástima que no se lave la 
carait 

Llegué á Montrcal un domingo de ma&ana. Como parti- 
cipando del descanso festivo^ la naturaleza ofrecía el espec- 
táculo de tranquilidades supremas^ sin que el decorado de 
una sola nube interrumpiera la nitidez del inmenso cielo que, 
cuando muy azul, invita, en todas partes, á teger ensueños. 
Me bajé del tren, casi contento, tocado por aquella vibra- 
ción animada que parecía cruzar sobre la frente de las 
prade)*as, jugando con las hojas de las plantas, con los ár- 
boles añosos, con los ganados retozones mientras otras gran- 
des caricias luminosas hacían mecer, con extremecimientos de 
bandera, á los trigales y peinaban sus espigas. En esas oca- 
siones, cuando latidos de fuerza y de salud parten de todos 
los centros y cuando la tierra, en un arranque pródigo, nos 
abruma con el homenaje de todas sus flores y el lujo de 
todas sus energías, comprendo el secreto de ciertas y her- 
mosas expansiones espirituales, sentidas con intensidad pero 
difíciles de describir. Entonces la imaginación envuelve en 
tules á los hilos del telégrafo, convertidos en pentl^rama 
por mandato mágico, músicas arrobadoras pueblan el espa- 
cio que adquiere proporciones artísticas de cúpula; el por- 
venir, momentos antes inseguro y triste, so ofrece insinuante^ 
con apariencias de mágica portada; los barcos en el puerto> 
jugaríamos que son cisnes, palacios las chozas humildes, 
príncipes los menesterosos; entonces las diferencias sociales 
se extinguen, un anhelo de ternuras insaciables nace en lo 
hondo del corazón y consagrando el triunfo imperecedero de 
todos los altruismos se dibuja vacilante, primero, en el ho- 
rizonte moral, para cruzarlo, luego, con caracteres de símbolo, 
de arriba abajo, un arco-iris constituido por la alianza pre- 
ciosa de todas las luces honradas del alma. Esa se llama la 
alegría de vivir y nos contagia de vez en cuando á los mor- 
tales en compensación de tantas tormentas que pasan! 

Pocas cuadras separaban al hotel de la estación y como 
que era mi deseo vagar un poco, para satís&cer en algo mis 



DESDE WASHINGTON 229 

•«iiriosidadea de viajero, emprendí marcha á pié. Justamente 
^ esa hora Montreal estaba entregado á la oración, de lo 
•que pronto podría dar fé. La primera que encontré á mi 
paso fué una iglesia protestante. ¿ Porqué no visitarla? Allá, 
en el fondo, el pastor pronuncia su sermón, claro, sencillo, 
sin párrafos retumbantes, pero de apreciable intención lógica, 
recogido con interés expontáneo por un respetable núcleo de 
oyentes. Por las ventanas de estilo gótico, adornadas con 
vidrios de color y abiertas de par en pai*, penetra á torrentes 
la luz de aquel espléndido día primaveral llevando también 
liasta el templo el contacto de sus efluvios de resurrección. 
ISl conjunto de aquella ceremonia concisa, franca, austera, 
consagrada por tantas sinceridades reunidas, despierta un sen- 
timiento de profundo respeto. Avanzo una cuadra y tropiezo 
-con otra casa de devoción. ¿Por qué no entrar? Pertenece 
^ la secta congregacionista. Estoy en presencia de un pre- 
dicador civil, también rodeado de inmenso n&mero de fíeles, 
que interpreta llanamente ios profundos pensamientos huma, 
nos contenidos en las páginas, siempre admirables, de la bi- 
blia. A no saberlo con certeza, casi creería que estoy en el 
salón de clases de una escuela para adultos. El auditorio se 
aglomera ocupando asientos en forma circular; la voz metá- 
lica del heraldo cristiano llena la sala con inflexiones de 
<»unpana; no hay música; no hay canto; se trata de una pro- 
paganda limpia de detalles, como una línea recta, que repu- 
dia todos los elementos de convicción que no hieren clara- 
mente las nebulosidades del espíritu. 

«Bienvenido sea el extrangero», dice una placa que corona 
ia entrada. Chapas rememorativas de bronce, esmaltan las 
paredes, aquí y allá, recordando á filósofos y literatos emi- 
nentes. Cnizo la calle y penetro bajo la bóveda del templo 
presbiteriano de San Pablo que responde á otro matiz doc- 
trinario de la religión reformada. Llego á las postrimerías 
^el servicio, cuando el pastor dedica conceptos ardorosos y 
nobles á so país y pide á quienes lo escuchan que eleven 
sas preces por la patria y por los hermanos que pagan tri- 
buto á la ley santa del trabajo en los extremos más lejanos 
úéL Canadá. En respuesta confirmativa, cánticee- suaves, emi- 



230 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

tldos por nifios y aocianos^ llenan los ámbitos^ el órgabo ava- 
salla voluntades con raudales de armonía^ que tienen dulzuras 
de ruego, que son lamentos, y las señoritas, desde el coro, 
culminan con cascadas de notas cristalinas la fuerza atrayente 
de tan puro y sano misticismo. Avanzo una cuadra más y 
estoy en la catedral católica, magestuosa, con aspecto de 
monumento. Si no padezco error, su exterior, en cierto sen- 
tido, imita Á San Pedro de Roma, pues, doce magníficas imá- 
genes de los apóstoles coronan la línea de su frente, aumen- 
tando la intensidad del efecto arquitectónico. También allí 
terminan las plegarias. Desde la entrada recojo, multiplica- 
dos, los ecos de la palabra sagrada, que, de acuerdo con las 
bizarrías infalibles de este culto tan esencialmente aristocrá- 
tico en el aparato de sus ostentosas ceremonias, en todos los 
pulpitos plantea sus afirmaciones sectarias con apasionada 
decisión dogmática. 

La elocuencia arrebatadora de los Masillen y de los Bo- 
suet, ha muerto, pero no se ha perdido, nó, el nervio de las 
viejas propagandas dialécticas que todavía impresionan á las 
multitudes con el recurso coercitivo del purgatorio, conquis- 
tándose todavía así valiosas adhesiones. Tal vez en esa re- 
sistencia de esfinge á los fecundos estragos del tiempo y del 
progreso, estriba el misterio de su innegable poder de atrac- 
ción entre las masas. ¿Algán día, pronto, la evolución irra- 
diadora de las ideas no la obligará á apearse de sus ab- 
solutas, que no podrán ocultar su calvicie científica y una 
porción de extrañas abstracciones silogísticas? A la izquierda 
tropiezo con un hermoso monumento, dedicado por Pío IX 
á la memoria de los voluntarios del papado. El Canadá 
aportó lucido contingente á los zuavos que en 1870 lucharon 
convencidos contra las tropas garibaldinas, como si un reino 
que se afirma no es de este mundo, tuviera derecho á arre- 
batar su capital á una nación de la tierra. Dignos del ho- 
nor concedido, en márito á su fidelidad, ellos reposan 
envueltos en su bandera de combate religioso que lleva al 
medio ésta inscripción: cAime Dieu et va ton chemin». 

Un señor, que sale de cumplir sus deberes de creyente^ 
me pregunta, muy interesado, cuál es el nombre del sacer- 



DESDE WASHINGTON 231 

dote que acaba de pronunciar el sermón. Apunto este de- 
talle sin importancia para decirles enseguida que ya muchas 
veces me han abordado con interrogatorios en la calle. A 
los dos dfas de estar en Washington me paró un matrimonio 
en la esquina de mi domicilio para pedirme la dirección del 
mejor dentista local. Precisamente yo estaba viendo la cha- 
pa de uno y allá los endilgué. ¿Si los habrá torturado mu- 
cho mi hombre? Pareciera que de intento se elige al forastero 
para solicitarle in{ormaciones vecinales. Esto me recuerda 
lo que me ocurría de muchacho en el colegio: por una ex- 
traña fatalidad me preguntaban la lección cuando no la 
sabía ni por el forro^ lo que pasaba á menudo. Visitante 
escrupuloso de cuatro iglesias durante mis dos primeras ho- 
ras de huésped^ reconózcase que mi entrada en Montreal 
sefiala un caso de impecable eclecticismo^ y fué por la puerta 
del medio, si es cierto que yendo á misa se gana el cielo. 
Podía pues almorzar tranquilo que ya tenía espantados re- 
mordimientos ])ara muchas semanas! 






XI 



Oonsideraclones generales — La sociedad norte-americana — Sus li- 
bertades y sus costumbres — La propaganda electoral —Espec- 
táculo curioso — Desarrollo de una lucha electoral -^ Elogios — 
Insultos — Reconciliados — Acatamiento de las mayorías — Lealtad 
cívica — Una buena lección para nosotros. 



Dentro de la civilización cada país tiene su atributo de 
alta autoridad, sin que por eso carezca de otras condiciones 
de mucho mérito, del mismo modo que dentro de un grupo 
de bellezas femeninas, mereciendo todas el cetro, aquella, lo 
conquiífta por el color insuperable de sus mejillas moriscas; 
ésta, por la expresión andaluza de sus ojos meridionales; de* 
bido al gesto gallardo, la otra, y gracias al conjunto de lí- 
neas estatuarias, la de más alltf. 

Las nacionalidades son, pues, montañas truncas, erguidí- 
simas, ó medio contrahechas cual si representaran lo» últimos 
mojones de un pasado inmenso, como esas ruinas de templos 
derniidos y todavía desafiantes que sirvieron de escudo á la 
mole supersticiosa de los cultos asiáticos. A cada nimbo se 
encuentra un viento. Por eso, se va á Grecia á ver la cuna 
del genio antiguo, siempre moderno, y se pisa el suelo sa- 
grado de la Beocia con espíritu devoto, llevando el sombrero 
en la mano, como se hace en presencia de los muertos ilus- 
tres, porque allí se formaron las mejores células del cerebro 
del mundo; se va á Italia á conocer la más espléndida pa- 
leta del arte; á Alemania á calificar la entidad férrea de una 
sociedad que es un campamento 7 que se cimbra, como el 
mejor acero, bajo la voluntad opresora de un emperador ar- 



234 LUIS ALBBRTO DE HERRERA 

diente que, apesar de requerir algo más qué la amistad glo- 
riosa de UD Voltaire para ser un Federico 11, aspira, sin 
embargo, á la reproducción de aquella enorme estampa gue- 
rrera; se va i España á apreciar el conflicto de dos cre- 
púsculos y á descubrir el rastro de esos terribles fanatismos 
religiosos 7 políticos, que, como la viruela, no perdonan y 
dejan huellas indelebles de su zarpa en los rostros que aca- 
rician; á Francia á admirar el primero de los laboratorios 
de la intelectualidad humana 7 á recoger chispas de sabiduría 
7 de elegancia entre aroma de ideales girondinos; se va á 
Inglaterra á asombrarse ante el espectáculo milagroso de una 
monarquía que hermana á las fórmulas reaccionarias las más 
avanzadas exigencias constitucionales 7 más libre que muchas 
repúblicas; se viene, finalmente, á los Estados Unidos á des- 
cubrirse ante la grandeza de una democracia que funciona 
con precisiones matemáticas de maquinaria 7 ante la vitali- 
dad estupenda de un pueblo que tiene entrañas fecundas de 
madre. ¿Qué mucho que nosotros, vulgares mortales, lleguemos 
á las playas americanas sintiendo ese acicate, cuando una cu- 
riosidad idéntica, aunque ampliada en sus pro7ecciones hasta 
alcanzar brillo radiante, dictó piginas de precioso comentario 
á los Tocqueville 7 á los Laboulaye y acaba de merecer dos 
tomos de literatura académica de psicólogos y do estilistas de 
la talla de Paul Bourget? Porque en el fondo del pensa- 
miento á todos nos retoza la misma interrogación árida: 
¿cuál es el secreto de la paz octavinna, ya patrimonial, de 
estos señores del norte; cómo hacen ellos para no tener 
jamás ni despotismos ni revoluciones; de qué modo se entien- 
den, siendo tantas 7 tan diversas sus instituciones parciales 
de gobierno, al punto de que vacían su teoría política en 
a<|uel concepto, tan fácil de proponer como difícil de reali- 
zar, cuna Unión indestructible compuesta de Estados indes- 
tructibles»? Y, siendo leales, claro está que los hijos de 
Sud América sentimos más aguzado el afán indagador por 
aquello de que á los calaveras 7 trasnochadores de oficio les 
cuesta creer en la virtud relativa de loe juiciosos 7 de los 
buenos padres de familia. Del istmo de Panamá hasta la 
Tierra del Fuego no alcanzamos á contar los latinos de este 



DESDE WASHINGTON 235 

hemisferio cuarenta millones de habitantes, divididos entre 
diez naciones independientes. No mencionemos los conflictos 
armados entre unas y otras, que esos, como todos los con- 
flictos entre vecinos celosos, son gajes de las malas fronteras 
heredadas y de otras yerbas viejas. Pero, ¿y los choques 
internos, sangrientos y repetidos? 

Las sociedades del sur han conocido padecimientos de cru- 
ciñxión durante lustros y lustros que, ¡bendito sea el des- 
tino! ya para algunos parecen haberse cerrado para siempre. 
Sus caudales se perdieron, como las aguas en las arenas 
calcinadas del desierto; sus dogmas íntegros, sin costuras, 
fueron tirados á la suerte, como las ropas de Cristo; los 
más conocidos delincuentes públicos modernos salieron de sus 
filas; sus libertades resultaron cimiento de todas las esco- 
rias; sus soldados fueron verdugos; sus gobernantes tiranos 
6 disolutos; sus ideales se perdieron en el barro; á tanto 
llegaron los extravíos continentales que la emancipación de 
principios de la centuria llegó á creerse culpable error en 
la antevíspera de la agonía del siglo. En cambio, ahí ha 
estado, ahí sigue estando, cada día más soberbio, el monu- 
mento de la felicidad norte-americana. Dos veces mayores en 
número que nosotros; también teniendo un enemigo en el indio 
y, como yapa, el inconveniente formidable de los negros; 
también asaltados por los grandísimos peligros de organiza- 
ción interna, altanero el federalismo y altanero el unitaris- 
mo; también acosados y conducidos á la guerra por el extran- 
jero; con diferencia de pocos años, menos jóvenes que nosotros, 
ellos, sin embargo, han alcanzado progresos vertiginosos y 
y son, en la actualidad, tan fuertes en todo que nada de 
raro tiene que á nosotros nos preocupen un poco sus ener- 
gías de coloso cuando las mismas potencias europeas de 
primer orden, inquietas, se consultan con la mirada, las unas 
á las otras, alarmadas por tan soberano arrancón. 

La verdad del antecedente paralelo no acepta vuelta ni 
disimulo, que sería, por otra parte, poco práctico y poco inte- 
ligente. Y el secreto de la humillante diferencia se pierde 
en los orígenes, en la primera edad de la tutela metropoli- 
tana, cuando los unos, emigrados puritanos, abandonaban las 



23G LUIS ALBEBTO DE HERBERA 

costas británioas para fundar del otro lado de los mares UQa 
ntieva Inglaterra, más libre y mi» feliz que la antigua, y eleva- 
ban^ desde la cubierta del May ÍTower, entre cánticos, el 
programa de sus anhelos redentores; y cuando los otros, fun« 
daban su dominación en las tierras recién descubiertas invo» 
cando, orgullosos, la representación del absolutismo, y hacfán 
de la América una presa que, á pesar de sus generosos tribu- 
tos, no alcanzó á saciar sus insaciables apetitos auríferos. ¡Cuán- 
to puede el aprendizaje de una infancia dichosa ó desgraciada! 
Se comprende mejor la evidencia de ese contraste social le- 
yendo los primeros capítulos de la historia de Belgrano, dedi- 
cados por el general Mitre á su comentario. El aguza allí su 
gran talento para ofrecernos valientemente, despreciando necias 
preocupaciones y vanidades, el comentario comparado de los 
núcleos continentales. Las páginas de Bryce, de Kinsdale ó 
de John Fiske arrojan nuevos caudales de luz al explicamos 
el fundamento de los principios constitucionales norte ameri- 
canos, el propósito que se persiguió al establecerlos, las ten- 
dencias fírmes á que ellos respondieron, y por qué «los rasgos 
culminantes de la sociedad sajona jamás se perdieron y el 
nuevo gobierno trasatlántico vino á ser el más libre del mundo 
entero». Washington, Frankiin, los Madison, los Jéfferson, 
los Adams, los Henry, los Munroe, los Hamilton, los Jay, no 
surgen ál acaso y en cualquier parte, como brotan, por capri- 
cho del azar, las flores en el riñon de las selvas. Ellos son 
frutos maduros y ejemplares de una raza bien fundida, de 
una sabiduría, de una verdadera democracia, de una fuersa 
ya hecha. 

Si todavía esa convincente energía probatoria no bastare, 
si todavía hubiese quien desconfiase de la legitimidad del sal- 
do favorable reconocido al extranjero, y creyera ver exceso 
generoso en la justicia del fallo filosófico, pensamos que un 
viajecito de observación por este mundo, que sólo se parece 
á sí mismo, desgarraría los últimos tules de la malquerencia 
apasionada. 

No se crea que un afán de alabanza nos lleva á expre- 
sarnos en forma tan categórica, tampoco se sospeche que, 
conquistados por los atractivos del medio, vemos en Norte 



DESDE WASHINGTON 237 

América un organismo de integrídades inmaculadas que em- 
palidece en la realidad las fuerzas ut^Spicas de la República 
de Platón. Aquí^ como en todas las asociaciones humanas, 
la iniquidad cuenta por millares sus adeptos; el crimen levan- 
ta sus altares en el misterio; las pasiones miserables muer- 
den^ 7 á veces con éxito á la virtud, que las víboras no 
tienen patria exclusiva; la injusticia podrá alcanzar triunfos 
que hacen llorar á las conciencias honrada?; la corrupción 
puede disponer de holgado albei^ue, y el delito, en todas 
sus faces agresivas, adquirir florescencias tropicales. ¿Quién 
ignora que en New York, como en Londres y en París, 
tiene el vicio sus mas irreductibles encrucijadas? Lo^i hom- 
bres no son ángeles, ni siquiera ángeles caídos, y todas sus 
creaciones, por perfectas que ellas sean, poseen vestigios de 
las mismas lacras. Ni la más impecable de las cartas cons- 
titucionales, ni la más pura de las naciones sometidas á su 
freno, podrán jamás fundar un estado irreprochable. De modo 
que, aceptando como enfermedades congénitas é incurables 
las gangrenas que se asilan victoriosas en el corazón de casi 
todos los mortales, es necesario buscar elementos condenato- 
rios de juicio en otras fuentes, más decisivas, de informa- 
eión. Averigüese si, dentro del orden convencional en que 
vivimos, la lucha con el mal se mantiene aquí ó allá enér- 
gica y viril ó en forma vergonzante y entonces, en esa ma- 
yor ó menor capacidad defensiva, podrá recogerse un sín- 
toma serio de crítica. 

Pues así encaradas las cosas al amparo de un criterio pro- 
fundamente humano, lícito es decir que, en ninguna parte, 
la justicia y el derecho obtienen la noble consagración que 
alcanzan en los Estados Unidos. Aquí existe el culto severo, 
invariable, de la libertad, y si es cierto que ella suele seir- 
vir de estribo á lamentables aberraciones de conducta, es 
mucho más cierto que ella sanciona el más precioso de núes-* 
tros ideales buenos y que á su sombra, nacen, crecen y fruc- 
tífiean las más edificantes virtudes. Pero esos mismos excesos 
que puede originar su ejercicio desatentado hacen su elogio, 
porque la aspiraciiSn de los legisladores no consiste en con- 
vertir á las muchedumbres en inmensos rebaños, libres en 



238 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

masa 7 disciplinados ea sus actividades por una regla mo- 
nacal de falansterio, sino en imbuirlos eu ideas de cordura 
para abandonar luego cada individuo á su propio capricho^ 
señor absoluto de su voluntad. Cada cual hace lo que le 
da la gana, sin recabar permiso de nadie, sin previa con- 
sulta^ sin presiones, ni directas ni indirectas, pero también 
cada cual debe do medir sus actos, á fin de no provocar 
con un ataque al derecho, igualmente garantizado, de los de- 
mi(s, la intervención reprimente 7 castigadora de la autoridad. 
Entre nosotros, cuanto más interviene el poder páblico en los 
asuntos comunes, cuanto más ancha es la puerta que se abre 
á su entrada, más contentos 7 más cumplidores se consideran 
los representantes de ambos elementos. Los hacendados del 
interior ponen el grito en el cielo 7 descargan todas sus Iras 
contra el gobierno porque este no les asegura la absoluta 
integridad de sus alambrados mientras sus peonadas duermen 
la siesta; cada almacenero de las poblaciones quiere tener un 
vigilante en la esquina de su negocio para evitar disturbios 
en sus cantinas; se exige á la policía que sea juez 7 parte 
en la más ínfima acción privada; se considera mágico, para 
todo 7 por todo, el apo70 de la autoridad, aun en las em- 
presas más reñidas con su ministerio. Pues aquí sucede lo 
contrario. Los gobernados 7 los gobernantes han resuelto, 
amigablemente, molestarse lo menos posible los unos á los 
otros. Cada cual vela por sí, como mejor le place; todos se 
manejan practicando una independencia de conducta dilata- 
dísima. La fuerza pública encama un recurso de última ins- 
tfllicia al cual se recurre cuando todos los demás se han 
agotado 7 nada razonable re^ta por hacer al particular, dentro 
de sus propias aptitude«(. 

Todas las noches lo veo. Cualquier sujeto se planta sobre 
un banquillo de madera, contra el cordón de cualquier ave- 
nidH, 7 empieza á pregonar las excelencias do su religión, 
de su partido ó de esta ó aquella chuchería de comerciante 
bohemio. Chilla á más 7 mejor, se enronquece, procesa la 
política del presidente, atrae á los paseantes, dificulta con 
ese corro el pasaje de los transeúntes. Pues bien, nadie se 
atrevería, á interrumpirlo en sus elucubraciones 7 ningún 



DE8DB WASHINGTON 239 

Ojeóte, por refiidas que estén sus opiniones con las del ha- 
mildfsimo orador, se permitirá hacerle una demostración de 
hostilidad, ni aun sonreírse. Este comentario, conocido de 
memoria por todos, resuelve semejantes conflictos de ten- 
dencias: «él es un ciudadano americano y posee el derecho 
indiscutible de pregonar la máa disparatada de las tesis en 
el sitio público que más le agrade; si yo pienso de un modo 
distinto puedo refutarlo haciendo lo mismo». Nada de per- 
misos y de imploraciones. Quien ofende al orden, sea quien 
fuese, merecerá represión. Eso es todo. Un guardián pú- 
blico no tiene empacho en correr de un lado al otro de la 
calle para proteger, contra los peligros del tránsito, á las 
señoras y á los niños; pero se reirá, con desprecio varonil, 
en la cara de cualquier gandul que venga, en son de queja, 
llorando el dolor de puñetazos recibidos, ¿acaso desempe- 
ñan ellos el papel de tutores? Si el averiado está en pleno 
vigor físico y es un hombre, ¿por qué no se defiende él 
mismo? E^te sistema de autonomía burila profundamente los 
caracteres y convence á todos, desde pequeños, que en la 
lucha por la existencia todo hay que esperarlo de sí. 

Los chicuelos se preparan, muy sueltos de cuerpo, á tra-^ 
bajar por su cuenta; las señoritas, apenas salidas de la escuela, I 
se buscan, cuando lo necesitan, trabajo bien redituado; los 
hombres laboran con la vista clavada en su ensueño de pros- 
peridad, sin ocurrícseles jamás echar la culpa de sus desca- 
labros á la administración, y cada cual sigue su rumbo, atento 
á los rumores que le interesan, y desarrollando siempre un 
plan de campaña enérgicamente individual. Quien se pusiera t 
aquí en la conversación ordinaria, á echar discursos sobre la «i 
política militante ó á endiosar ó combatir al gobierno, sería 
tomado por poco cuerdo y pronto se quedaría sin oyentes, 
porque, consumados los acontecimientos cívicos de acuerdo á 
la ley, ya desaparece todo motivo do estériles controversias 
y sólo se piensa en acatar los poderes constituidos. El mo- 
mento de los debates y de las protestas ya pasó. Me con- 
creto á apuntar detalles gráficos que son, muchas veces, los 
más ilustrativos. La libertad practicada así, con espíritu 
amplio y sin esas retrancas verbosas que tanto nos gustan 



r 



240 LUÍS ALBERTO DE HERRERA 

á nosotro8| adquiere proporciones formidables de palanca y 
esparce un herEcosísimo y envidiable tínte de independencia, 
matizado de respeto, en todas las esferas sociales. Como á 
nadie se coarta en sas actividades honestas, carecen de pre- 
texto las reacciones y serían absurdos los desahogos furi* 
bundos. ¿Contra quién dirigirlos si la ley protectora alcanza, 
por igual, á todos? Por eso no existe aquí el odio ni el ser- 
vilismo de fracciones. Los sacerdotes de las sectas más encon- 
tradas pregonan sus doctrinas sin sobresaltos celosos; los 
comerciantes realizan sus negocios sin gastar su tiempo en 
chismografías de barrio, preocupados sólo de derrotarse los 
unos á los otros á fuerza de habilidad y travesura; los mili- 
tares jamás usan en las ciudades su uniforme porque aquí en 
la calle llama más la atención un pasajero cualquiera que un 
militar, debido tal vez, en alguna parte, á que ni los gene- 
irales llevan entorchados. Sociedad muy adelantada esta, no 
conoce ya el perjuicio de las pasiones fuertes y de los enco* 
nos brutales, dominantes en los escenarios imperfectos. Como 
virtud mágica, creadora de todas las demás, que tanto admi- 
ran aquí, está la libertad, pero en un concepto más sólido y 
liberal que el imaginado por nosotros. 

Bajo ese escudo, batido desde la infancia republicana, 
cuando casi trescientos año» atrás se reunían asambleas ciu- 
dadanas en Jamestown y Boston para discutir los derechos 
populares, ha surgido el conjunto recio de todas las demás 
virtudes complementarais. No seré yo quien pretenda ana- 
lizarlas en su desarrollo, tarea fecunda abordada, con tanto 
éxito, por maestros de la ciencia, pero, como simple cro- 
nista fácil, au joíir le jour, pienso que ellas consisten, prin- 
cipalmente, en el respeto fervoroso que se profesa al dere- 
cho ageno; en la reverencia que se guarda á la mujer, 
dignificada al punto de poseer á caras descubiertas, tanto ó 
mas influjo activo que el hombre; en ia noción leal y pre* 
cisa de la justicia, que lleva á reconocer, sin esfuerzo, los 
méritos ágenos, cuando eUos existen, y á acatar resignada- 
mente la fuerza incontrastable de las mayorías; en el carác- 
ter saludable de los sentimientos religiosos generalizados en 
todas las clases, pero sin presentar un solo ribete de into- 



DESDE WABHUIOTOM 241 

lerancia y atemperados en sus manifestaciones :U extremo 
de que las iglesias solo se abren ios domingos; en la insti- 
tución permanente de la Guardia Nacional, la mejor milicia 
con qne cuenta el país para cumplir los servicios internos, 
pues sólo con ciento quince mil soldados del ejército regu- 
lar, veinticinco generales y un teniente general, mal pueden 
atenderse las necesidades guerreras de una nación que, con- 
tando sus posesionee, casi alcanza á cien millones de habi- 
tantes (nosotros hemos llegado á tener treinta y cinco gene- 
rales y dos tenientes generales, sin disponer de uu sólo 
cuerpo de Guardias Nacionales, para mandar cuati'O mil pla- 
zas); en la separación de la Iglesia del Estado, que propicia 
una moralizadora y absoluta libertad de cultos, ayer mismo 
exteriorizada en la ceremonia inaugural de la nueva Aduana 
de New York, iniciada con una bendición del pastor protes- 
tante y concluida con los oficios devotos de un sacerdote 
católico; y, he debido decirlo en primera línea, en la selecta 
cultura del promedio» conquistada mediante una difusión por- 
tentosa de la primera enseñanza, que permite á blancos y 
morenos ser dignos ciudadanos, sin una excepción, porque 
aquí, ni buscándolo con linterna, se encuentra un analfabeto. 
Muchas de esas aristas que decretan, cada una, un tópico 
importantísimo, las apreciaremos al pasar y sin apearnos de 
la sencillez de lenguaje y de pensamiento que informan estas 
carillas, desprovistas de pretensiones y concebidas á la rústica. 
Ya podemos empezar el descuento de esa obligación noti- 
ciosa ofreciendo á ustedes la crónica de unas elecciones, que 
acabo de seguir en todas sus faces, pródigas en detalles 
pintorescos. Desde que llegué tenía el deseo de ver esce- 
nas de sufragio aquí. Si bien aún no he podido apreciar en 
grande el espectáculo, de paso por New York, he satisfecho 
casi toda mi curiosidad asistiendo al desarrollo en minia- 
tura, diré, del interesante proceso. Estaba en agitación cívica 
el noveno distrito, compuesto aproximadamente de cuarenta 
manzanas ubicadas en la parte más nutrida de la ciudad; un 
barrio muy bullanguero. El origen de la contienda no par- 
tía, como puede suponerse, de un choque entre fracciones 
políticas diversas sino de la actividad aislada de un bandnt 

16 



242 LUIS ALBBBTO DE HERRERA 

el partido democrático se preocapaba, en aquella, como en 
otras circunscripciones, de elegir su leader^ es decir, el cau- 
dillo que llevará á la lucha á sus falanges en la gran cam- 
pafta que se prepara contra el partido [republicano, en el in- 
tento do arrebatarle la gobernación del Ektado de New York 
y todas las demás posiciones que aquel reobtuvo en el ante- 
rior comicio. Debo constatar que la designación de leader 
se reaKxa en acto público que se denomina elección prima- 
ria, pudiendo sólo votar en favor de los candidatos de cada 
parcialidad las personas debidamente inscriptas en los regis- 
tros oficiales. De manera que semejante proclamación, que 
tiene carácter privado entre nosotros — elección de autoridades 
partidarias seccionales y departamentales — posee importancia 
pública aquí, pues el mando de los jefes elegidos no se dis- 
cute ni admite apelación, estando, por otra parte, apoyado 
en la ley y en las nóminas electorales depuradas el pres- 
tigio de su triunfo. 

Los demócratas del noveno distrito estaban profundamente 
divididos cuando llegó el momento de resolver esta gran esca- 
ramuza preliminar de la cual depende, más tarde, el éxito á 
alcanzarse sobre el adversario. Tres grupos divergentes domi- 
naban en las filas, repartidos entre las candidaturas de los 
ciudadanos William S. Devery, John Sheehan y Frank Good- 
win. £1 16 de Setiembre era el día señalado para la lucha, 
que presentaba perspectivas reñidísimas. Los recursos de com- 
bate pueden caracterizarse en dos clases: la propaganda silen- 
ciosa y personal, que ocurre á los sitios más apartados de los 
cuarteles, durante el día, para conquistar voluntades eleccio- 
narias poniendo en ejercicio todos los recursos concebibles 
de persuasión, y la propaganda bochinchera que, con músicas, 
discursos, cohetes y bromas ruidosas, hace el gasto nocturno. 
Como espectador desvinculado solo me es posible poner de 
relieve el desarrollo de la segunda parte del esfuerzo, al 
alcance de todas las miradas. La semana anterior á la justa, 
durante la noche, ofrecían las calles del noveno distrito un 
aspecto más animado que de costumbre. En las esquinas con- 
sideradas más estratégicas se improvisaban, noche á noche, 
tribunas constituidas generalmente por cuatro tablas rústicas. 



DJBBDB w^SHnfGcrDir 2á3 

adornadas oon la bandera de la Unión^ ccuindo no por un 
«imple carro de mudanza, habilitado con sillaa como se hace 
abf para llevar viaitantes de las orillas á las fiestas espa- 
ñolas. La primera vez que tuve oportunidad de presenciar 
este espectáculo popular me encontré con una asamblea al 
aire libre, compuesta de un millar de personas que respondían 
en sus simpatías á William S. Devery. Muy largo rato per- 
manecí, confundido entre aquel retazo de pueblo, apreciando 
los distintos incidentes de aquella gran escena democrática. 
Los oradores se sucedían á los oradores, combinándose todos 
los esfuerzos en la porfiada tarea propagandista. No es ésta 
la primera vez que noto la facilidad de expresión en público 
que acreditan los norte-americanos. 

Jamás se cortan; jamás pierden el hilo de su peroración; 
nunca dejan de decir lo que quieren decir, por falta de pa- 
labras. Atribuyo esa soltura de lenguaje, primero, al tempe- 
ramento resuelto y firme que crea el sistema de enseñanza 
dominante, dirigido siempre á exaltar el espíritu de perso- 
nalidad en el individuo, y luego á la índole sobria y familiar 
de la oratoria nacional. Se habla al auditorio, sencillamente, 
yendo á la cuestión, y se le convence do la misma manera, 
ofreciéndole razones y bases prácticas de criterio. La mímica 
académica, los cambios cadenciosos de voz, las sonrisas insi- 
nuantes, los párrafos de efecto imaginativos, burilados á cin- 
cel, eso carece de objeto, no encuentra eco, no se recibe con 
manifestaciones apasionadas porque no hiere el fondo del 
asunto. En cambio, ima palabra de inflexiones robustas, enér- 
gica, que llegue á todos los tímpanos virgen de un desfa- 
llecimiento, acompañada de gestos gráficos, también denota- 
tivos de convicción, y sin preámbulos engorrosos, encuentra 
acogida satisfactoria y conquista muchas voluntades. Y si el 
ezponente salpimenta sus frases con jokes — chascarrillos — 
oportunos, claros, breves, y de moraleja bien traida, puede 
dar por ganada la batalla, que aquí se escuchan y se aplauden 
con alegría infantil todas las manifestaciones jocosas. Nos- 
otros tenemos nuestra gracia, que ostenta el caché inconfun- 
dible del genio latino, muy diferente de la de los sajones, 
qne también poseen la suya, singular y característica. Aquí 



214 LUIS ALBBinO BE HE^SERA 

no se cultiva el calembour pioareBOO ni los juegos de ingenio, 
pero hay afición esctraordinaria por los cuentos burlones que 
respiran ridículo franco y contundente. £1 adorable Lafón» 
taine retrata la sátira nuestra, bellísima en la forma, bellísima 
en el fondo, rebosante de cortesía y de chiCf que gana la 
inteligencia del lector con despliegue de aticismos atenienses. 
El famoso Swift encarna la sátira de ellos, briosa, cortante, 
que saca sangre sin rodeos, con crueldades frías de látigo. 

El propósito de los discursos referidos no cambia, todos 
van dirigidos á hacer la apología del candidato que, á juzgar 
por los elogios concretos que se le brindan, debe llevar en 
sus venas sangre de los Gracos. El se ha sacrificado siem- 
pre por el pueblo; su bolsa ha sido patrimonio de sus ami- 
gos y correligionarios; ningún pobre ocurrió en vano de- 
mandando sn socorro; nadie arrastra como él las simpatías 
de los vecindarios; si triunfa él procurará todos los beneficios 
imaginables para el distrito, desde el abastecimiento abun- 
dante de ese carbón antracita, que tanto escasea debido á 
la huelga, hasta escuelas fundadas y sostenidas con sus di- 
neros particulares. Estoy convencido: Devery debe forzosa- 
mente ser un patricio adornado de altruismos admirables y 
poco comunes en estas épocas, favoritas del interés. Si así 
no fuera ¿cómo concebir que esa media docena de saOores, 
que acaban de desgañitarse desafiando con sus apologías es- 
truendosas todas las rectificaciones enemigas, tendrían el co- 
raje de sentar asertos tan audaces, y cómo comprender el 
entusiasmo caluroso de los muchísimos oyentes que reciben 
con ovaciones cada andanada de alabanzas? A la vez, ¿qué 
opinión puede merecer el adversario? ¿Se le ha ofendido, 
se le ha respetado en el curso de los ardientes homenajes 
al compañero? Nunca, nunca he oído zaherir, insultar de 
manera tan rajante á un adversario. Si la mitad de la suma 
oratoria la constituían los hosannas al jefe propuesto, la otra 
mitad la ocupaban los desahogos y dicterios lanzados contra 
el rival. ¡Qué lista de epítetos! Ladrones, expoliadores, mí- 
seros, egoístas, negociantes en las posiciones elevadas, tráns- 
fugas, vendidos, todo esto, y todavía me quedo corto, desfila 
por los labios propagandistas, escupido entre crispaciones de 



]>sáDE WASHINGTON 245 



lo qae yo suptme saBÉa md^oaokhi patricia, y bajo afirma- 
ción reiterada de que se estaini ^Bfnetíbo á probarlo^ basta 
aceptando^ en caso contrario, espacio en una eeláa peniten- 
ciaria, por delito de injuria y calumnia. — No hay dnda: quie- 
nes trabajan para derrotar á Devery son unos grandes picaros, 
y el hecho de que gocen de libertad importa una burla irrisoria 
de la justicia. ¡Que la humanidad engendre semejantes abortos! 
Pero al final de la escena se extreman los recursos emo- 
cionantes. Un elocuente apóstol de la buena causa comunica 
al auditorio que el mismo candidato en persona, que acaba 
de llegar, á tiempo para recoger, sin paraguas ó impermea- 
ble, las últimas granizadas de caramelo, va á tener el honor 
de dirigirle la palabra. ¿No vale esto tanto como un regalo 
de Navidad tratándose de tan austero soldado del bien pú- 
blico? Las aclamaciones que suceden á la noticia lo testi- 
monian á las claras. Según el prologuista, los hombres llevan 
retratadas fielmente sus pasiones en el rostro: los malos pre- 
sentan el estigma de galeotes, aplicado por la naturaleza 
infalible, en las miradas torvas, en los pómulos de que habla 
Liombroso, en los labios brutales, en las orejas largas, aplas- 
tadas y gruesas, que denuncian instintos asesinos; en cambio, 
los virtuosos son dueños de fisonomías angelicales. Pues De. 
very pertenece al número de estos últimos: el aspecto irre- 
prochable del embalaje corresponde á la finura y selección 
del contenido moral. Ya lo confirmaremos así cuando el 
hombre aparezca, — lo que hará enseguida, — cuando surja ex- 
hibiendo su cabello gris, encanecido en la lucha contra la 
corrupción, su frente ancha y noble, y un conjunto de fac- 
ciones dignas, beatificadas por la luz mansa de sus ojos de 
profeta. ¡Inusitado favor de la suerte; el justo, como los 
diamantes de la mejor agua, aliaba todas las purezas con- 
cebibles ! Compareció él, por fin, para dar fé de las verdades 
antecedentes. Como sucede con los muebles vulgares en los 
remates, tanto se había dicho en su favor que, medio hipno- 
tizado, le concedí muchas, todas las calidades pregonadas. Era 
un sujeto bajo, rechoncho, de aire apoplético, — según recapa- 
cité después de retirarme — ronco hasta decir basta, de pa- 
labra gastada y sin atractivos. El héroe abonó la efectividad 



2á6 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

de Ba ensalzada bondad evangélica curtiéndoles la badana^ 
de lo lindo^ á sus contrarios y abrumándoles con ocurrencias 
agresivas, algunas muy espirituales, que provocaban ensordo* 
cedoras salvas de aplausos. Para ofrecer una prueba agre- 
garé que, para calificar el grado polar de la indiferencia y 
del egoismo de Frank Goodewin, dijo: cmis amigos, es taa 
frío, el mencionado, que yo no me animaría á darle la mano 
en el temor de que me contagiara una pulmonía galopante. > 
Música de silbidos — que aquí ellos significan aprecio — y 
música de la pequeña banda posesionada de la cabecera del 
carro, cerró la primera parte de la jornada. La segunda la 
constituía un desfile monstruo de adictos, en carruajes y á 
pié. El estallido de cohetes, á la distancia, anuncia la apro- 
ximación de los aliados. La muchedumbre espectadora des- 
borda de las veredas hasta la calle y el tránsito de los 
trenes eléctricos se interrumpe para dar paso á la proce- 
sión cívica, que avanza clamorosa y vivando siempre al 
candidato de sus simpatías, cuyo retrato, estampado en bro* 
ches, divisas y banderas de la Unión, parece que sonrio 
ante aquellos honores de apoteosis. Casi una hora demanda 
el desfile de la compacta columna, en la cual se ha tenido 
la precaución de interpolar excelentes músicos. El ruido y 
la admiración no decaen un segundo. En primer término 
van los carruajes particulares, los automóviles, los coches de 
alquiler, atestados hasta los estribos de ciudadanos, de seño- 
ras y de señoritas que también gritan ¡Viva Devery! apor- 
tándole al afortunado el concurso eficacísimo de las adhe- 
siones más difíciles y envidiadas. Luego sigue la masa 
pedestre, perfectamente organizada, que marcha con paso 
militar y que desdobla sus anillos interminables, mientras el 
eco de tan apasionada idolatría popular sigue compitiendo 
con la voz de los fuegos artificiales. Desaparece aquel tor- 
bellino humano, que ya invade otras jurisdicciones paracfjn- 
movev la tranquilidad de nuevos vecindarios, y me quedo* 
perplejo preguntándome cómo trabajan las voluntades diri- 
gentes para asociar, con tanta disciplina, en un inmenso la«> 
tido, todos los elementos dispersos. 

La misma avidez curiosa me empuja á la noche siguiente 



DGBBE WAfiHIBGTOK 247 

en direeción á la octava avenida, pues, á la altura de la calle 
veinte y ocho, están los cuarteles generales de los distintos 
bandos. Tropiezo con una isisamblea, también nutrida, pero 
que responde al nombre de Frank Goodwin. El mismo deco- 
rado y la misma energía de rasgos coleotivos. Casi me dis- 
gusta este encuentro, pues, recordando lo presenciado el día 
anterior, estoy persuadido de que sólo la escoria social puede 
militar en filas opuestas á las del virtuosísimo Devery, que, 
con la fuerza de su reconocida fat>nestidad, me arrastra como 
el imán al acero. Seamos, sin embargo, condescendientes y 
escuchemos. Pero, ¿qué oigo? También aquí se busca en el 
apostrofe y en la más soez injuria vehículo para la propaganda, 
y se devuelve la pelota á los atacantes do ayer, haciendo 
trizas, á puñaladas, su reputación. La personalidad de Devery 
absorbe las cargas. ¡Devery! dicen los oradores lev^antando 
los puños al cíelo y como si experimentaran repugnancia al 
pronunciar ese nombre. ¿Acaso se necesita hacer su historia 
para saber quién es? El procesante no quiere penetrar en el 
sagrado de su vida privada y así lo abona dejando deslizar, 
generosamente, sombras de ignominia sobre sus antecedentes; 
pero, su vida pública, esa sí que tiene derecho á investi- 
garla, y ya lo hace cortándolo, sin piedad, en todos sentidos, 
con la fruición de los estudiantes de medicina que, persi- 
guiendo la verdad científica, hunden afanosos el bisturí en 
las carnes muertas. Devery, el Big Chlef, The Pump^ como 
lo apodan, no pasa de ser un gran ladrón páblico; así lo 
proclama, con todas sus letras, el perorante. Ascendido desde 
el puesto humilde de simple guardián del orden hasta el 
elevado cargo de Jefe de Policía, ¿cómo ha hecho la gran 
fortuna de que dispone? Los nfimeros sudan lógica aplasta- 
dora. Multiplicando la cantidad de años de servicio por los suel- 
dos ganados en cada gerarquía, se obtiene un total importante 
pero muy pequeño, si se compara al tesoro amasado por el 
referido. Se le reprocha á Goodwin que no sea pródigo y se 
alaba á Devery porque lo es, prosigue el tribuno, pero, seño- 
res, Goodwin no da porque no tiene que dar, porque nunca 
ha sido Jefe de Policía y nunca dispuso, como Devery, de 
lo ajeno. A esta altura se oyen lejanos clamores; el público 



'^^ LUIS ALBERTO DE HERBERA 

deja de prestar atención y el orador mantüesta que el acto 
termina {lorque una nueva procesión de los partidarios de 
Devery se aproxima y no sería justo privar á los oyentes 
de los placeres gratuitos de circo que ofrece tan grotes- 
ca romería. El bullicioso espectáculo, ya caraeterizftdo, se 
reproduce con creciente brillo, cruzando los glorificadores 
de un lecuier entre los apiñados grupos do la muchedumbre 
adversaría, sin que una provocación, una sola palabra hostil, 
interrumpa el franco y coittagíoso buen humor de todos. 
¿Para qué perder el tiempo en diferencias enojosas y en pe- 
leas estériles cuando cada cual ejercita su derecho vocife- 
rando desesperado en favor de su favorito y cuando lo 
importante es obtener la mayoría? Más conviene entretenerse 
en contar el níímero de las falanges que pasan para saber hasta 
dónde alcanza la fuerza exacta del enemigo. Casi no nece- 
sitaría agregar que en otro corso, constituido por los ciuda- 
danos adictos á John Sheehan, encontré los mismos síntomas 
de personalismo cruel percibidos en los campos rivales. Ad- 
mirado de la frescura con que so dan y se reciben seme- 
jantes cargas al honor individual, pregunté á un respetable 
amigo americano si tan reprobables pugilatos de palabra no 
^concluían en sangrientos encuentros personales. <Nó, me dijo, 
-esos son lo que aquí llamamos poUticSy recursos políticos, ó, 
lo que vale tanto, estratagemas vulgares para impresionar á 
los electores de calidad social inferior. Li gente seria no 
participa de tales desahogos. Lis imputaciones gruesas 
que se tiran á la cara los aspirantes gozan favor recí- 
proco ilimitado, y como se conoce el propósito torcido á 
que ellas responden no se las atiende; por lo demás, nos- 
otros tenemos demasiado buen juicio para aceptar la tira- 
nía ridicula del duelo, institución caduca y Catápida — apo- 
yado — que jamás obtendrá arraigo en nuestro país. A lo 
sumo, unas trompadas callejeras resuelven el conflicto en 
forma gimnástica y sana.» 

A los ocho días de campaña se realizó la tan disputada 
elección. Las mesas se instalaron, algunas, en salas alquiladas 
4il efecto, y otras, en los locales de las peluquerías, que no 
por eso interrumpieron su trabajo. Los policianos guardaban 



. JDB8DE WABHIKOTON 249 

el orden, lo que casi no tenía objeto, paee los diferentes 
votantes poco se preocnpabau unos de los otros, aprestirán* 
dose solo á dejar su balota en las urnas. A las nueve de la 
noche terminó el acto de sufragio comenzado á las dos de 
la tarde. Como último disparo preliminar á la contienda, se 
repartió por las calles del distrito una hoja impresa, firmada 
por el propio Devery, cuyos párrafos principales t^aduzco 
fielmente enseguida, para que ustedes, al paladear esta curiosa 
literatura electoral, se penetren de la veracidad de mi narra- 
ción. Dicen así: «compafierosi Devery representa la felici- 
dad del pueblo. En cambio Sheehan representa el fraude, la 
duplicidad y la traición á sus amigos, así como tambián la 
entrega á nuestros adversarios. En cuanto á Goodwin, él re- 
presenta el interés de Goodwin. Sucesos recientes prueban que 
Sheehan entró en combinaciones para vender asientos legislati- 
vos á los republicanos. Aceptó todo el auxilio 4|ue pudo con- 
seguir de éstos y ahora, para salvarse, los ha vendido. Del mismo 
modo venderá á los demócratas, siempre que se le presente la 
oportunidad. De Joodwin afirmo que es indiferente y egoísta. 
Se olvida de sus sostenedores enseguida de las elecciones. Siem- 
pre que pudo sacrificó á sus correligionarios en su propio be- 
nefício. Sheehan ha engañado antes á los vecinos de este 
radío, pero hoy ellos están en guardia porque lo conocen. 
Ciudadanos: colocaos del lado del ganador y votad por De- 
very. Devery ayudará á todos luego que triunfe. Este in- 
vierno va á ser muy frío. Devery tiene instintos humanos. 
Ninguna familia del noveno distrito carecerá de carbón y 
lefia. Devery es el hombre del pueblo y el pueblo es para 
él. No prestéis atención á los anónimos y á las viles circulares, 
preparadas por Sheehan y Goodwin, pues ellas son un tejido 
de fálsedadcsf. Esa advertencia final del manifiesto tenía 
or^n en el hecho de que los bandos divergentes habían re- 
partido en todas las casas habitadas por los partidarios del 
rival, hojas sueltas, suscritas por Devery, en las cuales éste 
les decía que no. concurrieran á votar porque, en vista de 
su inminente derrota, prefería mantenerse en la abstención. 
No bien se cerraron las urnas comenzóse el escrutinio, com* 
piiiendo todos en una actividad febril. 



260 LUIS ALBB«rO DE HSBBERA 

Miliares de ciudadanos ocupaban el ancho de las veredas^ 
confundidos los partidarios de los diferentes candidatos, como 
si ya hubieran olvidado el profundo cisma de horas ante-* 
rieres. Ni un grito insolente, ni una expresión de disgusto 
partía del seno de aquella masa heterogénea, tan inquieta 
como puede permitirlo la flema de esta raza sabia y sin 
nervios.' Aquí y allá, la policía quitaba del medio á algún 
beodo, cuando se hacia incómodo. Llevado, sin saber cómo, 
porque las muchedumbres tienen poder irresistible de trom- 
ba, fui á dar al local de un club adicto á Sheehan, que 
estaba repleto de gente. Retratos de eminentes demócratas 
adornan las paredes; allá, en el fondo, sentados alrededor de 
una mesa, están los jefes del movimiento electoral que aca- 
ba de producirse, materialmente agobiados por la ola popu- 
lar. Allí veo representantes de toda la escala social; obreros, 
empleados, ancianos, hermanados en un mismo anhelo por 
idéntica orientación simpática. La mayoria tiene papel y 
lápiz en la mano. Son las diez de la noche y empiezan á 
llegar los partes numéricos de las distintas mesas, pues el 
distrito está dividido en veinte y cuatro cuarteles. Cada emi- 
sario que arriba invoca su misión y la multitud, á la vez 
que lo asedia á interrogaciones, le abre espacio para que 
alcance hasta el sitio ocupado por los jefes. Estos reciben 
el informe y, sin pronunciar una palabra de comentario, lo 
trasmiten en voz alta al auditorio que, según sea el resultado, 
aplaude ó no, mientras asienta los datos y establece compara- 
ción de probabilidades. Sucedió que las primeras noticias fue- 
ron decididamente favorables á Sheehan; entonces ensordecedor 
V9& ovaciones, que iban en aumento, llenaban el ámbito del 
salón, expresando con energía varonil el crecimiento de una es^ 
peranza. Pero la rueda de la fortuna, sobre todo en política, 
es muy caprichosa, y pronto, simultáneo con los saldos adver- 
sos, empezó el cambio de las decoraciones. ' Un poco, bas- 
tante desilusionado de Devery, mi ídolo austero de una hora^ 
desee á esa altura su triunfo ó el triunfo de Groodwin, para 
apreciar, sobre el terreno, el efecto de la derrota en el seno 
de aquella asamblea tan enardecida. ¿Se acataría silenciosa- 
mente el fallo del comicio ó estaba anidando una tonneata 



DESDE WA8HINOTON 251 

dentro de aquellas filas compactas? No tardaré mucho en 
romper esa duda. Cuando la suma de una veintena de cifras 
parciales convenció í los asistentes de que sólo por gracia 
de algún cómputo milagroso podía alcauzarse la victoria, em- 
pezaron á desgranarse, sin decir una palabra, aceptando el 
ejemplo significativo de los miembros de la mesa, que aban- 
donaron el campo poniendo el sello sacramental al desastre» 
Sin tumulto, penetrados de que se trataba de un asunto con- 
cluido, fueron saliendo los compañeros de Slieehan. ¿Para 
qué empeñarse en debates y juicios airados cuando, impo- 
niéndose sobre todas las conclusiones optimistas, ab( lucía la 
elocuencia incontrastable de los escrutinios? Do Devery era 
el triunfo y desde ese instante no otro que él podía dis- 
frutar el título envidiado de leadsr del noveno distrito. Fal- 
taría á la verdad si dijera que oí el eco de protestas y de 
esos reproches iracundos, tan comunes en otras partes. Por 
lo demás, temer un choque entre las fracciones vencida y 
vencedora, compuestas ambas en su extensión do gente de 
pelo en pecho, importaba mi desconocimiento del espíritu razo- 
nable y profundamente tranquilo de los americanos. Devery 
había ganado, ¿quién tenía, pues, el derecho de coartar el curso 
estrepitoso de la alegría de sus amigos? ¿Acaso no hubieran 
practicado, éstos, el mismo religioso respeto, si derrotados? 
Admirable equidad moral, que apunta otro de los tantísi- 
mos frutos invalorables do la educación popular y de las 
grandes enseñanzas libres que llegan del pasado fecundo como 
hebras de una luz gloriosa. Acatar la voluntad regia de las 
mayorías, ceder el puesto al adversario, cuando el adversario, 
luchando con la cara vuelta al sol, ha impuesto su victoria, 
desterrar el hábito de las innobles argucias usadas para empa- 
ñar el significado abrumador de los hechos, hé ahí las varias 
manifestaciones de una virtud cívica de arraigo centenario en 
el espíritu de estos sólidos ciudadanos de Norte América. 
¿Podemos decir lo mismo nosotros, que afrontamos todas las 
temeridades del criterio, olvidando á menudo el culto de 
deberes elementales, antes de respetar los fallos sagrados de 
la democracia y de resignarnos ante la evidencia de la ajeua 
j legítima victoria? 



252 LUIft ALBEBTO DE HBRRBRA 

Antes de las once de la noche la noticia del resaltado co- 
micial estaba divulgada por todo el distrito. Rapidez escru- 
tadora también extraordinaria. Y, á todo estO| ¿qué efecto 
produce en las líneas triunfadoras el gran éxito obtenido? 
Doy la vuelta á la esquina y otra muchedumbre, ebria de 
entusiasmo, me arrolla. ¡Qué delirio de satisfacción! Devery 
aparece, por instantes, llenando con su personalidad adiposa, que 
ahora parece tener más volámen, el marco de una ventana. Un 
ruido de aclamaciones infernales lo saluda; pero sus electores quie- 
ren que baje para testimoniarle más eficazmente su aprecio. 
Así lo hace Devery para ser estrujado, golpeado, abatido 
por sus millares de amigos y admiradores. Intenta asilarse 
en un carruaje, pero no se le permite y, prisionero de una 
inagotable alegría callejera, es llevado hasta su domicilio, al 
compás de músicas, de cohetes, de vivas estentóreos, de estas 
grandes risas americanas, buenas, amplias, sencillas, que re- 
flejan con exactitud los lincamientos sanos del carácter nacio- 
nal, ein que de ninguna boca parta un grito de rencor ó de 
agravio que, concluida la batalla, la bandera del olvido 
ampara á todos y ya no existen vencedores ni vencidos. Frente 
á la casa del caudillo consagrado se arremolina la columna, 
que sólo allí, en su lugar legítimo, suelta á la presa de sus 
amores democráticos. La esposa, los hijos de Devery, las 
señoritas pertenecientes á familias de su amihtad y ¡oh mila- 
gros de la pasión cívica! hasta su misma suegra, lo agasajan 
expresivamente y agitan en su honor banderitas patrias. 
Abajo, comerciantes avisores venden entre los adictos peque- 
ñas escobas, especiales para prenderse en el ojal, que son 
gracioso emblema de la gran barrida que acaba de darse. 
A pesar del retiro del héroe, los grupos no se disolvieron, 
continuando muchos vecinos los festejos hasta la madrugada* 
A la noche siguiente una nueva demostración rodante de 
fuerza electoral puso punto final á la reñida jornada. ¿Pero 
cuánto le costó al lecuier electo conquistar el bastón de mando? 
La nómina de esfuerzos que sigue, tomada de diarios serios, 
les dará una idea de la cantidad y calidad de sacrificios mo- 
netarios hechos por él. Dio á las mujeres y niños del pue- 
blo de su distrito un paseo campestre, al que asistieron diez 



IMttDE WASÉLÍNOTON 253 

y siete mil personas, qae, según cálculos, le deiíiandó diez mil 
pesos. Otro tanto tavo- que pagar por otra fiesta de la 
misma índole celebrada en las márgenes del río Hudson. 
Veinte mil concurrentes ocuparon los teatros durante una se- 
rie de funciones gratuitas. Todo el verano abastecicS con 
hielo á las familias pobres. Ciento cincuenta de ellas disfru- 
taron servicios gratis de médico, enfermeros y botica. Pagó 
los gastos originados por seis entierros. Ochenta hogares, 
que estaban bajo la intimación perentoria de desalojo, recu- 
peraron su tranquilidad gracias á su intervención reconfor- 
tante y mágica. Prometió fundar una escuela libre. Entre 
fuegos artificiales, regalos, comidas, cerveza y porción de dá- 
divas necesarias, dispuso de quince mil pesos. Obtuvo tra- 
bajo para centenares de obreros. Finalmente, el candidato 
pronunció alrededor de cien discursos, siendo confirmado por 
quince lugar-tenientes, igualmente infatigables. 

Pero todavía nada he dicho del epílogo de la campaña. 
Una semana después de estos sucesos se reunió en Saratoga 
la gran convención demócrata del Estado de New York, 
para proclamar candidatos á las distintas posiciones electivas 
en la próxima lucha política contra los republicanos. Ocu- 
pando, con doscientos de sus predilectos, un tren expreso y 
siempre entre música y cohetes, William S. Devery se dirigió 
á aquel destino, á fin de tomar parte en las deliberaciones, 
como delegado flamante de un distrito. SU transit gloria 
9nundi: fué recibido con toda frialdad por los demás repre- 
sentantes populares reunidos en asamblea. La prevención 
dominante contra él encontró pretexto atendible en sus po- 
deres y la comisión competente aconsejó su rechazo. Devery 
se defendió personalmente, poniendo al servicio de su causa 
todas sus energías dramáticas. El convencional Sullivan dijo 
en su contra: cDevery, durante la mayor paite de su vida, 
ha sido un culpable. Invoco los nombres de nuestras espo- 
sas, de nuestras hermanas, de nuestros hogares, para decidiros 
á darle un voto negativo. Devery es un escándalo para New 
Tork y si ahora también triunfa aquí será un escándalo para 
el Estado». En cambio, el convencional Suikin expuso en su 
favor: csi es-cierto que Devery ha usado del dinero pura 



254 LUI8 ALBKRXO D^ H1BRRHBA 

alcanzar el triunfo, ¿qué hay «n dio de malo? El lo ha 
utilizado honestamente 7 en la forma en que el dinero ae 
aplioa á las operaciones electorales. Sólo la prensa ha com- 
batido á Devery. Por lo demás, sus oponentes no son sinceros. 
Deveiy tiene importancia 7 es un buen demócrata». Dio 
corte definitivo al asunto el convencional Conell con las si* 
guíenles reflexiones, que determinaron el carácter de la vota-» 
ción: €68 tiempo ya, dijo, de que nuestro partido se ponga 
resueltamente en guardia contra la impostura 7 la corrupción. 
Todos conocemos los recursos puestos en práctica por Devery. 
\8\\ poder en política! ¿Cómo? El condado de New York 
cuenta con una mayoría de ochenta mil demócratas 7, sin 
embargo, por causa del deverysmo fuimos derrotados, de ma- 
nera aplastadora, en la última campafia. A Devery y á su 
bandera de indecencia es atribuible tal desastre. Por cada 
voto que perdamos expulsándolo de nuestro seno, un millar 
de nuevos votos ganaremos de los hombres que aprecian la 
dignidad, el carácter y la inteligencia que, ellos sí, son la 
esperanza de la democracia del futuro.» Devery fué repu- 
diado. Más tarde, proclamado candidato á gobernador Mr. 
Cooler, joven ciudadano de treinta y tres años y de alto 
nombre I Devery sepultó en el fondo de su corazón sus 
agravios para manifestar que^ apesar de todo, el noveno 
distrito contribuiría, como una tabla, á su triunfo dando el 
mayor cómputo electoral allí conocido. Estoy seguro de que 
los lectores, sin saber por qué, le han cobrado simpatías al 
arlequinesco Devery, al ingenioso luchador que, con sus va- 
riadísimos y pintorescos esfuerzos para conquistar sufragios, 
ha batido la fama propagandista de todos los leaders ante- 
riores. Por eso no está demás decir que nuestro hombre 
ha conseguido sentarse en el comité ejecutivo demócrata. 
Amenazó con llevar su caso ante la Corte y este argumento 
produjo el efecto deseado. Aquí estoy y aquí me quedo. 

Hecha omisión de algunos rasgos demasiado locales y por 
lo mismo poco oportunos, las páginas antecedentes retratan, 
sin brillo pero con mucha fidelidad, el desarrollo de una 
elección en los Estados Unidos. Cuando pronto ella se re- 
produzca en gran escala, tal vez vuelva á fatigarlos con nuevas 



deiorípoíoMS 4e costumbres pacificas. Talves no rae equi- 
voco plisando que esta lectura ha de haber dejado ea el 
ánimo de ustedes la misma impresión que empafió mi espí- 
rHu, por instantes, al presenciar el desarrollo de los sucesos 
referidos. ¿Verdad que parece que surge la sombra de ua 
desencanto, como cuando algún ideal querido vacila sobre su 
pedestal, al saber que en la patria del derecho 7 de la jusr 
ticia puede ser coronada la mistificación? ¡También en los 
Estados Unidos conocen los principios tormentos inqutsito-^ 
riales; también allí encuentra impunidad y escudo lo arbi* 
trario; también, en la nación modelo, la tánica institucional 
sufre desgarros crueles! No pensamos, en manera alguna^ 
así. Precisamente las escenas retratadas, bochornosas unas 
cuantas, envidiables otras, ofrecen un argumento vivo, incon-' 
trastable, en favor de la alta fama cívica del país. Después 
de presenciarlas se puede afirmar, con mayor ^mfasis, que 
Norte América es la tierra clásica de la libertad y que el 
símbolo de las estrellas no usurpa espacio en el ángulo su-r 
perior izquierdo de su bandera. Convertir, los adversarios 
del partido que gobierna, en salones de propaganda las calles 
elegidas por su capricho; lanzar desde esas tribunas popu- 
lacheras, rayos y centellas contra la situación dominante; 
disputarse, con apasionada codicia, el apoyo de la muehe* 
dumbre; conquistársela utilizando todos los medios imaginables, 
que no sean coercitivos, de convicción; dirigirse frenética- 
mente á ella, solo á ella, para conseguir la anhelada victoria; 
competir, en actividades y combinaciones de (^xito los dife« 
rentes candidatos; todo ese cúmulo de manifestaciones indivi- 
duales, todos esos afanes de sugestión, dirigidos al embauca- 
miento interesado del pueblo, ¿no proclaman, acaso, con realidad 
irrefutable, la existencia de una verdadera y sólida democra- 
cia? La fórmula de la perfección doctrinaria se encarna en el 
triunfo de las mayorías libres, extrañas á toda presión ilegí* 
tima. Esa presión ilegítima solo puedo venir del gobierno de 
la nación y, por encontradas y turbias que sean las corrien- 
tes, ella jamás partirá del pueblo, que es fuente superior de 
soberanía. Vox populi vox DeL Sus errores son, pues, reales; 
sus extravíos excelsos. Ellos podrán resultar funestos y m^ 



256 I.ÜI8 ALBKRIO DB BBRREBA 

recer severas críticas, pero ¿quién tiene personería bastante 
para negarle á él, el jneK supremo y menos falible de las 
diferencias humanas, el derecho altivo de equivocarse? Pues 
bien, si en el terreno de la teoría no existe ni el asomo de 
ese audaz factor tercerista, todos sabemos perfectamente—- 
¡vaya si lo sabemos! — que en el terreno de la práctica él 
ha surgido en la casi totalidad de las sociedades república* 
ñas para violar el derecho y hacer escarnio de la ley. Los 
gobiernos interventores en el acto del comicio, la intromisión 
nefanda y abrumadora del poder público en las contiendas 
ciudadanas, ese ha sido el causante diabólico de las grandes 
disoluciones populares. Los Estados Unidos no conocen esa 
enfermedad mortal de las instituciones. La mayoría verdadera, 
espontánea, libérrima, obtenida por el esfuerzo independiente 
y antojadizo de los interesados, impone su voluntad inapela- 
ble y la minoría sabe acatarla, sin rugidos de fiera, y el go- 
bierno, dueño de la montaña, la deja disponer á su capricho 
de las posiciones de la llanura, sin soñar en algo incom- 
prensible aquí, en alzar diques á sus mareas avasalladoras y 
á menudo enemigas! El gobierno metido en su casa, arrinco- 
nado, mientras el pueblo, en todo el soberbio ejercicio de bu 
virilidad, arregla las cuentas del pueblo. ¿Puede pedirse nada 

más aproximado al ideal? 

Encarando el asunto bajo otra faz, convenimos en que los 

manejos del victorioso Devcry, que buscó en su bolsa el 
asiento más firme de su elección, que sedujo energías de- 
rramando á manos llenas favores de todo género, no mere* 
cen un ápice de elogio y provocan censuras, cuando aprecia- 
dos con un estricto criterio moral; pero, por distinto camino, 
vamos en procura de la misma respuesta ya formulada: faé 
el pueblo, solo, independiente, el que así lo quiso. Poixjue 
no 6guró un oficial del ejército en la jornada, ni un co* 
misario de policía, ni un funcionario civil, ni se hizo en- 
mudecer, con la amenaza innoble, á los empleados públicos. 
Devery dirigió la puntería al corazón de la nuicheduoibre 
que intentaba conquistar, como los galanes avisados, y la 
conquistó, á la luz del día, sacrificando su bolsillo por ella, 
dándole banquetes, tiestas, teatro, medicamentos, carbón, hielo. 



DESDE WA8HINQTOK 257 

j promesas mil. ¿No vibra en el fondo de todo esto una 
onda de salud? Pero, entonces, dirá algún soñador, el pue- 
blo, también vende sus favores? No sé; pero lo que sí sé, 
es que, desgraciadamente, en sus filas no todos piensan que 
el voto, como la conciencia, es inalienable. La culpa de se- 
mejantes aberraciones no debe imputarse á las instituciones, 
que son ejemplares, sino á la imperfección de los hombres, 
los cuales, á pesar de escuelas y de doctrinas, todavía con- 
tinúan siendo de barro. Por lo demás, ¿cómo podemos acep- 
tar, quienes alentamos ideales generosos, la tesis política mer- 
cantil profesada por el leader del noveno distrito de la ciudad de 
New York? ¡Qué inefable impresión debe experimentar un ciu- 
dadano austero al ser sorprendido en su gabinete de trabajo por 
la noticia consoladora de que sus compatriotas, por ímpetu 
propio 7 desinteresado, lo han exaltado á las más altas posi- 
ciones de origen electivo! ¡Cómo debe enorgullecer ese 
triunfo, que no se ha pedido, ese honor otorgado por perso- 
nas extrañas, jamás vistas, y que, sin embargo, dominadas 
por el prestigio de una virtud positiva y modesta, inscri- 
ben un nombre en sus balotas para decir al predilecto: «con- 
fio eo tí como en mí mismo y en prueba de ello te otrezco 
un homenaje cívico que nunca me pediste!» ¡Qué revancha 
de nobilísimos goces espirituales sobre las injusticias que, 
tantas veces, se cruzan en el camino de los buenos! Y 
téngase por cierto que en la patria de Jorge Washington la 
absoluta mayoría se inspira en el recuerdo santificado del 
patriarca de Mount-Vernon, tan grande, que á su sombra 
desaparecen, perdidos, los políticos comerciantes como desapa- 
recen las resacas en la inmensidad del océano. 



17 



^»^>iA<V»A^»^VMS<«><VSAAAAr<VMVWVSi»»^VVVSA<VSA.^/SA^^^ 



XII 



La ciudad de Quebec — Una Joya antigua — Antecadentes hfatóricos 
— Evolución pQlitica del Oanadá -- 8u porvenir — Un paralelo ^ 
La cannpaAa de Quebec — Sobre uniformes militares — Remi- 
niscencias afectivas. 



Además del rio San Lorenzo una línea férrea ata á las 
dodades de Montreal y Quebec. Huyendo siempre de las 
peripecias marinas^ opto por el transporte terrestre, aunque 
todos ponderan las bellezas singulares de perspectiva que se 
recf>gen por la vía finvtal| cuando el vapor cruza por entre 
centenares de islas miniaturescas y de sin igual atractivo 
pictórico. Tanto se pregonan las peculiaridades locales de 
Quebec, suspendida por el San Lorenzo al cuello del Cana- 
dá, como un medallón antiguo, que correspondo al afán curioso 
que me empuja hacia ella. 

Como la linda Montevideo, esta otra ciudad debe su 
nombre al capricho de una exclamación admirativa. c¡Qué 
bec!> dijo Cartier al dominar el maravilloso paisaje, sin 
concebir que su comentario expontáneo de descubridor ten- 
dría fuerza insigne de bautizo. Más tarde, el marqués de 
Champlain, buscando sitio seguro para encajar el cetro de 
la civilización francesa en las colonias trasatlánticas, encon- 
tró aquel refugio, inaccesible casi como nido de águilas. A la 
sombra de pefiascos enormes surgió la fortaleza, y coro- 
nándola, á tanta altura que pudo confundirse con una divi- 
sa patriótica pendiente del cielo, flameó desafiante una 
bandera. Más de un siglo, ciento cincuenta afios, se man- 



260 LtTIS ALBERTO DE HERRERA 

tuvo allí pregonando las grandezas de una soberanía, pero 
cierta vez ecos de trueno llegaron basta los oídos de los 
soldados fidelísimos de reyes sin memoria, j todos corrieron 
á tomar las armas en defensa de su metrópoli agredida: In- 
glaterra 7 Francia también chocaron sus rivalidades históricas 
en el suelo de América, inocente de sus agravios. La gue- 
rra fué larga, dividida en capítulos memorables y tan ren- 
corosos como lo quería la pasión de raza. Los franceses, 
aún en el desamparo, pelearon como leones; pero ya enton- 
ces Bretaña era dueña de esa pasmosa tenacidad de propó- 
sitos que está llamada á darle el gobierno del mundo y la 
perseverancia valiente pudo más que las desesperaciones del 
coraje. En Quebec se jugó el último esfuerzo. Aquella ago- 
nía fué colosal; tiene el perfil imponente de las epopeyas 
clásicas. Adentro, acosado como una fiera, estaba Mont- 
calm, el general francés; y afuera, intentando, intrépido, esca- 
lar la roca, estaba Wolfe, el general inglés. Meses duró 
aquel asedio definitivo. ¿Cómo dominar posición tan inexpug- 
nable, erizada de cañones? Ese detalle fatal, por el que se 
pierden todas las causas humanas, fué encontrado al fin por 
el inquebrantable adversario, y una mañana el sitiado supo 
con asombro que no era toda suya la montaña. En la 
pelea que siguió cayeron heridos de muerte los dos jefes 
enemigos. «Dios sea loado, muero feliz,f dijo, antes de 
expirar, el victorioso Wolfe, mientras Montcalm cerraba los 
ojos exclamando: «no vivero para ver la rendición de Quo- 
bec.» Señalando este recuerdo legendario, por consenso uná- 
nime de las dos ramas pobladoras, hoy reconciliadas, se ha 
erigido en la parte más elevada del recinto, un monumento 
en honor de los dos gloriosos capitanes, que lleva esta ins- 
cripción gloriosa: «Iguales en la virtud, en la muerte, en el 
valor y en la historia.» ¡Cómo debieran tener presente 
esta sanción noble de posteridad los exaltados que en nues- 
tro país y en distinto y semejante plano pretenden abrir 
cisma de odio entre los hijos de una misma familia, endio- 
sando á unios antepasados y profanando, con insultos aleves^ 
el sueño de los otros! 

El ferrocarril se detiene al pié de la gran muralla natural 



DESDE WA8HINQTON 261 

^oe fiirve de mortaja á esa joya antigna que se llama Que- 
bec. Hemos llegado al fin de nuestro viaje y, sin embargo, 
pasará rato antes de que podamos afirmarlo con toda ver^ 
dad. Porque, concluida la marcha en sentido horizontal, 
«mpieza el avance hacia lo alto, la ascensión fatigr>sa y 
complicada por el lomo arrugadísimo de la cumbre. El ca- 
rruaje adelanta despacio, como por concesión de una lástima, 
pues, apesar de sus robusteces frisonas y de estar dotado de 
herraduras especiales, el caballo de las varas gana, poco á 
poco, el pleito de la jomada. Las calles dan tantas vueltas 
como las circunvalaciones de un cerebro y describen una 
extraña espiral cuyo centro interior lo determina la vieja 
fortaleza que se ostenta en la cresta, llamativa como una 
muela postiza. El ideal de los tiempos pasados lo consti- 
tuía la guerra. Soñar de noche con el enemigo era un de- 
ber, y atacarlo de día era un derecho; y, pagando homenaje 
á las exigencias crueles de la mosquetería internacional, allí 
están aquellas paredes semi-derruidas, más perdurables, cun 
todo, que el poder de los monarcas que las mandaron cons- 
truir; aquellas encrucijadas indescifrables para el forastero; 
aquellas tortuosidades; aquellos senderos, caprichosos como las 
voluntades torcidas, que serpentean en todas direcciones, que 
se alejan, que se cortan, que se confunden luego para morir 
siempre en un contrafuerte, de capacidades estratégicas, que 
sirvió en otrora de tribuna á temibles elocuencias belicosas. 
En ciertos puntos apenas dispone de espacio el vehículo para 
deslizarse entre edificios que estorban el camino con juste- 
dades de guante. Esos boquetes, todavía vigilados por la 
desconfianza de piezas de artillería, apuntan la transacción 
celebrada, después de ruda controversia, entre lo antiguo y 
lo nuevo: el ideal de las épocas feudales, escudado por el 
amparo de triples murallas, y el ideal moderno, de estas cen- 
turias reñidas con todos los letales encerramientos del claus- 
tro. Cuesta colarse por tales aberturas, hostiles y escasas 
como la rendija que conceden las puertas de los hogares al 
desconocido que á ellas llama, sin dar su nombre, después 
del oscurecer. La montaña fortificada se compone de varios 
eftantes superpuestos que responden á los fmes de un idén- 



262 LUI8 ALBERTO DE HERRERA 

tico propósito. Todavía la preocupaci<$n de la defensa militar 
vaga por la altura y son tantos los circunloquios que pre- 
ceden á la llegada definitiva qne el pasajero puede muy 
bien creerse^ por gracia especial, huésped de algún seftor de 
horca y cuchillo. Al ll^ar al último estribo se nota un re- 
crudecimiento de energías armadas; por todas partes asoman 
su boca gruesos cañones, las calles se convierten casi en pa- 
sadizos, y más de una se ofrece desorejada, sin veredas, 
mientras, todavía más arriba, allá en la cúspide afilada, des- 
taca como una sombra la casa de piedra mandada labrar por 
el gobierno inglés, sobre la roca misma y al precio de doce 
millones de pesos, para servir de recio baluarte á la insignia 
colonial. A cada instante se echa de menos el ¡quién vive! 
de los recintos militares. 

Incorporado á la población de Quebec entre dos luces no 
puedo formarme idea de sus detalles exteriores. Huésped 
de uno de los tantos hoteles diseminados en la penúlti- 
ma estribación, debo esperar las claridades del nuevo dCa 
para orientar rectamente mis comentarios de visitante. La 
temperatura es primaveral. A la mañana siguiente me des- 
pierta un sol magnífico que penetra, sin pedir permiso, por 
la ventana de corte antiguo, como si se tratara de un amigo 
previsor interesado en favorecerme. Abro los ojos para 
comprender que aquellas pinceladas luminosas están ahí di- 
ciéndome con énfasis artístico: t ¡levántate, perezoso, y apre- 
súrate á gozar del espectáculo soberbio que te ofrece este 
pedazo de tierra extraña que yo fecundo, siempre victorioso, 
con mis halagos de terciopelo!» * Bien vale la pena de aso- 
marse. Estoy en un balcón natural, tan alto que desde él 
se domina, en todos sus detalles, el núcleo de la ciudad, que 
se extiende en gradería rebosando con mucho sus fronteras 
históricas. Es tan sensible la diferencia de nivel que la 
perspectiva se arquea como si por virtud de una mágica ma- 
tilación se hubieran arrancado eslabones enteros á la reali- 
dad corpórea. Caída así la vista hasta el fondo de la lla- 
nura, después do rodar vertiginosa, cual guijarro, por ua 
declive, resbala luego sobre la superficie de ríos y de cam* 
pos en flor para vencer en seguida en el escalanüento de 



I>E8DE WASHINGTON 263 

los montes Laurentidas^ que cierran el horizonte con biza- 
rrías de marco decadente y del color oscuro de la caoba. 
En el fondo del valle^ regado por hilos de aguas mansas, 
que producen el efecto visual de sangrías azules^ domina el 
sublime desorden hijo de la fiebre activa. Las vegas se 
suceden unas á las otras; aquí y allá relumbran^ con aspecto 
de grandes reflectores^ las chapas de zinc de los galpones 
agrícolas; el humo envuelve sus gasas blanquísimas al rede- 
dor de las chimeneas que^ á la distancia^ resultan delgadas y 
flexibles como los astiles; carros van y carros vienen por 
los caminos vecinales; los arbolados ya empiezan á abanicar 
sombra; el tinte amarillo de los trigales se abraza al tinte 
esmeraldino de los campos de cebada^ cuyo tono desmaya 
en las huertas que^ á su vez^ lo reconquistan al tropezar 
con los boscajes^ mientras una locomotora^ que acaba de 
aparecer por el Este^ ya se pierde en lontananza riéndose 
del recuerdo fabuloso y ya atrasado de aquel gigante que 
medía sus pasos por leguas. Ondas de actividad^ de tra- 
bajo, de energía campesina^ se trasmiten en todas direccio- 
nes, llenando el espacio con los ecos de un himno sacro- 
santo que hiere al pensamiento para ratificar la convicci(Sn 
profunda de quienes tanto creemos en la influencia del taller 
y del cultivo. Si es cierto que la mísera jornada no con- 
cluye con la muerte y si los escogidos interrumpen alguna 
vez las dichas que, afirman^ se disfrutan en los Campos Elí- 
seos^ para enterarse de las batallas infernales que se libran 
en este pobre astro^ que presenta en el rostro lacras del 
tamaño de volcanes, las profundidades del cielo deben en- 
treabrirse sobre paisajes tan nobles y encantadores como el 
que señalo^ á fin de que llegue hasta la altura infinita la 
perspectiva de una irreprochable placidez humana, modelada 
sobre la frente de una naturaleza de perfil griego. El pe- 
destal es digno de Quebec que se levanta, con gallardías de 
penacho^ ocupando el punto principal del panorama. 

Como hasta ahora nada había dicho de las iglesias, que 
abundan en la ciudad como en ninguna otra de este con- 
tinente, recien corresponde agregar que mucho ayudaron al 
viejo sol, en su tarea de sacudir la modorra de este solté- 



364 



Lülft ALBEBTO DE HBRBJBRA 



ron desocupado, las campanas de la inmediación, batidas á 
todo trapo, como si con el simbolismo pintoresco de sus 
sonidos se enviara un pescozón cariñoso á los fíeles olvida^ 
dizos de la salud espiritual. En adelante, el concierto de 
aquellas voces, solemnes é infaltables, que me venían de los 
campanarios vecinos, me despertó todas las mañanas con 
inflexiones arrulladoras de una llamada dulce. Sin cualida- 
des de neófito, nunca me rendí al amable mensaje pero sí 
digo que aquella música, bajo la cual gemían los cristales de 
mi ventana, ora con trepidaciones de congoja, ora asociándose á 
las notas de modalidad suave, evocó siempre en mi memo- 
ria el recuerdo rutilante de aquel Cuasimodo, creado por la 
imaginación colosal de Victor Hugo, que, tuerto, contrahe- 
cho, repulsivo, feo, pero dotado de esa rara belleza moral, 
que es la única verdadera, daba rienda suelta á bu delirante 
amor silencioso por la judía Esmeralda en la soledad de 
las torres carcelarias de Nuestra Señora. Nadie lo entendía 
como las campanas; ellas jamás le fueron ingratas y solo su 
lamento supo contestar á su3 quereres cuando, ginete en 
ellas, oscilaba sobre el abismo tocando llamada religiosa con 
desesperaciones epilépticas y pasión de iluminado. Ahora 
comprendo mejor las estrofas imponderables de aquella poe- 
sía en prosa. 

Pasó tres semanas en Quebec. Algo singular, más enér- 
gico que la voluntad, me mantenía en esta ciudad que, 
aunque parezca contradictorio, puede, á justo título, denomi- 
narse simultáneamente la Roma y el Gibraltar del Nuevo 
Mundo. La fe y el afán nacional, que es otra fe, reatan 
allí sus más preciadas fuerzas y tejen una coraza, llena de 
nudos acerados — troneras, iglesias, murallones, ruinas, reduc- 
tos, santuarios y capillas y bastiones — sobre el pecho mismo 
de la montaña. Trepada sobre la piedra y desplegando 
eternas agilidades felinas, descansa Quebec y la caracterizo 
así porque, realmente, mirados desde abajo, parece que los 
caseríos superiores están en perpetuo peligro de desmoro- 
narse. Una amplia terraza de madera, por el estilo de las de 
nuestras playas, que hace muy poco tiempo fué encajada á, 
grande altura sobre el flanco del acantilado, ofrece un paseo 



DE8DB WASHUiOTOIf 285 

de atractivos insuperables. ¿Necesito decir qae, en machas 
-ocasiones^ recorrí de extremo á extremo aquella esplanada 
deliciosa soñando con el halago de otras latitudes? Lejos, 
muy lejos^ siguiendo hacia el sur en la línea recta, salvando 
los obstáculos, porque ellos no existen para el afecto que 
tiene alas de cóndor, é inclinando luego la marcha decidi- 
damente á la izquierda^ se llega al país bendito, á la tierra 
querida, la más linda, la más hospitalaria del universo, en 
la cual consentirá el destino que alcance mañana para mi 
tumba el espacio que tuve ayer para mi cuna. ¡Cuánta so- 
ledad en el seno de esa muchedumbre de paseantes, nativos 
y forasteros^ que de tarde y noche desfilan por mi lado 
castigándome con el contraste de sus risas y de sus ale- 
grías! Sólo, siempre desorientado, ¿si me olvidaré de ar- 
ticular una espresión social, á fuerza de tanto aislamiento? 
Aleja esa posibilidad desagradable la amistad que trabo, 
^easi por instinto, con un distinguido canadiense, A. Coibert 
Martineau, aficionado á los viajes y huésped, alguna ves, de 
nuestro Montevideo que recuerda con entusiasmo. De vieja 
cepa francesa, devotísimo de la antigua metrópoli, á pesar 
de la caída de Quebec en manos sajonas, él, como muchos 
otros elementos locales, sueña con futuras evoluciones polí- 
ticas renovadoras^ en contrapunto á los ideales opuestos que 
flotan en el ambiente de Toronto. Las provincias de Quebec 
y de Ontario: hé ahí las dos cabezas de lab emulaciones 
rivales. A pesar de todo, de lustros y de derrotas, el alma 
de la Francia palpita robusta y exclusiva, desterrando lati- 
dos ajenos, en el último poblado de las región oriental. 
Al occidente ha clavado sus tradiciones, con igual arraigo, 
también sólidas, también cerradas á todo contacto desfibra- 
dor, el alma de la Inglaterra. Esta nación admirable, en 
presencia del extraño apegamiento de los vencidos á la pri- 
mera metrópoli, ha tenido la habilidad de someterse á la 
imposición molesta de ese inconveniente, y la provincia re- 
belde, vencida en sus preferencias de razas, ha podido ven- 
eer, más tarde, gracias á la fuerza de su idiosincracia. Por 
ella y para ella se ha hecho obligatorio, como idioma ofi- 
-eíal, á la par del inglés, la lengua francesa. 



266 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

Quienes aprovechan el tiempo indagando el secreto de las 
distintas colonizaciones en el sur y en la América Septen* 
trienal, que comparadas arrojan un saldo tan desconsolador 
para nosotros, pueden encontrar testimonio vivo de las ten- 
dencias de la conquista sajona en el seno de la sociedad de 
que me ocupo. Por esta vez y en este escenario no toca 
soportar la derrota del paralelo al coloniaje español, que hue- 
lla tan fatal ha dejado en nuestros orígenes. Apreciaremos la 
influencia francesa. Hasta 1760 estuvo el Canadá en poder 
de la potencia mencionada. — El tratado de París confirmó le- 
galmente el dominio del triunfador, sellado con la toma de 
Quebec. Por el mismo se estableció el respeto al idioma y 
religión de los habitantes de esta provincia. Las libertades 
canadienses nada deben al esfuerzo de su primera metrópoli 
¿Puede decirse lo mismo de la segunda? La situación de 
Inglaterra, después de la paz, fué difícilísima, pues entonces 
conoció la hostilidad con que miraba sus propósitos absor* 
bentes la vigorosa rama desgajada del tronco galo. Bepro-' 
duciendo el propio régimen territorial, la Francia antigua 
adjudicó grandes porciones de tierra á los favoritos, tras- 
plantando el sistema perjudicial de los señónos, con toda 
su secuela de injusticias y resabios feudales. Esta fun- 
dó también el fanatismo religioso, de raíces tan seculares 
que el Bajo Canadá ofrece al presente asiento, el más pro- 
picio, para la resurrección de los ideales intolerantes, man- 
dados sepultar ya por los progresos morales del siglo. 
La universidad de Quebec todavía está en las manos 
partidarias del clero; á sus miembros se confía, en mucha parte, 
la educación oficial de la niñez; por todas partes hay allí 
conventos, desafiando con sus paredes tapiadas, con su hela- 
dez y su silencio, el espíritu activo de la época y diciendo 
que en tales refugios funerarios, cuelgan su colmena oscura 
los más reprochables egoísmos humanos. Apaciguada la tor- 
menta, que dejara el fermento de tantos odios de raza, 
Inglaterra trató de bonificar la situación política de su nue- 
va colonia. Más que nuestras palabras argumentan los he- 
chos y las fechas. Apenas tranquilizados loe ái)imos, Jorge 
líl extendió á sus nuevos subditos el derecho represen* 



DESDE WABHDiaTON 267 

tativo local. En 1774 el Parlamento inglés sancionó la pri- 
mera constitución. Ella colocaba en un mismo pié de 
derechos á todas las sectas y religiones dominantes; confir- 
maba la más franca libertad de cultos; reconocía el derecho 
inviolable de cada iglesia de retener sus propiedades libres 
de confiscación; entregaba á Qnebec el uso completo é inde- 
pendiente de las leyes civiles francesas^ antes vigentes^ aun- 
que imponiendo^ en cambio, la practica de la legislación 
criminal sajona, tan saludable por lo rápida y ejecutiva. El 
acta de 1840, al unir bajo una sola autoridad á los dos 
Cañadas, fundó el gobierno parlamentario responsable. En 
esa época se resuelve satisfactoriamente, mediante la compra 
oficial de las tierras de los seigneurs, el enojoso asunto de 
los semi-vasallazgos, á que he referido, que estorbaban de 
manera grave la subdivisión equitativa de la propiedad. 

Ya hemos visto que el sel-gorememetj que lleva á todas 
partes el colono inglés, junto con sus dioses penate3, había 
adquirido todo su vigor fecundante. El dominio aumentaba 
visiblemente sus prosperidades y con los nádeos que bro- 
taban, fueron preparando su entidad nuevas provincias. Ta- 
les transformaciones fueron causa de que, puestos de acuerdo 
los gobiernos locales con los representantes de los partidos 
de oposición, — interesa ese grado de cordura — acordaran en- 
tregar á delegados autorizados la redacción de nuevas bases 
de unión. Así nació el arreglo de 1867, que establece la 
oi^anización federal definitiva del Canadá. Elegida Que- 
bec para deliberar á la sombra de su hospitalidad clásica, 
fué aprobada la resolución perseguida, inmediatamente ratifi- 
cada por el parlamento imperial. Ese juego de actividades, 
tan holgado, tan conciente, tan lleno de respeto mutuo, ¿no 
proclama, en forma irrefragable, que la adolescencia de los 
pueblos americanos del norte ha sido mucho más feliz, más 
libre, que la de los pueblos americanos del sur? Y para 
que se vea, á pesar dé las terribles divergencias del pasa- 
do, el concepto expontáneo y afectuoso que merece Ingla- 
terra á sus hijos de sangre y de adopción, agregaré que en 
el tercer párrafo del acta se establece que, «en el deseo de 
perpetuar las vinculaciones con la madre patria y de pro- 



268 LÜI8 ALBEBTO DE HKRRKRA 

mover el bienestar de las provincias, la oonstítucitfn fede- 
ral deberá ajustarse al modelo de la constitución inglesa, 
en tanto cuanto permiten las circunstancias.» La fórmula 
federativa creada está en pié, habiendo sido fortificada con 
la incorporación de nuevas provincias. Para alcanzar su 
perfecta organización política ya el Canadá nada tiene que 
pedir por la simple razón de que ya todo lo tiene. Favo- 
recido por vientos de bonanza, empujado- por el afán labo- 
rioso de sus ejemplares habitantes, este pab, que surge á 
las contiendas del mundo para sorprender agradablemente á 
los demás, recorre plácido su trayectoria aproximándose, sin 
miedo, sin atropellamiento, al soberbio desenlace. 

¿Está en vísperas de exigir su independencia? Si escu- 
chamos á los pobladores de antaño eso jamás sucederá^ 
porque el amparo de la bandera británica es demasiado 
frondoso y liberal para que pueda alguna vez resultar mo- 
lesto. El empeño de acreditar su lealtad nubla el criterio 
de mis interlocutores de ojos azules. Si interrogamos á los 
vecinos de Quebec, fíeles, como legítimos descendientes, á 
las tradiciones francesas, la ruptura sobrevendrá pronto y 
con ella no será improbable el fraccionamiento de los gru- 
pos antagónicos. El calor de celos, todavía no del todo 
extinguidos y á la fecha sólo aplacados, exalta el raciocinio 
de mis interlocutores de ojos oscuros. Me atrevo á suponer 
que no sucederá ni una ni otra cosa. Insistir en la perpe- 
tua fidelidad canadiense causa el mismo efecto risueño que 
produce oir á los niños mimosos que, para acreditar el cati- 
no hondo que sienten por los suyos y enseñados por sus 
buenas mamas, dicen ingenuamente que nunca se casaráa 
para quedarse junto á sus padres y cuidarlos cuando sean 
viejitos. ¡Como si la savia que circula por el tronco y por 
las ramas fuera la misma y de igual energía vivificante 
cuando brotan las primeras hojas ó cuando aparecen las 
primeras flores y se bautiza el fruto! ¡Cómo se quebrantan 
luego esas solterías juradas en los días vehementes de la 
juventud! Por lo demás, suponer que la libertad llegará 
enseguida, y con ella la subdivisión, valdría tanto como creer 
que un capricho de contados soñadores puede erguirse sobre 



DB8DE WASHINGTON 269 

lá opinión sensata' y ya 'hecha de la ábsohita mayoría. No; 
él Canadá será independiente pero todavía está distante el 
día de so gran etióayo autonómico. En Toronto existe an 
club republicano que funciona á la vista de la autoridad 
sin provocar un exceso ni merecer una censura. Pero^ como 
ihe han dicho muchos^ ¿á qué objeto práctico responde^ hoy 
por hoy^ su propaganda? ¿Acaso ningán canadiense de 
Oriente 6 de occidente tiene motivo para renegar de la 
liietrópoli? ¿Acaso ella se permite atentar^ de manera di- 
recta 6 indirecta, contra los derechos libérrimos de sus sub- 
ditos trasatlánticos, hechos á su noble hechura y fuertes y 
prósperos al presente porque ella no los ha estorbado? ¿Al- 
guna vez se afrentó á la colonia con despotismos y trípotajes? 
La respuesta negativa á estas interrogaciones borra hasta' 
el rastro' de un pretexto rebelde. Obsérvese que, quitando 
los gobernadores y tenientes gobernadores, todos los fun- 
cionarios del Dominio son canadienses y elegidos, como mejor 
les place, por los canadienses; que el hermoso y aguerrido 
ejército local sólo tiene un extranjero en su jefe superior; 
que, con excepción de la firma de tratados con potencias, el 
Canadá posee aptitud para hacerlo todo sin previa consulta 
á la corona; que ni un sólo peso de sus rentas cruza el mar 
para llenar los cofres metropolitanos. La independencia, pro- 
clamada á la faz del mundo, ¿sería más verdadera? Las 
colonias sajonas, más felices, empiezan con lo que los países 
8ud- americanos terminan. Primero, la verdadera libertad in- 
terna, el sufragio purificado, el respeto á la autoridad, la 
cultura media, la exaltación fecunda del individualismo; des- 
pués^ cuando ya la propia salud ha hecho que se caiga, sin 
sentirlo, el hilo umbilical, la libertad externa. En cambio, 
las colonias latinas, lanzadas prematuramente á la vida eman- 
cipada y obligadas por los acontecimientos á vivir de prisa, 
como esos pobres adolescentes llamados á cumplir deberes de 
padres para con sus hermanos huérfanos cuando ellos mis- 
inos todavía son niños, dieron un salto fatal hacia la anar- 
quía, amamantadas con leche insuperable por los prejuicios, 
errores é ignorancias heredadas de la madre patria. Los 
países del Río de la Plata han cerrado ya el período de 



\ 



270 LÜI8 ALBERTO DK HEBRXBA 

esas catástrofes, gracias á las altas cualidadas de la 
nueva que en ellos ha suigído para corregir valerosamente 
funestos atavismos. Todo esto, daro como la luz del día 
y por todos sabido, resulta duro; no en balde es tan verda- 
dero. ¡Cuántas enseñanzas provechosas arrancan de és- 
tos paralelos que no emprendemos por falta de espacio 
y de preparación suficiente! £1 Canadá surge, pues, á 
la imagen de los Estados Unidos. Si Inglaterra lo apu- 
rara, ahora mismo se produciría el rompimiento para siem- 
pre; pero Inglaterra aplica con elasticidad sus fuerzas de 
coloso, y en la época actual no existe ni remoto peligro de 
que se produzca allf el espectáculo hodtil que dio Bos- 
tón eu 1773 arrojando al agua un cargamento de té y en- 
cabezando así el último capítulo de una revolución política 
que ya estaba concluida en el seno de las masas populares. 
Para confirmar opiniones, añadiré que el caso de los contin- 
gentes canadienses enviados al África del Sur para pelear 
contra los boers, en nada empalidece y sí fortifica la tesis 
sostenida. Inglaterra solicitó, como un servicio expontáneo, la 
ayuda de las fuerzas coloniales y, en tal concepto, después 
de algunos debates parlamentarios, se acordó acceder al pe- 
dido. Le mandaron los soldados que voluntariamente quisie- 
ron ir, corriendo de cuenta de la metrópoli los gastos de 
transporte y de sostenimiento en el teatro de la guerra. 

Aceptando el galante ofrecimiento del caballero Colbert 
Martíneau, el domingo anterior á mi partida lo dedicamos 
á recorrer en carruaje los suburbios rurales de Quebec. Mi 
buen amigo quiso hacerme conocer la vida que llevan ios 
campesinos provinciales y el acomodo minucioso de sus gran- 
jas. £1, que ha viajado por la campaña oriental y argentina, 
á cada instante interrumpía mis comentarios entusiastas y 
sinceros sobre este país industrioso que, á justo título, ostenta 
el diseño de un castor simbólico en su bandei*a, alabándo- 
me, también con lealtad, los encantos de nuestras comarcas, 
la idiosincracia simpática de nuestros pueblos, los sentimien- 
tos generosos, el desprendimiento y la hospitalidad de nues- 
tros hermanos. Acepto, le contestaba, esas manifestaciones 
porque ellas son sentidas y porque, lo confieso ingenuamente, 



DESDE WASHINGTON 271 

en mucha parte las considero josticieras, pero ¡qué diferen- 
cia entre la acción del hombre aquí y la acción del hombre 
allá! 

Ustedes han tenido todo en contra j, sin embaí^, están 
triunfando en toda la línea. Parecería que el inmenso ta- 
mafio de las dificultades encontradas hubiera multiplicado 
prodigiosamente las energías del ataque. El hielo cubría, como 
una sábana de plomo, la tiernii torturándola^ estigmatizándola, 
como á los criminales, y vosotros, ctm tenacidades inque- 
brantables, os empeñasteis en la tarea sabia de redimirla y 
ya está obtenida esa santa liberación. Las estaciones, tem- 
peraturas adversas, os acosaban burlándose de vuestros in- 
tentos laborantes, y en la actualidad, proclamando de quién 
ha sido la victoria, ahí se ostenta ese jardin de verduras, 
infinito como el océano y como el océano variado en sus 
matices, que se extiende desde New Brunswick hasta el La- 
brador, por un lado, y que, por el otro, besa al Pacífico, des- 
pués de acompañar con sus oleajes al ferrocarril transcana- 
diense, que cruza el continente en su mayor latitud; mientras 
al norte, el mismo mar de hojas y de espigas, se detiene, 
no muere, apuntando con gesto amenazador á las estepas he- 
ladas y hasta ayer eternas que mañana saltarán, rotas en 
mil pedazos, para parecer entonces, extraños azahares desho- 
jados, como alfombra, en los nuevos é incesantes desposo- 
rios del trabajo y de la naturaleza reconquistada. ¡Por todas 
partes síntomas de lucha y huellas de una capacidad tenazi 
¡A todos los rumbos el surco, la semilla, el buey y el ca- 
ballo, graneros, huertas, sembrados y poblaciones, señalando 
el poder incontrastable de una voluntad gloriosa! Las dis- 
tancias á cruzar eran enormes, el capital exigido para com- 
pletar vuestra red ferrocarrilera ingente. En vez de desma- 
yar pusisteis el ingenio al servicio de las soluciones por la 
vía fluvial, y ahora vuestro poderosísimo comercio de maderas 
y de productos agrícolas encuentra vehículo soberbio y ba- 
rato en los ríos que se precipitan, con intenciones de cas- 
tígOy desde el silencio polar, pero enfrenados con utilidad 
por la inteligencia nacional. Vuestros bosques de pinos re- 
presentan riquezas inagotables, cortados, como lo son, con 



272 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

{fradencia; pero se luchó antes con el inconveniente de ser 
costosísimas las instalaciones movidas á vapor, j lo mismo 
puede decirse de vuestras fábricas. Al presente ya se ha 
salvado esa barrera, con brillante éxito y beneficio, pues 
vuestro esfuerzo fué á buscar en las cascadas y saltos de 
agua, el auxilio impulsivo que en adelante requería, y desde 
entonces el elemento salvaje, que se precipita desde las 
alturas, seguro de su poder y con las mismas arrogantes 
desnudeces de Frinée, entona glorificaciones al industrialis- 
mo, á la par que á esa creación eternamente buena y con- 
soladora como todas las madres. ¿Todo eso no habla de 
laureles y de virtudes singulares, canadienses? Nosotros he» 
mos tenido muchas cosas en nuestro favor y, sin embar- 
go, vosotros nos aventajáis. Parecería que las facilidades 
y sugestiones optimistas del medio hubieran enervado la 
fuerza del propósito primero, inclinándonos á dejar para 
mañana la victoria. Somos duefios de un clima privilegia- 
do y tibio, como si fuera el fruto de una bendición, pero 
por largas épocas sus favores sólo han beneficiado á los 
pastizales nativos, sirviendo á la lujuria de las vegetacio- 
nes expontáneas; somos, quizá, el país mejor irrigado del 
globo; como venas de un organismo providencial, abundantes 
corrientes cruzan el territorio, pero todavía ningún provecho 
de alcance hemos sacado de esa envidiable ventaja. Los 
ganados del Uruguay gozan de renombre en Europa; teñe* 
mos allá un inmenso mercado que explotar; las carnes tipo 
se pagan á peso de oro; pero aún hay criadores encerrados 
en la concha de imperdonables rutinas y rebeldes á los des- 
velos de la cruza y de la producción cuidadosa y metódica, 
que ordena establecer abrigos para las haciendas y proteger- 
las contra las inclemencias del tiempo. Más, llegaba con-* 
vencidíbimo, enseguida: todo se andará; siento una fe pro- 
funda en el porvenir que ya alborea, y usted que conoce 
la calidad excelente de aquellas, á pesar de lo dicho, ade- 
lantadas sociedades del sur, puede decir si me asiste razón 
cuando sostengo que ellas llegarán á donde deben llegar. 

A todo esto el birlocho corría que volaba por un camiao 
perfecto, escoltado á los lados por cercos rústicos de ma- 



DESDE WASHINGTON 273 

dera. Tranquilidad absoluta; ni un ruido insólito; ni siquiera 
una brisa perdida jugando con los árboles. Nadie trabaja y 
pagando tributo escrupuloso y saludable al asueto dominical 
los labradores se dispersan buscando diversiones. Pero el sol 
presenta excepción á la regla del descanso. Clavado en lo 
alto del firmamento, como si fuera un ojo rutilante y apasio- 
nado, absorbido en la tarea dulce de enamorar á la Tierra, 
8U3 torrentes lumínicos nos alcanzan, nos envuelven en una 
tánica de indefinible poder vital que posee contactos felices 
y acariciadores, tal vez porque sus hilos de oro se han teji- 
do al pasar por las pestañas ideales de lo azul. Ahí está, 
siempre vigilante, en su puesto de combate heroico, el astro 
altanero que desde hace tantísimos siglos nos viene salvando 
del horrendo desastre final al brindarnos la caridad de sus 
limosnas reales. ¡Callen los emperadores su orgullo y levan- 
ten fortificados sus cabezas los humildes para recibir anhe- 
losos ese mensaje de igualdad, que no entiende del absurdo 
de las gerarquías sociales, que pertenece á todos, que baja 
del cielo en nombre de la única democracia verdadera cono- 
cida! Y la campiña que se extiende ante mi vista tampoco 
descansa. Ella ha aceptado el reto de gigantescos devaneos, 
y obediente al reclamo sideral elabora y persevera, construye 
y destruye, digiere huesos y podredumbres para crear mag- 
níficas corolas, para producir admirables organismos, para dar 
pan al hombre miserable, indigno de tanta grandeza. La vida 
sonríe aquí, allí, en todas partes, y sus latidos nos empla- 
zan, que ningún mortal dejará de servir de abono á sus en- 
trañas, perpetuamente acreedoras de lo existente. Al acaso 
nos detenemos en una granja que da sobre la vía, á fin de 
almorzar. Pude apreciar entonces el aseo extraordinario y la 
comodidad de una casita rural canadiense. 

Protegida contra el frío, ella, aunque de material, está 
forrada de madera. Dobles ventanas, pisos encarpetados con 
unas mantas especiales que preparan los paisanos, techos 
muy bajos, y en el centro una estufa monumental á cuyo 
alrededor celebra la familia sus asambleas íntimas, mientras 
afuera el cierzo azota en vano las paredes' y la nieve sigue 
cayendo sobre una sepultura. Adornan la pieza estampas 

18 



274 LUIS ALBBBTO DE HERRERA 

de santos, retratos, y al alcance de la mano tengo revistas 
y periódicos. ¡La preciosa amistad del alfabeto nadie la 
repudia! La campesina tiende un mantel para nosotros y colo- 
ca sobre ese tapete de pulcritud holandesa^ queso gordo, 
manteca amarilla y leche pura acompañada de bizcochos. 
Para inclinarla á soltar la lengua, mi camarada le expone 
que yo vengo de un país remotísimo, en el que se habla 
otro idioma, que es parte del hemiferio austral. Sin curio- 
sidad, sin interés mayor, aquella buena mujfir nos escucha. 
Me explico por qué vaga la sombra de una pena por su 
rostro de treinta años, cuando nos declara, con quebranto, 
que ha tenido cuatro criaturas y que las cuatro han muerto 
dejándola sola con su incurable aflicción. Recuerdo entonces 
una hermosa y oportuna frase de Carmen Sylva^ esa reina 
de Rumania que también posee el derecho de usar cetro en 
los dominios Ubres de la literatura: «un hogar sin hijos es 
una campana sin badajo, t ¿Qué vale para aquella pobre 
madre, herida á puñaladas, la relativa prosperidad de que 
goza, su bienestar y la buena suerte de su marido, si el azar 
no le permite tener niños suyos y velar el sueño y la ale- 
gría de inocencias aladas? 

Me cuesta despedirme de Quebec, dueña del encanto de 
las alhajas cinceladas por la vieja orfebrería. Talvez le en- 
cuentro el atractivo raro de las semblanzas queridas, y al 
recorrerla evoco esa Colonia del Salvamento, que visité una 
vez en compañía del nobilísimo amigo don Ramón Y. Ben- 
gano, que, erguida sobre la margen izquierda del Río de la 
Plata, habla al presente de las edades pasadas, mojón clásico 
de una frontera natural que será para siempre. Existe en 
Quebec una capilla, dos veces centenaria, en la cual recibe 
culto Santa Ana de Beaupré. Asegúrase que ella responde 
á las rogativas muy fervorosas con el favor de asombrosos 
milagros, devolviendo agilidad á los paralíticos y quitando 
aberraciones físicas. Abonándolo así, se muestra al viajero 
una colección abigarrada de muletas y de báculos dejados 
por los redimidos al pié del maravilloso altar. Formulando 
un argumento á contrario, á la puerta del oratorio imploran 
la caridad pública algunos ciegos, mancos ó inválidos, c E pur 



DESDE VAffiHHOTOK 275 

se muove»! pioclama la desgracia de aquellos infelices. De* 
hieran de hacerlos retirar de allí^ por importunos. 

Pocas cosas tan chocantes como el uniforme de las tropas 
coloniales, idéntico al británico. Las chaquetillas de un rojo 
vivO; color sangre; los cinturones de cuero blanco, prendí- 
dos, no sé por qué, una cuarta más airiba de las caderas; 
los pantalones ajustados en los muslos y con demasiado gé« 
ñero en el tobillo; pero, sobre todo, la forma y proporciones 
del cap y su extravagante colocación sobre la cabeza, de- 
terminan un conjunto curioso que, á primer golpe, resulta 
desfavorable. Aquel gorrito de paño, ora puntiagudo como 
quilla, ora redondo y diminuto como el bonete del payaso, 
está muy lejos de ser marcial. Entiendo que la ordenanza 
manda llevarlo terciado y que da prueba de mayor buen gusto 
quien lo lleva tan inclinado sobre la frente al punto de que 
pueda trabar conversación cómoda con la oreja. Sin embargo, 
esos uniformes tienen la ventaja de su extrema sencillez y 
baratura. 

Hablando de otras tropas ya antes he manifestado que 
lo único que diferencia al general norte americano de sus 
soldados es la insignia bordada en el cuello de la blusa. 
Ni una presilla, ni un galón, ni el rastro de una franja 
<le oro en los pantalones. Por lo demás, está adoptado en 
mochos cuerpos el sombrero civil de ala blanda y levantada; 
nuestro gacho, liviano, de poco precio, que ha probado ser 
el mejor en la última campaña. Entre nosotros no está 
lejano el día de la reforma de la indumentaria militar, que 
adquirió aspecto de chafalonía en los tiempos ominosos y 
siniestros del despotismo. Entonces se aliviará el sueldo de 
los oficiales, á la fecha abrumado por el peso de las inaca- 
bables cuentas de sastrería, se discutirán las ventajas ó in- 
convenientes de ese kepí de tropa, caro y que predispone 
á la calvicie, y se decidirá si los servidores de la patria 
deben usar trajes llamativos y de escaparate. 

Paseando una noche por la magnífica terraza, me parece 
oir que se pronuncia mi nombre. ¿Para qué volverse si 
solo se trata de una quimera? ¡Hace tanto tiempo que 
nadie me conoce! Obligado por la iusisteiicia del llamado' 



276 LüIS ALBERTO DE HERRERA 

busco y tropiezo con el saludo caluroso de seis ú ocho ar- 
gentinos, pupilos de la escuela agrícola de Guelph. Me 
presentan enseguida al jefe espiritual de todos, al popular 
ciudadano bonaerense señor don Melitón Panelo. ¡Amables efu- 
siones! También me introducen á otros jóvenes compatrio- 
tas suyos. Charlando afectuosamente encuentro que alguno, 
como Alberto CoU, ha sido mi compañero de colegio en 
Buenos Aires y después en la peregrinación universitaria que 
hicimos, en 1894, á los campos gloriosos de Tucumán y Salta. 
Despertada la reminiscencia, ¿me permitís este aparte agra- 
dable y deshojar, lí la vez, cariño sobre la loza de algunas 
tumbas prematuras? Los estudiantes argentinos habían invi- 
tado á los estudiantes orientales á ir con ellos á la casa 
sagrada en donde sesionó el Congreso de 1816, hecho liber- 
tador .por la frase fulgurante de Fray Justo Santa María 
de Oro, y tambiéu á la llanada saltcña que regaló á la his- 
toria el patriotisndo antiguo de Manuel Belgrano. Aceptada 
la galantería, Enrique Castro fué designado para representar 
¡( la Facultad de Medicina, Luis Lerena Joanicó á la de 
Matemáticas y á la de Derecho este vuestro interlocutor. 
A nuestro arribo á la capital vecina nos abrazó, infundién- 
donos ánimo y nos sirvió de intérprete social en los pri- 
meros momentos, Gonzalo Ramírez Cbain. ¡Qué días de 
inefables satisfacciones aquellos! ¡Entonces sí que empezaba 
para nosotros la primavera! Algún día amplificaré la cró- 
nica, que ya hice, de aquella aproximación generosa. Ahora 
sólo la reclamo para rendir, de nuevo, tributo á los cama- 
radas que se han ido. Enrique Castro era un hijo mimado 
del ideal; cuando habló á una inmensa multitud, en Salta 
sus párrafos tenían la vibración arrebatadora de los sollozos 
y su rostro de Nazareno parecía iluminado. ¡Así fué luego 
de grande la ovación! £1 tipo de un artista estaba fundido 
en Luis Lerena Joanicó, inteligencia superior, llena de fa- 
cetas, como todas las piedras preciosas; siempre risueño, 
siempre chispeante. El tomó la palabra en la invicta Tu- 
cumán con motivo de una velada. No olvido que, habién- 
dose prendado de una linda morocha, que se llamaba En- 
carnación, en el deseo cortesano de honrarla, él empezó bu 



DESDE WASHINGTON 277 

discarso con ese nombre^ entonces de doble sentido, al exal- 
tar ]as pujanzas de la patria. Gonzalo Ramírez Chain, era 
un filósofo, era un vigoroso estadista en ciernes. Espíritu 
selecto que flotaba muy por encima de la masa vulgar. A 
esas tres columnas de pureza cívica las truncó la fatalidad, 
después de afilar mucho la hoz. 

Pero ellos valían tanto que figuran como presentes en las 
filas de la generación á que pertenecieron; como el estu- 
diante de derecho Arturo llamos Suárez, como el periodista 
Ramón Orique, como Alberto Maldonado, ese melancólico trá- 
gico, como algunos más, segados antes de tiempo, cuando 
recién empezaban la dura jornada. A muchos de los restan- 
tes compañeros de excursión estudiantil hace ocho años, los 
veo lucir en su país. El presbítero Romero, de entonces, 
hoy obispo, que tanto valía ya, es el mejor campeón de la 
causa católica en el parlamento argentino; Atanasio I turbe, 
preside la subcomisión de límites con Solivia; es subsecretario 
del ministerio de agricultura, José León Suárez, digno biznieto 
del patriota don Joaquín Suárez; Francisco Uriburu, dirige El 
País; Julio A. Roca, hijo, lo dice todo con su apellido; Leopol- 
do Lugones, que se reveló en el atrio de la catedral de Salta, 
ya ha libado á la cumbre, que le pertenece; Daniel Fer- 
nández es á la fecha comandante de Estado Mayor; y cuán- 
tos otros, dispersos, que dominan en su carreras. ¡Hojas de 
otoño! Como vanguardia encantada y triste, mezclados, en 
extraña confusión, las flores y los crespones, pasad, posad, 
recuerdos, diciéndome que ya no soy joven y para probar- 
me, otra vez — ¡cuesta tanto convencerse! — que las ilusiones 
son fugaces como esas nieblas, casi emblemáticas, cernidas 
«obre los campos y disipadas con los primeros tiroteos deL 
amanecer. Pero pasad despacio, tan despacio como los acom- 
pañamientos funerarios, lentamente, tan lentamente como las 
lágrimas que ruedan por una mejilla dolorida, porque quiero 
gastar el placer angustioso de vuestro desfile. Las memorias 
del pasado lastiman al pensamiento pero tienen la particula- 
ridad de que se hincan en lo vivo, con dulzuras de ensueño, 
como si fueran espinas con la punta mojada en miel. 
¡Pasad, pasad, recuerdos. ••! 






XIII 



La apología del sufragio libre — Una elección norte americana — 
Maravillas democráticas— Peculiaridades edificantes— Fin de una 
elección americana -La colosal huelga hullera^Un caudillo he« 
róico — Saludable influencia de Rooseveit - La primera nevada. 



Al describir las escenas pintorescas que presencié en las 
calles de New Yoik^ con motivo de unas elecciones piima- 
rias, decía en carta anterior que aún no quedaba agotado el 
tema. Probándolo así, aquí estoy de nuevo dispuesto á hil- 
vanar párrafos complementarios de aquellos y usando como 
aguja el mismo asunto. S<>lo el temor de resultar mas ram- 
plón que de costumbre, incurriendo en el pecado vulgarísimo 
de quienes empiezan sus peroraciones pidiendo disculpas al 
auditorio por su incapacidad — en la que, por supuesto, no 
creen — me decide á no encabezar estas líneas con cuatro 
palabras de excusa. Kl caso se resuelve mejor rogando á 
ustedos que no me lean por compromiso. Estoy dema&iado 
vinculado á mis lectores, que á menudo han sido mis confi- 
dentes, para que ellos se consideren obligados á soportar, á 
disgiiBio, mi chachara, como sucede en las visitas de etiqueta 
que, cuando canta mal la hija de la casa 6 la mamá rompe 
sin piedad las teclas del piano á la vez que los tímpanos 
de sna oyentas, la cortesía manda trazar un punto admirativo 
al final de tales blasfemias artísticas y exclamar con expre- 
sión apasionada: <¡Ah, continúe usted; qué ejecución la 
soya!» Ya lo creo; ¡qué ejecución! De manera, entonces, que 
86 aervíván tratarme en familia: cuando les fatigue me^ echan 



OQfi 

LUIS ALBERTO DE. HERRERA 

un ladóy como hacemos todos con los importunos, 7 • • • 
tan amigos como antes. 

¡v^errado el trato! La voluntad soberbia del pueblo norte 
americano acaba de cristalizar en el fondo de las urnas. 
Üiscuchando el llamado constitucional, los ciudadanos hábiles 
de medio hemisferio practicaron en fecha dada el sufragio 
para descubrir, otra vez, mucha parte de las cualidades so- 
bresalientes de esta sociedad disciplinada que cumple los 
mandatos de la ley con fidelidades de enamorado. Extraor- 
dinario^ viril, pasmoso en sus beneficios, este otro ejercicio 
atlético! Magnífica gimnasia del pensamiento, de la propia 
energía, del entusiasmo, de las convicciones, de la fuerza 
moral. El derecho y el deber paseándose del brazo^ siem- 
pre vencedores, siempre acatados, sin encontrar el estorb<» de 
una piedrecilla en su camino. La balota electoral tan sa- 
grada en manos del último extranjero que acaba de natu- 
ralizarse como en poder del millonario. Cuando el ideal 
llega á encamarse así en la realidad, se le concibe como 
un óleo santo que posee la virtud maravillosa de curar to- 
das las heridas y de aplacar todos los grandes dolores de las 
muchedumbres infelices; se le sueña materializado en una 
bandera, amplía, generosa, triunfadora, que, elevada en la 
cumbre más alta de la tierra, sonrie á las tempestades 
produciendo al flamear el ruido de un aleteo gigante. ¿Qué 
importa el error de preferencias que pueda cometerse; qué 
valen los fraudes que puedan intentarse; qué significan todas 
las intenciones espúreas aliadas, que se aproximan perver- 
sas á la mesa del voto pretendiendo derrotar á los cariños 
buenos, cuando el pueblo es señor soberano, cuando ningu- 
na presión ilegítima lo violenta, cuando él se sabe dueño de 
todas las responsabilidades, pero también de todas las rega- 
lías nobles? 

La imperfección y la más íntima actividad humana son 
congénitas. Nacieron raellizas y, á decir cosa cierta, los de- 
fectos son manchas que limpian si ellos brotan á la som- 
bra de la libertad verdadera y apadrinados por el derecho. 
¿Acaso flotan pocas impurezas en la superficie del mar? ¿Y 
acaso el puñado que ellas representan alcanza á quitarle una 



DEBDE WASHINGTON . 281 

belleza al elemento cautivo? ¡Si á la marejada de fondo, 
qae trajo escorias, sucede otra marejada de fondo, mensajera 
de las perlas y de los corales, que trae esencias de ámbar 
en los rizos de sus espumas! ¡Cómo si los abrojos quitaran 
majestad á la melena del león! Más impresionantes que las 
batallas libradas por Grant contra Lee, para arrancar de cuajo 
el cáncer de la esclavitud, son estas luchas modernas y de 
renovación periódica. Allá se asiste á un drama espantoso: 
se bautiza al negro libre en las aguas rojas de un Jordán 
alimentado con la sangre del hermano, entre el remedo de 
trueno que ofrece la fusilería incansable y la ruina que de- 
creta el desastre. Aquf, no hay calamidades, no se evocan 
carnicerías, no se aumentan los sepulcros. Por lo contrarío, 
todo contribuye á bosquejar el espectáculo de una cordialidad 
seductora, de un amor idéntico, puesto que no son menos 
hermanos los varones que disienten honestamente de opinio- 
nes al apreciar intereses comunes. Dígase si no es admirable 
ver á una masa humana, tan dilatada que sólo cabe en el 
estuche de medio continente, tan nutrida que ella representa 
mucho más de la población sumada de todas las repúblicas 
americanas desde Texas al Cabo de Hornos, prestar obedien- 
cia, con agilidad simultánea, á las obligaciones del sufragio y 
sostener el dominio indiscutido de su voluntad soberana, 
ain conflicto, sin camorra, sin protestas airadas, sin que una 
gota de rencor maldito quede á la espalda amatando el 
corazón de la madre de todos.^ Dígase si todavía no au- 
menta el prestigio de suceso tan ejemplar cuando se piensa 
que tantísimos millares de sufragantes, á pesar de manejos 
ilícitos y de influencias torcidas, han sostenido firme su 
instinto justiciero, llevando á la representación nacional á los 
primeros hombres dirigentes del país. Resultados estupendos 
de la libertad, dignificada por la educación popular, que en 
el más apartado villorío no deja escapar á un solo niño sin 
la vacuna salvadora del alfabeto, y en cuyo nombre se persi- 
gue á los pobres que no mandan sus hijos á la escuela, que 
ellos también son delincuentes comunes. 

No se dirá que un país en donde tan enaltecedores espec- 
táculos, á fuerza de habituales, ya no llaman la atención de 



282 LUIS ALBBBTO DE BERRERA 

nadie, disfruta prosperidadet asustadoras y aomenta á diario 
su poderío de coloso por obra graciosa de la casualidad. £1 
carácter voluble de los favores de ésta no armoniza cierta* 
mente con la índole orgánica de aquellas venturas. Por lo 
demás, n^ar el rasgo racional de semejante desenvolvimiento 
importaría desconocer el fruto de las lejres kigicas. £1 titán 
está ahí, robusto, brioso, ergnidísimo. No perdamos el tiempo 
en buscarle el talón vulnerable, haciendo, bajo el aguijón de 
las peores envidias, lo que los ni&ob que, espoleados por 
una inocente curiosidad, rompen sus más preciosos juguetes 
en el afán de encontrarles el secreto. Apresurémonos á re- 
coger sus soberbias enseñanzas, á formar muy complacidos 
en la áltima fila de sus discípulos, en vez de disimular, ne- 
ciamente, nuestra evidente inferioridad política insistiendo en 
el vulgar estribillo de que nos sobra en hidalguía lo que de 
ella les falta á los norte americanos; de que somos más ge- 
nerosos que ellos; de que la redención espiritual del mundo nos 
debe todo á nosotros; de que nadie cultiva los bellos ideales 
como nosotros; de que á la flema utilitaria, mercantil, inque- 
brantable, de ellos, nuestra raza opone su corazón, su gran co- 
razón, que tanto heroísmo ha regalado á las páginas de la his- 
toria. Lote de mentiras, mucho más convencionales que las 
denunciadas por el talento igualitario de Max Nordau. Lote 
de mentiras con las que es inicuo resistirse á la elocuencia 
que se desprende de sucesos iluminados. Lote de mentiras, 
indignas de las nuevas generaciones que en la América lati- 
na surgen hoy á la vida para fundar la libertad de socieda- 
des castigadas por aplastadoras herencias coloniales. 

¿Cómo podemos reivindicar como nuestro patrimonio el 
culto del derecho, el respeto á los principios, los sentimien- 
tos altruistas, el desinterés positivo, cuando desde la cuna 
venimos mordiéndonos con encono de alacranes, cuando la 
anarquía nos abocó al peligro de las tuberculosis galopantes 
y hemos n^ado, porque sí, al hermano coparticipación legí- 
tima en el manejo de la cosa pública, y hemos envenenado 
el porvenir de la patria antes de acatar los mandatos de 
las mayorías, y hemos inclinado la balanza echando en un 
pbtíUo nuestras ambiciones incalificables, que siempre pesa- 



]>E8PB WA8HI1IOT0N 28S 

roa como el piorno^ 7 que siempre cortaron con el filo de 
la espada de Breno: ¡ay de las vencidos! Y, en Cambio, 
¿qué escudo intelectual nos permite rebelarnos contra el 
ejemplo deslumbrante de esa democracia vecina, centenaria 
como la virtud, idéntica á sí misma como Washington, sen- 
cilla y sabia como Frankiin, firme como el hacha del leñar 
fior Abraham Lincoln, adicta á los mandatos de su carta 
constitucional como el soldado á su estandarte? Ella con- 
densa un grueso é imponente capítulo de la honradez del 
universo. A su sombra fecunda han brotado las más avan- 
zadas doctrinas de organización política; á su amparo han 
surgido las falanges más purificadas de ciudadanos; en su 
seno germinaron con potencia, no igualada, las más preciadas 
liberaciones del carácter, bajo su ^ida creció y seguirá cre- 
ciendo la dignidad de nuestra especie. ¿Puede cerrarse los 
ojos á tales convicciones, que hieren el pensamiento como 
la luz á las pupilas, sin pedir permiso, ciuindo se ha tenido 
la dicha de nacer en tierras libres de resabios caducos y 
que viven con el siglo? Censurarnos por estas alabanzas 
recias, y ya viejas por lo merecidas, valdría tanto como diri- 
gir reproches á la brújula porque ella siempre apunta al 
norte. ¿Cómo apartar el influjo de este otro imán cuando 
él exhibe al alcance de todas las miradas su macizo de 
cordillera? 

Las elecciones recién terminadas me han permitido cono- 
cer un momento extraordinario de New York. Cuesta des- 
pertar la curiosidad de la inmensa metrópoli, hacerla olvidar 
BUS segregaciones de barrio, fundirla en un sentimiento común, 
arrancarla á la vorágine de sus quehaceres incesantes. Sin 
embargo, yo ya he presenciado el milagro y he visto al 
verdadero pueblo, á multitudes ondulantes, avasalladoras, ale- 
gres, desbordando por las calLs, dando así el latido de vida 
gigantesco que exige este núcleo gigante. Y, consoladora 
victoria de las ideas, no ha sido la campana de rebato de 
los incendios, que incita á gozar en corro de la desgracia 
ageoa, ni el estruendo de una terrible catástrofe pública, ni 
pasiones iracundas de los gobernados, ni el desahogo colérico 
de pechos oprimidos^ el que ha decretado esta briosa palpi- 



284 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

tacitfn de las entrañas populares. Ha sido, sí, la voz má- 
gica de esas instituciones venerandas que vienen encausando, 
desde los albores, la marcha ascendente de una sociedad que 
asombra por la fuerza de su equilibrio moral; ha sido el 
llamado dignificante del deber y el acicate soberbio del de- 
recho quienes han encendido esa llamarada de entusiasmos 
ciudadanos que triunfó, por horas, de todas las preocupacio- 
nes y de todas las tareas imperiosas; que interrumpió el 
pasaje de los trenes eléctricos; que tuvo su centro frente á 
los principales diarios; que puso pitos y cornetines en la boca 
de los vencedores delirantes, banderas americanas en los ojales 
de las levitas, hojas simbólicas al cuello, y pequeñas escobas, 
también significativas, en la cinta de los sombreros. Arras- 
tre soberano del comicio, que es la flor espléndida que da 
el árbol de la libertad, que corrige sabiamente todos los 
errores, que redime todas las culpas, que asegura contra 
todos los huracanes cuando se le ejerce sin retranca ni do- 
gales. El día de las elecciones es declarado festivo, á ese 
solo objeto, en todo el territorio de la Unión. No vaya á 
suponerse que New York comprometió el carácter puritano 
de sus días de descanso, con motivo de la ardua emergen- 
cia. La abundancia de mesas receptoras de votos y su acer- 
tada distribución evita los atropellamientos. Por lo demás, 
ellos están reñidos con el modo de ser de estos ciudada- 
no? ejemplares que concurren á las urnas con la misma cal- 
ma respetuosa con que entran á sus templos. Nadie estorba; 
nadie recrimina; no hay matones; no se conciben los tipos 
provocativos; se huye del exhibicionismo y la injuria al ad- 
versario no tiene cabida lógica. La cultura avanzada de 
todos y de cada cual permite que brote en los espíritus la 
misma reflexión honrada: la ley se ha dictado para la na- 
ción entera, sin diferencia de razas ni de divisas; ella ampa- 
ra á toda la comunidad y cometería una incalificable injus- 
ticia quien la quebrara en el deseo de asegurar el dominio 
de sus aspiraciones personales. £1 miembro más humilde y 
desconocido de la muchedumbre sabe raciocinar y posee con- 
cepto propio, irreductible, consciente, de su personalidad 
social y de la parte de derecho que es suya, que le per- 



DX8DE WASHINGTON 285 

tenece, como la sangre de bub venas, y qué no puede arre- 
batársele sin cometer un atentado. Id á mistificar á un 
conductor de trenvía, á fin de obtener otro rumbo para 
sns preferencias políticas; proponed á un vendedor ambu- 
lante la compra de su balota, como si se tratara de una 
baratija; amenazad al empleado dependiente, invocando pre- 
rrogativas de patrón; apoyados en vuestra elevada gerarquía 
militar, decid al último subteniente del ejército que está 
obligado á orientar en tal 6 cual sentido su voto, y ya ve- 
réis con que energía altiva se rechaza tal propuesta. Y puede 
asegurarse que tal ocurrirá porque la opinión tiene aquí in- 
flujo incontrastable y ella aplastaría con su condenación á 
quienes intentaran imponer su criterio á los débiles. ¿Coar- 
tar la independencia del ciiterio en Norte América? Jamás. 
¿Consentir que se adultere la tradición de oro del indivi- 
dualismo y que los comerciantes y los jefes de la adminis- 
tración y los generales y coroneles violenten brutalmente ^a 
conciencia de sus subalternos? Jamás. Claro que no soy 
huésped de un país de ángeles. Quien así lo quiera puede 
enagenar su voluntad y convertirse en esclavo de otro me- 
diante la venta de su sufragio. Hasta ahí no llega la vigi- 
lancia del Estado que sólo se preocupa de fundir caracte- 
res y de dar á cada uno el escudo invulnerable de la 
preparación escolar. De ahí que en Estados Unidos no pue- 
dan invocar pretexto de inconciencia ó ignorancia los que 
van á las urnas como instrumentos do otros. De ahí que 
todavía en el seno de nuestras democracias imperfectas posea 
veracidad dolorosa ese argumento que, más que pretexto, se- 
ñala una explicación, cruda y exacta, de tantas abdicaciones 
campesinas! 

El aspecto de New York cambió radicalmente de noche* 
Apenas oscureció, y apesar de la baja temperatura, empeza- 
ron á cuajarse de gente las calles más céntricas. A todos 
empujaba el deseo de conocer el resultado de los centenares 
de escrutinios que se practicaban, con rapidez vertiginosa, des- 
de el instante en que se levantaron las mesas receptoras, es 
decir, á las cinco de la tarde. Las redacciones de diarios, 
qne son los clubs eu que se concentra el alma popular en 



286 LUIS ALBERTO Dfe HBRBBRA 

circunstancias palpitantes, fueron invadidas por la ola huma- 
na que llenaba, con hinchazones de maremoto^ la extensión 
estratégica de Broadway. Además de sus ediciones extraor- 
dinarias, The American Journal había anunciado que los re- 
sultados parciales serían reproducidos por el cinematógrafo 
en los altos de su edificio, recién concluido en la intersec- 
ción de la Quinta Avenida y de la calle Veinte y Tres 
y mencionado con anterioridad, que seOala la audacia más 
temeraria de la moderna arquitectura. En efecto, allí se re- 
produjeron, con corrección fotográfica, las alternativas de la 
puja cívica. Con aquella ocurrencia feliz el Journal había 
dado indudablemente un golpe hábil de propaganda, y así lo 
reiteraban sus sueltos de gacetilla proclamando que era tanto 
el cariño de la empresa periodística por el público que ella 
no vacilaba en renunciar al beneficio monetario de la venta 
de su hoja, con tal de favorecerlo. Por eso clavaba allí, en 
el reino de las nubes, su cartel de desafío noticioso: todo 
por el pueblo. Pero los restantes órganos de publicidad no 
podían consentir ese triunfo. Uno concibió la idea, aún 
más original, de utilizar globos cautivos y de aprovechar ese 
recurso novedoso para congraciarse con los millares y milla- 
res de sujetos que, desde abajo, disfrutábamos del interesante 
espectáculo; otro, hizo remontar cometas de colores que 

llevaban inscripto el nombre de los candidatos y hacían 
lo imposible por eclipsar el éxito de los globos; mientras el 

viejo Herald, ese coloso de la idea que viene escribiendo 
desde hace años y día á día la historia de la civilización, 
se posesioniaba de la torre de Madisón Square para conver- 
tirla en un gran faro, adornándola con una magnífica cabe- 
llera de luces. Ya estaba indicado: cuando el chorro eléc- 
trico, que atado allá en la cumbre del fanal parecía una cinta 
de plata volante sobre el manto de la noche, apuntara en 
tal dirección, eso significaba ventaja para determinado de los 
bandos, y lo contrario en caso distinto. Reloj de blancas 
manecillas colgado, como un relicario, al cuello de los aires; 
estrella artificial, más bella aún que las verdaderas, que las 
reales^ que asoman su parpadeo por las grietas del infinito, 



DESDB WA8HIKOTON 287 

por que el torrente de bus claridades ilaminaba á la ttiateriia 
7 tambiéii ilurnioaba aí espíritu! 

La lacha electoral que acababa de jugarse, había sido refii- 
dísima. Si por uq lado no se discute que los demócratas 
arrastran la mayoría en la ciudad de New York, por otro, 
está demostrado que los republicanos son dueños del resto 
del Estado. ¿Podría más la cabeza que el cuerpo? ¿Era 
la victoria de la metrópoli ó de las poblaciones á ella su- 
bordinadas? Este contesto lo resolvía al aire libre la mul- 
titud . neoyorkina en la noche del 26 de Octubre. Cuando 
en los lienzos iluminados se reflejaban cifras, una gritería 
infernal se alzaba del seno de la masa compacta. Pero nada 
de gritos agresivos, ni de inteijecciones maldicientes. Los 
favorecidos con el saldo ponían, solo en gritos estruendosos, 
la intensidad de su satisfacción ciudadana, coreados por el 
comentario travieso de los muchachos, por la riua contagiosa 
de los obreros, semejante á resoplidos de fuelle, y por las 
manifestaciones complementarias de las señoritas que ayuda- 
ban á aturdir sin que á nadie se le ocurriera menoscabar 
el profundo respeto que la mujer merece y que solo aquí he 
visto en toda su hermosísima realidad. Pero ocurrió más 
de una vez que los dados se dieron vuelta y entonces to- 
<^aba el tumo de exteriorizar su alegría á los que un ins- 
tante antes escucharan, sin desplegar los labios, sin fnmcir 
la frente, el desahogo del delirio adversario. 

¿Enojarse, ofenderse, insultar, porque á un paso de un 
oído republicano una voz demócrata toca furiosamente la 
cometa en honor de su candidato que avanza? Eso sería 
torpe, injustificado, incomprensible en los Estados Unidos. 
¿Acaso cada cual no ha pugnado, con uñas y dientes, como 
mejor ha podido, por el triunfo de su leculer, sin sentir la 
sombra de un estorbo que dificulte el libre desarrollo de 
sus aptitudes? Si alcanzan la meta éstos y no aquéllos es 
por la simple razón de que este color y no aquél ha tenido, 
más sufragios, ha conquistado de manera legítima la ma- 
yoría. ¿Cómo desconocerles, entonces, á los victoriosos el 
derecho de proclamar su éxito, á grito herido, siempre que 
no lastimen la libertad de terceros, siempre que no empu- 



288 I.UI8 ALBERTO DE HEBRERA 

jen, que no pisen^ que no muestren los puños á los herma* 
nos rivales? Ese raro equilibrio de los criterios, que per- 
tenece por igual al último moreno y al primero de los 
millonarios, es lo que no concluye de adivinarse. Acatar el 
mandato de las mayorías, sin protestas, sin juramentos hos- 
tiles, sin miradas febriles. ¿Comprendemos nosotros esa vir- 
tud; no debemos envidiarla quienes, á pesar de nuestro 
pregonado liberalismo y generosidad de raza, creemos que 
es justp ocurrir á los más reprobables expedientes antes de 
confesar la victoria del otro bando; propio sostener que el 
poder nos pertenece por derecho arbitrario, y virilidad par- 
tidaria sentar que así seguirá siendo por la razón 6 por la 
fuerza? 

Las cosas no habían marchado tan bien como se creyera 
y New York^ demócrata, no tuvo otro remedio que rendirse 
ante el fallo inapelable de los escrutinios. De paso merece 
observarse que á las once, es decir, seis horas después de 
cerradas las urnas, conocía el país el resultado preciso y de- 
finitivo del sufragio de medio millón de ciudadanos. Eso 
acredita, con toda evidencia, que alguna simplificación de 
procedimientos, que no alcanzo á precisar, puede recogerse 
de las prácticas electorales americanas. Por primera vez en 
este comicio se utilizaron los servicios de máquinas automá- 
ticas para votar, con excelente provecho. La derrota de los 
demócratas fué difícilísima y sólo en seis ú ocho mil balotas 
consistió la mayoría; lo que nada representa en una pugna 
de este volumen. Intereses fundamentales para el partido se 
arriesgaban en la jornada, ríos de dinero quedaban estéril- 
mente tragados por la arena, y sin embargo, se aceptó, con 
resignación, el peso de la catástrofe. En otras partes se hu- 
biera declamado semanas enteras contra la infamia del ad- 
versario que tuvo la audacia de vencer por sus cabales. 8u 
disciplina fuera designada servilismo; fraude, su agilidad; en- 
gaflo ó sorpresa, sus acertadas combinaciones; pero repito 
que aquí no se conocen tales intemperancias de pensamiento 
y de lenguaje y al día siguiente de estar constatado el de- 
sastre, los diarios de la fracción infortunada se entregaban 
á la tarea ingrata de comentarlo, coincidiendo en afirmar que 



DESDE WASHINGTON 289 

él se debía al desacierto que reina en las filas democráticas. 
«No importa^ leí en algún órgano de publicidad^ esta vez 
hemos sido arrollados; pero haremos lo posible porque la 
caída no se repita dentro de dos a&os. £1 error fué desig- 
nar á un candidato de escaso calibre político y sin presti- 
gios bastantes para despertar todos los entusiasmos del 
partido. La culpa debe imputarse á las propias anarquías. 
Luchemos desde ahora porque esa culpa y ese error no se repi- 
tan». Así se encaran los sucesos en estos escenarios purificados. 
He expuesto que la campaña recién concluida tenía impor- 
tancia trascendental y deseo insistir sobre este punto, de 
juicio atrayente. Desde que Grover Cleveland bajó por se- 
gunda vez de la presidencia en 1S97, para ser sustituido por 
Willíam Mac-Kinley, los demócratas vienen esforzándose por 
recuperar el gobierno. La última batalla dirigida á ese em- 
peño ha sido la apuntada. Pero, ¿por qué se abrigaba en 
esta ocasión más confianza en el éxito que en otras? Ahí 
está la cuestión obrera, el gravísimo problema, que fué, de 
la huelga de los mineros, contestando por nosotros. Se pen- 
só que de los campos de antracita de Pennsylvania surgirían 
legiones de votantes amigos; que los desheredados y los 
descontentos ocuparían ancho espacio en las filas. Inmensas 
proporciones ha debido alcanzar, dirán ustedes, esa rebelión 
de los trabajadores cuando ella pudo influir de manera tan 
activa en los comicios nacionales. Indudablemente; y para 
acreditarlo así he ligado en la crónica asuntos intimamente 
unidos en la materialidad de su desarrollo. Lamento, sí, que 
me mande ser sobrio la consideración que guardo á mis 
compañeros, los lectores, con los cuales estoy siempre en 
débito de agradecimiento por la paciencia benedictina con 
que me siguen en estas excursiones enciclopédicas y á bar- 
quinazos. ¡Sobriedad — pensará algún juguetón — y nos endilga, 
sin hacer un alto, cuatro columnas apretad itas de composición! 
Eso es^ precisamente, lo que me aflige; aún siendo más lar- 
go en mis elucubraciones que las leguas brasileras, siempre 
quedo corto y siempre resta algo por agregar. ¡Son tan 
conquistadores los temas; tan soberbia la escuela á que 
asisto; tan dilatadas las enseñanzas que ella brinda sin tasa! 

19 



290 LÜIB ALBBRTO DE HERRERA 

Ahora comprendo algo la inagotable facundia de los novios 
en su primer emplume y la másica^ sin punto final, que 
ellos arrancan á las cnerdas de su corazón nuevitol Basta 
de apartes 7 adelante que, si continúo justificándome con 
mis víctituas, corro el riesgo de que me suceda lo que 
á esos señores muy estirados que, en el afán de menudear 
cortesías, tropiezan en un mueble y rompen el jarrón de fina 
porcelana, regalado en ocasión de un cumpleaños por el amigo 
predilecto, y mirado como una reliquia en el culto casero. 
¡Qué simpática es la causa de los mineros norte^americanos ! 
¡Con cuánta satisfacción dejo correr la pluma al escribir es- 
tas líneas que repetirán mañana en letras de molde y por 
centésima vez el himno universal de la defensa obrera! ¡Cómo 
parece que clarea el color de la tinta cuando ella se utiliza 
en trazar caracteres de homenaje y de cariño á ios grandes 
oprimidos del siglo diez y nueve y liberados, que serán, del 
siglo veinte! ¿Queréis apreciar el significado de esta huelga? 
Pues ella decretó la paralización de ciento cincuenta mil vo- 
luntades que, á una hora precisa, como tocadas por una 
misma corriente eléctrica, dejaron de escarbar las entrañas 
negras de la tierra y salieron á la superficie, en algazara, 
para exigir mejores salarios á los mortales del primer piso, 
sus patrones; ella abocó á incertidumbres domésticas, linderas 
de la miseria, á un núcleo de cuatrocientas mil mujeres y 
niños; ella ha originado más pérdidas á la fortuna pública 
que el precio de la guerra franco-prusiana y los perjuicios 
inmediatos, que alcanzan á cien millones de doUara, están 
ahí, á la vista del más incrédulo. Raciocinemos con lealtad. 
Cuando la protesta consigue montar una tan colosal maqui- 
naria y bajo el acicate de un idéntico disgusto se il^a á 
tejer una tan formidable malla de acero moral, es necesario 
confesar que la reacción tiene origen digno, porque, apesar de 
que en este mundo hay tantos picaros, nunca la injusticia lo- 
graría asociar en un haz romano tantas unidades diversas y 
libérrimas. £n efecto, los mineros no pedían mucho. Aiunento 
de jornal, más horas de descanso, menos fatiga, el socorro de 
fondos cooperativos para los vencidos, para los que caen en 
la brecha con las manos llenas de callos, que esas son las 



iosignias de la \eff6n de honor de los kiimildea. ¡Es cierto; 
los mineros! ¡Recién os acordáis de que ellos existen cuando 
el recurso^ heroicamente defensivo, por ellos adoptado, os las- 
tima en carne propia y vuestro presupuesto aumenta porque 
de seis pesos ha subido hasta* doce el valor de la tone- 
lada de carbón! Mientras al amor de la estufa entibiabais 
también el espíritu con el calor de amables lecturas, nunca 
se os ocurrió pensar que mucha parte de ese solaz quedaba 
adeudado á quienes arrancan en los zó taños de la creación» 
pedazos del más precioso de los combustibles. ¿Cómo tener 
presente, si jamás se les vé, á esos obreros del abismo que 
vagan fantásticos por galerías subterráneas; que pasan la 
vida entre grietas, como los bichos; que en materia de luces 
sólo les es familiar la pálida y temblorosa brindada por las 
lámparas de seguridad de Davy; que á menudo se casan, na- 
cen y mueren en el fondo de la inmensa tumba geológica; 
que, prisioneros de las indias negras, avanzan en su tarea 
eterna de conquista llevando en ios dedos el azadón que es 
el crucifijo de la religión laborante; y que, ciudadanos sin 
ciudades, hijos sin patria, padres sin vejez, sólo se asoman 
al brocal del gran pozo, en caso de extrema penuria, como 
el presente, cuando cansados de ser prisioneros resuelven 
poner á la vista de sus hermanos más felices las llagas de 
8U situación para apelar enseguida ante el tribunal pleno de 
las opiniones honradas? 

En el país del derecho, en el país en donde tienen menos 
razón para llorar agonías los desheredados, repercutió honda- 
mente la expresión de aquel santo dolor que llegaba con 
inflexiones de reproche hasta Ioh pensamientos superiores. 
Alguien había sido olvidado en las jornadas de liberación 
Bocial^y para borrar la veigüenza de aquella injusta omi- 
sión, se ofreció el lote diamantino de todas las simpatías 
públicas á las que recien venían á implorar para sí el favor 
de los «tres ochos» de la redención obrera. ¡Qué hermoso 
ejemplo acaba de dar en esta emergencia la solidaridad hu- 
mana! El choque era de proporciones gigantes: de un lado, 
el capital, impaaible, sordo á las demandas respetuosas, pro- 
tegido en su actitud soberbia por la triple coraza de sus 



2d2 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

egoísmos, de sus opulencias y de su desprecio; 7 del otro, 
la masa anónima, la marejada de los débiles, sin más am- 
paro que la toga de su derecho y sin otra esperanza que 
la conciencia de sus fundadas reclamaciones. Quince sema- 
nas duró esta lucha memorable entre media docena de sin- 
dicatos aliados 7 millares de descontentos. Asunto magno 
proveer á las necesidades de un pueblo entero que, acosado, 
renuncia á los beneficios del trabajo remunerativo y acepta 
las perspectivas insolubles del hambre como remedio ex- 
tremo á sus aflicciones! ¿Quién hacía suya la responsabili- 
dad de ese ostracismo, de esa carencia de recursos á un 
paso de su fuente; quién preparó el sostenimiento de sus 
compañeros durante los días inciertos y terribles de la ba- 
talla? John Mitchell se llama el general que organizó las filas 
de la resistencia, que la sostuvo, á despecho de todos los 
temporales, que la impuso, al fin, á los recalcitrantes. Su 
nombre ha adquirido ya larga resonancia, pudiéndose decir 
que hubo instante en qne las vibraciones de su prestigio 
llegaron hasta el fondo de todos los hogares de la Unión. 
Las horas de desfallecimiento fueron muchas; la Guardia 
Nacional de Pennsylvania, llamada á la armas, acampó en la 
región de las minas para garantizarlas y defender á los de- 
sertores, á los que, también infelices, habían desmayado al 
quedarse sin pan y con hijos; el abastecimiento de tantísi- 
mos batallones civiles, penoso y miserable, motivaba algunos 
enojos; las apariencias estériles que iban rodeando al abne- 
gado esfuerzo, con el correr de las semanas, contribuían á 
debilitar energías; á menudo los elementos dirigentes de la 
-multitud se miraron azorados preguntándose, con el gesto, 
unos á los otros, si aquella actitud desesperada, que arran- 
caba sangre á tantos bolsillos inocentes, tendría los resulta- 
dos desastrosos de la histórica retirada militar de Rusia. 
Pero era entonces que destacaba imponente la figura de 
John Mitchell, de ese caudillo descollante que desde la más 
envidiable de las tribunas, en hombros de los derrotados, ha 
hablado como un iluminado y ha conseguido mover el alma 
grande de la patria. Lampiño, con el pelo lai^o, peinado para 
atrás, como si quisiera descubrir á todas las investigacionea 



DB8DB WA8HINOTOK 293 

el campo de la frente ancha; alto, bien plantado, él encar- 
naba con éxito la representación de la causa minera. Hijo 
de BU esfuerzo, criado en el fondo de las minas, conoce por 
experiencia propia el grado de exactitud de los anhelos [cor- 
porativos. Elegido jefe supremo de todas las organizaciones, 
le tocé cargar con la enorme responsabilidad de un rompi- 
miento violento con los patrones encastillados en su desdén- 
£1 tiempo corría, demasiado lento, sin que im síntoma de 
solución apareciera en el horizonte; el invierno se aproxi- 
maba bosquejando la sombra de una catástrofe. ¡Cuántas 
veces el espíritu noble de John Mitchell se habrá sentido 
agobiado bajo el mármol del desaliento! ¡Qué á menudo el 
incansable batallador ha debido pensar, con terror, en la suer- 
te de su grej, aunque siempre proclamara lo contrario en 
público! 

Comprendiendo que se estaba jugando una empresa llamada 
á dejar huella profunda, fueren los que fuesen sus resul- 
tados, los demás gremios allegaron auxilio de contingente 
metálico á los camaradas en desgracia; y así vierten sema- 
nalmente doscientos mil dollars en la caja de los mineros para 
concurrir al pago de las erogaciones creadas por el alza- 
miento monstruo. Los sindicatos se mantenían firmes, en la 
confianza de quebrar por hambre la viril resistencia, y em 
necesario probar que á esa viril resistencia no la extinguiría 
la escasez de recursos, ese argumento de hierro que aplasta 
á tantas causas buenas. Los rebeldes redujeron sus gastos 
y las familias, arrolladas por el movimiento, aceptaron gus- 
tosas, comer menos que de costumbre, á condición de no 
ceder; y no se cedió. Un factor incontrastable, que se había 
estado fundiendo muy lejos del campo de combate, vino á 
dar una solución equitativa al conflicto, y junto con ella el 
triunfo á los obreros. Ese factor se llama la opinión pú- 
blica, y aquí bien se sabe cuánto él puede. La huelga probó, 
con una propaganda activísima, el mérito razonable de sns 
pretensiones, y cuando la prensa, que es buena parte del ce- 
rebro y del corazón del mundo, hizo suya la bandera de los 
protestantes y la agitó entusiasta en todos los grandes cen- 
tros desatando las simpatías populares, pudo Mitchell des- 



294 LUlá ALñBRTO DB HSBREBA. 

cansar tranquilo porqné ja estaba decretado el i$íyó qnt 
abriría las tinieblas. 

A todo esto sé hacía del árdao problema ecún6mi<^ an 
áscmto político. Las eleccioúes legislativas eéftaban encima y 
el partido demócrata nada tardó en btíscar la aliamsa im- 
portantísima de los obreros y de sos adictos. Todos los 
tíiros iban dirigidos á ese propósito y, al sancionarse la pía* 
taforma de la campaña iniciada^ estableció expresamente la 
convención nacional, reunida en Saratoga, que ceta necesa* 
rio traspasar á las municipalidades la propiedad y explota" 
ción de las minas de carbón, en virtud del ejercicio por 
parte del gobierno del dominio eminente, y mediante una 
justa compensación á sus dueños; agregando que se fundaba 
ese propósito en el hecho de que el combustible es, como el 
agua, una necesidad pública, estando, por lo demás, ubicados 
en el Estado de Pennsylvania el noventa por ciento de los 
campos de antracita del mundo^ circunstancia esta última 
que hacía de interés social su constante laboreo». Pero la 
actitud valiente y esclarecida del presidente BoOsevelt quitó 
eñcacia á tales recursos resolviendo, en horas, la grave difi- 
cultad nacional. El mandato poderoso, sagrado, de la opi- 
nión, hecha ya en el punto debatido, había sido escuchado 
en las alturas del gobierno, y de lá Casa Blanca salió esta 
vez, como tantísimas otras, la palabra de conciliación y de 
justicia. cA las once de la mañana del día tres de Octu- 
bre, os invito á celebrar conmigo una conferencia en la Man- 
sión Ejecutiva para discutir el problema minero», dijo, pot 
tel^rafo, el jefe del Estado á los representantes de las frac- 
ciones divergentes. Y sucedió enftonces que, bajo los aus- 
picios generosos de la autoridad presidencial, se encontraron, 
poir primera vez, frente á frente y sin ser para desáfiaiBé, 
John Mitchell y las cabezas de los sindicatos, Baer, Trües- 
dale, Fowler, Markle y Oliphant. 

En circunstancias tan extraordinarias y ante juez de tan 
alto coturno debían tíiórit, antes de llegat < los labio6> toa- 
das las borrascas. Mitchell, interrogado sobre éüalés ei^áii 
"sUs exigencias, iepitíó lo que venía proclamando desde «fñ 
{principio: lá faueigii soto ftSj^irabá á que un ttAúnal) ootil- 



DE8DB WABUIl»GT(»r 295 

puesto de personalidades imparciales, resolviera las diferen- 
cias produciendo un fallo arbitral inapelable. Los presiden- 
tes de las compañías se rehusaron á admitir este expediente 
de equidad. La sesión se levantó sin que el asunto que« 
dará resuelto. Pero el labrador que arrojara al seno de 
las filas la semilla de la paz era demasiado robusto y ezpe- 
rimentaifo para dejarla perecer en el fondo del surco. A los 
ocho días obtenía completa sanción la propuesta suprema, 
y ambas partes entregaban á la sentencia, que se acatará, 
de media docena de ciudadanos distinguidos, designados por 
el jefe de la nación, la palabra deñnitiva y pacificadora en 
la reñida disputa. Uu obispo católico romano, un general 
retirado, y varios peritos, integran ese tribunal de honor, 
que ha instalado la sala de sus deliberaciones en el esce- 
nario de la batalla, y que en estos momentos desciende de- 
mocráticamente al fondo de las minas para leer mejor el 
alegato de los huelguistas y escudriñar los secretos del tra- 
bajo negro en el mismo corazón de la antracita. 

El triunfo alcanzado ha sido enorme y, verdaderamente, 
uno no sabe á quién adjudicar la parte mejor: si al que 
manda ó al que gobierna, si al magistrado que, movido por 
impulsos de alto patriotismo, baja hasta su pueblo para es- 
cuchar sus dolores y aplacarlos, ó al pueblo que, sabiendo 
que hay jueces en Berlín, sube hasta el magistrado para en- 
tregarle el memorial de sus padecimientos. Obtendrán ó no, 
satisfacción plena las demandas de los mineros; la pasión 
envenena las controversias humanas y es presumible que la 
equidad que se busca no se encuentre en los términos extre- 
mos de la ecuación; pero, lo que no puede dudarse porque 
resalta con la evidencia de los argumentos palpables, es que la 
entrada de John Mitchell á la sala del Ejecutivo, como re- 
presentante aceptado de las organizaciones mineras, importa 
una victoria moral mucho más grande, por su significado 
* histórico, que la alcanzada sobre los sindicatos unidos. El 
presidente de la república, por primera vez en los anales 
del país, ha recibido, reoonoctendo perfectamente correctas 
sos oroáenctales de embajador, al presidente de obreros hne)- 
goiatafl^.y ha conversado con él sin disimularle aimpatía ¡y 



296 LUIS ALBBBTO DE HERRERA 

cousideraciÓD. TieDen sobradísimo motivo para sentirse con- 
tentos los protestantes, paes ya se les ha dado personería 
jurídica en las lides sociales y para ellos el poder no tendrá 
ya garras, siempre que el derecho ios asista en sus cam- 
pafias. Por lo general, la mejor manera de dominar las con- 
flagraciones que amenazan, consiste en afrontarlas, cara á 
cara, y sólo los leguleyos ignoran el beneficio decisivo de los 
arreglos francos, previos al pleito. Lustros de pruebas tremen- 
das se aproximan para las naciones mes adelantadas del globo. 
£1 horizonte se descubre opaco y parece que en el orden 
de las ideas se producirán cataclismos tan desoladores, aun- 
que no tan inesperados, como los geoiógicos que en estos 
momentos hacen vacilar los cimientos de la triste costra so- 
bre la que arrastramos nuestras miserias. Talvez la demo- 
cracia vea, espantada, surgir islas en donde antes existían 
.precipicios y vice-veraa; talvez nos toque á nosotros ser tes- 
tigos de las agitaciones endemoniadas de nuevos descamisa- 
dos; talvez son ya muchas las turbas enloquecidas qiie, bajo 
«1 látigo de brutales instintos desatados, husmean ya las me- 
morias espeluzantes de la Comuna. El peligro de lejanas 
disoluciones ahí está, y acreditan visión de estadistas quie- 
nes lo compnieban y lo afrontan, para disiparlo, adaptando 
su conducta al espíritu avanzado de la época. Apártense 
pretextos al crimen, quítense motivos á las reacciones del 
rencor, óigase al débil, préstesele el apoyo que se merezca y 
háblettele con sinceridad que, procediendo así, las más ame- 
nazadoras trombas se convertirán insensiblemente en chubas- 
cos de verano. Al Rn y al cabo, las muchedumbres clamo- 
rosas son como el león del cuento clásico: si se les arranca 
la espina clavada en la zarpa se olvidan de atacar y lamen, 
agradecidas, la mano que las ha curado. Por eso destaca 
digna, sabia y ejemplar, la actitud del señor presidente de 
Iqs Edtados Unidos al encarar con decisión el grave suceso 
7 acercarse á él, para resolverlo felizmente, en vez de huirle 
como á la lepra. 

Al cerrar estas líneas levanto la cabeza y miro con placer 
á la plaza vecina, condecorada con una estatua ecuestre, per- 
dida durante el verano en el fondo del follaje, y qoe ako- 



DESDE WASHINGTON 297 

ra hasta parece encogerse frío en la mala compañfa de 
árboles pelados. Todavía sigue cajendo esa nieve que ayer 
hixo su aparición de novicia. Nunca la había visto. Con- 
fieso que con curiosidad esperaba su llegada. Ella no ha 
faltado á la cita de la muerte y desciende de lo alto, en 
línea recta y disciplinada, como si se deslizase por los hilos 
invisibles de un telar encajado en las cumbres 6 en el abis- 
mo de lo azul. Cae firme y silenciosa, como cae el tiempo, 
para cubrir de pétalos blancos los altares marchitos de la 
natiuraleza, cual si el destino, jugueteando en los jardines 
del empíreo^ se entretuviera en deshojar las ' flores de sus 
rosales. Cae esponjada y leve, primero, para adquirir, luego, 
compacidad de hielo y ser fuerte como las rocas; igual á 
las propagandas honradas que también cuajan en piedra 
después de ser copos inofensivos. Su vista provoca impre- 
siones encontradas; alegra y entristece el espíritu, á la vez. 
En algunos momentos, pensando que en la presente estación 
casi toda la vida orgánica se paraliza, se me reproduce el 
simbolismo de un funeral y comparo á la nieve mensajera, 
qne pasa por mi ventana, con la cera derretida que gotea de 
los cirios y que se estampa eu forma de estrellas sobre el 
paño negro que cubre á los catafalcos. Pero también se me 
ocurre que esas blancuras que ruedan, más inmaculadas que 
el azahar, traen socorros de pureza á esta Tierra, tan me- 
nesterosa de ideales buenos, cual si en víspera de Navi- 
dad se quisiera lavar de manchas la fisonomía sucia de nues- 
tro astro, del mismo modo que suele blanquearse el frente 
do los edificios públicos con una semana de anticipación á 
los festejos nacionales. Vehículo de inocencias ó de agonías, 
sigue cayendo impertérrita la nieve y grabando arabescos 
en el suelo helado, mientras — susurra mi pensamiento — alU 
abajo, acariciada por un sol tropical y envuelta la gallarda 
cabeza andaluza en tules de alegría, resplandece, como una 
tiara, esa Montevideo, que da el contraste y moja la punta 
de sus zapatos de princesa en las aguas cristalinas de un 
río como mar! 






XIV 



El Ooni^reso Pan Americano — Las vicisitudes del arbitraje — Los 
fiíerzos del seAor Lazo Arriaga -— Beneficios para el Uruguay — 
La industria cafetera ^ Angustias en los mercados productores — 
Extraordinarias medidas preventivas — El periodismo yankee — Sus 
prodigios. 



Acaba de celebrarse en la ciudad de Néw York la con- 
ferencia internacional americana convocada para dÍBóutir la 
situación de la industria cafetera en el continente y propo- 
ner medidas apropiadas á fin de arrancarla de su precario 
estado actual. Tuve el honor de representar á la república 
en esa asamblea^ á la cual habían mandado delegaciones to- 
das las naciones del Nuevo Mundo, con excepción de Chile, 
la Argentina 7 Bolivia. Antes de entrar al comentario de 
la labor realisada en la referida oportunidad^ y para que 
tengan coordinación racional estos párrafos, necesito exponer 
los antecedentes diplomáticos qne dieron origen á tan plau- 
sible contacto de intereses idénticos. Algo hay que decir, 
entonces, sobre el Congreso Pan Americano de México. Desde 
que la unidad irreprochable de las obras de arte está reñida 
con estas correspondencias, que no son obras ni son arte, y 
sí, simplemente, cartas expontáneas dirigidas á ustedes por 
un amigo invariable, sin temor á ios escrápulos estéticos, que 
no rezan con nosotros los profanos, voy á extenderme algo 
en la apreCiaeión dé ese, ya célebre, torneo científico. No 
«é impacienten, que todo irá condensado y ocupando el menor 
éépeóio posible, como te haee con nuestro dulce de leche— 
qjüíb mpd fio encuentro— acondkáonádo en tarritos de lata^ á 



300 LÜI8 ALBERTO DE HERREEA 

caarenta centásímofl la libra^ por una casa especial de la calle 
Buenos Aires, que espero volver á visitar. 

El primer Congreso Pan Americano se reunió en Washing- 
ton á fines de 1889. Allí se esbozaron grandes soluciones 
de derecho público. Nada complementario se había hecho 
desde entonces. Comprendiendo la ventaja de coronar lo 
iniciado, el presidente Mac Kinlej^ justo diez años después, 
llamaba la atención del Congreso sobre € las numerosas cues- 
tiones de interés general y beneficio común á todas las re- 
públicas de América, algunas de las cuales fueron consi- 
deradas, pero no definitivamente resueltas, en la primera 
Conferencia Internacional Americana y otras que, desde enton- 
ces, han adquirido importancia». Haciendo pié en tales evi- 
dencias, agregaba en seguida: cque le parecía conveniente 
que las varias repúblicas que constituyen la Unión Interna- 
cional de las Repúblicas Americanas sean invitadas á cele- 
brar pronto otra conferencia en la capital de alguno de los 
otros países, pues los Estados Unidos disfrutaron ya de esa 
distinción». Aceptada inmediatamente la idea y consultada 
por la cancillería del norte la opinión de las potencias inte- 
resadas, sobre el punto en que debía reunirse la nueva asam- 
blea, todas las preferencias se inclinaron á México; y México, 
la ciudad de las viejas civilizaciones imperiales, fué la ele- 
gida. Allí se reunieron todos los plenipotenciarios del conti- 
nente y, en el afán fervoroso de llegar á soluciones avanzadas 
en los distintos órdenes de controversia exterior, trabajaron 
porfiadamente durante varios meses. El fruto de aquellas 
luminosas deliberaciones se resume en los siguientes trabajos 
concluidos: un protocolo — el de adhesión á las convenciones 
de La Haya; cuatro tratados — sobre patentes de invención, 
extradición de criminales, reclamaciones por daños y perjuicios 
pecuniarios, y arbitraje obligatorio; seis convenciones — sobre 
canje de publicaciones, protección de obras literarias y artís- 
ticas, formación de códigos de derecho internacional, ejercicio 
de profesiones liberales, derecho de extranjería, y congreso 
geoghflico; ocho resoluciones — sobre ferrocarril pan-nmuri 
cano, congreso aduanero, fuentes de producción y estadístioa, 
comercio internacional, reoiganizaoión de la Oficina Interna* 



DESDE WASHINGTON 301 

cional de las Repúblicas Americanas^ policía sanitaria^ comi** 
sión cafetera, y futuras conferencias internacionales; cuatro 
recomendaciones — referentes á banco pan-americano, comisión 
arqueológica, museo comercial de Filadelfia, y diccionario de 
construcción y r^men de la lengua castellana. 

Como queda indicado, la Conferencia acordó que se con- 
vocara á una reunión para discutir los medios tendentes á 
proteger la industria del café y á poner fín á la crisis por 
que ella pasa. Fué resuelto también que ese debate proyec- 
tado de representantes, autorizados en forma, de las dos 
Amérícas, tendría lugar en New York, el más grande mer- 
cado cafetero del universo, dentro de un año contado desde 
el momento de la sanción de la idea. Esa importante ini- 
ciativa perteneció al doctor Antonio Lazo Arríaga, delegado 
por la república de Guatemala y acreditado ministro pleni- 
potenciario de la misma, desde hace nueve años, ante el go- 
bierno de los Estados Unidos. Corresponde que me ocupe 
aquí de tan distinguida personalidad, y lo hago complacido 
no sólo por tratarse de un experimentado diplomático, que 
goza de especiales consideraciones en el seno de la sociedad 
de Washington, sino también por ser aquél el amigo extran- 
jero más noble y generoso que tiene el Uruguay eu estas 
lejanas tierras. Por lo demás, conviene que en estas mate- 
lias la opinión de las naciones sud-americanas se condense 
alrededor de sus hijos de positiva valía en asuntos interna- 
cionales, cayendo, para siempre, las fronteras del aislamiento 
entre ellas, que han sido más legales y rigurosas que la 
gran muralla de los pobres chinos. Si hechos notorios no 
dieran fé plenísima de la veracidad de mis palabras, casi no 
podría ocuparme in parcialmente de la actuación del doctor 
Lazo Arriaga en la Conferencia de México, pues cultivo 
con él relaciones muy estrechas. Suyo fué también el pro- 
yecto de reorganización de la oficina de las repúblicas ame- 
ricanas, que tan beneméritos servicios está llamada á prestar 
cuando se comprenda debidamente por los interesados, el 
objeto práctico á que responde; y, el proyecto de creación 
de una corte internacional de reclamaciones para resolver 
todas las diferencias externas fundadas en daños y perjuU 



962 LUIS ALBEBTO JDE HSBSEBA. 

oíos pecuniarios. E^ta ioioiativa aaladable fué aprobada por 
unanimidad de votos, lo que ahora abona el apoyo entu- 
siasta que ella encontró en todas las delegaciones. Por otra 
parte, es digno de notarse que ese tratado, que entraña un 
señalado triunfo del buen sentido, establece el arbitraje obli- 
gaiorio para todas las cuestiones de índole pertinente que 
puedan suscitarse en lo sucesivo, confiándose el fallo al tár 
bunal de La Haya. La unificación de opiniones en la forma 
acordada merece apuntarse de manera muy especial, pues^ 
apartado de las relaciones entre los pueblos de este hemis- 
ferio el estorbo, que tantas veces ha dejenerado en enojosos 
conflictos, de las reclamaciones de interés privado, se quita 
un serio motivo de divergencias y disgustos vecinales. 

Pero, con todo de ser ya esto mucho, algo de mayor 
aliento afin debe la ge«itión del derecho en América al infa- 
tigable plenipotenciario de Guatemala. Nadie ignora que, 
dadas las especialísimas circunstancias del momento histórico, 
asunto más trascendental á debatirse era el del arbitraje, 
aplicado á la fijación de fronteras é interpretación de trata- 
dos. Cuando la Conferencia de México comenzaba sus sesio- 
nes, había llegado, por cuarta ó por quinta ves, á ser muy 
alarmante el grado de tirantez de las relaciones entre Chile 
y la Argentina. La primera de las potencias citadas tenia 
en pie, más ardiente que nunca, su vidriosa cuestión de 
límites con el Perú y Bolivia. Chile ha pretendido siempre 
resolver ese punto dudoso sin ocurrir á fallo arbitral. Ahora 
bien, la Argentina, obrando con previsiones de futuro, tanto 
en el pleito del Pacífico como en el pleito andino, era par- 
tidaria del arbitraje obligatorio, es decir, del arbitraje en au 
acepción más simpática, actitud ésta que, á la vez de conquis- 
tarle el aplauso exterior que se merece una política liberal, le 
creaba solidaridades muy valiosas eu el caso desgraciado de 
un choque guerrero con la nación chilena. Alrededor de estas 
dos tendencias fundamentales, claras, precisas, firmes, debíaa 
de girar y giraron todos los debates. Esa rivalidad de pro- 
pósitos, al absorber las actividades y el esfuerzo de cada lado^ 
al extremo de hacer olvidar el campo de las aproximaciones 
neutrales en otros temas de comentario muy distante de 



DEn>E WA8HINOTON 308 

•qnella seria disidencia, perjudica mucho el desarrollo de las 
tareas de la Conferencia. Más afin, estuvieron á punto inmi*> 
nente de provocar el fracaso^ lamentable, ruidosísímoi de la 
misma. Veamos de qué manera. Desde el primer instante 
quedaron definidas en tres campos las fracciones divergentes, 
mediando la circunstancia de que ninguno de los grupos arriba 
mencionados, y profundamente divididos, podría constituir ma- 
yoría sin ageno apoyo. Esas fracciones se caracterizaban así: 
una, repudiaba las soluciones por el arbitraje, (encabezada por 
Chile); otra, la sostenía en su concepto más amplio (dirigida 
por la Argentina); pero una tercera, integrada por elementos, 
no del todo concordes pero animados de una previsora re- 
serva, se mantenía en prudente espectativa, sin vincularse á 
ninguno de los bandos apasionados, aunque también sin ma- 
nifestarse, al principio, en contradicción abierta con ellos. 
Ese grupo, prescindente de todo compromiso, jugaría papel 
decisivo, pues en mérito á estar en sus manos el hacer ma- 
yoría, en uno ó en otro sentido, llegó á gozar de influjo 
evidente en la preparación de las resoluciones definitivas. 
Pero sucedió que como los grupos adictos á las aspiraciones 
argentinas y chilenas, ambas radicales en sus alcances, no 
obtenían la deseada mayoría, pues ninguno se apeaba de sus 
absolutas doctrinarias, á ningán puerto, ni malo ni bueno, era 
posible arribar porque el sufragio, precioso entonces, de al- 
gunos de los delegados independientes de todo compromiso 
en colectividad, no resolvía tampoco este relativo empate de 
ambiciones políticas. 

A este respecto y para afirmar la verdad de los juicios 
que anteceden, inserto en el siguiente párrafo la opinión 
sobre este punto emitida por un distinguido escritor: cLa 
situación, á principios del mes de Diciembre, no podía s^ 
más desalentadora. No siendo acogido el plan de la dele- 
gación mexicana, ni la idea sugerida por la de los Estados 
Unidos, y sin buen resultado las gestiones hechas sobre otras 
bases, era evidente que ya no podría alcanzarse acuerdo en 
cuanto al arbitraje y, como éste era el punto principal del 
programa, todo parecía indicar, por entonces, el mal éxito de 
Ja concordia. Los periódicos así lo anunciaban, el cable tras- 



304 LUIS ALBERTO DB HERRERA 

mitfa al mundo entero las desanímadoras noticias, y nada 
tenía eso de extraño cuando abrigábamos las más serias du- 
das los mismos que ardientemeute deseábamos una solución 
práctica y satisfactoria para todos.» Para esclarecer cual- 
quier duda, agregaré que el plan de los representantes de 
México, á que se refiere en las anteriores líneas, consistía, 
en su conjunto, en una reproducción de la Convención de La 
Haya, pero con el aditamento lucido de establecer el arbi- 
traje obligatorio para la solución de las controversias que, 
ۇ juicio exclusivo de algunas de las naciones interesadas, 
DO afecten ni la independencia ni el honor nacional. El 
arbitraje será obligatorio para las controversias pendientes, 
que en el momento de la firma ó ratificación del tratado 
no fueren objeto de salvedad especial de parte de alguna 
de las naciones interesadas.» A primera vista sugestiva la 
fórmula cuyo páixafo culminanta extractamos, ella también 
carecía de las virtudes necesarias para ser aceptada como 
eficaz panacea. Quienes abogaban por el arbitraje absoluto, 
completo, extendido á las diferencias pendientes y á las fu- 
turas, nada querían saber con la parte final que, en home- 
naje palpable á la cuestión del Pacífico y á otras limítrofes 
de palpitante actualidad, proponía que se reconociera el de- 
recho á exceptuar de fallo de torceros los litigios extemos 
determinados taxativamente al suscribir el tratado de la re- 
ferencia. 

Por su lado, quienes repudiaban la solución arbitral halla- 
ban muy amplía la propuesta de México, inspirada en la más 
evidente buena voluntad. También se observó á ella, y á 
buen seguro con acierto, que eso de controversias que no 
afectan ni la independencia, ni el honor nacional, no es bas- 
tante preciso y deja siempre una sombra de alcance elástico, 
si bien es cierto que en otro inciso se restringía en alguna 
parte esa posibilidad de interpretaciones caprichosas estable- 
ciendo que c no se considerarían comprometidas la indepen- 
dencia ni el honor nacional en los casos de daños y perjui- 
cios pecuniarios é interpretación ó cumplimiento de algunos 
tratados.» Para caracterizar mejor la objeción aludida, me 
permito transcribir cuatro palabras del doctor Cruz, ilustre 



DRSDE WASHINGTON 305 

guatemalteco, delegado en la primera Conferencia pan-ame- 
ricana de 1889, que oponiendo escrúpulo semejante, pronunció 
conceptos que, aún mutilados como los incorporo, corrido por 
el deber sintético, son muy expresivos. Decía: c No hay- 
cuestión, sea la que fuere, de la que no pueda decirse que 
interesa al honor y dignidad nacional, y dejar el recurso de 
la guerra para esos casos tanto significaría como no haber 
adelantado nada. Podría pasar con las naciones al calificar 
lo que compromete su honor, lo mismo que pasa con los 
duelistas: el motivo niiís insignificante podría ser un casns 
beUif como sería un lance de honra para un espadachín el 
que no se le hubiese saludado con profunda cortesía, el que 
se le hubiese dirigido una mirada que él calificase do pro- 
vocativa y otros tantos hechos del mismo tenor.» También 
conviene agregar, de paso, que la idea lanzada por los Es- 
, tados Unidos se reducía íí que las potencias americanas — 
todas excepto Norte América y México — que no hubiesen 
firmado la Convención de La Haya, se adhieran á ella, ce- 
rrando así el punto en debate. Esta propuesta, hecha en 
privado, fué recibida aun con mayor desgano que la anterior,^ 
pues se argumentó, atinadamente, que para darse por satisfe- 
chos con tan escaso fruto más valiera no haberse congregado. 
Fué á esta altura de los sucesos, cuando se perfilaba el 
epílogo deplorable de una disolución anárquica de la Confe- 
rencia, que el doctor Lazo Arriaga salvó, fuera de duda, la 
situación, proponiendo una nueva fórmula que, bosquejada con- 
fidencialmente á los delegados de México, que veían con 
profundo disgusto la probabilidad de un fracaso en su país, 
mereció ser entusiastamente aprobada, previa introducción de 
dos modificaciones de forma y complementarias. Estando 
constatado que era una quimera pretender unificar en el 
cuerpo de una sola resolución el interés de diez y nueve 
naciones entre las cuales algunas, hasta por pique de pasión 
colectiva, estaban en abierta y sostenida disidencia, el pleni- 
potenciario de Guatemala propuso que, en primer término, 
todas las delegaciones celebraran un tratado de adhesión á 
las tres convenciones firmadas en La Haya, incorporando, 
en consecuencia, los principios consignados en ellas al derecho 

20 



306 LUIS ALBBSIO 1>E BSRBKRA 

público americano. La aceptación del arbitraje volitDtart«> allí 
sustentado, por nadie podría ser resistido racionalmente y no 
creaba compromisos de ningún género. En sogundo término, 
indicó la conveniencia existente de que los países partíds- 
ríos del arbitraje obligatorio siiscríbieran en ese sentido un 
tratado con base comfin. Elste plan fué aceptado con satis- 
facciones de alivio. A todos coneiliaba y, sobre todo — que 
era lo más importante, — á la vez de quitar sello estéril á 
la Conferencia, daba resonancia internacional á sus conclusio- 
nes. Determinar el carácter del tratado último suscrito, sus 
dos articules iniciales. El 1.® recoje el texto de la fórmula 
mexicana, pues, por necesidades de transacción, determina 
que Krr<n objeto de arbitraje obligatorio las diferencias que 
« no afecten ni la independencia ni el honor nacionales.» 
Pero el artículo 2.® corrige el vicio de vaguedad ya refe- 
rido, agregando que c no se considerarán comprometidos ni la • 
independencia ni el honor nacionales en las - controversias 
sobre privilegios diplomáticos, límites, derechos de navegación, 
y validez, inteligencia y cumplimiento de tratados.» Como 
fácilmente se nota, se mejora en mucho el artículo semejante 
de la primitiva redacción mexicana, incorporando á los asun- 
tos que deben someterse á arbitraje obligatorio los de límites, 
sin restringir la aplicación de ese principio á los oasos futu- 
ros de divergencia. También á los actuales alcanzaba el 
temperamento arbitral. 

Este triunfo diplomático del doctor IjSzo Arriaga señala un 
antecedente muy hermoso que la Conferencia creyó deber jus. 
ticiero constatar, de manera oficial, como lo comprueba el 
acta de la sesión del 20 de Enero que, en su parte proce- 
dente, dice así: «S. E. el señor Presidente expuso: como un 
acto de justicia debo hacer una adición al discurso que pro- 
nunció en la sesión anterior el Hon. señor Pardo, al dar las 
gracias á S. E. el señor Guachalla por sus afectuosas frases 
de reconocimiento á los propósitos y trabajos de la delegación 
mexicana, que han dado por resultado el desenlace feliz de 
la delicada cuestión del arbitraje, sin dejar huella de resen- 
timiento ni de amarguras. Esa adición se refiere á haoer 
constar, de una manera pública, la parte muy importante que 



]>E8DE WASRINOTOV 907 

i^orresponde en el éxito obtenido al Hon. sefior 1a80 Amaga, 
delegado de Guatemala, que fué el iniciador de la idea fun- 
damental de celebrar dos convenciones, la una de arbitraje 
voluntario con las naciones que así deseaban estipularlo, y 
la otra de arbitraje obligatorio, más 6 menos restringido, 
<;on aquellas que no estimaban bastante para sus conviccio- 
nes la fórmula facultativa. Comunicada la idea de S. E. el 
aefior LazQ, Arriaga á la delegación mexicana, desde los pri- 
meros dfas de Diciembre, cuando precisamente habían lle- 
gado á su colmo los temores de no lograrse acuerdo alguno 
entre los grupos diversos en que se encontraban divididas 
las opiniones, ella dio origen á las negociaciones que ense- 
guida se abrieron por esa nueva vía y cuyo resultado co- 
noce la Conferencia». Todas las potencias representadas, 
excepto Chile y el Ecuador, suscribieron la adhesión á las 
convenciones de La Haya. En cuanto al tratado de arbi- 
traje obligatorio lo fírmaron la Argentina, Bolivia, Perú y 
Paraguay, que desde el principio habían marchado compactas, 
y México, el Salvador, Guatemala, Uruguay y Santo Do- 
mingo, que sin estar de manera alguna en pugna con la te- 
sis, habían preferido mantenerse en expectativa frente á las 
agitaciones de los bandos divergentes. 

De todo lo expuesto se deduce fácilmente que la Confe- 
rencia, apesar de los vaticinios desconsoladores que presidie- 
ron á su nacimiento y apesar de los momentos críticos porque 
pasó, pudo, gracias al esfuerzo inteligente y cordial de algu- 
noe espíritus serenos, cumplir fructuosamente su cometido 
internacional. A ese propósito traduzco el siguiente párrafo 
tomado del informe de los delegados americanos á su go- 
bierno: cNo es ofensivo para la primera Conferencia inter- 
nacional el hecho de manifestar que la labor de la segunda 
será de más provecho práctico para los gobiernos interesados. 
Ijbl adhesión de las repúblicas á las resoluciones de La Haya 
j la sanción del proyecto de arbitraje para los reclamos pe- 
cuniarios, quedarán como constancia del progreso más notable 
qne se ha alcanzado en sentido de arreglar en forma pacífica 
las controversias entre las naciones del hemisferio occidental.» 
ir los hijos de este país no son gente que alaben por com- 



906 LUI8 ALBERTO DE HERRERA 

placencia amable. No dicen nada esos mÍ8inoa firmantes so* 
bre el tratado do arbitraje obligatorio aplicado á las cuestiones 
políticas, por no haber intervenido los Estados Unidos en ese 
acuerdo parcial. De las nueve naciones que aceptaron el ar- 
bitraje obligatorio, ¿cuáles resultan más favorecidas por esa 
victoria de la cordura? No son, seguramente, las que, en re* 
lación, merecen el título de fuertes, ac}uellas que por su vo- 
Iñmen territorial y de población, — sólo por eso, — destacan 
en el mapa continental. Reconocida la verdad de esta afir- 
mación, cuyo relieve no escapa al más elemental raciocinio, 
se sienta ipso fado otra al agregar, como consecuencia ló«> 
gica, que los países pequeños, — en tamaño material sólo — 
resultan beneficiados, en primera línea, por la solución jus* 
ticiera de la referencia. Las ventajas mayores se acumulan 
decididamente en favor de Guatemala. En efecto, ella ha 
tenido y todavía no están resucitas, dificultades fronterizas 
con El Salvador, al sur, y con los Estados Unidos mexica- 
nos, al norte, dificultades que en especial, por lo que res- 
pecta á la última potencia citada, hicieron inminente el con- 
flicto armado en tres distintas oportunidades. 

Pues bien, ella puede halagarse de haber conseguido traer 
al terreno favorabilísimo de los fallos arbitrales obligatorios y 
á sus dos vecinos pleitistas, al débil y al fuerte, ya hoy 
de temibles capacidades belicosas. ¿ Puede discutirse la 
evidencia de este éxito trascendental para aquel país? Vea- 
mos cual le sigue en provecho. No es á ciencia cierta la 
república de Santo Domingo, que presenta á tres vientos 
divisorias incuestionables, como que las delínea el mar 
en todo su apogeo océantico. Al oeste limita con Haití, pe- 
ro ningún debate internacional separa á estas diminutas 
potencias hermanas, prisioneras dentro de una isla; y la me- 
jor prueba de ello la da el hecho expresivo de que los 
mismos delegados las representaron en el seno de la Con- 
ferencia. Tampoco lo será El Salvador que nunca ha po* 
dido abrigar respecto de Guatemala los temores que ésta 
alimentó con relación á México, apesar de que la naciona- 
lidad citada también salió gananciosa. ¿Corresponderá el se- 
gundo puesto al Perú, cuya conducta sólo señala un esfuerzo 



DBSBE WASHINGTON 30^ 

platónico, paes ni Chile ni Ecuador — con los qae discute 
en forma grave desde tiempo atrás — entraron por el aro 
arbitral; 6 á Bolivia que determina un caso semejante; 6 á 
la Argentina, sólo empefiada ^n dejar testimonio sugestivo 
de sus tendencias doctiinarías frente á la dureza de los pro- 
cederes trasandinos? Tal vez pertenezca, en simultaneidad de 
beneficios, al Paraguay y al Uruguay, y lo afirmaríamos si 
el Brasil hubiera suscripto el tratado, de lo que fué privado 
debido á la muerte inesperada y fatalísima de su represen- 
tante, el doctor José Hygino Duarte Pereira, pues eran cono- 
cidas las opiniones bien inclinadas y liberales del mencio- 
nado jurista. Funda ese aserto la circunstancia evidente 
de haber aceptado uno de sus dos fronterizos el tempera- 
mento arbitral obligatorio. ¡Qué triunfo se alcarzaría si el 
otro llegara á los mismos extremos plausibles, como lo hu- 
biese h<icho expontáneamente, con toda probabilidad, á no 
mediar la desgracia preindicada! 

Pero desbrozado un tema tan interesante como el que acabo 
de recorrer sin aceptar estaciones, volvamos á nuestro punto 
de partida, A ese café que dejamos abandonado y en ebu- 
llición al empezar estas páginas, infiriéndole serio perjuicio y 
cargando la misma responsabilidad culinaria del pinche que, 
desobedeciendo órdenes, deja demasiado tiempo sobre el fuego 
una fuente y la encuentra reseca cuando vuelve, ya tarde, 
por ella. En mi obligada ausencia, ¿habrá perdido su aroma 
d rico líquido tonificante preparado por roí, expresamente 
para ustedes, y que dejé humeante sobre la plancha de la 
cocina, mientras iba á la alacena por las tazas y cucharas? 
Aunque de buenas intenciones está empedrado el camino 
aquel, desagradable en este caso, no renuncio á invovar, 
como atenuante, las mías. Para apreciar el creciente alcance 
qne van teniendo en América las cuestiones económicas y 
hasta donde llega ya su repercusión, necesito transcribir aquí 
el texto de uno de los fundamentos aducidos por el doctor 
Laso Arriaga al presentar á la Conferencia su proyecto ca- 
fetero. Dice así: «El problema que la crisis del café plan- 
tea no es sólo un problema comercial sino también un pro- 
blema económico, político y social. La baja en el jprecio 



310 LUI6 ALBEBTO DE HKBBKRA 

del café ha dísminufdo considerablemente los ingresos del 
tesoro de algunos países americanos^ y quizás debe verse en 
ella la causa de algunas revoluciones que afligen á varios de 
los referidos países y que bien pueden explicarse, en gran 
parte, por la pobreza y la miseria que en ellos reina, coma 
resultado de la terrible situación porque atraviesa la indus- 
tria cafetera». Valientes verdades, rudas verdades, que lie* 
gan á nuestros oídos con inflexiones extrañas porque no existe 
el hábito de calificar así, de manera científica, el origen de 
muchas calamidades públicas que malamente se cubren el 
rostro con máscara de política y de pasiones de divisa. 

La base exacta de los asertos del doctor Lazo Arríaga 
está á la vista, con la evidencia de las cosas fehacientes. 
Mucho tiempo después de haber sido emitidos, los abona el 
caso doloroso de Venezuela, en perpetua anarquía, en inso- 
luble conflicto interno, gracias al malestar nacional decretado 
por los desastres económicos. £1 precio del café, que ha 
descendido en los grandes mercados, de veinte y tantos 
centesimos á ocho, y menos, no promete ningún repunte favo- 
rable, y esta caída tiene proyecciones de catástrofe en los 
países productores. Tal es lo que sucede en Venezuela, en 
donde al presente brinda más beneficios el desorden que la 
paz exaltada por la miseria. Pero en otro escenario el per- 
juicio exhibe rasgos más considerables. Me refiero al Brasil, 
que produce, él solo, todo el grano exigido por el consumo 
en el mundo. Puesta frente á la suya toda la producción 
centro y sud-americana y agregándole la de Arabia, Java y 
Ceylan, ese -total enorme de sacos apenas cubre una mitad 
de la oferta brasilera. ¡Si tendrá motivo para preocuparse 
ese país de las cotizaciones de su fruto sabiendo como sabe 
que en ellas descansa mucha parte de la salud de la fortuna 
privada! Para encarnar el alcance de los daños que origina 
esta baja continuada, que se viene operando desde hace algu- 
nos años, concíbase que el precio de un cafetal, antes valio- 
sísimo, ha mermado casi en dos terceras partes, por la sen- 
cilla razón-^ que el rendimiento de los plantíos ha sufrido 
idéntico descenso. Supóngase lo que significa para un pro- 
pietario que hasta ayer tenía en sus fincas un valor repre- 



DESDE WASHINOTON 311 

96Dtativo de alto caudal y que de repente^ 8in culpa que le 
sea imputable, sin una mala cosecha, se encuentra que hoy 
DO le pagan cinco por lo que ayer valía más de diez! Y si 
sumamos por millares el número de los faxe^ideiros sacrifi- 
cados, ¿no alcanza á dibujarse el espectáculo desconsolador 
de una ruina geheral é inmerecida? 

Adelanto estos comtmtarios para poner de manifiesto la im- 
portancia trascendental del esfuerzo aunado que acaba de 
operar su primer ensayo. Presidió la Conferencia Mr. Perey 
O. SuUiván, jefe de la Bolsa de Café de New York. Las 
tareas se prolongaron por veinte días, sin que se trabaran 
grandes debates. Son tan claros los términos siniestros de 
la crisis y tan palpables en todas las zonas productoras sus 
tremendos efectos, que á nadie hubo que convencer de la 
necesidad imperiosa que existe de atacar enérgicamente el 
mai. La mayoría de las delegaciones presentaron informes 
demostrativos del estado de la industria cafetera de sus res- 
pectivos países. Aunque el Uruguay no cuenta con una 
sola planta, en razón de su clima suave, pude decirlo así 
airosamente y acompañar datos estadísticos sobre ¡a im- 
portación del café, ])roccdencias, clases preferidas, precio y 
embalaje, gracias á un informe del Departamento de Agricul- 
tura, muy correcto por cierto, que había tenido el cuidado 
de solicitar con mucha anticipación. Aquí, en concepto ge- 
neral, no se cree en la eficacia de los servicios técnicos 
oficiales de Sud América, y por eso convienen y dan pres- 
tigio serio todos los testimonios dignos de lo contrario. De 
las muchas resoluciones adoptadas por la Conferencia indicaré 
las más importantes^ pues ellas señalan el carácter de las 
opiniones dominantes en su seno. 

Acordóse recomendar á los gobiernos el establecimiento de 
institutos agronómicos y de jardines botánicos de experimen- 
tación, con el fin de aclimatar y propagar nuevos tipos de 
café; la creación de premios para estimular otros cultivos; 
la distribución de buenas semillas para conseguir frutos más 
selectos; la enseñanza práctica á los labradores de los mé- 
todos modernos y perfeccionados de laboreo; el castigo se- 
vero de quienes, con propósitos fraudulentos, cambian las 







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DESDE WASHINGTON 313 

formulada por el importante gremio de molineros, las ges* 
tiones de las fábricas de Liebig y la inbtalacitfa impuesta de 
los frigoríficos^ reducción de derechos exportadores á la carne, 
etc. Respondiendo á las explicables alarmas de las nacio- 
nes cafeteras, la conferencia se ha lanzado en una senda 
decididamente proteccionista, al extremo de que no ha fal- 
tado quien propusiera el establecimiento de tarifas de reta- 
liación á países que^ como Francia é Italia, castigan mucho 
la entrada del aromático grano. Las bases aeonsejadas po- 
seen un timbre de singular energía económica y revelan la 
intensidad de las angustias locales á que ellas responden. 
Esa recomendación última que propone la eliminación, por 
medios artificiales^ del exceso de la oferta, es realmente he- 
roica y quedará como curiosa constancia de los sacrificios 
violentos á que puede conducir la extraordinaria fuerza pro- 
ductora de la natnraleza. Ella abre generosa sus entrañas 
al cultivo; ella rinde, con creces, el fruto perseguido y lu^o, 
las necesidades crueles del comercio, llevan á echarle en 
cara ese su hermoso delito, el de ser una madre infatigable y 
fecunda! ¿Pero, afin confirmada la conveniencia del proyecto 
á que refiero, se encontrará el medio práctico de determinar 
el superávit de la oferta, cuando está tan repartido el interés 
común? ¿Invocando qué derechos se arrebata su producción á 
estos ó á aquellos propietarios? ¿Los gobiernos se convierten en 
compradores? El punto es complejo y queda como un ejemplo 
útil al alcance de las agenas tribulaciones. Y mientras el reme- 
dio á ellai« se encuentra, se debe agregar que la situación cafe- 
tera empeora, pues la base ya existente de diez millones de 
sacos, sin colocación posible hoy por hoy, va en aumento coa 
firmeza paulatina y con la misma firmeza bajan las cotizacio- 
nes universales. ¡Grave problema! La próxima Conferencia 
sobre el asunto se realizará á invitación del Brasil, ese Le- 
viatan de la industria cafetera. Apesar de lo aburrido del 
tema, abrigo la esperanza de que todavía quedarán despiertos 
algunos de mis lectores en virtud de que mi despiadada in- 
sbtencia los habrá tentado á beber, con el pensamiento, una 
deliciosa taza de Yungas, ahuyentando así los avances del 
suefio, por esta vez tan sólo. 



314 LUIS ALBESTO DB HKHBKRA 

Para atenuar faltas cambiaré de decoracionefl. Peca de evi- 
dente mal gustOy quien, conversando en horas de esparcid 
miento con un confitero^ elige como tema de su cháchiura los 
caramelos y las hojaldras. ¡Qué hartazgo! Perteneciendo los 
señores periodistas al gremio de los fabricantes de golosinas^ 
de las mejores golosinas, pues á diario nos aderezan y nos 
brindan á precio ínfimo y en bandejas de bautiEO, las noticias 
de sensación, devoradas por el espíritu con deleite sibarítico, 
estoy convencido de que no acredito habilidad diplomática ha- 
blando aquí de lo que es la prensa en Norte América* Pero 
el señor director me disculpará este resbaloncito de chambón 
social, recordando, otra vez, que estas crónicas son familiares, 
y, á la sombra de la confianza, que tiene holguras insuperables 
de poncho patrio, se pueden decir muchas cosas que en otro 
terreno serian inoportunas. 

Es indudable que la prensa del Bío de la Plata alcanza 
hoy un grado muy distinguido de cultura y de perfecciona- 
miento material. Con todo de su reputación meridiana, ya 
quisiera Le Temps tener prestada, para lucirse un domingo» 
la fisonomía amena y sugestiva de La Nación de Buenos 
Aires. Diarios mejor hechos que éste último me parece difícU 
encontrar. Aunque no tanto, algo semejante puede decirse, 
sólo en cierto sentido, de los periódicos montevideanos. Y, sin 
embaído, ellos están muy lejos de sus colegas neoyorkinos que, 
en mi concepto, dan la último palabra en el asunto. No esta- 
bleceré el paralelo entre el estilo de la redacción que campea 
en las columnas de los unos y en las columnas de los otros, 
pues nada tendría que observar por ese lado. Nuestros dia- 
rios ya han perdido, felizmente, ese carácter personal de otros 
tiempos, y ya ellos no sirven de desahogo á las pasiones par- 
ticulares con toda su descendencia de improperios. La dife- 
rencia fundamental estriba en la manera de hacer el diario. 
Por lo pronto, se tiende á reducir el formato, como si la 
evolución aspirara á transformar la hoja callejera de antes, en 
una serie nutrida de páginas, en un gran folleto que sintetice 
todas las palpitaciones cotidianas del corazón popular. Luego 
se han agotado todos los recursos imtiginablea para dar varie^ 
dad al órgano de publicidad. Al ea^resarme así no me refie- 



DE0DB WASHIirCKrON 315 

ro á diaríofl del carácter solemne del The Sun y Tribufie, 
cuya venta no se pregona y que dif tcUmente abandonarán sus 
atributos de venerables consejeros de la opinión. Tengo sí 
presente al New Tork Herald, con su admirable suplemento 
de cuarenta y ocho páginas domingueras; al American Jour* 
nal, al New York Journal, y á esa falange multicolor de 
colegas suyos que ayudan también á llevar toques de clarín 
hasta los confínes^ divulgando la notoriedad de las chismogra- 
fías metropolitanas. Ellos echan mano de todos los recursos 
atrayentes para conquistarse los favores del público, y como 
la curiosidad es llave maestra que abre los bolsillos más 
prevenidos, á despertarla se dirigen todos los esfuerzos 
de Ja redacción. Empe&ados en este propósito no eco- 
nomizan el papel; ni temen ocupar mucho espacio. Em- 
pecemos por los sueltos do especial resonancia;^ ya sea un 
acontecimiento político, una huelga, un escándalo admi- 
nistrativo, ó un crimen de detalles espeluznantes, se le enca- 
beza con títulos llamativos en los cuales cada letra mide 
un decímetro de largo. Si la crónica de sensación excede 
de media columna, se la interrumpe, á lo mejor, advirtién- 
dose al pie del último párrafo mutilado — como si se tratara 
de un folletín — que la sabrosa lectura continúa en la página 
tercera ó cuarta, y, como si esto no bastara, se agrega toda- 
vía pimienta al asmito espolvoreando, con sub-títulos esti- 
mulantei>, el resto de su comentario. Las tintas de colores 
juegan papel muy i Ai portan te en ese afán porfiado de hip^ 
notización. El rojo y el azul se tocan á cada momento y 
hasta suelen abraznrse en caractere:! superpuestos. En cuan- 
to á los editoriales, puede asegurarse que ellos están en 
decadencia. Han sido sustituidos, ventajosamente para los 
autores, que ya no necesitan fatigarse hilvanando párrafos 
macizos, y para el lector, que ya no pierde su tiempo empa- 
pándose en ajenas y difusas divagaciones, por las notas lige- 
ras de actualidad, por la apreciación rápida y juguetona de 
las cuestiones de relieve, siempre concisa, siempre apura- 
da, comprendiendo que el chu del gran éxito cousiste en 
ésto, como en otras cosas, en interrumpir la verba agrá** 
dable á tiempo, en no castigar con ehicubraeiones de diccio*- 



316 LUI8 ALBERTO DE HERRERA 

nano el espíritu del saseriptory en retirar de sos labios la 
cucharada de postre dejando buena memoria palatina antes 
de que él, hastiado, la rechace. ¿Quién se atreverla aquí á 
tratar en artículos numerados y sucesivos las cuestiones do- 
minantes, por arduas que sean? Lo que el pfiblico quiere 
y lo que el editor hace, interpretando sagazmente sus dén- 
seos, es un principio y un fin, muy próximos el uno del 
otro, ligados por dos eslabones ligeros, flexibles, artísticos. 
Pero más todavía: al revés de lo que ocurre entre nosotros, 
esas mismas notas editoriales van al fin de la composición, 
como si se entendiera — y bien—que primero debe ganarse al 
lector ofreciéndole temas amenos, ruidosos, de índole nove- 
lera; y luego, distraerlo con otros materiales menos palpi- 
tantes, combinados en hábil climax ascendente, para llegar, 
sin sentirlo, al coronamiento de la condimentación, represen- 
tado por aquellos rasgos finales que cierran, con un gesto sa- 
tírico aplicado á cosas muy serias, la impresión general. 
Pero la fotografía, extendida á los más diversos campos; ese 
conocido y simplificado recurso que hace perdurable el re- 
cuerdo de las impresiones que desfilan atropelladas por las 
avenidas de la realidad, ha sido aceptado como un precioso 
aliado por la propaganda impresa que confirma, con exce- 
lentes instantáneas, la elocuencia descriptiva de las crónicas* 
Así, las páginas se suceden las unas á las otras abundante- 
mente salpicadas de vistas, que para todo las hay, las cua- 
les agregan sello cada vez más intensivo, de álbum, de 
gran guía iluminada, á los órganos periódicos de mayor cir- 
culación. ¿Se relata un crimen? Pues se completa la na- 
rración con la fotografía de víctimas y victimarios, de sus 
parientes, de los presuntos cómpliccif, etc. ¿Trátase de elec- 
ciones? Pues la prensa recoge el retrato de cada candidato, 
agrega el de los caudillos de renombre, los sorprende en el 
momento en que salen de su casa para incorporarse á una 
asamblea, cuando depositan su balota y al recibir los dis- 
tintos partes de los clubs, incansable en el esfuerzo de po- 
ner al alcance del pfiblico no sólo los datos, pero también 
el aspecto gráfico de las cosas y de los acontecimientos. T 
lo mismo se reproduce en los demás órdenes de la actividad aso- 



DE0DB WASHINGTON 317 

ciada, tanto de la buena como de la mala. En la sección hU 
pica- se concede límplío espacio al retrato del caballo favo- 
rito, del ganador, de su dueño, y de los mejores productos del año. 
£n el capítulo social no deja de insertarse la efigie de 
cuanto extranjero de nota arriba al mundo americano, de 
su esposa, de sus hijos y hasta de sus perros y gatos pre- 
dilectos, si los tiene. £n la crónica de juegos atléticos, que 
suele ocupar una piígina entera, destacan en posición cul- 
minante, ora de partir en una carrera á pié, ora de ponerse 
en guardia en un encuentro de box, ora en el foot-baü 
base bally golf 6 polo, los triunfadores y los derrotados, no 
desperdiciándose un sólo detalle capaz de despertar interés. 
Es infaltable también, la parte chistosa, la broma política^ 
y ella apunta en forma de dibujos caricaturescos extrava- 
gantes, de líneas perdidas, que consultan la afición de mu- 
chos, dadas las tendencias multiformes, complejísimas, del 
espíritu páblico. ¿Acaso infinidad de personas no compran 
el Herald sólo por el placer de saber quienes se casan por 
relame y ofertándose á tanto por ciento? No he incluido. 
á los avisos en el número de las secciones porque ello?, 
desplegando agilidades de fuegos fatuos, revolotean por todos 
los rincones insinuándose con sonrisas, como las caras bo- 
nitsis. Otra característica: el anuncio no se relega al fondo 
de las hojas, á la última estiva, cual si su misión fuera servir 
de lastre, y esconderse en la bodega del barco, debajo de 
la línea de flotación. ¡Si el anuncio, bien presentado, vale 
casi tanto como un suelto de crónica; si el tiene la misión 
picaresca de los lunares: si, colocado con acierto, rinde efecto 
semejante al de una flor roja puesta en el peinado de una 
morena ! Comprendiéndolo así se le abre espacio distinguido 
desde las primeras páginas y, para no romper la relativa unidad 
del conjunto, figura á los costados del material informativo, flan- 
queándolo. Así, generalmente, de las siete columnas de cada 
hoja, dos, tres, cuatro le pertenecen, arreglando el todo para que 
esta alianza beneficiosa no se interrumpa. Algo que sorprende 
es la ausencia de servicio telegráfico organizado, en la casi to- 
talidad de los diarios. Pero se explica: aquí sók) se preocu- 
pan de los asuntos propios y poco, nada les importa sabéis 



318 LUIS ALBERTO DE HBRBERA 

que el czar de todas las Rosias está resfriado 6 que Sod 
América existe. Confieso qoe, en «i priocipio^ me costó 
reemplazar por los nuestros estos diarios tan movidos, tan 
llenos de faces de linterna mágica; pero en la actualidad ya 
les he tomado el gusto, los encuentro excelentes, muy entrete- 
nidos, y sólo pienso qne es llegada la hora de que nuestros 
mejores órganos de propaganda escrita acentúen la impuesta 
reforma que ya asoma tímidamente las narices en alguno de 
ellos. Necesitan abandonar las viejas cacharpas y hacerse más 
fluidos, más enciclopédicos, talvez más minuciosos en la no- 
ticia local y menos extensos en el comentario extranjero. Bien 
sé que todo esto suena mal, casi irreverente. ¿No acabo de 
decir que á mí me ha costado rendirme á los prestigios de 
la radical evolución? Nuestro público es muy rutinario en 
esta como en tantas otras manifestaciones, y su apego á la 
tradición vetusta bastante perjudica. Pero los llamados á 
dirigir deben romper de frente con la costumbre cuando la 
costumbre importa un atraso. ¿Cómo implantar esas innova- 
ciones cuando la protección de los lectores es tan mezquina? 
Habría motivo para argumentar así si uno tomara el ejem- 
plo de ese New York Herald^ cuyas maquinarias, que tra- 
bajan á la vista de los transeúntes, imprimen trescientos nciil 
ejemplares de dos páginas por hora. Ese caso colosal no 
admite paralelo en el universo. Pero^ veamos en otro es- 
cenario más adaptado al nuestro en tamaño. La población 
de Washington es mayor en cincuenta mil habitantes á 
la de Montevideo, pero como por cada dos blancos tiene 
ella un moreno, podemos aceptar que el radio de la pro- 
paganda escrita tiene idéntico alcance en ambas ciudades. 
Sin embargo, aquí los periódicos encuentran mucho mayor apo- 
yo en el público. The Evening Star vende entre quince y 
veinte mil ejemplares. Pero notemos como este órgano retri- 
buye ese favor, cómo lo ha conquistado. El ofrece á la 
atención callejera veinte páginas de composición al precio de 
dos centesimos; en New York todas las hojas, entre semana, 
valen un centesimo. ¿Por qué no podremos nosotros tener 
diarios semejantes? No me escapa que para que así suce- 
da es indispensable que la hoja noticiosa merezca más deman- 



DEBDE WASHINGTON 319 

da de noeetro público, bastante perezoso para leer 7 habituado 
d pedir prestado el diario al almacenero de la esquina; pero 
también es necesario que los editores mejoren la oferta, que 
la hagan más novedosa. Para concluir: aquí, en la fachada de 
las redacciones aparece siempre, reproducido en grandes ca- 
racteres negros, el índice de las noticias importantes del día. 
De manera que todo el que pasa puede informarse de las 
ocurrencias locales 7 no locales, dignas de conocerse, alzando 
la vista hasta esos carteles de información condensada. ¿No 
obedece esto á un propósito acertado y liberal? Dirá alguno, 
olvidando que con esos 7 tantos otros sebos por el estilo 
se gana popularidad, ¿pero si se dan las noticias así, á 
todos los que pasan, quienes comprarán luego el diario? 
Raciocinio tan pobre este como lo sería el de un agricultor 
que, invocando razones de estricta economía, sólo echará una 
semilla, en vuz de dos, en cada hoyo exponiéndose á perder 
por amor exagerado á un grano viejo, la propiedad mil 
veces compensadora de muchos nuevos! 






XV 



El Congreso de Americanistas — Las investigaciones arqueolósicas — 
Norte América "for ever" — Las lenguas muertas — Descifranda 
gerogiíficos — Gira de congresales — Las fundiciones de Pitts- 
burg — Maravillas de la industria — ¿Una superchería de Oolón7 



En esta tómbola de impresiones hoy le toca el turno al 
Congreso Internacional de Americanistas, que acaba de cele- 
brar en la ciudad de New York su décima tercera sesión, 
bajo los auspicios del Museo Zoológico. Tuve el gusto de 
asistir á sus deliberaciones experimentando, á la \ez, el dis- 
gusto de poner á contribución mis deshilacliados recuerdos 
sobre etnología continental, cuyo origen gaseoso se remonta á 
la época en que era profesor de Historia Americana y Na- 
cional, pero sin discípulos, en uno de los colegios montevi- 
deanos. Por de contado que, si hice por retemplar remi- 
niscencias que desde tiempo atrás arrastran vida agónica, 
recluidas á algún mal cuartujo de mi memoria, fué simple- 
mente para estar en aptitud de constituir una parte infinite- 
simal de auditorio. ¿Para concurrir á un baile no se impone 
vestirse de gala; para formar en filas no deben los oficiales 
ceñirse la espada? Pues al convencionalismo social y á la 
ordenanza militar agrego la imposición intelectual que con- 
siste en la obligación cortés que nos ordena agotar los esfuer- 
zos ))Osibles y naturales para colocarnos siem(>re al nivel de 
la cultura de nuestro interlocutor y estar, por lo menos, en 
condición de escucharlo cuando él diserta y esclarece sus 
conceptos. De lo contrario, estamos muy expuestos á que 
nos suceda lo que á las perdices, víctimas, á menudo, de los 

2L 



322 LUIS ALBBBTO DE UERRBRA 

hilos de los alambrados, por culpa propia, por volar tan bajo. 
Remocé cuanto pude mi erudición á la violeta sobre las gran- 
dezas mu artas de la América y 6obre sus miBteríos prehis- 
tóricos. De paso, y ai]uí en la intimidad, ¡cómo cuesta 
despertar las ideas adquiridas y ponerlas en línea después 
de vacaciones de años! S.i desperezamiento, primero malhu- 
morado y soberbio, me evoca al rey de las selvas cuando 
después de un prolongado descanso abre ios ojos satis- 
fecho pero rugiendo por costumbre. Concibo al espíritu 
como un salón inmenso, alto, altísimo, que con Hugo ó 
Zola tiene cápula, como los tetuplos, y que en el caso 
de cualquiera de esos miserables que afrentan á la especie 
humana, reclama el complemento de rejas y de puer- 
tas dobles, como las cárceles. Las paredes de ese salón se 
hallan cubiertas por series interminables de estantes super- 
puestos, en los cuales va colocando pacientemente el pen- 
samiento sus conquistas buenas y sus conquistas malas de 
todos los días. ¡La cantidad infinita de mercaderías, todas 
Á depósito, que entran en ese gran almacén imaginativo, que 
atestan á diario sus espacios, que reclaman imperativas su 
hospitalidad, empezando á disfrutarla antes de obtener el 
consentimiento de la dueña ó del dueño de casa! ¡Tarea 
aplastadora, genial, ordenar todos esos elementos de sabi- 
duría y, en último término, organizados en un todo original 
y fecundo, susceptible de ser enfrenado por una voluntad 
superior! Quienes poseen esas condiciones sobresalientes de 
disciplina cerebral se encuentran en la situación envidiable 
de esos tenedores de libros cuya habilidad alcanza al punto 
de poder decir, sin vacilar, cuando se les interroga por sor- 
presa, en qué libro y en qué folio existe tal ó cual asiento. 
Pero algo muy distinto sucede á la vulgaridad. Es cierto; 
se conserva memoria vaga de haber aprendido nociones so- 
bre una rama determinada do ciencia, pero ¿cómo encontrar 
esos antecedentes reveladores en los senos caprichosos del 
caos; cómo arrancar la luz, que es orden, de las enti*añas 
de la anarquía, que es sombra? Sí; allí, en el raro salón 
de marras, están archivados los conocimientos que se buscan^ 
más, la dificultad estriba en ubicarlos, en quitarles de en- 



DB8DB WAfWVaTON 8&B 

fAaoM el plomo de otras ecoooiBÍas inteleotuales porqiie suele 
fliioeder que las piezas de seda más fina se pierden aplastadas 
por montoJMS 7 mootones de género de á dos vintenes el me- 
tro. Al fin, y á fuerza de empeños y de recapacitaciones^ se 
saca á la superficie, á la actualidad, á esa idea cautiva de 
las otras en el fondo del mar. Pero, á menudo, resucita 
ella tan mutilada y maltrecha que más valiera haberla de- 
jado seguir hundida en el pecho del pasado sin fronteras, 
señalando, como una cruz, la sepultura de un vértigo 6 de 
un aliento sabio. La vitalidad perdida no se recupera jamás 
y, ¿para qué convencerse de ello cuando en la duda se pre- 
fiere suponer que se ignora sea así? En tai caso ocurre lo 
que con las personas enterradas por la naturaleza cruel en 
esos cementerios del mundo que se llaman Pompeya y Her- 
cnlano. Apesar del tiempo transcurrido, todavía conservan 
ellas, en su estado de calcinación, el mismo aspecto de los 
vivos, sin que el desastre les hava arrebatado, en aparien- 
cia, su naturalidad; pero bastará que se rompa la lápida de 
lavas, hoy protectoras, para que al contacto del aire quede 
todo reducido á un puñado de cenizas. Sin embargo, en otros 
casos, contados, pasa lo contrario y, como el grano de trigo, 
todavía fecundo después de un sueño de miles de años en 
los sarcófagos egipcios, diremos que llega vigorosa la idea 
f^mtnnaAít al olvido, — obUgáudolos aquí á ustedes á digerir otra 
comparación con asuntos más viejos que la envidia. Antes 
de que me interroguen maliciosamente, confieso que á mí, 
por lo general, se me presenta la primera y no la segunda 
de las emergencias apuntadas. Con seguridad que nada apro- 
xioaa más al concepto de los conflictos surgidos al pié de la 
Torre de Babel, que estas asambleas internacionales, cuando 
son numerosas y sobre todo, cuando los sabios ocupan en ellas 
mucho espacio. £n su seno se reproduce el espectáculo cu- 
rioso de la confusión de las lenguas. £1 Congreso de ame- 
ricanistas da buena fé de tan pintorescas dificultades, pues 
los principales idiomas del globo ocuparon la tribuna, ofre- 
ciéndose el caso gracioso de que á un expositor español le 
surgiera un contrincante en inglés y un aliado en francés. 
Por eso tuvo fuerza contundente, si bien no acreditó sus 



324 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

cualidades de políglota^ un delegado canadiense que solicitó 
la versión verbal á su idioma de todas las alocuciones; ü lo 
que replicó, noblemente j muy en armonía con las cortesías 
felinas del Kaiser, el simpático Karl von den Stroner, re- 
presentante de la Universidad de Berlín, que ese procedi- 
miento no correspondía por ser el francés el idioma oficial 
de las naciones. Como si fuera poco trabajo atar tantos 
cabos de distintas arboladuras, todavía agregó al carácter 
especial de la asamblea nuevos elementos heterogéneos la 
diversidad de opiniones dominantes entre estos señores sa- 
bios que, ó no tienen pelo ó lucen plateado el poco que 
como transacción les dejó la naturaleza. Ser sabio, ó por 
lo menos, sabio americanista, tiene sus bemoles. Me gus- 
taría serlo y no serlo, á la vez. Aquí hay entrada para 
aquello de la c Verbena»: cel corazón que sí, la cabeza 
que nó», pero invertido en sus términos. Por supuesto que» 
si lo meditamos, conquista la idea de hacer jornadas in- 
teresantísimas de índole retrospectiva y de sentirse al- 
gún día con fuerzas suficientes para encontrar en reliquias, 
— vasos sagrados, piedras y ruinas maravillosas, — la fe 
de bautismo de las grandes razas desaparecidas, y leer 
sus jeroglíficos reveladores con la misma seguridad y sol- 
tura con que devoramos el material de una hoja de la tarde. 
Pero si dejamos hablar al sentimiento, que todavía no ha 
encanecido, parece demasiado caro el precio de semejantes 
victorias científicas. Ellas exigen devociones muy severas ó im- 
ponen el sacrificio total de las distracciones mundanales que, 
al fin y al cabo, frivolas ó no, ayudan á cruzar con bastante 
alivio las arenas del desierto. Entre una brillante exposición de 
pinturas modernas y alguno de esos mamarrachescos pintarra- 
jos de nuestros tartarabuelos bárbaros; entre el mármol de actua- 
lidad, que señala el triunfo de un cincel soberano, y los cacharros 
estrambóticos de la era pre-colombiana, que apuntan la más cruel 
venganza de las tribus inmoladas, — porque á su alrededor y 
en el empeño de descifrar su significado simbólico han re- 
ñido, como cimarrones, los intérpretes de la más alta ge- 
rarquía,--no vacilan medio segundo los elegidos y brindan 
todo el lote de sus preferencias intelectuales á las cuestio- 



DESDE WASHINOTOK 325 

nes más pretéritas. Los que evidentemente no hemos na- 
cido con propensiones sabias 7 mucho menos en materias 
tan apartadas de las inclinaciones de nuestro temperamento^ 
comprendemos mal^ á buen seguro, los deleites, que se di- 
cen superiores, de las investigaciones á las comarcas hela- 
das. ¡Penetrar por placer en los dominios de un pasado, al 
cual solo se llega dando pasos centenarios; ir á despertar en 
«u sueño de piedra á las civilizaciones muertas, pulveriza- 
rlas ya, como los huesos humanos, bajo la acción del tiempo; 
preferir lo que fué á lo que es, cuando al frente nos llama 
con acentos deslumbradores la vida, el movioíliento, la acti- 
vidad excelsa, práctica, nerviosa, con sus dolores que son 
deber y con sus alegrías qne son derechos! ¿Qué pueden 
interesarnos á los hombres del presente las vicisitudes de 
los indios, arrancados de raíz como los árboles más sólidos, 
por el huracán de las épocas coloniales, si comparamos el 
atractivo de esas pesquisas arqueológicas, con el muy palpi- 
tante, con el irresistible imán que determinan Marconi, ha- 
ciendo cabalgar á la palabra hablada en el lomo intangible 
de las ondas eléctricas, con burla incalificable de los mares 
y de las más elevadas montañas; Tolstoi, liberando concien- 
cias y cortando cadenas en el fondo de Tas estepas rusas, 
que todavía, como estigma de galeote, presentan sobre su 
frente el rastro horroroso y sangriento del camitio que con- 
duce á las tumbas de Siberia; Heriberto Spencer, encendiendo 
d fanal del criterio positivo en las cumbres del pensamiento 
moderno; Lombroso y Ferri, encontrando los pergaminos del cri- 
men en las fisonomías de los delincuentes de mañana; y Kruger, 
tíltimo pié de verso de un conmovedor poema trágico, acusando 
inquebrantable á Inglaterra, desde la Santa Elena que su pa- 
tíotismo herido decretó, de haber dado una heriAana maniatada 
á esa Irlanda, también ~ infeliz y dominada como Sud África? 
Bien comprendo que al expresarme así estoy sentando carta 
de rematado ignorante. Así sea. Pero no me condenéis irre- 
misiblemente. A pesar de mi estrabismo, tengo vista bastante 
para percibir el contomo de ciertas refinadas bellezas intelec- 
taales. Debe tener encantos singulares, lo comprendo, lan- 
jEarse á la caza de un origen, perdido en lo jtoBdo- de las 



326 lüh aXiBBBm de h»»¡ikba 

tinieUiiB; apoderare de las tcadicione» aogostás, galvaniearlaa 
á fuerza de talento j de peraeveranciat para obligarlas á 
entregar enseguida el testamento sociiá de las civiluBacionea 
á que pertenecieron; escarbar en la tierra^ qne es nn osario 
inmenso, el más rico de los archivos del universo^ para poner 
en descubierto galerías adivinadas, templos, monolitos, cíuda^ 
des gloriosas que fueron, y arrebatar á esos elementos pre* 
eiosos de prueba, el testimonio irrefotable que dan sus ins- 
cripciones figuradas. ¡Debe encelar al pensamiento esa tarea 
permaneute de salvataje, de indagación apasionada en el 
escenario de un naufragio! Lo cierto es que cada edad tiene 
sos aficiones propias y características, del mismo modo que 
á cada estación corresponden distintas flores, y por eso, cuando 
todavía se disfruta de una postdata de juventud, se concibe, 
sí, pero no se valora bastante la abstracción, el esfuerzo 
científico, la pureza de espíritu que demandan esas explora- 
ciones desinteresadas á los campos del silencio y de la duda, 
que se me representan como regueros de luz denunciadora 
de verdades. El Congreso de Americanistas que acaba de 
celebrarse ha incor|iorado elementos valiosos al índice de los 
trabajos ya concluidos. De México siguen extrayéndose pie* 
zas de hermosa convicción pre-histórica y aún los pro- 
fanos pudimos admirar ciertos primores de líneas y de dibu- 
jo, de una sencillez elegantísima, que sorprenden por el 
parecido extraordinario con los diseños griegos. La mis- 
ma corrección, el mismo capricho; igual sobriedad clá- 
sica en el adorno. Los cientos de esmeraldas grabadas 
que se han encontrado recien en las entrañas inagotables del 
monte Alban, los jarrones, cinoelados con tal esmero que se 
piensa involuntariamente que ellos fueron labrados de encaigo 
para brindarlos á la posteridad, y las rail chucherías en 
exposición, de las cuales cada una tenía su objeto en la 
vida diaria^ previsto con toda exactitud y tino, denotan mi 
grado tan avanzado de cultura y de sabiduría que se conei-* 
ben como grandies agrupaciones artísticas é induatrioBaa á 
eses pueblos, detenidos en su apogeo pacífico por iaa ai 
eiaa. comaneoseas de Hernán Cortés, lo misma. qoe á 
asleceaores eá las regiomes del valle de Máxiocr. Otra taata^ 



DE8DE WASHINGTON i^ 

aunque en rumbo no del todo idéntico, puede afirmarse d& 
lá nación madre que cuajó sus energías en él Yucatán, de 
esa civilización maya que muchas estupefacciones ha provo- 
cado poniendo en descubierto sus secretos. La sefiora Nut- 
tall, que ocupó brillantemente la tribuna del Congreso, acaba 
de reproducir, bajo los auspicios de la universidad de Har- 
vard, un documento escrito en lengua mat/a, de diez y siete 
metros de extensión, en cuyo desciframiento completo se 
trabaja ahora febrilmente. Mucho se le debe á Norte América 
en la investigación de tales tesoros. Los centros docentes 
de más nombradla han enviado, con sus propios recursos, 
numerosas delegaciones técnicas á Guatemala, á Honduras y 
á México, pudiéndose afirmar que á esas empresas autoriza- 
das y tenaces somos, casi en exclusivo, deudores de lo mu- 
cho adelantado en loa últimos tiempo?, pues, con excepción 
del gobierno mexicano, ningún esfuerzo de labor concomitante 
existe en los dominios clásicos de la antigüedad en este he- 
misferio. Quienes no concluyen de convencerse de las capaci- 
dades estudiosas de esta raza y persisten en sostener que sólo 
irradia claridades ese gran foco que se llama la Francia, 
debieran obtener el volumen en que aparecerán publicados 
todos los trabajos leídos en el Congreso. Razón, sobrada 
razón, tuvo el insigne arqueólogo mexicano don Alfredo 
Chavero, al agradecer á los erndidos de la nación vecina su 
incansable y fructífera colaboración indagadora. Represea- 
taba en la asamblea á la noble república del Paraguay 
nuestro distinguido compatriota don Adolfo Alonso Criado 
y á la Argentina el erudito don Juan B. Ambfosetti, miem- 
bro principal del mu!>eo de Buenos Aires. Por cierto que 
hizo papel lucidísimo este caballero amigo, en el curso de 
las sesiones, llamando la atención entre los competentes sus 
observaciones escritas sobre los indios calchaquies y la forma 
precisa en que comentó sus similitudes ccm algunas tribus 
originarias de Norte América. Y no cerraré estas justicie- 
ras líueas sin incluir en ellas dos referencias personales que 
é^endefn honor hasta el nombre de la patria. De las in'^ 
testaciones realizadas por el oriental Samuel A. Lafdne 
Qivivado^ en la serranfits oatamarquefias, oí hacer elogios muy 



328 LUIS ALBERTO DE HEEREBA 

cumplidos; mienh'as, por otra paite, con motivo de mi proee-* 
dencia uruguaya, se me habló más de dos y de tres veces^ 
con verdadero cariño científico, de don José de Arechava- 
leta que ya es también uno de nuestros paisanos, y á buen 
seguro, que uno de los mejores. ¡Con cuánto placer recojo 
estas reminiscencias agradables que serán gratas al viejo y 
benemérito profesor de nuestro museo! Entrar á la enu- 
meración de los trabajos leídos sería emprender una ta- 
rea abrumadora pues ellos casi alcanzaron á un centenar. 
Sólo cabe exponer que no se exagera al decir que todas las 
penumbras que todavía flotan sobre el recuerdo de las civi- 
lizaciones indígenas de este hemisferio, fueron atacadas con 
singular ahinco científico, y preciso es reconocer que si ellas 
han resistido con éxito á este y á anteriores avances^ se 
debe á la circunstancia de que ni hay lente de aumento ni 
tenacidades capaces de encontrar flanco vulnerable á tinieblas 
prehistóricas y de intención .eterna. Mucho hermoso se ex- 
puso, muchos párrafos útiles se leyeron sobre asuntos i*eiati- 
vamente modernos en su mayoría y remotísimos algunos; pero 
«nadie pudo remover el gran misterio, arrojar una claridad 
sobre el origon del hombre americano. Ardua cuestión que 
plantea una de las más rebeldes interrogaciones retrospec- 
tivas. ¿Fué autóctono el habitante primitivo, ó lo arrojó á 
estas tierras paradisiacas, como una resaca, la ola de las emi- 
graciones asiáticas, ó vino de la Enropa navegando ó corrién- 
dose por esa Atlántida de Platón, maravilloso puente leva- 
dizo quitado después por un capricho geológico? ¿Quién se 
atreve á sentar una prueba definitiva, inapelable, clara como 
el entendimiento humano? Alabadas y razonadas conjeturas 
se han tejido haciendo argumento de antecedentes más firmes 
que simples esfuerzos imaginativos pero, sin embargo, ahí 
está, siempre indescifrable, el colosal geroglífico. Porque ea 
esta materia ocurre algo idéntico á lo que pasa con las ge- 
nealogías cuyo último eslabón para atrás se pierde en el tomo 
de un Asilo de Expósitos, ¿cómo recuperar la senda ver^ 
dadera que ha desaparecido en el dédalo infinito de la encru- 
cijada, cómo probar irrecusablemente un linaje arrancado 
del abismo de la nada? ¡Misterio, formidable misteriO| mía 



DESDE WASHINGTON 329 

"poderoso que la alianza de todas las cariosidades de la san^ 
gre! Fracasada la demostración clínica queda abierto el camino 
á las presunciones — á las lógicas y á las temerarias — por qne 
las tradiciones muertas se asemejan á ciertos retratos al óleo 
en la especial particularidad do que cualquiera sea el punto 
desde que se las aprecie, ofrecen un rasgo de suprema exac- 
titud. Cuando se las usa como pelotas de goma — lo que 
sucede muchas veces — todo depende del pique. La nariz de 
Fulano, su frente, el color de sus ojos, su cabello, la forma 
de su cráneo, el corte de la oreja, denuncian su parentesco 
con Zutano; ¡á cuántos extremos acertados y á cuántos ex- 
tremos falsos conducen esas asociaciones! ¿Y cómo des- 
'iindar, de manera irrefutable, las unas de las otras? Porque 
la alta investigación americanista no consiste en entregarse 
á tanteos policiales, tan folletinescos como los de Gaboriau, 
y en afirmar que los habitantes primeros vinieron de las re- 
giones amarillas, fundándose en aquella similitud conocida de 
los nombres chinos, Hong-Kong y Shanghai^ con los de 
Con-Con y Cbancai en las costas del Pacífico. La gran 
-ciencia exige aseveraciones menos lijeras y más contunden- 
tes. ¿Alguna vez se conseguirá arrebatar su precioso secreto 
al pasado, á ese pasado impenetrable hasta hoy y lleno de 
arrugas, como la piel de ciertos paquidermos, y también lleno 
de gestos de csfínge, de codicilos y de cláusulas tenebrosas? 
£1 punto final del Congreso lo constituyó un paseo de 
«na semana por Filadelfia, Washington, Cincinnati, Pitts- 
buigo y Chicago. Dentro de esa fracción de tiempo caben 
algunos de los días más agradables, más instructivos que 
he pasado en esta tierra. Cuando existe buena disposición 
de espíritu nada afloja tanto como los viajes, las hebillas de 
laa armaduras etiqueteras. Eramos mas de treinta los expe- 
dicionarios; todavía conservo el eco atrayente de los exce- 
lentes ratos pasados en colectividad, en constante bn>ma y 
algazara! Haciendo honor á las sonoridades fraternales de 
8a nombre, Filadelfia nos recibió con los brazos abiertos. 
La universidad de Pensylvanía— inmensa, rica, próspera é 
independiente, como todas las instituciones de su género 
aqoí^ — puso sus museos, bibliotecas, gimnasios, y cátedras 



390 LUId ALBERTO DE HERftERA 

á la entera disposicidn de los extranjeros. Si no me ator^ 
tnentara^ con presiones de torniquete, la preocupación de no 
abusar de la hospitalidad del diario amigo, ¡cuánto tendría 
que decir sobro esa monumental casa de sabiduría fundada 
por aquel Benjamín Franklin, que un día remontó cometas 
para amansar á los leones del cielo, arrebatando el rayo á 
las nubes, 7 que otro día, vestido como un aldeano, com- 
parecía ante la corte aristocrática de Luis XVI, emisario 
de una patria naciente, para amansar, con su republica- 
nismo, la soberbia de los leones de la tierra! Hay ciertos 
detalles do enei^a tan preciosa que seria lástima dejarlos 
pasar: al recorrer uno de los infinitos gabinetes de trabajo 
recuerdo que interrumpimos en f»u tarea á una gallarda seño- 
rita; entregada al afán intelectual de traducir á su idioma 
el texto de unos caracteres caldeos, grabados sobre una 
piedra, y que á mi me parecieron igualitos á los pequeños 
garabatos que trazan las picaras moscas, cuando decoran con 
el pincel de sus extremidades las cumbres do las golosinas 
recien salidas del horno y todavía pemi-líquidas. 

Durante siete días lo pasamos de banquete en banquete, 
pero ningimo tan sugestivo como el que nos brindó esa c¡u-> 
dad de Filadelfia, esa metrópoli de las históricas rebeliones 
cuákeras. Se obligó á todos los presentes á expresar en alta 
voz algán pensamiento amable, y como la sinceridad es la 
madre legítima de la mejor elocuencia, el cometido fuó para 
todos fácil. A buen seguro que dio la neta más alta 7 
original uno de los profesores de la universidad de Har- 
vard, espetándonos párrafos de simpatía en un dialecto indio» 

fistoy cierto de que hasta los mismos congresales se qtieda- 
ron á oscuras, aunque yo fui do los pocos que así lo con- 
fesó. Espiritual fué otro brindis en favor de los Ame- 
rimls. He ahí una voz inventada por algunos eruditos de 
este país y formada con las palabras América é Iniio^ di- 
rigida al objeto de designar á los nativos de este hemisfe* 
rie. Po^ incidente se comentó esta creación caprichosa, en 
el seno del congreso, y demás está decir que fué repudiada 
por imp^ia é inneoesatia. ¿Qué término má« expresito, 



más detérmiDalivo^ qae el de Indias^ eiibplemetíte, para cBb^ 
tínguir á loe aborígenes de nuestro continente? 

Como quien saca á la suerte cartas de un maso de ba- 
rajas tomo, al aeari una impresión del ramillete que guarda 
de aquella placentera jomada y encuentro que exelaman^ 
¡présente/ tas grandes fandictones de acero de Pittsbui^. 
Este tema sólo^ interesantísimo bajo mnchos aspectos^ esigi*' 
ría un artículo. Mejor lo comprenderán así quienes, por la 
lectura de una hermosa descripción que del Creusot haee 
el académico Gabriel Hanotaux, han podido darse cuenta de 
las opulencias técnicas j laborantes de los establecimientos de 
esta índole. ¡Veinte y dos mil obreros en actividad! Ese 
dato numérico posee tan arrastradora y positiva elocuencia 
que una vez lanzado, yo tendría justo pretexto píira no en-* 
trar en mayores comentarios. Pero en esta oportunidad mi 
espíritu no quiere el auxilio de las excusas, que su pobre^sa 
no se confunde con la aridez absoluta. ¿Para cuándo queda 
el entusiasmo de las fascinaciones artísticas y en qué fechad 
viste traje de gala la imaginación, si es cierto que ella no 
se conmueve y no se estremece, como las cuerdas de un vio- 
lín al contacto del arco, en presencia de ciertos derrochecí 
soberbios de la realidad? Veinte y dos mil obreros aliados 
en un mismo esfuerzo! Los acoge de día una ciudad ner-« 
viosa, llena de ruidos atronadores, de trabajo incesante», que 
tiene pus atributos en el martillo y en la fragua, en el horno 
y en las calderadas de metal hirviente: el taller. Los ampara 
ée noche, otra ciudad, hija de la anterior, tranquila, prós- 
pera, feliz, que sólo conoce los bullicios de las agitaciones 
domésticas, que sólo habla de la santidad del reposo bien' 
ganado: el hogar. ¡Cuántos miles de hogares tienen por ct-« 
miento de so dicha á las fnndiciones de Pittsburgl 

Intentaré caracterizar su funcionamiento en cuatro rasgos 
de bosquejo, fkitamos en galpones inmensos y de atmósfcm 
ealdeada. Usando anteojos- apropiados, porque la vista no 
resiste á esas impresiones demasiado vividas, podemos obser^ 
var al mineral fosionándoBO en ei fondo de- recipientes da 
aaderior gnmítíaoí ¡Qué oárcel fírme demandan esas olas dm 
fu ego pvMwaeras que lamen las paredes del boato vomitandoi 



332 I.ÜIS ALBERTO 1>E BERRERA 

8U8 cóleras en forma de edpatnas que al salpicar * parecen 
festones de oro! A cada instante se arrojan nuevas carra- 
das de piedra al seno de aquel pozo vengador que nunca 
se cansa de devorar pedazos de las entrañas de la tierra. 
A cada instante sube en su nivel aquel caldo ígneo^ y 
cuando sus gorduras llenan todo el espacio amurallado y se 
miran desdo afuera y desde cierta distancia las evoluciones 
de aquel líquido enloquecido y deslumbrador, que se ierguo 
en columnas de fuego, que cruza á latigazos su mismo ros- 
tro, que dilata y encoge sus espirales quemantes, se piensa 
involuntariamente en el horrible proceso de las primitivas 
formaciones geológicas, cuando nuestro mundo, un* ápice de 
materia cósmica, fué lanzado á la orfandad de los espacios 
y empezó á navegar, perdido y no perdido, en el infinito en 
mérito de las admirables leyes astronómicas explicadas por 
el ilustre Laplace. Así, ofreciendo ese espectáculo endemo- 
niado, habrá rodado por siglos y por siglos nuestro planeta 
aumentando en el vuelo su ropaje flamígero con la velocidad 
de su marcha, como sucede siempre á las víctimas do las 
llamas, que corriendo para huir del peligro aumentan su 
propia desgracia. ¡Cuántas rotaciones desesperadas han debido 
cumplirse, antes de que las brisas del abismo consiguie- 
ran aplacar los ardores de la hoguera errante y compri- 
mir sus furias epilépticas! Los gérmenes de la vida, loa 
gérmenes de la muerte, lo que fué, lo que será, la filiación 
de todas las cosas ciertas, se pierden en el fondo de una 
fragua prehistórica, idéntica á la que yo vi funcionando en 
Pittsburg, pero millones de millones de veces más grande, 
más salvaje, más espantosa y sublime. Y sin embaí^, eae 
todo, que comparado con lo pequefio al alcance de nuestros 
sentidos parece colosal, no pasa de ser una despreciable lá- 
grima desprendida de los párpados del astro central. Y á 
su vez, ese nuestro sol magnífico, que suma la más alta 
expresión de las grandezas físicas concebibles, que sirve de 
cabeza real á una multitud de planetas y de asteroides, que- 
da desapercibido en su marcha anhelosa hacia la constela- 
ción de Hércules, cuando se evoca la memoria de loa 
mundos infinitos, de tamafio monstruoso, que cruzan, como 



DESDE WASHINGTON d33 

saetas, por las lontananzas del vacio sideral, mientras Sirio 
persiste en despeinar hacia este lado algunas hebras de su 
cabellera de luces, extendida oiial una escala de plata, para 
humillarnos siempre poniendo en evidencia nuestra ridicula 
insignificancia! 

No me explico cómo, conociendo estos relativismos aplas- 
tadores, todavía levantan su cresta de gallo la vanidad del 
dinero, la vanidad del poder, la vanidad de la ambición 
bastarda, puñado de miserias de un día. Sólo los hombres 
de corazón fuerte, la familia sacra de los sabios redentores, 
los Sócrates, los Platón, los Newton, los Descartes, los Pas- 
teur, los Darwin, tienen derecho á erguir la frente esclarecida, 
si es que el genio legitima las ofuscaciones del orgullo. 
Quienes hemos visto bramar en el lecho de piedra al más 
aniquilador de los elementos y hemos pasado un largo rato 
examinándolo cautivo, viendo como él se revuelve y se en- 
rosca, enfurecido, sobre sí mismo, reacio á la agonía, hemos 
sentido rotar en nuestro pensamiento un paralelo con algo 
gigantesco: con esa olla sepultada á nuestro ]úés, cuyos res* 
piradores son volcanes y cuyo material do ebullición lo cons- 
tituye el dorso de montañas y la carne negra de continentes 
sumergidos! ¡Qué agitaciones de energía satánica deben des- 
arrollarse en las entrañas del astro que, dando ejemplo á las 
hipocresías humanas, ofrece por fuera el espectáculo seductor 
y plácido de superficies casi tersas, pobladas por pueblos 
libres que laboran su dicha, mientras que en el fondo cal- 
cina los cimientos un huracán igneo formidable, tan impere- 
cedero que todavía arrasa comarcas al salir al exterior, apro- 
vechando algunas de las viejas y olvidadas chimeneas! ¿Cómo 
concebir las capacidades de esa horrible marmita interna, 
cómo imaginar la escena extraordinaria que deben ofrecer 
esas inmensas cavernas, esas galerías atadas en forma de 
ovillo, perpetuamente recorridas por ríos de líquido abrasador, 
por Niágaras de fuego, por océanos de espantosa levadura, 
por el eco de truenos que se pronuncian en coro, por trozos 
deslumbradores de cielo, aquí, por nubes tenebrosas, allá^ 
cuando después de dilatarse en toda su extensión admirativa 
el espíritu queda postrado, parece quo cae como un cristal 



a34 LUU ALBBMO 9B lUMBRA 

roto, luego de seguir ea «u te^^a íaiplaoable á los liwuo g 
de lae fundiciones de aeero de Pittsburg? La adoneióa del 
fn^gOy el culto del eol. Ninguna religión pa^uia ofrece un 
simbolismo más esforzado, más denotativo de soberbia ma- 
jestad, que el elegido por algunos de nuestros indígenas para 
representar la poderosa alianza de los misterios generadores 
de entonces: la llama y esa grandiosa antorcha, casi eterna, 
que nos acaricia para salvarnos de la muerte. 

Por medio de pescantes, movidos por la electricidad, el 
hierro fundido se transporta á unas mesas de laminación. 
Ya convertido en pasta se le derrama sobre aquel plato para 
hacerlo pasar bajo unos rodillos automáticos. ¿Quién de nos- 
otros, pronto á apoderarse de los restos, de los despojos del 
combate, no ha sido testigo fidelísimo, cuando niño, de la 
actividad de la cocinera mientras hacia masa y aplanaba con 
el palote el compuesto formado por la mezcla de agua y 
harina? Pues, si ninguna comparación puede ser más pro- 
saica también es cierto que ninguna le ganará á ésta en 
exactitud. El hierro, pegajoso y blando como masa, avanza 
traído por cilindros combinados. A cierta altura se le es- 
polvorea con nickel, para quitarle viscosidad y agregarle 
brille», y luego se le rocía con agua para aplacar su mucha 
sed. Extendido como una sábana incandescente, penetra bajo 
el rodillo que lo espera inflexible para oprimirlo. Un ruido 
ensordecedor, extraño, de acentos confusos, se produce enton- 
ces; parece que se oyera el crujimiento de huesos al rooi- 
persc. Quebrada ya la cerviz, convertida en plancha lisa, 
avanza la materia roja para retroceder y ser sometida de 
nuevo dos, tres veces, al contacto suavizador. Para hacer 
varillas de acero se pasan chorros de mineral, como si se 
enhebrara una aguja, por ojos de moldeo cada vez menores. 
Casi sólo él entra y sale por los agujeros apropiados, para 
extenderse rápidamente, culebreando airado, coa»o una in- 
mensa y preciosa víbora de coral, en una línea de más de 
veinte metros. Para preparar trozos macizos entran en fun- 
ción, aprovechando otras mesas clínicas, martillos y garfios. 
Estos traen y llevan, mientras aquellos castigan los flancos, 
con tanta puntualidad y acierto que creeríase todo responde 



4 un milagro de ti^«. PüUjbaxg oo desoaoaa ea bu tarea 
laborante: de día y de noclxe fuociotia aquel organismo, 
aquel ganglio de organismos^ creado para torturar al hierro 
y surtir de acero á los mercados de las regiones más lejanas. 

Es tanta la influencia social de los grandes establecimien- 
tos industriales, y está ella tan apartada, en lo que alcanza 
la vista ordinaria, de los probicuias apasionados* que cuesta 
á la generalidad reconocer su energía revolucionaria. Los 
talleres civilizan, amansan los soatimientos atávicos, fundan 
la prosperidad de las clases medianas, dignifican al obrero, 
apartan el espectro de la miseria de la casa del pobre, edu-> 
can á los espíritus sin luz, afianzan la religión del fana- 
tismo. Ahí se ponen de pié, proclamándolo así, los tres- 
cientos veinte mil habitantes de Pittsburg y desde tribuna 
más lejana también lo abonan las poblaciones obreras que 
han dado gloria á Francia, honor á Bélgica y fuerza atlética 
á Alemania. ¡Bienvenidas las modernas industrias . que son 
escuela de redención humana! Cada fábrica que se inaugura 
en nuestro país, ya sea ella para hacer fósforos, zapatos, 
vidrio, papel, perfumes, sombreros, azúcar de remolacha 6 
alpargatas, señala un esfuerzo noble, eficacísimo, en pro de 
la causa pública. Por cada fábrica que se abre se cierran 
mil ignorancias empedernidas, al extremo de poderse afirmar 
que las maquinarias crean tantas mercaderías como ciuda- 
danos. £1 día en que por nuestros valles y cuchillas sean fa- 
miliares las chimeneas, flameará más ufana la bandera de la 
patria, porque ella será entonces el símbolo de una inde- 
pendencia más altiva — si posible — y se habrá cerrado para 
siempre el período malsano y anormal de las eternas mur- 
muraciones politiqueras, tan perniciosas á la nación como lo 
son á la reputación de las familias los chismes envenenados 
de barrio. Casi tengo ganas de testar este pá^Tafo, .no me 
vayan á hincar el colmillo y á tildarme de inconsecuente 
porque, sin abdicar de principios de los que no se abdica 
jamás, repito una verdad que me ha iluminado siempre. 
¡Bendito sea pues, ese altar de progreso y de felicidad alzado 
por el trabajo en Pittsburg! 

Las fundiciones ocupan la extensión de un valle, de ma- 



336 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

ñera qae al apartariios de allí^ ya entrada la noche j reco- 
rriendo en carruaje un camino que corona las alturas veci- 
nas, gustamos el epílogo de un espectáculo maravilloso. 
Apesai* de la densa oscuridad reinante un manto de luces 
de oro flota sobre los hombros de la ciudad viríl^ manto 
tejido por el aliento de todas las usinas, que suma un in- 
menso resplandor. Nunca he apreciado un conjunto dueño 
de más rasgos fantá^sticos. La atmósfera blanquísima creada 
por todas las volutas de humo hermanadas; el chisporre- 
teo de las fraguas; los faros eléctricos; el eco, que llega 
amortiguado, de las labores incesantes; la alegría callejera; 
todo eso caracteriza un cuadro que trae á la mente el re- 
cuerdo de las narraciones de las mil y una noches. ¿Habrá 
tenido la pupila de Nerón una escena más grandiosa, más 
imponente, cuando su capricho salvaje ordenó el incendio 
de Roma? 

De prisa á otra cosa. En el Estado de Ohio, cerca de 
Cincinnati, visitamos el paraje conocido por Fort-Ancient — 
fuerte antiguo — en donde se han ubicado los mounds, es 
decir, esas curiosísimas ruinas dejadas por la más remota 
civilización continental. ¡Con cuánto interés las recorrimos 
en largo radio escuchando las explicaciones ilustrativas de 
complacientes guias, profesores de las universidades! Tienen 
los monnds todo el aspecto de primitivas fortificaciones 
guerreras y consisten en enormes montones de tierra, evi- 
dentemente levantados por los aborígenes, que casi alcanzan 
el volumen de ])equeñas colinas. ¡Qué esfuerzo defensivo 
perseverante y monumental! Esas trincheras de las épocas 
perdidas han desafiado el ataque de docenas de centurias y 
el lavaje desgastador de todas las lluvias. ¿Perdurarán 
tanto tiempo como la creación de los bíírbaros las obras 
maestrtts de la ingeniería moderna, tan desafiante como ella se 
descubre en el puente de Brooklyn, la Torre Eiffel, en el mismo 
canal de Suez? ¡Qué severa lección ofrecen á nuestra alta- 
nería efímera esas construcciones silenciosas del pasado máa 
elocuentes y eternas que todos los libros escritos por los 
hombres, más arraigadas que las razas y más duraderas 
que todos los himnos aliados de todas las posteridades del 



DESDE WABHIHOTOir 337 

mondo^ desde Washington á Napoleón! Entre los trabajos 
leídos An el Congreso de Americanistas destacó, por sa'nove^ 
dad^ uno que ya está haciendo ruido en el mundo sabio. 
Fué presentado por el erudito peruano, señor González de 
la Rosa, y llevaba el siguiente título: cCómo hallé que la deno- 
minada correspondencia de Toscanellt fué una falsificación j 
que la ciencia nada tuvo que ver con el descubrimiento de 
América». Apesar de los términos contundentes transcriptos 
conviene esclarecer, en pocas palabrAs, esta tesis pnra com- 
prender el alcance histórico trascendental que ella tendría, en 
caso de ser tan cierta como se pretende. Toscanelli espar- 
ció la fama de su sabiduría por la península itiílica y países 
vecinos en época casi contetnporánea con las investigaciones 
ardorosas de Cristóbal Colón. De conocimientos complejos; 
al igual de todos los estudiosos de su tiempo^ destacaba, sin 
embaído, en las ramas geográfica y astronómica. Hasta ahora se 
ha creído, como verdad inconcusa; que el insigne genovés dis- 
cutió la practicabilidad de sus proyectos temerarios con el 
reputado pensador, dirigiéndole, antes de consumar su hazaña, 
algunas cartas cuyos originales, entiendo, se conservan en la 
biblioteca de Roma. Esas cartas son consideradas precio- 
sas, tanto por las claridades insospechables que arrojan sobre 
los preliminares científicos de la empresa, cuanto porque en 
todo su texto vaga el genio de Colón que, ya entonces, 
con acierto profetice, delinea sus teorías innovadoras, con- 
sagradas ampliamente más tarde por una espléndida realidad. 
Pned bien, el señor de la Rosa sostiene que si por una 
parte Colón escribió esas cartas á Toscanelli, éste nunca 
pudo recibirlas, por la sencilla razón de que ya en esa 
fecha había muerto; y que, en consecuencia, las respuestas, 
tan sonadas, del mismo, que también se conservan como reli- 
quias, fueron falsificadas por el mismo Colón! Aán queda 
algo más: esos documentos de autoridad proverbial hasta ahora, 
ni siquiera fueron forjados antes del descubrimiento, sino 
que después, á su vuelta á España, el gran almirante de 
las Indias, deseoso de rodear su nombre con todos los pres- 
tigios de la ciencia, tejió ese material inventando antece- 
dentes de polémica sabia á su buena fortuna, explicándose 

22 



338 LUI6 ALBERTO DE HERRERA 

así la admirable exactitud do sus apuntados vaticinios. ¿No 
es para caerse de espaldas? Declaro que un pistoletazo no 
me hubiera conmovido tanto en mi asiento. El señor Henry 
Vignaud^ miembro de la Embajada norte-americana en París, 
acaba de publicar un volumen, que está siendo devorado, 
sobre idéntico asunto. Por io demtís, el señor González de 
Im Rosa posee reputación como filólogo é investigador pro- 
fundo. Durante el viaje que hiciéramos juntos en ferrocarril 
tuve el placer de escucharle, durante horas enteras, sin volver 
de mi asombro ante sus afirmaciones categóricas que, á ser 
confirmadas, vendrán á dar un vuelco completo á todo lo 
que se ha aceptado y se ha escrito sobre Cristóbal Colón j 
sobre el descubrimiento de la América. Por espacio de diez 
años el señor de la Rosa ha vivido entregado en absoluto 
á sus exploracione3 retrospectivas pesquisando el asunto en 
sus mismas fuentes y recorriendo, al efecto, las principales 
bibliotecas de Europa. Ha estudiado, párrafo por párrafo, los 
papeles existentes, siguiendo el desarrollo minucioso de las 
anotaciones puestas en el diario de navegación, de puño y 
letra del mismo Colón. Sería interminable repetir aquí sus 
novedosas manifestaciones, pues, derribado con todo riesgo 
el primer cimiento, caen por tierra casi todos los esla- 
bones de una esplendorosa leyenda redentora. £1 señor de 
la Rosa tuvo la bondad de soportar mi largo interrogato- 
rio de profano y diré que sus respuestas revoluciona- 
rias han aumentado en cierto sentido mi sorpresa. Le 
oí decir que Cristóbal Colón no poseía la talla cientíBca 
que se le ha atribuido; que la existencia de la América 
ya se conocía cuando él la encontró; que su único mérito 
consiste en haberla ido á buscar siguiendo las mismas rutas 
indicadas por otros; que el verdadero descubridor fué un 
marino, hasta ahora ignorado, que en su lecho de muerte 
eonfió su grandioso secreto á su confesor, un tal Juan Pérez, 
que lo trasmitió al navegante afortunado á fin de qne éste 
lo aprovechara en beneficio propio; que el padre Marchena 
era otra persona distinta del fraile recién citado. cPero 
¿cómo explica usted, decía yo animándome y con atrevimiento 
de pilluelo á mi distinguido interlocutor^ el antecedente esfor- 



DESDE WASRlNQTOir 339 

zado qne señala aquel viaje de Coldn á Portugal, mnohoÉ 
años antes del descubrimiento^ para impetrar el apoyo de 
aquella corte?» cTodo eso es mentira», me contestó. — «¿Y 
cómo desvirtuar la realidad de aquellas discusiones en las 
que el marino genial se puso sólo frente al error geográfico 
Sostenido por los sabios de Salamanca insistiendo en la re- 
dondez de la tierra y en otras célebres predicciones?» — 
€ También mentira» se me replicó — c ¿Entonces la gloria de 
Cristóbal Colón, dije, sonriendo, es una mistificación grosera?» 
— cPor supuesto». — cPues declaro que la versión sustitu*- 
yente posee el colorido maravilloso de la novela del conde 
de Montecristo y que no me conformo con qne se reemplacen 
las estrofas del único poema que conoce el mundo, después 
del apostolado humano de Cristo, por nuevos textos de en- 
señanza, y el nombre imperecedero del gran Cristóbal Colón 
por el de un abate humilde que hasta tiene para la poste- 
ridad el inconveniente de haberse llamado, á secas, Juan 
Pérez! ¿No suena mal, señor de la Rosa, horriblemente pro- 
isaico, eso de contestar á la pregunta: ¿á quién pertenece la 
gloria de haber descubierto la América: á Juan Pérez? 
Por lo demás, si no fuera por el navegante cuya fama 
se crucifica hoy, no estaría yo disfrutando de esta ame- 
nísima catiseríe; así es que, de todos modos, le estoy 
personalmente muy i^radecido.» Tomando su tumo le tocó 
entonces sonreír al concienzudo hombre de ciencia que me 
había hecho el honor de satisfacer mi impertinente curio- 
sidad. Aquellos grilletes creados por la ingratitud de su 
tiempo, aquellas miserables cadenas de Bobadilla las remacha- 
ban ahora, sobre la fama del ilustre navegante, audaces y 
complicados raciocinios! No era suficiente bautizar con otro 
nombre que el suyo tf las tierras de promisión que él arre- 
batara á las tinieblas; no colmaban la medida de las in- 
justas aflicciones las calamidades que él debió sufrir antes 
•de realizar su ensueño de profeta, tan consecuentes que a^n 
en el pináculo de la gloria lo asaltaron de nuevo para cas- 
tigarlo aleves! Era necesario extremar el tormento y ofre« 
cerle al apóstol y al mártir, aún en la muerte, la copa de 
cicuta. Si los esqueletos fueran algo más que simples res- 



340 LUIS AI«BESTO DE HERRERA 

to8 materiales, ¡cómo temblarían de indigoación en su tamba 
los hacsos guardados en Yalladolid ó en La Habana, por- 
que de Colón hasta las cenizas se han extraviado! Pero es 
consolador pensar que los bibliófilos, aún los miís respetados 
y autorizados, pierden su tiempo si intentan aplastar las 
tradiciones más soberbias y consagradas de las edades» Cris- 
tóbal Colon está hace muchas centurias en la inmortalidad. 
¿Qué escalera de manos alcanza hasta allí? ¿Y cómo encon- 
trar fuerzas bastantes para derribar su estatua cuando ella tiene 
por pedestal el espacio de dos continentes abrazados y por guar- 
dia eterna la reja protectora de dos océanos? ¡Querer probar 
con indagaciones escolásticas, seguidas sobre manuscritos ama- 
rillos y atando consecuencias de origen deleznable, que Cristó- 
bal Colón no fué el genio que el mundo ha conocido siem- 
pre! ¡La fuerza convincente de los papeles estudiados como 
elementos aislados de esclarecimientos! Dadme la declaración 
de un testigo, decía un juez famoso, y yo mo comprometo 
á encontrar causa para condenar á la última pena á un 
inocente. Siga cayendo implacable el ariete demoledor so- 
bre las reputaciones augustas fundadas sobre el granito! 
¡Bravo! Mañana, otro, más temerario, sostendrá que la exis- 
tencia de Colón se parece á la de Homero en que posee 
muchos raf^gos de mito; pasado, caerán bajo la picota Bar- 
tolomé Díaz, Vasco de Gama, Magallanes y Gaboto; luego^ 
en otros rumbos, se probará, á maravillas, que Cervantes fué 
un plagiador, un charlatán Shakespeare, que el Dante se 
viste con las plumas del grajo, que Watt nada tuvo que 
ver con el vapor; nada, tampoco, Galvani y Volta con la 
pila eléctrica; que Lutero fué un miserable y Julio César 
un vulgar capitanejo. 

¡Bravísimo! Mucha satisfacción sentirán después, supongo, 
sentándose triunfales sobre un montón de escombros, esos 
señores amantísimos de la verdad — ¡la verdad! — tan inflexi- 
bles en sus investigaciones históricas, tan olvidadizos de mil 
circunstancias complementarias que suelen cambiar radical- 
mente la fisonomía de los acontecimientos, como aquel helado 
pesquisante Javert, sin alma y sin piedad, que se desliza por 
las páginas de «Los Miserables» para estremecernos. Mal de 



DESDE WA8HIKOTON 341 

muchos consuelo de necios, me dirtfn ustedes; talvez tengan 
razón, pero yo declaro, francamente, que estas injusticias meri- 
dianas ayudan á conformarse con las también retrospectivas 
y ahora de moda en nuestro país. ¿Qué mucho que califi- 
quen de pobre diablo, de traidor y de argentino á Lavalleja 
y que tilden de cobarde y malvado á Artigas, de ladrón á 
Rivera y de asesino á Oribe, si ya existe quien se atreve 
á llamar falsificador á Cristóbal Colón y á sostener que no 
es suya la gloria de haber redondeado al mundo? En lo 
que refiere á nuestros grandes antecesores, cuando los veo 
acribillar á imputaciones por algunos de sus descendientes, 
me parece que oigo á mi lado uu diálogo extraño por el es- 
tilo del siguiente: — €¡Ah! señor; tanto gusto de conocer é, 
usted. Muchos años antes de que muriera, tuve la satisfac-^ 
ción de cultivar relaciones con su ilustre padre, uno de los 
ciudadanos más virtuosos que he encontrado en mi país.» (Con- 
testa el hijo del elogiado): — c Caballero, usted es muy atento, 
pero permítame que no acepte sus alabanzas, pues mi padre 
fué un picaro y, por lo tanto, no le corresponde el respeto 
que usted sinceramente y mal informado le tributa. > (Gesto 
de asombro en el interlocutor. Prosigue el hijo): — cYo tam- 
bién así lo creí de niño, pero estudiando luego con el 
criterio hecho, los papeles dejados por el autor de mis días, 
recapacitando sobre su conducta, sorprendiéndolo con la 
memoria en la vida íntima de mi casa, encontré que el ído- 
lo no era tan ídolo.» (Se detiene para juntar coraje y ense- 
guida continúa hablando así á su atónito oyente): — cYo soy 
hombre de verdad, mi amigo, á ella, á su culto esplendoroso^ 
sacrifico todos los convencionalismos, y por eso, cuando me 
convencí de que mi padre no le guardó á mí señora madre 
la fidelidad conyugal que le jurara ante el altar, y de que 
él no pagaba puntualmente sus cuentas los sábados, y de 
que aceptó en política transacciones que no consultaban el 
espíritu rígido de los principios, comprendí mi extravío y 
renegué de la mistificación.» — cPero, ¿y la voz de la sangre, 
el prestigio de su apellido, la tranquilidad de sus hijos, la 
consideración que merecen las tumbas, las atenuaciones de 
la época, interroga tímidamente el interventor?»— «¡Qué me 



342 LUI0 ALBEKTO DE BERRERA 

importan esos argumentos de interés mezquino I El verdaGkr<^ 
valor moral consiste en despreciar esos raciocinios utilitarios 
y en decir la verdad, la verdad entera^ toda la yerdacL 
A ese fin estoy ya escribiendo un libro dirigido á procesar 
la personalidad de mi padre probando^ con documentos irre- 
futablesy sus grandes debilidades. ¡Esto sí que es noble! Yo 
mismo admiro mi energía recta, estando, por lo dem^s» coa- 
vencido de mi deber de hombre justiciero. ¡Todo por la ver- 
dad!» <¿Pero y la integridad del nombre de la familia y d^ 
las preferencias patrióticas? Las atenuaciones y justificacio- 
nes que brinda la filosofía de los sucesos, las especiales cir- 
cunstancias, la irregularidad del ambiente, el medio social en 
que se agitó el personaje?» cYo no entiendo ni acepto seme- 
jante componendas». 

¡Decadentismo puro con ribetes anárquicos y desquicia- 
dores. • . • ! 



XVI 



Influencia del ambiente nacional — Beneficiosa evolución de las ideas 
— La religiosidad norte americana — inclinaciones místicas — 
Estupenda diversidad de cultos — Enorme prosperidad del cato- 
licismo — El colegio de San Francisco Javier <- La iglesia y el 
Estado— Un orador modelo — Modalidades original íslmas — Una 
crítica á nuestros liberales — La cuestión religiosa entre nosotros- 



También bajo el aspecto religioso es admirable este país* 
Quienes proceden de sociedades en el seno de las cuales la 
eJEaltación de las propagandas filosóficas solo ha sido excedida 
por la exaltación de laa agitaciones políticas; quienes han 
visto todos los días al encegnecimiento sectario nublando el 
criterio dé los más brUlantes espíritns y í los grupos diver- 
gentes legitimando el anatema insultante, cuando él va dirir 
gido contra el adversario, experimentan al llegar aquí upa 
sensación de sorpresa, de dulce sorpresa, muy explicable si 
pensamos que el mutuo respeto señala la más hermosa con- 
quista de nuestra civilización. En los £stados Unidos no se 
conocen las intolerancias de credo. Seguramente que millares 
d^ inmigrantes han arribado á estas playas trayendo su. ^q^ 
milla peendida con un alfiler de pasión en el fondo de 1^ 
conciencia; pero esas prevenciones reacciouarias han desf^p^- 
reeklo pronto de este ambiente pxigenado cuyas vijrtude»* pqr 
rifioatívaa alcanzan á los temperamentos más soberbios. ¿Qm^ 
úiipetM fuerte, qué prejuicio resiste al ataque pprfiado die- 
taiMiAs. impresiones deriumbiadoras? El villero que pone ^ 
pié eA loa muelles de New York puede decirse que es arfjc^ 
bati^j pcpr el turbión de una catajcata* ¿ Acapo np. I^ay tapip 



344 LUÍS ALBERTO DE HERRERA 

bien Niágaras en el escenario magnífico del mnndo moral? 
Pues engullido por la corriente, como un barco sin gobierno, 
i^bota sobre las piedras, salta como una pelota, peina con 
su cuerpo las arenas del fondo, flota aquí, se hunde allá, 
para obtener luego descanso, magullado y deshecho, en las 
arenas de la orilla. Esa carrera de metamorfosis la sufren 
inevitablemente todos los espíritus. 

Pero me apercibo de que he dicho deshecho. Deshecho 
el espíritu, ¿por qué? No; esa palabra está mal empleada. 
Quedar dolorido después de un ejercicio atlético, confesarse 
fatigado á consecuencia de uu extraordinario esfuerzo men- 
tal, no importa decir que ese aplastamiento pasajero sea per- 
nicioso 6 destructor. Los masages nunca fueron malos para 
la salud del cuerpo ó para la salud del pensamiento. Cuan- 
do el paciente dice que lo lastiman, afirma en su tranqui- 
lidad al operador, porque esa protesta es la mejor prueba 
de que se ha herido el punto enfermo. Al estado de des- 
integración de los primeros tiempos sucede, con el correr 
de las semanas, una intensísima labor reconstructora y, 
echando mano de los nuevos materiales adijuiridos, se em- 
pieza á edificar con plan aceptando el cimiento sólido de 
ese anterior abatimiento imaginativo. Todo no se rectifica; 
más de una idea antigua queda- confirmada como piedra an- 
gular, pero, de cualquier manera, son muchas las sustitucio- 
nes que Uno va decretando. Al principio se aborda con 
timidez esa tarea de renovación fecunda. La costumbre y 
el amor propio pesan siempre, como cadenas que son, y — 
seamos sinceros — uno no se decide á efectuar el sacrificio 
de lo que antes ha creído perfecto. Pero pronto cesa este 
natural parpadeo, que todos practicamos maquinalmente al 
penetrar de súbito en un cuarto con mucha luz, y una vez 
rotas las grandes murallas opuestas por el orgullo, avanza 
la empresa de asimilación; pero ahora sin tropiezos, sin so- 
bresaltos, sin probabilidad de que se repitan los desvanecimien- 
tos de antes. Tal vez en el curso de estas transformaciones 
tino no se da exacta cuenta de lo mucho que se aparta 
del sitio de partida, pues, en este concepto, se reproducen 
' las circunstancias del caminante que, acariciando ideales y 



DESDE WASHINGTON 345 

atraído por la belleza del paisaje^ avanza, avanza, sin aper- 
cibirse de que está muy lejos de la primitiva senda, más aún, 
que corre el riesgo de extraviarse á fuerza de marchar ¡es 
tan lindo perder el rumbo en los campos floridos del ensueño ! 
Cuando se recupera totalmente el equilibrio perdido en el 
primer encuentro^ resulta que todas han sido ganancias por- 
que no puede discutirse el beneficio que resulta de quebrar 
opiniones equivocadas y de reemplazarlas con ventaja. 

Estos saludables procesos evolutivos los denuncian algu- 
nos y no los reconocen otros, menos humildes. ¡Cómo si de- 
notara capacidad el negar fuerza convincente y educadora á 
un oi^ganismo de solideces clásicas! Es también indudable 
que la mayoría de los forasteros los sufren sin apercibirse 
de ello. Si á todos no alcanzara la buena vacuna ya ha- 
brían prendido aquí las preocupaciones seculares de la Eu- 
ropa; ya cruzaría la atmósfera, como un relámpago de odio, 
la amenaza de las turbas desenfrenadas. Sin embargo, en 
Estados Qnidos no retoñan el anarquismo y otras lepras so- 
ciales; no obtienen éxito quienes pregonan la caída de los 
gobiernos por la acción de la dinamita; no se escuchan vo- 
ciferaciones brutales contra la religión ó en su apoyo; quien 
entretuviera sus ocios dañinos pregonando por las calles 
hostilidades contra la autoridad publica y hablando del des- 
potismo y de opresiones de clases sería señalado por los 
transeúntes como un loco. Sin corro, pronto concluiría por 
dejarse de fastidiar, convencido de la inutilidad de sus es- 
fuerzos disolventes. Las protestas coléricas contra los ban- 
dos en que se^ divide la opinión no caben cuando es noto- 
rio' que las mismas regalías amparan á todos. En Estados 
Unidos el derecho verdadero es patrimoninl tanto del millo- 
nario como del más modesto ciudadano. Por eso de una 
choza de Kentucky salió un presidente ilustre; por eso han 
alcanzado la celebridad, como legisladores, estadistas ó ge- 
nerales, muchos' que empezaron la vida siendo artesanos; 
por eso se labran fortunas colosales cuyo origen no se pierde, 
86 esclarece, en las bohardillas; por eso Andrew Carnegie, 
hijo de sus obras, es uno de los hombres más ricos y más 
generosos del universo. 






346 LUIS ALBKKTO DE HEBBERA 

Los asuntos religiosas nunca han tenido momentos difíei- 
les. La causa fundamental la dá la energía de esas correcoior 
nes morales heredadas. Mal pudieran peoar, por otra parte, 
de intolerantes, quienes descienden, y conservan fntegraa aus 
virtudes, de aquellos peregrinos fervorosos que huyendo pre- 
cisa^iente de las persecuciones sectarias, abandonaron, hace 
trescientos años, las playas de Inglaterra para iniciar con su 
éxodo, semejante al bíblico, la gloria de otro pueblo de Israel* 
El norte americano es un pueblo esencialmente religioso, 
pudiendo afirmarse que esa arista de su idiosincracia no ha 
sufrido alteración sensible desde las épocas puritanas. Aquí 
todo el mundo vá á la iglesia los domingos; todos concurren 
en alguna forma eficaz al sostenimiento de alguna doctrina, 
y creo sea empresa difícil encontrar muchos espíritus radi- 
calmente libre pensadores. JEI jnisticramb flota, como una 
emanación expontánea del suelo, sobre todfis las manifestar- 
ciones de la actividad colectiva. Todos los días, ante^ de 
empezar, sus deliberaciones ambas ramas d^l Cuerpo Legia- 
)ativOj que tienen cada una su capelltín presupuestado, escu-^ 
chiM) breves conceptos piadosos. En todas las ceremonias 
oficiales so produce idéntica interveAcién y hasta en laa 
monedas se dice: m Ood toe trust, 6 sea «confiamoa en 
Dios». No existe el aparato exterior, ni so gasta el tiempo 
Qu espectáculos de oropel, ni salen las pjroceaionea á la calle, 
ni abundan las órdenes monacales, ni hay hijas de María, 
ni encuentran aceptación los conventos, ni se oye el repique 
d^ cam^panas. Nada de esto descubre el viajero, al punto de 
que receje una primera impresión falsa; pero sus juicios se 
notifican n^dicalmente á medida que va apercibiéndose de 
Iqs vigorosos latidos creyentes de esta i^ociedad. La ciudad- 
4e Washington no excede en población de tpre^cientos mil habi- 
tantes, y sin einb^rgo en la p^na de avispa de los diarios 
del sobado se alcaliza á contar un centenar de e^hortaoionea 
á los fieles, indican4o la hora ea que deben oQncurrir á aMa% 
las señoras y los hombres, y í practicar ejeveioips cristianos 
loa niños. Y ü^bpnando la eficacia convincente, de esosi llaman 
4oa. todo, el mundo d€4,ÍAa It^ mañana del dpmingo 4 tarsa^ 
espirituales, desde el señor presidente de la rep<|blica« ^f^ 



DSSDE WA8HINOTOH 347 

asiste á la capilla del culto holandés^ hasta el más humilde 
de los otMreros á jornal. Los morenos tienen también templos 
propios, lo mismo que asociaciones y escuelas, y ellos doblan 
la rodilla ante el altar obedeciendo al mismo ritmo sincero^ 
Esta religiosidad del séptimo día de la semana no ofrece 
los oaracteres sociales, muy agradables, por cierto, que pro^ 
vocan en otras partes manifestaciones semejantes de devoclónw 
Esta raza de fuerte voluntad y que posee en grado extraer*- 
dinario la facultad preciosa de saber especializar funciones^ 
va el domingo á las iglesias exclusivamente á rezar, como ir4 
exclusivamente á sus negocios en los días de trabajo, absorr 
bida en alma y cuerpo por el anhelo único de adquirir pros- 
peridad, y con la misma energía de propósito con que asistirá 
de noche al teatro á reirse con entusiasmo infantil llenandp 
la sala, al menor chiste, con el eco ruidosísimo, simpátícoi} 
bonachón, de grandes carcajadas ingenuas. Proponer á i^pa 
señora americana que vaya á la iglesia entre semana importa 
tanto como proponer una idea absurda. ¿Acaso, se contea-r 
taría, tiene ella algo que hacer allí cuando la solicitan la9 
preocupaciones y quehaceres de su hogar? Pero agreguemos 
que preguntarle á esa misma dama si oye servicios religiosos 
en las fechas dominicales fuera considerado una indiscreción^ 
¿Acaso ella no comprende sus deberes de buena madre qu,e 
le mandan prestar ejemplo á los suyos y agradecer á su 
Dios la tranquilidad dichosa que disfruta? Y no rendirá sola 
eae tributo. Acompañada de sn esposo y de sus hijos todoq 
disfrutará, por largo espacio de tiempo, la hospitalidad del 
templo de su predilección. Cada familia, tiene allí sus asien- 
tnB, sus libros de oraciones propios, que nadie se atreverá á 
tocar. AIgMnos concurrentes se retirap antes del sermón, 
otros, n^ás valientes, lo soportan impertérritos; pero, sea ó no 
iodigeato ese capítulo de los oficios, la misma expresión de 
atención cordjnadi^ se leei:;á en todas las fisonomías, el mis- 
mo silencio respetuoso y sacramental del principio sellará el 
fin de la ceremonia, y cuando, á intervaloii, Ui^gue la oporta-; 
nidad de elevar cánticos de gratitfidí de todos los pechoa 
l}]:y)t^n fcf njbo9 hermosos puj^iéndose afinnar qufi la fuerz^^ 
4a aqvu4 qatq, de conjunto ti|a irregular, se mide por la suma 



3á8 LUIB ALBERTO DE HERRERA 

« 

exacta de las voces de las personas presentes^ pues nadie, 
sordo 6 afónico 6 tartamudo, deja de ayudar con su gar« 
ganta. Concluida la tarea cristiana, la asamblea se disuelve, 
rápidamente, sin ostentaciones, sin que nadie se detenga á 
gozar de los atractivos del desfile. Pero antes ios miembros 
más respetables de la parroquia, que se consideran muy -hon- 
rados con esta misión de confianza, han hecho circular en- 
tre los asistentes platos de colecta en cuyo fondo algo dejan 
todas las manos. La mejor prueba de que los resultados de 
ese petitorio son muy jugosos se acredita recordando que no 
otra fuente de recursos tienen los cultos. 

Hasta en los hoteles, pagando tributo á la afición general, 
se ofrece al huésped una nómina completa de los templos 
en actividad. £1 que yo habito no es excepción á la regla 
y como esos datos tan singulares están contenidos en un 
gran cuadro, que se impone á todas las miradas y en ca- 
mino del comedor, nada debe extrañarles que me sepa de me- 
moria los nombres de los distintos cultos practicados en 
esta ciudad. Nada más ocurrente, por otra parte, que brin- 
dar 7nenú espiritual simultáneamente con el menú exigido 
por el paladar. Vean ustedes el índice de las distintas creen- 
cias: baptista, unitaría, congregacional, católica, episcopal, 
luterana, presbiteriana, reformada, metodista y universalista. 
¿Cierto que hay para todos los gustos? A veces se me ocu- 
rre que resulta grave eso de que tantos y tan diversos cre- 
dos pretendan poseer en su rito la miel de la verdad pu* 
rificada. ¿Quién puede pagarse de acertar en esa gi*an lotería 
de opiniones, muy á menudo contradictorias? Si alguno pose- 
yera el secreto magno sería el caso de poner á su servicio 
inagotables fervores, del mismo modo que, cuando se está en 
determinados antecedentes, se arriesga todo el dinero dispo- 
nible en las carreras á las patas del caballo que se sabe 
ganará. Pero, como desgraciadamente, amen de las argu- 
mentaciones metafísicas, esa claridad, tan ventajosa, no existe, 
no somos los menos juiciosos quienes nos mantenemos como 
simples espectadores de esas interesantes y respetables pes- 
quisas subjetivas. Aunque en los Estados Unidos cuesta un 
triunfo sustraerse á las exigencias religiosas del ambiente. En 



DESDE WASHINGTON 349 

el curso de la m^fs animada conversación se le pregunta á uno^ 
con admirable naturalidad, cuál es la iglesia que frecuenta 7 se 
salta enseguida á otro tema mundano^ — teatros, recepciones, co- 
midas. Un amigo se reía días atnís porque yo le manifestaba 
que aquí el misticismo corriente, sano, afable, como 6s, pone 
en serios apuros á la miís endurecida de las conciencias. 
Pero lo que más sorprende consiste en el arraigo del catoli- 
cismo. Los yankees creen, y antes de venir á este país nos- 
otros pensábamos como ellos, que aquella religión posee en 
Snd América el más fecundo campo de propaganda dol Nuevo 
Mundo. ¡Qué evidente error cometemos todos en opinar así! 
Es en los Estados Unidos, en la tierra que fué en otro 
tiempo refractaria á la palabra de Roma, en la patria clásica 
de las rigideces puritanas, que el catolicismo presenta en la 
actualidad sus miís pasmosos éxitos. Pudiera suponerle que 
un culto tan poco adicto á la libertad, de tendencias ultra- 
conservadoras y que siempre ha buscado anheloso el apoyo 
de los gobiernos, al extremo de exigirlo como un derecho en 
muchas ocasiones, careciese de las condiciones fundamentales 
para prosperar en una sociedad libérrima que ostenta, como su 
más preciosa presea, un vigoroso individualismo y en el seno 
de la cual existe el divorcio, en su concepto más dilatado, 
consagrando una aspiración unánime del espíritu público. Incli- 
narían á raciocinar de idéntica manera circunstancias histó- 
ricas de todos conocidas. — Cuesta concebir romanos en sus 
convicciones á los descendientes de aquellos cuáqueros, cismá- 
ticos ardorosos. Hasta el temperamento nacional, frío, prác- 
tico, inaccesible á las seducciones de las ceremonias más 
solemnes y pomposas, parece hostil á los avances de un 
culto que cifra su mayor fuerza en la exterioridad atra- 
yente de sus ritos. Sin embargo, resultados palpables, al 
alcance de todas las curiosidades^, desmienten esas pre- 
sunciones. Norte América fué la nación que aportó M 
año pasado más recursos para el fondo de San Pedro. 
New York cuenta con ciento sesenta y ocho iglesias ca- 
tólicas, no exagerándose ya si se afirma que casi la mitad 
de la población de la inmensa metrópoli alienta esas con- 
vicciones. Y los domingos, tanto de mañana como de tarde, 



350 LUI0 ALBERTO BE HERRERA 

se las vé repletas de concurrencia, pero de una concurrencia 
que debe tener invalorable calidad sectaria, inflamada como 
está por un ardiente fuego piadoso. Entran lo^ católicos 
americanos á au casa espiritual trayendo el alma de rodillas 
antes de penetrar bajo las bóvedas. Cruzan la puerta de 
entrada como sombras, desfilando rápidamente por frente á 
la pila de agua bendita, para santiguarse enseguida con una 
gravedad devota que no es comprada en la botica. Si al- 
guno hiere con paso callejero las lozas de los corredores 6 
hace ruido al mover una silla, pronto se convence de que 
ha cometido una irreverencia al leer agria? censuras en los 
ojos de sus hermanos creyentes. Pero lo mis apreoiable de 
todo consiste en el hecho de que siendo libre el acceso á 
las iglesias se cobra por el derecho de asiento, adoptando 
un sistema semejante al practicado en las boleterías de las 
empresas mundanales. ¿En el fondo, no se trata, también 
en este caso, de una boletería de compañía de seguros, ó de 
algo por el estilo, que prevé los riesgos de muerte y ofrece 
garantías al portador, convertibles, según afirman, en el ám- 
bito menos bancario de otras regiones? Cada neófito aporta, 
sumiso y complacido, su cuota y todavía se retira de la 
ventanilla acreedora con expresión agradecida para ser luego 
conducido hasta su butaca por un maestro de ceremonias, 
uniformado con traje de circunstancias, de paño negro ri- 
beteado de oro. ¿Resistiría ese mismo sentimiento en otras 
partes á esas razonables pruebas de adhesión? 

Al tiempo de residir aquí se comprende mejor tan sor- 
prendente lealtad práctica á los propios ideales. Esos mo- 
destos desprendimientos individuales, que aliados fundan in- 
mensas fortunas corporativas, porque sumando millones de 
gotas se forman los ríos, los encuentra idénticos el observador 
en el origen de todas las asociaciones populares. Nadie pre- 
tende ignorar que en el dinero reposa la base de las pro- 
pagandas, que hasta las plantas de apariencia más etérea 
exigen alimento para dar flores. De manera que cuando un 
ciudadano inscribe su nombre, como miembro de un centro 
religioso, partidario, de diversión, atlétlco ó científico, sabe 
que esa incorporación le demandará repetidas contribuciones 



DE8DK WASHINGTON 351 

pecaniarias de las que nunca protestará, pues todos piensan, 
sabiamente, que para alcanzar el objeto perseguido se requiere 
él esfuerzo mancomunado de todos. Como cada vez que uno 
admira cuadros de arte debe pensar que gracias á la cola* 
boración maravillosa de la luz gusta esos placeres superiores, 
del mismo modo, al apreciar estas virtudes equilibradas de 
una raza fuerte, es justo, es ejemplar decir que tales resul- 
tados provienen de una causa primera: de la educación po- 
pular, luz de Ih tierra, que ilumina á todos los espíritus 
norte americanos. Comprobado que los adictos á todas las 
fracciones reconocen el deber elemental en que están de 
allegar apoyo positivo á su grupo, no debe extrañarnos !a 
prosperidad que disfrutan los cultos en este país. Una sola 
institución congregación al acaba de pagar atrasos por va- 
lor de $ 134.000 y ha aumentado en un veinte y cinco 
por ciento su presupuesto de gastos para el año corriente. 
Leo en una revista que los metodistas han obtenido en sus 
colectas beneficios que exceden el límite de las más favo- 
rables presunciones. Los episcopales se encuentran con que 
el número de bus parroquias ha aumentado en quinientas. 
Los reformistas y presbiterianos están libres de deudas y 
disponen de fondos que nunca disfrutaron tan sólidos antes. 
Los protestantes juntan, anualmente, para sostener sus misio- 
nes aquí y en el exterior, gruesas sumas de dinero que 
importaron en el último período $ 19:500.000. En calidad 
4M)mplementaria traduzco este páuafo t>portnno: «Las auto- 
ridades dirigentes de las diversas religiones inician en estos 
inomentos una campaña para acrecer el número de estudian- 
tes en teología. Se ha comprobado qtie no existen en dispo- 
nibilidad bastantes seminaristas graduados para llenar las 
vacantes que se producen. Siempre hay más iglesias insta- 
ladas que sacerdotes en todos los diferentes cultos, excepto 
el metodista y el católico, cuya oferta y demanda de per- 
sonal está rígidamente controlada, pudiendo afirmarse que la 
apuntada desproporción es hoy más grande que nunca en los 
anales del esfuerzo cristiano en América.» £1 culto de la 
ciencia cristiana, fondado hace cinco afios por la señora 
Mary 6. £ddy, cuenta ya con quinientos lujosos hogares y 



352 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

con un millón de prosélitos. No en vano el festejado Mark 
Twaíuy que acaba de satirizarlo desde las columnas de la 
North American Review, afirma graciosamente que, á este 
paso, pronto Mrs. Eddy, á quien ya sus discípulos, titulan 
c nuestra madre >, llegará á compartir ios honores de su tro- 
no ultra-terreno con la Virgen María. 

En New York tuve el gusto de visitar el famoso cole- 
gio de San Francisco Javier, la institución de más prestigio 
allí en las filas católicas. Comparecí como uno de tantos 
forasteros curiosos para poder comprobar, otra vez, al dis- 
frutar de la amena é instructiva sociedad de sus directores 
jesuítas, que en estas épocas prosaicas, llenas de atrepella- 
miento y de rudeza de modales, no es difícil encontrar el 
encanto de las cortesías clásicas refugiado en el retiro de 
los claustros. Uno de los profesores tuvo la amabilidad de 
mostrarme todas las diferentes secciones de la casa, escu* 
chande con satisfacción mis sinceros comentarios al conocer 
la riqueza y solidez de aquellas instalaciones, lujosas en már- 
moles, en libros, en cátedras, en laboratorios y en sabiduría. 
De las salas de enseñanza, que son numerosísimas, se pasa 
directamente á las iglesias, y me expreso en plural porque 
son dos, pero con la extraña particularidad de que e&tin su- 
perpuestas. Una sola no bastaba para las exigencias del culta 
y, mediante dos millones de pesos, se ha abierto espacio para 
dos series de altares, á cual más magnífico. Aprovechando 
el escape de otro corredor pasamos al escenario de un tea- 
tro, exclusivo para las fiestas dramáticas combinadas por los 
escolares. También allí, hasta en los menores detalles, se 
adivina la misma plétora de recursos, el mismo derroche de 
abundancias. Instigado por el deseo de alcanzar el secreto 
de esas opulencias palpables, que ahí están, que no necesi- 
tan del apoyo de mistificaciones para abrumar con su enorme 
volumen, pregunto de nuevo á mi agradable acompañante: — 
¿Pero cómo han podido ustedes erigir este imponente edifi- 
cio, que sirve de escudo á una fuerza moral tan imponente 
como él, contando sólo con el apoyo voluntario y caprichoso 
del pueblo? Sonriendo plácidamente me amplió aquel jesuíta, de 
porte tan distinguido, sus anteriores explicaciones. La base de 



DC8DG WABHIITQTOK 3i>3 

toda esa obra de maravilla estaba en la perseverancia y en la 
fé. ün buen día el reverendo padre Halrd/, atendiendo á lAa 
solicitudes del vecindario, inició trabajos para establecer en 
ese mismo sitio la sede de una parroquia. El mfíglco plato 
de las colectas empezó á circular despuéi de cala servicio; 
Á ese origen se agregó el producto líquido do dos bazares 
de beneficencia, que rindieron veinte y cuatro mil pesos, y 
lu^o, ya abierto el esfuerzo y acelerando la marcha sobre esa 
rueda de prosperidad, se hizo crecer tanto la espuma que, al 
colocarse la piedra fundamental de la construcción, había en 
caja doscientos veinte mil pesos. No vacilo en repetir la enun- 
ciación de cifras en el curso de esta crónica porque considero 
que ellas le dan más energía probatoria. — cEntonces, para us- 
tedes no ha sido un trastorno la separación absoluta del 
Estado y verse, en consecuencia, privados de su apoyo?» dije 
á mi interlocutor. Como no quiero poner en boca ajena 
frases sobre este punto, que adolecerían del defecto de no 
ser enteramente exactas en la forma, prefiero condensar et 
texto de la respuesta. En vez de perjudicar al catolicismo 
no^te-americano esa independencia, lo ha beneficiado hasta 
extremos inesperados. Los hechos argumentan mejor que laa 
palabras y cuando se observa el grado de generosidad cons- 
tante de los fieles, que solo al colegio de San Francisco 
Javier apoyan con una anualidad media de cuarenta rail do- 
Ilanr, existe sobrada razón para decir que no hay motivo 
para echar de menos el amparo oficial, que nunca sería tanr 
espléndido, y sí lo hay para felicitarse de que rija un nuevo 
sistema, mis equitativo y ventajoso para todos. Por otr&' 
parte, no cabe duda de que el cariño al templo adquiere mu- 
cha mayor intensidad, cuando á su sostenimiento concurrerv 
quienes lo utilizan, y así se explica el interés palpitante con 
que sé procura su prosperidad. Confiados á sus propias fuer- 
zas ellos saben que solo sus manos son las capaces de eüal* 
tec'etla y á la sombra de esa dignificante emulación cad« 
creencia multiplica los ecos de su propaganda. Cuando se 
bosicit un motivo ' párá el ataque en las vinculaciones de la 
Igtesia con el pdder público conviene á aquella desbaratar 

esas hostilidades obteniendo/ expontáneümenté^ una emancipa-' 

2a 



354 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

ción qae está muy lejos do ser esencial, como suele creene, 
á sa singular influencia colectiva. Cuando no existe oposi- 
ción á eso apoyo oficial también conviene llegar al mismo 
resultado de libertad mutua, pero de una manera paulatina. 
Ninguna protección representa en significado social y en 
beneficios políticos lo que la protección de los fíeles. Y con 
una sonrisa dulce, de convencido, puso punto final á la ex- 
presión de sus juicios mi asompañante, al que era deudor 
de tan buenos momentos. El colegio que acababa de visitar 
está autorizado para expedir títulos de bachilleres, privilegio 
que sólo disfrutan en la ciudad imperial cinco ó seis intitucio- 
nes de alto renombre. En ocasión de realizarse sus bodas de 
oro, ha expuesto recientemente el obispo Williams que cuando 
hace cincuenta aíSos él tomó á su cargo la prédica en la Nueva 
Inglaterra, la parte más aferrada al cisma del territorio de la 
Unión, en toda su diócesis sólo contaba con cuatro lugar- 
tenientes. A la fecha tiene cuatrocientos piCrrocos á sus órde- 
denes. Pero antes de quedarme sin espacio quiero referir 
una brillante conferencia, cuyo tema era la educación, dada 
en el teatro Ciolumbia, de Washington, por el obispo católico 
Spaulding. Se puede apreciar la talla nacional de este per- 
sonaje agregando que el seíSor presidente de los Estados 
Unidos lo designó como miembro arbitral de la comisión 
para estudiar el gravísimo problema de los mineros, de que 
he hablado extensamente en alguna de mis anteriores. La 
amistad afortunada que cultivo con el padre Curríer, de re- 
putación cimentada como escritor lingüista, dio motivo á 
que concurriera al acto. Comí en su parroquia y de allí, 
tomados del brazo para no resbalar sobre la nieve, nos di- 
rigimos al teatro conversando de asuntos variados. Se pre- 
sentó el conferenciante ante el pAbüco vestido de levita negra 
cruzada. Solo el anillo simbólico denunciaba au calidad de 
sacerdote. Durante más de una hora disertó sobre la instruc- 
ción primaria. Pudiera suponerse que en el afán propagandista 
ocurriera él al sistema gastado de las invocaciones y de las 
pesadas alabanzas de fracción. Eso. fuera inoficioso aquí, y 
en Norte América no se pierde el tiempo en cosas infitiles. 
No señor; aquel representante de Roma habló á su auditorio 



DBBDE WASHIMOTÓK 355 

con la sencilles j tersa claridad característícay más qne de 
los pastores protestantes, de esta raza superior* qae tiene más 
confianza en la energía de las convicciones que llegan al espi- 
rita envueltas en el tal transparente de la razón, qae en los 
párrafos sólo arrebatadores por su rumor musical. ¿Qué argu- 
mento más eficaz en favor de la famosa Vitalidad de sus 
ideales pudo formular el prelado que declarar que al presente 
un millón de niños norteamericanos reciben la enseñanza que 
el catolicismo regional les brinda? Y luego, en vez de fus- 
tigarnos con desahogos sectarios, remontóse su inspiración jus- 
ticiera hasta las cumbres más nobles para descender, enseguida, 
con la vista certera, como las águilas que bajan á la llanura 
dejándose caer á plomo á través de los aires. Puso la 
planta magestuosa en el fondo del valle, pero su anhelo es- 
taba clavado aún más lejos: en el fondo de la tierra. Bus- 
cando miserias humanas que consolar, el obispo Spaulding 
hizo el comentario de la suerte de los infelices mineros y 
él, que ha corrido, en misión oficial reparadora, los senos 
tres veces negros de las catacumbas carboníferas, nos des- 
cribió con rasgos de insuperable realismo los episodios tris- 
tes que se derivan del trabajo en las tinieblas. Y sin embargo , 
sin que ellos lo sospechen y á pesar de estar ostensible- 
mente acariciados por la claridad solar, se agitan en dominio 
de más espesas sombras, son en esencia más desgraciados, 
los que no saben leer, los que no escriben, los que no saben 
pensar. Por eso, aún dándole humildísima cuna, disfruta pla- 
ceres dignos de las estirpes soberbias y goza compañía 
r^a quien lee y aprovecha algunos de esos libros clásicos 
producidos por la sabiduría humana, que el pensamiento sólo 
reconoce como legítimos á los reyes y á los emperadores 
de la inteligencia. Salí del Columbia con la certidumbre de 
haber oído muchas apreciaciones útiles y penetrado, además, 
de que acababa de conocer á uno de los más^hábiles propa- 
gandistas de la causa católica, porque el obispo Spaulding» 
sin nna palabra agria, sin avanzar un concepto exclusivo, sin 
teger loores en honor de su bandera, venía de tremolarla 
lucidamente como un estandarte de vanguardia. 

En otro sentido, se me ocurre que en los campos neutra- 



356 Lun AX3EBTO ns hkbbsra 

les de la intejectualidad ea siempre miiy beneficioso aproxi- 
marse á los hombres de virtud cristalizada, para estimular 
los optimismos altruistas del espíritu y aprender la manera 
de ser cada vez más ecuánimes. Otro detalle local gráfico. 
Después de una representación teatral, dada por los miembros 
de una asociación devota de alemanes, algo así como el 
Círculo Católico de Obreros de ahí, siguió un baile que se 
prolongaría toda la noche. Pues en aquel medio de mun- 
dano bullicio, sin danzar, es cierto, pero recorriendo familiar- 
mente los grupos, hablando con unos y otros, recibiendo las 
bromas, sin gestos de hipocresía, figuraban una porción de 
clérigos. A cada paso se oía la palabra father — padre — y al 
volver la cabeza uno se encontraba á algfin sacerdote, joven 
y buen mozo, conversando con alguna linda muchacha, de 
grandes ojos azules. Por entendido que, no adorando á los 
santos de madera, mal se puede creer en los santos de car- 
ne y hueso, sobre todo, cuando los tonsurados cruzan la 
línea ecuatorial de la vida; pero yo me atrevo á decir qi^e 
en el fondo de aquellas expansiones sociales la malicia más 
suspicaz no hubiera encontrado elementos reprobables; en 
cambio, cualquier espíritu observador puede comprender que 
ahí, en ese juego normal de expontaneidades, de sentimientos 
y de ideas, está el cimiento fuerte de las instituciones pa- 
trias que crecen vigorosas y rinden frutos gigantescos, sin 
requerir ambiente artificial de invernáculo, ya sean ellaa 
políticas, civiles, municipales ó religiosas. 

El arraigo adquirido por la tolerancia mátua también no9 
(»frece un seductor ejemplo. Solo así se concibe que haya 
podido soñarse en reunir. en Chicago un congreso enciclopé- 
dico, integrado por delegaciones de todas las sectas, para 
resolver cual es la religión que posee los dogmas más ver- 
daderos. Al lado de este otro, queda chico el ntidq gordii^no* 
Solo así se . explican manifestaciones de cordialidad que en 
otras partes parecerían asombrosas. El. otro día, uq pastor 
protestante asistió á una sinagoga y, según leí lu^o en . la 
prensa, hablando del asunto en. su sermón dominical, . dijo 
textualmente á sus oyentes: cfuí grandemente atraído é ins- 
truido por lo que presencié y me. parece que todos los crisr 



DBSDB W-ASHIÑOTON S57 

itiáMs debieran aprovechar las opottanidades que se les pre- 
senten para atender á los referidos servicios». ¡Lo que puede 
la diferencia de criterio y^ ¿porqué no decirlo? la diferenéia 
4e caltora colectiva: en otros escenarios estas conquistadoras 
-sinceridades harkín brotar los tildes apasionados de traidor, 
tránsfuga, ap<$stata! Ofreciendo reciprocidad generosa, el 
rabí de los judíos asistid, ocupando primera fila, al entierro 
del arzobispo Corrigan, de New York, recién fallecido. Abati- 
rían las aristas semejantes. No hace dos meses una univer- 
ipidad católica otorgó el título distinguidísimo de miembro 
honorario de la misma á Orover Cleveland, ex-presidente de 
los Estados Unidos, pero también un protestante batallador. 
¿No vale la pena reproducir algtmos de los conceptos verti* 
dos en la oportunidad por labios tan autorizados? El dos 
veces ex-mandatario terminó su discurso diciendo: «la repú» 
•blica de la educación está fundada sobre una sola base, «e 
gobierna por idénticos derechos y hace una regla de la impar- 
cialidad en la distribución de los honores y de las recom- 
pensas. Esto último me parece muy elocuentemente compro- 
bado ahora mismo, cuando veo al severo colegio católico de 
•Santo Tomás de Villanova confiriendo su más elevado grado 
lionorario á quien se halla vinculado al manejo y sosteni- 
miento de la severa universidad protestante de Princetdn, 
Será un día triste para la patria aquel en que la educación 
y los maestros de la moral viviente cesen de esforzarse en 
unificar la levadura representada por toda nuestra masa 
social, ó cuando su influencia en ese sentido sea dividida ó 
circunscrita por diferencias sectarias. La posesión sórdida de 
la sabiduría, como instrumento de beneficios exclusivos, es 
tan deplorable y debe ser tan combatidii como una de las 
modalidades del egoísmo. Algunos de mis oyentes seguirán 
la carrera eclesiástica y otros la de los negocios. Pero ya 
en la iglesia, ó en las agitaciones del mundo, ninguno de 
frotfotros tiene derecho para huir del contacto de sus compa- 
triotas, que apareja responsabilidades imperiosas, más graves 
y fúák serias para quienes deacuéllan por su preparación 
noral. Podéis abrigar la seguridad de que faltasreis decidída- 
^taféiite á vuestro deber si no os «lienta la convicción p^- 



358 LUIS ÁLBBBTO DB HBRRERÁ 

funda de que vuestras capacidades solo son valiosas porque 
ellas os habilitan mejor para cumplir con nuestro Dios, con 
nuestra patria y con nuestros conciudadanos». 

Recogiendo los materiales fáciles, hallados al alcance de. la 
mano, he podido demostrar, sin esfuerzo, que no incurrí en 
exageración al afirmar en el comienzo de estas líneas que 
también bajo el aspecto religioso ofrecía rasgos admirables este 
país. Tan cierto es que el ejercicio sincero de la libertad 
funda maravillas aún en los campos aparentemente más ce- 
rrados á su influjo renovador. A buen seguro que el fana- 
tismo pretendió obtener arraigo eu esta sociedad, que también 
la savia presta vigor á las plantas dañinas; pero ese es- 
fuerzo ha resultado absolutamente estéril. Las plagas no 
ganan batallas sobre la salud cuando ésta se encarna en cueír 
pos firmes, robustos, protegidos por el escudo invulnerable 
de la vacuna. Todos los prejuicios sectarios, todos los apa" 
sionamientos de las fracciones disidentes, todas las esperanzas 
de superioridad impuesta por la palabra oficial, han debido 
desvanecerse cuando al comparecer ellas ante el poder pú- 
blico, en demanda de apoyo preferente, invocando la cláusula 
comercial de la nación más favorecida, han recibido la máa 
rotunda negativa. El Estado, que posee la representación de 
todos, no tiene el derecho de inclinarse, aún espiritualmente, 
en favor de algunos; los dineros de la comunidad, el pro- 
ducto de los impuestos, pertenece á la comunidad por en- 
tero; quienes, deseen profesar dignamente un culto, que 
edifiquen, á su propia costa, mezquitas, sinagogas, iglesias^ 
ó lo. que más les agrade; la institución moderna de los go- 
biernos responde á fines exclusivamente civiles y políticos 
que sufrirían detrimento en su prestigio, amplio, neutral, si 
empañados por intereses fraccionarios de un orden muy di- 
verso y cada día más privativo del individuo. En presencia 
de esta imparcialidad inquebrantable, las religiones solo haxk 
podido confiar en sus propias fuerzas y han neeesitado buscar 
apoyo expontáneo en las filas del pueblo. Eüsta pcimei» 
transformación^ impuesta fatalmente por el medio, tuvo la 
virtud inmensa de romper hasta la semilla de las perezas 
monacales que, cuando hay necesidad de buscarse recursoa 



DESDE WASHINGTON 359 

para vivir, no se tiene mucho tíempo para dormir la siesta, 
y las grandes siestas del espíritu y del cuerpo son la ca- 
racterística morbosa de otras sociedades menos adelantadas 
y menos felices. Ni un centavo^ ni el asomo de una in- 
fluencia en las alturas del mando: todo había que esperarlo 
de las energías independientes. 

Sin alivio de peso^ arrancando del mismo punto de par- 
tida, tropezando con las mismas dificultades^ acreedoras al 
mismo premio, todas las religiones han trillado^ trillan, idén- 
tica pista. Ellas, que talvez en un principio iniciaron la 
campaña bajo una impresión de desaliento, temerosas de un 
fracaso, se sienten poderosímas en la actualidad, ricas, con- 
solidadas, prósperas, ya sea en el número de pesos 6 de 
fieles recogidos. £3 que las filas de la multitud son ma- 
nantial inagotable de misticismo. Allí está el dominio de 
las penumbras aplastadoras; allí se siente más y se piensa 
menos; allí deja rastro de fuego el desastre, y la miseria 
siempre fructifica, y se desespera m*\chas veces de la dicha 
como bien del mundo. ¿Cómo no comprender, entonces, que 
allí radique sus entrañas la fe en reparaciones ultra-terrenas? 
La ciencia y la religión están reñidas; bajo el reactivo del 
examen experimental caen, como castillos de barajas, los más 
aceptados teoremas teológicos; sea, pero ningún razonamiento, 
ninguna propaganda de prueba, alcanzará á arrancar las 
creencias del alma del pueblo, que serán eternas como son 
eternos los dolores y las alegrías humanas que las inspiran. 
Hay instantes en que esas fidelidades de credo parecen va- 
cilar bajo el azote de un huracán de ideas buenas ó de 
ideas malas; pero cuando el ambiente se esclarece, se vé 
que el mástil de la nave todavía continúa sosteniendo el 
velamen y desafíando tempestades. Ahora mismo, ante las 
perspectivas horrorosas de derrumbe que decreta el anar- 
quismo, cuando el maderamen otra vez cruje, castigado por 
lili mar de fondo que evoca las catástrofes de la Comuna, 
se busca en el sentimiento piadoso, suave, consolador, un 
freno, tal vez el único, oponible á las pasiones enfurecidas. 
Pnes, obligadas las diversas sectas á aproximarse, por razo- 
nes económicas de existencia, á la muchedumbre, sus após- 



360 LUI8 ALBERTO DE HERRERA 

toles han debido aguzar el ingenio para obtener prosélitos y 
abierta esa vía de esfuerzos legítimos^ han agotado todos los 
recursos inmaginables de atracción. Penetrados de que ya 
han pasado, felizmente^ los días reaccionarios del cilicio y 
de las disciplinas, sabiendo que aun los siervos más devo- 
tos prefieren elevar plegarias, bien arrellenados en un asiento 
confortable, ellas han multiplicado las sillas holgadas y los 
blandos cojines. Y de noche, por si acaso el neófito ea 
corto de vista ó de escasa voluntad fervorosa, se le evita 
el trabajo de seguir en un libro el curso de las oraciones 
reproduciendo su texto, mediante proyecciones cinematográfi- 
cas, sobre una cortina blanca extendida frente al altar. Vien- 
do los juegos de figuras que aparecen allí acentuando el 
énfasis de la propaganda, se convencería de que no estaba 
tan equivocado aquel rematador famoso que ofertaba un 
ejemplar de la biblia con ilustraciones. 

Caída la semilla católica en este terreno libre, debió ab- 
dicar 8US ideales parasitarios, renunciando á sus aficiones 
estáticas, si pretendía adquirir cuerpo. Así lo hizo, tímida- 
mente en un principio, para ir tan lejos, después, que á la 
fecha su desarrollo ofrece aspecto característico. ¡Qué diíe- 
rencia de exterior, de pensamiento, de palabras, de con- 
>ducta, entre uno de esos sacerdotes, ignorantes y opacos, 
exportados de la península itálica, y un' ministro del mismo 
culto, simpático y liberal, formado en los Estados Unidos! 
Este país, que perturba ya con su influencia personalísima 
las ideas del mundo en todos los órdenes de la actividad, 
ha rendido á la religión católica un servicio invalorable, cu- 
yas cofi.«ecnencias dejarán huella, modernizándola en sus as- 
piraciones, apartándola de los ensueños de mando temporal» 
'Convenciéndola de que su campo de fecundo esfuerzo está 
en el corazón de los atribulados, obligándola á renunciar á 
derechoa arbitrarios de primogenitura, inyectándole, en fin, en 
la sangre empobrecida, los glóbulos rojos de la tolerancia y 
-de las sencilleces puritanas. Siempre podrá enorgullecerse la 
iglesia reformada de haber consagrado su espíritu liberal 
abriendo espacio, tanto cuanto han demandado, á los propa- 
gandistas de la opinión romana. El catolicismo norte-ameri- 



DESDE WASmnaTON 361 

<;ano, purificado .por el ejercicio de lus libertades protestan- 
tes, que antes y eo todas partes él siempre combati<5 ea- 
carnizadamentey ha perdido aquí todos sus rangos autoritarioB 
y ya, en la actualidad, cuesta convencerse de que él des- 
cienda de tradiciones intransigentes. Pero la fuerza del pa- 
pado es tan extraordinaria que, apesar de las profundas di- 
ferencias existentes, todavía no se ha roto el hilo vital que 
ata la iglesia de Boma á la iglesia de los Estados Unidos- 
Llena de asombro y de satisfaoción ante la singular lojia- 
nía de sus misiones ultramarinas, la Santa Sede, contagiada 
en alguna parte por el espíritu liberal del siglo, no ha inten- 
tado imponer pesadamente su autoridad sobre sus nuevos 
emporios coloniales .de fé. Ella ha debido rendirse ante la 
evidencia de este precioso retoñamiento, que llega tan á tiem- 
po, cuando las fuerzas morales de la Europa empiezan á 
extinguirse. Puede asegurarse que estamos delante de un 
potente desdoblamiento de la religión católica. Aleccionado 
por la experiencia, esta vez el pontificado no extremará los 
términos de la adhesión extricta y por eso no existe el peli- 
gro de que se reproduzca el ejemplo de un cisma como el 
de la iglesia de Inglaterra en tiempos de Enrique VIH. 
¡Caprichos reconciliadores del destino! Las ramas que llega- 
ron á ser antagónicas han vuelto á confundir sus follajes en 
las tierras vírgenes del occidente. Sin embargo, día llegará, 
no sé si dentro de poco ó nó, en que, pagando tributo á 
una ley fatal y lógica de desarrollo, el catolicismo norte- 
americano adquirirá su autonomía. Pero esto sucederá sin 
enojo, sin rompimiento, sin disgusto, con beneplácito de Ja 
<;abeza dirigente. La iglesia griega surgió como el resultado 
de una controversia apasionada entre Roma y Constantinopla, 
^ue hizo crisis al discutirse los derechos de los patriarcas 
ecuménicos. Fué el fruto de una guerra interna. La iglesia 
de América será el fruto de la paz, de la convicción, do la 
prosperidad propia, de las exigencias geográficas. Es en vano, 
las ideas del Viejo Mundo no son las mismas que gobernarán 
al futuro del Nuevo Mundo y en polítlcl^ en literatura, en 
arte, en instituciones, en gustos, en religión, se está fundien- 
do ya un tipo propio y emancipado. 



362 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

Después de conocer^ aun á vuelo de pájaro, el carácter 
del sentimiento religioso en Norte América, se impone con- 
fesar que nosotros estaríamos más cerca de la perfección si 
aceptáramos, también en esta materia, su noble ejemplo. Aun- 
que continuamente se pregone lo contrario, uo es cierto que 
en el Uruguay exista el mutuo respeto de opiniones como lo 
concibe cualquier espíritu tranquilo. Quitando las diferentes 
ramas del tronco protestante, cuyas extraordinarias cualidades 
de moderación no pierden intensidad ni aán en los medios 
más irregulares, es indudable qué la propaganda católica y, 
sobre todo, la racionalista, gobiernan por la pasión ofensiva 
sus esfuerzos conquistadores. Al fanatismo religioso, por su- 
puesto malo, se ha. opuesto el fanatismo liberal, mucho peor> 
porque, precisamente, invocando la libertad y el derecho, se 
legitiman, sin darse cuenta y en el calor de la batalla, los 
más reprobables atentados. Caracterizándolo así de manera 
bien ingrata, una turba de insensatos se permitió atacar á los 
templos y apedrearlos y amenazar á sus pártocos y todo esto 
sin saber por qué y después de ver representar á esa cElec- 
tra> de Pérez Galdós que, á buen seguro, no le dá repu- 
tación literaria al genial escritor español. ¿No fué aquel un 
atropello inicuo para el que no encontraron palabras de cen- 
sura muchos espíritus superiores? Más tarde y repetidas 
veces, hoy en la capital, mañana en San José, pasado en el 
Salto, jóvenes sin cultura penetran á las iglesias durante las 
horas de ejercicios espirituales para cometer actos hostiles^ 
brutales, vergonzosos. Cuando la autoridad, cumpliendo, aqo( 
ó allá, sus obligaciones tutelares procede enérgicamente contra 
los bochincheros, contra quienes serían verdaderos delincuen- 
tes en los Estados Unidos, y los expulsa de los atrios, sin 
lastimarlos pero usando de la decisión necesaria, ellos gritan^ 
accionan, hablan de la Constitución y de las leyes. ¡Qué 
lástima que esos ardores activos no se apliquen á mejor 
cau^a, discutiendo votos en • épocas de comicio, alrededor de 
las mesas electorales! £s cierto que resulta mucho más fácil 
echárselas de guapos con inofensivos sacristanes y asustar á 
señoras que encararse con un votante usurpador y denan* 
ciarlo virilmente y sin miedo. 



1>EBDB WÁBHIIlOTOir 963 

Por otra parte, recordemos Iob escándalos que se prepa- 
raban, noche á noche, en un principio, contra los propagan- 
distas del Ejército de Salvación, que se reunían en un local 
cerrado á cantar sus himnos. E^a secta posee inmenso arraigo 
en Norte América 7 á su jefe, el general Booth, le dio larga 
audiencia el presidente Mackinley el mismo día en que se 
declaraba la guerra por Cuba. Seducido por su fama, traté 
de oírlo una vez en New York y aunque el local elegido 
para la conferencia era inmenso — la Academia de Música — 
no pude entrar por falta de espacio. Pero para convencer- 
nos de nuestro poco liberalismo práctico supongamos que, 
aprovechando las noches de verano, un sujeto á quien se le 
ocurre ser budhista y que desea pregonar las excelencias de 
su religión y que no tiene amigos, ni un centavo para al- 
quilar un salón particular, ó que teniendo ambas cosas pre- 
fiere no utilizarlas, planta una silla en la calle Sarandí y 
espeta un discurso, diez discursos, sobre su religión. Por 
lo pronto la autoridad será la primera en negarle el derecho 
elemental de emitir su pensamiento siempre que no sea con 
sacrificio del orden páblico. Pero i^regnemos á esto que, 
antes de que intervenga la policía^ el interés de conservar su 
integridad física ha puesto en fuga al parlanchín que ha co- 
metido el error de creerse huésped de Norte América. Mal 
rato pasaría aquí quien se atreviera á faltar en considera- 
ciones sociales al más humilde de los charlatanes callejeros, 
que siempre tiene á sus espaldas el apoyo eficaz y rudo 
de los oyentes. ¡Elsta si que es libertad, grande, ámpliai 
frondoea, de sombra igual para todos! 

La prosperidad de las religiones en los Estados Unidos 
entraña otro argumento elocuente en favor de la separación 
absoluta de la Iglesia del Estado. Ella vendrá muy pronto 
en nuestro país, para beneficio de todos. Sensible es que el 
catolicismo no quiera entenderlo todavía y se oponga hoy 
apasionadamente, á una reforma saludable é impuesta, como 
se opuso ayer, con desesperación, á esa sabía y hermosa ley 
de r^istro y matrimonio civil, como se opondrá, maf&ana 
á esa otra ley de divorcio, que también vendrá á pesar de 
las oposiciones sectarias. ¿En vez de ponerse en pugna con 



364 LUI8 AEBIRID DS BBftRBRA 

Io8 representantes de la soéíedad cml, ^no faera más *hábil 
imitar el ejemplo de Norte América 7 consederles el caráeter 
.dirigente, superior á todos los grupos, que á ellos les correa 
ponde? Ya suena eomo una curiosidad de mmeo aqudlo de 
«rey cristianismo», «protector de la fé», etc. Los gobiernos 7a 
no pueden tener divisa religiosa. Y, con certeca, el apoyo 
V oficial no le daría jamás en nuestro país al jefe del catoli- 
cismo nacional instalaciones tan lujosas 7 dignas como las 
que debe a^ora á la generosidad devota de la familia de 
Jaekson. 

Como reflexión final, uno se pregunta si saben á dónde 
van, si conocen bien el camino que señalan sobre el flanco 
escarpado de la montaña, los liberales fanáticos que tanto 
abundan 7 seguidos, á menudo, con rasgos de inconciencia, 
por las falanjes estudiantiles. Elstá bueno; ellos pregonan^ 
en odio al catolicismo, la guerra á muerte á las conviccio- 
nes religiosas. Renegar de las creencias, hostilizar á los sa- 
cerdotes, zaherir al señor arzobispo de Montevideo, á pesar 
de su indiscutible valimiento intelectual, apuntar á los tem- 
plos que se erigen, como á sitios de corrupción, apedrearlos 
cuando la oportunidad impune se presenta, reírse de los qae 
profesan ideales piadosos. ¿Puede ofrecer confianza á los 
espíritus limpios de prejuicios ese programa de una locura? 
Se conteste á un fanatismo con otro fanatismo. ¿Por qné 
no apearse de los dos 7 deslindar, en forma sensata, loa 
campos del criterio? Responsabilidad grandísima la de in- 
sistir en que se arranque de cuajo el aentimiento religioso, 
que brote en los corazones felices como las aguas puras 
de una fuente, sin proponer elementos morales para reem- 
plazarlo! No se tenga duda de que la incontrasteble fuensa 
social de los Estedos Unidos se basa, en mucha parte, en 
el cimiento cre7ente, fooderadOf smicillOj Ubt^y de sus mnl* 
titudes. No seamos, pues, soberbios al extremo de desechar 
enseñanzas de conducto colectiva que llegan de tribuna tan 
alta. 

Me apercibo de que el colorido «espontáneo 7 suave de esta 
erónica será para algunos, ó para nnicbos, testímomo de qoe 
•empalidezco como libesal. ¡Lo ^ue son las cosas! Kenso, 



DE8DE WASHINGTON 365 

al revés, que uno se fortifica en esa condición. Como las 
intransigencias religiosas son primas hermanas de las intran- 
sigencias políticas, esto me evoca una reminiscencia que 
rec<^ hace varios años y que me ha sido muy provechosa 
en lo sucesivo. En 1896 nuestro partido pregonaba el mo- 
vimiento armado que, realizado luego, reivindicaría, definiti- 
vamente, el honor cívico de los orientales. Aliados en ese 
idael todos trabajábamos sin descanso, pero mientras, unos» 
envueltos en la tánica de las tradiciones, decían que la cam- 
paña iba dirigida contra el partido colorado, otros, afirmaban 
que su objeto era derrocar al sistema oprobioso, sin nombre^ 
integrado también por algunos correligionarios, — más culpa- 
bles que ningunos — que afrentaba á la república. A estos 
últimos, que éramos la mayoría, felizmente, y que representá- 
bamos la idea nacionalista, ya triunfadora, se nos apuntaba 
como á afiliados desteñidos, tímidos, incapaces de ser radica- 
les, temerosos de salir, cá las cuchillas». Los meses corrie- 
ron vertiginosos y el desenlace trágico se produjo. Aquí 
entra la moraleja útil á que he referido: cuando nos con- 
tamos alrededor de los fogones revolucionarios, allí no estaban 
los € tremendos >• ¡Y así son de frágiles todas las intran- 
sigencias ! 






XVII 



La mujer en Estados Unidos — Posición que ella ocupa — 8u Influen- 
cia social y política — Estadística de empleadas oficiales — Evo- 
lución de la Idea emancipadora — Triunfo definitivo — Algunos 
ejemplos seductores — Condición Injusta de la mujer entre noso- 
tros — Exclusiones odiosas — Una esclavitud disfrazada ^ OondU 
ción falsa de la mujer pobre y de la rica — Necesidad Imperloea 
de una reacción — Sus frutos. 



El tema de esta carta será muy dulce^ pues me ocuparé, 
en primera línea, de la mujer norte-americana y de su in- 
fluencia social. Creo que, por esta única vez, tengo derecho 
legítimo á pasarme de la raya en la extensión de mis pá- 
rrafos, porque las conversaciones prolongadas se hacen cor« 
tas cuando ellas giran sobre asuntos agradables y, — ¿para . 
qué negarlo? — todos padecemos de las mismas preferencias 
golosas. Por otra parte, estoy seriamente convencido de 
que la más valiosa fracción del género humano está frente á 
nuestras filas, conforme en un todo con la opinión de cierto 
cómico ocurrente que decía, noches pasadas, que la mejor 
pnieba de que las damas valen más que los hombres está 
en el hecho de que, si todas ellas emigraran á la China, 
pues allá, á la misma China, irían todos estos á rogarles 
que desistieran de su cruel propósito de extrañamiento. ¡Cuan* 
tos años, cuántos siglos hace que se ha afirmado, abonándolo, . 
enseguida, con demostraciones de teorema, que el sexo fe- 
menino gobierna ai mundo, pero con la particularidad inte- 
ligente de que nos maneja con rienda de seda, sin poner en " 
evidencia, cegad, por la vanidad, la fuerza de su dominio! 



368 I^UIB ALBERTO D£ HERRERA 

Eq cambio ¡qué tontos somos los hombres! Como la parte 
contraria nos viene repitiendo, desde tiempos inmemoriales^ 
que el mando de la nave es nuestro^ estamos persuadidos de 
que así sucede, mientras nos derretimos atuzándonos las pun- 
tas de escobillón de nuestros mostachos gatunos. ¡Pobres ca- 
pitanes, perdidos en el mar de todas las dudas si les faltara 
el auxilio orientador de esa brújula silenciosa y humilde, 
prisionera de cristales, como una imagen, que ocupa, resig- 
nada, sitio secundario y sin embargo dirigente á la popa 
del barco! La mujer es algo así como la atmósfera del 
universo moral y gracias á su influjo benéfico no siempre 
respiramos gases deletéreos. Tiene puntos de identidad con 
esa inmensa onda eléctrica, atada como una corbata impal- 
pable al cuello de la Tierra, hasta en la circunstancia de 
que' su poder se siente pero no se vé, de que ella sirve tam- 
bién de vehículo maravilloso á la telegrafía sin hilos y de 
aer todavía, como el extraño fluido, un enigma científíco in- 
Boluble. 

En alguna de mis anteriores correspondencias, al enunciar 
las causas visibles, al alcance de cualquier espíritu vulgar, 
de la grandeza de este país, incluí á la mujer nacional entre 
algunos dé los factores fundamentales. Talvez haya parecido 
exagerado este aserto y, precisamente, para probar la razón 
que me asiste al expresarme así, he elegido ese asunto para 
la presente crónica. A la par de las nerviosidades incansa- 
bles dé la vida urbana, del vértigo de movimiento en todas 
partes dominante, de las audacias arquitectónicas y del por- 
fiado afán mercantil de las gentes, impresiona al latino, fo- 
rastero en' New York, la libertad pasmosa de que gozan las 
mujeres, su intervención eficaz y considerada en las activida- 
des- diarias y, sobre todo, el respeto expontáneo que se les 
rinde en la calle, en el tren, en las oficinas públicas y en 
loff escritorios privados. La ley americana, en eso especial- 
mente' stfbia, dá siempre la razón á las reclamaciones fenie- 
nioft^ cuando las apariencias les son favorables y,' déníád está 
el decir, que pocas veceff se equivoca. Importunar á una 
selKyrKay acósarbí ' con ' persecuciones galantes, es cosa gfíive'^ 
en^* los Estados Unidos; qutB bastará una sitnpto protesta cá- 



DR8DE WASHINGTON 369 

lurosa de la víctima para que cualquier transeúnte se le 
ofrezca de escudo^ sin perjuicio de la ingerencia represiva del 
policeman. No hay ante ellos apelación que valga. Posee 
relieve notorio aquí el caso deagraciado de un diplomático 
á quien le costó el pucí^to un disgusto callejero de ed4 ín* 
dolé. Insisto en estas generalidades porque sentando bien 
el punto de partida se comprenden, sin dificultad, todas las 
consecuencias que se suceden. No se discute, pues, que la 
mujer es uu mietnbro sagrado de la sociedad en Norte 
América. Apreciemos lo que tanta cultura significa. Moral- 
mente, se ha dignificado, de manera perdurable, á un sexo 
tan competente, tan asiduo en el cumplimiento de sus de- 
beres, más sagaz que el sexo opuest'i. — Ss obtuvo, sin 
género de duda, ese halagüeño provecho el día en que la 
mujer encontró abiertas muchas sendas de labor, antes ce- 
rradas, el día en que ella pudo bastarse á sí misma con su 
trabajo honrado: ese día ganó la humanidad una gloriosa 
batalla sobre la injusticia, se redujo el índice de los in- 
fortunios virtuosos y disminuyeron los dramas catalogados 
de la miseria. Socialmente, ha surgido uu nuevo elemento de 
lucha que contribuye, con tino y acierto, á las tareas co- 
munes, repartiéndose así mismo la miel de los panales por 
las diferentes celdillas de la colmena. El cuerpo de la co- 
munidad estaba inutilizado, justamente en su mitad más va- 
liosa, se arrastraba hemiplégico, pagando tributo á los pre- 
conceptos crueles de las épocas de opresión. A buen seguro 
que brotó más luz sobre los horizontes del porvenir cuando 
Be rompieron las torpes ligaduras y la misma sangre de 
prosperidad y de derechos circuló por todos los vasos del 
organismo. Con la entrada de la mujer en el mundo do 
los negocios, como aspirante á puestos remunerados en las 
diversas esferas, ha surgido, económicamente, un elemento de 
influencia beneficiosa, cuya competencia activa pronto se ha 
hecho sentir con sorpresa de los escuadrones masculinos. £i 
mismo efecto opulento que produciría el lanzar á la circu- 
lación emisiones garantizadas y prestigiosas de billetes. £1 
número de brazos laboriosos casi se ha duplicado y nadie 
pretenderá negar que con este importante caudal de ener- 

2i 



370 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

gÍMS morales ha aumentado en intensidad fecunda el senti- 
miento público. 

Después de vivir en los Estados Unidos, pudiendo apre- 
ciar, ú cada instante, la amplitud del campo ofrecido en la 
actualidad á las emulaciones femeninas, parecería que el ideal 
de la labor liberalizada é igualitaria estí ya alcanzado, siendo 
realidades sus más atrevidas proyecciones. La mujer, espe- 
cialmente señoritas de quince á veinticinco años, intervienen 
de manera eficaz en el trámite diario de los negocios más 
serios y delicados. Si vais por asuntos profesionales al es« 
tudio de un abogado, salciríí á recibiros una niña, alumna de 
la escuela de Derecho, que, sin perjuicio de asistir á las cla- 
ses, hace allí la práctica de su carrera y allí se gana hol- 
gadamente la vida. Si, hostiliza los por punzadas de dolor, 
¡tan conocidas!, vais á casa del dentist:i, hallareis que éste, 
para auxiliares de sus tareas, prefiere á señoritas. Si en- 
tráis á cualquier institución bancaria, allí está la mujer aten- 
diendo, en calidad de dependiente de confianza, á las seño- 
ras que tienen asuntos con la firma. L^ encontrareis también 
en todos los escritorios comerciales, sean las que fueren sus 
especialidades, ya ¡levando la contabilidad, 6 sirviendo la co- 
rrespondencia estenognífica, 6 tomando en taquigrafía la res- 
puesta apurada de estos patrones impacientes y vertiginosos, 
ó cumpliendo diligencias de orden exterior, ó atendiendo á la 
cobranza, ó encargada de la dirección general. La encon- 
trareis también, absorbiendo los deberes del mostrador en 
los grandes establecimientos de venta, siendo justo agregar, 
como dato complementario que abona por sí solo las venta- 
jas de la hermosa reforma, que, invariablemente, el manejo 
de la caja en todos los negocios, boticas, hoteles, tiendas, 
escritorios, almacenes, librerías, bazares, etc., está en* las ma- 
nos exclusivas de mujeres. 

li^te argumento encarnado en la práctica desmenuza todas 
las tiradas teóricas de la restricción, que ningún americano 
ni nadie confiaría á personas ineptas el cuidado de sus pe- 
sos sólo por rendir homenaje á ímpetus galantes. En las 
oficinas públicas y en el correo predominan las empleadas. 
Días atrás visité la casa en que se imprime el papel áioneda 



]>B0DB WASHINGTON 



371 



y apenas traspuse la entrada,- me hallé dentro de las Ifneas 
de un ejército femenino. Aquella obrera colocaba atenta- 
mente las hojas sobre la piedra litográfica mientras este obre- 
ro atendía el funcionamiento de la maquinaria; allá^ una, • 
preparaba las soluciones químicas, y otra, que ostenta en el 
pelo un ramo de flores, regalo seguro de sn novio, hace ano- 
taciones, sin levantar la cabeza del pupitre; y otra ríe, más 
lejos, á la vez que acomoda los mazos de billetes; y, la de 
más allá, después de cumplir su parte de las tareas del 
momento, se sienta á descansar, consciente de su derecho 
y con tranquilidad republicana, á la vista del jefe de la sec- 
ción, que se guardaría muy bien de censurarla y mucho 
menos de levantarle la voz, porque ser empleado no importa 
ser bestia de carga con el cuello perpetuamente inclinado 
bajo el peso de la coyunda, y todos nos debemos conside- 
raciones los unos á los otros. ¡Hermosísimo espectáculo de 
redención! 

Como el asunto posee interés y hasta novedad para nos- 
otros, no vacilo en insertar algunos datos estadísticos, que 
acabo de obtener, que dan idea exacta do la cantidad de 
representantes del sexo femenino, frente al masculino, coloca- 
das en las oficinas gubernamentales en la ciudad de Was- 
hington. Son los siguientes: 



VAXOKSS 



VUJXBX8 



Mansión Ejecutiva (Casa Blanca) . . . . 
Departamento de Estado (Ministerio de R. E.)- 

» Tesoro (Ministerio de Hacienda). 

» de Guerra 

» » Marina 

» » Correos • • 

» del Interior 

» de Justicia • 

> » Agricultura ...••• 

Casa de Moneda • 

Departamento del Trabajo . 

Comisión de Pesquería 

» > Comercio entre los Estados • . 

» del Servicio Civil 

* Industrial • • . 

Instituto Smithsoniano 

Oficina de las Repúblicas Americanas. . . 

Totales 



28 


■ 


92 


17 


3.234 


2.213 


2.411 


300 


2.292 


85 


812 


237 


4.810 


2.862 


■ 191 


21 


(m 


332 


2.623 


1.060 


74 


18 


55 


12 


133 


— 


55 


6 


19 


7 


320 


37 


13 


9 


17.812 


7.216 



372 LUIS ALBERTO DB HBBSERÁ 

Es decir^ que al presente casi la mitad de los miembros 
del servicio oficial son mujeres; y, como en las sustitucio- 
nes que se producen^ un ochenta por ciento pertenecen á 
personas del mismo sexo, puede desde ya afirmarse, con cer- 
teza aritmética, que en un plazo menor de treinta años no 
quedará un sólo hombre empleado en las dependencias del 
gobierno. ¡Derrota completa! Debiendo advertir que ella po- 
see singular mérito por cuanto los aspirantes á estos puestos 
deben pasar por la prueba de un examen de competencia. 

El Secretario del Tesoro, Mr. Spinner, fué el primer fun- 
cionario que dio, en 186i, entrada en el servicio á las se- 
ñoras. Bien se aprecia que la progresión invasora es galo- 
pante. Puede afirmarse que son pocas las propagandas de 
la época contemporánea que han obtenido el brillante éxito 
de la seguida aquí para conquistar la emancipación de la 
mujer. Bien vale la pena apuntar algunos antecedentes para 
demostrar cuántas arbitrarias cortapisas se han roto, gracias 
á un esfuerzo tenaz de medio siglo. A principios de 1848 
estaba en vigencia en los Estados Unidos la Ley Municipal 
inglesa, de la que ha dicho una distinguida escritora que: 
cel tratamiento que ella determinaba para la mujer era una 
mancha para la civilización, sólo comparable en iniquidad á 
la esclavitud del negro». Comentando en esta parte ese 
cuerpo de leyes, expone el célebre Blackstone que: cía 
misma existencia de la mujer quedaba en suspenso durante 
el matrimonio ó, por lo menos, consolidada en la del ma- 
rido». Determinaban algunas de sus disposiciones que cpor 
el casamiento, el marido y la mujer se convertían en una 
persona ante la ley, siendo aquél dueño y señor de ésta, 
estando obligado á darle techo, alimento, medicina y ropas 
y pudiendo disponer de sus ganancias y persona donde quiera 
que se hallase», agregando: cque siendo responsable el ma- 
rido de la moral de su mujer, tenía derecho á elegir domi-* 
cilio y á gobernarlo, á elegirlo amistades á aquélla, á sepa- 
rarla de sus parientes, á restringir sus preferencias religiosas 
y libertad, estando habilitado para corregir sus faltas, ea 
forma suave, y á castigarla, si fuere necesario, con modera- 
ción, como si fuera su aprendiz ó una simple criatura >• 



BWt>B WASHINGTON 373 

El primer paso tendente á modificar estatutos tan morti- 
ficantes lo dieron, simnltáncamente, las legislaturas de New 
York y de Pennsylvania, autorizando, á fines de 1848, á las 
mujeres casadas á tener propiedades y á manejarlas con toda 
independencia de sus maridos. Estos fueron síntomas de la 
reacción cuyo advenimiento se aproximaba. Apenas termi- 
nada la guerra civil el esfuerzo adquirió carácter amplio, exis- 
tiendo motivo para afirmar que el mencionado conflicto 
interno vino á apresurar la realización de los propósitos per- 
seguidos. € En efecto, dice un escritor, el abandono, por 
cientos de miles de ciudadanos, de las granjas, de las tien- 
das, de las fábricas y de ios almacenes, lanzados al campo 
para engrosar las filas de los combatientes, hizo de absoluta 
necesidad que las mujeres dieran un paso adelante para lle- 
nar las vacantes dejadas, á fin de que no se interrumpiera 
el trabajo en la nación. La ausencia eterna de muchos que 
partieron con propósito de volver y la tendencia creciente 
á trasladar Ja producción doméstica del kome á la factoría, 
prácticamente resolvieron la cuestión de dar entrada á la 
mujer en las ocupaciones á sueldo.» En el curso del mis- 
mo año citado se había reunido la primera convención diri- 
gida á sostener los derechos sociales de la mujer. Sus ini- 
ciadoras, Mrs. Elizabeth Stanton y Mrs. Lucretia Mott, adictas 
á las doctrinas religiosas de los quákeros, merecen ser recor- 
dadas con profundo respeto, pues ellas abordaron, valiente- 
mente, una empresa llena de dificultades y de escollos para 
conseguir, al fin, vencer el empuje de las marejadas adversas. 

Del seno de aquella histórica asamblea liberatoria salió un 
documento memorable que es una declsración concienzuda de 
los derechos femeninos. Lamentamos que su mucha extensión 
no DOS permita insertarlo íntegro, pero como se trata de un 
fiimpático testimonio de justa energía moral, lleno de ense- 
fianzas útiles, traducimos, enseguida, el texto de algunos de 
BUS incisos. Lleva por encabezamiento el mismo preámbulo 
de la declanoión de la independencia de los Estados Unidos, 
pero sustituyendo por el término, mujeres, la» palabras, Ao/n- 
bres y colonias. El chaguarazo á nuestro sexo es en regla, 
Mmo puede juzgarse: <La historia de la humanidad — dice — 



374 LUIS ALBERTO DE HEBBERA 

■ 

es una historia de repetida» injurias y usurpaciones por parte 
del hombre contra la mujer, cuyo objeto ha sido establecer so- 
bre ésta el dominio de una tiranía absoluta. Para probarlo así 
expongamos sinceramente los hechos á la faz del mundo. 
El nunca le ha permitido á la mujer ejercer el derecho ina- 
lienable del sufragio. El la ha obligado á sometere á leyes 
en cuya formación ella no ha tenido voto. El le ha arre* 
batado regalías que se conceden al más ignorante y degra- 
dado de los hombres, sean nativos 6 extranjeros. El, si casada, 
la hace aparecer ante la ley civilmente muerta. El le ha 
quitado el derecho de propiedad y el de disponer de sus 
rentas. El ha monopolizado todos los empleos que rinden y 
por el desempeño de los pocos que se le confian ella recibe 
una remuneración mezquina. El le ha cerrado todos los cami- 
nos que pueden darle bienestar y distinción y que consi- 
dera más brillantes para sí, pues al estudio de la teología, 
medicina y derecho, ella no tiene acceso. El ha creado un 
sentimiento público falso dotando al mundo con un diferente 
código moral para el hombre y para la mujer; de lo que 
resulta que los delitos morales que decretan la exclusión del 
seno de la sociedad virtuosa do la última, mo solo son tole- 
rados pero aún considerados de pequeño bulto en el primero. 
El se ha esforzado, de todos modos, por extinguir la con- 
fianza que ella pudiera tener en sí misma, á fin de que 
perdiese el propio respeto y para inclinarla á llevar una vida 
dependiente y abyecta. El ha creado las leyes del divorcio 
á su paladar, enunciando como causas justificativas del mis- 
mo, circunstancias que le convienen. El ha usurpado las pre- 
rrogativas de Jehovah pretendiendo asignarle una esfera de 
acción cuando esa facultad sólo pueden ejercerla su conciencia 
y Dios». 

Una granizada de comentarios irónicos saludó la aparición de 
este manifiesto de combate. Cuenta un cronista, que «la tor- 
menta de ridículo y críticas que cayó sobre la cabeza de la» 
mujeres que habían tomado parte en la convención, nunca ha 
sido excedida, ni aún en el curso de la más grosera campaña 
política; agregando, que Jas hostilidades las dirigía el pulpito, 
cuya influen<M, cincuenta años atrás, era muy superior á la que 



DESDE WASHINGTON 375 



goza al presente, y cuyo poder sobre el sexo femenino poseía 
fuerza suprema». Si esas condenaciones de los retardatarios te- 
nían base equitativa, puede juzgarse en la actualidad, cuando 
ya se han disipado los apasionamientos agresivos de las viejas 
propagandas. Habrá, talvez, algún reclamo discutible, sólo dis- 
cutible, en el referido programa de emancipación, pero, en con- 
junto, él sirve de expresión á legítimas aspiraciones. ¿En 
qué motivo atendible fundábanse para excluir á la mujer de 
las aulas de estudio y para negarle el derecho de adquirir una 
carrera, cuando las señoras también son propietarias estando 
abocadas á litigios, y también se enferman y piden asistencia, 
y también han sido dotadas por la naturaleza con brillantes 
enei^fas intelectuales? ¿Por qué privarla de ejercer el co- 
mercio y de emplearse, si ella lo quiere y lo precisa y no 
demanda la ventaja caprichosa de favoriti»*moé para ascender 
la colina? ¿Por qué obligarla á so^iortar maridos degrada- 
dos, verdaderos amos, que la sacrifican y esclavizan, que 
tiran por el lodo el nombre y la felicidad de sus hijos? Por 
otra parte, puede Haberse si triunfó el desdén dirigido contra 
la reacción averiguando cuales han sido los frutos prácticos de 
la batalla. Se sienta una afirmación, acreditada con testimonios 
venturosos en todos los centros de actividad social, avanzando 
que los derechos fimdamentales de la mujer, preconizados 
hace medio siglo, han obtenido nna consagración definitiva, 
inapelable, en todo el territorio de los Estados Unidos. Ellas 
cuentan en la actualidad con más de cien organizaciones na- 
cionales, de las que dependen millares de clubs secundarios 
representativos de millones de asociadas, que ejercen influen- 
cia palpable sobre la comunidad entera. Aquella Ley Muni- 
cipal, en esta parte tan llena de preceptos de corte feudalista, 
ha sido profundamente modificada y, en la mayoría de los 
Estados, la mujer cacada puede controlar sus propiedaden, con 
toda independencia del marido, poseer negocios, manipular sus 
rentas, contratar, hacer testamento, administrar, sostiMier plei- 
tos y comparecer ante los tribunales en calidad de testigo. 
En la quinta parte de los Estados ella tiene iguales dere- 
chos que el padre sobre los hijos menores. La arista más 
trascendental de la reforma la dá el hecho de que, si antes 



376 LUI8 ALBBBTO DE HERRERA 

80I0 existía una oaasa justificada de divoroio, ahora la mujer 
puede alcanzarlo, en casi todos los Estados, por embriaguec 
habitual de su cónyuge, por crueldad probada, por falta de 
apoyo y por deserción del hogar. Algunas legislaturas han 
conferido ya el sufragio fragmentario. 

Kansas ha dado á las mujeres franquicias municipales; 
New York, Montana y Loui:iiana franquicias de impuestos y 
veintidós estados más el derecho electoral aplicado á ma- 
teriales relacionados con las escuelas públicas. Argumen- 
tando con mucho acierto y habilidad, exclama la señora 
Susana B. Anthony, propagandista benemérita que ya sep- 
tuagenaria ha tenido la satisfacción de ver realizadas las 
victorias cuya semilla ella también sembró en los días difí- 
ciles de la convención de Séneca Falls: cEn ningáu otro 
género de actividades públicas existe tanta ausencia de es- 
crúpulos honestos como en la política y obsérvese que éste 
ha sido el único palen(|ue cerrado á la competencia de la 
mujer. ¿No es absolutamente lógico suponer que su in- 
fluencia moralizadora sería tan beneficiosa en esta materia 
como lo ha sido en todas las demás?» La fuerza sensata 
de esa reflexión inteligente no se rompe con el recurso de 
falsas sonrisas irónicas. Pero la emancipación de la mujer 
presenta dos aspectos: el legal, que refiere á los esfuerzos 
que se han hecho y que siguen haciendo con éxito para 
igualarla en r^alías civiles al hombre, y el moral, que se 
representa por la ruptura de esa cadena de prejuicios y de 
convencionalismos que durante tantísimo tiempo la han escla- 
vizado. En otra oportunidad daré complemento á estos pá- 
rrafos desh Hachados abordando la primera faz del asunto 
pero, por esta vez, me detendré en la segunda. Así, pues, 
nada quiero decir ahora 9obre el sufragio femenino, que ad- 
quiere arraigo, día por día, ni sobre el resultado práctico que 
han dado las corporaciones municipales int^radas por damas. 

Bastante tema para llenarnos de admiración encontramos 
aquilatando el soberbio ascendiente social adquirido aquí por 
la mujer. Todos los campos de la actividad los ha invadido 
ella para triunfar. Una vez que ha recuperado la oonfiansa 
en sí misma, que perdiera en los días de las dominaciones 



DE8DB WABHIHOTON 37? 

odiosas» cuando ensayando sas energías laborantes ha podido 
oonvencerse, casi con sorpresa, de que también posee apti- 
tudes para lanzarse sola á la lucha por la existencia, se han 
despertado sus ambiciones más legítimas y en la actualidad 
parece la cosa más natural — como que lo es— verla como 
parte autorizada en todos los palenques del saber y del es- 
fuerzo personal. En varios congresos internacionales á que 
he concurrido, han sido levantadas, perfectamente, por sefio- 
ritas, las actas de las sesiones. A propósito, hablando del 
fallo arbitral dado recien por el tribunal de La Haya en el 
caso litigioso de México y esta república, refieren, con mu- 
cho orgullo, los periódicos americanos y como un signo sin- 
tomático de capacidad nacional, que en el curso de ios deba- 
tes, como faltaran inesperadamente los taquígrafos oficiales, 
ofrecieron sus servicios honorarios algunas señoritas de las 
familias de los delegados yankees que, aceptados, fueron cum- 
plidos con toda corrección, provocando esta novedad caluro- 
sos elogios de los extranjeros presentes. 

Suelo concurrir á las conferencias semanales que se dan 
en el salón de actos de la universidad de Üolumbia y siem- 
pre me encuentro con muchas señoritas que recogen apuntes 
con toda conciencia. Ayer ocupó esa selecta tribuna, para 
estudiar las resuitiincias de la guerra con España y de la 
adquisición de Iss islas Filipinas en los mercados comerciales 
del Asíh, el profesor William Foster, ex-se^retario de Es- 
tado. El tema no ofrecía grandeé atnictivOs á la generali- 
dad de los espíritus femeninos; sin embargo, entre los asis- 
tentes dominaban las señoras, habiéndolas ancianas, estudiantes 
y cultoras de la elegancia. Ahora mismo llego de un teatro 
de raudeville^ al que concurrí con un joven compatriota. 
Los dos asientos próximos á los nuestros estaban ocupados 
por dos señoritas bien parecidas. Ni mi amigo ni yo dedi- 
camos mayor tiempo á la agradable vecindad que, habituado 
uno al sano liberalismo de este medio equilibrado, que no 
admite ligaduras rancias, ya ha perdido el hábito de extra- 
fiarse de acciones qtie en otras partes parecerían delincuentes. 
Claro está qne la cultura se manifiesta del mismo modo en 
cualquier escenario y que uno sabe respetar á la mujer siem- 



378 LUI8 ALBERTO D£ HERfUSRA 

pte, pero aqaí se pierde ese resabio de obsequiosidad inte- 
resada y pegajosa á que somos nosotros tan aficíonadoB. 
Perfectamente; pero supongamos que se nos hubiera ocurrido 
empezar á mirar con impertinencia á las extranjeras fronte- 
rizas 7 que ellas se hubieran fastidiado de nuestra conducta, 
¿quedaban^ ellas, sin recursos defensivos de su tranquilidad, 
fuera do ponerse serías? ¡No había cuidado de eso! Sin el 
menor empacho hubieran manifestado, al caballero más pró- 
ximo, que las molestábamos, aún sin conocerlo, y pronto, 
entre las condenaciones unánimes de la sala, nos habría in- 
vitado á abandonar el local cualquiera de los porteros. 

¡Cómo para meterse á gracioso! Las niñas más distingui- 
das viajan en los ferrocarriles y trasponen enormes distan- 
cias sin que nadie sueñe en importunarla?. Todo es cuestión 
de costumbre y aquí ésta posee ya arraigo orgánico. En los 
remates de libros, por ejemplo, una dama puja á la par -del 
hombre. En las contiterías ellas ocupan, tranquilamente, loa 
puestos que elijen, muchas veces en rueda de amigos. £a 
los paseos circulan sin que las persiga el peligro remoto de 
\\n solo contratiempo. En los alrededores de Washington 
existe un club campestre, hoy de moda, al cual van también 
señoras á tomar un día de campo. ¿Cuál de los asociados 
se atrevería á propasarse? Pero todavía seduce más apreciar 
¡a alta consideración que se rinde al sexo débil en las altas 
esferas del gobierno. En las recepciones más solemnes de 
la Casa Blanca, *fuera del coronel ayudante del Presidente, — 
qne tiene un solo edecán — y de un par de docenas de ofi- 
ciales superiores de marina y de uno que otro general, no 
se ven uniformes que, como es lógico en un país tan avan- 
zado, hasta los propios militares fuera de sus cuarteles y en 
fiestas prefieren vestir de civiles. Pero, en cambio, qué rol 
tan lucido está reservado á las señoras! Pai*a ellas son to- 
dos los honores; ellas merecen todas las deferencias de los 
más encumbrados dignatarios. La Sociedad de Antro|)ologÍH, 
importantísima como puede fácilmente presumirse, acaba de 
hacer recaer la presidencia en la señorita Fletcher, estu- 
diosa que desempeñó papel brillante en el Congreso de Ame- 
ricanistas. Ya está en uso un nuevo sello con la efigie de 



DESDE WASHINGTON 379 

Martha Washington^ la ejemplar compafiera del primer ciu- 
dadano del mundo^ cuyas virtudes así reciben homenaje pú- 
blico de las primeras autoridades de la nación, A menudo 
este gobierno elije á señoras de renombre científico para 
miembros de sus delegaciones en certámenes extranjeros. Exis- 
te aquí una asociación patriótica, denominada Hijas de la 
Revolución, constituida exclusivamente por damas. Posee 
ramificaciones en todo el paÍ3 y celebra, á menudo, grandes 
asambleas en honor de los fundadores de la democracia 
propia. A exponer estos convincentes ejemplos de indepen- 
dencia femenina me mueve algo más que el deseo simple de 
caracterizar una de las arísUis más seductoras del tempera- 
mento social americano. Eauncio esas pruebis de cultura 
pública mientras pienso: «¿y por qué entre nosotros pasan 
las cosas de tan distinta manera, por qué la mujer latina 
continúa siendo una entidad concien te á medias, por qué la 
inutilizamos, la aplastamos, bajo una lápida de rutinarismos?» 
Contesten otros por mí, que ni tengo sabiduría, ni soy toda- 
vía bastante calvo, ni padezco do seriedad crónica para me- 
tenne á filósofo profundo. Busquen otros en la ignorancia 
media de nuestros pueblos, en la extraviada noción del con- 
cepto de libertad que ellos tienen, en la hciencia de las into- 
lerancias históricas, en la influencia avasalladora del clero en 
el seno de los hogares, y en el veneno de los fanatismos 
religioso?, algunos de los orígenes de la apuntada aberración, 
tan afianzada al extremo de que se necesita salir al extran- 
jero y encontrar términos concretos y superiores de compa- 
ración para comprender toda su enormidad y toda su injus- 
ticia. Nos sorprendemos de que en épocas remotas, cuando 
no existían corrientes regulares de inmigración y la guerra 
era el estado permanente de las naciones, se considerara como 
enemigo al extra ngero y se redujera su capacidad condenán- 
dolo á una perpetua minoría de edad en lo referente á la 
adquisición de derechos civiles y políticos. En cambio, no nos 
causa extrañeza la situación deprimida de la mujer entre nos- 
otros y nos parece muy natural que para ella, fuera de las cos- 
tui-as, pagadas á precio inicuo, se cierren todas las puertas 
de la iniciativa, excepto una sola: la puerta del vicio. Las ideas 



380 LUI9 ALBBfiTO DE HER&BRA 

dominanted en nuestro país son bien anticuadas en ese sen- 
tido. Recuerdo que, siendo director de correos, propaso el dis- 
tinguido compatriota doctor Satnrnino Camps, qae se llena- 
ran con señoritas algunas vacantes producidas en la repar- 
tición á su cargo. Su proyecto, tan apropiado y equitativo, 
fué rechazado por ser sus tendencias demasiado revolu- 
cionarias.— ¡ Qué barbaridad, dijo alguno, ofrecer estas co- 
locaciones á mujeres, á las inútiles mujeres, cuando apenas 
alcanzan los puestos disponibles para los hombres! Estos 
son padres de familia, éstos son capaces, éstos tienen obli- 
gaciones sagradas que cumplir. Pero, pregunto yo, ¿aque- 
llas, acaso, no están también llamadas á formar familia; acaso 
no poseen las mismas aptitudes inteligentes; acaso no sien- 
ten el mismo acicate del deber; acaso no acarician ensueños 
de prosperidad? Tan singular extravío de criterio sólo en- 
cuentra pareja digna en aquel caao — que parece cuento — de 
que se impugnara una concesión de trenes eléctricos por- 
que preocupaba al orador la suerte de los caballos supri- 
midos gracias á la reforma del servicio callejero. Cuando 
en edad de maravillosos progresos asistimos á tan increibles 
resurrecciones anacrónicas, ¿es justo que censuremos dura- 
mente á España porque hace la friolera de trescientos años 
prohibía la importación de libros á las colonias y porque restrin- 
gía su comercio? No encuentro motivo físico, moral, ni 
intelectual, para que una señorita no pueda desempeñarse en 
oficinas de trabajo bedentario con la misma diligencia de 
que es capaz cunlquier buen empleado. Si, lo encuentro, bien 
lógico, para afirmar que la mujer, generalmente, lleva á sus 
tareas un esfuerzo más concentrado, más puro, más sagaz 
que el hombre. En lo que refiere á las clases humildes 
de nuestro paíd, felizmente el advenimiento decidido, por lo 
menos en la metrópoli, del período industrial, ha roto la 
muralla opuesta por absurdos convencionalismos. En los gran- 
des talleres se ha hecho espacio amplio á las niñas obreras 
con excelentes resultados, y ya se cuentan por cientos loa * 
hogares apoyados también en el esfuerzo femenino, siempre 
tenaz y valeroso. 

Aprecíese el inmenso beneficio que repoiiía la sociedad ea 



DE8DE WASHINGTON 381 

cuyo seno «e han creado e8tc»s nuevos palenques de trabajo. 
Las fábricas disputan, en silencio, tnás víctimas á la des- 
gracia y á la perdición que la elocuencia de las propagandas 
doctrinarias. Porque el secreto de todas las catástrofes mo- 
rales que se producen en el escenario oscuro de las esferas 
inferiores estriba en la miseria, en las desesperaciones suici- 
das que engendra el hambre. Cread motivos honestos, poned 
pintos de apoyo en el camino de los desheredados, de los 
que marchan pisando espinas, y ya veréis cómo pronto re- 
puntan los saldos de la moralidad publica y los gremios se 
dignifican. La joven que necesita un par de zapatos ó que 
anhela lucir un modesto vestido dominguero ya ni está obli- 
gada á pesar sobre las finanzas de sus padres, ni precisa es- 
perar esas prendas de los demás. Legítimamente, con la 
frente muy alta, ella puede bastarse á sí misma y satisfacer 
los caprichos de su gusto, poniendo á contribución sus pe- 
queños ahorros. ¡Y, cuando las mujeres virtuosas, las santas 
mujeres, no poseen su fondo de economías, que solo apare- 
ce en los días adversos para reanimar esperanzas y aplacar 
dolores! La niña pobre, que antes llevaba vida inútil y 
ociosa, ya no debe esperar horas amargas, ya no tiene razón 
para creerse un estorbo en la familia, porque para ella existe, 
al presente, el auxilio de buenos jornales que la permiten 
concurrir afanosa al bienestar doméstico. 

Por eso^ ¡cuánta semilla de ventura se difunde por nuestra 
campaña, todavía inculta y emparedada^ amojonándola con 
talleres y maquinarias; cuántas honradeces se afirman; cuán- 
tos cerebros se esclarecen; cuántos crímenes y perversiones 
se evitan esparciendo industrias por las regiones del interior I 
Ea la importantísima fábrica de papel del Sauce ho visto á 
muchachas rurales inclinadas sobre los cilindros de acero 
ganándose el pan cotidiano. Nunca soñaron conseguir esa 
carrera salvadora que ha convertido á docenas de paisanitas, 
antes torpes y abocadas al fatalismo de las irreparables caídas 
ignorantes, en mujeres de provecho y capaces de sostener 
holgadamente su independencia personal. £u las filas más 
humildes el sexo femenino ha conquistado ya, definitiva- 
mente, posiciones de combate y así vemos á mujeres del 



382 I.UI8 ALBERTO UM HBRRBRA 

pueblo alternando en sns tareas con los demás obreros. Ein«- 
pieza á señalarse el desequilibrio si ascendemos un grado 
en la escala social. ¿Qué campo de esfuerzo se ofrece á la 
hija del modesto pensionista civil, 6 del empleado de infe- 
rior categoría, 6 del militar á medio sueldo, 6 del extrangero 
que apenas gana para vivir? Brindarle puesto en los ta- 
lleres seria improcedente é importaría desconocer la efec- 
tividad de las diferencias do gerarqufa. Una señorita que 
ha recibido educación esmerada en los asientos de es- 
cuelas públicas de segundo 6 de tercer grado, posee pre- 
paración y debe acompañarla de aptitudes mfiy aprecia- 
bles, que exigen un medio mucho más selecto para su ejer- 
cicio. Si siguiéramos el ejemplo sugestivo de Norte América, 
las representantes de esa clase media, tan digna como la me- 
jor en holgura, pero intercalada, por lo reducido de sus 
recursos, entre la pobre y la rica, encontrarían ventajoso 
escenario activo en las reparticiones oficiales, en la casa 
de gobierno, correo, tiendas, registros, joyerías, bibliotecas, uni- 
versidad, librerias, confíterias, telégrafos, tribunales, bancos, 
hoteles, monte de piedad, hospitales, oficinas de impuestos^ 
oficinas técnicas y ocuparían, además, la gerencia de todos 
ios pequeños negocios, ayudando eficazmente á su marido, 
si son casadas, defendiendo bien los intereses de su patrón, 
si son solteras. Pero aunque llegásemos — obligados por la 
necesidad y por una mayor cultura — á aprovechar la en- 
señanza ajena en esta materia, es indudable que, á la fecha^ 
nos hallamos bastante lejos de esas ideas progresistas. Apun- 
tando una honrosa excepción, las empresas telefónicas han 
dado empleo á señoritas y, á buen seguro, que ellas no tie- 
nen motivo para arrepentirse de la reforma. Esa es en la 
actualidad la tínica senda abierta, bien estrecha, por cierto. 
¿Qné hace entonces en nuestro pafs una niña de diez y siete 
años, dueña de una educación elemental sólida y que quiere, y 
sobre todo, tiene necesidad imperiosa de ayudar á su fami- 
lia y de ayudarse, en forma práctica, á si misma? ¿Cómo 
aplicar su inteligencia sazonada á algfin objeto remunerativo? 
¿De qué manera convertir en dinero los conocimientos esco- 
lares adquiridos, que piden ejercicio para no olvidarse, y 



DE8DE WASHINGTON 383 

llamados á rendir interés? No hallo respuesta satisfactoria 
á esas interrogaciones. Lo natural, lo propio, lo justo sería 
<]ue á la edad apuntada, se abrieran para el sexo femenino 
las mismas perspectivas de labor retribuida que se ofrecen á 
la juventud masculina y que también la selecci(>n se operase 
en sus fílas, dándose oportunidades de triunfo y de prospe- 
ridad á las más hábiles y á las más perseverantes. 

En cualquiera de las ciudades americanas una señorita, ya 
sea empleada de bazares 6 estenógrafa, g^na, á lo menos, 
siete pesos oro por semana; diez, si lleva libros y hasta 
quince y veinte cuando está en sus manos la dirección de 
los despachos. Si huérfanas de todo apoyo de parentesco 
concíbase el capital precioso de tranquilidad y de dicha que 
aportan esos salarios, ganados peso á peso; si hermanas 6 
hijas, apréciese el contingente de bienestar y de soberbia ener- 
gía que ellos determinan! Los beneficios de esa situación 
pecuniaria emancipada se reflejan y descubren en todas las 
faces de la conducta propia. Por lo pronto, la mujer, de un 
objeto de lujo, destinada á adornar estérilmente los escapa- 
rates sociales, se transforma en un elemento precioso de labor, 
y se enaltece ante sus mismos ojos, y enaltece á su sexo, y 
funda con cimiento de granito su futuro, y ejercita con éxito 
completo las facultades relevantes de su espíritu delicado, y 
precipitada al seno de la muchedumbre, puesta en contacto 
con las realidades más arduas, con negocios y con empresas, 
aprende á luchar, y atesora un capital invalorable de expe- 
riencia. ¿No será, mañana, una madre de equilibrios ideales ^ 
capaz de sostener batallas repetidas contra la adversidad^ 
quien conoce el mundo tal como es, tal como él le va á 
presentar pelea y no al través de versos y de metáforas ? 
Claro que las acciones del hombre bajan á causa de estos 
avances conquistadores de las filas opuestas. La preocupa- 
ción de las niñas americanas, una vez que salen de la es- 
cuela, cuando ellas pertenecen á la clase media, consiste en 
obtener un empleo para concurrir eficientemente al sosteni- 
miento de su hogar. Conseguido, lo que poco cuesta, ya 
están echadas las amarras y ya no hay peligro de naufra- 
gio. Que después venga, en buena hora, el casamiento, tar- 



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DESDE WASHINGTON 385 

pero es reemplazado por otros, sino tan imperiosos por lo 
menos igualmente equitativos. 

Favorecidas por la fortuna, las señoritas da esa alcurnia 
están en condición de gustar los atractivos de la vida elegante 
y acomodada. ¿Pero para qué sirve entre nosotros el dinero 
como palanca de entretenimientos dignos? Si la familia de 
alto tono posee quinta de recreo, esa holgura ninguna varie- 
dad agrega á la rutina de todos los días. ¿No sería lo pro- 
pio que esa feliz heredera, que también tiene su coche y 
que sabe manejar una yunta, á la perfección, estuviera habi- 
litada para invitar, por las tardes, á la mejor de sus amigas 
á salir solas, completamente solas, en carruaje descubierto, y 
á el^r cualquiera de las playas para pretexto de un paseo 
agradabilísimo, si en verano, 6 á cruzar por el Paso del 
Molino, como trofeos de gracia y hermosura, si en invierno? 
¿No sería natural que si ella prefiriera otras distracciones 
pudiera ir, acompañada, 6 sola, — ¿por qué né? — á patinar 
al skating-ring, á recorrer los alrededores en bicicleta, á una 
fnatinée teatral, á jugar al lawn tennis en un club de da- 
mas, á salir á caballo, escoltada por algán caballero amigo 
de sus hermanos? 

Nada mtfs bonito que ver todas las tardes en Washing- 
ton Á las señoras más distinguidas haciendo visitas, pasa- 
jeras en espléndidos automóviles que ellas guían solas, sin 
necesidad de chauffeur, con velocidad de exhalación! La li- 
bertad locomotiva no existe para la nnijer en nuestro país. 
Apenas se la consiente recorrer las tiendas principales, pero 
con expreso mandato de efectuar una prudente retirada así 
que comienza á oscurecer. Permitir á una señorita que sin 
guardia pague una visita en el Paso de las Duranas, im- 
porta extravagancia en el concepto general. Sus padres ad- 
quieren fama de temerarios si en idénticas condiciones ella 
va al Peñorol en ferrocarril y vuelve en el día, después de 
pasar unas horas de campo con alguna respetable familia 
de su preferencia; y pasan por locos rematados si, en caso 
necesario, la ponen, también sola, en el tren que la condu- 
cirá al Salto, á Rivera, á Mercedes, ó en los vapores de 
la carrera á Buenos Aires. Todos sentimos la incomodidad 

35 



386 LUIB ALBERTO DE HEEBERA 

arbitraria de semejantes preocupacioue<«y pero ante el temor 
de que se diga: t quiere hacerse la inglesa >, todas las ener- 
gías de reacción inteligente desaparecen. Hacerse inglesa 6 
norteamericana^ — que tanto da — pues si eso es^ precisamen- 
te, lo que se impone en esta materia; si son los pueblos 
sajones lo» que ofrecen, con justo oi^ullo, el espectáculo de 
la mujer redimida; si, aunque nos mortifique, debemos con- 
fesar que en este, como en otros muchos rumbos, de allá 
nos viene la luz de la civilización depurada y nos ilumina 
apesar de que nos cubrimos el rostro para no verla! Entre 
estas razas firmes y equilibradas no abunda la poesía de 
palabras, ni se conocen las siluetas literarias, ni se llenan los 
álbunes de las niñas con párrafos bonitos, siempre desbor- 
dantes de galantería; aquí jamás se oye el eco de himnos 
rimbombantes en honor del sexo opuesto, y el enamorado que 
durante el día plantara su tienda de dulce combate en la 
acera, frente á la casa de su amada, sería tenido por ma- 
niático, sin perjuicio de que un guardián del orden público 
lo arrancara de su abstracción lírica al indicarle la conve- 
niencia de no interrumpir el tránsito callejero. 

Las apariencias son heladas, desfavorables; no así la reali- 
dad. £1 último jornalero, el más humilde hombre de coler^ 
cumple estrictamente sus deberes corteses con una señora y, 
en cuanto á la gente de categoría elevada, nadie soñaría ea 
asediar con impertinencias á una mujer hermosa abusando de 
una debilidad que aquí ya no existe, pues en teatros, paseos 
y ferro-carriles encuentran encarnación rápida las mismas 
ideas caballerescas de noble amparo. En cambio, nosotros — 
aún los que siendo de imaginación puntiaguda iríamos á la 
horca antes de atinar á componer una estrofa, — pregonamos 
nuestro culto admirativo á la mujer, la identificamos con los 
ángeles y sostenemos que ella es mensajera de las dichas 
terrenas y símbolo de supremas virtudes. ¡Mucho concepto 
dulce! No en vano las damas americanas, cada vez que uno 
les dirige, en sociedad, conceptos de elogio delicado, contestan, 
invariablemente, que la galantería es patrimonio de los spani^, 
españoles. Hasta por ahí no más, he pensado más de una vez. 
Pues, reanudando el comentario, no hay cómo negar que entre 



DEBDB WASHINGTON 387 

el aparato deslumbrador de esa pirotecnia de halagos exqui- 
sitos 7 la realidad de los hechos^ existe una diferencia muy 
profunda. ¿Se abona, acaso, la consideración que se reitera, 
al sexo femenino y el elogio caluroso que de él se bace, con* 
virtiendo á la mujer eu una entidad cautiva, restringiendo 
absurdamente su libertad de acción, privándola de ejercitar 
8u inteligencia en asuntos de verdadero aliento, prohibiéa- 
dola abordar tareas dignificantes y encerrándola eu caja de 
cristal, que resulta prisión, como se guardan los abanicos de 
valor? 

Todos insistimos en la inmensa ventaja moral y física 
que reportan los jóvenes dedicando sus ocios á las distrae- 
cienes atléticas. Adaptándolo al caso, ¿por qué no se extienden 
á las jóvenes los beneficios de ese criterio? Las mujeres 
griegas, que supieron encarnar el ideal de la belleza corporal 
y del espíritu, al punto de que on aquella raza desapareci«5 
un modelo imponderable de perfección, no descuidaban la 
gimnasia sabia y conocían los entusiasmos arrebatadores del 
estadio. Pura como los lirios y severa como un .bajo-re- 
lieve antiguo, no fué, no, fundida en blanda cera, la madre de 
Jorge Washington, ni lo fué la de Lincoln, ni la de La- 
martine, ni la de Gladstoue, ni la de Koscíusko. 

£1 único ganancioso con estas trabas aplastadoras opues- 
tas á la actividad femenina por costumbres rancias, es el fa- 
natismo que, apoyándose en ellas, se impone coa autoridad 
irrevocable. ¿No destaca, como consecuencia lógica, como 
ana simple prolongación de imposiciones, la intervención del 
sacerdote en los asuntos privados y los derechos de juez ina- 
pelable que á él se conceden? Nada debe sorprendernos que 
quienes se educan en atmósfera artificial, confinadas, irrespon- 
sables, víctimas de un sistema funesto de enseñanza — que pa- 
rece inspirado en los procedimientos utilizados por la Santa 
Alianza para arrancar, sin dolor aparente, sus pocas plumas 
caudales á aquel pobre niño aiglon, desvanecido como un 
suspiro trágico entre las manos de su buen ó mal abuelo 
el emperador de Austria, — tropiecen á cada paso, tomen por 
pavorosos fantasmas á los molinos de viento, sufran ataques 
de nervios á la menor dificultad y necesiten, en todos los 



388 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

instantes, consejero para dispersar el asedio de constantes ti- 
mideces y vacilaciones. 

¿Qu¿ mejor socorro, entonces, qué consulta más autorizada 
que la del confesionario, al cual empuja, por lo demás, el ca- 
lor de una devoción sincera y profundamente respetable? Y, 
por digna que sea su composición, no es seguramente el cIero> 
beneficiario espiritual, quien va á oponerse al funcionamiento 
de estas clínicas morales, libres de impuestos y que armoni- 
zan, en absoluto, con los fundamentos seculares de la misma 
religión. Por lo contrario, él siempre sostendrá, y se com- 
prende, que en sus manos está el único consuelo verdadero á 
las falibilidades hu*nanas. Así también se explica el fuerte 
Btractivo que todavía poseen esas Visclusiones de monasterio^ 
reñidas con las tendencias de estos tiempos de regeneración. 
Entre el convento doméstico y el convento religioso; entre 
la vida estática, falsa, sin objeto enérgico, que se lleva en 
casa, y la más acentuadamente etérea, que caracteriza á la 
que siguen las monjas, sólo dista un paso. Y ese paso lo 
acorta el más fútil de los contratiempos mundanos. Cuando 
fie prohibe, como si fuera un delito, á la mujer que dirija 
sus facultades esclarecidas á empresas de labor diaria, y se 
•restringe en forma odiosa su libertad de movimiento, y se 
9e quitan las distracciones más inocentes y legítimas, es per- 
fectamente lógico que las agilidades de su espíritu, aun con 
-evidente violencia, se exhiban en otras aplicaciones, que, si 
colocáis una piedra en el camino de la planta que crece, esa 
planta, que necesita sol y luz para vivir, llena de savia y 
llamada á dar flores y frutos, no pudiendo romper el obs- 
táculo que pretende ahogarla, lo abrazará afanosamente bus- 
cando rendijas de escape y, aún oprimida, agobiada, arrastrán- 
•dose como una sierpe, conseguirá sumergir, al fin, sus hojas 
^pálidas en la pila bendita de los aires libres. Por otra parte^ 
los liberales, en vez de apedrear iglesias, hiriendo inicua, 
mente el derecho ageno, para quejarnos, después, porque la 
•autoridad, en cumplimiento de su deber, reprime severamente 
«sos actos de barbarie; en vez de encerrar nuestro programa 
«n ese grito reprobable de ¡abajo los curas! que sólo sirve 
para rebajar á quienes lo profieren y á la causa que así 



DEBOE WA8HINGTOK 389 

desacreditaD; en vez de ir á hacer escándalo á las casas ^de 
devoción, que son exclusivas de los católicos y levantadas 
con sn dinero, honestamente recolectado, para desconocer, 
luego, á los padres, la razón que los asiste para expulsar á 
los profanos irreverentes — debemos recordar que, si aspiramos 
á influir de manera saludable en los destinos de la socie- 
dad, son otros, muy distintos, muy superiores, los recur- 
sos de propaganda, como, así también los temas que ella 
debe abordar. 

Sólo en la cuestión obrera, tan simpática, tan llena de 
atractivos justos, hay asunto para rato. La condición actual 
de la mujer en ios países del Río de la Plata; lo falso de 
su posición en el concierto doméstico; las preocupaciones de 
épocas feudales que la amordazan y reatan; los convencio- 
nalismos que mutilan su libertad con perjuicio de ella y de 
la familia; la negativa porfiada con que se le responde cuan- 
do ella pide trabajo remunerado, no siendo cocinar, planchar 
y coser á precios sangrientos; el efecto que tales obstruccio- 
nes producen sobre la moralidad pública, y el desetpiilibrío 
activo que originan, todos esos elementos de una misma cues- 
tión poseen impoilancia trascendental, y, si no ya, muy pronto, 
cuando nuestra población se condense más y las conciencias 
se orienten mejor, habrá que abordarla seriamente para re- 
solverla. No alcanzo hasta qué punto aceptaremos la rt^forma. 
Lo que si sé es que el día en que la mujor oriental, digna 
de usar diadema por sus virtudes y abnegaciones, ocupe e^ 
sitio dirigente y augusto que en la actualidad no tiene, sé 
habrá agregado un elemento de alta sensatez y cordura al 
núcleo nacional. Lo que sí sé es que, si antes de ahora y 
en muchas ocasiones solemne?, se hubiera accedido á sus 
anhelos purísimos, se habrían apresurado en muchos años estas 
benditas reconciliaciones en que hoy estamos embarcados to- 
dos los buenos y que ya diseñan una claridad sobre el Hori- 
zonte. Desde que la patria es patria vienen las mujeres 
orientales implorando á sus hermanos, á sus padres y á sus 
esposos el olvido de rencores injustificados y las aproxima- 
ciones honradas. E^os ruegos profetices han rendido espíen-* 



390 



LUIS ALBBBTO DE HERRERA 



dido fruto el día en que, extinguida para siempre, por acuerdo 
común, la semilla de las intolerancias malditas, se puso ci- 
miento, ya inquebrantable, á la verdadera concordia. De 
nosotros puede decirse, con acierto, algo semejante á lo que 
ae asegura en aquella frase conocida de que, rascando ua 
poco, debajo del ruso aparece el cosaco. ¡Cuántas ten- 
dencias malvadas, cuántos instintos indómitos, cuántos tem- 
peramentos incultos, suavizan y amansan esas dignísima» 
maestras de escuela pública que tienen la abnegación de 
dedicar la primavera de su vida á la ruda enseñanza de 
inuchachos! Sólo los que la han recibido pueden apreciar 
la bondud indeleble que eUa deja en el espíritu de la infan- 
cuL La niñez es blanda, sensible á las impresiones, como 
tina placa fotográfica; todos ignoran, menos quien estas líneas 
escribe, la influencia decisiva que para él han tenido las 
horas pasadas en la vieja escuela cElbio Fernández», cuando 
lacían allí, desde la cátodfla, 4m intaligftncia ¿allante las seño- 
ritas. Angela Ansehni, Guadalupe Travieso y Sara Tebot 

Acabo de sostener algunas ideas que casi huelen á azufre 
^ntre nosotros y que no faltará quien califique de anárquica». 
y disolventes. Ya oigo: «qué disparate pedir empleos para 
Jas mujeres cuando no los hay bastantes para los hombres !> 
-Argumentación sorprendente por su altruismo y equidad. Como 
que ellos son los fuertes en la creación y su capricho im- 
pera, suya, también, es la parte del león, al igual de lo que pasa 
*n la fábula. Fatalmente el espíritu se rebela contra semejan- 
tes injusticias, después de ver hasta qué bellísimo extremo 
ha llegado la dignificación, la libertad de la mujer, en este país. 
También puede todavía encontrarae aquí alguna persona 
^ue mira con digu^to estas sanas innovaciones. Es mi com- 
{>añera de mesa una distinguida anciana, de maneras corte- 
aanas á los ochenta años, que protesta señorialmente contra 
Ja desaparición de las rutinas que ahogaban antes á su sexo. 
En mi tiempo, tal cosa; en mi tiempo tal otra cosa, exclama 
á cada pabo, sin recordar que nos separa de ese tiempo más 
<de medio siglo de vértigos, de saltos asombrosos, de triun- 
fos y de conquistas. Es cierto que mi interesante iaterlocii- 



DESDE WA8HINGT0K 391 

tora de todos los días tampoco se reconcilia con los trenes 
elevados y con los ruidos de gran fragua de New York. 
Ella vive acariciando los recuerdos aristocráticos del anti- 
guo Tégimen, cuando estaban en su apogeo los títulos duca- 
les y la tarea más pesada de las marquesitas consistía en correr, 
tras de las mariposas, por los jardines encantados del Trianon! 



^^A/^^^^V^^/ii^A/^V^\^A^/^\^^/^^^V^^Si^/>/V^WN^<VWW^V\/^S^^^\'^^^^>A^>^^/^'>^^^^^>^^^^A^^^^^/>^^^A^^^ 



xvni 



La idiosincracia americana — El ciudadano yanlcee — La influencia de 
la instrucción — El cimiento dé una democracia — La organiza- 
ción de la enseñanza primaria en Norte América — Sistema 
práctico — La comuna y la escuela — Desconsolador estudio de 
la nuestra — El porqué de su estacionamiento — Falta de rentas 
y de autonomía escolar — Obligación de los gobiernos. 



Encarando el asunto bajo la faz moral, declaro que el 
rasgo más admirable para mí del pueblo norte-americano con- 
siste en la fuerza homogénea de sua ideales. Todos los hi- 
jos de esta gran patria rinden acatamiento á las mismas 
devociones nacionales . En todos los espíritus , por encima 
de las diferencias históricas, de los afanes religiosos, de las 
pasiones políticas, flotan las mismas idolatrías públicas. Las 
idolatrías son malas, pero, ¿cómo puede alcanzar este de- 
fecto al culto de la tierra nativa, que es una madre, cuando 
todos sabemos que á las madres nunca se las quiere bas- 
tante? 

El paño territorial de los Estados Unidos es inmenso. 
Si lo cruzáis de este á oeste, cinco días de ferrocarril exije 
esa jornada, devorando siempre los cientos de millas con 
rapideces de vértigo. Si de norte á sur, espacio análogo 
de tiempo reclama el viaje transversal desde las ribe- 
ras del San Lorenzo hasta la frontera de México. En 
esa exploración relámpago desfilarán delante de vuestros 
ojos docenas de ciudades enormes y cientos de pobla- 
ciones importantes; de la códta del Atlántico os elevnréis 
hasta la cumbre de los montes Alleghany para descender á 



'•• u 



H94 1.X7IS ALBERTO D$ HERRERA 

las planicies del Mi^sisipí y subir, luego , como si fuera una 
montaña rusa^ la cordillera Rocosa, repetir el mismo esfuerzo 
hasta las crestas de la sierra Nevada y conocer, final- 
mente, sobre las playas del Pacífico, los límites de una na- 
cionalidad que ya discute su línea divisoria con el mismo 
octano; en sentido distinto, apreciaréis cambios extremos de 
temperatura al punto de que, mientras en Chicago el tráfico 
se interrumpe i causa de las hostilidades de la nieve y los 
trineos se hacen indispensables, en Nueva Orleans se apro- 
vechan las tibiezas del clima para festejar el carnaval y re- 
cibir de manera regia al marqués de las Cabriolas.' 

Distintos Estados, distintos trozos de colmena humanat 
distintas latitudes y producciones y orígenes y panoramas y 
actividades. Pero algo se encuentra igual en todas direccio- 
nes, brota á todos los rumbos con las mismas, energías de 
planta vigorosa triunfando sobre la naturaleza y sobre las 
razas: el ciudadano americano. ¡Qué colosal fuerza de absor- 
den social! En cuanto al inmigrante, celta, latino^ índico 6 
eslavo, se me ocurre que apenas pone el pié en los muelles 
de este país, es arrebatado por una tromba y después, á 
maquinaria, sin que se le dé tiempo para resistirse, sometido 
á ua tratamiento de asimilación fulminante. Las estadísti- 
cas argumentan que en New York hay cientos de miles de 
alemanes: ¿quién los encuentra ahora en aquella gran olla 
de fundición en cuyo fondo se ablandan y se liquidan y se 
mezclan los más diversos metales étnicos? En cuanto ¿ lo3 
nativos, desde la cuna se les enseña en las páginas de libros, 
sólidamente imaginados, el mismo decálogo de virtudes y de 
amores. Mientras las potencias europeas, mordidas por eternos 
recelos, invierten gruesa parte de sus rentas en adiestrar sol- 
dados, en montar pesadísima guardia guerrera, esta luminosa 
nación del Nuevo Mundo afianza mejor sus destinos y pone 
oimiento de piedra, más sólido, á su futuro. Para eso no 
se precisa, hasta se repudia, por peligroso, el uniforma mi- 
litar» Nada de disciplina de batallón, ni de reolutamientoB 
obligatorios, ni de imposiciones de espada. Cada cual haoe 
lo que quiere, viste como le dá la gana, alienta las opüiio* 
nes que más le agradan, forma en la ficacción que oree menon 



DE80E WASHINGTON 395 

defectaosa. Y sin embaiigOi rascando esa corteza tan pintoresoai 
tan irregular, de tonos tan contradictorios, debajo de las blusas 
de todos los obreros y de la levita de los rentistas y de la 
chaqueta de los burgueses, vengan ellos de Boston ó de Los 
Angeles, 6 de Florida, 6 de Oregon, palpita idéntico, firme 
i^omo nn latido automático, el mismo sentimiento nacional. 
El mismo oigullo colectivo descubre sus inflexiones cuando 
uno oye pronunciar en todas partes, con gesto imperioso, el 
nombre de América. De Norte América, rectificará mental- 
mente algún lector concienzudo. Error. Nosotros, los habi-^ 
tantes del apéndice sur del continente, solo existimos en la 
opinión yankee para ofrecer testimonio de perpetuas anar- 
-quías, dilapidaciones y despotismos. Castigo bien molesto á 
las catástrofes institucionales del pasado que ya, siempre lo 
repito á mis interlocutores de esta raza, el Uruguay no me* 
rece. Ojalá prontti pierdan motivo esos juicios tan severos^ 
4iunque reconozcamos que casi se desespera de la proximidad 
de ese futuro, cuando se vé á Venezuela convertida en feudo de 
un gobernante imposible, á Colombia saliendo de .un desastre 
para caer en otro, y, según los últimos telegramas, á las cinco 
repúblicas de Centro América envueltas en las llamaradas 
'de una conflagración total. 

Pasma, como digo, esa férrea unidad de pensamiento, que 
rige el desarrollo de un organismo inmenso, en nada empa- 
lidecida por el régimen federal. Es cierto que en loe an- 
tiguos estados esclavistas la memoria de Lee es vene- 
rada, considerándose feriado el día aniversario de su naci- 
miento, y que, en contrario de esas preferencias, los estados 
-abolicionistas levantan á Grant, sobre las márgenes del Hud- 
■son, una cúpula rememorativa, tan magnífica y dilatada como 
lo exige la gloria ciudadana y militar del héroe; es verdad 
<iue todavía palpitan, aunque moribundos, como el fuego bajo 
la ceniza, los entusiasmos fraccionarios de la guerra de sece- 
sión; es verdad que hay quienes repudian á los negros y 
quienes los defienden, bregando en favor de liberalismos lumi- 
nosos; quienes abogan por el aplastamiento de los inisi, y 
quienes por su permanencia; quienes claman por bajas tarifaa 
y quienes sostienen como sabias las vigentes; quienes caraot* 



396 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

terisan matices contradictorios de oposición j de apoyo, re- 
cogiendo el eco do los intereses encontrados en las más 
diverjas zonas. 

Pero también es cierto qtie esas divergencias, hasta cierto 
punto fundamentales é impuestas por la extensión territorial, 
desaparecen totalmente cuando llega el instante de honrar 
las grandes tradiciones de la república. Bien dice la insig- 
nia de su escudo: E pluribtis tinum! ¿Acaso desfallece el 
alma popular, en el último villorio del lar Westj al evo- 
carse la memoria de los patricios nacionales y los diver- 
sos capítulos de la propia epopeya, que enseñan libertad y 
democracia al mundo entero? En un idéntico crisol se ha 
vaciado el espíritu de ochenta millones de hombres, de mu- 
jeres y de niños, para fundir las convicciones comunes de 
manera igualmente vigorosa y con la misma intensidad afec- 
tiva á las memorias de bronce. Digámoslo de una vez, el 
funcionamiento de esa admirable Casa de Moneda, que acuña 
conciencias y caracteres con las armas de la patria, lo de- 
creta un motor de todos conocido, el único capsiz de realizar 
semejante milagro: la enseñanza primaria. 

Basta visitar una escuela elemental en los Estados Unidos^ 
para comprender los propósitos que persigue la educación. 
En primer término, ella se dirige á obtener el desarrollo 
gimnástico de los niños, á dotarlos de la mayor energía fís^i- 
ca. Luego, aprovechando ese molde fuerte, de paredes recias, 
se vierte en él el contenide sano, claro, sencillo, de una 
educación esencialmente prácticsi, como puede requerirla uiv 
buen aprendiz, ' pues son aprendices, son obreros, los que el 
país demanda para seguir laborando sus prosperidades que 
pareren de leyenda. Además, se exalta, desde las primeras 
letras, el individualismo, convenciéndose á los discípulos de 
que sólo en ellos, en su esfuerzo posterior, en su actividad 
y recursos ágiles, está el estribo de sus éxitos de mañana 
como miembros de la sociabilidad á que pertenecen. Así 
se explica el por qué en este país no hay rastros de servi- 
lismo, ni de envidias de clase, ni de protestas airadas con- 
tra los opulentos. ¿Aéaso ignoran los muchachos vendedo- 
res de diarios que John Rockfeller debe al petróleo sua 



DESDE WASHINGTON 397 

quinientos millones de pesos, que Apdrew Carnegie — él mis- 
mo lo repite con alegría— empezd la ^iáa como mensajero; 
que Vanderbilt fué necesitado antes de llegar á ser buen 
rico; que la fortuna de Pierpont Morgan la amasó el sudor 
iiumiide y, en una palabra, que la geneología financiera de 
todos los millonarios de hoy arranca de las pobrezas ner- 
viosas de ayer? Cada cual sabe que todo consiste en la 
oportunidad feliz y que la palestra de los triunfos se abre 
para todos, no cobrándose entrada ni preguntándose su ori- 
gen ni procedencia á los competidores. Charles Schwab 
«ra un simple empleado de comercio; la ocasión lo puso 
en contacto con importantes hombres de negocio que apre- 
ciaron sus capacidades bursátiles, y á la fecha, joven, sin 
43anas, hijo exclusivo de sus obras, se le llama el rey de 
los caminos de hierro. Según un cronista, Murray Ver- 
iier, que fundó y monopoliza los trenes eléctricos de San 
Petersburgo, c empezó, como la mayoría de sus colegas, sin 
nada y poseyendo sólo la esperanza de ser algo algún día»' 
Widemer y EIkins, los propietarios de más millas de rieles 
€n la Unión, eran, hace poco, carnicero, aquél, y vendedor de 
aceite, el último citado. Su tenacidad, su meditada audacia, 
los ha adherido á la familia de los potentados. Este país 
avanza de manera fabulosa porque de todas las esferas llega 
el mensaje precioso de las mismas agitaciones febriles de 
adelanto. Mejorar de condición, adquirir crecientes recursos 
para aumentar las propias holguras, ensayar empresas, ser 
vencido en una para vencer en otra, aplicar á las tareas 
útiles y calculadas las fuerzas del ingenio, perseverar, insistir, 
¡go ahead! ahí está la divisa que ciñen los soldados del tra- 
bajo, sean ellos profesionales, empleados, jornaleros, marinos 
6 empleados. 

Esas multiplicadas corrientes de vida fecunda derraman 
su concurso en un mismo estuario, y así se comprende que 
el abrazo de esas enei^ías tributarias sea incontrastable y 
vaya completando, día por día, la musculatura de un Hér- 
cules. Cada adolescente que inicia la jornada libre sabe 
perfectamente que de nada le valdrá la alcurnia, ni el re- 
nombre virtuoso de sus antecesores, si él no agrega á tales 



S98 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

ventajas las cualidades decisivas de capacidad^ de competencia 
7 de porfiado empeño. Si sirve, si puesto á prueba re- 
sulta, llegará indefectiblemente á la meta, porque aquí los 
privilegios y las altas posiciones sociales tienen fuente de 
origen en la cabeza de los favorecidos y sólo se disciernen á 
los que cruzan triunfadores la raya. Y la escuela pública es el 
laboratorio en que se prepara ese sólido cemento nacional. Allí 
se rompen los prejuicios de gerarquía enseñándose, á todas ho- 
ras, la igualdad digna y elemental ; y se peinan sin descanso en 
un mismo sentido las predilecciones juveniles; y se proclama 
que la felicidad de los hombres y, por ende, la felicidad de los 
pueblos, simple consecuencia de aquélla, estriba en el bienestar 
legítimo é independiente de cada cual; y se repite que loa 
honores oficiales más esclarecidos están al alcance de todas 
las ambiciones honestas, abonándose así con el ejemplo im- 
presionante de los veinte y seis presidentes norte-americanos; 
y se convence de que la victoria representa un justo ga- 
lardón que sólo obtendrán mañana quienes sepan buscarla, 
como se busca y se encuentra el oro, lavando el cuarzo, 
como se consiguen las perlas, sumergiéndose en los profun- 
dos senos del mar. ¿Qué calamidad puede romper en el 
porvenir el cuadro compacto que forman esas conciencias bat- 
udas como el acero, esos entendimientos, sanos y fuertes, 
que poseen, humildes ó encopetados, noción exacta de sus 
derechos y de sus deberes, esos corazones que nunca llora- 
ron lágrimas estériles de impotencia ó de flaqueza porque han 
sido enchapados con el metal invulnerable de la voluntad y 
de la fé laborante? 

El reputado pedagogo Elliot, presidente de la Universidad 
de Havard, ha definido recientemente el ideal de la educa- 
ción popular: «como una forma del self govemment indi- 
vidual en las escuelas, pues el concepto americano de la 
enseñanza reposa en el principio de la libertad humana y de 
la propia responsabilidad, de los cuales ha surgido la misma 
república.» Y confirmando la tesis del párrafo antecedente, 
expone otro pensadoi* distinguidísimo: «la educación en 
Norte América ha llegado á tal altura que ya no repreaeota 
cierta porción de tiempo consumido en las escuelas, ni 



DR8DE WASHINGTON 399 

cierto grado de aprovechamiento en deletrear, en leer, eii es- 
cribir, en la geografía y en la Aritmética, sino el desarrollo 
de la personalidad completa del discípulo hasta hacer de él 
un sujeto que deberá, tan pronto como sea posible, encamar 
los ideales de la ciudadanía americana.» Pero coronando el 
alto afán social que se persigue está la difusión normal, obli- 
gatoria, sometida á reglas inquebrantables, del sentimiento 
patriótico. Una idéntica pulsación de devociones épicas llega 
hasta las salas de todos los centros de instrucción. Rápi- 
damente, á pinceladas vigorosas, se describen las glorías na- 
cionales; se cuenta á los niños cómo aquellos trece Estados 
marítimos de los días de la independencia han crecido, á 
saltos de gigante, extendiendo su levadura de libertad por 
la masa de un continente y ensanchándose, sin descanso, tras- 
poniendo los mares y desafiando los marcos divisorios opues- 
tos por ríos y por montañas; se les explica con claridad el 
fundamento de esa grandeza; se les enseña que ellos están 
en el deber, no sólo de afianzarla, que afianzada está, sino 
también de hacerla aún mayor; se les convence, con entu- 
siasmo, de que su país es el primero del mundo y de que 
nada ni nadie podnC derribar el templo de su dicha, mientras 
los descendientes de aquellos patriotas de los tiempos he- 
roicos conserven íntegro el patrimonio de las enérgicas vir- 
tudes heredadas. Y como cumbre de esas sabias oraciones 
sagradas se ofrece el ejemplo admirable de Jorge Washington, 
de aquel gran caudillo de muchedumbres libres, que sólo 
conoció en vida la ambición excelsa de servir de escudo 
á sus hermanos. En nada se mezcla á estas glorificaciones 
la gota amarga de los apasionamientos partidarios. Las 
actuales divergencias políticas son ya añosas, vienen des- 
de las nacientes, pero ellas nunca rompen el equilibrio 
de los comentarios. Ya en las personalidades de Jefferson, 
federalista acentuado, y de Hamilton, más adicto á fórmu- 
las de concentración, se perfilan claramente los partidos del 
día, y para abonarlo así con datos incidentales, diré que 
pocos días atrás leía en una revista el comentario político 
del año corrido de gobierno, suscrito así por su autor: «Un 
jeffersoniano demócrata» . Pues bien, el precedente de las 



400 LUIS ALBERTO BE HERRERA 

pasiones de antaño en nada perjudica la rectitud de los jui- 
cios^ 7 sólo se les recuerda á los nifios que sus antecesores 
de relieve fueron americanos^ great citixena (grandes ciudada- 
nos). Va sin decir que las pasiones partidarias no intentan 
jamás atribuirse el lote de las nativas epopeyas. ¿No es 
cierto que esos espectáculos de locura cívica y de desqui- 
cio, son el atributo de pasiones convulsivas, repudiadas en 
los medios equilibrados? Elsculpidos así, metódicamente, los 
espíritus, nada sorprende que una onda de sentimientos idén- 
ticos cruce, como un símbolo, el cielo inmenso de la Unión; 
que la bandera propia flote con las mismas altiveces en lo 
alto de la Casa Blanca ó acariciada por el viento de las 
praderas en las lejanías, recién conquistadas, del oeste; que 
á la sombra de la organización federal, que tantas veces 
ha sido el paso preliminar de las emancipaciones territoria- 
les, no hayan crecido impaciencias de autonomía absoluta; 
que la constelación de las estrellas sea hoy más firme que 
nunca, aunque, por supuesto, esto no durará por los siglos 
de los siglos, que el mandato hermoso de la reproducción 
palpita también en las entrañas de las naciones fecundas. 
Hace una semana se cumplió el aniversario del nacimiento del 
fundador de la patria. En todas las escuelas se dedicó la 
mayor parte del día á ejercicios cívicos y, obedeciendo á 
instrucciones superiores, los maestros repitieron especializada 
la síntesis del poema libertador. Penetrando cierta vez al 
salón de una escuela pública, lo primero que vi en el pi- 
zarrón fué la figura de ese mismo Washington, reproducid& 
con tiza, aquí, guerrero, amagando al frente de una carga de 
caballería, allá; ya en su vejez esclarecida apoyado en sa 
bastón y cubierta la cabeza con el tricornio histórico. 
Agregaré que en todos los locales de enseñanza se encuentra 
en las paredes el pabellón de los Estados Unidos. ¿Qué 
indiferencia, si fuera posible concebir corazones infantiles re- 
beldes al amor de la tierra, puede triunfar de tan tenas 
campaña, cuando se habla al sentimiento, á la vanidad de 
raza, á la ambición legítima, á la conciencia enardecida y 
hasta al sentido de la vista, de sucesos preclaros y verdaderos? 
¿Y habrá todavía quien, después de conocer estos testimo- 



DE0DB WASHIMG1S0N áOl 

11Í08 de poder conscieate, los más soberanos para mi, sos- 
tenga que los éxitos de esta sociedad son engendros del 
capricho como el pos seis que, apenar de estar caiibido por 
el jugador, sale del fondo del cubilete on hombros del acaso? 
Convencidos los adolescentes de que^ obligados por el pres- 
tigio de una preciosa herencia patricia, sus deberes para con 
la nación nunca caducan, la sirven, luego, entusiastamente 
desde todas las posiciones, sin que declinen, ni aún en el 
crepúsculo de la existencia, esas lealtades del hogar. 

Keconociendo también que en ellos mismos se encierra el 
secreto de su buena 6 mala fortuna y de que el propio des- 
tino lo moldea la voluntad, de igual modo que se aplana 
el hierro 'sobre el yunque á golpes de martillo, desechan los 
fatalismos meridionales, que son principio de derrota, y se 
arrojan al agua turbulenta desde el trampolín de sus ilu- 
siones, nó de sus energías, en actitud de nadar, dispuestos 
á bracear mucho basta vencer la corriente y pisar la otra 
orilla. ¡El esfuerzo individual punto de origen de todas las 
iniciativas! Asocíense por millones esas actividades fuertes y 
autonómicas, recuerden que su juego armónico está presidido 
por leyes fáciles, cómodas, de pocas palabras y de mucho 
fondo práctico, y entonces, sorprendido el ganglio primero, 
nada cuesta explicarse el coman bienestar y las prosperida- 
des de todo género que asombran al viajero aquí; entonces se 
ve surgir, uitídamente, como una consecuencia lógica, esta 
pujanza colosal que ata con metrópolis enormes las cabezas 
de rieles, que improvisa ciudades en el fondo de las co- 
marcas ayer salvajes, que disputa trofeos al comercio mun- 
dial con el niisnio gesto impávido con qne arrebata á la 
naturaleza el tesoro de sus fuerzas haciendo Icones mansos 
de la electricidad y del vapor en sus aplicaciones más atre- 
vidas. 

Recorriendo cada cual la senda que le decretan sus inte- 
reses de progreso, bien calculados, esperándolo todo del em- 
puje personal, nada se demanda á los gobiernos que son, 
como se repite continuamente, simples «sirvientes del pueblo». 
8u misión se reduce á sostener el reinado de la justicia y 
í garantizar el ejercicio de la libeitad á quienes los han 

26 



éÜÍ' LUI8 MAiKtnO DE HBURERA 

eomtitnido. Nada más se les exije. Como eotáií Iieohoa pan 
mandar dentro de la ley, los ungidos oon el poder supremo 
se desenvuelven de la manera que más les ptaoe. Se {ñeusa 
que ese es su derecho y, por lo demás, como el tiempo hace 
falta para invertirlo en cosas más útiles, nadie se preocupa 
de tejer murmuraciones. Aquí no se habla de política fue- 
ra de las ocasiones {)eriódicas en que ella adquiere carácter 
palpitante; nadie intenta menoscabar la autoridad majestuosa 
del primer magistrado; nadie falta al respeto, ni aóa de pala- 
bra, al señor presidente de los Estados Unidos, más que por 
él en sí, porque él representa la gloría de la nación. Por eso 
RO existen, ni aún en la popularistma New York, tertulias de ha- 
raganería en los cafées y por eso no prosperan aquí ioS demago- 
gos. £u otras partes todo se espera del gobierno, aún en los 
éxitos ptivados, y se hace una profesión eterna de la rAd" 
día y de la crítica politiquera. Confirmo otra ves lo expuesto 
en el cuerpo de estos párrafos, sobre la índole eficiente de 
la educación en Norte América, con las conclusiones del pro- 
fesor Paul Kanns, quien señala en ella estos cuatro asientos 
principales: 1.® promueve el normal desarrollo físico del dis- 
cípulo; 2.® se dirijo á estimular toda iniciativa fittl en el 
individuo, sea ó no de holgada cuna, y á darle preparación 
general para que alcance esos fines; 3.® habilita á los jóve- 
nes, en cuanto lo permite su edad, para concurrir en forma 
inteligente y eficaz al bienestar del núcleo de que son parte; 
4.® loa induce á llevar adelante su propio desenvolvimiento 
y á no interrumpir que e:itren enseguida al trabajo activo 
ó amplíen en facultades superiores el campo de sus estudios. 
En los Estados Unidos la enseñanza primaria obligatoria es 
contemponínea de las primeras poblaciones. Apenas instala- 
dos los colonos de Massachusetts, en el año 164-2, impusieron 
á las autoridades municipales la obligación de preocuparse de 
que todos los niños de sus jurisdicciones asistieran á la escuela. 
Estos datos enaltecedores de dos siglos y medio atrás ¿no 
señalan el origen seguro de posteriores vitalidades? La edu- 
cación pública no cae bajo el patrocinio federal. Cadadis* 
trito, cada ciudad, se rige en la materia por las leyes par- 
tícnlares de su Estado, siendo esa la causa de que posean 



catieter ^n atiparse los mteciiiis fdb^^SgtoCM vigentes, mar- 
CBMido ^átferewoias notables ea la imtot^ffliMa de los cursos. 
Fero, como alguien proclama acertadamente, «si es verdad 
que no existe uniformidad en ios métodos aceptados por los 
Estados de la Unión es también cierto que prevalece un 
intenso «ntnsmsmo local qoe despierta hábiles emulaciones 
entre las comunas y Iss lleva á enorgullecerse de sus ins-* 
tituciones escolares y á preocuparse solícitamente de destacar 
en sus esfuerzos educadores». 

Be paso, daré idea brevísima — que alguna vez espero po- 
der ampliar de manera más ordenada — de la legislación en el 
asunto del Estado de New York, que elijo rindiendo justo 
tributo íC su volumen considerable. Las cámaras confían á 
un funcionario, que ellas indican todos los afios y designado 
con el título de superitendente de Instrucción Páblica, el 
manejo y cuidado de la misma. Todo el engranaje escolar 
depende de su mando; él nombra autonómicamente los em- 
pleados necesarios y les señala asignación, sin que pueda 
excederse en el total de los sueldos de la suma fíjada por 
cd presupuesto; extiende certificados de competencia á los 
maestros; los autoriza, sin recabar confirmación superior, á 
practicar sn profesión; puede retirarles, mediando causa jus- 
fificada, ese consentimiento de capacidad técnica; y, fuera 
de otras tareas complementarias, debe presentar anualmente 
á la asamblea legislativa un informe sobre todo lo obrado 
durante su ejercicio. Por otra parte, cada distrito escolar, 
tiene lo que se llama un comisionado, ó comisionada, pues 
t ese cai^o se concede acceso á las mujeres. Trátase de 
mi cargo remunerado, efectivo y renovable cada tres afios. 

Las tareas de este funcionario de segunda categoría son 
íDüy semejantes á las de nuestros Inspectores Departamen- 
tales, aunque mucho más sueltas. Ellos dependen directa- 
mente de los trusieesj ó sea del consejo local de ensefianza. 
Esas corporaciones, que representan los intereses escolares de 
los imb^isrtritos, varían en número — de tres á seis miembros — 
elegibles por los vecindarios en calidad honoraria, (nuestras 
comisiones de Instmccíón PAbKca); se renuevan paulatina- 
mente y tienen bajo su dependencia al commissiofíer que 



404 LUI8 ALBERTO DB ff|^i»RgwA 

está obligado á darles cuenta de todas las cuestiones relacio- 
nadas con su mandato ofiíoíal. Cuando^ á indicación del 
mencionado^ se requiera construir una escuela eu parage 
determinado^ los tmstees convocarán inmediatamente á una 
reunión pública á los habitantes de ese radio. Esa asam* 
blea tiene el derecho de determinar el tamaño del edi- 
ficio proyectado^ el material que se usará en su cons- 
trucción^ y de crear un impuesto local para responder á las 

exigencias financieras de la empresa, en el entendido de que 
el costo de ésta no podrá exceder de ochocientos dollars. 
¡Maravillas colaborantes del medio! Pero en el supuesto de 
que los citados no respondan al llamado, entonces los Ums- 
lees, en plazo de treinta días, que se cuentan desde la pri- 
mera convocatoria, deberán arrendar una ca¿a aparento para 
escuela y decretar un impuesto en el radio, proporcional á 
los gastos que su sostenimiento exija. 

Litís escuelas del sub-distrito quedan entregadas á la vigi- 
lancia y competencia de los tritótees^ de las personas (|ue 
han obtenido la confianza del pueblo para el desempeño de 
esas tareas. Ellos nombran y destituyen maestros; dan y 
quitan autorización para ejercer el profesorado en su juris- 
dicción: hasta pueden anular los otorgados por el comisio- 
nado, dentro de su asiento territorial, comunicándolo en 
forma y sin apelación al superior; como ya hemos visto, 
crean por cuenta propia impuestos; fijan Ubérrimamente sa- 
larios y tiempo de servicio; dictan las reglas disciplinarias 
que se obedecerán en los establecimientos á su cargo y 
también el método á seguirse eu los estudios. Cada año 
harán conocer, por un informe dirigido al comisionado, los 
detalles de su actuación, que son hechos consumados y do 
legalidad inapelable. En cualquier circunstancia y siempre 
que asi lo demanden quince votantes, se provocará un fneeting 
de los vecinos para proceder á la fundación dQ una unión 
free school distríct que, en esencia, no importa otra cosa que 
un instituto de grado superior sostenido por el esfuerzo 
aliado de varias comunas, y cuyo objeto consiste en ofrecer 
aulas más avanzadas á los alumnos que pueden proseguir sus 
esludios. 



DBBDE WA8HINOTOV 405 

En oaanto á los títulos de maestro ya hemos podido cono- 
cer dos fuentes de origen, sólo válidas dentro de cada Es- 
tado, como así también la tercera que la encontramos en 
ios Institutos Normales. Treinta mil pesos tomados de 
las rentas federales j otros tantos de los fondos propios se 
dedican cada aüko al sostenimiento de centros de preparación 
escolar académica. En puntos designados por el superíten- 
dente del Estado se reunirán, una vez al año, en congreso 
los maestros en actividad para cambiar ideas y proponer 
mejoras, fundadas en una fecunda experiencia. Para faci- 
litar esas aproximaciones corporativas se cierran por el 
tiempo necesario, muy corto, todas las escuelas. Las ciu- 
dades tienen facultad de otorgar pensión á los profesores 
con veinte años de serrícios continuos. La ley ordena impe- 
riosamente que todos los niños en aptitud física y mental 
concurran á esclarecer su espíritu á las escuelas. A ese fin 
se prohibe emplear en las fábricas, ó en ctialquier otra tarea 
remunerada, á criaturas de edad entre ocho y doce años, 
mientras funcionan* los establecimientos de enseñanza popu- 
lar. Contribuyen al mismo propósito los iruant officers 
(aprehensores de holgazanes) con sueldo fijo y cuya misión 
consiste en arrestar á los muchachos encontrados en la c^lle 
ó ausentes ilegalmente de su domicilio durante el período 
escolar. Queda expuesto que, dentro de linearaientos gene- 
rales, el carácter de la instrucción lo decreta la voluntad 
genuina de los vecindarios, pero es obligatorio adoptar tex- 
tos que fomenten con propagandas elocuentes la repugnancia 
á los estimulantes alcohólicos. Por otro lado, manda un in- 
ciso, que traduzco al pie de la letra, «que la bandera de 
los Estados Unidos flamee en el edificio de todas las escue- 
las». Siempre el símbolo de la patria al alcance del corazón. 

Las rentas afectadas á la causa docente consisten en el 
provecho que rinden cuatro millones de pesos capitalizados 
en 1838, en otro fondo creado, de importancia algo mayor, 
y en los impuestos establecidos por los distritos, cuando loca- 
lizados, y por la legislatura y como afectación sobre la pro- 
piedad raiz, cuando generales. Siempre he oído decir que nucs- 
tso sistema escolares reflejo, adaptado al medio, del vigente en 



4W LUÍA 4UMmO 9K KaUDRA 



Norte Amédcs^ En ^eoto los cuatro brochacos «ntceadentes 
bastarían para demostrarlo así, ea cuaoto á la oiigaiibBació& doo- 
trinaría. ¿Pero> cómo se explica que existiendo esa identidad de 
fórmulas resultando copia inteligente un oi^anismo del otro^ seai» 
tan distintos los frutos, de una madures envidiable^ allá, j ain 
raquíticos aquí? La culpa de la derrota que arroja ese pa- 
ralelo no recae, seguramente, sobre nuestras autoridades tócni« 
cas que trabajan, sin descanso, en la difusión y perfecciona- 
miento de la enseñanza elemental; ni en nuestros maestros^ 
que pueden competir en aptitudes oon los de esta tierra; ni 
en nuestros niños, tan despiertos y avisados como los que más. 
Las causas de esa desigualdad, pues ellas son dos fund»* 
mentales, se consignan diciendo: 1.® que en Estados Unido» 
el pueblo interviene eficasmente en los asuntos escoiares 
cuyo funcionamiento estt descentralizado; 2.^ que todos los 
gobiernos federales, obedeciendo á una consigna llena de sabi- 
duría, jamás han escatimado su concurso más decidido á la 
educación pública. En efecto, la ley encolar norte americana 
responde al mismo principio equitativo y fecundo que carao^ 
teriza á las leyes civiles, políticas, administrativas, electorales 
y tributarias. £1 sistema com6n puede bocetarse de manera 
gráfica imaginando una serie de círculos concéntricos qoe 
recuerdan, por su disposición, los varios anillos de cierto» 
planetas, pues en el centro del último estií el individuo que 
también es un astro en las democracias verdaderas. De loa 
tres ó- cuatro círculos concebidos, el más grande, el exte- 
rior, representa la (jerarquía suprema de la nación, dueña 
de ciertas facultades generales, precisas y limitadas, que el 
lápiz diseñaría sobre el papel como radios dirijidos al inte^ 
rior. El segundo círculo encarna á los Estados, completamente 
independientes en sus actividades de la nación, y solo ligan 
dos á ella por las pocas obligaciones subalternas á que 
acabo de referir. El tercer círculo personifica el condado, 
menor que los precedentes, pero poseedor celoso de atri- 
buciones que nadie le disputará y sometido, de manera 
restringida, directamente á su Estado é indireetainente A 
la nación que abre el amparo de sus alas sobre amboa. 
£1 cuarto círculo lo señala el distritos menoa pedeíOB»' 



PB8IW WAaHWQfON 407 

que los anteriores^ si conñderamos la eztsnsión de sus d»^ 
rechos — qae, sin embargo, son proporcionales á sus debo* 
res y ~ pero que no les vá en zaga en cuanto al poder auton^ 
mico con que los ejercita. Y en el fondo , al igual de 
esa series de cajas, encerradas las unai» dentro de las otras, 
que guardan en la más diminuta la alhaja, destaca el cin* 
dadano, ese factor simple como la unidad que sirve de base 
numérica á los millones y sin el cual carecerían de piedra 
angular las más perfectas instituciones soñadas. Precisamente, 
porque en otras partes él no ha existido como debiera exis- 
tir, firme, conciente, instruido, es que en otras partes se 
han desmoronado los más bellos edificios concebidos por el 
talento de los estadistas. Ahora bien, este juego einai)CÍpado 
de energías escalonadas, consulta la regla de la división 
del trabsjo, cuya bondad adquiere mayor transparencia, y al 
repartir la tarea alivia enormemente á todos, garantiza su 
eficacia y asegura el éxito perseguido. 

Para recalcar el contraste miremos para- nuestro lado y 
entonces, ya que nos ha entrado el capricho de re[iresentar 
por dibujos nuestras ideas, concibamos una línea espiral para 
afirmar, enseguida, que ella retrata la índole del sistema do- 
minante en el Uruguay, que adolece de un pernicioso exceso 
de unitarismo. Colocando al individuo en el punto interno 
de la espiral y á la nación en la cabeza externa de la 
misma, encontraremos que, aún separados arabos factores por 
gran distancia y debiéndose recorrer larguísimo camino para 
llegar del uno al otro, una vinculación directa existe entre 
ellos sin que posean fronteras definidas las responsabilidades 
que les asigna ei buen sentido. Así, ocurre que el elemento 
exterior interviene en las más leves Agitaciones orgánicas del 
elemento interior y vice- versa, que ente, huérfano de dere- 
chos propios, vacilante, sin campo definido de acción, á nada 
se atreve y nada legal puede hacer sin el visto bueno de 
aquél, obHgado, entonces, en mérito á la acumulación abru- 
madora de fiscalizaciones serias y subalternas, á fatigar su 
vohmtad sin que se obtenga el resultado práctico perseguido. 
Ejemplos al canto. Si entre nosotros un maestro del leja- 
no departamento de Cerro Largo desea gozar de una líceneíá 



406 una albbbto de herrera 

de ocho días, debe de hacer ll^^r bu solicitad hasta la 
mesa de despacho del señor Director Nacional, radicado ea 
Montevideo, á cien leguas de distancia; y el mismo caso 
de engorrosas y complicadas tramitaciones se repite cuando 
cualquier escuela rnral necesita media docena de pizarras ó 
uua resma de papel. ¿Hay lógica administrativa en esa 
organización cruelmente centralizada? De esa absorción de 
funciones, á que estamos tan habituados en todas las esferas 
oficiales del país, proviene que los habitantes, apartados de 
toda ingerencia social y confirmando así amablemente Iss 
desidias corrientes, se han sustraído al cumplimiento de de- 
beres rudimentarios, llamándose extraños á asuntos de tan 
intimo intei-és para elloR. 

Los ciudadanos para nada intervienen en el fomento de la 
instrucción primaria, cuando lo natural fuera verlos colabo* 
rando, desde su esfera, en el provechoso desdoblamiento de 
la misma, recolectando fondos, autorizando su inversión, pa- 
gando servicios técnicos y creando nuevos centros. ¡Qué po- 
derosa alianza menospreciada! Pero ¿cómo soñar con esas 
bienhechoras palpitaciones municipales cuando la misma Di- 
rección, autoridad suprema en la materia, nada puede empren- 
der sin consentimiento ministerial, siempre difícil y demorado? 
Ahora mismo esa benemérita corporación, d pesar de que 
dispone de los rectirsos necesarios, fruto de algunos reem- 
bolsos, no puede llevar tC la práctica un itnportantísimo pro- 
yecto sobre ensayo de escuelas rurales por no disponer todavía 
del acuerdo superior. Apreciando estas enormes morosidades 
de trámite, ¿cómo no explicarse que á menudo desfallezcan 
en sus tentativas los es[)íritus más indomables, acosados por 
trabas inútiles de expediente, por informes y por consultas? Las 
enfermedades graves dejan siempre rastro y ciertamente que 
los pueblos no escapan á esas malas herencias. Nosotros, en 
la infancia, sufrimos la terrible tifoidea decretada por la inca- 
pacidad colonial que nos regaló un suitido completo de des- 
potismos achatando á los ciudadanos hasta convertirlos en 
obleas. De manera que, más tarde, en los primeros ensayos de 
reconstrucción, habría sido temerario entregar al cuidado de 
los individuos el florecimiento y arraigo de instituciones casi 



DB8DE WA8HI1IOTON 409 

descoDOcidas. Ea eso nos aventajan los descendientes de la 
raza anglo- sajona. Pero - ese régimen de lógica j preciosa 
colaboración^ que faera antes tan ideal como impracticable, 
dado nuestro inmenso adelanto, la capacidad creciente de la 
población y el grado general de cultura, puede ahora em- 
pezar á implantarse sin peligro de contraste y, por lo con* 
trario, con seguridades de alcanzar magníficos resultados. 
Bajo la simple fiscalización directiva de la autoridad cen- 
tral, debiera concedei*8e á las Comisiones Departamentales el 
derecho de manejar con autonomía sus asuntos docentes; de 
invertir en los progresos locales- el fnito de los impuestos 
locales; de contratar maestros y adquirir textos y arrendar 
por cuenta propia edificios, comunicando lo actuado al final 
de cada aSo y sometidas á una celosa vigilancia* que daría 
motivo legítimo de intervención superior en caso de irregu- 
laridad ó negligencia. ¿Quiénes mejor que los vecinos de 
Paysandá pueden saber cuáles son las medidas que en Pay* 
sandú conviene adoptar para difundir la enseñanza, en qué 
paraje se necesitan nuevas escuelas y cuál será su costo? 
Por lo demás, se compromete seriamente el principio de 
equidad obligando á los habitantes de las distintas circuns- 
cripciones territoriales del país, á confundir en una misma 
masa su concurso tributario para que una entidad delegada 
y que, por más que lo quiera, nunca hará reparto proporcional 
de beneficios, disponga de esos fondos. Para poner en más 
evidencia esas desigualdades argumentemos con hechos concre*- 
tos y con cifras. En el afio 1901 el departamento de Río Negro 
contaba, según el Anuario Estadístico, 23.127 habitantes y el de 
Colonia 51.563. Gravados todos ellos por el mismo impuesto 
huelga decir que el segundo de los citados contribuyó al 
incremento del tesoro de la enseñanza primaria con una 
suma que excede al doble de la delegada por el primero. 
IjO natural entonces hubiera sido mantener idéntica despropor- 
ción en los favores adjudicados y dar al uno dos veces más 
que al otro. Sin embargo, la estadística no lo abona así y en sus 
ottadros aparece Río Negro con un rubro de % 15.756,44 cen- 
tóaimos y Colonia con % 24.256,82 centesimos. Nadie negará 
que la proporcionalidad exigida por la justicia queda rota y 



410 LUI8 ALBBSVO VE HSBBBRA 

•80 á pesar de los desvelos de ía Dtreeoi<5n. ¿No fuera más 
l^ioo que« en ves de obligar á tinas loealidades á sostener 
con sus dineros las instituciones primarías de otras localida- 
des completamente extrafias á ellas y pertenecientes á otro 
núcleo administrativo, se les permitiera aplicar á intereses 
propios los fondos propios, y que, en vez de imponer eari« 
dades injustificadas,^^ en el ejemplo citado á la Colonia^ «>8e 
dejara á sus cincuenta y tantos mil habitantes disponer de 
sus pro%'echos tributarios, siempre, como he anticipado, bajo 
el control restringido de la Inspección Nacional? Esta con- 
taría, como fondo independiente para atender á los servicios 
de otra índole «-^escuelas normales de señoritas y varones, 
pensiones, auxilios extraordinarios, etc. — con el producto de 
otros impuestos, tales como el de herencias y el sugerido, 
sobre bienes semovientes, por el jefe de la Dirección doctor 
Abel J. Pérez. Si al escribir el nombre de este compatriota no 
me detuviera para prodigarle merecidos elogios, cometerfa una 
omisión reñida con la justicia. La memoria correspondiente al 
año 1901, que el citado funcionario acaba de presentar, es 
un hermoso documento público cuyos capítulos, meditados y 
sesudos, franquean los límites prosaicos de los informes ad- 
ministrativos. En ese folleto, que es lástima pase en silen- 
cio cuando tanto jugo práctico contiene, se hace un juicio 
crítico completo sobre el estado de la enseñanza entre nos- 
otros, 80 apuntan resueltamente los peligros trasceden tales 
que aparejará su decadencia, se indican muchas imperfeccio- 
nes corregidas y también mayor número de obstáonlos por 
«alvar. Por esas páginas, claras, sencillas, tan patrióticamente 
inspiradas, desfila el porvenir de la tierra; y, la verdad sea 
dicha, cuando el lector tropieza con ciertas cifras y con 
ciertos datos en ellas contenidos, siente que se le oprime el 
pensamiento y que vacila el pedestal de las esperaozas ee- 
darecidas. Los informes complementarios, emanados de los 
inspectores departamentales, acentúan la impresión penosa. 
Exceptuando el de Río Negro, que ha encontrado terreno 
•cultivado para sus esfuerzos, todos los demás presentan con- 
clnsiones adversas, abonando sus comentarios con prodMis 
irrefutables. Un clamor santo, un clampr que no bay posir 



bilídad banevte de desoír» anrge de la Memoiia á ^ue Fetieío. 
¡ Escuelas j más escuelas! pide el pafa desde sns más apartar-, 
dee riaeonesi y lo grave de la cuestite es que á estas voces^ 
}iietíficadískttas» de salud pública, la Difeceída solo pueder 
eonteatar eoo ona negativa, impotente para resolves el pro-r 
Mema, desposeída de facultades autonómicas, sin fondos sufi* 
eientes j sin probabilidad de consegnirlos. Tomemos, al assar> 
cualquiera de los informes parciales. Venga el del inepeetoi: 
señor Camacho. En él se establece que para atender á una 
población de 27.03& habitantes, Maldonado cuenta con veinte 
y dos escuelas públicas correspondiendo, en consc^^ucncia, 
una para cada 1.227 vecinos y, en extensión, una á un radio de 
187 kilómetros cuadrados. Profundizando la investigación resulta 
que de los 5.400niño8 que hay actualmente en el departamento» 
sólo 1.556 concurren á la escuela y que, por lo tanto, un saldo de 
3.731 no gozan de ese benefició, pues 113 de aquel total reciben 
instrucción en institutos privados. ¿Pueden exigirse datos restes, 
de una veracidad indiscutible, ofícíal, que sean má-s desoladores? 
£n una pequeñísima fracción territorial de la república, 
á un paso de la capital, existen millares de criaturas de cinco 
á catorce años, que nunca sabraín leer ni escribir. ¡Tres mil 
setecientos treinta y un ciudadanos que serán, mañana inca- 
paces, inútiles, dañinos, más ciegos que el desventurado que 
no puede marchar sólo ni gozar el espectáculo sublime de 
la luz solar porque, hiriendo de muerte su felicidad, el des- 
tino puso sobre sus ojos una venda eterna! Tres cuartas 
partes de una niñez regional sumida en las sombras de la 
miís crasa ignorancia, llamada á degenerar en cretinismo desr 
pues de la adolescencia; de una niñez que nunca sabrá leer 
un diario, ni firmar su nombre, ni votar concientemente, ni 
comprender la virtud, ni gustar las satisfacciones superiores 
del espíritu, ni querer á su terruño con frenesí intelectual, 
ni servir á la patria; pero que sí contribuirá á ofeiiderkii 
obediente á la solicitud ansiosa de los aspirantes y de las 
ambiciones reprobables. La mayor parte de una generación 
local destinada á engrosar las filas de Ja milicia regimentada, 
y á robustecer la falange despreciable de los electores frau- 



412 LUI0 ALBERTO DE HERRERA 

dulentos; 7 á ser instrumento constante de las voluntades 
agenas! 

Nuevos elementos d^ juicio. Manifiesta el sefior Calvo, Ins- 
pector de Canelones: «Todo cuanto se diga para dar idea del es- 
tado en que se hallan las casas de propiedad escolar, es pálido 
ante la realidad y no hay que esperar otra cosa que su total ruina. 
Algunas, como la del Rincón de Falcón, está inhabilitada ya; la 
maestra vive en la casa de un vecino. Otra, la situada en Bru- 
jas, está apuntalada de la mejor manera que se pudo y amenaza 
venirse ni suelo al menor empuje del viento; y fuera lárgala 
enumeración de las que se hallan en tan deplorable estado 
¿Pero, á qué buscar ejemplos de convicción á tant» dis- 
tancia cuando en el mismo departamento de Montevideo ha 
sido clausurada la escuela instalada en el mirador de Snárez 
por sor inhabitable este edifício histórico, sucediendo lo mismo 
con la de Melilla y funcionando en algo así como una ta- 
pera la del CeiTito de la Victoria? Además, sópase que hay 
maestros que ganan un sueldo mensual de veinte pesos con 
treinta y dos centesimos. ¡Infelices obreros de la causa popu- 
lar con menos salario que los peones municipales! Y sópsse 
también que para atender á las reparaciones de las escuelas 
públicas ]iropiedad del Estado, que representan un capital 
raiz de $ 736.170.34 centesimos, sólo dispone la Dirección 
General de $ 10.000, suma que era más crecida en ante- 
riores presupuestos, cuando las exigencias del servicio resul- 
taban mucho menores. A^pesar de su notoria buena volun- 
tad, ¿qué tarea grande, trascendental, definitiva puede abordar 
aquella respetable corporación si carece de los recursos más 
elementales para ello; ó, es que se ha descubierto ya el medio 
maravilloso de plantear y coronar empresas de empuje sin 
cimiento abundante de finanzas? No se trata, ciertamente, 
de un himno poético, ni de apreciaciones pesimistas. Ahí está 
la Memoria Escolar hablando con la elocuencia triste de sus 
números á todos los hombres que piensan. Pobre consuelo, 
semejante al del cojo que se conforma pensando que hay 
otros mancos y cojos á la vez, importa eso de sostener que, 
á pesar de esas realidades adversas, marchamos á la cabeza 
del movimiento educacional en Sud América. Siendo ver- 



DB8DS WASHOIOTON 413 

dadcro tal aserto él sólo alcanza á probar que todavía Siid 
América no ha entrado decididamente por la gran via re- 
generadora. No en vano muclios de sus poros sudan bu- 
mores venenosos, que no otro nombre merecen la anarquía 
7 los despotismos disfrazados. La ambición patriótica pide 
para nuestro país el piimer puesto en la línea continental, y 
¿por quó él no ha de conseguirlo cuando la naturaleza le ha 
dispensado sin tasa privilegios? La cuestión no tiene vuel- 
ta: para cruzar el océano hay que echarse á la mar. Sin 
sólido auxilio de dinero no se resolverá el arduo proble- 
ma, que es de nacionalidad; no colocaremos nuestras fron- 
teras étnicas sobre la misma línea de nuestra frontera terres- 
tre; y, apesar de que ya pisamos los dinteles auspiciosos del 
período industrial, seguiremos contando por millares á los 
analfabetos que, coma espíritus malos, espantan de las co- 
marcas á la civilización. 

Nuestros caudillos civiles insisten solamente, desde el pe- 
riódico y desde la tribuna, en la necesidad, cada día más 
urgente, que hay de levantar el nivel de la cultura general, 
de exigir mayor entusiasmo cívico á los hijos del país, do 
amansar las pasiones retardatarias de los tiempos históricos 
y de pulir á los partidos existentes encauzándolos en rum- 
bos definitivamente institucionales y pacíficos. Pues conce- 
bir el desarrollo de esta evolución santificada, sin que nues- 
tros paisanos aprendan á leer y á escribir, sin morder en carne 
viva á las ignorancias encallecidas, vale tanto como inten- 
tar con cataplasmas de palabras la cura de las enfermeda- 
des del cuerpo. 

La escuela será entre nosotros el fundamento finico de 
la grandeza local, como lo ha sido en Editados Unidos^ 
como lo es en todas las sociedades avanzadas. De las ra- 
zones que expusimos, en líneas muy anteriores, para expli- 
car los éxitos docentes del país recién citada, la segunda 
estribaba en el apoyo decidido, constante, de los gobiernos 
federales á las autoridades escolaros. Nunca se escatimaron 
sacrificios para llenar esos propósitos previsores. Y aún á 
la fecha^ cuando ya no se es crisálida, cuando se ha triun- 
fado por completo, se gastan anualmente $ 119:000.000 en 



HA LUIS AUMMtti» mt MnnftBA 

flikriot -cwtespo nc fai rt ei ^ 4ASc09l nme«tro«, q^e -ftffcétideQ á 
la easerñanza de 14:653.492 niSps, conouiTteiido el saldo <le 
oriaturas entre esta álttiaa cantidnd f vtehitiua lofllóa re- 
dondos —toda la infancia naotonal — á escuelas privadas . Las 
propiedades escolares repreeeotan { 469:069.086, y para su 
cuidado y otras síteiiciones^ menaje^ etc., se dedican pesos 
88:000.000 más; «in perjuicio de otros $ 20:836.488 invor- 
tidos en el sostenindtento de la educaciiín snperior. 

Huelga prodamar que, dentro de lo relativo, consultando 
Buestraé fuerza?, nosotros estamos en el deber nacional im^ 
postergable de imitar esos ejemplos de devoción á la causa 
del abecedario. Concluido 'en última instancia el Ktígio pre- 
sidencial y e^ttiftguida, por consiguiente, la más grave preo- 
cación de la jornada, iiay motivo para pensar que por algún 
tiempo descansan las pasiones militantes. Aprovechemos este 
gran remanso. ¡Cuánto empuje necesitan, para referir solo á 
tres cuestiones de actualidad, la ensefianza primaria, la agri- 
cultura y la ganadería! Pero téngase presente que la primera 
apuntada lleva á la solución segura de las que siguen y tam* 
bien de todos los problemas políticos y morales del fataro. 
Fondos no faltan para atender su servicio. Ellos solo piden 
reparto más equitativo. En las ^ocas de ignominia, ya ce* 
rradas para siempre, los gobiernos sólo podían sostenerse 
encajados sobre fusiles, como las bayonetas, fisas subver- 
siones las ha dejado tan á retaguardia el progreso de las 
ideas que ahora parece iacretUe las hayamos soportado 
tanto tiempo. El poder pábKco se apoya ahora sólidamente, 
inconmovible, sobre la legalidad. ¿Quién se atrevería á deseo* 
nocerlo? Pues si ya las tropas interventoras en la política 
interna no tienen razón de ser, ¿por qué no suprimir cualquier 
cuerpo de línea, el menos necesario, y entregar esos ciento 
cuatro mil pesos anuales que él cuesta hoy á la Dirección 
de Instrucción Primaria, para que ella, fundando cien escue- 
las más en la campalla, nos devuelva diez bátállenes -de 
prestigio resplandesciente, integrados por los ciudadanos, por 
los guardias nacionales de maftana? Y libase a^tf loob leal- 
tad, sin mezclar en el asunto cavilosidades poiítieas eiMrHes. 
De cualquier manera, no se negará que el esfuerzo ^ez&raor^ 



1>B80B WASHINGTON 415 

dioado hay que haceclo y que su inaoiaUva práctica oocnas- 
pmide al Caerpo Legislativo. De alguna parte se impone ob- 
tener rentas jugosas para la causa nacional, ya sea quitando 
esos aparatosos é inútiles tribunales militares, ó suprimiendo 
legaciones diplomáticas, si eso fueran eficaz y conducente, 6 
modificando otros rubros del presupuesto, pues, como lo declara 
con profundo acierto el doctor Abel Pérez: «no se puede hablar 
con sinceridad de la grandeza futura de la patria y olvidar á la 
escuela primaria, templo irremplazable en donde laten lus co- 
razones, se despiertan las inteligencias y se forjan los caracte- 
res». Pero no es justo, no es generoso echar sobre los hom- 
bros del gobierno todo el peso de la enorme tarea. ¿ Por qué 
los vecindarios no han de concurrir resueltamente á la empre- 
sa, dirigida á favorecerlos en primer término ? Algunos propie- 
tarios pudientes de la campaña empiezan á cumplir con su 
deber escriturando fracciones de terreno á favor de la au- 
toridad escolar, á fin de que olla levante edificios para es- 
cuelas. Tan buenos ejemplos de desinterés no abundan y 
es el caso preguntarse, qué sacrificio importa para un ha- 
cendado, dueño de dos 6 tres suertes de estancia, el regalar 
al municipio diez cuadras de campo que, al precio corriente 
de doce pesos, representarían la cantidad ínfima para el do-> 
nante de ciento cincuenta pesos redondos. En condiciones 
tan holgadas, ¿no es imperdonable negarse á contribuir al 
beneficio de la comunidad? Bien constituida como está la 
aótiial Dirección de Enseñanza, déjesela trabajar con energía, 
dándole, al efecto, tiempo, recnrsos y libertad de acción. Y 
antes de poner punto final á estas líneas quiero recordar, con 
orgullo colectivo, que, en su seno, laborando brillantemente, 
ocupa un puesto de combate Carlos Yaz Ferreira, que es, 
sin género de duda, la más sólida y la más esclarecida in- 
tel^encia de la generación á que pertenecemos. 



\ 









XIX 



Temas áridos — Algo de organización internacional aduanera — El con- 
greso sanitario — Ouba y el " stegomyia fasciata " — Una puri- 
ficación admirable — Nueva tendencia escolar — Los trabajos 
manuales — La escuela Mac-Kinley — Nuestra escuela de Artes y 
Oficios — 8u defectuosa organización — El ferrocarril trans-ame- 
ricano. 



Esta vez romperé el fuego dedicando una docena de ca- 
rillas al congreso sanitario de las repúblicas americanas, 
celebrado en la ciudad de Washington y en el seno del 
cual tuve el honor de representar á nuestro pafs. De ante- 
mano pongo límite á mis párrafos sobre el asunto porque 
los remedios siempre deben recetarse en dosis pequeñas y 
desde ya declaro que para ustedes y para mi será tósigo 
este encabezamiento de conversación. Pero como á tan in- 
mensa distancia gozo de impunidad absoluta y no hay peli- 
gro de que me alcancen displicencias, cierro los ojos, como los 
bañistas timoratos, y... ¡á la una!... ¡á las dos!... ¡á las 
tres... allá voy! (¡Qué zambullida! ¿Si volveré á l.i superfi- 
cie?). En circunstancias anteriores, refiriendo al congreso 
cafetero, tuve ocasión de recordarles que en asamblea inter- 
nacional el congreso sanitario y el congreso aduanero fueron 
proyectados y resueltos por la conferencia pan -americana, reu- 
nida en México, debiendo realizarse dentro de un año, á 
contarse desde la clausura de las sesiones de la misma. A 
la fecha, ofreciendo al mundo Én previsor ejemplo de solida- 
ridad continental, que á nadie más que á nosotros sorprende, 
se han llevado á cabo aquellos torneos técnicos que señalan 

27 



418 LÜI8 ALBERTO DE HERRSRi 

una trinidad de cuestíonea trascendentales intimamente liga- 
das al porvenir de las naciones de occidente. En efecto, 
la crisis de la industria del café, como sucede por causas 
muy semejantes con el cultivo del azúcar, amenaza de ma- 
nera muy seria la estabilidad de la riqueza pública y de la 
riqueza privada en las repúblicas tropicales de este hemisfe- 
rio. El temor, muy explicable, de volverme repetidor de 
ideas ya enunciadas, incurriendo así en debilidad de vejez 
antes de tiempo, me induce á no insistir en el comentario de 
un punto de economía general tan interesante y que nos 
alcanza más de lo que parece. 

En cuanto al asunto aduanero, objeto de otro congreso^ 
ya celebrado, su importancia no desmerece del anterior. El 
deja huella profunda de otra aproximación eficaz y práctica 
de intereses, que son diversos si los consideramos como 
factores independientes repartidos sobre un escenario inmenso, 
pero que sin esfuerzo resultan aliados, notas concordantes 
de un mismo pentagrama, si los concebimos como partes de 
un sistema idéntico que surge al través de los mares bauti- 
zando una espléndida armonía venidera. Ningún paso más 
eficaz y significativo de propósitos comunes han podido dar 
los gobiernos del continente nuevo que el que caracterizan 
sus delegaciones especiales, reunidas en New York dos me-* 
ses atrás, para discutir tarifas, proponer medidas que acele- 
ren el despacho de los buques, proyectar facilidades mayores 
de carga y descarga, simplificar el estilo y trámite de los 
documentos marítimos, favorecer el comercio de tránsito, in- 
sistir en la necesidad imperiosa de que las trabas exagera- 
das de frontera desaparezcan y aconsejar la unificación de 
las denominaciones que reciben las mercaderías de cada plaza, 
ó, por lo menos, someterlas á un sistema de concordancias 
que deberá publicarse en español, en inglés y portugués. El 
magno relieve de los asuntos sanitarios no escapa aun á los 
criterios profanos. Las ciudades sucias pregonan el des- 
prestigio exterior de las naciones y también ayudan en esa 
propaganda perniciosa las mal:!^ instalaciones para cuarente- 
narios. Téngase por cierto que por muchos años naufragó la 
reputación civilizada de nuestro país en la isla de Flores 



DESDE WASHINOTOM 419 

cuando su lazareto, solo de nombre y pésimamonte servido^ 
era piedra de escándalo en las pasadas y pisadas épocas de 
SQbversiones. Más faraa hemos perdido allí, ante el con- 
cepto extranjero, que por causa de las viejas turbulencias. 
Felizmente todo eso ya es historia. 

Por lo demás, las epidemias ahuyentan á todas las activi- 
dades nobles sobre las que fundan su prosperidad los organis- 
mos vivos. ¿Quién desembarca eu puertos infectados? Ni los 
irresistibles encantos topográficos de Río Janeiro triunfan so- 
bre las aprensiones exageradas del viajero porque, irguíéndose 
á la espalda de sus montañas, más alto que ese monte atre- 
vido que en la región de los trópicos se permite el lujo de 
cubrirse la cabeza con un turbante de nieves, aparece el es- 
pectro aterrador do la fiebre amarilla implacable que cansa 
á la misma guadaña. Manifestarle á un pasajero que esta 6 
aquella metrópoli conoce el flagelo de las ])estc9, tiene la 
misma eficacia desfavorable que decir á un caminante cu- 
rioso que en tal eatablecimiento rural los perros son braví- 
simos y andan siempre sueltos. Si el proyecto de visita exis- 
tió se disipa al contacto molesto de esa advertencia. Desde 
que las plagas no respetan bandera, siendo sabido que ellas 
poseen diversos cuarteles generales de ubicación ofensiva es- 
tratégica en América, lo propio es opinar que un interés co- 
mún induce á combatir, mediante una alianza de esfuerzos 
sinceros, esas invasiones periódicas que tan enormes perjui- 
cios originan. Extremar las precauciones, creando procedi- 
mientos preventivos de un rigorismo tal que á la vez de 
atajar con muralla china á los microbios detengan y parali- 
cen al comercio, que es la sangre arterial de las socit;dades, 
importa más un desastre que una victoria. Incurrir en el 
exceso contrario, abriendo las puertas al contagio con desa- 
fío de elementales consejos científicos, determina otra insen- 
satez intolerable para los vecinos amenazados. Proponer un 
justo medio, aunar opiniones alrededor de una fórmula pru- 
dente, protectora y liberal á la vez, es el ideal que en la 
actualidad se persigue y al cual nos aproximan rápidamente 
éxitos parciales concurrentes. 

La descripción sintética de los progresos realizados en todo 



420 LUIS ALBERTO DB HERRBBA 

el campo contiuental, así como también el rumbo trazado á la 
campaña emprendida^ podrán encontrarlos los interesados en 
el volumen oficial, que aparecerá dentro de un mes conteniendo 
las actas, las deliberaciones del congreso sanitario y los infor- 
mes de los diversos delegados. Siendo de tan evidente uti- 
lidad ese cambio de ideas sobre una cuestión importantísima 
para todos, resulta más que sensible, imperdonable, la indi- 
ferencia de algunos Estados sud americanos que no se dig- 
naron hacerse representar en el seno de la conferencia. En 
el fondo de esa ausencia internacional no existe nada pare- 
cido á mala voluntad: solo palpita la desidia característica, 
las perezas de la siesta, que son la gangrena de nuestro tem- 
peramento y de nuestra actividad. Estas continuas informali- 
dades, el descuido reiterado de las citas del deber laborante, 
no concurren ciertamente á mejorar el concepto desfavorable 
que aquí se tiene de nuestra entidad social y administrativa. 
Y estrujando orgullos y vanidades se impone bajar la ca- 
beza ante la fuerza convincente del contraste. Para no en- 
golfarme en un aparte, que sería muy dilatado, abono lo que 
acabo de opinar sobre la diferencia de procedimientos agre- 
gando que ya, bajo los auspicios del gobierno americano, se 
han publicado dos volúmenes, pei-fectamente ordenados y tra- 
ducidos, sobre los congresos del café y aduanero, debiendo 
aparecer en espacio de semanas el referente á materia sani- 
taria. Pero otra vez en el curso de mis correspondencias 
me cabe la satisfacción de manifestar que el Uruguay no 
merece el ))eso de la censura antecedente. El Consejo Na- 
cional de Higiene había remitido á esta legación una me- 
moria solicitada, precisa é ilustrativa, sobre la organización 
de nuestra sanidad y, como complemento, las leyes y orde- 
nanzas que rigen su funcionamiento. A la par, pues, de 
Cuba, de Méjico y de Chile, el Uruguay respondió cumpli- 
damente al llamado de la causa común. Lástima que cir- 
cunstancias explicables no hayan permitido poner nuestra 
representación personal en manos de algunos do nuestros 
más distinguidos hombres de ciencia. En cuanto á los do- 
cumentos referidos y á otros datos, que no hay para qué 
mencionar, he conseguido que se iuserten en el volumen 



DESDE WASHINGTON 421 

oficial. Nuestro pBÍ8^ purs, ocupará muchas páginas del 
mismo. Eso no nos perjudica porque se trata de un ma- 
terial excelente, cuajado de observaciones estadísticas, y por 
que, eu otro concepto, los países de reducida extensión te- 
rritorial necesitan divulgar sus legítimos merecimientos y em- 
pinarse sobre la punta de los pies, para que se les vea la 
fisonomía, como sucede á las personas de baja estafura per- 
didas en el seno de una multitud. Una semana duraron las 
sesiones del congreso, bajo la presidencia autorizada y amis- 
tosa del doctor Walter Wyman, jefe de la sanidad fede- 
ral. Para no perder tiempo se almorzaba en un salón in- 
mediato, prosiguiéndose enseguida las tareas. Repito que no 
intentaré apreciar en detalle la labor del congreso. 

La unificación do los sistemas cuarentenarios fué unánime- 
mente señalada como una necesidad impuesta por el interés 
general. Cada delegación exhibió el grado de adelanto sani- 
tario de su país abonando con documentos y estadísticas sus 
afirmaciones orales. Cuando me llegó el turno, pude mani- 
festar sin esfuerzo que la higiene pública entre nosotros pre- 
sentaba un aspecto muy favorable, gracias á la vigilancia 
constante de las autoridades competentes y á la benignidad 
notoria de nuestro clima. Agregué que al proclamar á 
Montevideo la ciudad más sana del continente no hería en 
manera alguna la susceptibilidad de los representantes pre- 
sentes de las naciones hermanas, pues se trataba de un hecho 
reconocido, confirmado pur antecedentes de eficacia incontras- 
table. Su posición geográfica, su excelente abastecimiento de 
aguas potables, su servicio de salubridad — el primero ira- 
plantado en Sud América— amén de otras circmistancias me- 
nores, hacían de la capital platina un núcleo de población 
libre de las enfermedades endémicas. Y las condiciones sa- 
nitarias del país ofrecen un testimonio de semejante salud 
como lo afirma, con verdad legalizada, el dato numérico elo- 
cuentísimo de que la mortalidad no excede de catorce por 
mil. Por lo demás, como nunca perjudica divulgar á tiempo 
las verdades honrosas, recordé que la primera convención 
internacional de su índole suscrita y rigurosamente cumpli- 
da entre naciones civilizadas, había sido la establecida, el 



^^ LUIS ALBERTO DE HERRERA 

año 1887, entre el Uruguay, la Argentina y el Brasil, Re- 
presentaban á Cuba el doctor Juan Guiteras — condiscípulo 
de Enrique Estnízulas, que en todas partes ha dfjado exce- 
lentes amigos — ^y el doctor Carlos J. Finlay, dos celebridades 
médicas. Por circustancias naturales con especial simpatía 
escuchó el congreso á los representantes de la nueva patria 
americana, primogénita del heroísmo y del derecho. Pero la 
competencia científica de sus delegados y la entidad del 
asunto por ellos abordado hizo también interesantísima su 
exposición. Nadie ignora que en los últimos años las con- 
diciones higiénicas de . toda la isla de Cuba han mejorado 
de manera extraordinaria. Sería dejarse dominar por la pa- 
sión, y ella no alcanza á los espíritus imparciales, descono- 
cer el mérito efectivo que cabe á la intervención americana 
en esc triunfo. Apenas terminadas las operaciones militares, 
se inició una segunda campaña liberatoria, casi tan trascen- 
dental aunque de éxitos menos ruidosos para el mundo. La 
Habana era un foco predilecto de la fiebre amarilla. Aprove- 
chando su permanente estado de insalubridad el calor de los 
trópicos la convertía, durante el verano, en una marmita de epi- 
demias. Dos recursos eficaces adoptó la autoridad americana 
para cegar radicalmente esa fuente de calamidades públicas 
que, en época lejana, con Vera Cruz y Nueva Orleans, deter- 
minara los vértices de un lúgubre triángulo geográfico. Por 
un lado se dictaron severísimas ordenanzas municipales, de 
pocas palabras pero de aplicación enfática, imponiendo á 
la población en general deberes higiénicos que ella hasta 
entonces no practicara en debida forma; el servicio de aguas 
se mejoró; hízose reglamentario el barrido de las calles y 
numerosos inspectores, diseminados por todos los barrios, 
sorprendieron en sus más inexpugnables trincheras á la in- 
curia quemándose, á menudo, sin contemplaciones y pagán- 
dose crecida indemnización, objetos de mobiliario particular. 
El nuevo gobierno de Cuba no ha desatendido el buen ej«»m- 
plo dado por el extrangero; fuera de otras precauciones in- 
directas, diariamente se limpian cincuenta millas de calle en 
la ciudad de la Habana. En diez y seis meses no se ha 
producido en toda la república un solo caso de fiebre ama- 



DE8DE WA8HIMOTOV 423 

rílla. Por otro lado^ se atacó á la plaza encomendando á 
hombres de sabiduría la misión de estudiar detenidamente, 
sin economizar tiempo ni dinero, sus causas y las circuns- 
tancias que presiden á su desarrollo. Abordaron esa impor- 
tante tarea filantrópica los doctores Walter Reed, James Ca- 
rrol!, Arístides Agrámente, Finlay, Guiteras y José Lezear; 
de todos los nombrados el primero acaba de fallecer en 
Washington, dejando un recuerdo distinguido, y el último 
cayó en el curso de la empresa, víctima de su apostolado. 
La pesquisa iba dirigida á concretar mejor las maneras de 
trasmisión de la fiebre amarilla. 

A varios kilómetros de la capital se construyó un hos- 
pital, integrado por diferentes casas de madera. En las in- 
mediaciones se estableció el campo de experimentación alo- 
jándose allí todos los atacados por la plaga. El terreno de 
observaciones más valioso, lo determinaba una habitación 
especial, completamente tapizada en su interior con sábanas, 
camisas, almohadas y pañuelos de enfermos fallecidos. Veamos 
como describe este recinto mortuorio alguien que sabe más 
que nosotros: cLa pieza tenía un aspecto repugnante y en 
medio de tanto despojo, entre aquellos montones nauseabun- 
dos, había una cama en cuyo colchón, hámedo aun con el 
sudor del agonizante, estaba un camisón sucio y un par de 
cobijas no menos asquerosas.» La puerta y ventanas de tan 
repulsivo almacigo, de cierre hermético -pues la entrada de 
nn solo mosquito hubiera hecho fracasar el ensayb — iban 
cubiertas con una red de alambre. Prosigue el autorizado 
cronista: « Pues allí entraba á las seis de la tarde un wé- 
dico militar americano á quien nunca le había dado la fie- 
bre amarilla. Se desnudaba, se cubría con las ropas ya 
mencionadas y procuraba dormir en inedÍ3 de tanta corrup- 
ción no saliendo hasta el día siguiente á las ocho de la ma- 
ñana; y así hasta completar treinta y siete noches. Después 
permanecía un mes en observación, repitiéndose el experi- 
mento con nuevos individuos.» No he esquivado esta des- 
cripción, que estoy cierto crispará los nervios de algún lector, 
de intento, porque los detalles repelentes pierden su carácter 
cuando ellos sirven de marco á tan hermosas abnegaciones 



sil LO» ALBBBTO DE HERRSBA 

indívidualcB. Se piensa en la bondad humilde y humana d« 
Jesús, que beBaba laa llagas del leproso para enseDar á amar 
al prójimo, al conocer la huella de estos heroicos altruismos, 
que solo reciben de los mortales la sancidn impuesta del ol- 
vido. Todo el mundo sabe quien es Mussoliso, el bandido ca- 
tabres Heno de delitos; por los Humbert se conmueve Parte 
y un académico llega al duelo en defensa del pseudo hoDor 
de los estafadores; el más miserable de los tiranuelos tiene 
una pitginft en la historia y lúe índices alfabéticos de las 
celebridades les abren espacio; en cambio, nadie conoce, to- 
dos ignoramos, los nombres esclarecidos de esos médicos de 
milicia, que se lanzaron oscuramente á desafiar Á la muerte 
en sus mismas encrucijadas, que llevando en la memoria esas 
idolatrías que no son patrimonio de clase alguna, — padres, 
hermanos ó hijos,— pusieron en crucifisión sus afectos y 
respiraron por horas una atmósfera nauseabunda, y reclinaron 
el cuerpo sobre un lecho horrible, todo por servir á la ba- 
manidad y por complacer á la ciencia que es, con seguridad, 
la más fiel y seductora de las prometidas. Tantas valiosas 
abnegaciones no podían resultar estériles. Varias dudas par- 
ciales quedaron esclarecidas en el curso de estas valerosas 
experimentaciones. Interesado en evitar comprometedoras co- 
lisiones con la ciencÍB, y no decidiéndome á pasarles gato 
por liebre, sufrínio el detalle de su índice, pegado con lige- 
reza de calcomanía lí mi memoria. Pero y& que nó los com- 
bates menores, mencionemos las batallas traRcendent^les, una 
6 dos. Domofitróse acabadamente en 1901 que la fiebre ama- 
rilla lio se propaga por los contagios siempre sospechados y 
también que al mosquito del género slegomyia fasciatn per- 
tenece, en primera línea, el mérito de esa misión fúnebre. 
Pero en 1902 el doctor Fiíilay, que descubriera en 1880 las 
cualidades delincuentes dií aquel ¡irearo suji-to aludo, 
teorías mas radicales afiíjiimidu y [lidicudo al congreso que 
hiciera suya esta opinión, qne el úiiko vfliknlü de la epi- 
demia es ese mosquito, A i{ii¡üii apunas me atrevo if llamar 
insecto, pues hace muchos «ños que tengo oijftásd* ^ '^^ ^' 
ferencias tntre los díptcri)!í, Iieiiií[)tern9 
parentela de fastidiosos zumbHduief ~ 



DK8DE WASHIKOrOM 425 

[»opOBtción en un sínnfimero de antecedentes recogidos en 
loe hospitales cubanos. Para confirmarla mejor expuso la for- 
ma en que se atiende á los atacados en la Habfina. Denun- 
ciado el peligroso enfermo, y sin mencionnr Jas pi'ifcticas 
generaleB conocidas, se le coloca en una camilla envuelta por 
una red bastante espesa para no permitir la entrada del ste- 
gomyia, tndiguo ciudadano del reino de esos aires (]iie el 
ideal solo concibe patrimoniales de las águilas, de la abeja 
industriosa y del dulce picaflor. 

En tan innovadas condiciones, casi codeiíndose con loa tran- 
seúntes y sin inspirar temores, es llpvado el pestilente al 
Hospital de las Animas. Mientras la trompa del mosquito 
DO lo alcance nada hay que temer. Y aquí cabe aquel 
aserto tnn exacto, de que no hay enemigo pequeño. ¡El 
hombre, más aún, la felicidad de ciudades populosas, pen- 
diente de la voluntad 6 del instinto de un adversario que, 
cuando emborrachado con la sangre deliciosa se deja sor- 
prender y aplastar sobre la pared por la zapatilla del mal- 
i humorado cliente, no detenuina relieve, ni una mancha per- 

/ ce p tibie! En satas abiertas al contacto exterior, separndas 

I de los demás enfermos solo por puertas y ventanas (te alam- 

bre, perfectamente cerradas, los atacados pasan por las dife- 
rentes faces de la fiebre sin provocar en quienes los asisten 
el loro terror de otras épocas. Apcsar de la erudita exposi- 
ción del doctor Finlay y de que este recalcara en el hecho 
de que basta la fecha solo han podiilo descubrirse capaci- 
dades tiasmisoras det mal en el st*-i/onii/ín, sus colegas cien- 
tíficos objetaron que era mucho nvnnznr el sostener, como una 
verdad absoluta, la tusis del reputado investigador cubano, 
pues la controversia no estaba extinguida aún en el concepto 
universal. De ahí que el Congrego adnptara una prudente 
y rcsoIiLcii'iri establecienilo: m|1io las ineilidHs de profilaxis con- 

% trn la fiebre uLiiiirill» se lian de hadar en el hecho do que, 

^^ hasta la fL'<.'lia, la picadura de ciertos mosquitos es el Único 

^^ medio iiatutal prubado de la pi'ipagíidúii de la fiebre aiua- 
^^k lilla >. El doctor Charles Stiics tiamó la atención de la aeani- 
^^&^ blea sobre una enfermedad recién desuubierCa, dije, eo ¡as 
^^^f ' " — ' '■■ los Estados del sur de la Uuióo, muy 



426 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

semejante á la malaria y causada por un parásito intestinal. 
Agregó que esta afección, coman en la clase del pueblo y 
trasmitida de generación á generación, entorpece el desarrollo 
mental y físico del individuo y engendra una irresistible ten- 
dencia á la molicie. Apunto esta opinión simplemente para 
decir^ enseguida, que la prensa norteamericana, siempre dis- 
puesta al humor, dedicó muchos párrafos de ocurrente co- 
mentario á las afirmaciones del doctor Stiles, sosteniendo que 
se había descubierto el microbio de la pereza. Un períódico 
travieso, siguiendo la broma, terció para manifestar que los 
delegados de algunas repúblicas de Sud América habían ex- 
puesto su convicción de que la extraordinaria epidemia era 
conocida en sus países, atribuyéndose á ella el progreso len* 
tísimo de los mismos y el hábito nacional de dejar for to» 
morrow {para mañafia) todas las atenciones activas. Cerra- 
ría con esta nota risueña la crónica, á salto de mata, sobre 
el congreso si no quisiera antes observar que la próxima 
conferencia, que será trascendental, pues en ella se aproba- 
rán, por pletQpotenciarios con amplios poderes, las bases de- 
finitivas de la sanidad internacional en este hemisferio, debe 
reunirse, dentro de un año, en la ciudad de Santiago de 
Chile. Visitando la república andina, y de paso las nacio- 
nes felices del Río de la Plata, podrán penetrarse los dele- 
gados yankees de que el mal mencionado por el doctor Stiles 
no tiene arraigo, ha desaparecido ya, de la extremidad aus- 
tral del continente. Vencida la dificultad de la distancia es 
de desear que el Uruguay tonga representación lucida, bus- 
cada entre sus primeros médicos, en el próximo torneo fra- 
ternal. 

La enseñanza individual ofrece uno de los aspectos más 
interesantes de la educación americana del día. Se trata de 
una especie de estudios, abordados en época relativamente 
moderna y consultando las necesidades y nuevas aspiracio- 
nes de la comunidad. A la conclusión de la guerra anti- 
esclavista el país entró en un período de gran desarrollo 
económico y fué entonces que, respondiendo á las exigen- 
ciaA enérgicamente industriales de las fuerzas colectivas, se 
fundaron los primeros establecimientos de educación técnica, 



DESDE WASHINGTON 427 

úe acuerdo á un plan ajustado de reforma. Así surgieron las 
•escuelas de agricultura y de artes mecánicas concurrí(^ido el 
Estado con su eficaz ayuda. Pero para que se vea que aquí, 
«pesar de sus opulencias, ei gobierno solo da movimiento á 
las iniciativas^ para dejarlas desarrollarse solas después, con- 
viene agregar que la lej de 1890 determina que cada Es- 
tado recibirá una cuota anual de quince mil pesos, que se 
irá aumentando por cantidades de á mü, hasta llegar á la 
suma de veinticinco mil, límite máximo de protección para 
extensísimas regiones. La introducción en los programas 
-escolares del dibujo industrial señala una etapa de la refor- 
ma en exacta armonía con las exigencias inventivas del es- 
píritu nacional. En la exposición de Filadelfia llamaron la 
atención pública los testimonios de tan benéficos ensayos, 
como también algunos labrados en metal y madera (sloid). 
Enseguida se multiplicaron lab experimentaciones pero^ como 
ba dicho un escritor distinguido: <el programa fué al prin- 
cipio lento, pues había dificultad en obtener fondos y ase- 
gurar elementos; sin embargo, el esfuerzo se imponía y don- 
de quiera que se ensayó la enseñanza manual se la adop- 
tó.» Simultáneamente se modificaron las cosas en los centros 
■de educación, concurridos por niñas y Boston dio el ejem- 
plo creando en 1870, cursos de costura. A la fecha, la ley 
del Estado de Massachussets — y casi todos los demás por 
el estilo — establece que toda ciudad de más de veinte mil 
habitantes debe sostener, como parte obligatoria de su sistema 
elemental y también del superior, el aprendizage en trabajos 
manuales. Un punto más avanzado de la evolución lo señala 
la aristocrática universidad de Howard, abriendo aulas análo- 
gas. Al presente cada ciudad del país^ ya sea minera, 
algodonera, agrícola 6 industrial, fomenta los estudios ele- 
mentalf;s más vinculados á la riqueza local y, en consecuen- 
cia^ al porvenir de sus moradores. 

Apesar de ser un retazo de territorio de vida puramente 
administrativa, el distrito de Columbia no queda rezagado 
en la adopción de estas luminosas ideas prácticas, Washing- 
ton, que llena todo su espacio — y siempre elijo como ejem- 
plo esta ciudad por tratarse de una metrópoli casi igual á 



428 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

Montevideo — enseña trabajos manuales á 4.000 niños, blan- 
cos y morenos; 7.000 niñas aprenden dotes de cocina y 
11.000 más Á coser y á desempeñar cumplidamente las obli- 
gaciones domésticas. Hace pocas semanas se abrid aquí otra 
escuela industrial que llevará el nombre del presidente Mac- 
Kinley. En el acto de la inauguración pronunció un con- 
cienzudo discurso el doctor Harris, comisionado escolar, del 
cual tomamos este párrafo tan expresivo y verdadero: <£I 
gran propósito de la enseñanza manual, dijo, consi&te en ins- 
truir á los niños de manera que ellos posean la misma ex- 
periencia técnica do los hombres y puedan, más adelante, 
entrar en contacto con la naturaleza y utilizar sus preciosa» 
energías. Esta es la edad de las máquinas y de la conquista 
de la naturaleza. Nuestro país es hoy mucho más poderoso 
de lo que era hace años, y uno de los principales factores 
de su desenvolvimiento lo encontramos en la evidencia de 
que el pueblo ha aprendido á usar las máquinas. Un siglo 
atrás el promedio de producción era de diez centesimos dia- 
rios por individuo; en la actualidad alcanza á cincuenta y 
dos centesimos. En cnanto á los institutos de educación su- 
perior puede asegura ri»e que, al aceptar la reforn»a moderna, 
ellas contribuyen, más y má:^, al perfeccionamiento de la ciu- 
dadanía y á la explotación de la riqueza del país». Hace 
pocos días visité la escuela á cuya organización he referido, 
que ya funciona, fabricando obreros, coiuo si tuviera años 
de instalada. Cuando después de recorrerla pedí los regla- 
mentos y plan de estudios se mo entregó, como síntesis de 
todo, un papel impreso de dos páginas. En un centenar 
de líneas estaba condensndo todo lo necesario para regir 
la marcha de la casa. Nada do teoricismos ni de capí- 
tulos numerados, ni de disposiciones sobre disciplina y ré- 
gimen interno: allí el jefe superior manda, sin que lo es^ 
torben trabas enojosas, y no existe el peligro de una falsa 
interpretación de incisos, por la sencilla razón de que ellos 
no existen. Los cursos duran de dos hasta cuatro años. Para 
ingresar se requiere ser aprobado en un examen general, 
que versa sobre gramática y composición, historia y cons- 
titución de los Estados Unidos, geografía, aritmética y ál- 



DESDE WA8HIKOTON 429 

gebra. A los Tarones se les enseña^ metódicamente, á ma- 
nejar aparatos mecánicos, calderas, dinamos y motores. Se em- 
pieza por hacer herramientas de carpintería: por armar un 
martillo, alizar madera, unirla y obtener todo el provecho que 
ella pueda dar. Luego se pasa á los talleres de herrería: 
se fabrican clavos, tachos, tenazas, aros, etc. £1 último es- 
calón lo llena la experiencia en maquinarias á vapor y eléc- 
tricas. Todo esto sin gran lujo, en escala reducida, pero 
admirablemente ordenado. Las señoritas, en su departamento, 
aprenden ciencia doméstica, ][^incluyendo preparación de una 
comida y forma de servirla, compra de mercado, planchado y 
lavado, costura á mano y á máquina, modistería, etc. Un 
certificado de artesanos competentes se extiende á favor de 
los buenos alumnos, sin perjuicio de dar mayores facilidades 
para especializarse á aquellos que acreditan capacidad en 
una rama determinada de conocimientos. A juzgar por las 
apariencias, abrigo la certeza de que nuestra escuela nacio- 
nal de Artes y Oficios posee un presupuesto de gastos muy 
superior á la escuela Mac-Kinle^, sin rendir los beneficios 
públicos que ésta. El secreto de la verdad de dichas afir- 
maciones se encuentra pronto si se manifiesta que en esta 
última institución no se admiten internos debiendo los dis- 
cípulos concurrir, á horas fijas, á rendir sus lecciones reti- 
rándose después á sus domicilios. 

En cambio, en la primera citada, el Estado lleva su ge- 
nerosidad hasta el extremo de recoger á los muchachos con 
empeño paternal, de brindarles educación, albergue, comida^ 
y hasta vestimenta, dándose, como compensación única, el 
placer de contar con centenares de reclutas, tan necesaria- 
mente dispendiosos como un cuerpo de línea. No insista- 
mos en apuntar los inconvenientes sociales de esa agrupación 
monacal, impropia, cara é ineficaz; ni el foco de corrupción 
de costumbres que ella funda, á pesar de la más esforzada 
vigilancia; ni el adulteramiento que se hace de los fines re- 
dentores perseguidos al consentir que se remonte su personal 
juvenil sin el control de exámenes, en todo conce2)to purifi- 
cadores. ¿Se alcanza con la actual y costosísima organiza- 
ción el resultado que se tiene en vista? Pensamos que no; 



430 LU18 ALRBSTO BE HERRERA 

8in que esto importo reproche á su dirección que es ezce- 
lentey escrupulosa. Comparando con los establecimientos aná- 
logos de este país encontramos c|ue el origen de la desfavorable 
diferencia para nosotros estriba, simplemente, en la diversa orga- 
nización fundamental. Todo, ó casi todo, se corregiría quitándole 
á nuestro gran taller el carácter de asilo que f^e le ha dado y sa- 
prímieudo, sin contemplaciones, el siíitema de internato. ¿No 
es absurdo, no importa el lujo de la riqueza, no extralimita 
la misión protectora del E^^tado, eso de que él se convierta 
en tutor absoluto de cientos de jóvenes que podrían, muy 
bien, retirarse á sus hogares, y mantenerse á su costo, y ves- 
tirse con el fruto de su trabajo, en vez de llevar la vida 
sedentaria á que se les obliga, apagando en ellos las aspi- 
raciones tenaces, inquietas, nerviosas de lab9r independiente, 
que son la base de la prosperidad de todos los hombres en 
común y de su dicha en particular? Calcfilese la economía 
de pesos que tan racional reforma determinaría. Entonces 
fuera posible dilatar en mucho los horizontes del esfuerzo y 
ofrecer el apoyo de una enseñanza eficaz á las filas femeni- 
nas humildes. ¿Es acaso justo que siendo la mujer la débil, 
sobre todo en el seno de nuestras sociedades, llenas de ran- 
cias é irritantes rutinas, no abra para ella el Estado centros 
de educación manual y sí los ofrezca, de manera poco fecun- 
da, al hombre? ¿Conviene seguir cerrando los ojos á los 
legítimos reclamos de amparo legal que formuhn las clases 
obreras y al problema social que plantean las generaciones 
modestas que llegan, aumentando en número cada día? Campo 
más amplio y generoso que el de la costura, á precio mí- 
nimo, colaboradora predilecta de la tuberculosis en sus terri- 
bles campañas, debe propiciarse á las jóvenes del pueblo 
habilitándolas, en forma técnica, á desempeñar otros oficios. 
En Norte América las escuelas de <'sa índole funcionan con 
mayor actividad de noche que durante el día. ¿Porqué no 
puede ocurrir lo mismo entre nosotros? 

Se proclama que los artesanos deben huir de las tenta- 
ciones alcohólicas y de las juergas. Pero para que el con- 
sejo resulte útil se necesita colocar, frente á los boliches y 
^arit'^^, el espectáculo moralizador de centros de distracción 



DESDE WASHINGTON ' 431 

I 

nobic y fácil; crear motivos honestos. ¿Es que acaso no 
habrá en todo el radio de Montevideo cincuenta ó cien ptin- 
cipiantes que ocuparían con avidez los bancos de clases de- 
mocráticas en que se enseñara gratuitamente un oficio? ¿Es 
que otras tantas mujeres virtuosas y desheredadas no acep- 
tarían el auxilio de esa preciosa instrucción^ que de otro 
modo jamás adquirirán? Los concurrentes' á esos cursos ob- 
tendrían al fin de cierto plazo, tan corto como fuera posi- 
ble, y siempre que acreditaran la exigida asiduidad^ certifi- 
cados de competencia, que les serían muy útiles para ingre- 
sar luego á las fábricas. ¡Qué lejos está nuestra escuela 
de Artes y Oficios de cumplir esa misión civilizadora y de 
tan fecundas proyecciones! Bajo su actual plan de encerra- 
miento, como institución de cofradía, puede uno preguntarse 
si el bien por ella nembrado retribuye, en alguna parte, el 
sacrificio que impone á la benemérita Comisión de Caridad. 
De día es un convento y una tumba de noche cuando, pre- 
cisament3, debiera rebozar bullicio y actividad papular. Du- 
demos, por lo demás, do que esos cientos de seminaristas 
civiles, recogidos sin que muchos de ellos lo merezcan en 
ningún concepto bueno, sean elementos de trabajo brioso, ma- 
fiana, cuando se les pone en la calle, terminada su educa- 
ción pero quebrado su carácter y la confianza en sí que es 
la brújula segura que lleva al éxito en todas las esferas. 
¡Doctores en jurisprudencia del martillo y de la lima! 

Ciertamente que el sistema vigente debilita el individua- 
lismo de que tan escasos estamos. Comparemos ese ejem- 
plar artificial con el obrero práctico, hijo de sus obras, 
valiente, luchador, que encontramos en cualquiera de las 
fábricas de la Aguada. ¿No merece, este último, ya encari- 
ñado con la máquina, que le da pan, que es uno de sus 
amores en la vida, que él quisiera comprender en todo su 
complicado mecanismo, alcanzar la educación complementaría 
que el primero no aprecia tanto, ni utiliza tanto, ni sabrá 
mañana agradecer? Si se desea sostener el sistema perni- 
nicioso de los pupilos, hágase restringido limitando solo á 
los departamentos de campaña el derecho de optar á becas 
costeadas por el Estado. Particípese á las autoridades del 



432 LUIS ALBERTO DE HSBBSRA 

interior que la ciudad de Montevideo, cumpliendo sus altos 
é ineludibles deberes sociales, ofrece anualmente dos becas 
en su escuela de Artes y Oficios á los dos mejores alum- 
nos de las escuelas primarias de cada departamento. 

Así se creará un hermoso estímulo y se podrá tener, por 
lo menos, la seguridad, que hoy no existe, de que los fa- 
vorecidos por el desprendimiento oficial son dignos por sus 
cualidades de tal recompensa. No quiero dejarme marear por 
esas espléndidas ilusiones, pero ¡qué día de intenso regocijo 
tendremos los buenos orientales cuando, como fruto maduro de 
las exposiciones ganaderas^ de los ferrocarriles y de una ma- 
yor cultura general, surjan en el fondo de la reptiblica 
centros de enseñanza rural técnica y cuenten los padres 
campesinos con ese escudo para asegurar el poivenir de sus 
hijos! Enseñar el cultivo de una huerta; á hacer quesos y 
manteca; á explotar la lechería. Todo eso quizá suena pro- 
saico para muchos que se asustan de ordeñar vacas, como 
si en los dominios del trabajo, que todo lo esclarece y pu- 
rifica, hubiera tareas más ó menos nobles! 

La mejor escuela de artes y oficios de los Estados Unidos 
es la New York Trade SchooL Fué fundada en 1881, por el 
coronel Anchmuty, cnn el objeto benéfico de «dar instrucción 
manual á loa jóvenes del pueblo y de facilitar á los obreros el 
perfeccionamiento de sus aptitudes». El creador de la institu- 
ción sólo se preocupó de asegurar la estabilidad de esta obra 
de alta beneficencia pública. De consiguiente, solo se cobra á 
los alumnos lo estrictamente indispensable para pagar los gas- 
tos del establecimiento. Hay cursos de todo. Las clases noctur- 
nas funcionan de 7 á 9.30, pero desde las seis de la tarde 
están abiertas las salas de lectura. Se paga 25 $ por el 
curso completo de pintura á la rústica; 35 $ por el de 
carpintería; 40 $ por el de albañil, electricista, hojalatero, 
maquinista, etc., etc. Pero no confundamos esta instrucción 
técnica especializada con la difundida obligatoriamente en 
los colegios j que mencionamos en un principio. Ya es, á 
buen seguro, tiempo de que aquella y esta adquieran arraigo 
sólido entre nosotros; pero si se objeta la creación de un 
sistema completo de establecimientos públicos de enseñanza 



DESDE WASHINGTON 433 

manual^ por la escasez de recursos, ese argumento aplasta- 
dor no tiene cabida tratándose de un nuevo rumbo, quo 
sólo demanda modificación en los programas escolares vi- 
gentes. Poco entendemos del asunto; pero nadie conseguirá 
convencernos de que al hijo de un artesano le interesa más 
saber qué son los carpos y metacarpos, cuantos satélites tiene 
Júpiter y las diferencias que separan á la mica del feldes- 
pato, que comprender el mecanismo de una máquina y su 
funcionamiento industrial. 

Una curiosa iniciativa, llamada á desdoblarse en otras más 
fecundas, acaba de adquirir cuerpo debido al esfuerzo ex- 
pon tánco de un núcleo de adolescentes pobres. Reunidos en 
asamblea, gcnuinamente popular, ellos resolvieron fundar una 
república en miniatura, no sólo á fin de habituarse á la 
práctica de los derechos y de los deberes que impone la 
democracia, sino también para aliviarse unos á los otros 
unificando sus finanzas y sometiéndose á un plan de go- 
bierno. El novedoso ensayo da resultado brillante en todos 
conceptos, no siendo el menor la huella benéfica que deja 
en los espíritus tiernos habituándolos á la disciplina y á 
apreciar en su gran valor lo que importa la cordialidad so- 
cial y la cspecialización de tarcas. 

Los altos poderes del Estado están perfectamente consti- 
tuidos siendo acatada su autoridad, que se ejerce dentro 
de las leyes, sin que* se registre hasta ahora un solo de- 
sorden, que en este país hasta los niños poseen buen juicio. 
La sociedad distinguida de Washington acaba de propiciar 
una fiesta en honor de esa National Júnior República que 
ha dado motivo á calurosos aplausos de la prensa. Tomo 
este párrafo de una nota editorial de The Washington Post: 
cEl objeto en vista es tan plausible y el método empleado 
tan inteligente que creemos que todas las personas interesa- 
das en el desarrollo de la ciudadanía deben seguir con 
simpatía á los fundadores de la República Juvenil. En nues- 
tro criterio esta institución es la mejor escuela del carácter 
y del civismo que conocemos y, por consecuencia, ella me- 
rece el más decidido apoyo de quienes aman á su país y 
se enorgullecen de sus fundamentos libres.» Y confirmando 

28 



434 LUIB ALBERTO DE HERRERA 

estos estímulos agreg<S, como autoridad civil^ el edil Mr. 
Macforland, en el acto de la fiesta: cque ella le era muy 
simpática pues nada hay más noble en el seno de las co- 
munidades democráticas que empeñarse por ser buenos ciu- 
dadanos. Cuando malos^ estos, lus naciones deben temer más 
á estos enemigos de casa que á sus adversarios del extran- 
jero. Indiferencia por las obligaciones cívicas, la fascinación 
exclusiva del dinero ú otros egoísmos semejantes, son faltas 
tan reprobables como una mala conducta.» 

No se trata de una originalidad frágil. Aun aquí, en donde 
ya posee energía orgánica el equilibrio social, se le estimula. 
Entre nosotros el desarrollo de las escuelas públicas, de mi- 
nisterios institucionales por el estilo, serviría para grabar 
profundamente en el espíritu impresionable de los niños un 
concepto claro y verdadero de la significación del gobierno, 
predisponiéndolos á la disciplina colectiva y á la moderación 
que, por cierto, no nos sobra á los criollos de Sud Amé- 
rica. Invitado por el honorable John Hay, secretario de Es- 
tado, he concurrido en la semana anterior á dos reuniones 
importantes, especiales para los representantes diplomáticos 
de las naciones de este hcmiáfono. Ellas tenían por objeto 
tratar sobre la realización de dos do los acuerdos sancio- 
nados por la conferencia de México: el establecimiento de 
un museo arqueológico americíino y la construcción de un 
ferrocarril intcrna3Íonal, que partiendo úe New York ter- 
minará en el extremo sur del continente. Las vías del 
Uruguay no formarán parte, por decirlo así, del espinazo 
de la línea gigantesca, pero su misión no desmerece por 
eso. Así lo expuse cuando le llegó á cada cual el turno de 
determinar la condición ferroviaria del país (|ue representaba. 
Apunté un hecho honroso al doclorar que nuestros ferro- 
carriles llegan ya á todas las fronteras y que la extensión 
norte solo espera el empalme de los ríeles brasileros, que 
ya se aproximan á nosotros. Entonces Montevideo, con su 
espléndido puerto, será la metrópoli del comercio del oriente. 
Como manifestó el senador Da vis, presidente de la comisión 
delegada, la empresa no es tan difícil como parece y en su 
tiempo se juzgó mucho más quimérica la línea del trans- 



DESDE WASHINGTON 435 

pacífico que ahora no asombra como realidad. El extraor- 
dinario Andrew Carnegíe simpatiza con la empresa y si los 
demás capitalistas norte-americanós no los quisieran dar, 
que lo quieren, él solo podrá ofrecer, sin trastorno finan- 
ciero, los doscientos millones de doUars necesarios para co- 
ronarla! Un distinguido emisario, Mr. Pepper, que habla 
perfectamente el español, ha salido ya en viaje de indaga- 
ción definitiva para Sud América. Llegará á Montevideo 
dentro de dos meses. El museo arqueológico continental 
está ya á un paso de realizarse forjando un nuevo eslabón 
de solidaridad entre las repúblicas que asoman, como una 
consteUción poderosa, sobre el horizonte. ¿ Estanín, por 
ventura, próximos los días de las grandes felicidades colec- 
tivas en las tierras opulentas del mundo de Colón? 






XX 



La última correspondencia — Delicadezas lógicas — Síntesis de los 
triunfos americanos — Nuestros extravíos meridionales — Obser- 
vaciones rápidas — El " self-control" — La justicia y su concepto 
— La Exposición de San Luis — lA Méjico 1 — Porvenir feliz de 
nuestro país— La vuelta á la patria. 



La voluntad de la democracia^ que felizmente ya es tam- 
bién soberana entre nosotros^ ha condecorado presidente de 
la repáblica al señor director de El Día. Como empleado 
público^ me parece que sería impropio y poco delicado se- 
guir utilizando la noble hospitalidad del diario amigo, tan 
frondosa, tan favorablemente significativa ahora. Siempre he 
tratado de adaptar mis párrafos á las cosas del país, rozán- 
dolas de paso, con natural independencia de criterio, pero en 
adelante no sabría hacerlo así desde una tribuna periódica 
de realce político tan descollante, pues los elogios más justi- 
cieros de temas generales parecerían casi engendrados artifi- 
cialmente, como las flores de invernáculo, pudiendo también 
tildarse de moneda falsa los comentarios de distinto gé- 
nero. Mientras fui huésped de una mesa en la que no ha- 
bía manjares que brindar al forastero y á la cunl sólo lle- 
gaban los amigos desinteresados, no necesité hacer esfuerzos 
para sacudir las viejas perezas y descolgarme, á vuelta de cada 
vapor, con cartas del volumen de alegatos de bien probado. 

Entonces ensortijé los asuntos más diversos, usando de 
soltura familiar y sin que jamás me asaltaran perplejidades 
al desarrollar apreciaciones de sabor local. 

La reflexión de que las carillas caerían en manos de ami- 



438 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

g08 y de condiscípulos, apagaba los escrúpulos discretos que 
relampaguearan alguna vez en mi espíritu. Ahora, las deco- 
raciones han sufrido un cambio radical, ganándose en brillan. 
tez sin comprometer la tradición honesta y veterana. Ahora 
la mesa de antes, que continuará siendo frugal á pesar de 
todo, muchos la consideran opípara, y para la generalidad, 
hasta posee esplendores de palacio el zaguán sucio de una 
imprenta republicana que presenta en él el mejor y más hon- 
roso testimonio de su origen popular. Ahora imagino que 
deben ser muchos los agregados y, por lo demás, la expon- 
taneidad no resulta ni responde á mi llamado. Se trata de 
un fenómeno mental al cual pocos pueden sustraerse: ¡cuán- 
tas veces lo que se dice, se ejecuta ó recita correctamente, 
en una reunión privada, cuando los que escuchan son de la 
casa, repetido en público señala un fracaso que sólo encuen- 
tra explicación satisfactoria en la nerviosidad afanosa de 
quien anhela entonces el triunfo que, precisamente por eso, 
le huye esquivo, caprichoso, como la fortuna cuando se la 
codicia! A todos los interlocutores no se les dirige la pa- 
labra con igual aplomo en todas las situaciones. 

A propósito, recuerdo algo chistoso que me ocurrió en mis 
primeros días de residencia en Washington. Recien llegado 
aquí, sin un solo conocido, solía cenar en un restauraut bur- 
gués que encontré al paso en mi entrada en la metrópoli, 
cuando mordido por un apetito revolucionario rodé un rato 
por esas calles soñando con jamones y calamares. 

Días más solitarios que aquellos no los he tenido jamás ni 
Jos tendrá el ombú que crece huérfano en el lomo de nues- 
tras cuchillas! Yo no sé ahora como fué, pero probable- 
mente un poco de ansia sociable de mi parte, combinado 
con otro pocf) de simpatía caritativa de la suya, me llevó á 
relacionarme con un sujeto, de excelente aspecto, que se 
«entara varias veces á mi lada Talvez comentando el esta- 
do del tiempo^ primera escaramuza de todas las relaciones 
adventicias, cambiamos las palabras iniciales. Como en Norte 
América nadie usa bigote nada me extrañó que mi vecino 
sacrificara también los mostachos; y, por lo demás, ese rasu- 
ramiento total señala mejor los rasgos fisionómicos y parece 



DESDE WASHIVOTON 439 

<jue ennoblece el rostro. Más que por culpa raía, por culpa 
del azar, no cultivé mayormente esa vinculación accidental y 
lógica en un medio á base democrática y también para quien 
«ólo acepta la alta alcurnia de los duques que llevan sus 
títulos de linaje en el corazón ó en la cabeza. Pasaron se- 
manas y una tarde, en circunstancias en que entraba á la 
Casa Blanca concurriendo á una fiesta social, veo que un 
ciudadano, vestido de librea, rae saludaba con toda efusión 
y sin poder disimular su profundo asombro. 

Yo tampoco pude disimularle el mío al reconocerlo: «¡mi 
compañero de asiento lacayo — pensé yo — sorprendido y expli- 
cándome raejor la limpieza irreprochable de su labio superior!» 
A la vez que le devolvía afectuosamente la demostración ama" 
ble, leí en su expresión este otro comentario: «¡mi amigo 
extranjero, diplomático y visitante de la Mansión Ejecutiva!» 
Pues la moraleja del cuento es que después volví á encon- 
trar en las mismas condiciones de antes al bizarro muchacho 
que fué mi priraera relación en los Estados Unidos y que 
hablaba de todo, al principio, con tanto despejo y desenvol- 
tura; pero en adelante el hombre ya no se exhibía como en 
la primera época de su amistad conmigo: rae había descu- 
bierto la gerarquía oficial y olvidó, como por encanto, su 
jovialidad para tratarme con el mismo gesto respetuoso que 
supongo usa para con su patrón al cerrar la portezuela del 
carruaje. 

Parece increible que apesar de las muchas que han prece- 
dido á e.sta última correspondencia, todavia quede tanto por 
decir. ¿Qué actividad humana, qué anhelo de progreso, qué 
ideal de perfeccionamiento colectivo, sea en la industria, en 
el ejercicio del derecho, ó en el campo moral, escapa á la 
soberana energía asimiladora de los Estados Unidos? Pre- 
textar que esté agotado el asunto de las descripciones úti- 
les aquí, sería incurrir en la misma impúdica audacia del 
robusto mocetón que pretende justificar sus hábitos holgaza- 
nes afirmando que no encuentra trabajo en los talleres de 
las grandes ciudades. Por todos lados surgen los ejemplos 
viriles; á todos los rumbos fecunda iniciativas el individua- 
lismo, que ilustra al derecho, dignifica á la mujer, ennoblece 



440 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

al soldado^ ofrece la mano y levanta al negro, sanea á las 
religiones 7 abre hoy campo^ en los más alejados planos de 
labor^ á las tenacidades perseverantes, ensayadas ayer y an- 
teayer en memorables jornadas cívicas y en la conquista ma- 
terial y pacifica de las inmensas praderas del oeste. Ahí 
estriba la desemejanza de la grandeza norteamericana, si la 
comparamos á la grandeza de las naciones europeas. 

La Francia del imperio la hizo un hombre: Napoleón; la 
Italia del 70 fué esculpida por el esfuerzo insigue de José 
Garibaldi; de dos zarpazos geniales, atando los despojos de 
Sadowa con los de Sedán, cuajó Bismark á la Alemania ame- 
nazadora del día; la casualidad de los descubrimientos puso 
al reino de Portugal entre las potencias de primera línea; la 
estrella de Suecia lució esplendorosa engarzada en la repu- 
tación militar de Qustavo Adolfo; por capricho del acaso 
pudo pagarse una vez España de que el sol no se ponía en 
sus dominios; sólo Inglaterra ofrece el testimonio de una pu- 
janza institucional, colonial y política que ha venido cre- 
ciendo, lenta y firme como la mar^ vigorosa como los oiga- 
nismos normales, ágil como la espuma, al través de las épocas 
y de los acontecimientos más contradictorios. Pues la evo- 
lución social de los Estados Unidos sigue las huellas excep- 
cionales dejadas por la experiencia de la ilustre madre tras- 
atlántica, pero acentuada por el empuje hermoso de una raza 
nueva, más joven y más recia. 

Recorriendo las páginas de su historia sólo se recogen 
impresiones de triunfo y si alguna vez se interrumpe, como 
en 1861, esa paz admirable de cien años, es para romper 
gruesas cadenas y aplacar las sedes insaciables de la justi- 
cia. Cada capítulo de crónica nacional señala la efectividad 
de un paso adelanté, y son tan persistentes las fidelidades 
del destino, al través de valles y de montañas, qué al cerrar 
el balance final y coronar la revista de tantísimos éxitos, el 
pensamiento se pregunta, con asombro, si estamos en presen" 
cia de un nuevo pueblo de Israel. 

Con respecto á los individuos eminentes, el mérito de los 
días de victoria reconocida destaca con luz más intensa en 
la hora de los afanes primeros, cuando se combate, sin 



DESDE WASHINGTON 441 

peranza^ sin apoyo^ sia aplauso; y lo mismo puede afirmarse 
de las naciones. Continuar la obra empezada no es tarea 
de titanes cuando los cimientos son de granito; la gloria 
máxima corresponde á quienes^ entre incertidumbres y som- 
brasy asentaron la piedra fundamental del gigantesco edificio 
desafiando á los obstáculos como desafía á las olas^ para 
vencerlas, el coral naciente. De allá, de tan lejos^ arrancan 
estas claridades que todavia están llegando como luces de 
astros. Y la semilla hermosa de la infancia no duerme en 
el fondo del surco. Un cultivo constante la estimula al des- 
arrollo, y cuando ella, buscando aire y sol, sale á la super- 
ficie libre, ya con enei^ías de tallo, jiada detiene el perfec- 
cionamiento robusto. ¿Hay acaso una sola administración 
páblica que no haya contribuido á afianzar poderosamente 
el roble de cuerpo cada vez más fornido? 

Mientras las libertades, ingénitas en la rica savia, se van 
adaptando despacio y con lógica al fuerte tronco, las opu- 
lencias materiales aumentan, á saltos y de prisa. Si las 
apreciamos bajo su aspecto territorial, ¿quién reconocería 
en los frondosísimos follajes del presente á las ramas tier- 
nas y casi desnudas de los tiempos iniciales? £1 origen 
primero lo apuntan establecimientos aislados y distantes, co- 
lonizaciones hurañas, autonómicas, que salpican sin plan las 
costas del océano. Luego, sólo confesando las necesidades 
de la defensa contra los indios, que por extraño instinto la 
pubertad siempre oculta estremecía sus benditos desperta- 
res, se ensaya una alianza accidental de los diversos núcleos. 
Más adelante, se sueña con la redención y como las pa- 
trias exigen alma y como el alma de los pueblos sólo pue- 
de fundirse, al igual del hierro, al calor resplandeciente de 
la fragua, Boston, la de fama erudita, encrespa las melenas, 
por asunto de céntimos arroja á las aguas un cargamento de 
thé, y se lanza enseguida el grito de guerra. La victoria 
definitiva sorprende á trece estados formalmente unidos. En- 
tOQces la población apenas excedía de tres millones, de los 
cuales á setecientos mil, casi, alcanzaba el número de es- 
clavos. Quince años después del memorable suceso el país 
sólo exportaba por valor de veinte millones de pesos; es 



442 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

cierto que esta cifra se elevaba diez años después á setenta 
millones largos. No perjudica decir que en 1900 el Uní* 
guay exportó por casi treinta millones. Y, de paso cañazo: 
conviene contestar con este paralelo ocasional, recordando 
que la gran nación americana en su niñez tuvo un comer- 
cio menos activo que el nuestro, — á quienes se empeñan en 
suponernos entidad insignificante. 

En los años subsiguientes piden su incorporación federal 
los nuevos estados que han surgido entre los Montes Alleg- 
hany y el Misisipf. Pero el impulso activo y romancesco 
ya se revela contra esta frontera opuesta por el extranjero. 
Pronto se obtiene de España, celebrando un tratado muy ade- 
lantado para su época, el uso libre de las aguas del gran 
río. En 1803 el presidente Jcfferson adquiere la Luisiana, 
duplicando de golpe el dominio nacional; y en 1804, bajo los 
auspicios insignes del mismo, se arrebatan á la barbarie las 
regiones remotas del Oregón. Dentro de ese cuerpo, ya in- 
menso, avanza, crece, prospera, con rapidez febriciente, el 
pueblo elegido de las instituciones; pero, llamado á destinog 
superiores y seducido por las circunstancias, en 1845 acepta 
la anoxión, preparada, de la república de Texas, y en 1848, 
después de la guerra con México, firma la paz llevando su 
divisoria hasta el río Grande y adquiriendo así nuevos te- 
soros territoriales. En 1853 se despejan algunas dudas del 
tratado Guadalupe-Hidalgo, ganando así el estado de Arizona, 
mediante el precio de diez millones de pesos. En 1867 se 
realiza una felicísima negociación con Rusia y pagando la 
insignificancia proporcional de siete millones dos cientos mil 
dollars, se incor()ora la península de Alatka, encime pedazo 
de seiscientas mil millas de extensión. En 1898 se anexan 
las islas Hawai y en 1899, la incorporación de Puerto Rico 
y de las Filipinas, inaugura el período decididamente colo- 
nial. Ahora, aunque interrumpida, está en pié la compra de 
las Indias Dinamarquesas, y, por otra parte, sólo depende del 
voto del senado de Colombia, la soberanía per]iétaa del istmo 
de Panamá, en el radio ocupado por el canal y sus adya- 
cencias. ¡Y todavía no se ha salido de la juventud! ¿Apa- 
rece, acaso, en el horizonte la silueta de una nueva Roma? 



DESDE WASHINGTON 443 

Y DO se pretenda ,que todo no excede de un favor exage- 
rado de la fortuna^ veleidosa en sus amores como mujer. 
¡Pero si la salud material pictórica de los Estados Unidos 
es simple consecuencia de su salud política y moral! Nadie 
le gana en civilización y cultura. Nadie educa mejor á las 
generaciones que llegan. Nadie añade más glorias á la causa 
del derecho. Nadie resuelve con más liberalismo los pro- 
blemas sociales y económicos. Su comercio se irradia por 
todo el universo^ derribando competencias, al extremo de que 
hace pocos días se ha pensado en constituir una alianza de- 
fensiva de las industrias europess contra un rival que acepta 
complacido los más audaces retos de la emulación legítima. 
Sus ferrocarriles son admirables. Lo mismo puede pro- 
clamarse de sus leyes, de sus costumbres sanas y viriles, de 
sus pasiones corporativas, de su patriotismo sensato y bien 
orientado, de sus ideales y de sus energías batalladoras. Po~ 
eos con más títulos que los hijos de Sud- América, aplastados 
por el gran contraste, mirarán con más franca envidia el 
espectáculo aleccionador de una tan fecunda y maravillosa 
robustez. Si en vez de perder lastimosamente el tiempo co- 
mentando asuntos diez veces muertos; si en vez de encar- 
nizarnos con la memoria de los que se fueron; si en vez 
'de tirarnos á la cara huesos y pasiones mezquinas, y de 
«dictar leyes teóricas, y de adular á la espada militar, y de 
mantenernos reacios al espíritu nuevo, y de legitimar el 
crimen, y el error pagando tributo á intereses comanditarios 
de divisa, nos resolviéramos todos, patrióticamente, á darnos 
4a mano de buena f c y á combatir, dentro cada cual de su 
partido, pero juntos, para propiciar aliados el advenimiento 
-de las supremas aspiraciones nacionales, ¡cómo saldríamos 
pronto, sin trastorno, con entera felicidad, de esta infancia 
institucional que ya se prolonga demasiado, al punto de pro- 
vocar sobresalto á los que piensan y aprecian los sucesos 
por encima de preconceptos! ¿Sabéis cuál ha sido el se- 
creto del adelanto y prosperidad de los norte americanos? 
Pues su buen juicio. Ellos no nos exceden, con seguridad 
en inteligencia, en destreza, en aptitud moral, en corazón; 
inás aún, talves nosotros seamos más brillantes. 



444 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

Pero, eso 8Í, ellos nos sobrepasan .en equilibrio; ellos 
ignoran los huracanes de los rencores embravecidos; ellos 
saben olvidar y ser lógicos, y colocar á la patria por encima 
de sus disputas^ y servirla en todo instante con devociones 
tan intensas como calladas. Mentemos menos la virtud y 
practiquémosla mejor^ que el tiempo ha llegado de sustituir 
los lindos pifrrafos oratorios con cifras estadísticas, más lindas 
todavía! ¡Eternos en las discusiones y en el culto de los 
idealismos! Se insiste aun en dinculpar los graves desacier- 
tos de Sud-América y sus atrasos declarando, en serio, que 
se trata de las inocentes calaveradas que bautizan todas las 
adolescencias. Poro entendamos, ¿es esto cierto? Pudo argu- 
mentarse de manera tan desairada hace cincuenta años> 
cuando fatales atavismos de herencia hicieron buenos los 
brazos despóticos de Bozas, de López y de cuanto mandón 
audaz surgió de las entrañas de un pasado sin luces. Al 
presente no caben, señalan una nueva vergüenza, semejantes 
atenuaciones. ¿No llevamos casi un siglo de vida autonómica? 
Pues, ¿qué hemos hecho en ese ¡arguísimo compás de tiempo? 

El índice histórico de muchas reptíblicas lo llenan mise* 
rabies discusiones de bandos personales, atentados de todo 
género, motines y arbitrariedades. Mientras tanto, Australia^ 
cuya colonización empezóse en 1778 con presidarios, sor- 
prende al mundo con sus famosos desenvolvimientos, apesar 
de encontrarse tstn separada de Europa; y el Japón, en metios 
de cnareíiifi años, realiza una evolución maravillosa y deja 
estupefactas á las socíedados de occidente. Por otra parte, 
el desarrollo colosal de Ebtados Unidos cabe bien en el curso 
de una centuria. Por lo tanto, ya no somos principiantes, 
ya nuestros condiscípulos en la tarea organizadora alcanzan 
la ansiada meta del Excelsior. Acaba de publicarse aquí un 
artículo, muy comentado, en el que se sostiene que la doc- 
trina de Monroe viene sirviendo de escudo á las nacionali- 
dades del sur, compuestas de piratas en tierra, agregiíndose 
que la civilización exige que se reconozca el derecho de las 
potencias europeas de castigarlas severamente y de ponerles- 
las peras á cuarto. Claro está que se trata de un brulote 
que no convence á fuerza de sangriento, pero cuanto mejor 



I>E8D£ WASHINGTON 445 

sería que los rezagados en la jornada evitaran á sus herma- 
nos del continente la vergüenza de semejantes procesos! Por 
fortuna^ los pueblos del Rio de la Plat», Chilc^ Brasil y Mé- 
jico, y algún otro, están á cubierto de tales acusaciones. 

Con la práctica leal de las instituciones se cerrarán para 
siempre las viejas cicatrices. Y para eso solo fc requiere 
reemplazar con una dosis humana dé tolerancia los fanatis- 
mos, tan funestos p.xx todas las causas; no hablar tanto de 
fraternidad y de conciliación pero practicarlas con más ím- 
petus sinceros; enseñar á leer y á escribir á la niñez, y 
extraerle de raiz á la clase militar la glándula venenosa de 
las afinidades políticas, convenciendo á los servidores arma- 
dos del país de que el motín es un crimen. No otra receta 
de salud ofrece al mundo Estados Unidos. Porque esta gran 
nación de hoy también ha encontrado rompientes y más de 
una vez el abismo de las catástrofes irreparables se ha abierto 
á sus pies. ¡Sí, aquí también existe memoria de horas in- 
gratas; sí, aquí también la naturaleza humana rindió frutos 
de maldición y hubo funcionarios infieles, y no faltó quien 
traficara con las altas posiciones, y alguna vez se ultrajaron 
los ideales republicanos y se han conocido, por instantes^ 
angustias de Viernes Santo! Pero, lo repito, por instantes^ 
quA amasada ya la conciencia nacional ninguna energía bas- 
tarda pudo arrebatar al astro de su órbita. 

Bajo la faz partidaria tampoco han faltado serias inquie* 
tudes y motivos de cismas desastrosos. Aaron Burr, vice 
presidente, defraudado en sus ambiciones, intentó, allá en los 
orígenes, lanzarse á la guerra civil. A.ntes de iniciar la em- 
presa fué aprehendido y á duras penas salvó de la horca. 
Cuenta un cronista que, cuando en la prisión el susodicho^ 
«sus compañeros de cárcel se admiraban de ver reducido á 
su propio nivel á un hombre á quien solo le había faltado 
un voto para ser presidente de los Estados Unidos.» Nadie 
ignora que la lucha por la primera magistratura, entre Sa- 
muel Tilden y Rutherford Hayes, abrió al país, en 1876, el 
más tremendo de los conflictos. 

Por lo demás, el nombre de Tammany Hall, ese atrevido 
sindicato popular de fraudes electorales; goza de fama con- 



446 LUIS ALBERTO DE HERRERA 

sagrada. Pretextos más ó menos legítimos de anarquía han 
existido^ pero, ¿qué general americano habría mancillado su 
honor amenazando con sus tropas sublevadas á la constitu* 
ción y á las leyes; y qué ciudadanos lo hubieran seguido^ 
al audaz, en la tarea de cruciñcar á la patria y de robarle 
su honra? Frutos magnificos de ese 'justo equilibrio indivi- 
dual, que se adquirió en los bancos de la escuela primaria, 
oyendo ponderar constantemente las virtudes patricias de los 
grandes antecesores; aprendiendo á respetar á la verdadera 
autoridad y al derecho ajeno; acostumbrándose á ser disci- 
plinados, concientes y dignos; convenciéndose de que la pa- 
tria pertenece, por igual, á todos los hombres libres nacidos 
á la sombra del pabellón estrellado y de que á su lado los 
partidos son pigmeos. 

-Nación de porvenir estupendo la que lleva en sus manos 
fornidas la bandera del progreso moderno! Un millón de 
inmigrantes seleccionados han entrado por sus puertos en el 
año corrido, para irradiar actividades laborantes por los extre- 
mos y sacudir en lejanas tierras el yugo de las opresiones 
proletarias. El pueblo americano no es un pueblo de artistas. 
De sus ñlas no saldrán modelos de es^tatuaria, ni lienzos que 
sean maravilla de color, ni poetas de estro latino^ aunque 
Edgard Poc nació en estas orillas, ni novelistas psicólogos 
de altísimo vuelo, pero, en cambio, ¿qué albergue más hos- 
pitalario ha encontrado la libertad en su odisea santa al 
través de las edades; en dónde han florecido mejor que aquí 
los ideales buenos del orbe; quién prestó apoyo más ventu- 
roso á la redención igualitaria del mundo? 

El argumento censor de que en ninguna parte como en 
Norte América poseo tanto arraigo la plutocracia y, por 
ende, la diferencia de clase